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sábado, 11 de julio de 2009

El Imperio Antiguo (c.2.686-2.160 A.C.) 1/6.- La Dinastía III.



Cráneo de Meryrahashtef, Inspector de Agricultores Arrendatarios. Su hueso parietal izquierdo (no visible) presenta una fractura producida por un golpe mortal. Sedment, El-Fayum. Hacia 2.200 A.C. Dinastía VI


INTRODUCCIÓN

Si hay algún culpable, habrían de ser los historiadores quienes, ya en el siglo XIX, impusieron en la cronología egipcia el término “Imperio Antiguo” cuyas connotaciones bien pueden conducir a engaño, ya que refleja un enfoque a la periodicidad de la Historia del que hoy abrigamos serias reservas.

Los antiguos egipcios nunca lo usaron, aunque, de cualquier forma, les habría sido difícil de captar la diferencia entre el Período Dinástico Temprano (3.0
00-2.686 A.C.) y el Imperio Antiguo (2.686-2.160 A.C.)

Ya el último faraón del Período Dinástico Temprano y los dos primeros soberanos del Imperio Antiguo eran, al parecer, familiares de la Reina Nimaathap, a la que se describe como la madre de los hijos del faraón, bajo el reinado de Khasekhemwy, y como “madre del faraón del Alto y Bajo Egipto”, bajo el de Djoser (2.667-2.648 A.C.)

Para los egipcios era incluso más importante el hecho de que el lugar de residencia real no cambiase, sino que permaneciese en el “Muro Blanco” (Ineb-hedj), en la orilla oeste de El Nilo, al sur del actual Cairo.

No obstante, los egipcios valoraban y eran conscientes de la revolucionaria aportación de los constructores del Faraón Djoser a la arquitectura funeraria real. Los grandes proyectos de construcción, propiciados y organizados por el Estado, tuvieron un efecto inmediato y profundo en la economía y en la sociedad egipcias.

Esta sería la principal justificación para una división entre el Período Dinástico Temprano y el Imperio Antiguo; aunque viene marcada más por el progreso de la arquitectura que por los cambios reales personales.

CONSIDERACIONES CRONOLÓGICAS Y PRINCIPALES CARACTERÍSTICAS DEL PERÍODO.

Gracias a la información que nos proporciona la ramésida "Lista-de-Reyes", escrita sobre un papiro actualmente en el Museo Egizio de Turín, conocido como el "Canon de Turín", no parece que existan muchos eslabones frágiles en lo que al orden y datación de los dirigentes del Imperio Antiguo se refiere.

Entre los faraones cronológicamente más significativos, sólo la duración de los reinados de Menkaura (2.532-2.503 A.C.), Dinastía IV, y de Neferirkara (2.475-2.455 A.C.), Dinastía V, presenta algunos problemas; la del primero quizás por exceso, y la del segundo ciertamente por defecto.

No se dispone de fechas concretas basadas en observaciones astronómicas contemporáneas, y los cálculos que se han hecho para otros períodos podrían cambiar la relativa posición que el Imperio Antiguo ocupa en el esquema cronológico de la Historia del Antiguo Egipto.

El grado de confianza que depositamos en las antiguas fuentes, y nuestro conocimiento del sistema de datación egipcio son, por otra parte, también muy importantes. Es así que la fecha de 2.686 A.C., como principio del reinado del Faraón Nebka - primero de la Dinastía III, según Maneto - parece segura; eso sí, con un margen de error de unos veinticinco años, aun cuando su posición en la dinastía ha sido recientemente cuestionada.

El final del período - unos cinco siglos y medio más tarde - es aún más oscuro. Sin embargo, los antiguos egipcios y los historiadores modernos parecen estar, en general, de acuerdo con sus características. Para los egipcios, el cambio de residencia real, lejos de Menfis, estuvo representado por una brusca división en sus listas-de-reyes. Puesto que todo ello coincidió, más o menos, con unos profundos cambios políticos, económicos y culturales en la sociedad egipcia, es conveniente seguir su ejemplo.

En cualquier caso, la ausencia de indicadores cronológicos fiables es desalentadora, y el grado de incertidumbre es tal que, en muchos casos, si tenemos en cuenta nuestro actual estado de conocimiento, la "polémica viva" es puramente académica.

Aunque en general aún se sigue la agrupación de los reyes egipcios en dinastías o casas reinantes, introducida por el historiador tolemaico Maneto del Siglo III A.C., su vulnerabilidad raramente ha sido expuesta de forma más convincente que en el caso del Imperio Antiguo.

Se pueden establecer razones contemporáneas para casi todas las rupturas dinásticas pero, en la mayoría de los casos, sería difícil defenderlas como criterios históricos sólidos, o como una discontinuidad en la línea sucesoria real. Sin embargo, ante la ausencia de una alternativa radical, el sistema de Maneto proporciona un esquema cronológico práctico, ya que prescinde de las fechas absolutas en años A.C. de gran fluidez.

Durante el Imperio Antiguo, Egipto experimentó un largo e ininterrumpido período de prosperidad económica y estabilidad política, dando así continuidad, en ambos aspectos, al Período Protodinástico.

Creció rápidamente, convirtiéndose en un estado centralizado, organizado y gobernado por un faraón al que se consideraba dotado de auténticos poderes sobrenaturales. Administrado por una élite alfabetizada - seleccionada, al menos en parte, por méritos - Egipto gozó de una casi total auto-suficiencia y seguridad dentro de sus fronteras naturales. Ningún rival externo amenazaba su dominio sobre el extremo nordeste de África y zonas inmediatamente adyacentes de Asia Occidental. Por otra parte, los avances en las ideas religiosas se reflejaban en sus impresionantes logros, tanto en las Artes como en la Literatura.

LOS PROYECTOS DE CONSTRUCCIÓN A GRAN ESCALA COMO CATALIZADORES DEL CAMBIO

El Faraón Djoser, conocido por sus monumentos como Netjerikhet – sus nombres de Horus y nebty – es uno de los más famosos monarcas de la historia de Egipto. En el Canon de Turín, su nombre va precedido de una rúbrica en rojo. Casi 2.500 años más tarde, durante el reinado de Tolomeo V Epífanes (205-180 A.C.), la "Estela de la Hambruna" de la isla de Sehel, en la región de la 1ª Catarata, aún da testimonio de su imagen como modelo de gobernante sabio y piadoso (djoser significa “santo” o “sagrado”).

Aún sabiendo que la estela es un texto histórico tendencioso y adulterado, publicado por los sacerdotes del dios local Khnum, su importancia radica, más en el reconocimiento postrero de Djoser que trasmite, que en la historicidad de los acontecimientos que registra.

Por otra parte, los anales registrados en la Piedra de Palermo dejan constancia de la construcción de un edificio de piedra llamado Men-netjeret, bien durante el reinado de Khasekhemwy, último faraón de la Dinastía II, o durante el del predecesor de Djoser, Nebka (2.686-2.667 A.C.)

Nada más se ha sabido del edificio, aunque es muy posible que se trate de la estructura conocida con el nombre de Gisr-el-Nudir, en Saqqara Norte, al suroeste de la pirámide de Djoser. No obstante, no llegó a pasar de las etapas iniciales de construcción, así que el crédito al primer gran edificio de piedra terminado con éxito del mundo se lo lleva Djoser.

La superestructura de la tumba de Djoser es el resultado de seis variantes del plano original, realizadas en turno, conforme se iba apreciando el enorme potencial del nuevo material de construcción. Antes de Nebka y Djoser, la piedra solamente se había utilizado de forma limitada como elemento complementario en las tumbas de adobe.

La estructura final es una pirámide de seis escalones, que ocupa una superficie en planta de 140 x 118 m, y una altura de 60 m. Se levanta dentro de un recinto de aproximadamente 545m x 277m, cuyos muros probablemente imitaban la fachada del palacio real.

Al cuerpo del faraón se le hacía descansar en una cámara construida debajo de la pirámide, por debajo del nivel del suelo. Mientras que para nosotros la innovación arquitectónica estaba dando paso a un nuevo período histórico, también significaba un claro eslabón con el pasado. En su diseño inicial, era sólo una mastaba de planta rectangular; la típica tumba real del Período Dinástico Temprano.

Un rasgo singular del recinto lo constituye un amplio patio abierto y un complejo de capillas y otras construcciones, réplicas en piedra de estructuras que habrían sido levantadas utilizando materiales perecederos, para los festivales sed - o jubileos reales - durante la vida del faraón. De esta forma, Djoser esperaba poder continuar la celebración de dichos acontecimientos en la Otra Vida, donde se renovarían su energía y sus poderes, así como su habilidad para gobernar de una forma eficaz.

En la parte sur del recinto hay un edificio conocido como la “Tumba Sur” que imita los elementos subterráneos de la pirámide. Se desconoce su función, pero se le puede equiparar con las pirámides satélites de posteriores complejos piramidales.

La tradición nos dice que Imhotep - del griego Imouthes - fue el arquitecto de Djoser, y el inventor de la construcción de piedra. Más adelante sería deificado y considerado como "hijo del Dios Ptah" y "Patrón de escribas y médicos", equiparándolo al dios griego Asklepios. Su historicidad ha quedado confirmada con el descubrimiento de la base de una estatua de Djoser en la que aparece también el nombre Imhotep.

Su tumba estuvo, probablemente, situada en Saqqara, quizás al borde del altiplano del desierto, al este de la pirámide de su real señor, pero aún no ha sido localizada, lo que representa una de las perspectivas más atractivas y emocionantes para futuros trabajos de campo.

El hecho de que Imhotep fuese un alto sacerdote de Heliópolis apunta a la primitiva importancia que se le daba ya al dios-sol Ra, o Ra-Atum.

La residencia real y el centro administrativo de Egipto estaban situados en una zona donde el Dios Ptah era el principal dios local, pero es probable que Heliópolis - la Iunu egipcia y la bíblica On – situada al nordeste de la capital del Imperio Antiguo, en la orilla este de El Nilo – actualmente un suburbio de El Cairo – fuese reorganizada como la capital religiosa del país al comienzo del Imperio Antiguo. Djoser fue el primer gobernante en consagrar allí una capilla.

El afán de esplendor y magnificencia monumental, propios de un enterramiento real, se puede ya detectar en el reinado de Djoser; refleja el criterio prevalente en aquellos tiempos sobre la posición que debía tener el faraón en la sociedad egipcia. Este criterio puede haberse visto reforzado después al encontrar en la arquitectura funeraria un medio de expresión ideal.

Durante el curso de los dos siguientes siglos, este enfoque se exploró hasta sus límites, convirtiéndose en un poderoso catalizador para el desarrollo de la sociedad egipcia.

La pirámide fue ahora adoptada como modelo de tumba real, pero ninguna de las planeadas por los sucesores de Djoser llegó a terminarse. La pirámide que iba a ser para Sekhemkhet (2.648-2.640 A.C.) se empezó a construir al suroeste de la de Djoser, y su diseño era aún más ambicioso. Un grafiti en el muro del recinto menciona a Imhotep que por entonces podría aún estar activo.

El titular de la pirámide se deduce por la presencia del nombre de Sekhemkhet en unas impresiones de sellado sobre arcilla encontradas en sus habitaciones subterráneas. Aunque la cámara funeraria de la pirámide contenía un sarcófago sellado esculpido en alabastro egipcio, éste estaba totalmente vacío, por lo que parece claro que la superestructura fue abandonada cuando alcanzó una altura de 7 metros.

Otra estructura inacabada similar, en Zawiyet el-Aryan, al norte de Saqqara, se ha asignado - con probabilidades pero sin certeza - a Khaba (2.640-2.637 A.C.). La corta duración de los reinados de estos dos faraones – sólo seis años cada uno – fue sin duda responsable de la interrupción de la construcción de estas pirámides.

Y poco más se puede añadir con total seguridad sobre la relación familiar entre los faraones de la Dinastía III, excepto que los dos primeros, Nebka y Djoser, pueden haber sido hermanos.

Y terminamos aquí con este primer tema del quinto ensayo dedicado a la Dinastía III, tan brillantemente desarrollado por el Doctor Jaromir Malek, del Griffith Institute, Oxford, y con ello damos paso a su segundo que titula “La Dinastía IV (2.613-2.494 A.C.)

Reyes de la Dinastía III:

Nebka, Djoser (Netjerikhet), Sekhemkhet, Khaba, Sanakht (?), Huni.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 17 de julio de 2009

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
British Museum Database.

martes, 30 de junio de 2009

Nacimiento del Estado Egipcio (c.3.200-2.686 A.C.) 6/8.- Invención y Utilización de la Escritura.




Algunas de las 173 etiquetas de hueso y marfil encontradas junto a un cetro ceremonial de marfil en la Tumba U-j de Abydos mostrando jeroglíficos primitivos (c. 3200 A.C.)

PREÁMBULO

De su propia escritura se deduce que no había en Egipto mejor trabajo ni más importante que el de escriba.

Esto no debería sorprendernos de una cultura cuya estructura administrativa parece haber sido más bien compleja. Ya en los comienzos de su historia, Egipto disponía de una serie de departamentos gubernamentales cuyo cometido consistía en gestionar y proporcionar alimento, mano de obra, crear y ejecutar proyectos de construcción, finanzas, asuntos legales, así como un departamento separado, exclusivamente dedicado a la administración del trabajo generado por el escriba.

Cualquier ciudadano con capacidad económica suficiente se construía su propio monumento funerario amplio y lujoso. Y de la documentación recuperada en el pueblo ocupado por los trabajadores responsables de las tumbas del Valle de los Reyes, se puede apreciar la enorme importancia que se daba al escriba en estos proyectos.

Por otra parte, hacen justicia los arqueólogos en estar agradecidos a los escribas. En muchos casos, y gracias a su trabajo, se ha podido disponer de una visión de la vida del pueblo con la que sólo habríamos podido especular con lo que se desprende de algunos informes arqueológicos.

Es por ello por lo que a la hora de interpretar el contenido de un escrito hay que actuar con una exquisita prudencia, ya que podríamos estar intentado utilizar algo para lo que quizás no habría sido creado.

Por ejemplo, las inscripciones de los templos y monumentos no tenían como objetivo proporcionar información, sino lograr un objetivo, como pudo haber sido asegurarse de que los rituales funerarios continuarían; incluso si no había nadie presente para realizarlos; o bien para dejar constancia del responsable del proyecto de construcción de una parte específica de un templo.

Prácticamente, desde el momento en se que empezaron a descifrar los jeroglíficos, el hierático y el demótico, la Egiptología se convirtió en una continua lucha por reconciliar la evidencia socio-económica procedente de los informes arqueológicos, con la información histórica más específica contenida en los antiguos textos.

Mientras que el nuevo conocimiento proporcionado por los textos aportaba el potencial para revivir los propios pensamientos y emociones de los antiguos egipcios, también abría una puerta a la tentación de dar por hecho que las respuestas a las incógnitas de la civilización egipcia deberían encontrarse en la palabra escrita, más que en el propio terreno del arqueólogo.

La visión puramente arqueológica de la cultura egipcia, al haber permanecido conservada en forma de muros soterrados, artefactos y material orgánico, siempre había sido considera
da en el contexto de un corpus de textos escritos, ricamente realizados sobre piedra o papiro.

La ausencia de textos escritos de la Prehistoria puede ser bastante frustrante pero, sin duda alguna, ha proporcionado a los prehistoriadores una mayor libertad para plantear nuevas teorías e hipótesis basadas puramente en la cultura del material que ha sobrevivido.

En la arqueología egipcia, como en otras disciplinas históricas, la palabra escrita, con todo su potencial de subjetividad y persuasión, está dotada de una paradójica tendencia a oscurecer, y a veces eclipsar, la evidencia arqueológica.

Desde el punto de vista de la dicotomía entre textos y arqueología, resulta interesante comparar la historia de la arqueología egipcia con la de los recientes estudios de la cultura Maya.

Los estudiosos de la cultura Maya parecen haber experimentado la situación inversa: Su disciplina solía ser mayoritariamente antropológica y arqueológica hasta que comenzaron a interpretarse los jeroglíficos mayas en los años 80, lo que produjo una auténtica avalancha de textos en lengua maya que ha alterado de forma substancial la percepción de su cultura.

El recelo con el que los arqueólogos recibieron la información histórica procedente de sus colegas filólogos, es la imagen invertida de la reacción de muchos egiptólogos de tradición textual al análisis antropológico de base científica del Egipto faraónico, en aumento en los años recientes.

Especialistas en la cultura Maya y egiptólogos continúan su reticensia a llegar a un compromiso ante el hecho real de que la escritura tiende a ser el producto de una reducida élite social, mientras que el grueso de la documentación arqueológica se deriva de la analfabeta mayoría de la población .

La solución radica, pues, en la satisfactoria integración de ambos tipos de evidencia, de forma que nos depare una visión de la sociedad en un único todo.

En el pasado, han sabido convivir muchas síntesis de material textual y arqueológico del Antiguo Egipto, pero ante el rápido y continuo aumento del volumen de datos procedentes de ambas fuentes, los estudios egiptológicos tienden a repartirse entre lingüistas y arqueólogos.

La exposición hecha por Barry Kemp sobre la administración de Nubia durante el Imperio Medio, indica que las fuentes textuales, normalmente sólo pueden revelar fragmentos de sistemas, mientras que la Arqueología pude sugerir, de forma amplia, las líneas estructurales de una sociedad.

La evidencia textual, por otra parte, con frecuencia nos puede proporcionar los detalles individuales que ayudan a transformar los procesos socio-económicos abstractos en algo más cercano a la Historia convencional.

El presente análisis esclarece de forma contundente la actual situación de la Egiptología en cuanto al papel que desempeñan en ella los pilares profesionales sobre los que se sustenta.

Es en base a este enfoque que la Egiptología ha avanzado de forma vertiginosa durante las últimas décadas, de lo que son responsables, de forma meritoria y por igual, egiptólogos, arqueólogos, antropólogos y filólogos.

Estas reflexiones, ya expresadas por el Profesor Shaw en una de sus referencias bibliográficas que se reseñan al pie de esta “Hoja Suelta”, me hacen, de nuevo, retrotraerme en el tiempo ante la constante y reiterada mención del "personaje" en todos estos ensayos.

Se trata, claro está del omnipresente Petrie, cuyo corto nombre no consigue ocultar la grandeza de su figura.

Me refiero, entre otras importantísimas ya mencionadas, a su extraordinaria aportación, en su mayoría aún vigente, al conocimiento o aproximación a la vida cotidiana del pueblo llano egipcio, producto de sus, a veces consideradas, “minucias arqueológicas”. Y muy en especial, a su merecido apelativo, entre otros, de ”Padre de la Prehistoria Egipcia”.

Y con esto termino este mi amplio Preámbulo con el que doy paso de nuevo a la Profesora Bard en su siguiente y sexto tema de su ensayo base que titula:

INVENCIÓN Y UTILIZACIÓN DE LA ESCRITURA

Dependiendo de cuándo emerge el primitivo estado egipcio, la primera utilización conocida de la escritura que sugieren los hallazgos de la Tumba U-j de Abydos podría adelantar la fecha de la unificación política del norte y sur de Egipto.

Es un hecho, que durante la Dinastía 0 la escritura la practicaban los escribas y artesanos del estado egipcio, y aunque muchos especialistas consideran que el sistema de escritura se inventó en el cuarto milenio A.C., quizás estimulado por Mesopotamia, donde aparece la escritura más antigua conocida, los sistemas son tan dispares que es más que probable que ambos fuesen el resultado de invenciones independientes.

Es probable que la codificación de signos más temprana tuviese lugar en Naqada II/Dinastía 0. Estos primitivos jeroglíficos, como ocurre con la escritura egipcia del Período Dinástico, representan ideogramas y fonogramas, aunque hay aún muchas primitivas inscripciones dinásticas cuyo correcto desciframiento es incierto.

El uso de la escritura por el primitivo estado egipcio tiene un contexto real, y una innovación trascendental para el estado. Al igual que la unificación fue seguida del desarrolló de un estilo real de arte como institución centrada en la Corte, lo mismo ocurrió con la escritura.

El primitivo estado utilizó la escritura en dos contextos: Para fines económicos y administrativos, y para el arte real.

La función económica de la escritura se iría desarrollando conforme aumentaban los recursos estatales bajo control real. Los jeroglíficos aparecen en impresiones de sellos reales, etiquetas y marcas que identificaban la mercancía para su almacenamiento por y para el estado, así como en los sellos de los funcionarios. También servían para identificar al propietario de los productos y, a veces, su procedencia.

A principios de la Dinastía 0 aparecen por vez primera los sereks. El serek representa el formato más antiguo del nombre del rey en jeroglífico, y está compuesto de signos fonéticos que aparecen dentro de una “fachada de palacio”, diseño que va coronado de la imagen de un halcón. Los sereks aparecen grabados o pintados en jarras y etiquetas, e impresos en los sellos de las vasijas.

Tales recipientes eran tinajas u orzas de almacenamiento para productos agrícolas recolectados por el estado, quizás en concepto de impuesto, y algunas para su eventual comercialización o exportación al sur de Palestina a través del Sinaí.

De la utilización de la escritura para fines económicos se puede inferir que ya existía un sistema administrativo en funcionamiento durante la Dinastía 0.

A principios de la Dinastía I surge un nuevo método de identificación más complejo mediante una combinación de jeroglífico y arte gráfico que aparece en las etiquetas. Ante la inexistencia de textos compuestos de signos ordenados en formato gramatical, que no aparecerían hasta más adelante, la información reflejada en las etiquetas, especialmente las dispuestas en registros, probablemente podría leerse como un texto con el nombre del año que contiene información histórica.

El Profesor y egiptólogo canadiense Donald Redford sugiere que el contexto de la información de estas etiquetas reales supone un registro anual. La aparición del signo del año para mediados de la Dinastía I representa un sistema más específico para registrar los años de reinado que el de las etiquetas más tempranas.

Y el segundo uso de la primitiva escritura era en el arte conmemorativo real, como es el caso de la Paleta de Narmer. Los jeroglíficos reflejan personas específicas y posiblemente lugares mediante escenas representativas que simbolizan la legitimidad del rey para gobernar. En estas escenas, al rey se le representa en un doble rol, real y simbólico, basado en una nueva ideología: El establecimiento de la realeza egipcia.

Los signos numéricos, como los que aparecen en la maza de Narmer, representan el botín y los prisioneros capturados; con toda probabilidad, sensiblemente exagerados, como suele ocurrir con los textos egipcios posteriores.

La iconografía del poder se puede apreciar dentro del contexto de dicho arte real, que incluye el uso de varias convenciones importantes. Al rey y a sus gobernantes se les muestra con su atuendo oficial, mientras que el enemigo apenas lleva ropa.

Se hace obvia la existencia de una jerarquía social a partir de la figura engrandecida del rey, seguido de un cortejo de seguidores calzados con sandalias, de sus cargos oficiales aún más pequeños, y de las aún más pequeñas figuras de enemigos capturados, campesinos y sirvientes. Al rey se le suele representar abatiendo a golpes a su enemigo.

Los primitivos signos no reproducían exactamente la información que trasmitían las escenas, pero en cambio servían como etiquetas nominativas de lugares y personas.

Parte del problema de saber cómo se desarrolló la escritura a principios del período dinástico en Egipto radica, por una parte en los tipos de artefactos en los que la primitiva escritura aparece, y por otra, en sus contextos arqueológicos.

La mayoría de los ejemplos de escritura primitiva van asociados al culto funerario, y no a registros de actividades económicas procedentes de asentamientos. Es así que aquellas primitivas etiquetas inscritas con jeroglíficos se han encontrado en tumbas reales y de élite.

En el Cementerio Real de Abydos hay estelas con nombres de reyes en sereks junto a otras más pequeñas, también inscritas, asociadas con enterramientos subsidiarios.

La estela funeraria con el texto más largo, procedente de la tumba de Merka, Dinastía I, en Saqqara, es sólo una lista de sus títulos.

Es probable que el primitivo estado guardase algún tipo de registro para facilitar el control económico y administrativo, pero de ello sólo existe evidencia indirecta en forma de etiquetas inscritas.

COMENTARIO EX PROFESO

No ha dejado de extrañarme que, casi al inicio de este tema, su autora, la Profesora Katryn A. Bard manifestase que: “El primitivo estado utilizó la escritura en dos contextos: Para fines económicos y administrativos, y para el arte real”.

Sin ánimo de crítica, que no procede, yo diría que se debería haber incluido un tercer contexto que es el funerario, por su enorme importancia y el extenso campo que abarca. Sólo se hace una somera mención, muy a mediados del último párrafo de su versión original en inglés.

Esta omisión me hace recordar “Los Textos de las Pirámides”, “Los Textos de los Sarcófagos”, “El Libro de los Muertos”, “La Letanía de Re”, “El Libro de las Puertas”, “El Libro de las Cavernas”, y todo un largo etcétera de Libros, Himnos, Poemas y Cantos funerarios en escritura egipcia, sobre muros, piedras, papiros y madera.

Y con ellos, a Sethe, Lepsius, Budge, Breasted, Gardiner, Mariette, Erman y tantos otros tan directamente relacionados con la escritura egipcia, en cualquiera de sus facetas, incluida, como no podría ser de otra forma, la funeraria.

Capítulo aparte merecería la inclusión de un cuarto contexto, como sería el de la utilización de la escritura egipcia para la propaganda real, tan evidente en sus monumentos, y tan raras veces considerada.

Sólo ya casi finalizando el tema, y de forma escueta pero, hay que admitir, rotunda, afirma: “La mayoría de los ejemplos de escritura primitiva van asociados al culto funerario, y no a registros de actividades económicas procedentes de asentamientos”.

La falta de énfasis en la utilización de la primitiva escritura egipcia en el culto funerario puede estar perfectamente justificada por el enfoque preferentemente socio-económico de los ensayos que componen el corpus de la obra base de Ian Shaw, ya referenciada, objeto de lo que he dado en llamar "Mi Proyecto".

Y con este comentario personal, doy por concluido el presente tema, y paso a un penúltimo y séptimo, de nuevo bajo la tutela de la Doctora Bard, titulado: “Los Centros de Culto de Principios del Período Dinástico”


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 4 de julio de 2009

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
British Museum Database.

sábado, 21 de febrero de 2009

La Prehistoria Egipcia del Paleolítico a la Cultura Badariense (700.000-4.000 A.C.) 7/8.- El Neolítico en el Valle del Nilo


El Neolítico del Valle del Nilo
("Pinchar" y ampliar)

EL NEOLÍTICO EN EL VALLE DEL NILO (5.300-4.000 A.C.)

Desde 12.000 A.C., el norte de África estuvo sometido a una serie de cambios climáticos que afectarían de forma irremediable las condiciones de vida de su entorno.

Superada una fase de aridez que forzó a sus pueblos a desplazarse hacia el río y hacia los lagos, Egipto se tornó húmedo, y evidencias arqueológicas muestran que a partir de 6.000 A.C. la cultura Neolítica arraigó en el Valle del Nilo.

No Color del textose ha encontrado, por otra parte, rastro alguno de los pueblos que habitaron el Desierto Oriental y el Occidental que no sean los de las culturas Elkabiense y Qaruniense.

No existen indicios, por otra parte, de una apertura hacia la agricultura, que ya aparece bien establecida en el Levante Mediterráneo a partir de 8.500 A.C. en adelante.

Parece que la población egipcia continuó con su forma de vida tradicional basada en la pesca, la caza y la recolección.

Desgraciadamente, carecemos de información sobre la existencia de cualquier población humana en el Valle del Nilo durante el período 7.000-5.400 A.C.

En esta séptima “Hoja Suelta”, vamos a dar un somero repaso a las culturas que surgen de los yacimientos de el-Tarif, Faiyum y Merimda. En este último, se van a considerar los cinco niveles que engloban sus tres principales etapas culturales: Nivel I, Nivel II y Niveles III-V, denominadas Urschicht, Mittleren Merimdekultur y Jüngeren Merimdekultur, respectivamente. A las que seguirá, todavía en el Bajo Egipto, en las proximidades de Wadi Hof-Helwan, la llamada cultura el-Omari en honor a su descubridor, Amin el-Omari.

La cultura Tarifiense se conoce por un pequeño yacimiento en el-Tarif, en la necrópolis de Tebas, y otro en las cercanías de Armant. Se trata de una fase cerámica de una cultura epipaleolítica local que, no obstante, aún se desconoce. No aparenta tener ninguna conexión con la posterior cultura Naqada, y su relación con la Badariense también parece poco clara, y sus industrias líticas no muestran ninguna relación cercana.

La cultura Tarifiense se caracteriza por su industria sobre lasca, con un componente microlítico, pequeño referente al Epipaleolítico, por un lado, y algunas piezas bifaciales que anuncian una tecnología Neolítica, por otro.

Su cerámica, en su mayoría reforzada mediante fibras orgánicas, se reduce a una limitada cantidad de pequeños fragmentos.

Escasean los rastros de agricultura o de cría de animales.

Tampoco se han encontrado restos de construcciones, por lo que se supone que los asentamientos en el-Tarif fueron similares a los acampamientos del Paleolítico Final.

La cultura Faiyumiense, idéntica a la cultura Faiyum A de Gertrude Caton-Thompson, comienza hacia 5.450 A.C. y desaparece alrededor de 4.400 A.C. Las diferencias tecnológicas y tipológicas entre la Qaruniense y la Faiyumiense son tan evidentes que no hay la mínima posibilidad de que la Faiyumiense se haya desarrollado a partir de la Qaruniense. La tecnología lítica Faiyumiense está claramente relacionada con la del Neolítico Final del Desierto Occidental.

La gente vivía a lo largo de la antigua playa del lago Faiyum, y los vestigios más significativos hasta ahora encontrados consisten en grupos de fosos para el almacenamiento del grano, con frecuencia recubiertos de estera.

Y, por vez primera en Egipto, la agricultura es claramente la base de subsistencia; muy probablemente importada del Levante Mediterráneo.

Se cultivaban ciertas especies de cebada y de trigo, y también lino. De los primeros, vamos a ampliar los conceptos someramente mencionados en el trabajo original que con ocupa.

En cuanto a la cebada, la Hordeum vulgare, se cultivaba la primera de las dos especies englobadas en esta denominación: la Hordeum hexastichon L., que actualmente se usa como forraje para alimentación animal; y la Hordeum distichon L., que se emplea para la elaboración de la cerveza.

Y del trigo, una especie, la Triticum dicoccon, denominada también “farro”, en especial en Italia, era muy cultivada en la Antigüedad, especialmente en el Oriente Próximo, actualmente relegada a las regiones montañosas de Europa y Asia.

Puesto que los fosos de almacenamiento estaban en grupos, se da por supuesto que la agricultura se practicaba sobre una base comunitaria. Una zona de almacenaje consistía en unos 109 silos de entre 30 y 150 centímetros de diámetro, y una profundidad de entre 30 y 90 centímetros, lo que indudablemente representaba una capacidad de almacenaje considerable.

Aparte de la agricultura, la cría de animales era de gran importancia, con la evidente presencia de la oveja, la cabra, el ganado bovino y el cerdo.

La pesca también continuó siendo básica para la economía.

La cerámica Faiyumiense tenía un terminado basto y se modelaba en formas sencillas. Un cierto número de piezas estaban terminadas en rojo y bruñidas, pero no se han encontrado ningunas decoradas.

La industria lítica es la de lasca con componentes bifaciales menores. A partir de restos de conchas de especies procedentes del Mar Mediterráneo y del Mar Rojo, así como de paletas cosméticas de diorita nubia y cuentas de feldespato verde, se ha deducido la existencia de vínculos, supuestamente indirectos, con lugares distantes. En cuanto al cobre, no se han encontrado restos.

El amplio yacimiento de Merimda Beni Salama se encuentra situado en una terraza al borde del Delta del Nilo occidental. Los restos de escombros de los asentamientos tienen una profundidad media de 2’5 metros, y se componen de cinco niveles que corresponden a sus tres principales etapas culturales.

El Nivel I, denominado Urschicht, es claramente diferente al de etapas más recientes, y se caracteriza porque su cerámica, bruñida o sin bruñir, no va reforzada. Su decoración consiste en un diseño de espiga muy particular, poco común.

Los productos líticos de este Nivel I se caracterizan por su técnica de lasca y la presencia de numerosos raspadores carenados y otros útiles de retoque bifacial.

Los restos de asentamientos se reducen a hogares y, posiblemente, algunos residuos de frágiles refugios.

En cuanto a la economía, es probable que se limitase a una mezcla de agricultura, cría de animales (oveja, ganado bovino y cerdo), relacionada con el Levante Mediterráneo, y también de caza y pesca.

Las dataciones por radiocarbono sugieren una posición cronológica cercana a 4.800 A.C., si bien esta estimación es considerada por el excavador del yacimiento como demasiado reciente.

La cerámica con decoración de espiga se ha encontrado también recientemente en la Cueva de Sodmein, cerca de Quseir.

Es probable que entre el Nivel I y el II tuviese lugar una interrupción en la ocupación. El Nivel II, denominado Mittleren Merimdekulter, considerado por su excavador como relacionado con las culturas saharo-sudanesas, está marcado por la intensa ocupación de su yacimiento, con sencillas viviendas ovales de madera o mimbre, hogares bien elaborados, vasijas para conserva enterradas en los suelos de barro, y grandes canastas recubiertas de barro en fosos auxiliares que servían de almacenes. También se encontraron enterramientos entre las viviendas.

La cerámica es radicalmente diferente a la del período previo ya que va reforzada de paja, aunque su forma seguía siendo sencilla. Casi la mitad de la cerámica estaba bruñidas, pero sin decoración aparente.

La industria lítica es predominantemente bifacial. Por vez primera aparecen en Merimda cabezas de flecha de base cónica.

Han aparecido grandes cantidades de artefactos de hueso, marfil y concha, siendo típico el arpón de tres hileras de dientes.

La agricultura continúa siendo la base de la actividad económica pero, a juzgar por la cantidad de huesos, el ganado adquiere mayor importancia, mientras que tanto la caza como la pesca continúan estando bien testimoniadas.

No se dispone de dataciones de radiocarbono, si bien el excavador apunta a 5.500-4.500 A.C.)

Los niveles III-V corresponden a la tercera etapa cultural denominada Jüngeren Merimdekultur y se identifica como cultura Merimda “clásica”, por el nombre de su primer excavador de principios del siglo veinte.

El asentamiento consistía en un poblado grande de viviendas de barro, chozas y zonas de trabajo. Las casas, bien construidas y de forma oval, se alineaban de forma densa a lo largo de unas estrechas calles. Las edificaciones tenían entre 1’5 y 3 metros de ancho, con los suelos cavados en la tierra a unos 40 centímetros de profundidad, y paredes hechas de barro reforzado con paja, y de barro y tierra. Sus techos estaban hechos con material ligero, como ramas y cañizo.

Dentro de las viviendas se han descubierto hogares, piedras de moler, jarras para agua, y cavidades que en su día habrían contenido cerámica, lo que parece indicar que en su interior se se realizaba una serie de actividades domésticas variadas.

Los graneros se asocian con viviendas individuales, lo que vendría a demostrar que las unidades familiares eran cada vez más independientes económicamente.

Y se podría concluir, generalizando, que la organización del asentamiento en Merimda ciertamente es representativa de la organización formal de la vida de un poblado.

Entre las viviendas se han encontrado fosas ovaladas que contenían esqueletos en posición fetal, pero apenas sin ajuares u objetos funerarios. Tanto la ausencia de éstos como la situación de aquellas dentro del asentamiento, son facetas de un protocolo funerario que parece contrastar claramente con las costumbres funerarias del Alto Egipto.

Sin embargo, dado el número limitado de sepulturas, inferior a doscientas, la reducida presencia de varones adultos, y la existencia de cierto confusionismo estratigráfico, es muy posible que sólo los niños y los adolescentes fuesen enterrados dentro del asentamiento, como se sabe que ocurría en el Alto Egipto, mientras los adultos se enterrarían en zonas que más adelante serían ocupadas por viviendas. De cualquier forma, es más que probable que la mayoría de cementerios estén aún por descubrir.

La evolución de la cerámica muestra una tendencia hacia formas cerradas. El bruñido o pulimento se utilizaba con fines decorativos, y durante este período la cerámica se caracteriza por su bicromía rojo/negro oscuro con la mitad de su repertorio consistente en grandes y bastas vasijas.

Se mejora la tecnología del enquisto bifacial, en comparación con la fase inicial de ocupación en Merimda. Continúan los elementos de hueso, marfil y concha.

Los más singulares son un conjunto de estatuillas, una de las cuales consiste en una burda cabeza casi cilíndrica de un ser humano, cubierta de pequeños agujeros, que evidentemente se usaba para aplicaciones relacionadas con el cabello y la barba. La forma de los agujeros parece indicar que se utilizaban con plumas para imitar el cabello o la barba. La cabeza habría estado unidad a un cuerpo de madera, lo que haría de esta estatuilla la representación humana más antigua de Egipto que se conoce.

A juico del excavador, el período más reciente de la cultura Merimda habría sido equivalente al de la Faiyumiense. No obstante, esto ha sido confirmado sólo parcialmente mediante la datación por radiocarbono según la cual la Jüngeren Merimdekultur se debe asignar al período 4.600-4.100 A.C., por lo que, de ser así, sólo sería contemporánea con la segunda mitad de la Faiyumiense.

Y continuando en el Bajo Egipto, existen varios yacimientos en las inmediaciones de Wadi Hof-Helwan consistente en asentamientos y cementerios separados que representan a la cultura neolítica conocida como cultura el-Omari, por haber sido su descubridor Amir el-Omari. Se le data hacia 4.600-4.350 A.C. por lo que la hace contemporánea con la Jüngeren Merimdekultur.

En los asentamientos se han encontrado principalmente fosos para almacenaje de alimento y vertido de deshechos.

En cuanto a las construcciones asociadas con el entorno, es difícil su descripción, pero es indudable que se trataba de estructuras livianas.

Se empezaron a utilizar cementerios en zonas de asentamiento en desuso. Las tumbas consistían en fosas de enterramiento con los cuerpos en posición fetal, idealmente orientados al sur, reposando sobre su lado izquierdo.

La cerámica Omari siempre lleva un refuerzo orgánico (temper); sus formas son muy sencillas y muchas vasijas van bruñidas y, con frecuencia, cubiertas de pintura roja.

Como inciso, y debido al frecuente uso de “refuerzo”, o “temper” en inglés, quisiera aclarar que este concepto se refiere al material que se añade al barro antes de ser introducido en el horno para la fabricación de vasijas u otros objetos. El material puede consistir en conchas molidas, arena, fibras orgánicas, e incluso fragmentos de cerámica.

Mediante la adición de este material, se consigue reducir la expansión o contracción rápida del barro durante la cocción. El “temper” o “refuerzo” permite una distribución de la energía calorífica más nivelada a través de la pasta cerámica durante dicho proceso, e incluso durante el uso cotidiano de la vasija.

La industria lítica muestra la misma mejora de la técnica bifacial ya observada en la de Merimda II-V.

La base de subsistencia se concreta en la agricultura y la cría de animales (cabra, oveja, ganado bovino y cerdo), si bien la pesca tiene una importancia relevante en la cultura el-Omari, lo que contrasta con la caza en el desierto, que apenas se practica.

La presencia de cabras domesticadas desde alrededor de 5.900 A.C., tanto en el Desierto Occidental como en el Oriental, es sorprendente cuando se compara con su presencia en el Valle del Nilo, donde no aparecen hasta cinco siglos después.

Y terminamos aquí para dar paso, en la siguiente “Hoja Suelta”, a la cultura Badariense, considerada la primera cultura agrícola del Alto Egipto, que cubre el período 4.400-4.000 A.C., y a la que seguirá, ya en un tercer capítulo, el Período Naqada (c.4.000-3200 A.C.) a cargo de la Dra. Béatrix Midant-Reynes del Centre National de Recherches Scientifiques, Paris.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 27 de febrero de 2009.

Bibliografía:

“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2003.
“Prehistoria”, Tomos I y IColor del textoI. Dra. Ana María Amilibia y otros. UNED 2001
“Historia Antigua Universal Próximo Oriente y Egipto”, Tomo I, 2ª Parte. Dra. Ana Mª Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“Ancient Egypt. Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp. Routledge, 2006.
“The Prehistoric Egypt”, W.M. Flinders Petrie, British School of Archaeology in Egypt and Egyptian Research Account, Twenty-Third Year, 1917. London, 1920.
“Diccionario de Prehistoria”, Mario Menéndez, Alfredo Jimeno y Víctor M. Fernández, Alianza Editoral. 2001.
“The British Museum”

jueves, 19 de febrero de 2009

La Prehistoria Egipcia del Paleolítico a la Cultura Badariense (700.000-4.000 A.C.) 6/8.- El Epipaleolítico en el Valle del Nilo



Faiyum. Desierto Occidental. 5000 A.C.
("Pinchar")


EL EPIPALEOLÍTICO EN EL VALLE DEL NILO (10.000-7.000 B.P.)
E iniciamos esta nueva “Hoja Suelta”, sexta ya, con el primero de los dos trabajos que vamos a dedicar al Valle del Nilo: El Epipaleolítico.

A partir de 7.000 B.C., grupos de seres humanos hacen de nuevo acto de presencia en el Valle del Nilo.

Si bien el número de yacimientos del Epipaleolítico es muy limitado y se han descubierto en circunstancias excepcionales es por ello por lo que sólo podamos distinguir dos culturas: la Elkabiense y la Qaruniense.
Durante este período, el estilo de subsistencia del Paleolítico, basado en la caza, la pesca y la recolección, prevalece.

En la localidad que da nombre a su cultura, Elkab, se han encontrado unos cuantos yacimientos pequeños de hacia 7.000-6.700 B.C. en excepcionales condiciones de conservación, debido en parte a su ubicación dentro de los muros que rodean a un recinto pre-dinástico mucho más reciente.

Los yacimientos se localizaron en las orillas de un ramal obstruido por los sedimentos cuya ocupación habría sido posterior a las inundaciones de la llanura.

El desarrollo de la pesca en el Epipaleolítico habría sido muy superior al del Paleolítico Tardío. De hecho se pescaba no ya en las altas aguas de retroceso, sino en el propio caudal del Nilo, lo que hace pensar que para entonces la población estaría utilizando embarcaciones con un cierto grado de estabilidad.

Debido a que el clima era ya más húmedo y benigno, era posible la caza en el “wadi” de la gacela dorca, la oveja bereber y el uro (Bos Primigenius).

La cultura Elkabiense es microlítica e incluye un número considerable de microburiles, por lo que es fácilmente comparable con la del Neolítico Temprano del Desierto Occidental.

La presencia de numerosas piedras de moler no puede considerarse como prueba de la existencia de una técnica o procedimiento para procesar plantas por el sólo hecho de que el pigmento rojo aparezca visible en cierto número de ellas.

La presencia de una ocupación Elkabiense en el yacimiento de Tree Shelter, en Wadi Sodmein, cerca de Quseir, en el Desierto Oriental, parece indicar que los Elkabienses podrían haber sido cazadores nómadas a los que las rutas este-oeste les llevaría a la caza y pesca en el Valle del Nilo, y a la explotación del desierto durante el verano.

La cultura Qaruniense es un renombre de la cultura Faiyum B que Caton-Thompson atribuyó al Mesolítico.

A modo de inciso, y brevemente, ampliemos que Gertrude Caton-Thompson fue una arqueóloga inglesa, discípula de Flinders Petrie en el University College, London, que excavó en Abidos y Oxyrhynchus, y en otros yacimientos de Oriente Medio, Egipto y África meridional.

Los yacimientos Qarunienses de hacia 7.050 B.C., originalmente ubicados en las tierras altas que dominaban el Lago Proto-Moeris, se han identificado en las zonas norte y este del actual lago Faiyum. La historia del Holoceno de este lago apunta a una serie de fluctuaciones que son de gran importancia para entender la ocupación humana de los alrededor del lago. Se sabe de tres transgresiones que precedieron al Neolítico que corresponden a otros tantos sumergimientos de tierra causados por una crecida del nivel del mar.

En la fase Qaruniense, las condiciones de pesca llegaron a ser excepcionalmente buenas en las aguas bajas del lago, por lo que no sorprende que la pesca constituyese la base de la subsistencia humana. A esto, habría que añadirle la caza y la recolección.

También la cultura Qaruniense era microlítica, por lo que encaja con el contexto tecnológico general del Elkabiense y del Neolítico Temprano del Desierto Occidental.

Sólo se conoce un enterramiento de la Qaruniense. Se trata del cuerpo de una mujer de unos 40 años, en posición ligeramente contraída, reposando sobre su lado izquierdo, la cabeza hacia el este, y mirando al sur. Sus características físicas son mucho más modernas que las de los “Mechtoids” del Paleolítico Tardío.

Sin duda, nuestros mentores belgas se están refiriendo al tipo humano Mechta, mechtoide o Mechta-Afalou. El nombre procede del yacimiento Mechta-El-Arbi (Argelia), y por sus características físicas (disarmonía cráneo-facial, órbitas rectangulares, gran estatura, etc.) se le relaciona con el Cro-Magnon europeo, aunque su origen parece ser local a partir de los restos aterienses.

La presencia de industrias microlíticas en las proximidades de Helwan es conocida desde el siglo diecinueve, con claras similitudes con el Neolítico Pre-Cerámico del “Levant”, o Levante Mediterráneo, si bien el propósito real de estas industrias es desconocido, y no puede determinarse debido a la escasez de información de que se dispone.

También se sabe de la existencia de asentamientos en el Desierto Oriental y en el Mar Rojo. Según se evidencia en la Sodmein Cave, cerca de Quseir, estos colonos habrían sido responsables de la introducción de ovejas y/o cabras domesticadas durante la primera mitad del sexto milenio B.C.

Y con esta sexta “Hoja Suelta” acabamos esta breve incursión en el Epipaleolítico del Valle del Nilo en la que se han introducido sólo breves aclaraciones o notas ampliatorias de indudable interés no sólo para el lector, sino también para el redactor.

Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 21 de febrero de 2009.

Bibliografía:

“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2003.
“Prehistoria”, Tomos I y II. Dra. Ana María Amilibia y otros. UNED 2001
“Historia Antigua Universal Próximo Oriente y Egipto”, Tomo I, 2ª Parte. Dra. Ana Mª Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“Ancient Egypt. Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp. Routledge, 2006.
“The Prehistoric Egypt”, W.M. Flinders Petrie, British School of Archaeology in Egypt and Egyptian Research Account, Twenty-Third Year, 1917. London, 1920.
“Diccionario de Prehistoria”, Mario Menéndez, Alfredo Jimeno y Víctor M. Fernández, Alianza Editoral. 2001.
“The British Museum”

jueves, 5 de febrero de 2009

La Prehistoria Egipcia del Paleolítico a la Cultura Badariense (700.000-4.000 A.C.) 5/8.- El Neolítico Sahariano o "Cultura Cerámica"

Cerámia del Período Neolítico




Cerámica Neolítica de Faiyum
("Pinchar" y ampliar)

A MODO DE PREÁMBULO

Y seguimos, dentro del segundo ensayo que nos ocupa, de nuevo de la mano de nuestros maestros belgas, en esta quinta “Hoja Suelta” a modo de entrega, cada vez menos “hoja” y menos “suelta”, en la que, de nuevo, nos veremos obligados a ceñirnos fielmente al ya de por sí denso, árido y escueto texto original.

Debo, sin embargo, admitir mis ansias porque estos cuantos miles de años que me quedan de semi-oscuridad hasta ver la luz del Período Dinástico pasen fugazmente y entremos así en tópicos más afines a nuestros intereses y más asequibles a nuestras mentes mundanas.

Espero, eso sí, tener, o en su defecto, buscar, la oportunidad de animar el texto con las aportaciones, aclaraciones y/o comentarios pertinentes que nos faciliten el camino.

Voy a empezar, a modo de introducción, haciendo referencia a un artículo publicado en la “African Archaeological Review” de fecha 15 de septiembre de 2005, titulado “The east African Neolithic: An alternative view”.

Este artículo, como su título indica, ofrece una interpretación alternativa al fenómeno del Neolítico africano que tradicionalmente ha sido atribuido a la migración de la población productora de alimentos desde Sudán y Etiopía vía norte de Kenia.

Han sido muchos los intentos por reconstruir las rutas, e incluso por establecer su identidad lingüística y/o étnica; intentos que han considerado la cerámica neolítica o "wares" como unas puras y discretas entidades culturales correlacionadas con específicos grupos lingüísticos y/o étnicos.

El principal problema, se argumenta, es que con este enfoque simplista se minimiza el impacto que el contacto y el intercambio comercial haya tenido en el cambio cultural. E incluso, se niega a los grupos en cuestión el dinamismo que parece haber caracterizado las relaciones entre ellos mismos, y de ellos con su entorno.

La alternativa que se ofrece aquí consiste en considerar que las similitudes y diferencias que se esgrimen al definir los “wares”, o la cerámica en cuestión, son reflejos de la dinámicas relaciones existentes entre la población responsable de la producción y la del consumo. Producción y consumo que, de cualquier modo, habría existido entre individuos que viviesen en una misma zona, o en poblados diferentes, e incluso en comunidades tan distantes como el Rift Central o el Lago Victoria.

Y tomado esto como entrada o aperitivo que nos abra nuestro voraz e inquisitivo apetito mientras meditamos, pasamos ahora al plato fuerte de este menú prehistórico: El Neolítico Sahariano o "Cultura Cerámica".

EL NEOLÍTICO SAHARIANO O "CULTURA CERÁMICA"

Hacia finales del Paleolítico Medio, el Desierto Occidental se abandona y la población no regresa hasta alrededor de 9.300 B.C. coincidiendo con la fase húmeda del Holoceno lo que, en cierto modo, acaba favoreciendo las condiciones arqueológicas de conservación ante la inexistencia de presencia humana justo antes del Neolítico Superior e, incluso, después de este período.

El promedio anual de lluvia a comienzos del Holoceno sólo alcanzaba entre 100 y 200 mm. y esto, muy posiblemente, sólo durante una corta temporada estival, por lo que es probable que sólo animales adaptados a las condiciones del desierto, como era el caso de la liebre y la gacela, pudiesen vivir.

Sin embargo, todo ello representó una considerable mejora en las condiciones de vida en comparación con las correspondientes del Paleolítico Superior y del Paleolítico Final.

Aunque la lluvia no representaba un fenómeno continuado, los intervalos de aridez son de gran importancia para la diferenciación cronológica. La pluviosidad venía originada por el desplazamiento hacia el norte del cinturón monzónico; así que la repoblación del desierto occidental tuvo que venir del sur. Es probable que los colonos procediesen del Valle del Nilo, dada la ausencia de otras posibilidades, pero también por similitudes con la tecnología lítica de otros yacimientos del Valle del Nilo nubio.

En Egipto, las culturas “neolíticas” más tempranas emergen en el Desierto Occidental, si bien habría que dejar bien claro desde un principio que aún no existen testimonios de algún tipo de agricultura en el Neolítico sahariano. Su identificación como “neolítica” ha sido basada puramente en la evidencia de rebaños de ganado.

Así que, el Neolítico Sahariano es, por lo tanto, totalmente diferente de la cultura neolítica que emerge aproximadamente en la misma época en Israel, donde la expresión “Economía Neolítica” es sinónimo del proceso por el que se introduce la agricultura, a la que más tarde se unió la domesticación animal; muy probablemente, el proceso de “neolitización” que tuvo lugar en Egipto fue completamente independiente del de Israel.

Y, precisamente, por la ausencia de algún vestigio de agricultura y la presencia de algo de cerámica, se ha acuñado el término “Cultura Cerámica” aplicado a esta cultura sahariana frente al de “Neolítico Sahariano”.

INCISO EX PROFESO

Y esta dicotomía agricultura-cerámica me revierte a unos párrafos de la Doctora Vázquez Hoys (Historia Antigua Universal, Tomo I, 1ª Parte, páginas 83-84) que, a modo de inciso, me voy a permitir comentar.

En referencia a la cerámica, dice: “Nunca se conocerán las etapas más antiguas de esta conquista, pero se puede pensar que las primeras cocciones ocurrieron en el hogar familiar y que consistieron en pequeñas figurillas de tierra, o pequeños objetos groseramente modelados como los que se encuentran en Mereybet”.

El párrafo que le sigue es muy esclarecedor:

“Hasta hace poco tiempo, cerámica y agricultura definían el Neolítico. Pero las excavaciones de K. Kenyon en Jericó han evidenciado, hace ya cuarenta años, que la cerámica no apareció hasta el año 6.000 aproximadamente, mientras que las técnicas alimentarias de producción eran habituales desde hacía tiempo. Se introdujo entonces la expresión "Neolítico Precerámico" para designar al primer período (PPN A o B, correspondiente a Pre-Pottery Neolithic A o B)”. Estas dos fases, A y B, se conocen también como Sultaniense y Tahuniense, respectivamente".

"Pero posteriores excavaciones hicieron la realidad aún más compleja ya que, al parecer, una larga fase precedió a la adopción de esta técnica en todo el Oriente Próximo al principio del VI milenio, con tímidas apariciones que desaparecían después, como en Mureybet, lo que hizo que, entre arqueólogos, se hable, a veces, de “Cerámica Intermitente”.

Y agotado el inciso, vamos a distinguir ahora dos fases o períodos importantes del Neolítico: Una primera que correspondería a un Neolítico Temprano (8.800 -6.800 B.C.) y otra segunda, más reciente, en la que tendrían cabida un Neolítico Medio (6.500-5.100 B.C.) y un Neolítico Tardío (5.000-4.700 B.C.).

Sobre el primero, la información más completa procede de yacimientos próximos a Nabta Playa y Bir Kiseiba; en su mayoría pequeños, y utilizados esporádicamente por cazadores-recolectores. Los de mayores tamaños, estarían siempre ubicados en las zonas bajas de lagunas temporales. Aunque estos yacimientos al parecer se utilizaban durante períodos más largos; también eran abandonados, ya que las partes bajas de las lagunas también sufrían inundaciones estacionales. El sedentarismo era aún desconocido.

Los productos líticos se caracterizan por sus numerosas hojillas de filo despuntado, con frecuencia terminadas en punta, y algunos geométricos poco comunes, así como útiles fabricados con la técnica del microburil.

Prácticamente, en cualquier conjunto fáunico del tamaño que sea, aparecen algunos huesos de ganado que, según sus excavadores, habrían sido domesticados (teoría generalmente no aceptada), ya que parece improbable que sin la ayuda humana hubiesen podido sobrevivir en un entorno árido en el que sólo los animales adaptados al desierto lo conseguían. Es especialmente significativo que los vestigios de fauna no incluyan ningún resto del antílope, animal que con frecuencia se da en los mismos nichos ecológicos que el ganado salvaje.

Parece, sin embargo, más admisible que personas que practicaban el pastoreo criasen ganado en gran escala, manteniéndolos en grandes reservas, al amparo de un entorno donde por sí mismo no hubiesen podido sobrevivir.

Antes de 7.5000 B.C., es posible que población y ganado llegasen al desierto sólo durante las lluvias estivales e inmediatamente después, lo que coincidiría con el período de inundaciones del Valle del Nilo, durante el cual habría sido difícil ejercer cualquier tipo de pastoreo.

Después de 7.500 B.C., la existencia de excavaciones de pozos se ve testimoniada en Bir Kiseiba, y en otros yacimientos. Algunos pozos presentan unos abrevaderos laterales para dar de beber al ganado.

La escasez de restos óseos de animales parece indicar que los animales no se utilizaban para la producción de carne sino más bien como proteínas procedentes de su leche o su sangre.

De esta forma, mientras la población ayudaba al ganado a sobrevivir en el Desierto Occidental, los animales garantizaban al ser humano la posibilidad de sobrevivir ellos mismos en tan duro entorno.

Además de la recolección de ganado, la población practicaba también la caza local de animales salvajes; predominantemente la liebre y la gacela dorca.

Prácticamente en todos los yacimientos del Neolítico Temprano se han encontrado equipos para su utilización con piedras de moler que se supone se usaban para el proceso de producción de alimentos a partir de plantas silvestres, pero de éstas sólo se han encontrados restos en el yacimiento E-75-6 en Nabta Playa; entre ellos, pasto silvestre, fruta Ziziphus y sorgo.

Para los menos botánicos y más matemáticos, como yo, despejémosles estas dos incógnitas:

La Ziziphus zizyphus es una de 40 especies relacionadas, y en España se le conoce como "jinjolero" o "azufaifo". Se la supone originaria del norte de África y Siria, e introducida posteriormente a la India y China donde se conoce desde hace más de 4.000 años. Es un arbusto o arbolito frutal caducifolio de la familia de las Rhamnacae.

El Sorghum, o "sorgo", es un género botánico de unas 20 especies de gramíneas oriundas de las regiones tropicales y subtropicales de África oriental. El sorgo tiene un hábito y una fisiología vegetal similar al del maíz (Zea mays) pero con un valor energético algo inferior al de éste.

Todos los yacimientos del Neolítico Temprano, incluyendo los más antiguos, nos han deparado restos de vasijas de cerámica, si bien en pequeñas cantidades. De formas muy simples, todos mostraban una delicada fabricación y cocción; y todos estaban decorados. En su mayoría, la superficie de la vasija estaba totalmente cubierta de incisiones en forma de líneas y puntos trazados, con frecuencia, bien con un peine o con trozos de cuerda que le daban un aspecto de cestería.

El uso de huevos de avestruz como recipiente de agua era más corriente que la vasija de cerámica, de ahí la escasez de cascos, lo que parece sugerir que la cerámica no se utilizaba regularmente en la vida cotidiana.

No es posible, pues, determinar cuál era la función real de la cerámica, aunque sí parece obvia su importancia social y, a la vista del tipo de decoración, su simbolismo. Sí parece fuera de toda duda que esta cerámica era una invención africana independiente.

El yacimiento E-75-6 constituye una de las localidades del Neolítico Temprano más interesantes de Nabta Playa. Esta cuenca de drenaje recibía agua suficiente para almacenar grandes cantidades subterráneas, fácilmente obtenibles para su consumo mediante pozos durante la temporada de sequía.

El yacimiento se componía de tres o cuatro filas de cabañas que posiblemente marcaban líneas de costa del lago, junto a zanjas y pozos de almacenaje. No es posible hacer una estimación del número de cabañas que en un momento dado estaban en uso. A pesar de sus dimensiones, no parece representar un lugar de asentamiento permanente.

Fue durante los dos períodos siguientes, el Medio (6.600-51.00 B.C.) y el Tardío (5.000-4.700 B.C.) cuando la ocupación humana del Desierto Occidental alcanzó su punto más alto. Ejemplos de sus yacimientos hay muchos, y los hay de grandes dimensiones y pequeños, siendo éstos una mayoría. Van siendo ya mucho más frecuentes las estructuras de pozos y viviendas, y la evidencia de construcciones a base de zarzos y barro.

Los asentamientos mayores se ubicaban bordeando el lago, y es posible que fuesen asentamientos permanentes, mientras que los pequeños fuesen sólo estancias temporales utilizadas por pastores que se dedicaban a la recolección de animales por todo el territorio, una vez pasadas las lluvias estivales.

La presencia de conchas prueba la existencia de contactos con el Valle del Nilo, así como con el Mar Rojo, aunque lo más probable es que la población permaneciese en el desierto durante todo el año.

Como ocurría en el Neolítico Temprano, el ganado doméstico se guardaba como fuente viviente de proteínas, y a pesar del hecho de que la oveja y la cabra también aparecen por vez primera durante este período (hacia 5.600 B.C.), la mayoría de la carne animal se obtenía de animales salvajes. Así que, de nuevo, se da por hecho que en esta época se consumía una gran cantidad de plantas silvestres.

En el Neolítico Medio, hubo un cambio drástico en la técnica lítica. Dejó de prevalecer la producción de láminas para ir adoptándose gradualmente la introducción de la foliación bifacial para foliaciones y puntas de flecha de base cóncava. Los geométricos, con la excepción de los de perfil de segmento de círculo, eran poco comunes.

En los yacimientos del Neolítico Tardío es frecuente encontrar conjuntos formados por piedras de amolar, espátulas y paletas de piedra amolada o pulimentada, u ornamentos que, junto a láminas con la técnica “side-blow”, son consideradas características del período.

La cerámica anterior a 5.100 B.C. cae dentro de la tradición “Saharo-Sudanesa” o “Kartumesa” similar a la cerámica del Neolítico Temprano, si bien la decoración tiende a diseños más complejos.

De alguna manera, antes de 4.900 B.C. este tipo de cerámica desaparece de forma abrupta, siendo reemplazada por cerámica quemada y pulida, ocasionalmente rematadas en negro, en Nabta Playa y Bir Kiseiba. La explicación a esta repentina transición no es tan evidente, pero su presencia en el Desierto Occidental es, no obstante, de una enorme importancia a la hora de entender el origen de las culturas predinásticas en el Valle del Nilo.

En Nabta Playa se ha descubierto un impresionante complejo megalítico, junto a un yacimiento del Neolítico Tardío, de excepcionales dimensiones. Consta de tres partes: Un alineamiento de diez grandes piedras, de 2 x 3 metros; un círculo de unos 4 metros de diámetro formado por pequeñas planchas en vertical; y dos túmulos cubiertos, coronados por una losa, uno de ellos provisto de una cámara en la parte de abajo, con restos de un toro de largas astas.

También se han encontrado otros alineamientos de megalitos de menor tamaño en otra parte de Nabta Basin. Aunque sus funciones no son evidentes, estas construcciones megalíticas vienen a representar un tipo de arquitectura pública que apuntan a una complejidad social en aumento.

En el Dakhla Oasis se han distinguido varias unidades arqueológicas cuyas fases principales se conocen como Masara, Bashendi y Sheikh. La fase Masara es contemporánea y similar al Neolítico Temprano de Nabta Playa y Bir Kiseiba. Las culturas Bashendi y Sheikh Muftah del Neolítico Medio y Tardío continuaron hasta los tiempos dinásticos. Ambas se caracterizan por el contraste de sus tipos de asentamiento con los yacimientos de Sheikh Muftah situados en correlación próxima a los sedimentos del lago, y los de Bashendi ubicados justo fuera del propio oasis, por lo que se ha sugerido que bien pueden representar dos tipos diferentes de ocupación. Así, los yacimientos de Sheikh Muftah podrían representar a moradores permanentes del oasis, mientras que los de Bashendi representarían a aquellos de corta y esporádicas estancias; muy probablemente, aquellos que ejercían el pastoreo.

A partir de 5.400 B.C., la población empieza a depender cada vez más de sus rebaños de animales domesticados, en su mayoría cabras importadas de las tierras del Levante Mediterráneo, mientras seguían practicando alguna caza.

Por Levante Mediterráneo se entiende un conjunto de países (Siria, Palestina, Líbano y Jordania) que representaban una unidad más cultural que geográfica, y cuyo significado se mueve sutilmente entre la referencia histórica y la cultural.

La tecnología lítica de la cultura Bashendi es similar a la del Neolítico Medio y Tardío con la adición de una variedad de puntas de flecha que con frecuencia presentan retoques bifaciales.

Poco antes de 4.900 B.C. se produjo en los yacimientos de Bashendi, cerámica quemada y pulida similar a fragmentos de vasija encontrados en Nabta Playa y Bir Kiseiba, mientras que la cerámica rematada de negro aparece sólo ocasionalmente en los yacimientos de Dakhla Oasis.

En el extremo sureste de Dakhla, existen algunas estructuras de piedra, pero aún no está claro hasta qué punto este oasis fue típico del Desierto Occidental, aunque su paralelismo cultural con el Valle del Nilo es evidente.

Después de 4.900 B.C., y especialmente a partir de 4.400 B.C., el desierto se fue haciendo cada vez menos inhabitable debido al inicio de un clima árido que prevalece hasta nuestros días. No obstante, ciertas zonas permanecerían ocupadas hasta tiempos históricos.

Y concluimos ya esta importante y significativa etapa con lo que nos aproximamos más al Período Predinástico. Pero no antes de dedicarle un par de “Hojas” más al Valle del Nilo, y una tercera a la Cultura Badariense.


Rafael Canales

En Benamádena-Costa, a 20 de febrero de 2009

Bibliografía:

“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2003.
“Prehistoria”, Tomos I y II. Dra. Ana María Amilibia y otros. UNED 2001
“Historia Antigua Universal Próximo Oriente y Egipto”, Tomo I, 2ª Parte. Dra. Ana Mª Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“Ancient Egypt. Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp. Routledge, 2006.
“The Prehistoric Egypt”, W.M. Flinders Petrie, British School of Archaeology in Egypt and Egyptian Research Account, Twenty-Third Year, 1917. London, 1920.
“Diccionario de Prehistoria”, Mario Menéndez, Alfredo Jimeno y Víctor M. Fernández, Alianza Editoral. 2001.
"The British Museum"