miércoles, 3 de noviembre de 2010

El Período Amarna y el Tardío Imperio Nuevo (c.1.352-1.069 A.C.) 1/6.- Amenhotep IV / Akenatón


AMENHOTEP IV/AKENATON
Museo Nacional de Alejandría

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EL GRAN HIMNO A ATÓN

“… Tú apareces hermoso por el horizonte del firmamento, ¡oh! Atón vivo, que has dado inicio al vivir. Cuando te elevas sobre el horizonte oriental, colmas de tu belleza todas las tierras. Tú eres bello, grande, resplandeciente, excelso sobre cada pueblo; tus rayos circundan las tierras hasta el límite de todo lo que tú has creado. […] Tú estás lejos, pero tus rayos están en la tierra. […] Cuando marchas en paz al horizonte occidental, la tierra queda en la oscuridad, como muerta. […]"
"Yace la tierra en silencio, su creador reposa en el horizonte. Al alba tú reapareces por el horizonte, resplandeces como Atón durante el día. La tierra entera se pone a trabajar. Cada animal disfruta de su pasto. Árboles y arbustos reverdecen. […] Tú procuras que las mujeres sean fecundas, tú, que haces viriles a los hombres, tú, que haces vivir al hijo en el seno de su madre, que le calmas para que no llore, tú, nodriza de quien está aún en el vientre. […] ¡Cuán numerosas son tus obras! Ellas son incognoscibles para el rostro [de los hombres], tú, dios único fuera del cual nadie existe. Tú has creado la tierra a tu albedrío, cuando estabas solo, con los hombres, el ganado y los animales salvajes, y todo lo que está sobre la tierra–y camina sobre sus pies–es todo lo que está en el cielo–y vuela sobre sus alas-."
"Y los países extranjeros, Siria, Nubia y la tierra de Egipto, tú has colocado a cada hombre en su lugar, te has ocupado de sus necesidades. Cada uno y su alimento, y está contada su duración en vida."
"Sus lenguas son distintas en palabras y su escritura también, así como su piel. Has diferenciado a los pueblos extranjeros. […] Y todos los países extranjeros y lejanos, tú haces que vivan también ellos. […] Tus rayos alimentan todas las plantas, cuando tú brillas, ellas viven y prosperan por ti. Tú haces las estaciones para que se desarrolle todo lo que creas…”

El Gran Himno a Atón constituye la mayor expresión mística del período que nos atañe y se considera una obra magistral de la literatura religiosa. El texto fue hallado en la tumba concebida para Ay en la necrópolis meridional de Aketatón. Aunque se ha subrayado con frecuencia el sorprendente parecido con el Salmo 104 de David, es oportuno recordar que el texto se ajusta perfectamente a la antigua tradición religiosa de los himnos que los teólogos egipcios dedicaban al sol. Este canto de amor y entusiasmo, el más vibrante que haya legado la literatura del Antiguo Egipto constituye, asimismo, un magnífico ejemplo de 'neoegipcio', el idioma hablado, con toda probabilidad, desde finales del Imperio Medio, y considerado lengua 'oficial' precisamente desde el período de Amarna.

A MODO DE PREÁMBULO

Se inicia un nuevo capítulo, el 10º, en el que se pretende cubrir lo que resta del Imperio Nuevo incluyendo, claro está, el controvertido Período Amarna que, a pesar de su relativa corta vida, sigue siendo el período de la Historia Antigua de Egipto que ha atraído más atención de egiptólogos, arqueólogos, filólogos, antropólogos, teólogos e historiadores, y profanos en general. Son muchos los profesionales que han dedicado, y dedican, su vida profesional al estudio de Amarna y al faraón que la creó; al cisma religioso que intentó imponer; a sus orígenes y a sus consecuencias, inmediatas y futuras; a sus repercusiones e influencia en otras religiones.

Su autoría, como siempre, ha recaído en un erudito en el tema. El Doctor Jacobus van Dhij, prolífico autor de numerosos libros, tratados, ensayos y artículos en general sobre el Antiguo Egipto, e infatigable investigador, es Director del Departamento de Estudios Religiosos-Egiptología, Facultad de Teología y Estudios Religiosos, Universidad de Groningen (Países Bajos). Su formación académica y experiencia no pueden ajustarse más a las exigencias del delicado y muy especializado tema que le toca desarrollar.

Se puede pensar en el faraón Akenatón - personaje principal del Período Amarna - como el crisol en el que se depuran y purifican aquellas tendencias y posturas teológicas que la Dinastía XVIII tan claramente venía ya arrastrando e imponiendo, pero de cuyo arraigo real en la sociedad nada se sabe.

La figura de Akenatón es vilipendiada y denostada por unos, e idealizada y encumbrada por otros, todo ello cuando la realidad sigue siendo una: Que poco o casi nada se sabe de él y de su entorno. Lo que queda, pues, son meras conjeturas viciadas.

INTRODUCCIÓN

Cuando Amenhotep III fallece, deja atrás un país tan rico y poderoso como jamás lo había sido. El tratado con Mitani alcanzado por su padre, trajo paz y estabilidad, y dio fruto a una cultura extraordinariamente exquisita. Un alto porcentaje de los ingresos generados por el propio Egipto, y por el comercio exterior, se empleó en proyectos de construcción a una escala sin precedente; las inscripciones nos hablan de enormes cantidades de oro, plata, bronce y piedras preciosas usadas en la decoración de los templos. La riqueza de Egipto se veía simbolizada en el tamaño de sus monumentos; todo tenía que ser mayor que lo anterior; desde los templos y palacios hasta los escarabeos; desde las colosales figuras del faraón hasta los shabtis de su élite.

La paz también cambió la actitud del pueblo egipcio hacia sus vecinos extranjeros, que ya no eran vistos, de entrada, como las hostiles fuerzas del caos que rodeaba a Egipto, del mundo creado al principio de los tiempos. La Corte de Amenhotep se había convertido en un centro de la diplomacia de importancia internacional, y los amistosos contactos con los vecinos de Egipto propiciaron la existencia de una atmósfera abierta a las culturas foráneas.

Durante la primera época de la dinastía, los inmigrantes habrían introducido en Egipto sus dioses nativos y algunas de sus deidades habrían llegado a asociarse con el soberano egipcio, especialmente en su aspecto bélico, pero ahora los pueblos extranjeros eran vistos como parte de la creación divina, protegidos y sustentados por el benevolente dominio del Dios-Sol, Ra, y de su representante terrenal, el faraón.

LA RELIGIÓN DEL IMPERIO NUEVO

El Dios-Sol y el faraón yacían en el fondo del pensamiento teológico y en la práctica cultual egipcia según éstos evolucionaban a lo largo de los siglos. El curso diario del Dios-Sol, que a la vez era el dios creador primigenio, garantizaba la existencia continuada de su creación. En el templo, el viaje diario del Dios-Sol a través de los cielos se iniciaba simbólicamente por medio de rituales e himnos, cuyo objeto principal consistía en mantener el orden creado del Universo. El faraón jugaba un papel crucial en este ritual diario; él era el oficiante principal, el Sacerdote-Sol, que poseía un conocimiento íntimo de todos los aspectos del curso diario del Dios-Sol. Cada amanecer era una repetición de “la primera ocasión”, la creación del mundo en el Principio. El propio Ra emprendía un ciclo diario de muerte y de renacimiento; cada puesta de sol entraba en el Submundo, donde era regenerado y preparado para renacer en la mañana como Ra-Horakhty.

La Luz no podía existir sin la Sombra; sin Muerte, no podría haber Regeneración ni Vida. Junto con el Dios-Sol, los muertos también renacían; se unían a Ra en su viaje diario y acometían el mismo ciclo eterno de Muerte y Resurrección. Osiris, el dios de los Muertos y del Submundo, con el que el fallecido estaba tradicionalmente identificado, se veía cada vez más como un aspecto de Ra, y lo mismo es aplicable para los otros dioses, pues, si el Dios-Sol era el creador primigenio, entonces todos los demás dioses habrían emergido de él y eran, por lo tanto, aspectos suyos. En este sentido, hay una tendencia hacia una forma de monoteísmo inherente a la religión del Imperio Nuevo Egipto.

Hacia finales del reinado de Amenhotep III el culto de muchos dioses, además de su deificado sí mismo, estaba solarizado e iba en aumento, pero a la vez, el faraón parecía haber intentado equilibrar este desarrollo encargando un gran número de estatuas de una multitud de deidades, y desarrollando, a la vez, el culto a sus manifestaciones terrenales como animales sagrados. Sin embargo, en los himnos de finales del reinado, al Dios-Sol se le sitúa alejado de los otros dioses; él es el Dios Supremo que está solo, lejos en el cielo, mientras los demás son parte de su creación, junto con los hombres y los animales. El sucesor de Amenhotep iba pronto a encontrar una solución radicalmente diferente al problema de Unidad y Pluralidad.

Aunque la sede del gobierno durante la mayor parte del Imperio Nuevo estuvo en la capital del norte, Menfis, los soberanos de la Dinastía XVIII eran oriundos de Tebas, y esta ciudad continuó siendo el centro de culto religioso más importante del país. Su dios local, Amón (el oculto) se había asociado con el Dios-Sol Ra, y como Amón-Ra, Rey de los Dioses, se le adoraba en todos los templos más importantes de Egipto, incluido Menfis. El faraón era el hijo carnal de Amón, nacido de la unión del dios con la reina madre, en un matrimonio sagrado que se renovaba anualmente durante el Festival Opet en el templo de Amón, en Luxor.

Durante las grandes procesiones que formaban parte de este importante festival, al faraón se le aclamaba públicamente como la encarnación terrenal de Amón; de esta forma, el faraón y el dios se veían ligados íntimamente en una poderosa amalgama de lazos religiosos y políticos. Todo esto había hecho de Amón-Ra el dios más importante del país, cuyo templo recibía una parte substanciosa de la riqueza de Egipto, y cuyo sacerdocio había adquirido un poder político y económico considerables. Esto, también pronto iba a cambiar bajo el sucesor de Amenhotep III.

AMENHOTEP IV Y KARNAK

Pocas dudas pueden haber de que Amenhotep IV fuese coronado oficialmente por Amón, de Tebas, ya que se le describe como “El que Amón ha escogido (para gozar de gloria durante millones de años)” en algunos escarabeos de principios de su reinado, pero esta referencia atribuida a Amón no puede ocultar el hecho de que el nuevo rey estaba claramente dispuesto, desde su ascensión, a hacer las cosas a su manera. Exactamente cuándo tuvo lugar dicha ascensión es aún objeto de polémica; está claro que originalmente no se contaba con que Amenhotep sucedería a su padre, ya que se sabe que había un príncipe Tutmosis desde principios del reinado de Amenhotep III. A Amenhotep IV se le menciona como el “verdadero hijo del faraón” en uno de los muchos sellos de jarras de barro encontradas en el palacio de su padre en Malkata, en su mayoría asociadas con tres festivales-sed (jubileos) celebrados por Amenhotep III durante los siete últimos años de su reinado.

En cuanto al tema de una posible corregencia entre Amenhotep III y IV, las opiniones están divididas; algunos eruditos han optado por ese período de gobierno compartido, durante doce años; otros, lo más que han admitido es la posibilidad de un corto período de solape de entre uno y dos años; mientras que la mayoría lo rechaza por completo.

Amenhotep IV comenzó su reinado con un amplio programa de construcción en Karnak; el propio centro del culto a Amón. Se desconoce la ubicación exacta de estos templos, pero algunos, quizás todos, estaban situados al este del recinto de Amón y orientados hacia el este; es decir, hacia la salida del Sol. Los templos que empezó a construir aquí y allá no estaban, sin embargo, dedicados a Amón sino a la nueva imagen del Dios-Sol cuyo nombre oficial era “El que vive, Ra-Horus del horizonte, que se regocija en su identidad de Luz que está en el disco solar”, larga fórmula que pronto aparecería encerrada en dos cartuchos, al igual que los nombres de un faraón, y que con frecuencia iba precedida, en las inscripciones reales, de las palabras “mi Padre vive”.

El nombre del dios podía a veces acortarse a “el disco solar viviente” (o, utilizando la palabra egipcia, “el Atón”). La palabra en sí no era nueva, se había utilizado anteriormente para referirse al cuerpo celestial visible del Sol. Durante el reinado de Amenhotep III este aspecto del Dios-Sol fue creciendo en importancia, especialmente en los últimos años de su reinado. Durante los festivales-sed del faraón, su Yo deificado había sido identificado con el Dios-Sol, y en varias inscripciones, más claramente en una en el pilar posterior de una estatua recientemente descubierta, el faraón se llama a sí mismo “el Deslumbrante Atón”.

Originalmente, esta nueva imagen del Dios-Sol se representaba en la forma tradicional, como un hombre con cabeza de halcón coronada por un disco solar, pero al principio del reinado de Amenhotep IV, esta iconografía se abandonó a favor de una forma radicalmente nueva de representar a un dios; como un disco con rayos terminados en manos que tocaban al faraón y a su familia, y les ofrecían símbolos de vida y poder, a la vez que recibían sus ofrendas. Si bien el Atón claramente goza de prioridad sobre los dioses restantes, aún no los reemplaza totalmente. Si bien el Atón claramente goza de prioridad sobre los dioses restantes, aún no los reemplaza totalmente.

Uno de los templos de Karnak está consagrado a un festival-sed, un hecho poco común, ya que los faraones no solían celebrar su primer jubileo antes del trigésimo año de su reinado. Desgraciadamente, se desconoce la fecha exacta de este festival de Amenhotep IV, pero debe de haber tenido lugar dentro de los primeros cinco años de su reinado y, posiblemente, alrededor del año 2 o 3; de haber sido así, puede que ocurriese a intervalos regulares de tres años después del último festival-sed de Amenhotep III, que se había celebrado no mucho antes de su muerte.

Esto proporcionaría otro argumento en contra de una supuesta corregencia entre Amenhotep III y IV. El Atón, que está presente en todos y cada uno de los episodios de los festivales de jubileo representados en los muros del nuevo templo, es ahora, de forma evidente, idéntico al solarizado difunto Amenhotep III, y el festival-sed celebrado por su hijo, es tanto un festival para el Atón como para el nuevo faraón, aunque éste no sea, por necesidad, el principal protagonista de los rituales. El Atón es el “padre divino” que reina Egipto como corregente celestial de su encarnación terrenal, su hijo. Que el jubileo de Karnak no estuviese considerado como el primer festival-sed oficial de Amenhotep IV, lo demuestra una inscripción posterior en la que un cortesano de Amarna incluye en sus oraciones funerarias un deseo de ver al faraón “en su primer jubileo”, indicando claramente que dicho festival aún no se había celebrado.

Otro rasgo extraordinario de los edificios de Karnak de Amenhotep IV es la prominencia sin precedentes de la esposa del faraón, Nefertiti, en las decoraciones de los templos y, por consiguiente, en los rituales que se celebraban en ellos. Una construcción estaba dedicada en sus totalidad sólo a ella, con total ausencia en los relieves de su real esposo. A Nefertiti se le da un nuevo nombre, Neferneferuaten y, acompañada con frecuencia de su hija mayor, Meritaten, ejecuta numerosos rituales que hasta entonces habían estado reservados al faraón; entre ellos, el del mantenimiento del orden universal, “Mostrando a Maat”, y el del dominio de los poderes del caos, “Castigando al enemigo”.

En esta temprana etapa del reinado no era ya tanto la actuación de Nefertiti como corregente de su esposo, como que la pareja real, juntos, representan a los míticos gemelos de la religión tradicional, Shu y Tefnu, la primera pareja de divinidades procedente del andrógeno dios creador, Atum. La triada original compuesta por Atum, el padre primigenio, su hijo Shu y su hija Tegnu, es reemplazada por una triada compuesta por Atón, como padre, y el faraón y su esposa, como sus hijos vivos. La iconografía única de la pareja regia representada en estatuas y relieves, reflejan la nueva interpretación de su estatus divino.

AKENATÓN Y AMARNA

A principios de su quinto año de reinado, Amenhotep IV decidió cortar todos los lazos con la capital religiosa tradicional de Egipto y su dios Amón, y construir una ciudad totalmente nueva en tierra virgen, que se consagraría exclusivamente al culto de El Atón y de sus hijos. Al mismo tiempo cambió su nombre por el de Akenatón, que significa “el que de hecho actúa en nombre de El Atón” o quizás “manifestación creativa de El Atón”. A la nueva ciudad, conocida hoy como Amarna, se le llamó Aketatón, “Horizonte de El Atón”, es decir, el lugar donde El Atón se manifiesta y donde actúa a través de su Hijo, el faraón, que es “el Hijo perfecto de El Atón viviente”. Aún se desconoce si existían motivos políticos, además de religiosos, para una decisión tan drástica, si bien el faraón parece insinuar cierta oposición a sus reformas religiosas en el decreto inscrito en una serie de “estelas fronterizas” que delimitaban el territorio de Aketatón.

Oposición tuvo que haber existido, especialmente por parte del desposeído sistema sacerdotal de los grandes templos de Amón en Tebas, y probablemente de cualquier otra parte del país. Incluso antes de marchar a Aketatón, algunas de las ganancias procedentes de los cultos ya establecidos habrían sido desviadas hacia el culto de El Atón, y la situación debe de haberse deteriorado aún más cuando el faraón dejó la ciudad del dios Amón para marchar a su nueva capital.

Antes de proceder al análisis de esta ciudad, sus habitantes y la nueva religión “atonista”, según se practicaba en el lugar, habría que hacer un breve resumen de los principales eventos políticos del reinado de Akenatón. Se desconoce exactamente cuándo cambió su residencia a Aketatón, pero es probable que tuviese lugar dentro del primero o segundo año de su fundación; los juramentos prestados por el faraón en aquella ocasión en relación a los límites del territorio de la ciudad, se renovaron en el año 8 de su reinado. Una vez tomada la decisión de marchar, todas las actividades de construcción en Tebas cesaron, aunque el nombre original del faraón se borró de las inscripciones y fue sustituido por el nuevo.

Una vez que Akenatón estaba firmemente asentado en su nueva residencia, tuvo lugar una nueva radicalización de sus reformas religiosas. En el año 9, la fórmula oficial del nombre de El Atón se cambió a “el que vive, Ra, soberano del horizonte que se regocija en su identidad de Ra, el Padre, que ha vuelto como el Disco-Solar”. Aunque esta fórmula suprime el nombre del dios Horus, que huele demasiado a conceptos tradicionales, pone incluso más énfasis en la relación padre-hijo entre El Atón y el faraón.

Probablemente, a la vez que este nombre cambió, los dioses tradicionales fueron prohibidos por completo, y se inició una campaña para borrar sus nombres y esfinges – en especial las de Amón – de los monumentos, tarea hercúlea que sólo pudo haberse consumado con la ayuda del ejército. Los templos estatales tradicionales se cerraron, y el culto a sus dioses se paralizó. Y, quizás lo más importante, los festivales religiosos con sus procesiones y festividades, dejaron de celebrarse.

El papel del ejército durante el Período Amarna ha sido subestimado desde hace tiempo; en parte porque a Akenatón se le tachaba de pacifista. Sin embargo, más recientemente, se ha reconocido no sólo que el programa de reforma política y religiosa del faraón nunca habría tenido éxito sin un respaldo militar activo, sino también que Akenatón envió sus tropas al exterior para aplastar una rebelión en Nubia en el año 12. Incluso se ha sugerido que pudo haber estado involucrado en una confrontación con los Hititas quienes, durante el reinado de Akenatón, habrían derrotado a los hurrianos del imperio de Mitanni, aliado de Egipto, destruyendo así el equilibrio de poder que había existido durante varias décadas, aunque el archivo diplomático de Aketatón – las “Cartas de Amarna” - muestra que la actividad militar de Egipto en el norte de Siria solía limitarse a acciones policiales, cuyo objetivo primordial consistía en prevenir que los volátiles estados vasallos cambiasen de bando. Y fue en el año 12 que tuvo lugar una gran ceremonia durante la que el faraón recibió el tributo de “todos los países extranjeros unidos en uno”, evento que bien pudo estar relacionado con la campaña nubia del mismo año.

Y terminamos esta “Hoja Suelta” en la que se ha ofrecido una breve reflexión sobre la religión del Imperio Nuevo, seguida de una reseña, también breve, de las distintas tendencias reformistas político-religiosas del nuevo faraón según la dicotomía Amenhotep IV/Akenatón. Todo ello, claro está, de la mano del Egiptólogo holandés, Doctor Jacobus van Dhij.

RAFAEL CANALES


En Benalmádena-Costa, a 15 de noviembre de 2010

Bibliografía:


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“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”, Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
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“British Museum Database”.

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