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viernes, 31 de julio de 2009

El Imperio Antiguo (c.2.686-2.160 A.C.) 6/6.- La Dinastía VI.



Estatuilla de bronce de Imhotep. Visir y Arquitecto del Faraón Djoser hacia el 2700 A.C. Se le acredita como responsable del diseño y construcción del primer edificio monumental en piedra del mundo, la Pirámide Escalonada de Saqqara, donde debe de encotrarse su tumba, aún no hallada. Arquetipo del aprendizaje, se le asocia principalmente con la escritura y la medicina. En el Imperio Tardío se le adoró como dios, hijo de Ptah.


LA DINASTÍA VI

Según Manetón, con el reinado de Unas se cerró la Dinastía V y el faraón siguiente, Teti, Horus Seheteptawy, (2.345-2.323 A.C.) dio entrada a la Dinastía VI. No disponemos de una información fiable sobre la relación entre Teti y sus predecesores, pero es probable que su primera esposa Iput fuese hija de Unas. El visir de Teti, Kagemni, comenzó su carrera bajo el reinado de Djedkara y de Unas. No obstante, el Canon de Turín también muestra una ruptura en este punto seguida de una cifra total de reyes entre Menes, primer faraón de la Dinastía I, y Unas, cifra que ahora se ha perdido. Esto nos da que pensar, ya que el criterio en el que el Canon de Turín se basó para dicha división era, ciertamente, el cambio de lugar de la capital y de la residencia real.

Es probable que la primitiva capital de White Wall (Muro Blanco), fundada a principios de la Dinastía I, se fuese reemplazando en importancia de forma gradual por suburbios más poblados, más hacia el sur; aproximadamente al este de la pirámide de Teti. Djed-isut, el nombre de esta parte de la ciudad, se deriva del nombre de la pirámide de Teti y de su ciudad piramidal. Es probable que los palacios reales de los faraones Djedkara y Pepy I, y probablemente también el de Unas, hubiesen sido ya trasladados más al sur, lejos de la miseria, el ruido y el olor de una ciudad atestada de gente, a otros lugares en el valle este de la actual Saqqara Sur y separada de Djed-isut por un lago. Al menos esto explicaría la elección de Saqqara Sur como lugar para la construcción de las pirámides de Djedkara y Pepy I.

En un desarrollo que iba creciendo en paralelo con el de la cercana pirámide de Teti, el asentamiento anejo tomó el nombre de Mennefer (Menphis, en griego ) del nombre de la pirámide de Pepy I y de su ciudad piramidal. Más adelante, durante el segundo milenio, acabó físicamente unido a otros asentamientos alrededor del Templo del Dios Ptah, más hacia el este, y la ciudad fue conocida en su totalidad como Mennefer.

Así que, hasta cierto punto, el lugar de la residencia real puede que cambiase a finales de la Dinastía V, o principios de la Dinastía VI, lo que explicaría la división del Canon de Turín, más adelante reflejada en la cuenta de Manetón, en la que el padre de Pepy I, Teti, se incluyó en la nueva línea de soberanos. Pero aquí entramos en un mundo de especulación, y sólo futuros trabajos de campo en la región menfita nos podrán justificar su alcance.

A Teti puede que le sucediera el Faraón Userkara (2.323-2.321 A.C.), aunque su existencia parece estar cuestionada. La confusión puede que venga del hecho de que a Pepy I, Horus Merytawi (2.321-2.287 A.C.), hijo del faraón Teti y de su esposa Iput, se le conociese como Nefersahor durante la primera parte de su reinado. Éste era su prenomen o “nombre del trono”, recibido durante su coronación, que iba precedido del título de nesu-bit (“el del junco y la abeja”), y encerrado en un cartucho oval. Más adelante, lo cambiaría por el de Meryra. El nomen o “nombre de nacimiento”, Pepy, - cuyo número romano convencional que le sigue es de aplicación moderna - precedió al de su ascensión al trono, y se adoptó a raíz del título de sa Ra (“Hijo del Dios Ra”), y también se escribía dentro de un cartucho.

La situación de Egipto por entonces comenzó a cambiar. La posición del faraón permanecía teóricamente inalterada, pero no hay dudas de que surgieron dificultades. Esta impresión sólo puede explicarse parcialmente gracias al incremento y fiabilidad de una información que nos ha permitido ahondar aún más profundamente en la sociedad egipcia de lo que permitría la fachada de un edificio, formal y monolíticamente monumental, de los períodos anteriores. La persona del faraón dejó de ser intocable. En un texto biográfico de Weni, un alto cargo de la Corte, se habla de un fracasado complot para derrocar al faraón Pepy I inspirado por una de sus esposas hacia finales de su reinado. Su nombre se desconoce, pero no así sus andanzas matrimoniales: En sus años de declive, el faraón se casó con dos hermanas, ambas llamadas Ankhnes-meryra (“El Faraón Meryra [Pepy I] vive para ella”). El padre era un alto cargo con influencia en Abydos.

Estos eventos eran sin duda dramáticos, pero el hecho real es que, el aumento de poder e influencia de los administradores locales, muy especialmente en el Alto Egipto, lejos de la capital, y el progresivo debilitamiento de la autoridad real, con ser menos dramático, eran potencialmente de consecuencias más graves. A finales de la dinastía se crearía así un nuevo cargo en la Administración: "Inspector del Alto Egipto”.

Los faraones de la Dinastía VI construyeron de forma extensa, edificando capillas para deidades locales por todo Egipto, pero muchas acabarían siendo víctimas de reconstrucciones posteriores, y otras aún no han sido excavadas.

Los templos del Alto Egipto, como los de Khenti-amentiu, en Abydos, Min, en Koptos, Hathor, en Dendera, Horus, en Hierakonpolis y Satet, en Elefantina, fueron especialmente favorecidos. Las donaciones hechas a estos templos, y las exenciones fiscales y de servicios forzosos, se multiplicaron.

Los templos piramidales de las Dinastías V y VI muestran escenas tan convincentes que uno se siente tentado a tomarlas por lo que aparentan ser. Es así que, por ejemplo, una escena que muestra la sumisión de jefes libios durante el reinado de Pepy II, es una copia casi exacta de la misma representación que aparece en los templos de Sahura, Nyuserra y Pepy I; y que se repetiría unos 1500 años más tarde en el templo del faraón Taharqo, en Kawa, Sudán. Estas escenas constituyen expresiones estándar de triunfos de un faraón idealizado que poco tendrían que ver con la realidad. Su inclusión en templos garantizaría su continuidad en el tiempo.

La misma explicación podría darse a las escenas de barcos a su regreso de una expedición a Asia, o a alguna correría contra nómadas en Palestina, reproducidas en la calzada elevada del complejo de Unas. Por otra parte, otras fuentes muestran que acontecimientos parecidos habían realmente acaecidos.

El ya mencionado testimonio de Weni describe acciones militares repetidas a gran escala contra los Aamu de la región sirio-palestina. A pesar de la forma que se presentaban, en realidad consistían en ataques preventivos o punitivos más que en auténticas campañas defensivas.

La explotación de recursos minerales en los desiertos fuera de Egipto, continuó. La turquesa y el cobre se seguían obteniendo de las minas de Wadi Maghara, en el Sinaí, en la época de los faraones Djedkara, Pepy I y II; el alabastro, en Hatnub, en los reinados de Teti, Merenra, Pepy I y II; el greywacke y la arenisca fina, en el Wadi Hammamat, durante los mandatos de Pepy I y Merenra, en el Desierto Oriental; el gneiss, en las canteras del nordeste de Abu Simbel, durante el reinado de Djedkara.

Se enviaron expediciones al Punt, bajo el reinado de Djedkara, y se mantuvieron los contactos comerciales y diplomáticos con Byblos, durante los reinados de Djedkara, Unas, Teti, Pepy I y II, y Merenra, y también con Ebla, en tiempos de Pepy I.

Nubia llegó a crecer en importancia durante la reciente Dinastía VI, y se hicieron intentos para mejorar la navegación en la región de la 1ª Catarata bajo el reinado de Merenra. La zona empezó a recibir un flujo de nuevos colonos que procedían de más al sur, entre la 3ª y 4ª Cataratas, conocidos como Grupo C Nubio, con centro en Kerma.

Eran frecuentes los ocasionales incidentes con estas gentes, ya que Egipto intentaba prevenir cualquier amenaza potencial a sus intereses económicos y a su seguridad. Las caravanas a través de territorio nubio – en tierras de Wawat, Irtjet, Satju y Iam – las organizaban administradores del nome egipcio más al sur de Elefantina, tales como Harkhuf, Pepynakht Heqaib y Sabni.

Las mercancías de lujo africanas que llegaban a Egipto por este medio, incluían incienso, ébano, pieles de animales y marfil, pero también enanos danzarines y animales exóticos. El empleo de nubios, especialmente para las unidades de policía de frontera, y como mercenarios en las expediciones militares, data de este período en adelante.

El Desierto Occidental era un entrelazado de rutas de caravanas. Una de ellas dejaba El Nilo en la región de Abydos con dirección al Oasis Kharga, y luego proseguía hacia el sur a lo largo de un camino conocido hoy como Darb el-Arbain, o “ruta de los cuarenta días” en árabe, hasta el Oasis Selima. Otra partía de Kharga hacia el oeste hasta el Oasis Dakhla, donde un importante asentamiento prosperaba en Ayn Asil, cerca de la moderna Balat, especialmente durante el reinado del faraón Pepy II.

DECADENCIA Y CAÍDA DEL IMPERIO ANTIGUO

A Pepy I le sucedieron dos de sus hijos; primero Merenra, Merenra-nemtyemsaf, Horus Ankh-Khau (2.287-2.278 A.C.), y después Pepy II, Horus Netjerkhau (2.278-2.184 A.C.). Ambos ascendieron al trono muy joven, y ambos construyeron sus pirámides en Saqqara Sur. Pepy II reinó durante unos noventa y cuatro años, habiendo heredado el trono a los seis, lo que le convierte en el faraón más longevo de la Historia de Egipto. Sin embargo, es probable que la segunda parte de su mandado fuese de alguna manera poco efectivo, ya que las fuerzas que habían ido insidiosamente erosionando los teóricos cimientos del estado egipcio se hicieron patente.

La crisis que se implantó era inevitable, pues la semilla germinaba ya dentro del propio sistema. Primero, era ideológica, ya que el faraón, cuyo poder económico se encontraba sensiblemente debilitado, era incapaz de representar el rol que le había sido asignado por la propia doctrina de la Realeza. Las consecuencias para la totalidad de la sociedad egipcia fueron tremendas; el sistema de remuneración ex officio hacía tiempo que había dejado de funcionar satisfactoriamente, y el sistema fiscal estaría por entonces al borde del colapso.

Algunos puestos de la Administración se habían convertido en hereditarios y permanecían dentro de la misma familia durante generaciones. En el Medio y Alto Egipto, las tumbas cavadas en roca de yacimientos como, Sedment, Dishasha, Kom el-Ahmar Sawaris, Sheikh Said, Meir, Deir el-Grebrawi, Akhmim (el-Hawawish), el-Hagarsa, el-Qasr wa ‘l-Saiyad, Elkab y Aswan (Qubbet el-Hawa), dan testimonio de las aspiraciones de los gobernantes locales, para entonces semiindependientes soberanos.

Menos conocemos de los correspondientes cementerios del Delta, aunque sabemos que los yacimientos de Heliópolis y Mendes existían. La proximidad de la capital puede que hiciese más difícil cualquier intento de autonomía, pero la razón principal de la falta de evidencia radica en su propia geografía y geología. Los niveles del Imperio Antiguo están hoy cerca o por debajo de la capa freática, lo que dificulta las excavaciones. Mucho más se sabe de los administradores del Oasis Dakhla, que vivían en el asentamiento de Ayn Asil y fueron enterrados en grandes tumbas-mastabas en el cementerio local de Qilat el-Dabba.

El gobierno central prácticamente dejó de existir, y las ventajas de un estado unificado se perdieron. La situación se vio agravada aún más debido a factores climáticos; muy especialmente a una sensible disminución del caudal del río regulador de las crecidas, unida a un declive en las precipitaciones, que afectaron a zonas colindantes del Valle del Nilo, con la consiguiente presión en las zonas fronterizas por parte de tribus nómadas. El hecho de que muchos sucesores en potencia esperasen bajo las protectoras alas del faraón Pepy II que terminase el excepcionalmente largo reinado del faraón, probablemente propició la caótica situación que acabó instalándose.

A Pepy II le sucedió Merenra II (Nemtyemsaf), la Reina Nitiqret (2.184-2.181), y unos diecisiete o más faraones efímeros que representan a las Dinastías VII y VIII de Manetón. Sus separaciones dinásticas, de nuevo, son difíciles de explicar; excepto como meras divisiones accidentales de las listas. La mayoría de los gobernantes son poco más que nombres para nosotros, aunque a algunos de ellos se les conoce por los decretos proteccionistas expedidos para el templo de Min en Koptos.

Qakara Iby es el único faraón cuya pirámide de 31’59 m de lado se ha encontrado en Saqqara Sur. Por lo que, lo único que asemejaba a estos pequeños reyezuelos con los faraones gigantes del primitivo Imperio Antiguo, eran la propia ubicación de la residencia real en Menfis, y la teórica reclamación de dominio sobre todo Egipto.

El Gran Total que nos da el “Canon de Turín” de 955 años que separan al faraón Menes, al principio de la Dinastía I, del último de estos efímeros gobernantes, pone fin a la línea de faraones menfitas y al período que se ha denominado Imperio Antiguo.

CONCLUSIÓN

Y con esta “Hoja Suelta” terminamos uno de los períodos más significativos de la Historia del Antiguo Egipto, si no el que más, ya que muestra los cimientos consolidados de un imperio en cierne que duraría milenios.

Este período, de más de quinientos años (2.680-2.160 A.C.), fue el más rico y creativo de su historia. Se mantuvo así durante cuatro dinastías – de la III a la VI - y fue durante esta última que se inició y confirmó su evidente declive y caída final.

Las periódicas crecidas del rio Nilo que regaban los campos y hacía brotar su rico limo, se interrumpieron de forma precipitada; las altas capas sociales alcanzaron las cotas más altas de influencia y poder, y se convirtieron en un pesado lastre para el país; los gastos sociales y la rémora de un largo reinado superaban a los cada vez más disminuidos ingresos; las incursiones en ultramar para obtener recursos no eran suficientes para inclinar favorablemente la balanza económica; el comercio exterior era aún una actividad incipiente; la descentralización fue nefasta, resquebrajando la unidad del imperio al igual que lo haría dos milenios más tarde con el de Roma; el creciente poder de ciertos núcleos religiosos desgastaba la autoridad real; y el reinado casi centenario de su último soberano, tuvo que haber sumido al país en un estado letárgico, falto de liderazgo, carente de proyectos, y muy probablemente, corrompido, sin una mano fuerte, joven y dispuesta a mantener la ilusión de un pueblo, por otra parte, totalmente entregado.

Y, continuando - mientras así se me permita - con el Proyecto de recorrer todo el camino ya andado por otros, estaré de vuelta, sine die, con otra “Hoja Suelta”, para, juntos, iniciarnos en el Capítulo 6 que, incuestionablemente, habremos de dedicar, de nuevo de la mano de alguien más docto, al Primer Período Intermedio (c.2.160-2.055 A.C.)

El enfoque, como ya somos conscientes, será el ya utilizado durante el camino ya caminado: El antropológico, más que el puramente arqueológico; o si se quiere, el holístico, analizando los eventos desde el punto de vista de las múltiple interacciones que los caracterizan; estudiando al Hombre en el marco de la sociedad y cultura a la que pertenece y, al mismo tiempo, como producto de éstas.

Reyes de la Dinastía VI:

Teti, Userkara (Usurpador), Pepy I (Meryra), Merenra, Pepy II (Neferkara), Nitiqret.

Reyes de las Dinastías VII y VIII:

Numerosos faraones llamados Neferkara, presumiblemente en imitación al faraón Pepy II.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 5 de agosto de 2009

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
British Muaeum Database.

sábado, 11 de julio de 2009

El Imperio Antiguo (c.2.686-2.160 A.C.) 1/6.- La Dinastía III.



Cráneo de Meryrahashtef, Inspector de Agricultores Arrendatarios. Su hueso parietal izquierdo (no visible) presenta una fractura producida por un golpe mortal. Sedment, El-Fayum. Hacia 2.200 A.C. Dinastía VI


INTRODUCCIÓN

Si hay algún culpable, habrían de ser los historiadores quienes, ya en el siglo XIX, impusieron en la cronología egipcia el término “Imperio Antiguo” cuyas connotaciones bien pueden conducir a engaño, ya que refleja un enfoque a la periodicidad de la Historia del que hoy abrigamos serias reservas.

Los antiguos egipcios nunca lo usaron, aunque, de cualquier forma, les habría sido difícil de captar la diferencia entre el Período Dinástico Temprano (3.0
00-2.686 A.C.) y el Imperio Antiguo (2.686-2.160 A.C.)

Ya el último faraón del Período Dinástico Temprano y los dos primeros soberanos del Imperio Antiguo eran, al parecer, familiares de la Reina Nimaathap, a la que se describe como la madre de los hijos del faraón, bajo el reinado de Khasekhemwy, y como “madre del faraón del Alto y Bajo Egipto”, bajo el de Djoser (2.667-2.648 A.C.)

Para los egipcios era incluso más importante el hecho de que el lugar de residencia real no cambiase, sino que permaneciese en el “Muro Blanco” (Ineb-hedj), en la orilla oeste de El Nilo, al sur del actual Cairo.

No obstante, los egipcios valoraban y eran conscientes de la revolucionaria aportación de los constructores del Faraón Djoser a la arquitectura funeraria real. Los grandes proyectos de construcción, propiciados y organizados por el Estado, tuvieron un efecto inmediato y profundo en la economía y en la sociedad egipcias.

Esta sería la principal justificación para una división entre el Período Dinástico Temprano y el Imperio Antiguo; aunque viene marcada más por el progreso de la arquitectura que por los cambios reales personales.

CONSIDERACIONES CRONOLÓGICAS Y PRINCIPALES CARACTERÍSTICAS DEL PERÍODO.

Gracias a la información que nos proporciona la ramésida "Lista-de-Reyes", escrita sobre un papiro actualmente en el Museo Egizio de Turín, conocido como el "Canon de Turín", no parece que existan muchos eslabones frágiles en lo que al orden y datación de los dirigentes del Imperio Antiguo se refiere.

Entre los faraones cronológicamente más significativos, sólo la duración de los reinados de Menkaura (2.532-2.503 A.C.), Dinastía IV, y de Neferirkara (2.475-2.455 A.C.), Dinastía V, presenta algunos problemas; la del primero quizás por exceso, y la del segundo ciertamente por defecto.

No se dispone de fechas concretas basadas en observaciones astronómicas contemporáneas, y los cálculos que se han hecho para otros períodos podrían cambiar la relativa posición que el Imperio Antiguo ocupa en el esquema cronológico de la Historia del Antiguo Egipto.

El grado de confianza que depositamos en las antiguas fuentes, y nuestro conocimiento del sistema de datación egipcio son, por otra parte, también muy importantes. Es así que la fecha de 2.686 A.C., como principio del reinado del Faraón Nebka - primero de la Dinastía III, según Maneto - parece segura; eso sí, con un margen de error de unos veinticinco años, aun cuando su posición en la dinastía ha sido recientemente cuestionada.

El final del período - unos cinco siglos y medio más tarde - es aún más oscuro. Sin embargo, los antiguos egipcios y los historiadores modernos parecen estar, en general, de acuerdo con sus características. Para los egipcios, el cambio de residencia real, lejos de Menfis, estuvo representado por una brusca división en sus listas-de-reyes. Puesto que todo ello coincidió, más o menos, con unos profundos cambios políticos, económicos y culturales en la sociedad egipcia, es conveniente seguir su ejemplo.

En cualquier caso, la ausencia de indicadores cronológicos fiables es desalentadora, y el grado de incertidumbre es tal que, en muchos casos, si tenemos en cuenta nuestro actual estado de conocimiento, la "polémica viva" es puramente académica.

Aunque en general aún se sigue la agrupación de los reyes egipcios en dinastías o casas reinantes, introducida por el historiador tolemaico Maneto del Siglo III A.C., su vulnerabilidad raramente ha sido expuesta de forma más convincente que en el caso del Imperio Antiguo.

Se pueden establecer razones contemporáneas para casi todas las rupturas dinásticas pero, en la mayoría de los casos, sería difícil defenderlas como criterios históricos sólidos, o como una discontinuidad en la línea sucesoria real. Sin embargo, ante la ausencia de una alternativa radical, el sistema de Maneto proporciona un esquema cronológico práctico, ya que prescinde de las fechas absolutas en años A.C. de gran fluidez.

Durante el Imperio Antiguo, Egipto experimentó un largo e ininterrumpido período de prosperidad económica y estabilidad política, dando así continuidad, en ambos aspectos, al Período Protodinástico.

Creció rápidamente, convirtiéndose en un estado centralizado, organizado y gobernado por un faraón al que se consideraba dotado de auténticos poderes sobrenaturales. Administrado por una élite alfabetizada - seleccionada, al menos en parte, por méritos - Egipto gozó de una casi total auto-suficiencia y seguridad dentro de sus fronteras naturales. Ningún rival externo amenazaba su dominio sobre el extremo nordeste de África y zonas inmediatamente adyacentes de Asia Occidental. Por otra parte, los avances en las ideas religiosas se reflejaban en sus impresionantes logros, tanto en las Artes como en la Literatura.

LOS PROYECTOS DE CONSTRUCCIÓN A GRAN ESCALA COMO CATALIZADORES DEL CAMBIO

El Faraón Djoser, conocido por sus monumentos como Netjerikhet – sus nombres de Horus y nebty – es uno de los más famosos monarcas de la historia de Egipto. En el Canon de Turín, su nombre va precedido de una rúbrica en rojo. Casi 2.500 años más tarde, durante el reinado de Tolomeo V Epífanes (205-180 A.C.), la "Estela de la Hambruna" de la isla de Sehel, en la región de la 1ª Catarata, aún da testimonio de su imagen como modelo de gobernante sabio y piadoso (djoser significa “santo” o “sagrado”).

Aún sabiendo que la estela es un texto histórico tendencioso y adulterado, publicado por los sacerdotes del dios local Khnum, su importancia radica, más en el reconocimiento postrero de Djoser que trasmite, que en la historicidad de los acontecimientos que registra.

Por otra parte, los anales registrados en la Piedra de Palermo dejan constancia de la construcción de un edificio de piedra llamado Men-netjeret, bien durante el reinado de Khasekhemwy, último faraón de la Dinastía II, o durante el del predecesor de Djoser, Nebka (2.686-2.667 A.C.)

Nada más se ha sabido del edificio, aunque es muy posible que se trate de la estructura conocida con el nombre de Gisr-el-Nudir, en Saqqara Norte, al suroeste de la pirámide de Djoser. No obstante, no llegó a pasar de las etapas iniciales de construcción, así que el crédito al primer gran edificio de piedra terminado con éxito del mundo se lo lleva Djoser.

La superestructura de la tumba de Djoser es el resultado de seis variantes del plano original, realizadas en turno, conforme se iba apreciando el enorme potencial del nuevo material de construcción. Antes de Nebka y Djoser, la piedra solamente se había utilizado de forma limitada como elemento complementario en las tumbas de adobe.

La estructura final es una pirámide de seis escalones, que ocupa una superficie en planta de 140 x 118 m, y una altura de 60 m. Se levanta dentro de un recinto de aproximadamente 545m x 277m, cuyos muros probablemente imitaban la fachada del palacio real.

Al cuerpo del faraón se le hacía descansar en una cámara construida debajo de la pirámide, por debajo del nivel del suelo. Mientras que para nosotros la innovación arquitectónica estaba dando paso a un nuevo período histórico, también significaba un claro eslabón con el pasado. En su diseño inicial, era sólo una mastaba de planta rectangular; la típica tumba real del Período Dinástico Temprano.

Un rasgo singular del recinto lo constituye un amplio patio abierto y un complejo de capillas y otras construcciones, réplicas en piedra de estructuras que habrían sido levantadas utilizando materiales perecederos, para los festivales sed - o jubileos reales - durante la vida del faraón. De esta forma, Djoser esperaba poder continuar la celebración de dichos acontecimientos en la Otra Vida, donde se renovarían su energía y sus poderes, así como su habilidad para gobernar de una forma eficaz.

En la parte sur del recinto hay un edificio conocido como la “Tumba Sur” que imita los elementos subterráneos de la pirámide. Se desconoce su función, pero se le puede equiparar con las pirámides satélites de posteriores complejos piramidales.

La tradición nos dice que Imhotep - del griego Imouthes - fue el arquitecto de Djoser, y el inventor de la construcción de piedra. Más adelante sería deificado y considerado como "hijo del Dios Ptah" y "Patrón de escribas y médicos", equiparándolo al dios griego Asklepios. Su historicidad ha quedado confirmada con el descubrimiento de la base de una estatua de Djoser en la que aparece también el nombre Imhotep.

Su tumba estuvo, probablemente, situada en Saqqara, quizás al borde del altiplano del desierto, al este de la pirámide de su real señor, pero aún no ha sido localizada, lo que representa una de las perspectivas más atractivas y emocionantes para futuros trabajos de campo.

El hecho de que Imhotep fuese un alto sacerdote de Heliópolis apunta a la primitiva importancia que se le daba ya al dios-sol Ra, o Ra-Atum.

La residencia real y el centro administrativo de Egipto estaban situados en una zona donde el Dios Ptah era el principal dios local, pero es probable que Heliópolis - la Iunu egipcia y la bíblica On – situada al nordeste de la capital del Imperio Antiguo, en la orilla este de El Nilo – actualmente un suburbio de El Cairo – fuese reorganizada como la capital religiosa del país al comienzo del Imperio Antiguo. Djoser fue el primer gobernante en consagrar allí una capilla.

El afán de esplendor y magnificencia monumental, propios de un enterramiento real, se puede ya detectar en el reinado de Djoser; refleja el criterio prevalente en aquellos tiempos sobre la posición que debía tener el faraón en la sociedad egipcia. Este criterio puede haberse visto reforzado después al encontrar en la arquitectura funeraria un medio de expresión ideal.

Durante el curso de los dos siguientes siglos, este enfoque se exploró hasta sus límites, convirtiéndose en un poderoso catalizador para el desarrollo de la sociedad egipcia.

La pirámide fue ahora adoptada como modelo de tumba real, pero ninguna de las planeadas por los sucesores de Djoser llegó a terminarse. La pirámide que iba a ser para Sekhemkhet (2.648-2.640 A.C.) se empezó a construir al suroeste de la de Djoser, y su diseño era aún más ambicioso. Un grafiti en el muro del recinto menciona a Imhotep que por entonces podría aún estar activo.

El titular de la pirámide se deduce por la presencia del nombre de Sekhemkhet en unas impresiones de sellado sobre arcilla encontradas en sus habitaciones subterráneas. Aunque la cámara funeraria de la pirámide contenía un sarcófago sellado esculpido en alabastro egipcio, éste estaba totalmente vacío, por lo que parece claro que la superestructura fue abandonada cuando alcanzó una altura de 7 metros.

Otra estructura inacabada similar, en Zawiyet el-Aryan, al norte de Saqqara, se ha asignado - con probabilidades pero sin certeza - a Khaba (2.640-2.637 A.C.). La corta duración de los reinados de estos dos faraones – sólo seis años cada uno – fue sin duda responsable de la interrupción de la construcción de estas pirámides.

Y poco más se puede añadir con total seguridad sobre la relación familiar entre los faraones de la Dinastía III, excepto que los dos primeros, Nebka y Djoser, pueden haber sido hermanos.

Y terminamos aquí con este primer tema del quinto ensayo dedicado a la Dinastía III, tan brillantemente desarrollado por el Doctor Jaromir Malek, del Griffith Institute, Oxford, y con ello damos paso a su segundo que titula “La Dinastía IV (2.613-2.494 A.C.)

Reyes de la Dinastía III:

Nebka, Djoser (Netjerikhet), Sekhemkhet, Khaba, Sanakht (?), Huni.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 17 de julio de 2009

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
British Museum Database.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Cronología del Antiguo Egipto según Shaw

Etiquetas de marfil y hueso encontradas por el egiptólogo alemán G. Dreyer en la Tumba U-j de Abydos

("Pinchar" y ampliar)

Ian Shaw cayó en mis manos hace algún tiempo con una obra suya que me impresionó por su lenguaje directo y cómodo, y la frescura de su actualidad científica.

Este trabajo forma parte de una serie que se inicia en 1995 y que, en la actualidad, cubre tópicos sobre Historia, Religión, Ciencia y Humanidades. “Very Short Introductions” es el título de la serie, y el de su obra “Ancient Egypt”, publicada en 2004 por la Oxford University Press.

Y ahora, me lo vuelvo a encontrar en “The Oxford History of Ancient Egypt”, en su última edición de 2003.

Contrariamente a la “Egypt of the Pharaohs” de Gardiner de 1961, esta publicación no sólo considera los cambios políticos acaecidos durante el período faraónico, sino que analiza su desarrollo socio-económico y la evolución de los procesos religiosos, ideológicos y culturales, ya se refieran éstos a estilos arquitectónicos, técnicas de momificación, formas de trabajar la cerámica, o a la evolución del Arte y la Literatura.

La obra, cronológicamente ordenada en capítulos, cubre las diferentes fases de la historia del Antiguo Egipto en boca de expertos que, no sólo analizan la secuencia de acontecimientos políticos bajo las diferentes dinastías reinantes, sino que se adentran en sus patrones socio-culturales.

De los quince ensayos, el Profesor Ian Shaw se hace cargo de la Cronología en el primero, como parte de la Introducción, y en el undécimo que titula “Egypt and the Outside World”.

Quisiera iniciar un recorrido por cada uno de ellos mediante un resumen, breve si es posible, que me ayudaría a su retención y, con algo de suerte y paciencia si consigo acabarlo, a disponer, de una forma ordenada y actualizada, de una también breve Historia del Antiguo Egipto refrendada por un cuerpo de elite.

Como decía, en este primer capítulo Ian Shaw nos introduce a las cronologías y cambios culturales en el Antiguo Egipto al considerar que su historia, como cualquier otra, requiere un marco cronológico en que moverse y encuadrarse, objetivo este que ha sido durante siglos la meta y el motor de estudiosos y profanos aventajados.

Y así fue como, en el siglo III A.C., el sacerdote egipcio Maneton diseñó un sistema cronológico, que abarcaba casi tres mil años de vida faraónica, que dividió en bloques, cuya estanqueidad está hoy en tela de juicio, a los que llamó “dinastías”. Cada una agrupaba a una serie de gobernantes cuyo factor común consistía en poco más que su propia realeza y/o sus lugares de residencia.

Si bien este sistema cronológico parece haber cumplido bien su cometido, los relativamente recientes avances tecnológicos han permitido apreciar que los cambios de dinastía no han sido siempre acompañados de cambios sociales y/o culturales, o bien que éstos no se han extendido por igual, ni en el lugar ni en el tiempo, a los cambios políticos.

Actualmente, los estudios cronológicos se están llevando a cabo mediante la utilización de tres métodos que a veces se solapan, a veces se sustituyen y, casi siempre, se complementan.

En primer lugar debemos hablar de la cronología que se basa en la llamada “datación relativa”; ya sea por medio de excavaciones estratigráficas, o por la bien conocida “datación secuencial” inventada por Flinders Petrie en 1899, aún totalmente vigente. Los progresivos avances de estas dos últimas décadas han permitido a egiptólogos apreciar mejor la evolución y el efecto en los materiales debido al paso del tiempo y, muy específicamente, en la evolución de la cerámica. Esto ha permitido la aplicación de métodos de seriación a una diversidad de materiales, como ha sido el caso de Harco Willems cuyo trabajo ha arrojado nueva luz sobre los cambios culturales en diversas provincias durante las dinastías XI y XII, aportando datos que vienen así a complementar los ya existentes acerca de los cambios políticos acaecidos en este período.

Por otra parte, disponemos de la cronología basada en la “datación absoluta” de registros sobre hechos y/o datos astronómicos procedentes de textos ancestrales.

Y, por último, y no precisamente por su menor importancia, tenemos la cronología que tiene su base en la “datación radioactiva”, con la aplicación de métodos como el del Carbono-14, que mide la edad isotópica de elementos orgánicos, o la termoluminiscencia, que mide el grado de absorción luminosa de ciertos elementos a lo largo del tiempo.

Sobre estos dos últimos métodos hace ya más de sesenta años que se alcanzó un consenso sobre la aceptable equiparación de resultados, si bien el primero ofrece un margen de error ligeramente menor que el segundo. La aparición, por otra parte, de las curvas de calibración dendrocronológicas ha logrado que los resultados de la datación por radiocarbono se puedan convertir en años civiles reales, o años de calendario. Aún así, la inevitable existencia de errores, aunque marginales, nos hace insistir en la necesidad de hablar siempre de fechas aproximadas y nunca de específicas.

La incorporación de la datación radioactiva, o radiométrica, ha favorecido enormemente a la Prehistoria de Egipto que ha conseguido no ya colocar las dataciones secuenciales de Petrie dentro de un marco de fechas absolutas en unos márgenes razonables, sino extender la linde de la Prehistoria de Egipto más allá del Neolítico hasta los albores del propio Paleolítico.

Ian Shaw continúa con un repaso detallado de las fuentes que han servido a los egiptólogos para elaborar un marco cronológico tradicional en el que encuadrar los cambios políticos en el Antiguo Egipto.

Son escasos los artefactos, como las estelas funerarias, las mazas ceremoniales, o las paletas votivas del Período Predinástico Tardío, que puedan servir de fuentes que nos permitan documentar la transición hacia un estado unificado completo.

De cualquier forma, se hace a veces difícil discernir cuándo la información en ellos contenida es de carácter narrativo o conmemorativo; o si estamos ante un rito o un acontecimiento, lo que hace cuestionarse su valor histórico.

Igual podemos decir de las numerosas etiquetas encontradas en los últimos tiempos que proporcionan información sobre el origen y naturaleza de los objetos funerarios a los que están unidas.
Especial consideración merecen las 173 más pequeñas, de hueso y marfil (hacia 3200 A.C.), excavadas por el alemán G. Dreyer recientemente junto a un cetro ceremonial de marfil, en la tumba real U-j de la dinastía predinástica conocida como Dinastía 0, en Abidos (Ver foto que encabeza esta “Hoja Suelta”)

Su importancia radica, eso sí, en que lo que muestran no son meros pictogramas sino representaciones de sonidos de una lengua hablada; es decir, fonogramas. Aunque difíciles de leer, constituyen sin duda el uso más temprano de escritura jeroglífica que se conoce, habiéndose podido identificar en algunas de ellas nombres de conocidas ciudades frecuentemente mencionadas en posteriores inscripciones como Buto y Bubastis.

En el mismo contexto se analizan la Paleta Nermer y la Maza de Escorpión cuya interpretación, de nuevo, se hace difícil en cuanto que no sabemos si estamos ante una pieza de carácter ritual, narrativo o conmemorativo. Y teniendo en cuenta la ideología egipcia del período faraónico, no sería de extrañar que hubiese sido de interés para el propio sistema y para la misma realeza alentar dicha confusión entre la realidad y lo puramente ritual o mágico.

Y, finalmente, se llega a la Piedra de Palermo como fuente histórica más importante. Se trata de parte de una estela de basalto, inscrita en ambas caras, con anales de los reyes del Bajo Egipto que se remontan a los míticos gobernantes prehistóricos; uno de los fragmentos está en el Museo Arqueológico de Palermo, en Sicilia, otro en el Museo de El Cairo, y un tercero en el Museo Petrie de Londres.

El texto muestra registros horizontales separados por líneas verticales con una pequeña curva en la parte superior, posible imitación del jeroglífico que representa el año reinal, rempet. El hecho de que durante el Imperio Antiguo las fechas se refiriesen a los censos bienales ganaderos y no a los años de reinado, hace surgir la confusión.

Resulta interesante la coincidencia en el tipo de información que ofrecen la Piedra de Palermo y las etiquetas de marfil y hueso de Abidos, si bien las segundas contienen información administrativa y la primera no; mientras las segundas la tienen de las inundaciones del Nilo, cosa de la que carece la primera.

Y desandando lo ya andado, podríamos resumir que la base de la cronología tradicional de los cambios políticos, aparte de la Piedra de Palermo, la constituyen por una parte la historia de Menatón de la que sólo existen extractos recopilados por autores posteriores, las conocidas Listas Reales, los informes fechados de observaciones astronómicas, los documentos literarios y artísticos en forma de relieves o estelas, las informaciones genealógicas, y los sincronismos procedentes de otras culturas, como es el caso de las Listas Reales asirias. Y para las dinastías XXVIII a la XXIX, la Crónica Demótica de la Bibliothèque Nationale, en París, que compensa la ausencia de información histórica en los papiros y monumentos de esta época.


Otro punto a considerar que dificulta el trabajo, es el hecho de que el pueblo egipcio carecía de un origen o punto de partida que les sirviese de referencia para situar un determinado acontecimiento en el tiempo; como por el contrario ocurre, por ejemplo, en nuestro mundo occidental donde nuestra referencia se fija en el nacimiento de Cristo.

La ascensión de un nuevo faraón marcaba un nuevo origen; un nuevo amanecer; no sólo filosófico sino también real.

Una fecha comenzaba por uno de los treinta días de uno de los cuatro meses de las tres estaciones del año correspondiente al del reinado del faraón. Y a su muerte, comenzaba otro nuevo ciclo. Con lo que nunca se hablaba de número de años a la hora de situar un determinado evento en el tiempo.

Parecido argumento podemos esgrimir con la “Titulación Quíntuple” que permitía al faraón su nominación de cinco formas diferentes: tres de ellas ensalzaban la triple divinidad del rey; las otros dos daban constancia de la unificación de dos tierras.

Entre estos últimos, el de nesu-bit, traducido como “Señor de las Dos Tierras”, nos permite, por su étimo, determinar su carácter a su vez divino y mortal. “Nesu” parece que nos da a entender una divinidad exenta de cambios; mientras que “bit” nos parece hablar de una realeza efímera, mortal.

Las listas reales que aparecen en muros de templos y tumbas pueden tener así su origen y significado en un deseo explícito del faraón - encarnación a la vez de Horus y de Osiris – de rendir así homenaje a sus ancestros.

Aunque la lista real más informativa sea la que nos ofrece el Canon de Turín, como ocurre con todas ellas, nos dice más de culto que de historia.

En cuanto a las observaciones astronómicas, éstas se centran en Siro, como eje de la reconstrucción del calendario egipcio y eslabón clave en el total de la cronología. También lo ha sido en otras culturas, como es el caso del calendario maya que comienza el 26 de junio, cuando la estrella Sirio y el Sol amanecen a la vez.

Sirio, situada en la constelación de Can Mayor, conocida como “Alfa del Can Mayor” o “La Estrella del Perro”, es la estrella más brillante del cielo nocturno vista desde la Tierra. Este cuerpo celeste está en realidad compuesto por dos estrellas que viajan juntas, vinculadas por la fuerza de la gravedad, describiendo una trayectoria con forma de espiral. La segunda, conocida como Sirio B, fue descubierta en 1844. Y como toque lúdico que alivie la aridez del tema, la escritora Joanne Rowling se inspiró en Sirio para crear el personaje conocido como Sirus Black en la saga de Harry Potter.

Shaw se explaya en el tema que por su tecnicismo obviamos, si bien cabe mencionar que es esencial determinar de dónde provienen los datos que, unos sitúan como obtenidos en Menfis, otros en Tebas y algunos, como es el caso de D. Franke y R. Krauss, en Elefantina. Y también si los datos obtenidos han sido medidos desde un solo punto, desde más de uno y, de ser así, si se han tomado de forma simultánea o independientemente en el tiempo.

Otro factor que completa la lista de dificultades ya enumeradas es el tema de las llamadas co-regencias.

Para empezar, el término utilizado, extrapolado a nuestro sistema, puede no reflejar una realidad, y cuya existencia algunos, como el erudito Gae Gallender, incluso niegan, si bien ciertas formas de co-regencias parecen haber existido, irregular en forma y duración, a lo largo de su historia, que ha dado lugar a algunas conjeturas cabalísticas de egiptólogos e historiadores por igual.


Finalmente, el Profesor Shaw no sumerge en los arbitrariamente llamados “Períodos Intermedios”, tiempos de inestabilidad, desgobierno, duplicidad y descentralización, una vez más carentes de una estanqueidad que les permita ceñirse al corsé del tiempo. Son las “Dark Ages” o Edades Oscuras por las que se les conoce en el mundo anglosajón.

El Tercer Período Intermedio, en especial, está siendo objeto de intensos y controvertidos estudios que abarcan tres áreas bien distintas: Una, cultural, relacionada con la diversidad de materiales y estilos de, por ejemplo, la cerámica y/o los elementos funerarios; otra, lingüística, iconográfica y antropológica; y, una tercera, la más comprometida y la de mayor impacto en el total del período faraónico: El alcance real del Tercer Período Intermedio que podría acortarse en unos 200 años, lo que reduciría el final de la Dinastía XX y el comienzo del Período Tardío a unos 150 años.

Estos argumentos, sin embargo, parecen estar refutados gracias al apoyo científico de los sistemas modernos de datación del radiocarbono y de la dendrocronología.

A su vez, las excavaciones realizadas en los 80 y 90 en los cementerios de Umm el-Qa’ab en Abidos, parecen cuestionar, aunque más en el terreno cultural que en el cronológico, las históricas distinciones entre los períodos prehistórico, faraónico, ptoloméico y romano.

En las últimas dos décadas del pasado siglo, se ha intensificado el estudio de la cerámica egipcia lo que ha supuesto un tremendo impacto en el marco cronológico que nos interesa, a la vez que un mejor entendimiento de la existencia de métodos más sofisticados en la cultura cerámica. Pero es tan poco aún lo que se conoce sobre los cambios culturales y medioambientales durante los períodos de prosperidad y estabilidad, como es el caso del Imperio Antiguo y Medio, que hace que la interpretación en épocas de crisis sea aún más difícil.

Y para terminar, es el propio Profesor Shaw quien concluye: “...el sentido egipcio de la Historia es uno en el que los rituales y los hechos reales son inseparables”.

E insiste en su apreciación de que el vocabulario del Arte y de los Textos Egipcios apenas distingue lo ideal de lo real; Historia y Mito son parte integral de un mismo proceso.


Y sólo nos queda agradecer al Profesor Shaw su valiosa aportación a nuestro tan reducido y flaco saber.

Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 28 de noviembre de 2008

Bibliografía:

"Ancient Egypt. Anatomy of a Civilization". Barry J. Kemp. Routledge, 2006
"The Oxford History of Ancient Egypt". Ian Shaw. Oxford University Press, 2003
"Ancient Egypt. A Very Short introduction". Ian Shaw. Oxford University Press, 2004