miércoles, 16 de septiembre de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 7/7. Guerra Final y Retrospección.


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El modelo, procedente de la tumba de Nebhepetre Mentuhotep II (2.055-2.004 A.C.), es una maqueta que muestra el proceso de horneado que aseguraría pan durante toda la eternidad. El modelo hace ver las diferentes etapas del horneado del pan. Es puramente esquemático, más que representativo, de una panadería real. El pan constituía el elemento básico del Antiguo Egipto, y de tal importancia en la vida cotidiana, que varios signos jeroglíficos se refieren a diferentes tipos de pan, y el símbolo de "ofrenda" viene representado por una hogaza de pan sobre una esterilla. Formaba parte de las ofrendas para el sustento del fallecido en la Otra Vida, ya se tratase de un humilde granjero o del propio faraón. Deir el-Bahari, Dinastía XI, hacia 2.000 A.C.


LA GUERRA FINAL

Las cosas alcanzaron su clímax cuando Wahankh Intef II atacó el nome de Thinis, ciudad cercana a Abydos, y se adentró en el norte, donde fue frenado por los nomarcas de Asyut. Al menos un contraataque de las fuerzas heracleopolitanas ha sobrevivido en forma de inscripción, muy deteriorada, en la tumba de Ity-yeb – el segundo de una serie de Inspectores de Sacerdotes de Asyut – que aporta información sobre operaciones militares con éxito contra los “nomes del sur”.

Además, en la narración de “Enseñanzas para Merykara”, se reivindica que el padre del Faraón Merykara habría reconquistado Abydos. Si estos hechos tienen o no alguna conexión con la “rebelión de Thinis”, rememorada en la estela conmemorativa del decimocuarto año de reinado del faraón Mentuhotep II, el hecho es que el tema sigue siendo objeto de controversia.

No obstante, es evidente que este éxito militar de Heracleópolis no tuvo ningún efecto duradero en el desenlace final, ya que la tumba del hijo de Ity-yeb, Khety II, de la época del Faraón Merykara, contiene un informe relativo a un conflicto posterior con los agresores tebanos. No existen datos sobre la secuencia de sucesos de esta fase final de la guerra, pero pocas dudas puede haber de que Asyut fue tomada por la fuerza y de que la familia gobernante de Asyut no sobrevivió a la victoria tebana.

Tampoco hay pista alguna de los avances del faraón Mentuhotep II más al norte, pero parece poco probable que hubiese tenido que luchar personalmente por cada palmo de terreno; más bien, es probable que la red bajo dominio heracleopolitano colapsase después de la caída de Asyut, y que los dirigentes locales estuviesen ansiosos por ponerse del lado de la parte victoriosa antes de que fuese demasiado tarde, con la esperanza así de salvarse ellos y evitar a sus ciudades el “terror que desplegó la casa real tebana”.

No se conoce la suerte del último faraón de Heracleópolis, ni se tiene detalle alguno de la caida de la ciudad, pero las recientes excavaciones del yacimiento de Ihnasya el-Medina muestran que sus monumentos funerarios fueron literalmente reducidos a escombros en algún momento de principios del Imperio Medio. Esta observación arqueológica se nos presenta tentadora como posible evidencia del eventual saqueo y pillaje de la capital del norte de Egipto.

EL PRIMER PERÍODO INTERMEDIO EN RETROSPECCIÓN

Los egiptólogos modernos, en su mayoría aún siguen presentando una imagen negativa del Primer Período Intermedio al que consideran un período de caos, decadencia, pobreza y tinieblas social y política: Una “era oscura" que separa dos épocas de gloria y de poder. Esta imagen, no obstante, sólo está parcialmente basada en una evaluación de fuentes contemporáneas. En la mayoría de los casos reproduce, a veces con sorprendente ingenuidad, el tema literario desarrollado en un grupo de textos del Imperio Medio.

Los textos “Consejos de un Sabio Egipcio” y “Profecía de Nefertiti” forman el corazón de este género, pero algunos otros textos “pesimistas”, como “Quejas de Khakheperraseneb” y “Diálogo entre un Hombre Cansado de la Vida y su ba” podrían añadirse a esta línea. En este tipo de texto, se lamenta el estado de desorden y se compara con el estado en el que las cosas deberían de estar.

"El orden social está cabeza abajo; el rico es pobre, y el pobre rico; el malestar político y la inseguridad prevalecen en todo el país; los documentos administrativos se hacen pedazos; hay numerosos y diferentes gobernantes en el poder al mismo tiempo; el país se ve invadido de extranjeros; la base moral de la vida cotidiana se destruye; la gente se desprecia y se odia; y las sagradas escrituras se ven profanadas".

Este estado de disturbios generalizados no está confinado al mundo social, sino que realmente alcanza dimensiones cósmicas en las que, a veces, incluso se llega a decir que el río ya no fluye como debería hacerlo, y que hasta el sol parece haber perdido su antiguo resplandor.

Conviene mencionar que estos textos en realidad no pretenden ser del Primer Período Intermedio; ni mencionan detalles históricos. En la “Profecía de Nefertiti”, se vaticina que el advenimiento de Amenemhat I (1.985-1.956 A.C.) traería consigo sociego en un caótico estado que, cronológicamente, se sitúa a finales de la Dinastía XI y no en el Primer Período Intermedio.

Así es que, se requiere un escrutinio muy cuidadoso si lo que se pretende es determinar si estos textos tienen alguna relación con la historia del Primer Período Intermedio, e incluso, si la tubiesen, se habría de investigar de forma cuidadosa cómo se relacionan con los sucesos históricos reales.

Los textos que proceden del mismo Primer Período Intermedio, carecen por completo de esa nota de desesperación y sello de autenticidad de la literatura “pesimista” del Imperio Medio. Ellos hablan de crisis, sí, pero de crisis brillantemente superada; la fuerza, la confianza en sí mismo, el orgullo, y la autoestima, caracterizan el estado de ánimo del momento.

Por supuesto que hay un número impresionante de similitudes en las biografías del Primer Período Intermedio, y los “pesimistas” textos del Imperio Medio (tales como la irregularidad de El Nilo, la hambruna, el malestar social, la guerra, y una crisis que hacía temblar los propios cimientos del estado), pero estas similitudes son pruebas, para empezar, de las conexiones literarias entre ambas.

Hay otro aspecto de la evidencia que se sustrae de los textos que podría ser incluso más importante. En el Primer Período Intermedio, las historias de crisis servían para legitimar el poder de los gobernantes locales. De igual forma, la imagen altamente elaborada de un determinado período de caos aportada por una literatura “pesimista”, proporcionaría un oscuro fondo sobre el que la dura política represiva de ley y orden impuesta por los faraones del Imperio Medio, podría llegar a justificarse, e incluso hacerse ver como beneficiosa. De cualquier forma, los cimientos de la ideología de gobierno llevada a la práctica por la monarquía del Imperio Medio descansan, sólidamente afianzados, sobre lo que conocemos del pensamiento del Primer Período Intermedio.

Estas comparaciones entre la literatura que hemos dado en llamar “pesimista” del Imperio Medio, y los textos contemporáneos del Primer Período Intermedio, revelan hasta qué punto la experiencia del Primer Período Intermedio llegó a afectar a la conciencia colectiva de los egipcios del Imperio Medio y a su visión de las relaciones sociales y políticas.

Por otra parte, resultaría extremadamente engañoso pretender utilizar los textos literarios del Imperio Medio como auténticas fuentes a la hora de considerar la Historia del Primer Período Intermedio.

El panorama del Primer Período Intermedio que se expone en este Capítulo 6º, está basado, en su totalidad, en fuentes contemporáneas fidedignas. Esta determinación de evaluar la documentación que ha sobrevivido en todos sus aspectos, hace mucho más difícil estar de acuerdo con la visión negativa tradicional del período. Como contraste, hay que decir que uno se siente impresionado por el dinamismo y la creatividad del período.

Cuando Sunusrest I donó una estatua del “conde” Intef, el antepasado de la dinastía XI, al templo de Karnak, lo hizo reconociendo los orígenes de la realeza del Imperio Medio en las batallas que libraron los gobernantes locales por el poder, y la ascendencia durante el Primer Período Intermedio. Independientemente de su importancia política, el impacto que el Primer Período Intermedio tuvo en la historia cultural egipcia, no se puede negar. Un abanico completo de nuevos tipos morfológicos se desarrolló en prácticamente cada esfera de la cultura del material, que incluye nuevos inventos tan singulares como el sello con forma de escarabajo.

Y por encima de todo, a la cultura popular se le dio la oportunidad de florecer en un momento en el que la agobiante influencia de la cultura cortesana se había disipado, y cuando se vivían tiempos de un gran debilitamiento del gobierno central que ya antes, durante el Imperio Antiguo, habría impuesto duras sanciones y exigencias a las comunidades provinciales.

En el Primer Período Intermedio, las poblaciones locales de todo el país disfrutaron de una visible, si bien modesta, riqueza. También adquirieron nuevas formas de expresión cultural y de comunicación, y supieron adecuar sus vidas, dentro de un reducido horizonte, a sus cometidos inmediatos.

COMENTARIO ex profeso

Pecaría de injusto, ingenuo e insolidario, si no confesase abiertamente el satisfactorio impacto que ha supuesto para mí la exposición tan profesional, tan pausada y tan eruditamente razonada de este ensayo que termina ahora, dedicado al Primer Período Intermedio del Antiguo Egipto, tan brillantemente expuesto para delicia de lectores todos, por el Profesor Stephen Seidlmayer, de la Berlin-Brandenburgische Akademie der Wissenschaften.

Basta sólo con leer los últimos párrafos de esa “Retrospección” que acabamos de dejar atrás, para entender la reflexión con la que inicio mi Comentario. Debo, pues, aceptar mi ignorancia debida, quizás en parte, a una laguna en la actualización de temas de gran calado como el que nos ocupa, y a una falta de perseverancia en el seguimiento de los mismos. Tarea ardua, por otra parte, ante la aparente inexistencia de un cuerpo de publicaciones que aune, acoja y resuma, de forma periódica y con relativa puntualidad, los acontecimientos arqueológios más destacados de efecto inmediato en la Egiptología.

Debo, pues, admitir con cierta humildad, que el Primer Período Intermedio que acabo de descubrir difiere, felizmente y con mucho, del período de casi total oscurantismo con el que la Egiptología tradicional nos tenía acostumbrados.

No es mi intención, y mucho menos mi labor, incidir en los cómos y porqués de tan diferente panorama que han quedado perfectamente resumidos en el ya mencionado apartado precedente, titulado “El Primer Período Intermedio en Retrospección”.

Doy paso así, en una nueva “Hoja Suelta”, a un próximo capítulo, el 7º, titulado “El Renaissance Egipcio en el Imperio Medio” que nos adentrará en uno de los períodos dinásticos más significativos e interesantes de la Historia del Antiguo Egipto.

Faraones de la Dinastías IX y la Dinastía X (Heracleópolis):

Khety (Meryibra)
Khety (Nebkaura)
Khety (Wahkara)
Merykara.

Faraones de la Dinastía XI (Sólo Tebas):

Mentuhotep I (Tepy-a: “el antepasado”)
Intef I (Sehertawy)
Intef II (Wahankh)
Intef III (Nakhtnebtepnefer)


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 20 septiembre de 2009.

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”.
Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”.
Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”.
Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”.
Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

viernes, 11 de septiembre de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 6/7

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Relieve de caliza mostrando a Mentuhotep II abrazado por Montu. Templo de Mentuhotep II, Deir el-Bahari, Dinastia XI, hacia 2.050 A.C. El dios Montu probablemente era la deidad suprema local de la región tebana, con su centro de culto en Armant. Su culto llegó a ser más prominente con la subida al poder de la familia de la Dinastía XI (hacia 2.125-1.985 A.C.) en el Alto Egipto. El nombre de Mentuhotep significa "Montu está satisfecho". El relieve fue restaurado en algún momento durante la Dinastía XIX, hacia 1.250 A.C.

LA ERA DE HERACLEÓPOLIS EN LA HISTORIA SOCIAL Y CULTURAL DE EGIPTO

Ante la ausencia de datos relativos a la historia dinástica de los gobernantes de Heracleópolis, parece que lo más lógico sería investigar primero si el reino de Heracleópolis se puede considerar como una entidad social y cultural característica. Y, volviendo a las evidencias arqueológicas, deberíamos prestar atención al corazón del reino heracleopolitano: Las regiones de Menfis y el-Faiyum. Desde el punto de vista puramente arqueológico, el sur del Medio Egipto era, en esencia, una región del Alto Egipto.

Al norte, sin embargo, nos enfrentamos a un problema doble. Las fuentes de evidencia de que se dispone, no constituyen un marco histórico rico y coherente como son los datos del Alto Egipto. Por lo que es extremadamente difícil establecer una secuencia arqueológica sólida. Además, no disponemos de ningún grupo de material específico que nos permita una datación fiable en términos dinásticos. Así que, con frecuencia, no se sabe a qué monumentos se les puede asignar el período heracleopolitano apropiado, y qué otros son posteriores, de hecho, a la unificación del país, e incluso de principios del Imperio Medio.

En muchos aspectos, el desarrollo del material arqueológico en el norte sigue el mismo curso que en el Alto Egipto. Por ejemplo, las maquetas de madera de sirvientes y de talleres, máscaras de cartonnage, y tumbas de “familias ampliadas”, todas aparecen en ambas zonas, y las costumbres funerarias son, en su mayoría, las mismas. Para algunas clases de artefactos, tales como vasijas de piedra y amuletos de botón para sellados, es evidente que tanto el norte como el sur recurrían a los mismos modelos. Y, a juzgar por el material arqueológico, parece que las comunidades heracleopolitanas habrían estado sujetas a patrones similares de desarrollo social y cultural que el resto del país.

Hay diferencias importantes, sin embargo, que no se pueden pasar por alto. La evolución de la forma de la vasija de cerámica, por ejemplo, siguió un sendero totalmente diferente en el norte. Aquí, el antiguo patrón ovoideo no se abandonó, como ocurrió en el sur. Más bien se diría que surgió una serie de tipos muy especiales de jarras ovoideas, muy estilizadas, con frecuencia de bases puntiagudas, cuellos con forma cilíndrica o de embudo, bastante peculiares. Los patrones morfológicos que se desarrollaron en el norte durante el Primer Período Intermedio, evidentemente se aproximan mucho más a la tradición del Imperio Antiguo.

Sin embargo, incluso en el reino de Heracleópolis, la cultura de élite al estilo de la aristocracia del Antiguo Egipto, no sobrevivió. El perfil social de los ocupantes de los cementerios de la antigua Corte de la región menfita, por lo tanto, cambió de forma radical. Sin embargo, para los primitivos egiptólogos, que solían basar sus elementos de juicio totalmente en la comparación con la cultura de la Corte del Antiguo Imperio, esto les parecería indicativo de sucesos dramáticos.

No obstante, una vez situados en un fondo más amplio, está claro que estamos presenciando el paso de un período de condiciones excepcionales, a otro de comparativa normalidad, en el que la necrópolis menfita llegó a ser similar a los cementerios de las ciudades de provincia.

Cierto, que la pérdida del estatus de dominio de Menfis a finales del Imperio Antiguo habría dado lugar, sin duda alguna, a cambios drásticos en las condiciones de vida de sus habitantes. Pero los datos arqueológicos procedentes de los cementerios menfitas no pueden interpretarse como testimonio de una revolución social, o una guerra civil, una vez desaparecido el Imperio Antiguo.

Varios yacimientos importantes, tales como Saqqara, Heliópolis y Heracleópolis Magna, dan testimonio de la existencia de pequeñas tumbas-mastaba que incorporan capillas de ofrendas decoradas y falsas-puertas que permiten valorar el estilo del arte de Heracleópolis. La tradición del Imperio Antiguo domina. Las escenas de rituales y de la vida cotidiana, la disposición de la decoración y el estilo de la talla, se ajustan a los patrones del Imperio Antiguo; pero todo en miniatura. Aquí, en la región menfita y en sus alrededores, donde los monumentos del glorioso pasado de Egipto estaban disponibles para una inmediata inspección, y donde sus tradicionales talleres habrían estado atrincherados durante siglos, el legado del Imperio Antiguo no se iba a olvidar.

El abanico total de situaciones en las que se ponían en práctica estas tradiciones durante el Primer Período Intermedio, es muy probable que se nos escape debido al estado en que se encontraba la investigación arqueológica a finales del siglo veinte.

No obstante, inmediatamente después de la reunificación del país, el faraón de la Dinastía XI Nebhepetra Mentuhotep II, supo aprovecharse de la yacente experiencia, y de los artistas y albañiles menfitas, a la hora de construir y embellecer su templo funerario de Deir el-Bahri. Y es en su reinado que presenciamos la repentina reaparición de un nivel de pericia y habilidad que no se conocían desde los tiempos de las pirámides del Antiguo Imperio.

LA ORGANIZACIÓN INTERNA DEL REINO DE HERACLEÓPOLIS

Durante el inicio del período heracleopolitano, el sur del Alto Egipto consiguió escabullirse del control real, pero… ¿qué ocurrió con aquellas zonas del país que permanecieron bajo el dominio de Heracleópolis hasta el final? Entre las fuentes principales disponibles se encuentran los registros prosopográficos e inscripciones biográficas del sur del Egipto Medio. Entre éstos, el puesto de honor recae sobre las tumbas de los supervisores de sacerdotes de Asyut.

Durante la última fase del período heracleopolitano, Asyut emerge como el baluarte militar más importante del Alto Egipto que permanecería leal a los faraones heracleopolitanos durante su lucha contra los rebeldes tebanos. Las inscripciones biográficas de tres sucesivos titulares de cargo público, proporcionan información crucial, no sólo del curso de los acontecimientos políticos, sino también de las opiniones del momento sobre la ideología del gobierno.

También se puede obtener información adicional de un grupo de grafiti inscrito en las paredes de la cantera de travertino (o Sinter), en Hatnub, por emisarios del nomarca Neheri, del nome el-Ashmunein, cuya tumba rupestre se le conoce por “el-Bersha”. La datación de estos textos como inmediatamente posterior a la terminación del período heracleopolitano, parece la correcta (aunque algunos estarían dispuestos a cuestionarla) y, no obstante, es un hecho que sus puntos de vista están firmemente arraigados a la tradición de Heracleópolis.

Los tópicos tratados en estos textos de Asyut y Hatnub son similares, en muchos aspectos, a los de los textos hallados más al sur. De nuevo, las reinvicaciones de los dirigentes locales por haber cuidado de sus ciudades en situaciones críticas, constan de forma destacada. La inscripción biográfica del más antiguo supervisor de sacerdotes de Asyut, incluso proporciona una descripción detallada de las medidas tomadas por él para la mejora de un sistema de regadío que asegurarse suficientes cosechas en los años malos.

Además, se recalcan las proezas militares de los nomarcas. Se hace hincapié tanto en sus éxitos en su lucha contra el enemigo extranjero (el dirigente tebano), como en la constitución de un sistema de seguridad pública. Y, finalmente, el cuidado por parte de los magnates de los templos locales de sus propias ciudades, no se olvida: Las obras de construcción en los templos y las previsiones para cubrir las necesidades asociadas con el culto, no dejan de mencionarse.

En total contraste con el texto de Ankhtifi, sin embargo, el mantenimiento de estrechas conexiones con el faraón, juega un importante papel en los textos de los magnates de Asyut. Son ellos mismos quienes reivindican su descendencia de un venerable tronco aristocrático, y sus cercanos lazos personales que, al parecer, les unía con la casa heracleopolitana de gobernantes. Por ejemplo, uno de ellos menciona que, en su niñez, recibía lecciones de natación con los hijos del faraón. Además, se menciona la intervención del ejército heracleopolitano en el Alto Egipto. Así que, el dominio de Heracleópolis fue algo muy real para los gobernantes locales del sur del Egipto Medio.

En cuanto a nuestras fuentes para la estructura interna del Reino de Heracleópolis, éstas siguen siendo muy vagas. Con todo, el material disponible parece sugerir que los monarcas heracleopolitanos podrían haberse apoyado en una clase de aristócratas provinciales que permanecían fieles a la Corona; especialmente, en aquellos casos donde existiesen fuertes vínculos personales; ya fuese mediante parentesco, matrimonio o amistad. No obstante, estos aristócratas habrían, a la vez, considerado sus propias ciudades de crucial importancia para ellos; quizás incluso considerándolas sus principales objetos de lealtad. En este sentido, el Reino de Heracleópolis parece haber heredado una de las características del Antiguo Imperio: Y puede, también, que haya compartido una de sus debilidades estructurales.


KOM DARA

En este contexto, un importante monumento, aunque algo enigmático, puede ser significativo. En el cementerio de Dara, a unos 27 km río abajo de Asyut, en el Egipto Medio, una gigantesca tumba-mastaba de adobe, conocida como “Kom Dara”, ocupa una posición de mando. El edificio no ha sido aún debidamente investigado. En sus condiciones actuales, un área de 138 x 144 m, es decir 19.872 m², está delimitada por unos masivos muros exteriores que originalmente debieron alcanzar una altura de unos 20 m.

Los restos de la capilla mortuoria, que en algún momento necesariamente tuvieron que formar parte del complejo, aún no se han encontrado. Al interior, sin embargo, se pudo tener acceso a través de un inclinado corredor que penetraba en el edificio en el centro de su lado norte, y que bajaba hasta una cámara funeraria subterránea sencilla, construida con grandes planchas de piedra caliza.

El enorme tamaño de esta tumba, junto a su planta cuadrada y la situación de su cámara funeraria, son reminiscencias de una pirámide. Un análisis más cuidadoso de su construcción revela, sin embargo, sin lugar a dudas, que el edificio nunca estuvo pensado como una pirámide. De hecho, el acceso a la cámara mortuoria por el norte, constituye una característica muy común en la arquitectura de tumbas privadas de finales del Imperio Antiguo, mientras que la planta cuadrada de la superestructura, corre pareja con tumbas menores del propio cementerio de Dara.

Así que, Kom Dara se puede entender como una tumba monumental derivada de un prototipo local, muy en línea con las tumbas-saff de Tebas, que evolucionaron de sencillos tipos de tumbas-saff, construidas para los cultos funerarios de la gente corriente.

Basándose en la cerámica, Kom Dara puede datarse hacia la primera mitad del Primer Período Intermedio. Su dueño sigue siendo desconocido, y aún carecemos de prueba alguna que apoye su identificación, tan frecuentemente repetida, con un tal Faraón Khuy, cuyo nombre aparece en un fragmento de relieve reusado, encontrado en otro edificio del yacimiento. La propia tumba da testimonio inequívoco de las aspiraciones de su dueño a un rol político que excede, con mucho, al de un mero nomarca; aún en el caso de que osase asumir los títulos de realeza.

No existen documentos históricos que nos puedan dilucidar lo que en realidad pasó en este yacimiento, pero el contexto global deja bien claro que el dueño de la tumba de Kom Dara, en realidad nunca llegó a conseguir el establecimiento de un centro de poder independiente como hicieron los tebanos poco más tarde.

Pero resulta tentador seguir especulando un poco más. En las fértiles y amplias llanuras del Egipto Medio, cualquier dinastía local ambiciosa era propensa a verse rodeada de una veintena de poderosos competidores. Por consiguiente, la propia situación geográfica pudo haber ayudado a estabilizar el equilibrio de poder entre un número de gobernantes locales del Egipto Medio, quienes, a su vez, habrían jugado un papel fundamental en el mantenimiento de la jefatura suprema real.

Además, no parece ir demasiado lejos el dar por hecho que, en este lugar, una de las zonas agrícolas más productivas del país, la Corona viese importantes intereses en juego y, en consecuencia, se sintiese menos inclinada a tolerar ninguna aventura política de los gobernantes provinciales que no fuese en partes remotas de la “Cabeza del Sur”;
es decir, de la región de Tebas.

Hacemos una nueva pausa para dejar paso a una nueva “Hoja Suelta” con la que finalmente concluiremos este Capítulo 6º, y con él, el Primer Período Intermedio.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 16 de septiembre de 2009

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”.
Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004.
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

martes, 8 de septiembre de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 5/7

Estatua del administrador Mery sentado, con los pies sobre un plinto, en el que hay inscrito un texto jeroglífico, de lectura de derecha a izquierda, con el nombre del propietario al final. Su traje es típico de la época. La peluca, corta, va decorada con incisiones que representan el cabello. La falda está densamente plisada. Sus facciones y su cuerpo no representan su apariencia en la vida real, sino que se ajustan a las convenciones vigentes de la época. Sus prominentes orejas, cintura fina y largos pies, son característicos de las estatuas datadas en el Imperio Medio (2.040-1.750) . Tebas, Dinastía XI, hacia 2.050 A.C. ("Pinchar" y ampliar)



EL FARAÓN WAHANKH INTEF II (2.112-2.063 A.C.)

Mientras que Mentuhotep I e Intef I, los dos primeros faraones de la Dinastía XI, reinaron durante sólo quince años, el reinado de cincuenta años del hermano y sucesor de Intef I, Wahankh Intef II, destaca como la fase más decisiva en el desarrollo de la nueva monarquía. La más que apreciable cantidad de evidencia arqueológica, epigráfica y artística que ha sobrevivido a su reinado, ha permitido disponer de perspectivas introspectivas que son cruciales para el conocimiento de la realeza tebana.

Intef II reclamó la tradicional realeza dual – la nesu-bit – así como el título de “Hijo de Ra”, que hace referencia al dogma de ascendencia divina. No adoptó, sin embargo, el protocolo real completo, con sus cinco “Grandes Nombres” - la llamada "Titularidad real quíntuple" - de la que ya se habló más ampliamente en el Capítulo I de este Proyecto. De hecho, sólo añadió el “Nombre de Horus” Wahankh (“el que sobrelleva la vida”) a su “Nombre de Nacimiento”, Intef, pero no el “Nombre del Trono” que tradicionalmente incorporaría el nombre del Dios-Sol, Ra.

Por desgracia, son pocas las representaciones reales que se conservan, lo que hace imposible decidir si usaba la colección completa de coronas reales, y otras insignias, aunque el nivel de evidencia de que se dispone sugiere que no es probable. Los primitivos faraones tebanos, pues, eran plenamente conscientes del carácter limitado de su mando.

Fiel a sus orígenes sociales entre los magnates de provincia, Intef II hizo confeccionar una estela biográfica que se alzaba en la capilla de entrada a su tumba-saff en el-Tarif. Este monumento, que nos muestra una representación del faraón acompañado de sus perros favoritos, resume en retrospectiva los logros de su reinado; y las declaraciones que aparecen en el texto, las confirman ampliamente las inscripciones de sus seguidores.

Como ya se ha dicho antes, hay buenas razones para creer que el último nomarca tebano no perteneciente a la realeza, aún gozaba de poder en una gran parte del sur del Alto Egipto. Sin embargo, fue Intef II quien dio el empujón decisivo hacia el norte. Capturó el nome de Abydos que, desde tiempos del Imperio Antiguo había sido el centro administrativo más importante del Alto Egipto, y lanzó su ataque aún más lejos, hasta el territorio del 10º nome del Alto Egipto. Esto constituyó un acto de abierta hostilidad contra los faraones de Heracleópolis, así que, durante varias décadas, la guerra iba a proseguir de forma intermitente en la franja de tierra entre Abydos y Asyut.

LOS HOMBRES DEL FARAÓN

Se conocen alguno de los hombres que sirvieron bajo Intef II. El oficial militar tebano, Djary, por ejemplo, que luchó contra el ejército de Heracleópolis en el nome de Abydene y que se adentró hacia el norte hasta el 10º nome; Hetepy, de Elkab, que se responsabilizó para el faraón de la administración de los tres nomes más meridionales; y el tesorero de Intef, Tjetiy, cuya magnífica estela forma parte ahora de la colección del Museo Británico.

Aunque las inscripciones biográficas de estos hombres tenían por objeto principal elogiar los logros de sus titulares, no existe la menor duda del hombre sobre el que recaía la autoridad final:

“Hatepy dice esto: Yo fui amado por mi señor y elogiado por el señor de estas tierras; y su Majestad hizo feliz a este servidor (Hetepy). Tanto es así, que su Majestad dijo: “No hay nadie que (….) de mi mando como Hetepy!”, y este servidor lo hizo extremadamente bien, y su Majestad elogió a su servidor por ello. Y sus nobles dijeron: “¡Que esta cara te enaltezca!”

Sin duda es extremadamente significativo que ya no hubiese “nomarcas” en los territorios controlados por los dirigentes tebanos, y que a ninguno de los funcionarios que realizaban misiones importantes para estos faraones se les diese la oportunidad de establecerse como gobernante local y mediador entre los intereses de sus dominios y las exigencias del faraón.

El recién instalado estado se organizó, no como una red imprecisamente tejida de magnates semiindependientes, que era en lo que se había convertido durante el Imperio Antiguo, sino en un poderoso sistema cuya fiabilidad se basaba en vínculos de lealtad personal y control riguroso.

MONUMENTOS Y ARTE

Además de sus proezas militares, Intef II hace resaltar en su inscripción biográfica que ha construido innumerables templos a los dioses y, de hecho, el fragmento más antiguo de construcción real que aún sobrevive en Karnak es una columna de Wahankh Inter II.

En Elefantina, las excavaciones realizadas en el templo de la diosa Satet, han puesto al descubierto una serie ininterrumpida de etapas de construcción que se remontan al Período Protodinástico. Mientras que los gobernantes del Imperio Antiguo dedicaban sólo unas pocas ofrendas votivas a Satet en Elefantina, Intef II fue el primer faraón en construir capillas tanto para Satet como para Khnum, y en conmemorar su actividad con inscripciones en el marco de las puertas. Su ejemplo fue seguido por todos sus sucesores en la Dinastía XI.

La secuencia de los acontecimientos que tan claramente han revelado las excavaciones de Elefantina, también resultó cierta para muchos otros emplazamientos de templos. De hecho, quitando algunas pocas excepciones muy específicas, la actividad real en construcción en los templos de provincia del Alto Egipto sólo está testimoniada a partir de la Dinastía XI en adelante.

Así pues, se puede decir que, Intef II, habría inaugurado una nueva política de actividad y de presencia real en los santuarios, por todo el país; política que iba a continuar, incluso a mayor escala, Senusret I, y muchos otros faraones.

Los monumentos privados y reales de la época de Intef II también incluyen espléndidos ejemplos del arte tebano de la Dinastía XI. Algunos de los monumentos menores, como la estela de Djary, todavía muestran el severo estilo artístico del Primer Período Intermedio, en el Alto Egipto, mientras que los talleres reales empezaban ya a producir trabajos bellamente equilibrados que se caracterizaban por su modelado redondeado que, con frecuencia, producían un efecto estético especial, debido al contraste entre zonas grandes y lisas, y zonas llenas de detalles, finamente tallados, tales como faldas de elaborado plisado, o intrincados diseños de peinado. En estos trabajos, se aprecia, claramente, un visible deseo de crear un medio adecuado a las aspiraciones de la nueva Dinastía.

Y si nos concentramos en los desarrollos acaecidos al sur del Alto Egipto, es posible encontrar rastros del surgir de una nueva estructura política que llevaría, en secuencia ininterrumpida, a la eventual formación del estado del Imperio Medio. Este proceso, que iba a tener enormes efectos en el futuro de Egipto, debería, quizás, considerarse como el fenómeno más importante en la historia del Primer Período Intermedio.

No deberíamos olvidar, sin embargo, que el reino de Tebas ocupaba sólo una pequeña, remota y relativamente poco importante parte del total de Egipto. Los períodos de guerra y conflicto que se vislumbran de tan alarmante lectura de una narrativa biográfica, no hay duda de que se trataban de episodios de corta duración y muy localizados. En la mayoría de los casos, durante la mayoría del tiempo, y para la mayoría del pueblo, el Primer Período Intermedio habría sido, más bien, una experiencia menos estremecedora.

Durante el Primer Período Intermedio, la mayoría del país estuvo en manos de los sucesores de la antigua dinastía menfita en Heracleópolis. Así pues, para alcanzar un juicio equilibrado y objetivo del período, es crucial concentrarse en la situación del dominio real de Heracleópolis tanto como en el del sur.

EL REINO DE HERACLEÓPOLIS

Se sabe muy poco de los dieciocho o diecinueve faraones que componen la Dinastía de Heracleópolis de Manetón y que ocuparon el Trono de Egipto durante un período de unos 185 años. Incluso sus nombres en su mayoría se desconocen y, con sólo una o dos excepciones, es imposible asignar los pocos faraones que se mencionan a los lugares correctos dentro de la secuencia dinástica. Además, ni siquiera se conoce la duración de sus reinados.

Según Manetón, la Dinastía de Heracleópolis la fundó un faraón llamado Khety, dato que lo confirman aquellas evidencias epigráficas contemporáneas que hacen referencia al reino del norte como “la casa de Khety”. Pero se ignoran, totalmente, los orígenes del faraón Khety, o las circunstancias que lo llevaron al Trono.

Fuentes contemporáneas corroboran de forma inequívoca la afirmación de Manetón de la existencia de una conexión entre esta dinastía y la ciudad de Heracleópolis Magna. Lo más probable es que el faraón residiese en Heracleópolis, aunque el hecho de que Merykara (c.2.025 A.C.), el último o penúltimo faraón de Heracleópolis, fuese enterrado en un complejo piramidal en la antigua necrópolis real de Saqqara, parece claramente indicar que los faraones heracleopolitanos se consideraban parte integrante de la tradición de la realeza menfita.

El hecho de que el “nombre del Trono” de Neferkara Pepy II – último gran faraón del Imperio Antiguo – lo asumiese, por lo menos, uno de los faraones de Heracleópolis – como lo hicieran varios faraones de la Dinastía VIII – es obvio que apunta en una misma dirección.

Ninguno de los faraones de Heracleópolis dejó monumento alguno o, al menos, no se ha podido encontrar todavía, aunque esto puede deberse, en parte, al hecho de que la exploración arqueológica del yacimiento de Heracleópolis Magna - la moderna Ihnasya el-Medina – se inicase sólo en 1966.

El hecho de que ninguna de las pirámides haya sido hasta ahora identificada con certeza en la necrópolis de Saqqara, podría considerarse como prueba de que se trataba más bien de edificios que llamaban poco la atención; quizás algo así como las pequeñas pirámides del faraón Qakara, de la Dinastía VIII. Parece claro, pues, que los dirigentes heracleopolitanos no lograron establecer un sistema centralizado fuerte en línea con el del estado durante el Imperio Antiguo; incluso en el corazón de sus propios dominios.

La mayoría de las referencias contemporáneas a la dinastía heracleopolitana se desprende de monumentos privados, en gran medida consistentes en inscripciones biográficas procedentes del sur del Egipto Medio y el Alto Egipto, y tienden a centrarse en la guerra Heracleópolis-Tebas, tópico al que volveremos más adelante.

La era heracleopolitana fue también el entorno histórico de dos de sus más importantes textos literarios y filosóficos del antiguo Egipto que han sobrevivido: “Enseñanzas para el Faraón Merykara” y el “Cuento del Campesino Elocuente”.

Al día de hoy, parece haber un extendido consenso de que estos “textos de sabiduría” fueron en realidad compuestos durante el Imperio Medio, si bien las circunstancias exactas de sus orígenes y las vicisitudes de su posterior transmisión textual siguen siendo objeto de controversia. Es así que se aconseje una precaución extrema en cualquier intento de usarlas como fuentes históricas.

"Enseñanzas para el Faraón Merykara”, por ejemplo, incorpora una narrativa de fondo en la que el padre real (el faraón) del destinatario se encarga de prevenir y rechazar la infiltración asiática en el este del Delta.

Ante esta visión global de la situación, la realidad de tal escenario no parece improbable, si bien no existe ninguna evidencia independiente de que la inmigración asiática llegase a ser un problema durante el Primer Período Intermedio, aunque sí está ciertamente probado que lo fue para el posterior Imperio Medio.

Y, terminamos con la que podríamos llamar “5ª Entrega” de este Capítulo 6º dedicado al Prmer Período Intermedio, y pasamos a una 6ª, con otra “Hoja Suelta”, en la que se van a tratar temas como “La Era de Heracleópolis en la Historia Socio-Cultural”, “La Organización Interna del Reino de Heracleópolis” y “Kom Dara”. Una 7ª Entrega posterior nos llevará al final del período, para dejarnos a las puertas del Imperio Medio.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 11 septiembre de 2009.

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004.
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

viernes, 4 de septiembre de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 4/7




("Pinchar" y ampliar)


Estela de caliza de Tjetji, Tesorero de Inyotef II y III. Tebas (c.2.070 A.C.) Durante el Primer Período Intermedio, en muchos yacimientos de todo Egipto, se fabricó un gran número de estelas, particularmente en Tebas. Sus textos son de gran importancia para historiadores, ya que ayudan a documentar el progreso de los gobernantes tebanos en sus campañas para dominar el Alto y el Bajo Egipto. La estela de Tjetji es una de las mayores y mejor talladas de dichos textos. Aunque en una sóla pieza, se muestran aquí detalles separados de sus partes superior e inferior para facilitar su estudio. El texto vertical es una oración para ofrendas. El texto superior, en registros horizontales, es una inscripción autobiográfica. Este género literario consiste en un relato idealizado del carácter y carrera del funcionario, no necesariamente fiable como evidencia histórica.

COMPETENCIA Y CONFLICTOS ARMADOS

Durante el Imperio Antiguo, los administradores locales se veían obligados a organizar el servicio militar del pueblo bajo su jurisdicción, y a liderar las tropas en las misiones - tanto agresivas como pacíficas - en las regiones contiguas al Valle del Nilo.

Ya en la Dinastía VI, se reclutaban en el ejército egipcio mercenarios extranjeros, en su mayoría nubios. Durante el Primer Período Intermedio, el uso de tropas locales y la experiencia de los gobernadores locales aparecen como fuerzas decisivas en su lucha por el poder. Es así que Ankhtifi declara:

“Yo, que encontré una solución, cuando no existía, gracias a mis sólidos planes; que habló con palabras de mando y mente clara cuando los nomes se aliaron para hacer la guerra. Yo, soy el héroe sin par; el que habló libremente mientras el pueblo guardaba silencio el día en que el miedo se extendió y el Alto Egipto no se atrevió a pronunciar palabra…. Mientras este ejército de Hefat esté en calma, todo el territorio lo estará; pero si alguien pisa su cola de cocodrilo, entonces el norte y el sur de todo el territorio temblará de pánico….Yo, navego rio abajo con mis fieles tropas y echo amarras en la orilla oeste del nome tebano…. y mis fieles tropas buscan batalla por todo el nome tebano, pero nadie se atreve a salir por miedo a ellas. Entonces, Yo, navego de nuevo rio abajo, y echo amarras en la orilla este del nome tebano….y sus murallas (probablemente las del enemigo de Ankhtifi) acaban siendo asediadas al encontrar sus puertas cerradas por miedo a mis poderosas y fieles tropas que, sin descanso, buscan batalla por todo el oeste y el este del nome tebano, sin que nadie se atreva, por miedo, a hacerles frente”.

En realidad, no era nada nuevo que algún funcionario reclamase para sí autoridad para más de un nome. Hacia finales de la Dinastía V, por ejemplo, ya los faraones habían creado el puesto de “Supervisor del Alto Egipto” con la misión de supervisar a los administradores de los nomes individuales del Alto Egipto. Durante el Primer Período Intermedio, hay también pruebas documentadas de funcionarios que eran responsables de un territorio mayor, como es el caso de Abihu, que gobernó los nomes de Abydos, Diospolis Parva, y Dendera durante principios del período de Heracleópolis. Por lo que no hay nada de inusual en el doble “nomarcado” de Ankhtifi, o incluso en sus pretensiones de supremacía militar tan lejos al sur como Elefantina.

La narración de las guerras de Ankhtifi, por otra parte, deja claro que, por entonces, al faraón no se le nombraba, ni siquiera nominalmente, como autoridad capaz de controlar la distribución de poder entre los gobernantes locales. Es importante entender que dicha situación implica un cambio radical de mentalidad. En el cercano sistema político del Antiguo Imperio, el faraón había sido la única fuente legal de autoridad. Todas las acciones de los funcionarios dependían de su mando, y era él quien juzgaba y premiaba sus méritos.

Cuando el poder de la realeza se desvaneció, salió a la luz una situación más abierta. Ahora, los dirigentes locales podían ya actuar según sus propios criterios; tenían que depender de sus propias bases de poder; tenían que defender sus posiciones en competencia con otros; pero también tomaron nueva conciencia de sus propios logros, característica prominente de las inscripciones de Ankhtifi.

DIOSES, POLÍTICAS, Y RETÓRICA DEL PODER

En las inscripciones de las paredes de la tumba de Ankhtifi, al faraón se le nombra sólo una vez en una pequeña etiqueta adosada a uno de los murales: “Permita Horus conceder a su Hijo Neferkara un buen caudal del Nilo”. Es muy significativo que en este caso se apela al faraón en su sagrado rol de mediador entre la sociedad humana y las fuerzas de la Naturaleza. Su rol político, sin embargo, ha sido asumido por otras autoridades:

“El dios Horus me eligió a mí para el nome de Edfu, para restablecer la prosperidad y la salud. Yo encontré el dominio de su administrador, Khuu, en un estado como el de un territorio pantanoso abandonado por su guardián, en unas condiciones de contienda civil, bajo el control de un desgraciado. Yo hice incluso que un hombre abrazase a los que habían matado a su padre o hermano con el fin de reestablecer el orden en Edfu”.

En los textos de Ankhtifi, no es el faraón sino Horus, el dios de Edfu quien aparece como la autoridad suprema guiando la acción política. Este concepto no es único en las inscripciones del Primer Período Intermedio. Incluso la reunificación de Egipto bajo el faraón Mentuhotep II (2.055-2.004 A.C.) se describió en términos similares como resultado de la intervención de Montu, el gran dios del nome tebano: “Y fue un buen comienzo cuando Montu dio ambas tierras al Faraón Nebhepetra (Mentuhotep II)". Según consta en una estela de Abydos, de un Supervisor del Tesoro, Meru, en tiempos de Mentuhotep II.

La ideología descansaba en cimientos sólidos, dado que los dirigentes locales actuaban como “supervisores de sacerdotes”, lo que les aseguraba un rol privilegiado en el culto a los dioses. Al propio Ankhtifi se le representa, en una escena en su tumba, supervisando uno de los grandes festivales de su dios local, Hemen, y la mención más antigua del templo de Amun en Karnak proviene de una estela de un supervisor de sacerdotes tebano que reivindica haber sido responsable de su cuidado durante los años de hambruna.

Desde tiempos remotos, los templos provinciales eran centros administrativos y a la vez focos de lealtad popular local y parece probable que los sacerdocios ligados a estos templos formasen el grupo central de una élite provincial anterior. En cierto modo, los cultos provinciales pueden ser considerados como representaciones simbólicas de una identidad colectiva.

Por lo tanto, durante el Primer Período Intermedio, el dios y la ciudad con frecuencia aparecen de forma paralela en frases relativas al enclavamiento social. La gente dice: “Yo fui de los amados por su ciudad y enaltecidos por su dios”, y las maldiciones dirigidas a sus agresores, amenazan con que: “su dios local le despreciará y sus conciudadanos (a veces “su grupo familiar”) le despreciarán”. Así es que con la integración de su autoridad personal con la que ya ejercían en los cultos locales, los magnates provinciales conseguían vincular su poder con uno de los cimientos morales de la sociedad local.

El fascinante tema de la inscripción de Ankhtifi no debería, por otra parte, eclipsar sus méritos literarios. Se trata de una composición de una brillantez inusual, con abundancia de originales e impresionantes expresiones. Cualidades similares se pueden encontrar en las pinturas que decoran su tumba y, ciertamente, en general en el arte del Alto Egipto durante todo el Primer Período Intermedio.

Por entonces, los pintores del Alto Egipto ya no se ajustaban a los modelos impuestos por la Corte del Antiguo Imperio. Su estilo es angular, incluso a veces extraño, y descaradamente expresivo. Habiéndose liberado ellos mismos de modelos desfasados, crearon una serie completa de escenas nuevas: Filas de soldados y cazadores, mercenarios enfrascados en la batalla, y festivales religiosos.

Además, introdujeron nuevas imágenes de labores cotidianas, tales como hilar y tejer, y actualizaron escenas muy antiguas para que conjugasen con los más recientes desarrollos culturales y tecnológicos. Lejos de representar un período de decadencia cultural, estos turbulentos años fueron testigos de un brote de creatividad excepcional, adaptando y desarrollando los medios de expresión literarios y pictóricos para su correspondencia con la nueva serie de experiencias sociales.

El proceso de cambio también indica que la élite del Primer Período Intermedio sintió la necesidad de hacer saber los nuevos desarrollos sociales; cuando el gobierno no pudo por más tiempo confiar en la simple imposición del poder, sus fundamentos tendrían que hacerse explícitos. Así que, el texto de Ankhtifi puede leerse como un discurso relativo a la necesidad de gobierno y los beneficios de una autoridad fuerte. También es notable lo cercanamente que estas ideas – a las que de forma tan persuasiva Ankhtifi apela – coinciden con los sistemas de organización social local y las tradiciones provinciales.

EL “DOMINIO TEBANO” Y LA NECRÓPOLIS DE EL-TARIF

Durante el Imperio Antiguo, Tebas, la capital del 4º nome del Alto Egipto, había sido una ciudad de provincia de tercera categoría. Sin embargo, a principios del período de Heracleópolis, se sabe, por una estela funeraria recuperada del extenso cementerio de el-Tarif, en la orilla izquierda, justo frente al templo de Karnak, de un grupo de supervisores de sacerdotes a cargo de los asuntos locales.

A este grupo de funcionarios le sucedió un nomarca, Intef, que combinaba - como había ocurrido con Ankhtifi – el cargo de “Jefe Supremo del nome de Tebas” con el de “Supervisor de Sacerdotes”. Además, reclamaba para sí los títulos de “Confidente del Faraón de la estrecha puerta del Sur” (Elefantina), y “Jefe Supremo del Alto Egipto”.

Puesto que esta inscripción referente a Intef se encontró en el cementerio de Dendera, la capital del 6º nome del Alto Egipto, parece justo dar por hecho que su autoridad fue reconocida mucho más allá de los confines de su propia provincia.

Este nomarca, Intef, es con toda probabilidad el mismo que el tal “Intef el Grande, nacido de Iku”, que aparece en las inscripciones contemporáneas, y al que el propio faraón Senusret I (1.956-1.911 A.C.), de principios del Imperio Medio, dedicó una estatua en el templo de Karnak. Y aún más, a este personaje se le describe como “conde Intef”, antepasado de la Dinastía XI tebana en la lista-real que aparece inscrita en las paredes de la “capilla de antepasados reales” de Tutmosis III, en Karnak.

No obstante, sólo su inmediato sucesor, Mentuhotep I, fue considerado faraón en la tradición posterior, aunque el nombre de Horus que se le asignó, a saber Tepy-a – literalmente “el antepasado” – lo delata como ficción póstuma. Las fuentes epigráficas posteriores carecen de información sobre Mentuhotep I y su hijo Sehertawy Intef (2.125-2.112 A.C.), si bien la tumba de éste último sigue siendo la referencia más prominente de la necrópolis de el-Tarif, y sigue sirviendo como único monumento que sobrevive del poder y grandiosidad de los primitivos faraones tebanos.

Durante el Primer Período Intermedio, en la necrópolis de el-Tarif, se desarrolló un nuevo tipo de tumba rupestre; aparentemente para su adaptación a la topografía local. En las tumbas pequeñas del personal privado, se empezaba excavando un amplio patio en el estrato de grava y marga de la baja terraza del desierto. En la cara trasera de este patio, un pórtico con una fila de pesados pilares cuadrados formaban la fachada de la tumba; y es esta fila de pilares la que dio nombre a la designación moderna del tipo de arquitectura conocido como tumba-saff (del árabe saff o “fila”). Un corto y estrecho corredor situado en el centro de la fachada, conducía a la capilla de la tumba, en la que también se encontraba el pozo funerario que daba acceso a la tumba.

El Faraón Intef I decidió construir para él una tumba-saff de dimensiones gigantes. El “Patio de Saff Dawaba”, como así se le conoce hoy, se excavó en la tierra como un gigantesco rectángulo de 300 m de largo y 54 m de ancho; de él se sacaron 400.000 metros cúbicos de grava y roca blanda, que apilados, formaban dos cúmulos bajos a ambos lados del patio.

Su parte frontal, donde antaño se habría alzado algún tipo de capilla de entrada, desgraciadamente se ha perdido, pero la trasera, con su amplia fachada formada por una doble fila de pilares cortados en roca, y tres capillas – una para el faraón y dos, probablemente, para sus esposas – aún permanece relativamente bien conservada. Como la superficie de las paredes está totalmente desconchada, no se puede apreciar si originalmente estuvieron pintadas. No obstante, la Saff Dawaba parece haber sido una impresionante pieza de arquitectura que revela algunos de los fundamentos de la recién constituida realeza.

Sobre todo, no hay el mínimo intento de emular a la arquitectura funeraria del Imperio Antiguo. Más bien se diría que los faraones tebanos crearon un tipo explícito de tumba real tebana tomada del repertorio de la tradición local. Aún más, contrariamente a lo que hicieron muchos de los faraones del Imperio Antiguo, no lucharon por imponer la exclusividad de su localización; las tumbas reales continuaron situadas en el cementerio principal de Tebas, justo en frente de la ciudad y sus templos, al otro lado del río.

Aquí, el lugar de enterramiento del faraón estaba rodeado, no sólo de tumbas de un reducido círculo de cortesanos, sino por el cementerio de la población local. Además, las capillas de las pequeñas tumbas colocadas a los lados del patio de la tumba real, proporcionaban espacio para eventuales enterramientos de algunos de sus seguidores. El mensaje, pues, que transmitía esta arquitectura, estaba enfocado no sólo a engrandecer la posición del faraón, sino también resaltar el hecho de que estos gobernantes estaban arraigados en el entorno tebano y en la sociedad local.

Los sucesores inmediatos de Intef I – Wahankh Intef II y Nakht-Nebtepnefer Intef III – continuaron construyéndose tumbas-saff muy similares en la necrópolis de el-Tarif, en paralelo a la Saff Dawaba. Cuando Mentuhotep II se trasladó al nuevo yacimiento de Deir el-Bahri es probable que sólo fuese porque el terreno apropiado para la arquitectura monumental se habría ya agotado en el-Tarif .

Y hacemos aquí un nuevo alto en el camino que nos va a permitir analizar y digerir este tramo andado, para luego seguir nuestro recorrido por este Primer Período Intermedio – con el Doctor Seidlmayer, claro está - en otra “Hoja Suelta”, en la que tocaremos temas como: “El Faraón Wahankh Intef II”, “Los Hombres del Faraón”, “Monumentos y Arte” y “El Reino de Heracleópolis”.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 8 septiembre de 2009.

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

miércoles, 26 de agosto de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 3/7


Estela en caliza de Sebekaa, Tebas, Dinastía XI, hacia 2.050 A.C. Muestra una escena poco corriente en el centro, hacia la izquierda. El cuerpo de un hombre yace sobre una cama o féretro. Sobre su pecho reposa una figura mucho más pequeña. El significado de esta escena no está claro, pero podría estar relacionado con ciertos ensalmos de los Textos de los Sarcófagos. El hombre es probablemente el fallecido y la figura que descansa sobre su pecho podría ser alguna diosa, como Isis, Nephthys o Nut, que le abraza. No se sabe si la escena contiene algunas connotaciones sexuales. Un conjunto de escenas que normalmente aparecerían inscritas sobre las paredes de una tumba, han sido acomodadas en una estela. Es probable que Sebekaa, como la mayoría de sus contemporáneos, careciese de medios para construir una tumba, de ahí que la estela adquiriese mucha más importancia.


ESTILO E IDENTIDAD REGIONAL

Uno de los aspectos más intrigantes de la arqueología del Primer Período Intermedio es la variación estilística entre diferentes regiones. Mientras que las diferencias entre los estilos de cerámica del norte y del sur de Egipto están bien definidas, las cosas están menos claras en lo que respecta a la diferencia entre la cerámica de diferentes regiones, dentro del propio Alto Egipto, o las variaciones regionales con relación a otros tipos de artefactos.

De hecho, algunos tipos de objetos aparentan haber sido más afectados por las variaciones regionales que otros, y parece que la cultura del material egipcio, en general, no habría acabado fraccionada en una serie de desconectadas variantes locales.

Sin embargo, hay un aspecto de la variación regional que parece tener un especial significado. Durante todo el Imperio Antiguo, la arquitectura de tumbas-mastaba en el Alto Egipto siguió unas pautas uniformes y un continuo patrón de evolución. Pero, durante la Dinastía VI y el Primer Período Intermedio, surgen diferentes tradiciones locales en la construcción de tumbas. Ejemplos de estos estilos de arquitectura locales incluyen las tumbas-saff de Tebas, que se comentarán más adelante, y las tumbas-mastaba con fachadas en hornacina y largos e inclinados corredores de acceso que conducen a las cámaras subterráneas, que se han encontrado en Dendera.

Estos tipos locales son tan diferentes de los principales estilos arquitectónicos de los períodos más tempranos, que el cambio no puede explicarse simplemente en términos de la evolución de las tradiciones de los talleres locales. Más bien parece probable que estas innovaciones arquitectónicas hubiesen sido deliberadamente introducidas por las élites locales con objeto de expresar su propia identidad regional.

SOCIEDAD Y GOBIERNO

Incluso este breve análisis del material arqueológico proporciona suficientes indicios de un cambio que tendría lugar en las provincias - de imprevisibles consecuencias - durante el tardío Imperio Antiguo y el Primer Período Intermedio. En el actual estado de la investigación, el significado de muchos de los fenómenos arqueológicos considerados, así como de los mecanismos que los originaron, aún no se conocen bien.

Ya nuestro conocimiento actual parece sugerir que, corrientes internas de cambio y poderosas influencias externas - en particular el impacto de las políticas provinciales del Imperio Antiguo - influyeron para la eventual evolución hacia una mayor complejidad cultural, económica y social en todo el país.

Estos desarrollos afectarían de forma inevitable a todo el sistema político: Las tensiones entre el Centro y las provincias crecieron en importancia, y la nobleza provincial
que ocupaba una posición privilegiada entre la Corte y los grupos locales, consiguió hacerse con nuevas opciones para actuar de una forma independiente, a la vez que se veía obligada a mediar en intereses en clara competencia.

De esta situación surge el interrogante de conocer las formas en que la organización e ideología del gobierno consiguieron adaptarse a las condiciones sociales y culturales por todos los rincones del país.

Durante el Imperio Antiguo, los distritos de provincia eran normalmente gestionados - aunque no siempre - por una administración a dos niveles. Los “Supervisores de Sacerdotes” de los cultos locales eran importantes por el papel que representaban sus templos como nudos de la red de administración económica, pero el cargo principal lo ostentaba el Jefe Supremo del nome, que con frecuencia se trascribe como nomarca.

Es importante el darse cuenta, no obstante, de que el final del Imperio Antiguo no lo trajo el aumento de poder de las grandes familias de nomarcas. De hecho, durante el Primer Período Intermedio aparecieron nuevas líneas de magnates locales. Es, pues, más que probable, que la aristocracia del Imperio Antiguo - a pesar del grado en el que contribuyeron, como grupo social, al proceso de cambio en la estructura política del país – aún se sintiese ligada a la Corona. Si se sigue el rastro de estos nuevos desarrollos, podremos llegar a disponer de juicios introspectivos de las relaciones entre las condiciones sociales y los desarrollos políticos durante el Primer Período Intermedio.

EL CASO ANKHTIFI: CRISIS, CUIDADO, Y PODER

Ankhtifi, un nomarca de los nomes 3º y 2º del Alto Egipto de principios del período de Heracleópolis, personifica el nuevo tipo de gobernante local que emerge durante el Primer Período Intermedio. Su texto autobiográfico, inscrito en los pilares de su tumba rupestre, cerca de el-Mo’alla, a unos 30 km al sur de Tebas, es uno de los ejemplos más espectaculares de su género que nos ha legado el Antiguo Egipto. Proporciona una guía ideal para los grandes tópicos de la época y, de modo convincente, evoca la atmósfera política del sur del Alto Egipto durante el Primer Período Intermedio.

Como “Gran Jefe Supremo” de los nomes de Edfu y Hierakonpolis, y “Supervisor de Sacerdotes”, Ankhtifi, ostentó simultáneamente cargos, tanto religiosos como seculares, en la administración provincial del Imperio Antiguo. De hecho, esta combinación de cargos era típica de los dirigentes locales - en gran parte independientes - durante el Primer Período Intermedio.

Los dos acontecimientos cruciales en la carrera política de Ankhtifi fueron su intervención para pacificar y reorganizar el nome de Edfu, y su expedición militar contra el nome tebano donde sus oponentes, una coalición de tebanos y koptitas (de Koptos) se negaba a presentar batalla. Todo ello fue, en esencia, mera política, y si leemos entre líneas, es probable que ni siquiera tuviese demasiado éxito.

Es curioso, por ejemplo, que no aparecen sucesores conocidos de Ankhtifi en su rol de semi-independiente dirigente de los nomes más meridionales. Con todo, la inscripción proclama su gloria sin el menor indicio de falsa modestia. El texto completo que aparece en el original, obviamos reproducir aquí por ser excesivamente largo.

La crisis económica constituye uno de los grandes tópicos en los textos de la época. Los magnates locales estaban acostumbrados a alardear de poder alimentar a su propia ciudad mientras que el resto del país moría de hambre. Estas informaciones han causado un gran impacto en lectores modernos, hasta el punto de que las hambrunas y las crisis económicas han sido con frecuencia consideradas como sello de identidad de este período.

Se ha incluso argumentado que las calamitosas consecuencias de las repetidas bajadas del caudal de El Nilo - resultado de los cambios climáticos - fueron las responsables de la caída del Imperio Antiguo. No existe la menor duda que estos textos se ajustan a los hechos. Esto resulta evidente cuando se hace referencia a la hambruna en contextos menos grandiosos. Un empleado de un Supervisor de Sacerdotes koptita, por ejemplo, nos cuenta: “Me quedé en el portal de su Excelencia, el Superivisor de Sacerdotes, Djefy, repartiendo grano a los habitantes de toda la ciudad como ayuda a paliar las consecuencias de los dolorosos años de hambruna”.

Queda aún por considerar seriamente hasta qué punto esta situación fue específica del Primer Período Intermedio. De hecho, se carece de pruebas independientes que confirmen los cambios climáticos durante este período. Por el contrario, los datos disponibles parecen sugerir que la “Fase Húmeda del Neolítico” habría ya acabado durante el Imperio Antiguo, lo que supondría condiciones climatológicas más secas en las zonas desérticas adyacentes, a la vez que la puesta en marcha de un proceso general de adaptación a los nuevos niveles de crecidas anuales de El Nilo.

Estos cambios ambientales no dejaron huellas de que hubiesen afectado entonces al desarrollo de la civilización faraónica, lo que cuestiona cualquier conexión con el Primer Período Intermedio. Recientes observaciones arqueológicas en Elefantina, parecen incluso indicar que Egipto estuvo experimentando niveles de inundación ligeramente superiores a la media durante el Primer Período Intermedio.

Si se considera la regularidad y la variación del las crecidas de El Nilo a largo plazo, es evidente que el fantasma de la hambruna y su relación con el río Nilo tienen que haber supuesto, en años puntuales, una continua obsesión para los egipcios y, en mayor o menor medida, tiene que haberlo sido también durante todos los períodos de la historia de Egipto. Así que para comprender la prominencia de este tema en los textos del Primer Período Intermedio es, por tanto, esencial situarlo en un contexto literario mucho más amplio.

La frase que encabeza el relato de Ankhtifi es muy típica. Es una de esas frases del repertorio de los textos autobiográficos de los altos dignatarios del Imperio Antiguo haciendo valer su integridad moral.

Durante el Primer Período Intermedio, el principio del "cuidado al más desfavorecido" estaba altamente considerado. En estos tiempos, los hombres poderosos estaban dispuestos a intervenir en la sociedad cuándo y dónde la necesidad lo requiriese; ya fuese a consecuencia de problemas económicos, crisis políticas o infortunios individuales.

Los gobernantes provinciales no se limitaban a dar cobijo y mantener a unas cuantas familias como un padre haría con la suya, sino que se responsabilizaban de toda la sociedad, ya fuese la población de su ciudad, o la del nome o nomes que gobernaban.

El mensaje era bien claro: La gente se sentía desamparada sin sus gobernantes. Solos, serían incapaces de enfrentarse a los azares de la vida. No hace falta decir que el rol benefactor del gobernante llevaba inherente su autoridad, como Ankhtifi bien señala: “A todo aquel que yo tienda mi mano, ningún mal le puede sobrevenir, por estar mis razones plenas de experiencia y mis planes plenos de bondades. Pero aquel ignorante, aquel desgraciado, que se oponga a mí, verá recaer mis represalias contra sus propiedades”.

En el Primer Período Intermedio, es evidente que las crisis llegaron a ser socialmente significativas en contextos en los que el poder personal y la dependencia social podían ser legitimados, y quizás esta observación nos permita, en sobremanera, encontrar una explicación de porqué el tema de la hambruna y el sustento significaba tanto para los magnates locales de la época.

Y en el hilar de los temas, va tomando realidad el estado egipcio durante este Primer Período Intermedio; obviando dramatismos y sopesando realidades.

Y así, en la “Hoja Suelta” que sigue, nos vamos a adentrar, de nuevo, en otros tópicos, dentro aún, claro está, de este Capítulo 6, de la mano de nuestro ya familiar guía, el Doctor Stephen Seidlmayer


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 3 septiembre de 2009.

Bibliografía

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

lunes, 24 de agosto de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 2/7


Estela de Inheretnakht, probablemente de Naga ed-Deir (2.160-2.040 A.C.) mostrando ya algunos signos del llamado "estilo provincial".


EL ENTORNO PROVINCIAL

La transformación de la cultura y la economía de las provincias acabó afectando a toda la sociedad egipcia. Este proceso se puede seguir por los profundos cambios que aparecen en el registro arqueológico, ya arraigados en la Dinastía VI, que alcanzaron su punto álgido en la primera mitad del Primer Período Intermedio.

Así que de nuevo tenemos que recurrir a los cementerios en busca de documentación válida; en parte, por la ausencia de asentamientos excavados de esta época, pero principalmente por los inherentes datos que aportan los restos de la cultura funeraria.

Si comparamos la situación de principios del Imperio Antiguo con la de finales, y con la del Primer Período Intermedio, lo inmediatamente obvio es la proliferación de cementerios. Del último período se conocen muchos más, y cuando se explora una región determinada, sistemáticamente nos encontramos con un claro incremento del número de enterramientos.

Para explicar este fenómeno hay que considerar varios factores: Primero, el aumento de tumbas claramente evidencia un crecimiento demográfico durante el Imperio Antiguo y, es muy probable, que los factores más influyentes del cambio estuviesen ya arraigados en los propios entornos locales, donde el aumento de población vino acompañado, propiciado y estimulado por un mejor y más eficaz aprovechamiento de los recursos agrarios.

Segundo, durante el tardío Imperio Antiguo y el Primer Período Intermedio, las tumbas corrientes aumentaron de tamaño y los enterramientos ofrecían mejores ajuares funerarios. Estas tumbas no sólo han sido más fáciles de identificar y de datar por su mayor tamaño y contenido más variado, sino porque atraían a más excavadores. De hecho, los cementerios provinciales de la primera mitad del Imperio Antiguo han sido bien conocidos entre los primeros arqueólogos porque no llegaban a cubrir ni los gastos de la mano de obra de la excavación.

Al igual que la aparición de tumbas monumentales decoradas en el Alto Egipto, el aumento del número de sepulturas en los cementerios provinciales refleja, por lo tanto, en cierta medida, un cambio en el patrón social de consumo. Este fenómeno resulta particularmente obvio en los registros funerarios, pero no estuvo restringido sólo a esta esfera. De hecho, los objetos más valiosos que más abundaban en los enterramientos de principios del Primer Período Intermedio – vasijas de piedra para cosméticos, ornamentos y amuletos de gemas, e incluso de oro – eran objetos normales de la vida cotidiana, más que hechos especialmente para su uso funerario.

Parece claro, pues, que las provincias disfrutaron de condiciones económicas favorables durante el tardío Imperio Antiguo y el Primer Período Intermedio.

La distribución de los cementerios también puede proporcionar alguna indicación sobre patrones de asentamiento. El paisaje aparecía punteado de aldeas, mientras que los emplazamientos de las capitales de los “nomes” sólo aparecen marcados no ya por grupos de tumbas rupestres, o tumbas-mastabas monumentales propiedad de la aristocracia provincial, sino también por cementerios muy amplios de ciudadanos normales.

Las tumbas de la población urbana no difieren, en principio, de las de los pueblos. Aún así, con frecuencia son mayores en tamaño y están mejores equipadas. Así que, una estructura urbana dominaba el patrón de asentamiento provincial, no sólo política y socialmente sino también demográfica y económicamente.

CAMBIOS EN LOS ESTILOS Y FORMAS COMO SIGNOS DE DESARROLLO CULTURAL Y SOCIAL

El período que siguió al fin del Imperio Antiguo vino acompañado de cambios fundamentales en la cultura del material. De hecho, durante el Primer Período Intermedio, casi todos los objetos adquirieron una apariencia diferente. Vamos a dar un breve repaso a los aspectos más significativos de este proceso.

Desde un punto de vista puramente arqueológico, la cerámica se destaca como el tipo de material más importante. Desde el Período Dinástico Temprano, y durante todo el Imperio Antiguo, el repertorio de recipientes estuvo dominado morfológicamente por las formas ovales; el punto de máxima apertura siempre estaba ligeramente por encima de la mitad de la vasija.

Durante el Primer Período Intermedio, este estilo rápidamente se abandonó. Ahora, se hacían con forma de bolsa e incluso de gota descolgada. No es difícil identificar la fuerza impulsora detrás de este proceso. Parece claro que la idea era adaptar la forma de la vasija para aprovechar mejor las prestaciones que ofrecía el torno. En el caso de recipientes ovoides, una parte considerable de la superficie exterior había que decaparse después del torneado. En el caso de las vasijas en forma de bolsa, la cantidad de trabajo que se necesitaba podía reducirse considerablemente.

Es curioso, sin embargo, que este proceso tardase unos 200 años después de la primera introducción del torno en los talleres egipcios durante la Dinastía V. Aparentemente, no sería hasta el inicio del Primer Período Intermedio que la gente estaría preparada para prescindir de los modelos tradicionales y dar paso a modos más eficaces de producción.

Más aún, toda una gama de tipos de objetos nuevos se hicieron populares en los enterramientos provinciales durante el Primer Período Intermedio. Durante el Imperio Antiguo, los ajuares de los enterramientos más pobres se escogían de entre los objetos usados en la vida cotidiana, pero en el Primer Período Intermedio, empezaron ya a fabricarse exclusivamente para uso funerario.

Figurillas de madera de portadores de ofrendas, burdamente talladas, barcos, incluso escenas completas de talleres, son buen ejemplo de esta tendencia. Otro ejemplo es la aparición y uso de máscaras coloreadas hechas de yeso y lino (cartonnage) que cubrían las cabezas de las momias. Incluso era cada vez más frecuente la utilización de estelas de losas de piedra como medio de marcar el lugar dedicado a las ofrendas dentro de la superestructura de las pequeñas tumbas-mastabas, o en las capillas de las tumbas cavadas en roca.

La aparición de estos objetos indica que tanto la demanda como los medios disponibles en las ciudades de provincia, eran suficientes para sustentar una zona de artesanía especializada en productos “no funcionales”. Pero, por otra parte, aún más importante es el hecho de que los prototipos de esta clase de objetos tenían su origen en la cultura de élite del Imperio Antiguo.

El modelo de figuras funerarias del personal empeñado en las tareas fundamentales, puede remontarse de forma directa al repertorio de escenas de la vida cotidiana representadas en la decoración de la tumba-mastaba del Imperio Antiguo. Parece que para el Primer Período Intermedio, aquellos factores que antes inhibían la comunicación cultural entre diferentes capas sociales, cesaron de operar.

El paso de las tradiciones de la cultura de élite a un círculo más amplio de usuarios se hizo mano a mano con una marcada pérdida de calidad. No era infrecuente, que incluso patrones iconográficos fuesen erróneamente interpretados, y formularios claramente tergiversados. Mientras el arte provincial del Primer Período Intermedio exhibe un asombroso grado de originalidad y creatividad - como veremos más adelante en este capítulo - no se puede negar la fealdad de algunas piezas y la forma tan incompetente de fabricación.

Este punto en particular ha llamado la atención de historiadores que lo han tomado como una señal de declive cultural durante este Primer Período Intermedio. No obstante, por muy obvia que esta última interpretación parezca, suponer que este fue un período de decadencia cultural implicaría desestimar dos procesos importantes: Primero, la evidente asimilación en este período de los modelos culturales del Imperio Antiguo a nivel nacional; y segundo, la también evidente
aparición del consumo masivo.

IDEAS RELIGIOSAS

Algunos de los cambios en la cultura del material son indicativos de una evolución de las creencias religiosas y de las prácticas rituales, como es el caso de la adopción y uso de máscaras en las momias. Pero, el cuerpo de evidencia más importante para los tipos de creencias en la sociedad de provincias durante el Primer Período Intermedio lo constituye el amplio corpus de los Textos de los Sarcófagos, conjunto de ensalmos mágicos y litúrgicos, generalmente en forma de inscripciones, que aparecen en los laterales de los sarcófagos de madera.

Si bien es obvio que el grueso de evidencia de estos textos data del Imperio Medio, en ocasiones dejan ver que ya habían aparecido durante el Primer Período Intermedio. El origen preciso de los Textos de los Sarcófagos es aún motivo de continuo debate; tanto en cuanto a su fecha como a su origen geográfico. Es evidente que el propio corpus de los Textos de las Pirámides del Imperio Antiguo, que a veces han aparecido inscritos en los sarcófagos junto a los Textos de los Sarcófagos, proporcionó modelos importantes, pero estos últimos, de por sí, incluían material crucial y nuevo, junto a conceptos frescos.

Sólo unos cuantos ejemplos pertenecientes a este Primer Período Intermedio han sobrevivido, y la propiedad de los sarcófagos con textos inscritos siempre ha estado restringida al nivel más alto de la sociedad de provincias. A veces, no obstante, parece posible conectar ideas que aparecen explícitamente en los Textos de los Sarcófagos con ciertos aspectos del registro arqueológico. Sólo es entonces, cuando la enorme antigüedad y popularidad de algunos de estos conceptos se hacen evidentes.

Esta observación brinda apoyo a la noción de que fue el propio entorno provincial del Primer Período Intermedio que jugó un rol significativo en los orígenes de los Textos de los Sarcófagos y contribuyó de forma específica a su contenido conceptual.

Una serie de ensalmos de los Textos de los Sarcófagos estaba diseñado para “reunir a la familia del finado en el Reino de los Muertos”. El abanico de personas afectadas es extenso, ya que los textos mencionan no sólo a familiares sino también a sirvientes, seguidores y amigos.

El mismo deseo se deja notar en la evolución de los tipos de tumbas, ya a principios de la Dinastía VI. Las tumbas egipcias se construían originalmente para acoger a una sepultura, pero para finales del Imperio Antiguo se construían ya amplias tumbas-mastabas de cámaras múltiples que proporcionaban espacio para toda una familia, e incluso para familias “ampliadas”, en el sentido que acabamos de ver.

La propia arquitectura de las tumbas proporciona evidencia de un ranking dentro de estos grupos, al ser algunos pozos más profundos y cámaras más amplias, en unos que en otros, ofreciendo así la posibilidad de enterramientos más suntuosos. De hecho, siempre que los enterramientos estén en buen estado, ambos aspectos de esta nueva situación – el tamaño de los grupos familiares involucrados y la desigualdad entre personas dentro de estos grupos – llaman particularmente la atención, pues las cámaras solían utilizarse para múltiples y sucesivos enterramientos de forma regular.

Las costumbres funerarias del Primer Período Intermedio ponen de relieve la importancia crucial de las relaciones interpersonales que existían a un nivel primario de la organización social. Este aspecto del pensamiento religioso refleja el papel desempeñado por las "familias ampliadas" como unidades básicas de la organización social.

Los ensalmos funerarios en cuestión enfatizan la autoridad ejercida por el cabeza de familia sobre sus miembros, pero también recalcan el hecho de que él estaba capacitado para protegerlos de las demandas externas.

Es así, pues, que la familia, como unidad de solidaridad y responsabilidad colectivas, actuaba como una interface entre los niveles más altos de la organización social y política. Gracias a este rol, la “familia ampliada” aparece como una institución reorganizada en los textos jurídicos de las Dinastía VI a la Dinastía VIII.

COMENTARIO Ex profeso

No puedo evitar, finalizando ya esta “Hoja Suelta”, felicitar de forma sincera al Profesor Stephen Seidlmayer por la forma tan clara, sencilla y, sobre todo, tan objetiva con que ha desarrollado los temas tratados en ella.

Para mí, este capítulo está suponiendo una inesperada experiencia por cuanto que me hace disfrutar de una visión distinta, e incluso discrepante y regeneradora, de la que originalmente poseía del Primer Período Intermedio: Período de decadencia y oscurantismo; de declive, negativismo y parálisis total de las instituciones; de crisis política, económica, cultural, social, artística, moral, funeraria y religiosa, en todo el ámbito nacional.

El análisis razonado del Doctor Seidlmayer, sin embargo, ha desdramatizado de forma razonada y rotunda la evolución real del estado egipcio, con sus luces y sus sombras, durante este delicado período que supuso un cambio direccional de ámbito general, que obligó a adoptar formas y sistemas nuevos que, a su vez, generaron avances en determinados sectores, y cuyo fruto serviría de base para la eventual creación de un nuevo estado más fuerte, de instituciones más eficaces, y de mayor creatividad y riqueza, que se haría patente a lo largo de la floreciente andadura del Imperio Medio que llegaba.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 28 de agosto de 2009.

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

miércoles, 19 de agosto de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 1/7

Collar de fayenza y cuentas de concha procedente de una tumba en Hu. Primer Período Intermedio, 2.181-2.055 A.C. La mayoría de sus cuentas son de fayenza, excepto las de los grupos de tres discos blancos, más grandes, que son de concha. Estas cuentas se ajustan con total precisión a la descripción que de ellas hace su excavador, Flinders Petrie, que en sus notas resalta la pobreza del ajuar funerario que consistía, escasamente, en unas pocas vasijas, amuletos y cuentas, propio de un individuo no perteneciente a la élite.

PREÁMBULO

A raíz de la muerte del faraón Pepy II, Egipto pasa a estar controlado por un grupo de gobernantes – Dinastías VII y VIII – de cortos reinados. El poder queda, pues, visiblemente fragmentado. El norte, dominado por los soberanos de Heracleópolis; mientras que en el sur, era Tebas que imponía su dominio.

Las obras literarias que hacían referencia al pasado lo hacían influenciadas por el preocupante estado de fragilidad del estado y la incierta situación del ciudadano dentro del mismo.

Los monumentos lujosos de este período son más bien escasos; en cambio, la decoración de las tumbas cavadas en roca de los gobernadores de provincia floreció durante este período de desunión política. Las inscripciones pretendían llamar la atención sobre la libertad del individuo; a veces en referencia a conflictos locales. El uso más frecuente de símbolos y conceptos funerarios, hasta entonces privativo del faraón, parece indicar que los miembros de una escogida élite podían ahora aspirar a ellos después de la muerte.

El control del sur acabaría finalmente pasando a manos del faraón tebano Nebhepetre Mentuhotep II, hacia 2.055-2.004 A.C., que se convertiría así en el primer monarca de la Dinastía XI de un Egipto unido, dando comienzo el Imperio Medio. Poco se sabe de sus campañas de reconquista de las tierras del norte.

El mayor monumento que nos ha llegado de este Primer Período Intermedio es el templo mortuorio de Nebhepetre Mentuhotep II, en Deir el- Bahri, cerca de Tebas.

Y en este punto, vamos a dar paso a una nueva “Hoja Suelta” con la que iniciaremos un recorrido por este Primer Período Intermedio; y lo haremos, esta vez, de la mano del Profesor Stephen Seidlmayer, de la Berlin-Brandenburgische Akademie der Wissenschaften, cuyo erudito conocimiento del tema lo convierten en guía ideal en esta particular andadura.

INTRODUCCIÓN

Tradicionalmente, los Egiptólogos han diferenciado los grandes períodos de la historia faraónica en base a la situación política del estado. Los “Imperios”, definidos como tiempos de unidad política bajo un gobierno centralizado fuerte, se alternaban con otros “períodos intermedios” que, en contraste, se caracterizaban por la rivalidad entre gobernantes locales en sus demandas de poder.

En el que aquí nos atañe, el Primer Período Intermedio, la larga línea de faraones que habían gobernado el país desde Menfis se interrumpió con los últimos faraones de la Dinastía VIII. A partir de este momento, el poder lo ostentaron un rosario de gobernantes de Heracleópolis Magna, originarios de esta localidad situada hacia el norte del Egipto Medio, cerca de la entrada al Faiyum.

Estos reyes aparecen en la historia de Manetón como pertenecientes a las Dinastías IX y X, habiendo sido equivocadamente subdivididas en el curso de su transmisión de la lista-real original, como ya vimos en nuestro Capítulo 1, en el comentario sobre la Aegiptiaca de Manetón.

El traslado de la residencia real de Menfis a Heracleópolis, para los egipcios evidentemente significaba alguna forma de ruptura. Esto lo sugiere el hecho de que los recopiladores de la Dinastía XIX del Canon de Turín insertasen un gran total para los comienzos de la historia egipcia tras la lista de gobernantes de la Dinastía VIII. Además, la lista-de-reyes del templo de Seti I de Abydos no da nombres reales para el período que va de la Dinastía VIII al inicio del Imperio Medio.

De hecho, Heracleópolis nunca llegó a ejercer control sobre el sur del Alto Egipto. Aquí, en el curso de prolongadas luchas entre magnates locales, una familia de “nomarcas” tebanos acabó estableciéndose como fuerza visible, asumió para sí títulos de realeza, y así apareció en los anales de la realeza egipcia como Dinastía XI.

A partir de este momento, dos estados competidores inician una confrontación dentro del territorio egipcio hasta que, finalmente, después de un largo período de guerras intermitentes, el faraón tebano Nebhepetra Mentuhotep II acabó derrotando a su homólogo de Heracleópolis, y volvió a unificar el país bajo un único control tebano, dando así entrada al Imperio Medio.

Y es a este período de tiempo, entre la Dinastía VIII y el reinado de Nebhepetra Mentuhotep II, al que le vamos a dedicar el presente Capítulo 6.

PROBLEMAS CRONOLÓGICOS

De la segunda parte del Primer Período Intermedio – la fase de competición directa entre Tebas y Heracleópolis, que duró entre unos 90 y 110 años - se está relativamente bien informado.

Pero, de la primera – la fase anterior al advenimiento de la Dinastía XI durante la que Heracleópolis gobernó – hay más sombras que luces. Existe una escasez de información de inmediato valor cronológico, resultado de la pérdida de la mayoría de los nombres vinculados a Heracleópolis, y de cualquier información relativa a la duración de los reinados de sus dignatarios en el Canon de Turín, así como por el insatisfactorio estado en que se encuentra la investigación arqueológica en el Egipto Medio y en el Delta, centro neurálgico del reino de Heracleópolis.

Precisamente por esa falta de datos relacionados con personajes significativos de Heracleópolis, hubo un momento en el que incluso se llegó a pensar que no había existido período alguno durante el que gobernantes de Heracleópolis hubiesen sido los únicos dirigentes - al menos nominalmente – y que habrían sido coetáneos con la Dinastía XI.

De cualquier forma, esto es imposible ya que se conoce la existencia de destacados individuos así como de acontecimientos políticos importantes que sólo pueden situarse entre las Dinastía VIII y la XI.

La existencia de estudios detallados sobre la sucesión de los titulares de cargos administrativos y sacerdotales en varias ciudades del Alto Egipto, así como de estudios sobre la evolución del material arqueológico, parecen sugerir de forma contundente que ese intervalo entre la Dinastía VIII y la XI cubrió un período de tiempo considerable, que probablemente abarcaría de tres a cuatro generaciones.

Por otra parte, la cifra que Manetón aporta como duración de su Dinastía X puede considerarse como respaldo a la estimación hecha de casi dos siglos de duración total del Primer Período Intermedio; valoración que estaría en perfecta sintonía con la evidencia prosopográfica y arqueológica de que se dispone.

NATURALEZA DEL PRIMER PERÍODO INTERMEDIO

No obstante, el Primer Período Intermedio no fue sólo una época de desorden en lo que a la sucesión a la Corona de Egipto se refiere; también supuso un período de crisis, y a la vez de desarrollo, que afectó profundamente a la sociedad y a la cultura egipcia.

Y esto se va a poder apreciar inmediatamente que entremos en contacto con las evidencias que se desprenden de los monumentos, ya que los complejos funerarios de faraones y altos dignatarios del Imperio Antiguo, en los cementerios de la capital, Menfis, juegaron un papel destacado que nos va a permitir visualizar y dar forma a lo que era el estado egipcio. Esta serie de espectaculares edificios se interrumpe después del reinado de Pepy II, y no reaparece hasta la construcción del templo funerario de Mentuhotep II, en Deir el-Bahri, en la Tebas occidental.

Para poder conjugar estos hechos, el límite cronológico superior del Primer Período Intermedio a veces se sube, para que pueda acoger a las tres décadas durante las que los últimos faraones de la línea menfita, después del reinado del faraón Pepy II,
todavía mantenían el poder.

El que se haya usado, pues, cierta licencia en la elaboración del esquema cronológico a efectos de poder dividir la Historia Egipcia en dinastías, no está totalmente injustificado. De hecho, el monumento funerario a gran escala puede entenderse como una clara evidencia, no sólo de la naturaleza de las instituciones estatales básicas, sino también de que aún funcionaban.

El impresionante vacío detectado en el registro monumental del Primer Período Intermedio sugiere que el sistema social se había fragmentado; tanto en su organización política como en sus patrones culturales.

También parece evidente que los datos epigráficos y arqueológicos del Primer Período Intermedio apuntan a la existencia de una floreciente cultura en las capas sociales más bajas, a la vez que un vigoroso desarrollo social en las capitales de provincia del Alto Egipto.

Se diría que, más bien que un colapso total de la sociedad y de la cultura egipcia, el Primer Período Intermedio se caracterizó por un desplazamiento importante, si bien temporal, de sus centros de actividad y de dinamismo.

Para poder entender tanto la crisis del estado faraónico como los procesos que eventualmente culminarían en el restablecimiento de una organización política unificada sobre una base nueva, es crucial investigar las formas en las que las instituciones políticas estaban arraigadas en la sociedad.

Una gran parte de la historia egipcia tiende a concentrarse en la residencia real, en los faraones y en la “cultura cortesana”, pero para escribir la historia del Primer Período Intermedio es necesario concentrarse en las ciudades de provincia y en el propio pueblo, pues son ellos quienes constituyen los elementos más básicos de cualquier sociedad.

LA CAPITAL Y LAS PROVINCIAS

El estado egipcio originalmente emerge como un sistema centralizado. Desde sus primeros tiempos, sus dos instituciones claves – el Faraón y su Corte – estaban sólidamente instaladas en la capital. La élite social se concentraba también allí, junto a la pericia administrativa y el control de las tradiciones de la alta cultura. Además, las instalaciones de la religión estatal y el culto al faraón y a sus divinos antepasados se encontraban ubicadas en las inmediaciones de la capital.

La administración del país estaba en manos de los emisarios reales quienes habrían sido puestos a cargo de amplias zonas del Valle del Nilo. Aunque estos administradores trataban directamente con las provincias, aún mantenían sus lazos de adhesión con la residencia real y seguían considerándose parte de esa sociedad de élite de la capital.

Hasta bien entrada la Dinastía V, nada de lo que da fe de la grandeza del Imperio Antiguo podía verse fuera de la región menfita. Tal era el abismo de desigualdad social y cultural que separaba al país de sus gobernantes.

Pero, un profundo cambio empezó a aparecer en la Dinastía V que para finales de la VI ya se vio totalmente instalado. A partir de este período, se nombraron administradores provinciales para cada “nome” con residencia permanente en sus respectivos distritos. Como ocurrió en otras ramas de la administración, los miembros de una única familia se sucedían en el cargo.

Aunque esta maniobra política probablemente pretendía reforzar la eficiencia de la administración provincial, sus consecuencias iban a ser imprevisibles y de mucho mayor alcance.

Para empezar, significó un cambio en los patrones socioeconómicos que yacían en el propio corazón del sistema. En un principio, los recursos económicos se concentraban en la residencia real, y los redistribuía a sus beneficiarios la propia administración central.

Ahora, en cambio, los nobles que residían en provincia, tenían acceso directo a los productos del país. La discrepancia entre el centro y las provincias empezó a actuar como factor diferenciador dentro del propio y antes homogéneo grupo de funcionarios de élite.

La aristocracia de provincias estaba ansiosa por asegurarse que su estilo de vida se mantendría a la par con el de la corte real. Esto es evidente en la decoración de las tumbas monumentales que comenzaron a aparecer en los cementerios de los centros regionales por todo el país.

Patrones iconográficos, modelos textuales y el conocimiento religioso y ritual fluían de la fuente de la cultura cortesana a la periferia. Y además, el propio faraón proporcionaba artesanos especializados, ritualistas adiestrados en la propia residencia real así como productos costosos para conservar y reforzar los lazos de fidelidad entre los aristócratas de provincia y la Corte.

Estas tumbas, sin embargo, sólo representan la punta del iceberg; de hecho, eran muchos los grupos de élite de provincias que actuaban como centros independientes dentro de la organización política, manteniendo a profesionales especializados y reservando parte de la creciente producción local para sus provincias en vez de explotarla para la corte real, lo que supuso un cambio en los patrones socioeconómicos de las provincias. El Egipto rural llegó a ser económicamente más rico y culturalmente más complejo.

Y hacemos aquí un alto en el camino, que continuaremos próximamente en otra “Hoja Suelta” ampliando temas complementarios de este Capítulo 6 sobre el Primer Período intermedio, relativos al entorno provincial, a los cambios de estilo y formas como indicativos del desarrollo sociocultural, e incluso sobre las ideas religiosas. Seguiremos, pues, con el Profesor Stephen Seidlmayer.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 21 de agosto de 2009.

Bibliografía: