viernes, 24 de julio de 2009

El Imperio Antiguo (c.2.686-2.160 A.C.) 3/6.- La Dinastía IV (continuación)


Sarcófago de Granito Rojo utilizado a partir de la Dinastía IV. Mencionado por vez primera por Karl Lepsius a principios de 1840 como procedente de la Tumba nº 28 de Giza, va decorado en su exterior con un panel conocido como la "Fachada de Palacio" y una pequeña "Falsa Puerta" a cada extremo que permitían al "ka" acceso a su "sustento".


LA REALEZA Y LA VIDA DESPUÉS DE LA VIDA

Para una mente moderna, especialmente para una que no goce ya de una experiencia religiosa, o de una fe profunda, no es fácil entender las razones que justifiquen el aparente despilfarro en proyectos de tan enormes proporciones y tan aparentemente inútiles como el que supone la construcción de las pirámides. Esta falta de comprensión se ve reflejada en las innumerables teorías esotéricas sobre su cometido y su origen. Su profusión se ve asistida por la casi total reticencia de los textos egipcios a tratar el tema.

En el Antiguo Egipto, el faraón gozaba de una posición especial como mediador entre los dioses y su pueblo, una dicotomía divina y humana que le hacía responsable ante ambos. Su nombre de Horus le identificaba con el Dios-Halcón del que era una manifestación, y su nombre nebty, "las Dos Señoras", que le relacionaban con las dos diosas tutelares de Egipto, Nekhbet y Wadjet.

Él compartía la designación de netjer con los dioses, aunque normalmente se le calificaba como netjer nefer, o “dios menor”, aunque también podría interpretarse como “dios perfecto”.

Desde el reinado del faraón Khafra en adelante, se incorporó a su nombre el título de “Hijo de Ra”. El faraón habría sido escogido y aceptado por los dioses y, después de su muerte, se retiraría en su compañía. El contacto con los dioses, conseguido mediante ritual, era prerrogativa suya, aunque por razones prácticas los elementos más mundanos se delegaban en los sacerdotes.

Para el pueblo egipcio, su faraón era el garante de que el mundo continuase su ordenado funcionamiento: El cambio normal de estaciones, el regreso de la crecida anual de El Nilo, y los previsibles movimientos de los cuerpos celestes, pero también la seguridad frente a las amenazadoras fuerzas de la Naturaleza, así como de los enemigos más allá de las fronteras de Egipto.

La eficacia del faraón en el cumplimiento de sus compromisos era pues de vital importancia para el bienestar de cada ciudadano.

La disidencia interna era mínima, y el apoyo incondicional, real y amplio. Los mecanismos coercitivos estatales, tales como la policía, brillaban por su ausencia; la gente estaba atada a su tierra, y el control sobre cada individuo era ejercido por las propias comunidades locales que estaban cerradas a desconocidos.

El rol del faraón no acababa con su fallecimiento: Para aquellos de sus contemporáneos que habían sido enterrados en las proximidades de su pirámide, y para aquellos involucrados en su culto funerario, su relación con el finado continuaría para siempre. Así que había un interés generalizado en salvaguardar la posición y el estatus del faraón después de su muerte, tanto como lo había habido durante su vida.

En este punto de la Historia de Egipto, la monumentalidad constituía una forma importante de expresar dicho concepto. Dado el grado de prosperidad económica que el país disfrutaba, la disponibilidad de mano de obra, y el alto nivel de la administración, no hay duda alguna de que los egipcios estaban perfectamente capacitados para llevar a cabo con éxito los grandes proyectos piramidales. El intento de encontrar motivos y fuerzas extrañas detrás de todo ello parece fútil, estéril e innecesario.

Las tumbas de los miembros de la familia real, sacerdotes, y altos cargos de la Dinastía III estaban separadas de las zonas exclusivas de las pirámides. Casi todas ellas se siguieron construyendo en adobe, aunque existen en Saqqara algunos ejemplos anteriores de tumbas-mastabas privadas construidas de piedra.

Sin embargo, en la Dinastía IV dichas tumbas, ya hechas de piedra, rodeaban las pirámides como si formasen parte integrante del mismo complejo; y así es como en realidad habrían sido percibidas. Puesto que muchas de ellas habrían sido obsequios del faraón y construidas por artesanos y artistas, el volumen de las actividades reales de construcción era mucho mayor de lo que las propias pirámides podían representar.

Enormes campos de tumbas-mastabas construidas según un plan general, separadas por calles que se cruzaban en ángulo recto, son únicas de la Dinastía IV, y en particular son conocidas las de alrededor de la Pirámide de Meidum - la pirámide del norte de Sneferu - en Dahshur, y la de Khufu en Giza.

No se debe olvidar que la mayoría de la evidencia de que disponemos para reconstruir el Imperio Antiguo proviene de los contextos funerarios, lo que acarrea la posible tendencia a la parcialidad. Los asentamientos del Imperio Antiguo rara vez han sido conservados o excavados, con la excepción de las ciudades de Elefantina y Ayn Asil, raros ejemplos de supervivencia.

El nivel de tecnología se puede deducir de los proyectos en los que se haya aplicado, pero falta la información detallada. Por ejemplo, sólo gracias a fuentes posteriores al Imperio Antiguo sabemos que los constructores de pirámides jamás utilizaron vehículos de rueda, aunque la rueda ya se conocía.

LA ECONOMÍA Y LA ADMINISTRACIÓN EN EL IMPERIO ANTIGUO

El enorme volumen de construcción realizado durante los dos siglos en que los faraones de las Dinastía III y IV de Manetón mantuvieron el poder, tuvo un profundo impacto en la economía y en la sociedad egipcias. Pero sería un error menospreciar el enorme esfuerzo y experiencia que se requirió en la construcción de grandes tumbas-mastabas de adobe en el Período Dinástico Temprano, si bien la construcción de pirámides de piedra puso tales empresas en un plano superior totalmente diferente e inesperado.

El número de profesionales requeridos tiene que haber sido enorme; en especial si se tienen en cuenta todos aquellos involucrados en las canteras y el transporte de bloques de piedra, la construcción de las rampas de aproximación, y la logística que todo ello conlleva, como la provisión de alimento, agua, y necesidades subsidiarias, así como el mantenimiento de herramientas y equipos, y otras actividades anejas.

La economía egipcia no estaba basada en mano de obra esclava. Incluso si se acepta que la mayoría del trabajo se hubiese podido realizar durante el período anual de inundación que hacía imposible trabajar en el campo, una gran parte de la mano de obra que se requería para la construcción de las pirámides, tendría que haberse desviado de las tareas agrícolas y de las derivadas de la producción de alimento.

Esto debe de haber ejercido una considerable presión sobre los recursos existentes, y supuesto un fuerte estímulo en los esfuerzos para aumentar la producción agrícola, en mejorar la administración del país, y en desarrollar un método eficaz para recabar impuestos, y buscar fuentes adicionales de ingreso y mano de obra fuera del país.

La demanda de producción agrícola egipcia cambió de forma drástica con el inicio de la construcción piramidal debido a la acuciante necesidad de mantener a aquellos a los que se había retirado de la producción de alimento. El consumo y las expectativas de los que se habían integrado en la élite administrativa aumentaron en línea con su nuevo estatus social. Pero, las técnicas agrícolas eran las mismas.

La principal contribución estatal era organizativa, como podían ser la prevención de hambrunas locales mediante la aportación de excedentes de recursos procedentes de otras localidades, la mitigación de los efectos de calamidades mayores, como sería el caso de inundaciones muy bajas, el arbitraje en el caso de siniestros locales, y la mejora de la seguridad. Los trabajos de irrigación eran competencia de las administraciones locales, y los intentos de aumentar la producción agrícola iban encaminados a ampliar el terreno cultivable, para lo que el Estado estaba dispuesto a proporcionar mano de obra y otros recursos.

Todo esto iba de la mano de la necesidad de lograr una mejor organización administrativa del país y una forma más eficaz de recaudar impuestos. Los mayores centros de población existentes, en su mayoría propiedades reales, se convirtieron en capitales de distritos administrativos, o nomes, con la capital del reino estratégicamente situada en el vértice del Delta, proporcionando un calculado equilibrio entre el Alto Egipto, ta shemau, en el sur, y el Bajo Egipto, ta meu, en el norte.

Las ciudades del Imperio Antiguo están cubiertas por asentamientos posteriores, y muy especialmente en el Delta, donde con frecuencia se encuentran incluso por debajo del actual nivel de la capa freática. Estos asentamientos son, por lo tanto, en la práctica, arqueológicamente desconocidos; incluso la capital de Egipto aún no ha sido excavada, por lo que ciudades como Elefantina o Ayn Asil, en el Oasis Dakhla, son excepciones. Las primitivas comunidades de pueblos semiautónomos acabaron perdiendo su independencia y las tierras privadas prácticamente desaparecieron, siendo reemplazadas por haciendas de propiedad estatal. Los rudimentarios censos se transformaron en un sistema impositivo que lo abarcaba todo.

Durante la mayor parte del Imperio Antiguo, Egipto constituía un estado centralmente planificado y administrado, encabezado por un faraón que teóricamente era el dueño de todos los recursos, y cuyos poderes eran, prácticamente, absolutos.

Él podía disponer del pueblo, imponer cualquier tipo de trabajo obligatorio, recabar impuestos, reclamar los productos de la tierra a su criterio, aunque en la práctica estos poderes se viesen atemperados por un número de restricciones.

Durante las Dinastías III y IV, muchos de los altos cargos del estado estaban emparentados con la familia real, como continuación directa del sistema de gobierno del Período Dinástico Temprano. Su autoridad procedía directamente de sus estrechos lazos con el faraón. El puesto oficial más alto correspondía al visir, palabra convencional utilizada como traducción del término tjaty, responsable de la supervisión y funcionamiento de todos los departamentos estatales, con exclusión de los religiosos. Bajo los faraones de la Dinastía IV, hubo una serie de príncipes reales que ejercieron el visirato con espectacular éxito.

Los títulos de varios cargos representan una importante fuente de información sobre la Administración egipcia. Textos explícitos, detallados, como los del funcionario de la Dinastía IV, Metjen, son excepciones. La intensidad del control individual sobre cada individuo aumentó ahora de forma dramática, y el número de funcionarios a todos los niveles de la Administración creció en igual proporción.

La consecuencia fue que se abrió una carrera burocrática a competentes y preparados advenedizos, no emparentados con la familia real. A estos profesionales se les remuneraba por sus servicios de diversas formas, pero el más significativo era un contrato de arrendamiento ex officio de terreno real; normalmente se trataba de propiedades liquidadas con sus cultivadores.

Estas propiedades producían prácticamente lo que su personal necesitaba – el comercio interno a este nivel económico se limitaba al trueque oportunista – y la remuneración ex officio consistía en el propio excedente de la producción. La tierra acababa revirtiendo, al menos en teoría, al faraón, una vez que vencía el cargo oficial, de forma que podía asignarse de nuevo a otro funcionario. En un sistema económico que desconocía el dinero, esto suponía una forma muy efectiva de pagar los sueldos a los funcionarios, pero también representaba una substanciosa erosión de los recursos reales.

Y con estos dos ilustrativos e interesantísimos temas han quedado aclarados aspectos económicos y administrativos que nos han permitido seguir, a grandes rasgos, pero con claridad meridiana, un sistema impositivo y recaudatorio, que a ratos sería complejo, y su interrelación con las monumentales construcciones funerarias en las que, de alguna forma, todo el país estaba involucrado.

E iniciamos un cuarto grupo de temas, de nuevo de la mano del Profesor Jaromir Malek, del Griffith Institute, con los que se van a complementar los ya tratados con la inclusión de tópicos como “Los Cultos Funerarios Reales”, "Los Templos Solares” y “La Acensión del Dios Ra”.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 25 de julio de 2009

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
British Museum Database.


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