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martes, 8 de septiembre de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 5/7

Estatua del administrador Mery sentado, con los pies sobre un plinto, en el que hay inscrito un texto jeroglífico, de lectura de derecha a izquierda, con el nombre del propietario al final. Su traje es típico de la época. La peluca, corta, va decorada con incisiones que representan el cabello. La falda está densamente plisada. Sus facciones y su cuerpo no representan su apariencia en la vida real, sino que se ajustan a las convenciones vigentes de la época. Sus prominentes orejas, cintura fina y largos pies, son característicos de las estatuas datadas en el Imperio Medio (2.040-1.750) . Tebas, Dinastía XI, hacia 2.050 A.C. ("Pinchar" y ampliar)



EL FARAÓN WAHANKH INTEF II (2.112-2.063 A.C.)

Mientras que Mentuhotep I e Intef I, los dos primeros faraones de la Dinastía XI, reinaron durante sólo quince años, el reinado de cincuenta años del hermano y sucesor de Intef I, Wahankh Intef II, destaca como la fase más decisiva en el desarrollo de la nueva monarquía. La más que apreciable cantidad de evidencia arqueológica, epigráfica y artística que ha sobrevivido a su reinado, ha permitido disponer de perspectivas introspectivas que son cruciales para el conocimiento de la realeza tebana.

Intef II reclamó la tradicional realeza dual – la nesu-bit – así como el título de “Hijo de Ra”, que hace referencia al dogma de ascendencia divina. No adoptó, sin embargo, el protocolo real completo, con sus cinco “Grandes Nombres” - la llamada "Titularidad real quíntuple" - de la que ya se habló más ampliamente en el Capítulo I de este Proyecto. De hecho, sólo añadió el “Nombre de Horus” Wahankh (“el que sobrelleva la vida”) a su “Nombre de Nacimiento”, Intef, pero no el “Nombre del Trono” que tradicionalmente incorporaría el nombre del Dios-Sol, Ra.

Por desgracia, son pocas las representaciones reales que se conservan, lo que hace imposible decidir si usaba la colección completa de coronas reales, y otras insignias, aunque el nivel de evidencia de que se dispone sugiere que no es probable. Los primitivos faraones tebanos, pues, eran plenamente conscientes del carácter limitado de su mando.

Fiel a sus orígenes sociales entre los magnates de provincia, Intef II hizo confeccionar una estela biográfica que se alzaba en la capilla de entrada a su tumba-saff en el-Tarif. Este monumento, que nos muestra una representación del faraón acompañado de sus perros favoritos, resume en retrospectiva los logros de su reinado; y las declaraciones que aparecen en el texto, las confirman ampliamente las inscripciones de sus seguidores.

Como ya se ha dicho antes, hay buenas razones para creer que el último nomarca tebano no perteneciente a la realeza, aún gozaba de poder en una gran parte del sur del Alto Egipto. Sin embargo, fue Intef II quien dio el empujón decisivo hacia el norte. Capturó el nome de Abydos que, desde tiempos del Imperio Antiguo había sido el centro administrativo más importante del Alto Egipto, y lanzó su ataque aún más lejos, hasta el territorio del 10º nome del Alto Egipto. Esto constituyó un acto de abierta hostilidad contra los faraones de Heracleópolis, así que, durante varias décadas, la guerra iba a proseguir de forma intermitente en la franja de tierra entre Abydos y Asyut.

LOS HOMBRES DEL FARAÓN

Se conocen alguno de los hombres que sirvieron bajo Intef II. El oficial militar tebano, Djary, por ejemplo, que luchó contra el ejército de Heracleópolis en el nome de Abydene y que se adentró hacia el norte hasta el 10º nome; Hetepy, de Elkab, que se responsabilizó para el faraón de la administración de los tres nomes más meridionales; y el tesorero de Intef, Tjetiy, cuya magnífica estela forma parte ahora de la colección del Museo Británico.

Aunque las inscripciones biográficas de estos hombres tenían por objeto principal elogiar los logros de sus titulares, no existe la menor duda del hombre sobre el que recaía la autoridad final:

“Hatepy dice esto: Yo fui amado por mi señor y elogiado por el señor de estas tierras; y su Majestad hizo feliz a este servidor (Hetepy). Tanto es así, que su Majestad dijo: “No hay nadie que (….) de mi mando como Hetepy!”, y este servidor lo hizo extremadamente bien, y su Majestad elogió a su servidor por ello. Y sus nobles dijeron: “¡Que esta cara te enaltezca!”

Sin duda es extremadamente significativo que ya no hubiese “nomarcas” en los territorios controlados por los dirigentes tebanos, y que a ninguno de los funcionarios que realizaban misiones importantes para estos faraones se les diese la oportunidad de establecerse como gobernante local y mediador entre los intereses de sus dominios y las exigencias del faraón.

El recién instalado estado se organizó, no como una red imprecisamente tejida de magnates semiindependientes, que era en lo que se había convertido durante el Imperio Antiguo, sino en un poderoso sistema cuya fiabilidad se basaba en vínculos de lealtad personal y control riguroso.

MONUMENTOS Y ARTE

Además de sus proezas militares, Intef II hace resaltar en su inscripción biográfica que ha construido innumerables templos a los dioses y, de hecho, el fragmento más antiguo de construcción real que aún sobrevive en Karnak es una columna de Wahankh Inter II.

En Elefantina, las excavaciones realizadas en el templo de la diosa Satet, han puesto al descubierto una serie ininterrumpida de etapas de construcción que se remontan al Período Protodinástico. Mientras que los gobernantes del Imperio Antiguo dedicaban sólo unas pocas ofrendas votivas a Satet en Elefantina, Intef II fue el primer faraón en construir capillas tanto para Satet como para Khnum, y en conmemorar su actividad con inscripciones en el marco de las puertas. Su ejemplo fue seguido por todos sus sucesores en la Dinastía XI.

La secuencia de los acontecimientos que tan claramente han revelado las excavaciones de Elefantina, también resultó cierta para muchos otros emplazamientos de templos. De hecho, quitando algunas pocas excepciones muy específicas, la actividad real en construcción en los templos de provincia del Alto Egipto sólo está testimoniada a partir de la Dinastía XI en adelante.

Así pues, se puede decir que, Intef II, habría inaugurado una nueva política de actividad y de presencia real en los santuarios, por todo el país; política que iba a continuar, incluso a mayor escala, Senusret I, y muchos otros faraones.

Los monumentos privados y reales de la época de Intef II también incluyen espléndidos ejemplos del arte tebano de la Dinastía XI. Algunos de los monumentos menores, como la estela de Djary, todavía muestran el severo estilo artístico del Primer Período Intermedio, en el Alto Egipto, mientras que los talleres reales empezaban ya a producir trabajos bellamente equilibrados que se caracterizaban por su modelado redondeado que, con frecuencia, producían un efecto estético especial, debido al contraste entre zonas grandes y lisas, y zonas llenas de detalles, finamente tallados, tales como faldas de elaborado plisado, o intrincados diseños de peinado. En estos trabajos, se aprecia, claramente, un visible deseo de crear un medio adecuado a las aspiraciones de la nueva Dinastía.

Y si nos concentramos en los desarrollos acaecidos al sur del Alto Egipto, es posible encontrar rastros del surgir de una nueva estructura política que llevaría, en secuencia ininterrumpida, a la eventual formación del estado del Imperio Medio. Este proceso, que iba a tener enormes efectos en el futuro de Egipto, debería, quizás, considerarse como el fenómeno más importante en la historia del Primer Período Intermedio.

No deberíamos olvidar, sin embargo, que el reino de Tebas ocupaba sólo una pequeña, remota y relativamente poco importante parte del total de Egipto. Los períodos de guerra y conflicto que se vislumbran de tan alarmante lectura de una narrativa biográfica, no hay duda de que se trataban de episodios de corta duración y muy localizados. En la mayoría de los casos, durante la mayoría del tiempo, y para la mayoría del pueblo, el Primer Período Intermedio habría sido, más bien, una experiencia menos estremecedora.

Durante el Primer Período Intermedio, la mayoría del país estuvo en manos de los sucesores de la antigua dinastía menfita en Heracleópolis. Así pues, para alcanzar un juicio equilibrado y objetivo del período, es crucial concentrarse en la situación del dominio real de Heracleópolis tanto como en el del sur.

EL REINO DE HERACLEÓPOLIS

Se sabe muy poco de los dieciocho o diecinueve faraones que componen la Dinastía de Heracleópolis de Manetón y que ocuparon el Trono de Egipto durante un período de unos 185 años. Incluso sus nombres en su mayoría se desconocen y, con sólo una o dos excepciones, es imposible asignar los pocos faraones que se mencionan a los lugares correctos dentro de la secuencia dinástica. Además, ni siquiera se conoce la duración de sus reinados.

Según Manetón, la Dinastía de Heracleópolis la fundó un faraón llamado Khety, dato que lo confirman aquellas evidencias epigráficas contemporáneas que hacen referencia al reino del norte como “la casa de Khety”. Pero se ignoran, totalmente, los orígenes del faraón Khety, o las circunstancias que lo llevaron al Trono.

Fuentes contemporáneas corroboran de forma inequívoca la afirmación de Manetón de la existencia de una conexión entre esta dinastía y la ciudad de Heracleópolis Magna. Lo más probable es que el faraón residiese en Heracleópolis, aunque el hecho de que Merykara (c.2.025 A.C.), el último o penúltimo faraón de Heracleópolis, fuese enterrado en un complejo piramidal en la antigua necrópolis real de Saqqara, parece claramente indicar que los faraones heracleopolitanos se consideraban parte integrante de la tradición de la realeza menfita.

El hecho de que el “nombre del Trono” de Neferkara Pepy II – último gran faraón del Imperio Antiguo – lo asumiese, por lo menos, uno de los faraones de Heracleópolis – como lo hicieran varios faraones de la Dinastía VIII – es obvio que apunta en una misma dirección.

Ninguno de los faraones de Heracleópolis dejó monumento alguno o, al menos, no se ha podido encontrar todavía, aunque esto puede deberse, en parte, al hecho de que la exploración arqueológica del yacimiento de Heracleópolis Magna - la moderna Ihnasya el-Medina – se inicase sólo en 1966.

El hecho de que ninguna de las pirámides haya sido hasta ahora identificada con certeza en la necrópolis de Saqqara, podría considerarse como prueba de que se trataba más bien de edificios que llamaban poco la atención; quizás algo así como las pequeñas pirámides del faraón Qakara, de la Dinastía VIII. Parece claro, pues, que los dirigentes heracleopolitanos no lograron establecer un sistema centralizado fuerte en línea con el del estado durante el Imperio Antiguo; incluso en el corazón de sus propios dominios.

La mayoría de las referencias contemporáneas a la dinastía heracleopolitana se desprende de monumentos privados, en gran medida consistentes en inscripciones biográficas procedentes del sur del Egipto Medio y el Alto Egipto, y tienden a centrarse en la guerra Heracleópolis-Tebas, tópico al que volveremos más adelante.

La era heracleopolitana fue también el entorno histórico de dos de sus más importantes textos literarios y filosóficos del antiguo Egipto que han sobrevivido: “Enseñanzas para el Faraón Merykara” y el “Cuento del Campesino Elocuente”.

Al día de hoy, parece haber un extendido consenso de que estos “textos de sabiduría” fueron en realidad compuestos durante el Imperio Medio, si bien las circunstancias exactas de sus orígenes y las vicisitudes de su posterior transmisión textual siguen siendo objeto de controversia. Es así que se aconseje una precaución extrema en cualquier intento de usarlas como fuentes históricas.

"Enseñanzas para el Faraón Merykara”, por ejemplo, incorpora una narrativa de fondo en la que el padre real (el faraón) del destinatario se encarga de prevenir y rechazar la infiltración asiática en el este del Delta.

Ante esta visión global de la situación, la realidad de tal escenario no parece improbable, si bien no existe ninguna evidencia independiente de que la inmigración asiática llegase a ser un problema durante el Primer Período Intermedio, aunque sí está ciertamente probado que lo fue para el posterior Imperio Medio.

Y, terminamos con la que podríamos llamar “5ª Entrega” de este Capítulo 6º dedicado al Prmer Período Intermedio, y pasamos a una 6ª, con otra “Hoja Suelta”, en la que se van a tratar temas como “La Era de Heracleópolis en la Historia Socio-Cultural”, “La Organización Interna del Reino de Heracleópolis” y “Kom Dara”. Una 7ª Entrega posterior nos llevará al final del período, para dejarnos a las puertas del Imperio Medio.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 11 septiembre de 2009.

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004.
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

viernes, 4 de septiembre de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 4/7




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Estela de caliza de Tjetji, Tesorero de Inyotef II y III. Tebas (c.2.070 A.C.) Durante el Primer Período Intermedio, en muchos yacimientos de todo Egipto, se fabricó un gran número de estelas, particularmente en Tebas. Sus textos son de gran importancia para historiadores, ya que ayudan a documentar el progreso de los gobernantes tebanos en sus campañas para dominar el Alto y el Bajo Egipto. La estela de Tjetji es una de las mayores y mejor talladas de dichos textos. Aunque en una sóla pieza, se muestran aquí detalles separados de sus partes superior e inferior para facilitar su estudio. El texto vertical es una oración para ofrendas. El texto superior, en registros horizontales, es una inscripción autobiográfica. Este género literario consiste en un relato idealizado del carácter y carrera del funcionario, no necesariamente fiable como evidencia histórica.

COMPETENCIA Y CONFLICTOS ARMADOS

Durante el Imperio Antiguo, los administradores locales se veían obligados a organizar el servicio militar del pueblo bajo su jurisdicción, y a liderar las tropas en las misiones - tanto agresivas como pacíficas - en las regiones contiguas al Valle del Nilo.

Ya en la Dinastía VI, se reclutaban en el ejército egipcio mercenarios extranjeros, en su mayoría nubios. Durante el Primer Período Intermedio, el uso de tropas locales y la experiencia de los gobernadores locales aparecen como fuerzas decisivas en su lucha por el poder. Es así que Ankhtifi declara:

“Yo, que encontré una solución, cuando no existía, gracias a mis sólidos planes; que habló con palabras de mando y mente clara cuando los nomes se aliaron para hacer la guerra. Yo, soy el héroe sin par; el que habló libremente mientras el pueblo guardaba silencio el día en que el miedo se extendió y el Alto Egipto no se atrevió a pronunciar palabra…. Mientras este ejército de Hefat esté en calma, todo el territorio lo estará; pero si alguien pisa su cola de cocodrilo, entonces el norte y el sur de todo el territorio temblará de pánico….Yo, navego rio abajo con mis fieles tropas y echo amarras en la orilla oeste del nome tebano…. y mis fieles tropas buscan batalla por todo el nome tebano, pero nadie se atreve a salir por miedo a ellas. Entonces, Yo, navego de nuevo rio abajo, y echo amarras en la orilla este del nome tebano….y sus murallas (probablemente las del enemigo de Ankhtifi) acaban siendo asediadas al encontrar sus puertas cerradas por miedo a mis poderosas y fieles tropas que, sin descanso, buscan batalla por todo el oeste y el este del nome tebano, sin que nadie se atreva, por miedo, a hacerles frente”.

En realidad, no era nada nuevo que algún funcionario reclamase para sí autoridad para más de un nome. Hacia finales de la Dinastía V, por ejemplo, ya los faraones habían creado el puesto de “Supervisor del Alto Egipto” con la misión de supervisar a los administradores de los nomes individuales del Alto Egipto. Durante el Primer Período Intermedio, hay también pruebas documentadas de funcionarios que eran responsables de un territorio mayor, como es el caso de Abihu, que gobernó los nomes de Abydos, Diospolis Parva, y Dendera durante principios del período de Heracleópolis. Por lo que no hay nada de inusual en el doble “nomarcado” de Ankhtifi, o incluso en sus pretensiones de supremacía militar tan lejos al sur como Elefantina.

La narración de las guerras de Ankhtifi, por otra parte, deja claro que, por entonces, al faraón no se le nombraba, ni siquiera nominalmente, como autoridad capaz de controlar la distribución de poder entre los gobernantes locales. Es importante entender que dicha situación implica un cambio radical de mentalidad. En el cercano sistema político del Antiguo Imperio, el faraón había sido la única fuente legal de autoridad. Todas las acciones de los funcionarios dependían de su mando, y era él quien juzgaba y premiaba sus méritos.

Cuando el poder de la realeza se desvaneció, salió a la luz una situación más abierta. Ahora, los dirigentes locales podían ya actuar según sus propios criterios; tenían que depender de sus propias bases de poder; tenían que defender sus posiciones en competencia con otros; pero también tomaron nueva conciencia de sus propios logros, característica prominente de las inscripciones de Ankhtifi.

DIOSES, POLÍTICAS, Y RETÓRICA DEL PODER

En las inscripciones de las paredes de la tumba de Ankhtifi, al faraón se le nombra sólo una vez en una pequeña etiqueta adosada a uno de los murales: “Permita Horus conceder a su Hijo Neferkara un buen caudal del Nilo”. Es muy significativo que en este caso se apela al faraón en su sagrado rol de mediador entre la sociedad humana y las fuerzas de la Naturaleza. Su rol político, sin embargo, ha sido asumido por otras autoridades:

“El dios Horus me eligió a mí para el nome de Edfu, para restablecer la prosperidad y la salud. Yo encontré el dominio de su administrador, Khuu, en un estado como el de un territorio pantanoso abandonado por su guardián, en unas condiciones de contienda civil, bajo el control de un desgraciado. Yo hice incluso que un hombre abrazase a los que habían matado a su padre o hermano con el fin de reestablecer el orden en Edfu”.

En los textos de Ankhtifi, no es el faraón sino Horus, el dios de Edfu quien aparece como la autoridad suprema guiando la acción política. Este concepto no es único en las inscripciones del Primer Período Intermedio. Incluso la reunificación de Egipto bajo el faraón Mentuhotep II (2.055-2.004 A.C.) se describió en términos similares como resultado de la intervención de Montu, el gran dios del nome tebano: “Y fue un buen comienzo cuando Montu dio ambas tierras al Faraón Nebhepetra (Mentuhotep II)". Según consta en una estela de Abydos, de un Supervisor del Tesoro, Meru, en tiempos de Mentuhotep II.

La ideología descansaba en cimientos sólidos, dado que los dirigentes locales actuaban como “supervisores de sacerdotes”, lo que les aseguraba un rol privilegiado en el culto a los dioses. Al propio Ankhtifi se le representa, en una escena en su tumba, supervisando uno de los grandes festivales de su dios local, Hemen, y la mención más antigua del templo de Amun en Karnak proviene de una estela de un supervisor de sacerdotes tebano que reivindica haber sido responsable de su cuidado durante los años de hambruna.

Desde tiempos remotos, los templos provinciales eran centros administrativos y a la vez focos de lealtad popular local y parece probable que los sacerdocios ligados a estos templos formasen el grupo central de una élite provincial anterior. En cierto modo, los cultos provinciales pueden ser considerados como representaciones simbólicas de una identidad colectiva.

Por lo tanto, durante el Primer Período Intermedio, el dios y la ciudad con frecuencia aparecen de forma paralela en frases relativas al enclavamiento social. La gente dice: “Yo fui de los amados por su ciudad y enaltecidos por su dios”, y las maldiciones dirigidas a sus agresores, amenazan con que: “su dios local le despreciará y sus conciudadanos (a veces “su grupo familiar”) le despreciarán”. Así es que con la integración de su autoridad personal con la que ya ejercían en los cultos locales, los magnates provinciales conseguían vincular su poder con uno de los cimientos morales de la sociedad local.

El fascinante tema de la inscripción de Ankhtifi no debería, por otra parte, eclipsar sus méritos literarios. Se trata de una composición de una brillantez inusual, con abundancia de originales e impresionantes expresiones. Cualidades similares se pueden encontrar en las pinturas que decoran su tumba y, ciertamente, en general en el arte del Alto Egipto durante todo el Primer Período Intermedio.

Por entonces, los pintores del Alto Egipto ya no se ajustaban a los modelos impuestos por la Corte del Antiguo Imperio. Su estilo es angular, incluso a veces extraño, y descaradamente expresivo. Habiéndose liberado ellos mismos de modelos desfasados, crearon una serie completa de escenas nuevas: Filas de soldados y cazadores, mercenarios enfrascados en la batalla, y festivales religiosos.

Además, introdujeron nuevas imágenes de labores cotidianas, tales como hilar y tejer, y actualizaron escenas muy antiguas para que conjugasen con los más recientes desarrollos culturales y tecnológicos. Lejos de representar un período de decadencia cultural, estos turbulentos años fueron testigos de un brote de creatividad excepcional, adaptando y desarrollando los medios de expresión literarios y pictóricos para su correspondencia con la nueva serie de experiencias sociales.

El proceso de cambio también indica que la élite del Primer Período Intermedio sintió la necesidad de hacer saber los nuevos desarrollos sociales; cuando el gobierno no pudo por más tiempo confiar en la simple imposición del poder, sus fundamentos tendrían que hacerse explícitos. Así que, el texto de Ankhtifi puede leerse como un discurso relativo a la necesidad de gobierno y los beneficios de una autoridad fuerte. También es notable lo cercanamente que estas ideas – a las que de forma tan persuasiva Ankhtifi apela – coinciden con los sistemas de organización social local y las tradiciones provinciales.

EL “DOMINIO TEBANO” Y LA NECRÓPOLIS DE EL-TARIF

Durante el Imperio Antiguo, Tebas, la capital del 4º nome del Alto Egipto, había sido una ciudad de provincia de tercera categoría. Sin embargo, a principios del período de Heracleópolis, se sabe, por una estela funeraria recuperada del extenso cementerio de el-Tarif, en la orilla izquierda, justo frente al templo de Karnak, de un grupo de supervisores de sacerdotes a cargo de los asuntos locales.

A este grupo de funcionarios le sucedió un nomarca, Intef, que combinaba - como había ocurrido con Ankhtifi – el cargo de “Jefe Supremo del nome de Tebas” con el de “Supervisor de Sacerdotes”. Además, reclamaba para sí los títulos de “Confidente del Faraón de la estrecha puerta del Sur” (Elefantina), y “Jefe Supremo del Alto Egipto”.

Puesto que esta inscripción referente a Intef se encontró en el cementerio de Dendera, la capital del 6º nome del Alto Egipto, parece justo dar por hecho que su autoridad fue reconocida mucho más allá de los confines de su propia provincia.

Este nomarca, Intef, es con toda probabilidad el mismo que el tal “Intef el Grande, nacido de Iku”, que aparece en las inscripciones contemporáneas, y al que el propio faraón Senusret I (1.956-1.911 A.C.), de principios del Imperio Medio, dedicó una estatua en el templo de Karnak. Y aún más, a este personaje se le describe como “conde Intef”, antepasado de la Dinastía XI tebana en la lista-real que aparece inscrita en las paredes de la “capilla de antepasados reales” de Tutmosis III, en Karnak.

No obstante, sólo su inmediato sucesor, Mentuhotep I, fue considerado faraón en la tradición posterior, aunque el nombre de Horus que se le asignó, a saber Tepy-a – literalmente “el antepasado” – lo delata como ficción póstuma. Las fuentes epigráficas posteriores carecen de información sobre Mentuhotep I y su hijo Sehertawy Intef (2.125-2.112 A.C.), si bien la tumba de éste último sigue siendo la referencia más prominente de la necrópolis de el-Tarif, y sigue sirviendo como único monumento que sobrevive del poder y grandiosidad de los primitivos faraones tebanos.

Durante el Primer Período Intermedio, en la necrópolis de el-Tarif, se desarrolló un nuevo tipo de tumba rupestre; aparentemente para su adaptación a la topografía local. En las tumbas pequeñas del personal privado, se empezaba excavando un amplio patio en el estrato de grava y marga de la baja terraza del desierto. En la cara trasera de este patio, un pórtico con una fila de pesados pilares cuadrados formaban la fachada de la tumba; y es esta fila de pilares la que dio nombre a la designación moderna del tipo de arquitectura conocido como tumba-saff (del árabe saff o “fila”). Un corto y estrecho corredor situado en el centro de la fachada, conducía a la capilla de la tumba, en la que también se encontraba el pozo funerario que daba acceso a la tumba.

El Faraón Intef I decidió construir para él una tumba-saff de dimensiones gigantes. El “Patio de Saff Dawaba”, como así se le conoce hoy, se excavó en la tierra como un gigantesco rectángulo de 300 m de largo y 54 m de ancho; de él se sacaron 400.000 metros cúbicos de grava y roca blanda, que apilados, formaban dos cúmulos bajos a ambos lados del patio.

Su parte frontal, donde antaño se habría alzado algún tipo de capilla de entrada, desgraciadamente se ha perdido, pero la trasera, con su amplia fachada formada por una doble fila de pilares cortados en roca, y tres capillas – una para el faraón y dos, probablemente, para sus esposas – aún permanece relativamente bien conservada. Como la superficie de las paredes está totalmente desconchada, no se puede apreciar si originalmente estuvieron pintadas. No obstante, la Saff Dawaba parece haber sido una impresionante pieza de arquitectura que revela algunos de los fundamentos de la recién constituida realeza.

Sobre todo, no hay el mínimo intento de emular a la arquitectura funeraria del Imperio Antiguo. Más bien se diría que los faraones tebanos crearon un tipo explícito de tumba real tebana tomada del repertorio de la tradición local. Aún más, contrariamente a lo que hicieron muchos de los faraones del Imperio Antiguo, no lucharon por imponer la exclusividad de su localización; las tumbas reales continuaron situadas en el cementerio principal de Tebas, justo en frente de la ciudad y sus templos, al otro lado del río.

Aquí, el lugar de enterramiento del faraón estaba rodeado, no sólo de tumbas de un reducido círculo de cortesanos, sino por el cementerio de la población local. Además, las capillas de las pequeñas tumbas colocadas a los lados del patio de la tumba real, proporcionaban espacio para eventuales enterramientos de algunos de sus seguidores. El mensaje, pues, que transmitía esta arquitectura, estaba enfocado no sólo a engrandecer la posición del faraón, sino también resaltar el hecho de que estos gobernantes estaban arraigados en el entorno tebano y en la sociedad local.

Los sucesores inmediatos de Intef I – Wahankh Intef II y Nakht-Nebtepnefer Intef III – continuaron construyéndose tumbas-saff muy similares en la necrópolis de el-Tarif, en paralelo a la Saff Dawaba. Cuando Mentuhotep II se trasladó al nuevo yacimiento de Deir el-Bahri es probable que sólo fuese porque el terreno apropiado para la arquitectura monumental se habría ya agotado en el-Tarif .

Y hacemos aquí un nuevo alto en el camino que nos va a permitir analizar y digerir este tramo andado, para luego seguir nuestro recorrido por este Primer Período Intermedio – con el Doctor Seidlmayer, claro está - en otra “Hoja Suelta”, en la que tocaremos temas como: “El Faraón Wahankh Intef II”, “Los Hombres del Faraón”, “Monumentos y Arte” y “El Reino de Heracleópolis”.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 8 septiembre de 2009.

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

miércoles, 26 de agosto de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 3/7


Estela en caliza de Sebekaa, Tebas, Dinastía XI, hacia 2.050 A.C. Muestra una escena poco corriente en el centro, hacia la izquierda. El cuerpo de un hombre yace sobre una cama o féretro. Sobre su pecho reposa una figura mucho más pequeña. El significado de esta escena no está claro, pero podría estar relacionado con ciertos ensalmos de los Textos de los Sarcófagos. El hombre es probablemente el fallecido y la figura que descansa sobre su pecho podría ser alguna diosa, como Isis, Nephthys o Nut, que le abraza. No se sabe si la escena contiene algunas connotaciones sexuales. Un conjunto de escenas que normalmente aparecerían inscritas sobre las paredes de una tumba, han sido acomodadas en una estela. Es probable que Sebekaa, como la mayoría de sus contemporáneos, careciese de medios para construir una tumba, de ahí que la estela adquiriese mucha más importancia.


ESTILO E IDENTIDAD REGIONAL

Uno de los aspectos más intrigantes de la arqueología del Primer Período Intermedio es la variación estilística entre diferentes regiones. Mientras que las diferencias entre los estilos de cerámica del norte y del sur de Egipto están bien definidas, las cosas están menos claras en lo que respecta a la diferencia entre la cerámica de diferentes regiones, dentro del propio Alto Egipto, o las variaciones regionales con relación a otros tipos de artefactos.

De hecho, algunos tipos de objetos aparentan haber sido más afectados por las variaciones regionales que otros, y parece que la cultura del material egipcio, en general, no habría acabado fraccionada en una serie de desconectadas variantes locales.

Sin embargo, hay un aspecto de la variación regional que parece tener un especial significado. Durante todo el Imperio Antiguo, la arquitectura de tumbas-mastaba en el Alto Egipto siguió unas pautas uniformes y un continuo patrón de evolución. Pero, durante la Dinastía VI y el Primer Período Intermedio, surgen diferentes tradiciones locales en la construcción de tumbas. Ejemplos de estos estilos de arquitectura locales incluyen las tumbas-saff de Tebas, que se comentarán más adelante, y las tumbas-mastaba con fachadas en hornacina y largos e inclinados corredores de acceso que conducen a las cámaras subterráneas, que se han encontrado en Dendera.

Estos tipos locales son tan diferentes de los principales estilos arquitectónicos de los períodos más tempranos, que el cambio no puede explicarse simplemente en términos de la evolución de las tradiciones de los talleres locales. Más bien parece probable que estas innovaciones arquitectónicas hubiesen sido deliberadamente introducidas por las élites locales con objeto de expresar su propia identidad regional.

SOCIEDAD Y GOBIERNO

Incluso este breve análisis del material arqueológico proporciona suficientes indicios de un cambio que tendría lugar en las provincias - de imprevisibles consecuencias - durante el tardío Imperio Antiguo y el Primer Período Intermedio. En el actual estado de la investigación, el significado de muchos de los fenómenos arqueológicos considerados, así como de los mecanismos que los originaron, aún no se conocen bien.

Ya nuestro conocimiento actual parece sugerir que, corrientes internas de cambio y poderosas influencias externas - en particular el impacto de las políticas provinciales del Imperio Antiguo - influyeron para la eventual evolución hacia una mayor complejidad cultural, económica y social en todo el país.

Estos desarrollos afectarían de forma inevitable a todo el sistema político: Las tensiones entre el Centro y las provincias crecieron en importancia, y la nobleza provincial
que ocupaba una posición privilegiada entre la Corte y los grupos locales, consiguió hacerse con nuevas opciones para actuar de una forma independiente, a la vez que se veía obligada a mediar en intereses en clara competencia.

De esta situación surge el interrogante de conocer las formas en que la organización e ideología del gobierno consiguieron adaptarse a las condiciones sociales y culturales por todos los rincones del país.

Durante el Imperio Antiguo, los distritos de provincia eran normalmente gestionados - aunque no siempre - por una administración a dos niveles. Los “Supervisores de Sacerdotes” de los cultos locales eran importantes por el papel que representaban sus templos como nudos de la red de administración económica, pero el cargo principal lo ostentaba el Jefe Supremo del nome, que con frecuencia se trascribe como nomarca.

Es importante el darse cuenta, no obstante, de que el final del Imperio Antiguo no lo trajo el aumento de poder de las grandes familias de nomarcas. De hecho, durante el Primer Período Intermedio aparecieron nuevas líneas de magnates locales. Es, pues, más que probable, que la aristocracia del Imperio Antiguo - a pesar del grado en el que contribuyeron, como grupo social, al proceso de cambio en la estructura política del país – aún se sintiese ligada a la Corona. Si se sigue el rastro de estos nuevos desarrollos, podremos llegar a disponer de juicios introspectivos de las relaciones entre las condiciones sociales y los desarrollos políticos durante el Primer Período Intermedio.

EL CASO ANKHTIFI: CRISIS, CUIDADO, Y PODER

Ankhtifi, un nomarca de los nomes 3º y 2º del Alto Egipto de principios del período de Heracleópolis, personifica el nuevo tipo de gobernante local que emerge durante el Primer Período Intermedio. Su texto autobiográfico, inscrito en los pilares de su tumba rupestre, cerca de el-Mo’alla, a unos 30 km al sur de Tebas, es uno de los ejemplos más espectaculares de su género que nos ha legado el Antiguo Egipto. Proporciona una guía ideal para los grandes tópicos de la época y, de modo convincente, evoca la atmósfera política del sur del Alto Egipto durante el Primer Período Intermedio.

Como “Gran Jefe Supremo” de los nomes de Edfu y Hierakonpolis, y “Supervisor de Sacerdotes”, Ankhtifi, ostentó simultáneamente cargos, tanto religiosos como seculares, en la administración provincial del Imperio Antiguo. De hecho, esta combinación de cargos era típica de los dirigentes locales - en gran parte independientes - durante el Primer Período Intermedio.

Los dos acontecimientos cruciales en la carrera política de Ankhtifi fueron su intervención para pacificar y reorganizar el nome de Edfu, y su expedición militar contra el nome tebano donde sus oponentes, una coalición de tebanos y koptitas (de Koptos) se negaba a presentar batalla. Todo ello fue, en esencia, mera política, y si leemos entre líneas, es probable que ni siquiera tuviese demasiado éxito.

Es curioso, por ejemplo, que no aparecen sucesores conocidos de Ankhtifi en su rol de semi-independiente dirigente de los nomes más meridionales. Con todo, la inscripción proclama su gloria sin el menor indicio de falsa modestia. El texto completo que aparece en el original, obviamos reproducir aquí por ser excesivamente largo.

La crisis económica constituye uno de los grandes tópicos en los textos de la época. Los magnates locales estaban acostumbrados a alardear de poder alimentar a su propia ciudad mientras que el resto del país moría de hambre. Estas informaciones han causado un gran impacto en lectores modernos, hasta el punto de que las hambrunas y las crisis económicas han sido con frecuencia consideradas como sello de identidad de este período.

Se ha incluso argumentado que las calamitosas consecuencias de las repetidas bajadas del caudal de El Nilo - resultado de los cambios climáticos - fueron las responsables de la caída del Imperio Antiguo. No existe la menor duda que estos textos se ajustan a los hechos. Esto resulta evidente cuando se hace referencia a la hambruna en contextos menos grandiosos. Un empleado de un Supervisor de Sacerdotes koptita, por ejemplo, nos cuenta: “Me quedé en el portal de su Excelencia, el Superivisor de Sacerdotes, Djefy, repartiendo grano a los habitantes de toda la ciudad como ayuda a paliar las consecuencias de los dolorosos años de hambruna”.

Queda aún por considerar seriamente hasta qué punto esta situación fue específica del Primer Período Intermedio. De hecho, se carece de pruebas independientes que confirmen los cambios climáticos durante este período. Por el contrario, los datos disponibles parecen sugerir que la “Fase Húmeda del Neolítico” habría ya acabado durante el Imperio Antiguo, lo que supondría condiciones climatológicas más secas en las zonas desérticas adyacentes, a la vez que la puesta en marcha de un proceso general de adaptación a los nuevos niveles de crecidas anuales de El Nilo.

Estos cambios ambientales no dejaron huellas de que hubiesen afectado entonces al desarrollo de la civilización faraónica, lo que cuestiona cualquier conexión con el Primer Período Intermedio. Recientes observaciones arqueológicas en Elefantina, parecen incluso indicar que Egipto estuvo experimentando niveles de inundación ligeramente superiores a la media durante el Primer Período Intermedio.

Si se considera la regularidad y la variación del las crecidas de El Nilo a largo plazo, es evidente que el fantasma de la hambruna y su relación con el río Nilo tienen que haber supuesto, en años puntuales, una continua obsesión para los egipcios y, en mayor o menor medida, tiene que haberlo sido también durante todos los períodos de la historia de Egipto. Así que para comprender la prominencia de este tema en los textos del Primer Período Intermedio es, por tanto, esencial situarlo en un contexto literario mucho más amplio.

La frase que encabeza el relato de Ankhtifi es muy típica. Es una de esas frases del repertorio de los textos autobiográficos de los altos dignatarios del Imperio Antiguo haciendo valer su integridad moral.

Durante el Primer Período Intermedio, el principio del "cuidado al más desfavorecido" estaba altamente considerado. En estos tiempos, los hombres poderosos estaban dispuestos a intervenir en la sociedad cuándo y dónde la necesidad lo requiriese; ya fuese a consecuencia de problemas económicos, crisis políticas o infortunios individuales.

Los gobernantes provinciales no se limitaban a dar cobijo y mantener a unas cuantas familias como un padre haría con la suya, sino que se responsabilizaban de toda la sociedad, ya fuese la población de su ciudad, o la del nome o nomes que gobernaban.

El mensaje era bien claro: La gente se sentía desamparada sin sus gobernantes. Solos, serían incapaces de enfrentarse a los azares de la vida. No hace falta decir que el rol benefactor del gobernante llevaba inherente su autoridad, como Ankhtifi bien señala: “A todo aquel que yo tienda mi mano, ningún mal le puede sobrevenir, por estar mis razones plenas de experiencia y mis planes plenos de bondades. Pero aquel ignorante, aquel desgraciado, que se oponga a mí, verá recaer mis represalias contra sus propiedades”.

En el Primer Período Intermedio, es evidente que las crisis llegaron a ser socialmente significativas en contextos en los que el poder personal y la dependencia social podían ser legitimados, y quizás esta observación nos permita, en sobremanera, encontrar una explicación de porqué el tema de la hambruna y el sustento significaba tanto para los magnates locales de la época.

Y en el hilar de los temas, va tomando realidad el estado egipcio durante este Primer Período Intermedio; obviando dramatismos y sopesando realidades.

Y así, en la “Hoja Suelta” que sigue, nos vamos a adentrar, de nuevo, en otros tópicos, dentro aún, claro está, de este Capítulo 6, de la mano de nuestro ya familiar guía, el Doctor Stephen Seidlmayer


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 3 septiembre de 2009.

Bibliografía

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

miércoles, 19 de agosto de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 1/7

Collar de fayenza y cuentas de concha procedente de una tumba en Hu. Primer Período Intermedio, 2.181-2.055 A.C. La mayoría de sus cuentas son de fayenza, excepto las de los grupos de tres discos blancos, más grandes, que son de concha. Estas cuentas se ajustan con total precisión a la descripción que de ellas hace su excavador, Flinders Petrie, que en sus notas resalta la pobreza del ajuar funerario que consistía, escasamente, en unas pocas vasijas, amuletos y cuentas, propio de un individuo no perteneciente a la élite.

PREÁMBULO

A raíz de la muerte del faraón Pepy II, Egipto pasa a estar controlado por un grupo de gobernantes – Dinastías VII y VIII – de cortos reinados. El poder queda, pues, visiblemente fragmentado. El norte, dominado por los soberanos de Heracleópolis; mientras que en el sur, era Tebas que imponía su dominio.

Las obras literarias que hacían referencia al pasado lo hacían influenciadas por el preocupante estado de fragilidad del estado y la incierta situación del ciudadano dentro del mismo.

Los monumentos lujosos de este período son más bien escasos; en cambio, la decoración de las tumbas cavadas en roca de los gobernadores de provincia floreció durante este período de desunión política. Las inscripciones pretendían llamar la atención sobre la libertad del individuo; a veces en referencia a conflictos locales. El uso más frecuente de símbolos y conceptos funerarios, hasta entonces privativo del faraón, parece indicar que los miembros de una escogida élite podían ahora aspirar a ellos después de la muerte.

El control del sur acabaría finalmente pasando a manos del faraón tebano Nebhepetre Mentuhotep II, hacia 2.055-2.004 A.C., que se convertiría así en el primer monarca de la Dinastía XI de un Egipto unido, dando comienzo el Imperio Medio. Poco se sabe de sus campañas de reconquista de las tierras del norte.

El mayor monumento que nos ha llegado de este Primer Período Intermedio es el templo mortuorio de Nebhepetre Mentuhotep II, en Deir el- Bahri, cerca de Tebas.

Y en este punto, vamos a dar paso a una nueva “Hoja Suelta” con la que iniciaremos un recorrido por este Primer Período Intermedio; y lo haremos, esta vez, de la mano del Profesor Stephen Seidlmayer, de la Berlin-Brandenburgische Akademie der Wissenschaften, cuyo erudito conocimiento del tema lo convierten en guía ideal en esta particular andadura.

INTRODUCCIÓN

Tradicionalmente, los Egiptólogos han diferenciado los grandes períodos de la historia faraónica en base a la situación política del estado. Los “Imperios”, definidos como tiempos de unidad política bajo un gobierno centralizado fuerte, se alternaban con otros “períodos intermedios” que, en contraste, se caracterizaban por la rivalidad entre gobernantes locales en sus demandas de poder.

En el que aquí nos atañe, el Primer Período Intermedio, la larga línea de faraones que habían gobernado el país desde Menfis se interrumpió con los últimos faraones de la Dinastía VIII. A partir de este momento, el poder lo ostentaron un rosario de gobernantes de Heracleópolis Magna, originarios de esta localidad situada hacia el norte del Egipto Medio, cerca de la entrada al Faiyum.

Estos reyes aparecen en la historia de Manetón como pertenecientes a las Dinastías IX y X, habiendo sido equivocadamente subdivididas en el curso de su transmisión de la lista-real original, como ya vimos en nuestro Capítulo 1, en el comentario sobre la Aegiptiaca de Manetón.

El traslado de la residencia real de Menfis a Heracleópolis, para los egipcios evidentemente significaba alguna forma de ruptura. Esto lo sugiere el hecho de que los recopiladores de la Dinastía XIX del Canon de Turín insertasen un gran total para los comienzos de la historia egipcia tras la lista de gobernantes de la Dinastía VIII. Además, la lista-de-reyes del templo de Seti I de Abydos no da nombres reales para el período que va de la Dinastía VIII al inicio del Imperio Medio.

De hecho, Heracleópolis nunca llegó a ejercer control sobre el sur del Alto Egipto. Aquí, en el curso de prolongadas luchas entre magnates locales, una familia de “nomarcas” tebanos acabó estableciéndose como fuerza visible, asumió para sí títulos de realeza, y así apareció en los anales de la realeza egipcia como Dinastía XI.

A partir de este momento, dos estados competidores inician una confrontación dentro del territorio egipcio hasta que, finalmente, después de un largo período de guerras intermitentes, el faraón tebano Nebhepetra Mentuhotep II acabó derrotando a su homólogo de Heracleópolis, y volvió a unificar el país bajo un único control tebano, dando así entrada al Imperio Medio.

Y es a este período de tiempo, entre la Dinastía VIII y el reinado de Nebhepetra Mentuhotep II, al que le vamos a dedicar el presente Capítulo 6.

PROBLEMAS CRONOLÓGICOS

De la segunda parte del Primer Período Intermedio – la fase de competición directa entre Tebas y Heracleópolis, que duró entre unos 90 y 110 años - se está relativamente bien informado.

Pero, de la primera – la fase anterior al advenimiento de la Dinastía XI durante la que Heracleópolis gobernó – hay más sombras que luces. Existe una escasez de información de inmediato valor cronológico, resultado de la pérdida de la mayoría de los nombres vinculados a Heracleópolis, y de cualquier información relativa a la duración de los reinados de sus dignatarios en el Canon de Turín, así como por el insatisfactorio estado en que se encuentra la investigación arqueológica en el Egipto Medio y en el Delta, centro neurálgico del reino de Heracleópolis.

Precisamente por esa falta de datos relacionados con personajes significativos de Heracleópolis, hubo un momento en el que incluso se llegó a pensar que no había existido período alguno durante el que gobernantes de Heracleópolis hubiesen sido los únicos dirigentes - al menos nominalmente – y que habrían sido coetáneos con la Dinastía XI.

De cualquier forma, esto es imposible ya que se conoce la existencia de destacados individuos así como de acontecimientos políticos importantes que sólo pueden situarse entre las Dinastía VIII y la XI.

La existencia de estudios detallados sobre la sucesión de los titulares de cargos administrativos y sacerdotales en varias ciudades del Alto Egipto, así como de estudios sobre la evolución del material arqueológico, parecen sugerir de forma contundente que ese intervalo entre la Dinastía VIII y la XI cubrió un período de tiempo considerable, que probablemente abarcaría de tres a cuatro generaciones.

Por otra parte, la cifra que Manetón aporta como duración de su Dinastía X puede considerarse como respaldo a la estimación hecha de casi dos siglos de duración total del Primer Período Intermedio; valoración que estaría en perfecta sintonía con la evidencia prosopográfica y arqueológica de que se dispone.

NATURALEZA DEL PRIMER PERÍODO INTERMEDIO

No obstante, el Primer Período Intermedio no fue sólo una época de desorden en lo que a la sucesión a la Corona de Egipto se refiere; también supuso un período de crisis, y a la vez de desarrollo, que afectó profundamente a la sociedad y a la cultura egipcia.

Y esto se va a poder apreciar inmediatamente que entremos en contacto con las evidencias que se desprenden de los monumentos, ya que los complejos funerarios de faraones y altos dignatarios del Imperio Antiguo, en los cementerios de la capital, Menfis, juegaron un papel destacado que nos va a permitir visualizar y dar forma a lo que era el estado egipcio. Esta serie de espectaculares edificios se interrumpe después del reinado de Pepy II, y no reaparece hasta la construcción del templo funerario de Mentuhotep II, en Deir el-Bahri, en la Tebas occidental.

Para poder conjugar estos hechos, el límite cronológico superior del Primer Período Intermedio a veces se sube, para que pueda acoger a las tres décadas durante las que los últimos faraones de la línea menfita, después del reinado del faraón Pepy II,
todavía mantenían el poder.

El que se haya usado, pues, cierta licencia en la elaboración del esquema cronológico a efectos de poder dividir la Historia Egipcia en dinastías, no está totalmente injustificado. De hecho, el monumento funerario a gran escala puede entenderse como una clara evidencia, no sólo de la naturaleza de las instituciones estatales básicas, sino también de que aún funcionaban.

El impresionante vacío detectado en el registro monumental del Primer Período Intermedio sugiere que el sistema social se había fragmentado; tanto en su organización política como en sus patrones culturales.

También parece evidente que los datos epigráficos y arqueológicos del Primer Período Intermedio apuntan a la existencia de una floreciente cultura en las capas sociales más bajas, a la vez que un vigoroso desarrollo social en las capitales de provincia del Alto Egipto.

Se diría que, más bien que un colapso total de la sociedad y de la cultura egipcia, el Primer Período Intermedio se caracterizó por un desplazamiento importante, si bien temporal, de sus centros de actividad y de dinamismo.

Para poder entender tanto la crisis del estado faraónico como los procesos que eventualmente culminarían en el restablecimiento de una organización política unificada sobre una base nueva, es crucial investigar las formas en las que las instituciones políticas estaban arraigadas en la sociedad.

Una gran parte de la historia egipcia tiende a concentrarse en la residencia real, en los faraones y en la “cultura cortesana”, pero para escribir la historia del Primer Período Intermedio es necesario concentrarse en las ciudades de provincia y en el propio pueblo, pues son ellos quienes constituyen los elementos más básicos de cualquier sociedad.

LA CAPITAL Y LAS PROVINCIAS

El estado egipcio originalmente emerge como un sistema centralizado. Desde sus primeros tiempos, sus dos instituciones claves – el Faraón y su Corte – estaban sólidamente instaladas en la capital. La élite social se concentraba también allí, junto a la pericia administrativa y el control de las tradiciones de la alta cultura. Además, las instalaciones de la religión estatal y el culto al faraón y a sus divinos antepasados se encontraban ubicadas en las inmediaciones de la capital.

La administración del país estaba en manos de los emisarios reales quienes habrían sido puestos a cargo de amplias zonas del Valle del Nilo. Aunque estos administradores trataban directamente con las provincias, aún mantenían sus lazos de adhesión con la residencia real y seguían considerándose parte de esa sociedad de élite de la capital.

Hasta bien entrada la Dinastía V, nada de lo que da fe de la grandeza del Imperio Antiguo podía verse fuera de la región menfita. Tal era el abismo de desigualdad social y cultural que separaba al país de sus gobernantes.

Pero, un profundo cambio empezó a aparecer en la Dinastía V que para finales de la VI ya se vio totalmente instalado. A partir de este período, se nombraron administradores provinciales para cada “nome” con residencia permanente en sus respectivos distritos. Como ocurrió en otras ramas de la administración, los miembros de una única familia se sucedían en el cargo.

Aunque esta maniobra política probablemente pretendía reforzar la eficiencia de la administración provincial, sus consecuencias iban a ser imprevisibles y de mucho mayor alcance.

Para empezar, significó un cambio en los patrones socioeconómicos que yacían en el propio corazón del sistema. En un principio, los recursos económicos se concentraban en la residencia real, y los redistribuía a sus beneficiarios la propia administración central.

Ahora, en cambio, los nobles que residían en provincia, tenían acceso directo a los productos del país. La discrepancia entre el centro y las provincias empezó a actuar como factor diferenciador dentro del propio y antes homogéneo grupo de funcionarios de élite.

La aristocracia de provincias estaba ansiosa por asegurarse que su estilo de vida se mantendría a la par con el de la corte real. Esto es evidente en la decoración de las tumbas monumentales que comenzaron a aparecer en los cementerios de los centros regionales por todo el país.

Patrones iconográficos, modelos textuales y el conocimiento religioso y ritual fluían de la fuente de la cultura cortesana a la periferia. Y además, el propio faraón proporcionaba artesanos especializados, ritualistas adiestrados en la propia residencia real así como productos costosos para conservar y reforzar los lazos de fidelidad entre los aristócratas de provincia y la Corte.

Estas tumbas, sin embargo, sólo representan la punta del iceberg; de hecho, eran muchos los grupos de élite de provincias que actuaban como centros independientes dentro de la organización política, manteniendo a profesionales especializados y reservando parte de la creciente producción local para sus provincias en vez de explotarla para la corte real, lo que supuso un cambio en los patrones socioeconómicos de las provincias. El Egipto rural llegó a ser económicamente más rico y culturalmente más complejo.

Y hacemos aquí un alto en el camino, que continuaremos próximamente en otra “Hoja Suelta” ampliando temas complementarios de este Capítulo 6 sobre el Primer Período intermedio, relativos al entorno provincial, a los cambios de estilo y formas como indicativos del desarrollo sociocultural, e incluso sobre las ideas religiosas. Seguiremos, pues, con el Profesor Stephen Seidlmayer.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 21 de agosto de 2009.

Bibliografía:

viernes, 28 de noviembre de 2008

Cronología del Antiguo Egipto según Shaw

Etiquetas de marfil y hueso encontradas por el egiptólogo alemán G. Dreyer en la Tumba U-j de Abydos

("Pinchar" y ampliar)

Ian Shaw cayó en mis manos hace algún tiempo con una obra suya que me impresionó por su lenguaje directo y cómodo, y la frescura de su actualidad científica.

Este trabajo forma parte de una serie que se inicia en 1995 y que, en la actualidad, cubre tópicos sobre Historia, Religión, Ciencia y Humanidades. “Very Short Introductions” es el título de la serie, y el de su obra “Ancient Egypt”, publicada en 2004 por la Oxford University Press.

Y ahora, me lo vuelvo a encontrar en “The Oxford History of Ancient Egypt”, en su última edición de 2003.

Contrariamente a la “Egypt of the Pharaohs” de Gardiner de 1961, esta publicación no sólo considera los cambios políticos acaecidos durante el período faraónico, sino que analiza su desarrollo socio-económico y la evolución de los procesos religiosos, ideológicos y culturales, ya se refieran éstos a estilos arquitectónicos, técnicas de momificación, formas de trabajar la cerámica, o a la evolución del Arte y la Literatura.

La obra, cronológicamente ordenada en capítulos, cubre las diferentes fases de la historia del Antiguo Egipto en boca de expertos que, no sólo analizan la secuencia de acontecimientos políticos bajo las diferentes dinastías reinantes, sino que se adentran en sus patrones socio-culturales.

De los quince ensayos, el Profesor Ian Shaw se hace cargo de la Cronología en el primero, como parte de la Introducción, y en el undécimo que titula “Egypt and the Outside World”.

Quisiera iniciar un recorrido por cada uno de ellos mediante un resumen, breve si es posible, que me ayudaría a su retención y, con algo de suerte y paciencia si consigo acabarlo, a disponer, de una forma ordenada y actualizada, de una también breve Historia del Antiguo Egipto refrendada por un cuerpo de elite.

Como decía, en este primer capítulo Ian Shaw nos introduce a las cronologías y cambios culturales en el Antiguo Egipto al considerar que su historia, como cualquier otra, requiere un marco cronológico en que moverse y encuadrarse, objetivo este que ha sido durante siglos la meta y el motor de estudiosos y profanos aventajados.

Y así fue como, en el siglo III A.C., el sacerdote egipcio Maneton diseñó un sistema cronológico, que abarcaba casi tres mil años de vida faraónica, que dividió en bloques, cuya estanqueidad está hoy en tela de juicio, a los que llamó “dinastías”. Cada una agrupaba a una serie de gobernantes cuyo factor común consistía en poco más que su propia realeza y/o sus lugares de residencia.

Si bien este sistema cronológico parece haber cumplido bien su cometido, los relativamente recientes avances tecnológicos han permitido apreciar que los cambios de dinastía no han sido siempre acompañados de cambios sociales y/o culturales, o bien que éstos no se han extendido por igual, ni en el lugar ni en el tiempo, a los cambios políticos.

Actualmente, los estudios cronológicos se están llevando a cabo mediante la utilización de tres métodos que a veces se solapan, a veces se sustituyen y, casi siempre, se complementan.

En primer lugar debemos hablar de la cronología que se basa en la llamada “datación relativa”; ya sea por medio de excavaciones estratigráficas, o por la bien conocida “datación secuencial” inventada por Flinders Petrie en 1899, aún totalmente vigente. Los progresivos avances de estas dos últimas décadas han permitido a egiptólogos apreciar mejor la evolución y el efecto en los materiales debido al paso del tiempo y, muy específicamente, en la evolución de la cerámica. Esto ha permitido la aplicación de métodos de seriación a una diversidad de materiales, como ha sido el caso de Harco Willems cuyo trabajo ha arrojado nueva luz sobre los cambios culturales en diversas provincias durante las dinastías XI y XII, aportando datos que vienen así a complementar los ya existentes acerca de los cambios políticos acaecidos en este período.

Por otra parte, disponemos de la cronología basada en la “datación absoluta” de registros sobre hechos y/o datos astronómicos procedentes de textos ancestrales.

Y, por último, y no precisamente por su menor importancia, tenemos la cronología que tiene su base en la “datación radioactiva”, con la aplicación de métodos como el del Carbono-14, que mide la edad isotópica de elementos orgánicos, o la termoluminiscencia, que mide el grado de absorción luminosa de ciertos elementos a lo largo del tiempo.

Sobre estos dos últimos métodos hace ya más de sesenta años que se alcanzó un consenso sobre la aceptable equiparación de resultados, si bien el primero ofrece un margen de error ligeramente menor que el segundo. La aparición, por otra parte, de las curvas de calibración dendrocronológicas ha logrado que los resultados de la datación por radiocarbono se puedan convertir en años civiles reales, o años de calendario. Aún así, la inevitable existencia de errores, aunque marginales, nos hace insistir en la necesidad de hablar siempre de fechas aproximadas y nunca de específicas.

La incorporación de la datación radioactiva, o radiométrica, ha favorecido enormemente a la Prehistoria de Egipto que ha conseguido no ya colocar las dataciones secuenciales de Petrie dentro de un marco de fechas absolutas en unos márgenes razonables, sino extender la linde de la Prehistoria de Egipto más allá del Neolítico hasta los albores del propio Paleolítico.

Ian Shaw continúa con un repaso detallado de las fuentes que han servido a los egiptólogos para elaborar un marco cronológico tradicional en el que encuadrar los cambios políticos en el Antiguo Egipto.

Son escasos los artefactos, como las estelas funerarias, las mazas ceremoniales, o las paletas votivas del Período Predinástico Tardío, que puedan servir de fuentes que nos permitan documentar la transición hacia un estado unificado completo.

De cualquier forma, se hace a veces difícil discernir cuándo la información en ellos contenida es de carácter narrativo o conmemorativo; o si estamos ante un rito o un acontecimiento, lo que hace cuestionarse su valor histórico.

Igual podemos decir de las numerosas etiquetas encontradas en los últimos tiempos que proporcionan información sobre el origen y naturaleza de los objetos funerarios a los que están unidas.
Especial consideración merecen las 173 más pequeñas, de hueso y marfil (hacia 3200 A.C.), excavadas por el alemán G. Dreyer recientemente junto a un cetro ceremonial de marfil, en la tumba real U-j de la dinastía predinástica conocida como Dinastía 0, en Abidos (Ver foto que encabeza esta “Hoja Suelta”)

Su importancia radica, eso sí, en que lo que muestran no son meros pictogramas sino representaciones de sonidos de una lengua hablada; es decir, fonogramas. Aunque difíciles de leer, constituyen sin duda el uso más temprano de escritura jeroglífica que se conoce, habiéndose podido identificar en algunas de ellas nombres de conocidas ciudades frecuentemente mencionadas en posteriores inscripciones como Buto y Bubastis.

En el mismo contexto se analizan la Paleta Nermer y la Maza de Escorpión cuya interpretación, de nuevo, se hace difícil en cuanto que no sabemos si estamos ante una pieza de carácter ritual, narrativo o conmemorativo. Y teniendo en cuenta la ideología egipcia del período faraónico, no sería de extrañar que hubiese sido de interés para el propio sistema y para la misma realeza alentar dicha confusión entre la realidad y lo puramente ritual o mágico.

Y, finalmente, se llega a la Piedra de Palermo como fuente histórica más importante. Se trata de parte de una estela de basalto, inscrita en ambas caras, con anales de los reyes del Bajo Egipto que se remontan a los míticos gobernantes prehistóricos; uno de los fragmentos está en el Museo Arqueológico de Palermo, en Sicilia, otro en el Museo de El Cairo, y un tercero en el Museo Petrie de Londres.

El texto muestra registros horizontales separados por líneas verticales con una pequeña curva en la parte superior, posible imitación del jeroglífico que representa el año reinal, rempet. El hecho de que durante el Imperio Antiguo las fechas se refiriesen a los censos bienales ganaderos y no a los años de reinado, hace surgir la confusión.

Resulta interesante la coincidencia en el tipo de información que ofrecen la Piedra de Palermo y las etiquetas de marfil y hueso de Abidos, si bien las segundas contienen información administrativa y la primera no; mientras las segundas la tienen de las inundaciones del Nilo, cosa de la que carece la primera.

Y desandando lo ya andado, podríamos resumir que la base de la cronología tradicional de los cambios políticos, aparte de la Piedra de Palermo, la constituyen por una parte la historia de Menatón de la que sólo existen extractos recopilados por autores posteriores, las conocidas Listas Reales, los informes fechados de observaciones astronómicas, los documentos literarios y artísticos en forma de relieves o estelas, las informaciones genealógicas, y los sincronismos procedentes de otras culturas, como es el caso de las Listas Reales asirias. Y para las dinastías XXVIII a la XXIX, la Crónica Demótica de la Bibliothèque Nationale, en París, que compensa la ausencia de información histórica en los papiros y monumentos de esta época.


Otro punto a considerar que dificulta el trabajo, es el hecho de que el pueblo egipcio carecía de un origen o punto de partida que les sirviese de referencia para situar un determinado acontecimiento en el tiempo; como por el contrario ocurre, por ejemplo, en nuestro mundo occidental donde nuestra referencia se fija en el nacimiento de Cristo.

La ascensión de un nuevo faraón marcaba un nuevo origen; un nuevo amanecer; no sólo filosófico sino también real.

Una fecha comenzaba por uno de los treinta días de uno de los cuatro meses de las tres estaciones del año correspondiente al del reinado del faraón. Y a su muerte, comenzaba otro nuevo ciclo. Con lo que nunca se hablaba de número de años a la hora de situar un determinado evento en el tiempo.

Parecido argumento podemos esgrimir con la “Titulación Quíntuple” que permitía al faraón su nominación de cinco formas diferentes: tres de ellas ensalzaban la triple divinidad del rey; las otros dos daban constancia de la unificación de dos tierras.

Entre estos últimos, el de nesu-bit, traducido como “Señor de las Dos Tierras”, nos permite, por su étimo, determinar su carácter a su vez divino y mortal. “Nesu” parece que nos da a entender una divinidad exenta de cambios; mientras que “bit” nos parece hablar de una realeza efímera, mortal.

Las listas reales que aparecen en muros de templos y tumbas pueden tener así su origen y significado en un deseo explícito del faraón - encarnación a la vez de Horus y de Osiris – de rendir así homenaje a sus ancestros.

Aunque la lista real más informativa sea la que nos ofrece el Canon de Turín, como ocurre con todas ellas, nos dice más de culto que de historia.

En cuanto a las observaciones astronómicas, éstas se centran en Siro, como eje de la reconstrucción del calendario egipcio y eslabón clave en el total de la cronología. También lo ha sido en otras culturas, como es el caso del calendario maya que comienza el 26 de junio, cuando la estrella Sirio y el Sol amanecen a la vez.

Sirio, situada en la constelación de Can Mayor, conocida como “Alfa del Can Mayor” o “La Estrella del Perro”, es la estrella más brillante del cielo nocturno vista desde la Tierra. Este cuerpo celeste está en realidad compuesto por dos estrellas que viajan juntas, vinculadas por la fuerza de la gravedad, describiendo una trayectoria con forma de espiral. La segunda, conocida como Sirio B, fue descubierta en 1844. Y como toque lúdico que alivie la aridez del tema, la escritora Joanne Rowling se inspiró en Sirio para crear el personaje conocido como Sirus Black en la saga de Harry Potter.

Shaw se explaya en el tema que por su tecnicismo obviamos, si bien cabe mencionar que es esencial determinar de dónde provienen los datos que, unos sitúan como obtenidos en Menfis, otros en Tebas y algunos, como es el caso de D. Franke y R. Krauss, en Elefantina. Y también si los datos obtenidos han sido medidos desde un solo punto, desde más de uno y, de ser así, si se han tomado de forma simultánea o independientemente en el tiempo.

Otro factor que completa la lista de dificultades ya enumeradas es el tema de las llamadas co-regencias.

Para empezar, el término utilizado, extrapolado a nuestro sistema, puede no reflejar una realidad, y cuya existencia algunos, como el erudito Gae Gallender, incluso niegan, si bien ciertas formas de co-regencias parecen haber existido, irregular en forma y duración, a lo largo de su historia, que ha dado lugar a algunas conjeturas cabalísticas de egiptólogos e historiadores por igual.


Finalmente, el Profesor Shaw no sumerge en los arbitrariamente llamados “Períodos Intermedios”, tiempos de inestabilidad, desgobierno, duplicidad y descentralización, una vez más carentes de una estanqueidad que les permita ceñirse al corsé del tiempo. Son las “Dark Ages” o Edades Oscuras por las que se les conoce en el mundo anglosajón.

El Tercer Período Intermedio, en especial, está siendo objeto de intensos y controvertidos estudios que abarcan tres áreas bien distintas: Una, cultural, relacionada con la diversidad de materiales y estilos de, por ejemplo, la cerámica y/o los elementos funerarios; otra, lingüística, iconográfica y antropológica; y, una tercera, la más comprometida y la de mayor impacto en el total del período faraónico: El alcance real del Tercer Período Intermedio que podría acortarse en unos 200 años, lo que reduciría el final de la Dinastía XX y el comienzo del Período Tardío a unos 150 años.

Estos argumentos, sin embargo, parecen estar refutados gracias al apoyo científico de los sistemas modernos de datación del radiocarbono y de la dendrocronología.

A su vez, las excavaciones realizadas en los 80 y 90 en los cementerios de Umm el-Qa’ab en Abidos, parecen cuestionar, aunque más en el terreno cultural que en el cronológico, las históricas distinciones entre los períodos prehistórico, faraónico, ptoloméico y romano.

En las últimas dos décadas del pasado siglo, se ha intensificado el estudio de la cerámica egipcia lo que ha supuesto un tremendo impacto en el marco cronológico que nos interesa, a la vez que un mejor entendimiento de la existencia de métodos más sofisticados en la cultura cerámica. Pero es tan poco aún lo que se conoce sobre los cambios culturales y medioambientales durante los períodos de prosperidad y estabilidad, como es el caso del Imperio Antiguo y Medio, que hace que la interpretación en épocas de crisis sea aún más difícil.

Y para terminar, es el propio Profesor Shaw quien concluye: “...el sentido egipcio de la Historia es uno en el que los rituales y los hechos reales son inseparables”.

E insiste en su apreciación de que el vocabulario del Arte y de los Textos Egipcios apenas distingue lo ideal de lo real; Historia y Mito son parte integral de un mismo proceso.


Y sólo nos queda agradecer al Profesor Shaw su valiosa aportación a nuestro tan reducido y flaco saber.

Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 28 de noviembre de 2008

Bibliografía:

"Ancient Egypt. Anatomy of a Civilization". Barry J. Kemp. Routledge, 2006
"The Oxford History of Ancient Egypt". Ian Shaw. Oxford University Press, 2003
"Ancient Egypt. A Very Short introduction". Ian Shaw. Oxford University Press, 2004

miércoles, 26 de noviembre de 2008

"La Bella ha llegado" .... ¡Y se queda!

Nefertiti. Neues Museum, Berlín
("Pinchar" y ampliar)

Así es. ¡Nefertiti .... se queda!

El domingo 22 de febrero de 2009 se cerrarán las puertas del Museo Egipcio de Berlín situado en la planta superior del Altes Museum, en Lustgarten.

El cierre será temporal, y se hace necesario ante los preparativos de traslado de la exposición completa al Neues Museum en la zona museística denominada Isla de los Museos, considerada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. La reapertura de la exposición tendrá lugar a mediados de octubre de 2009 y será con carácter permanente.

El Altes es el museo más antiguo de Berlín y está considerado como el primero del mundo diseñado y construido como tal. Su fachada, con un frente de más de 90 metros de ancho, presenta un impresionante pórtico de 18 columnas jónicas con una leyenda en Latín que lee: ”Fredrick William III en 1828 dedicó este silencioso lugar al estudio de las Bellas Artes de toda la Antigüedad”.

La Isla, si bien la zona museística más famosa de Berlín por la concentración de importantes museos, entre los que destaca el famoso Pergamon, forma parte del conjunto de más de 175 museos con que cuenta la capital alemana.

El busto de “La Bella ha llegado” continuará expuesto durante el traslado y entre los meses de marzo y junio lo hará en una exposición titulada “kulturGUTerhalten” donde se mostrarán algunas de las actividades de restauración que se desarrollan en los museos berlineses. Y a partir de entonces, en la espectacular rotonda de la Planta Baja del Altes Museum cuyo diseño estuvo inspirado en el Panteón Romano.

La noticia, difundida ya hace algún tiempo, es de especial interés ya que a partir del 22 de febrero de 2009 los visitantes se verán privados de poder visitar, muchos por vez primera, la fabulosa exposición completa. Nefertiti, por su parte, y como única representante temporal del Antiguo Egipto en la capital, tendrá que llevar sobre sí el peso que le puede corresponder de los dos millones y medio de visitantes que la exposición soporta desde su traslado al Altes Museum en 2005.

En su actual ubicación, la exposición ocupa ocho salas situadas en la planta superior del Altes y la visita se inicia con un recorrido en el sentido contrario a las agujas del reloj.

En la sala 1 nos encontramos con las esculturas egipcias distribuidas ordenadamente por tipos. En la 2, con los padres de Nefertiti, Amenofis III y Tiya, junto a una interesantísima colección de máscaras de particulares en yeso. En la sala 3, por fin Nefertiti, bellísima; a veces casi tapada por los visitantes que rodean la urna de cristal que celosamente la protege. Su sola presencia llena la sala. La 4 nos ofrece temas relacionados con la vida cotidiana. En la 5 se puede admirar el impresionante tesoro en oro de la reina Amanishakheto de Meroë que permite al visitante dar una ojeada al vecino y Antiguo Sudan. La 6 nos impresiona por los fabulosos papiros cuya visión hace que el tiempo se detenga y quedemos extasiados con su belleza. Y le sigue la 7, sobre temas relacionados con la vida en el Más Allá y, finalmente, el Mundo de los Dioses en la 8. Yo diría que se necesitan tres horas si se quiere ver a conciencia, tomar notas, fotos sin flash y disfrutar de un poco de regodeo egiptológico.

Y, a título informativo, hagamos un breve recorrido por su historia.

La Colección Egipcia se crea con la recomendación de Alexander von Humboldt al rey Friedrich Wilheim III en 1828, y prácticamente se inicia con los más de 1500 objetos traídos de Egipto por Lepsius durante su larga visita a Egipto y Sudan entre años 1842 y 1845, como regalo de Mohamed Ali al pueblo germano. Fruto documental del viaje de Lepsius fue el famoso Denkmäler con sus más de 900 láminas y 3500 páginas manuscritas de texto.

La Colección siguió creciendo, en su mayoría, gracias a la aportación de las excavaciones que siguieron a raíz del mencionado viaje; en especial las de Amarna entre 1911 y 1914.

La Segunda Guerra Mundial tuvo una incidencia muy negativa en la Colección pues el Neues Museum sufrió grandes desperfectos y muchos de sus objetos fueron pasto de las llamas, por lo que la Colección quedó desmembrada siendo trasferida a diferentes lugares con lo que, terminada la guerra, quedó dividida en dos.

Los objetos devueltos por Rusia a Berlín fueron a engrosar el contenido del Bode Museum, en la Isla, en una exposición más bien enfocada hacia la cultura y la religión. Los devueltos a la Alemania Federal encontraron su hogar permanente en el antiguo edificio de la guardia real, el edificio Stüler, en Charlottenberg. Hasta ese momento, el busto de Nefertiti había sido expuesto junto a otros objetos de importancia en el Museo de Arte de Dahlem.

Bajo los auspicios de la Fundación del Patrimonio Cultural Prusiano, el Museo Egipto continuó operativo en ambas localidades hasta que en 1998, y con motivo de la clausura del Bode Museum por reformas, muchos de sus objetos se trasladaron a almacenes para su conservación y custodia, y sólo unos pocos se integraron en la exposición del Stüler.

Finalmente, antes de terminar el 2005, y debido a los trabajos de renovación y rehabilitación del edificio Stüler, el Museo Egipcio se cerró, volviéndose a abrir en el mes de agosto de ese mismo año; esta vez en el Altes Museum.

Y será en 2009 cuando regresará definitivamente a su antigua casa, el Neues Museum, ya reconstruido y rediseñado, donde le dará la bienvenida un nuevo concepto de exposición.

Rafael Canales

Benalmádena-Costa, a 26 de noviembre de 2008
Bibliografía:
"Egyptian Museum and Papyrus Collection". Berlin, 2008

lunes, 17 de noviembre de 2008

Nebamun vuelve a casa

("Pinchar" y ampliar)

La revista “Egyptian Archaeology”, Boletín de The Egypt Exploration Society, en su No.33, Autumn 2008, publica, entre otros temas de interés, un dibujo-reconstrucción de Claire Thorne y Richard Parkinson, que incorpora tres fragmentos de los famosos murales de la capilla-tumba de Nebamun una vez sometidos a un delicadísimo y altamente especializado proceso de conservación realizado por personal cualificado del Museo Británico.

La página la encabeza un par de detalles ampliados de gansos y ganado vacuno de un sorprendete realismo y perfección.

La página opuesta muestra la famosa escena de Nebamun cazando en los pantanos, acompañada también de un par de preciosos detalles ampliados de la vida salvaje que le rodea: el de una Mariposa Tigre que revolotea, y un pájaro en vuelo.

Richard Parkinson, Director de Conservación del Departamento del Antiguo Egipto y Sudán del Museo Británico, nos lo cuenta:

Allá por el año 1820, Giovanni d’Athanasi descubre intacta una capilla-tumba construida en memoria de Nebamun, un contable de grano del Templo de Amon que probablemente estaba aún en activo a finales del reinado de Amenhotep III. Los trabajos de restauración parecen indicar que la tumba probablemente permaneció abierta hasta pasado el Período de Amarna.

D’Atanasi literalmente sustrajo varias escenas del muro de yeso y barro de cuyos trozos once fueron a parar al Museo Británico. Desde un principio se supo el extraordinario valor de las pinturas. Y así estuvieron expuestas hasta bien entrado el año 1990.

Y a pesar del estado fraccionario del conjunto, el delicado pero amplio proyecto de restauración ha conseguido consolidar las superficies de forma que muchas de las pinturas se han vuelto a montar para ser expuestas de nuevo.

Aunque se desconoce la ubicación original de la tumba, recientes trabajos de archivo realizados por Lise Manniche parecen apuntar a que estaba situada en la zona norte de la necrópolis de Tebas, pero sin precisar el lugar exacto.

Algunas pistan parecen sugerir la zona denominada Dra Abu el-Naga, donde la misión egipcio-española encabezada por José M. Galán, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), está realizando excavaciones en las tumbas de Djehuti y Heri (TT 11 y 12.

La obra, ya terminada, volverá a ser expuesta en el Museo Británico en el mes de diciembre de 2008 y sobre el propósito original del proyecto nos habla de nuevo Parkinson.

Uno de los objetivos ha consistido en recrear el sentido de las pinturas en un entorno altamente decorado, pequeño e íntimo, de forma que el diseño de la galería, evocativo pero simple, se complemente con una reconstrucción animada de la capilla-tumba y de su ubicación; todo ello se podrá ver en la galería, y su versión interactiva en la Web del Museo. Con ello se pretende situar las pinturas en un marco adecuado al paisaje egipcio.

Junto a las pinturas aparecerán unos 150 elementos contemporáneos que resaltarán el intenso realismo de estas pinturas, pero que también recordarán a los visitantes que estas escenas pertenecen al mundo idealizado de una élite, y que la experiencia de la vida de la gran mayoría no consiste en la continua ostentación de ocio y prestigio de que el eternamente joven Nebamun parece hacer gala en estas escenas.

Pero el fin último, nos asegura, ha sido conseguir que estas maravillosas obras maestras del arte egipcio sean asequibles a todos; de forma que la galería también dispondrá de una guía en Braille para los visualmente incapacitados visitantes.

Rafael Canales

Benalmádena-Costa, a 17 de noviembre de 2008
Bibliografía:
"Egyptian Archaeology". The Bulletin of The Egypt Exploration Society. No. 33 Autumn 2008
"British Museum Collection Database"

sábado, 15 de noviembre de 2008

Solidaridad en el Nilo

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Con el peso de una pérdida irreparable a cuestas y un dramático diagnóstico en el pensamiento, como flotando en una fría nube que me envuelve y a la vez me arropa, medio aturdido y despistado, llego a Barajas para engrosar un grupo variopinto de “valientes” que se embarcan en un viaje, mitad científico, mitad turístico, a tierras de faraones.

El viaje lo organiza el Instituto de Estudios del Antiguo Egipto (IEAE) y va encabezado por la propia Dirección. Van a ser quince días de convivencia en los que compartiremos todo menos cama y pareja. Yo, al viajar solo, tengo poco que compartir. Y el peso que llevo, es sólo mío.

Quince días de Nubia al Delta en un inolvidable viaje que muchos calificaron de irrepetible. Exorcizante, lo llamaría alguien a su regreso en su intento de explicar sensaciones y sentimientos que afloraron dentro y fuera del grupo y que aún perduran.

Hubo sudor y cansancio; calor y hambre, a veces; risas, tarareos, suspiros y, porqué no, lágrimas; pocas, eso sí; y yo diría que sólo las provocadas por mis impulsivas palabras, objeto de esta “Hoja Suelta”.

Éramos: Jimena, “La Novia del Nilo”, inteligente, viva. Jacobo, su hermano, profundo y reflexivo; Martita, con ojos Azul Fayenza y mirada tierna; Lourdes, mi Ángel Guardián, cariñosa y vigilante; Vicente, mi hijo adoptivo, sabio y travieso, díscolo y divertido, que cubría mis espaldas y me hacía sentir protegido; Nuria, de ojos de largas pestañas y escultural figura, silenciosa a veces, espontánea otras; Raquel y Luis, la pareja perfecta, tranquilos, confidentes, amorosos, un alma con dos cabezas; Juan López del Toro, admirable compañero y admirador; María, recatada y dulce; y, no podría faltar Cristina, “La pequeña Miss”, la más joven, la muñeca de a bordo, siempre alegre y distendida; y así una larga lista de hasta más de una veintena con nuestro docto y polifacético amigo José Ignacio a la cabeza, y Gonzalo, Sonia, Blanca, Esperanza, Marina. Y, desde el Olimpo, vigilantes, una pareja de enamorados, cuyos nombres no divulgo por respeto a su justa intimidad, pero que sus íntimos los conocen con los seudónimos de Paco y Mayte. Y sería injusto, sino ingrato, no mencionar a Walid, el perfecto e ilustrado guía que nos enseñó mucho y bueno, y nos habló del uso del agua bendita para “loritos sagrados”. (Ahora veo que perdió una “s” en el camino. Y finalmente, yo.

Los menciono por lo mucho que su compañía aportó al rotundo éxito de la prueba - pues para algunos, eso es lo que fue - una prueba de ilusión, fortaleza y constancia; por su cariño, solidaridad, comprensión y compañerismo.

Y fue el momentáneo extravío de mi pasaporte lo que puso a prueba la solidaridad del grupo, ya que eran más de uno los que estaban dispuestos a permanecer en Egipto hasta su recuperación.

Así que una vez en el autocar, desde mi asiento al fondo, sentí la necesidad de compartir con ellos lo que sentía. Escribí algo en un papel y, armándome de valor y superando mi timidez radiofónica, cogí por vez primera en mi ya larga vida ese "lollipop" o “chupachup” electrónico, y poniéndolo ante mis labios, como si de un helado de cucurucho se tratase a punto de ser ingerido, y con voz entrecortada, leí lo que a continuación reproduzco:


“Soy yo, Rafael. Rafa para los amigos; Titi para mis allegados.
Una nueva semilla se ha plantado en el negro limo del Nilo.
La semilla de la amistad, que germinará con el calor de nuestros recuerdos
y dará flor con nuestro amor; ese nexo invisible que, sin notarlo,
nos va uniendo día a día, entre sudor y risa,
en ese nuestro caminar que nos aproxima a una diáspora no deseada.
Pero no es el fin; sólo el inicio de vivencias y recuerdos jocosos.
He vuelto a aprender de vosotros el apego a la vida
y vivido el amor compartido.
Voy a sentir dejaros con pocas esperanzas de un reencuentro deseado.
He sentido vuestro arrope sobre mis cansados hombros
y vuestra protectora mirada en estos mis ojos doloridos.
Habéis sido solaz y refugio de mis contenidas emociones;
aire fresco, soplo de vida sobre el rostro de un corazón cansado.
Y por todo ello:

¡OS QUIERO!





Y alguien lloró.


Rafael Canales

Benalmádena-Costa a 10 de noviembre de 2008