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martes, 30 de junio de 2009

Nacimiento del Estado Egipcio (c.3.200-2.686 A.C.) 6/8.- Invención y Utilización de la Escritura.




Algunas de las 173 etiquetas de hueso y marfil encontradas junto a un cetro ceremonial de marfil en la Tumba U-j de Abydos mostrando jeroglíficos primitivos (c. 3200 A.C.)

PREÁMBULO

De su propia escritura se deduce que no había en Egipto mejor trabajo ni más importante que el de escriba.

Esto no debería sorprendernos de una cultura cuya estructura administrativa parece haber sido más bien compleja. Ya en los comienzos de su historia, Egipto disponía de una serie de departamentos gubernamentales cuyo cometido consistía en gestionar y proporcionar alimento, mano de obra, crear y ejecutar proyectos de construcción, finanzas, asuntos legales, así como un departamento separado, exclusivamente dedicado a la administración del trabajo generado por el escriba.

Cualquier ciudadano con capacidad económica suficiente se construía su propio monumento funerario amplio y lujoso. Y de la documentación recuperada en el pueblo ocupado por los trabajadores responsables de las tumbas del Valle de los Reyes, se puede apreciar la enorme importancia que se daba al escriba en estos proyectos.

Por otra parte, hacen justicia los arqueólogos en estar agradecidos a los escribas. En muchos casos, y gracias a su trabajo, se ha podido disponer de una visión de la vida del pueblo con la que sólo habríamos podido especular con lo que se desprende de algunos informes arqueológicos.

Es por ello por lo que a la hora de interpretar el contenido de un escrito hay que actuar con una exquisita prudencia, ya que podríamos estar intentado utilizar algo para lo que quizás no habría sido creado.

Por ejemplo, las inscripciones de los templos y monumentos no tenían como objetivo proporcionar información, sino lograr un objetivo, como pudo haber sido asegurarse de que los rituales funerarios continuarían; incluso si no había nadie presente para realizarlos; o bien para dejar constancia del responsable del proyecto de construcción de una parte específica de un templo.

Prácticamente, desde el momento en se que empezaron a descifrar los jeroglíficos, el hierático y el demótico, la Egiptología se convirtió en una continua lucha por reconciliar la evidencia socio-económica procedente de los informes arqueológicos, con la información histórica más específica contenida en los antiguos textos.

Mientras que el nuevo conocimiento proporcionado por los textos aportaba el potencial para revivir los propios pensamientos y emociones de los antiguos egipcios, también abría una puerta a la tentación de dar por hecho que las respuestas a las incógnitas de la civilización egipcia deberían encontrarse en la palabra escrita, más que en el propio terreno del arqueólogo.

La visión puramente arqueológica de la cultura egipcia, al haber permanecido conservada en forma de muros soterrados, artefactos y material orgánico, siempre había sido considera
da en el contexto de un corpus de textos escritos, ricamente realizados sobre piedra o papiro.

La ausencia de textos escritos de la Prehistoria puede ser bastante frustrante pero, sin duda alguna, ha proporcionado a los prehistoriadores una mayor libertad para plantear nuevas teorías e hipótesis basadas puramente en la cultura del material que ha sobrevivido.

En la arqueología egipcia, como en otras disciplinas históricas, la palabra escrita, con todo su potencial de subjetividad y persuasión, está dotada de una paradójica tendencia a oscurecer, y a veces eclipsar, la evidencia arqueológica.

Desde el punto de vista de la dicotomía entre textos y arqueología, resulta interesante comparar la historia de la arqueología egipcia con la de los recientes estudios de la cultura Maya.

Los estudiosos de la cultura Maya parecen haber experimentado la situación inversa: Su disciplina solía ser mayoritariamente antropológica y arqueológica hasta que comenzaron a interpretarse los jeroglíficos mayas en los años 80, lo que produjo una auténtica avalancha de textos en lengua maya que ha alterado de forma substancial la percepción de su cultura.

El recelo con el que los arqueólogos recibieron la información histórica procedente de sus colegas filólogos, es la imagen invertida de la reacción de muchos egiptólogos de tradición textual al análisis antropológico de base científica del Egipto faraónico, en aumento en los años recientes.

Especialistas en la cultura Maya y egiptólogos continúan su reticensia a llegar a un compromiso ante el hecho real de que la escritura tiende a ser el producto de una reducida élite social, mientras que el grueso de la documentación arqueológica se deriva de la analfabeta mayoría de la población .

La solución radica, pues, en la satisfactoria integración de ambos tipos de evidencia, de forma que nos depare una visión de la sociedad en un único todo.

En el pasado, han sabido convivir muchas síntesis de material textual y arqueológico del Antiguo Egipto, pero ante el rápido y continuo aumento del volumen de datos procedentes de ambas fuentes, los estudios egiptológicos tienden a repartirse entre lingüistas y arqueólogos.

La exposición hecha por Barry Kemp sobre la administración de Nubia durante el Imperio Medio, indica que las fuentes textuales, normalmente sólo pueden revelar fragmentos de sistemas, mientras que la Arqueología pude sugerir, de forma amplia, las líneas estructurales de una sociedad.

La evidencia textual, por otra parte, con frecuencia nos puede proporcionar los detalles individuales que ayudan a transformar los procesos socio-económicos abstractos en algo más cercano a la Historia convencional.

El presente análisis esclarece de forma contundente la actual situación de la Egiptología en cuanto al papel que desempeñan en ella los pilares profesionales sobre los que se sustenta.

Es en base a este enfoque que la Egiptología ha avanzado de forma vertiginosa durante las últimas décadas, de lo que son responsables, de forma meritoria y por igual, egiptólogos, arqueólogos, antropólogos y filólogos.

Estas reflexiones, ya expresadas por el Profesor Shaw en una de sus referencias bibliográficas que se reseñan al pie de esta “Hoja Suelta”, me hacen, de nuevo, retrotraerme en el tiempo ante la constante y reiterada mención del "personaje" en todos estos ensayos.

Se trata, claro está del omnipresente Petrie, cuyo corto nombre no consigue ocultar la grandeza de su figura.

Me refiero, entre otras importantísimas ya mencionadas, a su extraordinaria aportación, en su mayoría aún vigente, al conocimiento o aproximación a la vida cotidiana del pueblo llano egipcio, producto de sus, a veces consideradas, “minucias arqueológicas”. Y muy en especial, a su merecido apelativo, entre otros, de ”Padre de la Prehistoria Egipcia”.

Y con esto termino este mi amplio Preámbulo con el que doy paso de nuevo a la Profesora Bard en su siguiente y sexto tema de su ensayo base que titula:

INVENCIÓN Y UTILIZACIÓN DE LA ESCRITURA

Dependiendo de cuándo emerge el primitivo estado egipcio, la primera utilización conocida de la escritura que sugieren los hallazgos de la Tumba U-j de Abydos podría adelantar la fecha de la unificación política del norte y sur de Egipto.

Es un hecho, que durante la Dinastía 0 la escritura la practicaban los escribas y artesanos del estado egipcio, y aunque muchos especialistas consideran que el sistema de escritura se inventó en el cuarto milenio A.C., quizás estimulado por Mesopotamia, donde aparece la escritura más antigua conocida, los sistemas son tan dispares que es más que probable que ambos fuesen el resultado de invenciones independientes.

Es probable que la codificación de signos más temprana tuviese lugar en Naqada II/Dinastía 0. Estos primitivos jeroglíficos, como ocurre con la escritura egipcia del Período Dinástico, representan ideogramas y fonogramas, aunque hay aún muchas primitivas inscripciones dinásticas cuyo correcto desciframiento es incierto.

El uso de la escritura por el primitivo estado egipcio tiene un contexto real, y una innovación trascendental para el estado. Al igual que la unificación fue seguida del desarrolló de un estilo real de arte como institución centrada en la Corte, lo mismo ocurrió con la escritura.

El primitivo estado utilizó la escritura en dos contextos: Para fines económicos y administrativos, y para el arte real.

La función económica de la escritura se iría desarrollando conforme aumentaban los recursos estatales bajo control real. Los jeroglíficos aparecen en impresiones de sellos reales, etiquetas y marcas que identificaban la mercancía para su almacenamiento por y para el estado, así como en los sellos de los funcionarios. También servían para identificar al propietario de los productos y, a veces, su procedencia.

A principios de la Dinastía 0 aparecen por vez primera los sereks. El serek representa el formato más antiguo del nombre del rey en jeroglífico, y está compuesto de signos fonéticos que aparecen dentro de una “fachada de palacio”, diseño que va coronado de la imagen de un halcón. Los sereks aparecen grabados o pintados en jarras y etiquetas, e impresos en los sellos de las vasijas.

Tales recipientes eran tinajas u orzas de almacenamiento para productos agrícolas recolectados por el estado, quizás en concepto de impuesto, y algunas para su eventual comercialización o exportación al sur de Palestina a través del Sinaí.

De la utilización de la escritura para fines económicos se puede inferir que ya existía un sistema administrativo en funcionamiento durante la Dinastía 0.

A principios de la Dinastía I surge un nuevo método de identificación más complejo mediante una combinación de jeroglífico y arte gráfico que aparece en las etiquetas. Ante la inexistencia de textos compuestos de signos ordenados en formato gramatical, que no aparecerían hasta más adelante, la información reflejada en las etiquetas, especialmente las dispuestas en registros, probablemente podría leerse como un texto con el nombre del año que contiene información histórica.

El Profesor y egiptólogo canadiense Donald Redford sugiere que el contexto de la información de estas etiquetas reales supone un registro anual. La aparición del signo del año para mediados de la Dinastía I representa un sistema más específico para registrar los años de reinado que el de las etiquetas más tempranas.

Y el segundo uso de la primitiva escritura era en el arte conmemorativo real, como es el caso de la Paleta de Narmer. Los jeroglíficos reflejan personas específicas y posiblemente lugares mediante escenas representativas que simbolizan la legitimidad del rey para gobernar. En estas escenas, al rey se le representa en un doble rol, real y simbólico, basado en una nueva ideología: El establecimiento de la realeza egipcia.

Los signos numéricos, como los que aparecen en la maza de Narmer, representan el botín y los prisioneros capturados; con toda probabilidad, sensiblemente exagerados, como suele ocurrir con los textos egipcios posteriores.

La iconografía del poder se puede apreciar dentro del contexto de dicho arte real, que incluye el uso de varias convenciones importantes. Al rey y a sus gobernantes se les muestra con su atuendo oficial, mientras que el enemigo apenas lleva ropa.

Se hace obvia la existencia de una jerarquía social a partir de la figura engrandecida del rey, seguido de un cortejo de seguidores calzados con sandalias, de sus cargos oficiales aún más pequeños, y de las aún más pequeñas figuras de enemigos capturados, campesinos y sirvientes. Al rey se le suele representar abatiendo a golpes a su enemigo.

Los primitivos signos no reproducían exactamente la información que trasmitían las escenas, pero en cambio servían como etiquetas nominativas de lugares y personas.

Parte del problema de saber cómo se desarrolló la escritura a principios del período dinástico en Egipto radica, por una parte en los tipos de artefactos en los que la primitiva escritura aparece, y por otra, en sus contextos arqueológicos.

La mayoría de los ejemplos de escritura primitiva van asociados al culto funerario, y no a registros de actividades económicas procedentes de asentamientos. Es así que aquellas primitivas etiquetas inscritas con jeroglíficos se han encontrado en tumbas reales y de élite.

En el Cementerio Real de Abydos hay estelas con nombres de reyes en sereks junto a otras más pequeñas, también inscritas, asociadas con enterramientos subsidiarios.

La estela funeraria con el texto más largo, procedente de la tumba de Merka, Dinastía I, en Saqqara, es sólo una lista de sus títulos.

Es probable que el primitivo estado guardase algún tipo de registro para facilitar el control económico y administrativo, pero de ello sólo existe evidencia indirecta en forma de etiquetas inscritas.

COMENTARIO EX PROFESO

No ha dejado de extrañarme que, casi al inicio de este tema, su autora, la Profesora Katryn A. Bard manifestase que: “El primitivo estado utilizó la escritura en dos contextos: Para fines económicos y administrativos, y para el arte real”.

Sin ánimo de crítica, que no procede, yo diría que se debería haber incluido un tercer contexto que es el funerario, por su enorme importancia y el extenso campo que abarca. Sólo se hace una somera mención, muy a mediados del último párrafo de su versión original en inglés.

Esta omisión me hace recordar “Los Textos de las Pirámides”, “Los Textos de los Sarcófagos”, “El Libro de los Muertos”, “La Letanía de Re”, “El Libro de las Puertas”, “El Libro de las Cavernas”, y todo un largo etcétera de Libros, Himnos, Poemas y Cantos funerarios en escritura egipcia, sobre muros, piedras, papiros y madera.

Y con ellos, a Sethe, Lepsius, Budge, Breasted, Gardiner, Mariette, Erman y tantos otros tan directamente relacionados con la escritura egipcia, en cualquiera de sus facetas, incluida, como no podría ser de otra forma, la funeraria.

Capítulo aparte merecería la inclusión de un cuarto contexto, como sería el de la utilización de la escritura egipcia para la propaganda real, tan evidente en sus monumentos, y tan raras veces considerada.

Sólo ya casi finalizando el tema, y de forma escueta pero, hay que admitir, rotunda, afirma: “La mayoría de los ejemplos de escritura primitiva van asociados al culto funerario, y no a registros de actividades económicas procedentes de asentamientos”.

La falta de énfasis en la utilización de la primitiva escritura egipcia en el culto funerario puede estar perfectamente justificada por el enfoque preferentemente socio-económico de los ensayos que componen el corpus de la obra base de Ian Shaw, ya referenciada, objeto de lo que he dado en llamar "Mi Proyecto".

Y con este comentario personal, doy por concluido el presente tema, y paso a un penúltimo y séptimo, de nuevo bajo la tutela de la Doctora Bard, titulado: “Los Centros de Culto de Principios del Período Dinástico”


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 4 de julio de 2009

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
British Museum Database.

viernes, 19 de junio de 2009

Nacimiento del Estado Egipcio (c.3.200-2.686 A.C.) 3/8.- El Cementerio Real de Abydos

Estatuilla de marfil de un rey protodinástico con manto ceremonial Heb-Sed y tocado con la Corona Blanca del Alto Egpto (Dinastía I)

EL CEMENTERIO REAL DE ABYDOS

La naturaleza de la primitiva civilización egipcia se ve expresada, principalmente, a través de la arquitectura monumental; en especial, en las tumbas reales y en los recintos funerarios de Abydos, así como en las grandes tumbas de altos cargos en el norte de Saqqara.

Los estilos formales característicos del arte egipcio ya surgieron en los períodos Naqada III/Dinastía 0 y a principios del Período Dinástico. Lo que es auténticamente egipcio de la arquitectura monumental y del arte conmemorativo - como es el caso de la Paleta de Narmer – es su reflejo del incondicional apoyo de la Corona a artífices y artesanos de plena dedicación.

Los objetos encontrados en tumbas reales y en las de élite nos hacen pensar en una artesanía de altísima calidad. Como ejemplos, podemos citar un disco de esteatita con una escena incrustada de alabastro, que representa a dos perros sabuesos cazando gacelas, procedente de la tumba 3035, en Saqqara, y brazaletes hechos con cuentas de oro, turquesa, amatista y lapislázuli, procedentes de la tumba del Rey Djer en Abydos.

De forma similar se observa un alto nivel de artesanía en los objetos de marfil y ébano, así como en los útiles de cobre y recipientes encontrados en tumbas de élite, reflejo todo ello del mecenazgo de la Corte. La presencia de artefactos de cobre en tumbas quizás pudo haber sido el resultado de incursiones reales a minas de cobre en el Desierto Oriental, junto a un incremento del comercio con regiones mineras de ese mineral en el Negev/Sinaí, aparte de la expansión del trabajo en cobre por todo Egipto.

Aunque en un principio se pensó que los gobernantes de la Dinastía I habían sido enterrados en Saqqara Norte, donde el antropólogo británico Bryan Emery había excavado grandes superestructuras de ladrillos de barro crudo con elaboradas fachadas de hornacina, ahora la mayoría de eruditos cree que dichas tumbas pertenecían a altos funcionarios de la Dinastía I y Dinastía II, y que el cementerio real de la zona de Umm el-Qa’ab es el verdadero lugar de enterramiento de sus reyes.

Solamente en Abydos existe un reducido grupo de tumbas grandes que corresponden a reyes y a una reina de esta dinastía, y sólo en Abydos se encuentran restos de recintos funerarios de todos los gobernantes de esta dinastía, menos uno, lo que quedó demostrado por el Egiptólogo australiano Doctor David O’Connor, Profesor en la Universidad de Nueva York - homenajeado en 2007 por el Consejo Superior de Antigüedades de Egipto - con sus excavaciones durante los años 80 y 90.

Lo que es de una evidencia cristalina en el Cementerio Real de Abydos es cómo se encuentra simbolizada la ideología de la realeza en el culto funerario. El desarrollo de la arquitectura monumental simboliza un ordenamiento político de otras dimensiones, con una religión estatal encabezada por un dios-rey que legitima el nuevo orden político.

A través de la ideología, y su material forma simbólica presente en las tumbas, las creencias relacionadas con la Muerte nos reflejan una organización social jerarquizada de las personas, y un estado controlado por el rey; una transformación - motivada políticamente - de un sistema basado en la creencia de consecuencias directas en el sistema socio-económico.

Al rey se le dispensaba el enterramiento más ostentoso y refinado, como correspondía a su rol simbólico de mediador entre los poderes del Más Allá y sus súbditos fallecidos que, junto a la creencia en un orden terrenal y cósmico, habrían dotado al primitivo estado dinástico de una cierta cohesión social.

Durante los años 90, Émile Amélineau excavó siete complejos de tumbas - que más adelante serían re-excavados por Petrie - que correspondían a otros tantos monarcas: Djer, Djet, Den, Anedjib, Semerkhet, Qa’a, y a la reina Merneith que podría haber sido madre de Den, e incluso ejercer como regente a principios del reinado. Estas tumbas no sólo fueron saqueadas sino también destruidas por el fuego de forma intencionada. Durante el Imperio Medio, las tumbas se re-excavaron y reconstruyeron para el culto de Osiris, y la tumba de Djer fue reconvertida en un cenotafio del dios.

Con esta historia como marco, impresiona que sólo el trabajo de Petrie de 1899-1901, y las posteriores excavaciones llevadas a cabo por el Instituto Arqueológico Alemán a partir de 1970, hayan hecho posible la reconstrucción de estas primitivas tumbas.

Aunque de estas tumbas sólo quedan cámaras subterráneas hechas de ladrillo de barro crudo, las tumbas estuvieron originalmente techadas, y probablemente cubiertas con un montículo de arena frente al que habrían sido colocadas estelas de piedra con el nombre real esculpido, de las que quedan algunas muestras. Cada tumba real estaba rodeada de filas de tumbas subsidiarias.

En la zona nordeste del Cementerio Real, conocida como Cementerio B, se encuentra el complejo del rey Aha, convencionalmente considerado en la actualidad como el primer rey de esta Dinastía I.

En el Cementerio B, también hay tumbas que han sido identificadas por Werner Kaiser como las de los tres últimos reyes de la Dinastía 0: Iri-Hor, Ka y Narmer. Estas tumbas están formadas por cámaras dobles, mientras que las del complejo de Aha están formadas por varias cámaras separadas, construidas en tres fases, con un cierto número de enterramientos subsidiarios al nordeste.

Aunque saqueada, en la tumba de Aha se puede apreciar una nueva dimensión en los enterramientos. Hay restos de grandes capillas de madera en tres cámaras, y treinta y tres enterramientos subsidiarios, con restos de varones jóvenes de entre 20 y 25 años que, muy probablemente, habrían sido sacrificados cuando su rey fue enterrado. Cerca de estas tumbas subsidiarias, se han encontrado restos de enterramientos de, al menos, siete leones de corta edad.

Todos los demás enterramientos reales de la Dinastía I de Abydos tienen tumbas subsidiarias con ataúdes de madera, si bien este período es el único del Antiguo Egipto en que se sacrificaron seres humanos para los enterramientos reales.

COMENTARIO Ex profeso

La afirmación de la autora de este ensayo, Profesora Kathryn A.Bard, de que el período que nos concierne, es decir la Dinastía I, “es el único del Antiguo Egipto en que se sacrificaron seres humanos para los enterramientos reales” parece implicar que estos hechos sólo ocurrieron durante la Dinastía I, y nunca antes.

Esto, dicho así, no parece encajar con lo que la Profesora Béatrix Midant-Reynes, en el tercer ensayo titulado “El Período Naqada”, objeto de nuestra “Hoja Suelta” del mismo nombre, dentro del tema titulado “Naqada II (Gerzeense)”, nos comenta:

“Ya Petrie apuntó la posibilidad de la existencia de sacrificios humanos, y tenemos dos casos identificados en Adaïma con clara evidencia de gargantas seccionadas y decapitación. Aunque escasa y dispersa, esta posible evidencia de sacrificio auto-infringido podría representar el preludio de los sacrificios humanos masivos alrededor de las tumbas reales de principios del Período Dinástico, en Abydos, que marcaron el punto de inflexión en el nacimiento de la realeza egipcia en el Período Dinástico”.

A menos que, en efecto, los sacrificios humanos masivos alrededor de las tumbas reales sólo se practicasen en la Dinastía I. Este es el punto que, en mi humilde opinión, queda algo impreciso.

Y, terminado el inciso, la Doctora Nancy Lovell, antropóloga biológica norteamericana, Catedrática de Antropología de la Universidad de Alberta, que ha examinado los esqueletos de algunas de estas tumbas subsidiarias, sugiere que sus dientes muestran señales de muerte por estrangulamiento. Es posible que altos cargos, sacerdotes, criados y domésticas fuesen todos sacrificados para servir al rey en la otra vida.

Toscas estelas grabadas con los nombres de los difuntos, acompañaban a muchos de estos enterramientos en los que se encuentran cacharros, vasijas de piedra, útiles de cobre y objetos de marfil.

También se han encontrado en estas tumbas, enanos - probablemente contratados para divertir al rey - y perros de caza o animales de compañía.

La tumba de Djer es la que contiene el mayor número de tumbas subsidiarias (unas 338) mientras que, en general, en las tumbas posteriores, sólo aparecen unas cuantas, por lo que al parecer, por razones que se desconocen, esta práctica se extinguió después de la Dinastía I. Más adelante se aceptaron como substitutos válidos a pequeñas estatuas de sirvientes a las que siguieron los shabtis, figurillas funerarias que acompañaban al difunto en su viaje.

Todas las tumbas de la Dinastía I tenían una capilla de madera en el lugar del enterramiento. La mayor es la de Djer, con una superficie de unos 70 x 40 metros, incluyendo los enterramientos subsidiarios dispuestos en filas.

La sepultura real estaba colocada en el centro de una cámara revestida de ladrillo de barro crudo de 18 x 17 metros (306 m² de superficie de suelo) y 2’6 m de profundidad, con muretes bajos perpendiculares a sus tres lados, formando cámaras de almacenamiento separadas.

Aunque esta tumba acabó convirtiéndose en una capilla para el dios Osiris, Petrie aún pudo encontrar un brazo envuelto en lino con brazaletes que, aparentemente, procedían del entierro original. El brazo acabó desapareciendo, pero los brazaletes se conservan en el Museo de El Cairo.

Para el reinado del rey Den, a mediados de la Dinastía I, ya se observa una innovación importante en el diseño de tumbas reales: El acoplamiento de una escalera de acceso, lo que hacía posible su construcción, incluyendo el techado, mientras el monarca permanecía vivo, facilitando, además, su ejecución dentro de hoyos de gran profundidad.

A mitad de camino de la escalera, había una puerta de madera y, tras ella, justo a la entrada de la cámara sepulcral, una compuerta bloqueaba la entrada a los posibles saqueadores de tumbas.

La tumba y los 136 enterramientos subsidiarios ocupaban una superficie de 53 x 40 m, y la propia cámara sepulcral cubría unos 15 x 9 metros de superficie de suelo y tenía una profundidad de 6 m.

El diseño y la decoración de la tumba son los más exquisitos de Abydos; los suelos estaban pavimentados con planchas de granito rojo y negro de Aswan, siendo éste el primer caso conocido del uso de esta durísima piedra a gran escala.

Un pequeño habitáculo al sureste, con su propia escalera de acceso, pudo haber sido un antiguo serdab; cámara donde se colocaban estatuas del finado.

Las excavaciones llevadas a cabo por el Instituto Arqueológico Alemán en zonas de escombros de anteriores excavaciones, indican que entre los objetos funerarios encontrados se halla una multitud de recipientes con impresiones de sellos, vasijas de piedra, etiquetas con inscripciones y otros artefactos tallados de marfil y ébano, así como incrustaciones procedentes de cajas o muebles.

Al sur de la cámara funeraria, las cámaras subsidiarias, inusualmente largas, contenían jarras que, probablemente, en su día, habrían contenido vino.

En un enterramiento posterior, perteneciente al rey Semerkhet, Petrie descubrió la rampa de acceso – no una escalera como en el caso de la tumba de Den – completamente saturada de un aceite aromático hasta una altura de tres pies. Casi 5.000 años después del enterramiento, el perfume era tan intenso que impregnaba toda la tumba.

En la tumba perteneciente al último rey de la Dinastía I, Qa’a, y durante la re-excavación realizada por el mencionado Instituto alemán, se encontraron treinta etiquetas cuyas inscripciones describían la entrega del aceite. Lo más probable es que este aceite fuese importado de Siria o Palestina, y que hubiese sido obtenido de frutos o resinas de árboles locales.

La presencia de tan enorme cantidad de aceite en la tumba de Semerkhet – quizás durante la ceremonia funeraria – ciertamente parece sugerir la existencia de un comercio exterior a gran escala, totalmente controlado por la Corona, así como la enorme importancia que tan lujosa mercancía tenía en los entierros reales.

Las tumbas reales de Abydos están ubicadas en el bajo desierto (Umm el-Qa’ab). Al nordeste, junto al borde del cultivo, se encuentran unos recintos funerarios, llamados “fortalezas” por los antiguos excavadores, donde el culto de cada rey podría haber sido perpetuado por sacerdotes u otro personal después de su enterramiento en la tumba real, como se acostumbraba a hacer en posteriores complejos mortuorios reales.

El recinto funerario mejor conservado, conocido actualmente como Shunet el-Zebib, perteneció al rey Khasekhemwy, de la Dinastía II. Sus muros de hornacina interiores se siguen conservando hasta una altura de entre 10 y 11 metros, cubriendo una superficie de alrededor de 124 m x 56 m.

En 1988, O’Connor descubrió un gran túmulo de arena y grava cubierto con adobe, de planta más o menos cuadrada, dentro del recinto. Este túmulo se encontraba situado cerca de la misma zona donde se alzaba la Pirámide Escalonada del complejo funerario del Rey Djoser, en Saqqara, de la Dinastía III, que empezó como una mastaba de estructura baja y no fue hasta la cuarta etapa cuando se convirtió en una estructura escalonada. Los dos complejos de Khasekhemwy y Djoser estaban rodeados de enormes muros de cerramiento de hornacina con sólo una entrada en el sureste.

El complejo del Rey Djoser se construyó unos 40 o 50 años después del de Khasekhemwy, y el túmulo de Shunet el-Zebib podría evidenciar una estructura o túmulo “proto-pirámide”.

No se sabe si los túmulos de Abydos se construyeron en los recintos funerarios de principios de la Dinastía I, pero es muy posible que ocurriese así. En consecuencia, la evolución del culto mortuorio real y su aspecto monumental se pueden claramente apreciar en Abydos.

Para la Dinastía III, el culto funerario real ya daba muestras de la existencia de un nuevo ordenamiento del poder real, con un despliegue de recursos y mano de obra para su utilización en la construcción de los primeros monumentos del mundo construidos con piedra.

A principio de los años 90, el Profesor O’Connor descubrió, al sureste del recinto funerario de Djer y justo fuera del muro exterior nordeste del de Khasekhemwy, doce enterramientos de barcos que consistían en profundas zanjas que contenían cascos de barco de madera de entre 18 y 21 metros de largo pero sólo unos 50 cm de alto.

Dentro y alrededor de los cascos, se habían colocado ladrillos formando una estructura de hasta 27’4 metros de longitud. La cerámica asociada con las embarcaciones toda ella data de principios del Período Dinástico, pero al día de hoy no se sabe si los barcos son de la Dinastía I, o de la II. Todos parecen ser de la misma época, y es posible que vayan apareciendo más conforme se amplía la excavación en la zona.

Se han encontrado enterramientos de embarcaciones más pequeños asociados con las tumbas de altos cargos, en Saqqara y Helwan, de principios del Período Dinástico. Los ejemplos más conocidos del Imperio Antiguo los tenemos en dos barcos, en condiciones de conservación óptimas, relacionados con la pirámide Khufu en Giza.

El significado de estos enterramientos de barcos se desconoce; es posible que estas embarcaciones se utilizasen en ceremonias funerarias, o que fuesen enterradas simbólicamente para el viaje final al Más Allá. Los de Abydos constituyen la evidencia más temprana de una asociación entre los barcos y el culto mortuorio real.

La evidencia de Abydos nos descubre el enorme gasto del Estado en los complejos mortuorios de los reyes de la Dinastía I, tanto en tumbas como en recintos funerarios.

Estos gobernantes ejercían un control absoluto sobre enormes activos que incluían la producción artesanal desde tiendas reales, productos exóticos y materias primas importadas de forma masiva del extranjero; e incluso sobre el reclutamiento de mano de obra, así como el de los individuos que podían ser sacrificados para los entierros reales.

El rol supremo del rey ciertamente se ve expresado en estos monumentos, y los símbolos del culto mortuorio real - tan evidentes en Abydos - acabarían evolucionando hacia los exquisitos complejos piramidales de los imperios Antiguo y Medio.

Llegado a su fin este apasionante tema, la Profesora Katheryn Bard nos va a llevar de nuevo de la mano, esta vez por “Las Tumbas de los Altos Cargos al Norte de Saqqara y en otros lugares”, como así titula su autora el tema que sigue.


Rafael Canales


En Benalmádena-Costa, a 28 de junio de 2009

Bibliografía:

“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
British Museum Database.


martes, 16 de junio de 2009

Nacimiento del Estado Egipcio (c.3.200-2.686 A.C.) 2/8.- El Primitivo Estado de la Dinastía I

Nombre del faraón Aha (Menes) sobre fragmento de fayenza (o mayólica) vidriada (Dinastía I)

EL PRIMITIVO ESTADO DE LA DINASTÍA I

Hacia 3.000 A.C., el primitivo estado dinástico que había surgido en Egipto controlaba ya la mayor parte del Valle de El Nilo desde el Delta hasta la 1ª catarata en Aswan; una distancia de más de 1.000 kilómetros a lo largo del río.

Mientras que la presencia de la cultura Naqada es más que evidente en el Delta durante los tiempos de Naqada II y Naqada III, la extensión del control político hacia el sur durante la Dinastía I se conoce por los restos de una fortaleza situada en el punto más alto de la costa de la isla de Elefantina, región que había estado ocupada por pueblos del A-Group en tiempos predinásticos.

Con la Dinastía I, el foco de desarrollo se desplazó de sur a norte, el primitivo estado egipcio estaba centralizado, y su control y gobierno estaban en manos de un rey-dios procedente de la región de Menfis.

Lo que resulta único en este primitivo estado es el dominio integral sobre tan extensa región geográfica, en comparación con otros estados contemporáneos en Nubia, Mesopotamia y Siria-Palestina.

Aunque, sin duda, no falta evidencia de contactos foráneos durante el cuarto milenio A.C., el primitivo estado dinástico que emerge en Egipto fue único y autóctono en carácter. Es probable que una lengua común, o dialecto derivado de ella, facilitase la unificación, pero la realidad es que nada se sabe sobre el idioma hablado, y la primitiva escritura abriga una información especializada y de naturaleza muy superficial sobre este momento de desarrollo cultural.

Uno de los resultados de la expansión de la cultura Naqada por todo el norte de Egipto habría sido el de la existencia de una avanzada Administración estatal que para principios de la Dinastía I estaría, en parte, gestionada por la escritura primitiva utilizada en sellos y etiquetas de control adosadas a las mercancías estatales.

Encontramos pruebas arqueológicas del control estatal en los nombres de reyes de la Dinastía I (serekhs) que aparecen estampados en vasijas, sellos, etiquetas - originalmente atadas a los recipientes - y otros artefactos, encontrados en la gran mayoría de los yacimientos de Egipto. Tales evidencias también permiten sugerir la existencia, en las primeras dinastías, de un sistema tributario estatal.

En Menfis, los estratos más antiguos hasta ahora excavados datan del Primer Período Intermedio, mientras que los correspondientes a la ciudad dinástica primitiva deben yacer enterrados bajo tanto aluvión.

Más al oeste, el Doctor David Jeffreys, del "Institute of Archaeology", UCL, ha obtenido catas de perforación que han revelado la existencia de restos de alfarería procedentes del Imperio Antiguo y de las primeras dinastías.

Por otra parte, en esta región se han encontrado sepulturas y tumbas de la Dinastía I en adelante, por lo que es probable que la ciudad se fundase por esta época.

Se han descubierto tumbas de altos cargos en las proximidades del norte de Saqqara, mientras que en otros yacimientos de la región de Menfis aparecieron enterramientos de funcionarios de diverso rango. Esta evidencia funeraria sugiere que la región de Menfis constituía el centro administrativo del estado, y también que el primitivo estado egipcio estaba altamente estratificado en su organización social.

En el sur, Abydos continuaba siendo el centro de culto más importante, e incluso se ha llegado a sugerir que en la Dinastía I, los asentamientos predinásticos más pequeños con evidencia arqueológica más efímera, habrían sido reemplazados por una única ciudad construida de adobe en Abydos.

Los reyes de la Dinastía I se enterraban en Abydos, otra indicación del Alto Egipto como origen del incipiente estado.

Desde el mismo comienzo del Período Dinástico, la institución real fue fuerte y poderosa, y así permanecería a lo largo de los principales períodos históricos de Egipto. En ningún otro lugar del antiguo Oriente Próximo hubo en tan tempranas fechas una realeza tan importante y tan centralizada, capaz de ejercer tan amplio control de tan temprano estado.

A lo largo y ancho de Egipto tienen que haberse creado y desarrollado centros administrativos estatales, pero la organización espacial de comunidades no era como la de la contemporánea Mesopotamia del sur, donde ciudades enormes se organizaban alrededor de grandes centros de culto.

Pero, por otra parte, tampoco el Antiguo Egipto fue una “civilización sin ciudades”, como ha llegado a sugerirse. Puede que los pueblos y ciudades egipcios hubiesen estado espacialmente organizados más libremente que los de Mesopotamia; y también sabemos que la residencia real cambiaba de ubicación. Así que, debido a una serie de factores, los pueblos y las ciudades del Antiguo Egipto no se han conservado bien, o se encuentran enterradas bajo el aluvión, o bajo modernos asentamientos que no pueden excavarse.

Sin embargo, algunas pruebas arqueológicas de las primitivas ciudades han perdurado. En Hierakonpolis, una elaborada fachada de hornacina hecha de adobe, dentro de la propia ciudad (Kom el-Ahmar), ha sido interpretada como el pórtico de un “palacio”; posiblemente se trataba de un centro administrativo del temprano estado.

En Buto, en el Delta, una construcción rectangular de adobe datada a principios de la Dinastía I, levantada sobre edificios de adobe más tempranos de Naqada II, Naqada III y Dinastía 0, podrían ser restos de un templo construido dentro de la ciudad.

La mayoría de los antiguos egipcios de principios del Período Dinástico y períodos posteriores, la formaban agricultores que vivían en pequeñas aldeas. La base económica del antiguo estado egipcio era la agricultura del cereal. Durante todo el cuarto milenio A.C., los pueblos dependían cada vez más del cultivo de la espelta o trigo Emmer (Triticum diccocum), y de la cebada, lo que redundaba en un impresionante beneficio para el entorno de las llanuras susceptibles de inundación de El Nilo en Egipto.

Para principios del Período Dinástico, ya se habría puesto en práctica algún tipo sencillo de riego por superficie, extendiendo así la superficie de tierra de cultivo e incrementando la cosecha. Contrariamente a lo que ocurre con prácticamente cualquier otro sistema de riego en el mundo, la salinización nunca fue un problema para Egipto, ya que las anuales crecidas de El Nilo limpiaban la tierra de sales.

Dado que las precipitaciones en esta época eran insignificantes, las inundaciones anuales se encargaban de proporcionar la humedad necesaria en el momento adecuado del año – julio y agosto – de forma que el trigo se podía sembrar en septiembre una vez que las inundaciones hubiesen remitido.

Las distintas especies de trigo traídos a Egipto maduraban durante los meses de invierno y podían ser recolectadas antes de la primavera, cuando la llegada de las altas temperaturas y de la sequía habrían aniquilado la cosecha. El entorno favorecía así una enorme acumulación de excedentes que controlados por el estado servían de sostén de la floreciente civilización egipcia que se aprecia en el Dinastía I.

CONCLUSIÓN

Pienso que con este tema hemos cubierto de forma concisa pero con claridad meridiana la Dinastía I en su faceta político-económico-social.

En cuanto a la brevedad de la exposición, que soy el primero en agradecer, no debemos olvidar que la Dinastía I con frecuencia se presenta para su estudio combinada con la II, constituyendo lo que se conoce como Período Protodinástico. Por otra parte, la información de que se dispone es escasa y proviene sólo de unos cuantos monumentos y objetos entre los que destaca, como hemos visto, la Paleta de Narmer.

No existe documentación alguna sobre estas dos primeras dinastías, con la excepción de la Piedra de Palermo. Los jeroglíficos se desarrollaron completamente por entonces, y sus siluetas sufrirían escasos cambios durante más de tres mil años. Sí parece evidente la puesta en práctica del sacrificio humano - más adelante suspendido - de carácter funerario, durante esta primera dinastía.

Pasamos, pues, al siguiente tema que su autora, Katheryn Bard, ha titulado “El Cementerio Real de Abydos”.

ADENDA

Pero antes me ha parecido útil y oportuno, y siguiendo el ejemplo del Profesor Barry J.Kemp en su más reciente publicación, reseñar los nombres de los faraones que componen la Dinastía I de acuerdo con el recomendado Cuadro Cronológico del Profesor Ian Shaw que aparece en la obra que nos concierne, “The Oxford History of Ancient Egypt”, Oxford, 2000, páginas 479 a 483. Para las fechas absolutas, también se ha utilizado el mencionado Cuadro Cronológico.

Reyes de la Dinastía I:

Aha, Djer, Djet, Den, Queen Merneith, Anedjib, Semerkhet, Qa’a.

Los documentos historiográficos egipcios señalan como unificador de las Dos Tierras al rey Menes, identificado con el rey Narmer de la Dinastía 0, y más recientemente con el rey Aha, el Combatiente, fundador de la Dinastía I. A él se debió también la fundación de Menfis, construida en el punto de contacto entre el Delta y el Valle como demostración de su unión. La Piedra de Palermo habla de una victoria suya en Nubia y alude a embarcaciones de madera de cedro, que darían testimonio del comercio con la zona sirio-palestina.

Su sucesor, Djer, edificó un palacio en Menfis y organizó expediciones a Nubia y, quizás, a Libia y la Península de Sinaí.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 20 de junio de 2009

Bibliografía:

“Ancient Egypt. Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
"The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”, Tomo I, 2ª Parte. Dra. Ana Mª Vázquez Hoys, UNED, 2001.
"The Enciclopedia of Ancient Egypt". Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
"Antico Egitto". Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
British Museum.

jueves, 28 de mayo de 2009

Nacimiento del Estado Egipcio (c.3.200-2.686 A.C.) 1/8.- Formación del Estado y Unificación


Piedra de Palermo. Detalle
Naqada III. Modelo de Vivienda
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PREÁMBULO

Esta vez he querido empezar por describir la significativa pero extraña imagen que encabeza, en segunda instancia, esta “Hoja Suelta”. Se trata de un modelo de vivienda, probablemente procedente de alguna tumba, que nos proporciona una información vital sobre el aspecto de las casas del período Naqada III. Posteriores modelos nos permitirán apreciar la sucesiva evolución de las viviendas a lo largo del tiempo.

Hacia finales del Período Predinástico, en Egipto, las cabañas circulares se van sustituyendo por casas rectangulares de las que son escasísimas las evidencias de su aspecto, que suelen limitarse a simples hoyos para la colocación de los postes de sujeción, y huecos para la cimentación, pero que ofrecen escasa o ninguna información sobre la estructura que se alzaba sobre el suelo.

Vamos a dar paso esta vez al cuarto ensayo - y me veo en la necesidad de volver a ser reiterativo en aras de aquellos que no estén integrados en este proyecto – de los quince que consta la obra titulada “The Oxford History of Ancient Egypt”, ya mencionada en los trabajos previos, de la que es autor el Profesor Ian Shaw, que la divide en quince capítulos que corresponden a otros tantos ensayos, de los que son autores verdaderos “savants” de los períodos de la Historia del Antiguo Egipto de que tratan, y que tan espléndida y eruditamente exponen.

La obra, como comenté en la “Hoja Suelta” 1/8.- "El Paleolítico Inferior" del segundo ensayo de este proyecto, titulado "La Prehistoria Egipcia del Paleolítco a la Cultura Badariense (700.000-4.000 A.C.", está ordenada en secuencia cronológica por capítulos, y cubre los distintos períodos del Antiguo Egipto, analizando no sólo la secuencia de acontecimientos políticos bajo las distintas dinastías reinantes, sino que se adentran con suficiente profusión en sus patrones socio-económicos.

Este nuevo capítulo, dedicado a la última fase del Período Predinástico, cuya identificación original y confirmación científica se debe, como ya se ha reiterado, al Profesor William Mathew Flinders Petrie (1853-1942), lo desarrolla, de forma sobresaliente y muy bien estructurada, la Profesora Katheryn Bard, de la Boston University, Massachusetts, EE.UU., especializada en el tema.

INTRODUCCIÓN

La fase Naqada III, c.3.200-3.000 A.C., constituye la última fase del Período Predinástico de acuerdo con la revisión que hizo Kaiser de las fechas por secuencias obtenidas por Petrie, y se conoce como Período Protodinástico de Egipto.

Y fue durante este período, que Egipto se ve por vez primera unificado en un gran estado territorial, y la consolidación política que sentó las bases del primitivo estado dinástico de las Dinastías I y II tuvo que haber tenido lugar entonces.

Existen evidencias de que en la fase final de este período hubo reyes que precedieron a los de la Dinastía I, en lo que ahora se conoce como Dinastía 0, que fueron enterrados en Abydos, cerca del cementerio real de la Dinastía I.

La Piedra de Palermo nos muestra una lista real de finales de la Dinastía V en cuya parte superior aparecen nombres y figuras sentadas de reyes, en compartimentos, que sugiere que los egipcios creían en la existencia de otros gobernantes que habían precedido a los de la Dinastía I.

Sin embargo, existe un importante debate relacionado con factores tales como la naturaleza exacta del proceso de unificación, la fecha en que tuvo lugar, y la cuestión de los orígenes de la Dinastía 0.

Y volviendo a la mencionada Piedra de Palermo, me ha parecido oportuno encabezar esta “Hoja Suelta” con un detalle representativo de la misma. Se trata de un extracto de la Piedra que registra eventos acaecidos durante seis años de reinado del rey Nynetjer de la Dinastía II, y comienza en su año decimoquinto.

El nombre del monarca aparece escrito en la línea “a”. Los compartimentos de las líneas “b” y “c” están divididos mediante líneas verticales que terminan en una curva y que tienen una pequeña proyección hacia la derecha a media altura. Cada una de estas líneas representa, en realidad, el jeroglífico utilizado para escribir la palabra “año”.

La fila “b” contiene, en las columnas 1 a 6, un resumen en jeroglíficos de los acontecimientos más destacados del año, a saber:

1. Aparición del rey, segunda consecutiva del Apis-Bull.
2. Paseo procesional de Horus (el rey), octava del Recuento.
3. Aparición del rey, tercera del Festival de Seker.
4. Paseo Procesional de Horus, novena del Recuento.
5. Aparición del rey con ofrendas (?) a la diosa Nekhbet, Festival-Djet.
6. Paseo Procesional de Horus, décima del Recuento.

(Cada dos años se realizaba un “Recuento” de la riqueza del país)

La última fila de compartimentos “c” contiene la medida exacta de la altura alcanzada por la inundación de El Nilo tomada desde un punto fijo.

1. 3 codos, 4 manos, 3 dedos (1’92 m)
2. 3 codos, 5 manos, 2 dedos (1’98 m)
3. 2 codos, dos dedos (1’20 m)
4. 2 codos, dos dedos (1’20 m)
5. 3 codos (1’57 m)
6. Ilegible

La diferencia de altura en este espacio de cinco años de 0’78 m afectaría a los productos de la cosecha en los campo más altos.

FORMACIÓN DEL ESTADO Y UNIFICACIÓN

De la fase Naqada II en adelante, en los cementerios del Alto Egipto - no en el Bajo Egipto - aparecen enterramientos muy diversos. Los enterramientos elitistas de estos cementerios contienen grandes cantidades de elementos funerarios a veces fabricados con materiales exóticos, como oro o lapislázuli. Estos cementerios simbolizan a una sociedad cada vez más jerarquizada; probablemente, incluso representativos de un insipiente proceso de rivalidad y de una apertura de las políticas locales en el Alto Egipto, a la vez que se llevaba a cabo una interacción económica y se desarrollaba un comercio de larga distancia.

El control de la distribución de la materia prima y de la producción de una artesanía de prestigio habría reforzado el poder de los jefes de los centros predinásticos, por lo que constituían verdaderos símbolos de un estatus.

A pesar de la ausencia de evidencias arqueológicas, parece probable que las grandes ciudades predinásticas del Alto Egipto se convirtiesen en verdaderos centros de producción artesanal. Algunos de estos centros se constituyeron en asentamientos amurallados, como es el caso de la Ciudad del Sur, Naqada, ya documentada por Petrie.

La zona núcleo de la cultura Naqada se encontraba en el Alto Egipto, pero durante la fase Naqada II empezaron a aparecer por vez primera en el norte de Egipto yacimientos de la cultura Naqada. Petrie excavó un cementerio de Naqada II en el-Gerza, región de Faiyum, de ahí el término acuñado por él de Gerzeense (Naqada II).

Más adelante, se encuentran yacimientos de la cultura Naqada mucho más al norte, en el yacimiento del Delta de Mibshat Abu Omar. Esta evidencia sugiere el movimiento gradual de pueblos del Alto Egipto hacia el norte en tiempos de Naqada II.

Puesto que la mayoría de los yacimientos del Alto Egipto estaban ubicados cerca del Desierto Oriental de donde provenían el oro y los diversos tipos de piedra usados para fabricar cuentas, además de recipientes tallados y productos artesanales en general, su riqueza en recursos naturales era superior a la de los yacimientos del Bajo Egipto; de ahí que el antiguo nombre de Naqada fuese Nubt (ciudad del oro), y no es coincidencia que el mayor cementerio predinástico estuviese localizado allí.

Como la agricultura del cereal se practicaba cada vez con más éxito en las llanuras del Alto Egipto, el excedente se acumulaba y podía intercambiarse por productos artesanales cuya producción se fue haciendo cada vez más especializada.

Es muy posible que la mayoría de los primeros sureños que emigrasen hacia el norte la formasen mercaderes y comerciantes, y que con el aumento de la interacción económica les siguiesen los colonos. No existe evidencia arqueológica que confirme este movimiento migratorio de gente - no así de artefactos - hacia el norte, pero si tal hecho tuvo lugar es más que probable que se tratase de una expansión pacífica más que de una invasión militar; al menos en las etapas iniciales.

El factor motivador de la expansión de la cultura Naqada hacia el norte de Egipto pudo haber sido el deseo de conseguir el control directo de tan lucrativo negocio con otras regiones del Mediterráneo Oriental que había venido desarrollándose desde principios del cuarto milenio A.C. Pero fue también el avance tecnológico en la construcción de grandes barcos, llave del control y de la comunicación en El Nilo y del intercambio comercial a gran escala. La madera - el cedro en particular - para la construcción de tales embarcaciones no se daba en Egipto sino que provenía de la zona del Levante Oriental que hoy constituye el Líbano.

Como ya se vio al tratar la cultura Maadiense en el anterior ensayo, el Bajo Egipto no supuso un vacío cultural en el cuarto milenio A.C., pero es muy probable que la expansión de Naqada eventualmente hubiese encontrado alguna resistencia. No obstante, la evidencia arqueológica en el norte sólo demuestra la eventual sustitución de la cultura Maadiense.

En la propia Maadi, la ocupación finalizó a finales de la fase Naqada II c/d, mientras que los testimonios arqueológicos al norte del Delta, como es el caso de Buto, Tell Ibrahim Awad, Tell el-Ruba y Tell el-Farkha, demuestran que existían estratos anteriores que contenían solamente cerámica Maadiense y local, pero sobre éstos aparecían otras capas sólo con cerámica de la cultura Naqada III y formas posteriores de la Dinastía I.

En Tell el-Farkha, la aparición de una capa transicional de arena eólica entre tales estratos, sugiere el abandono del asentamiento por la población local por razones que se desconocen (¿intimidación?), y la posterior reocupación del yacimiento en la Dinastía 0 por gente de la cultura Naqada que para entonces se habría extendido por todo Egipto.

Para finales de Naqada II (c.3200 A.C.), o principios de Naqada III, la cultura autóctona del material del Bajo Egipto había desaparecido y había sido sustituida por artefactos derivados de la cultura Naqada y el Alto Egipto, especialmente alfarería. Esta evidencia arqueológica ha sido a veces interpretada como indicativa de la unificación política de Egipto por esa época, pero la evidencia material no implica necesariamente una organización política unificada, y se podrían sugerir diversos factores socio-económicos que explicasen este cambio.

Dado que la evidencia de los enterramientos de élite en tres grandes centros predinásticos del Alto Egipto – Naqada, Abydos y Hierakonpolis – nos hace pensar en centros separados (incluso en clara competencia), o en políticas independientes durante la fase Naqada II, es probable que la primera unificación de las políticas del Alto Egipto tuviese lugar en los comienzos de Naqada III; ya fuese como resultado de una serie de alianzas, o de la guerra – o quizás de una combinación de ambas – seguida de la unificación política del norte y del sur, y el surgir de la Dinastía 0 hacia finales de Naqada III.

Los enterramientos de Naqada III en el cementerio más grande de Naqada y en el Cementerio "T" de élite desmerecenen en comparación con los anteriores enterramientos de Naqada II en este lugar. Más de 6 km al sur, Jacques de Morgan excavó hacia finales del siglo diecinueve dos tumbas de hornacina hechas de adobe, y un cementerio con sepulturas de principios del Período Dinástico. La ubicación de este cementerio y la brusca aparición de un nuevo estilo de "enterramiento real" a finales de Naqada III, unido a los enterramientos más empobrecidos anteriores de cementerios mucho más al norte, hacen pensar en una forma de ruptura con la sociedad política centralizada en la Ciudad del Sur (situada a sólo 150m al nordeste del gran cementerio predinástico), probablemente coincidiendo con la absorción por la de Naqada en una sociedad más amplia.

Como contraste, en el área de Umm el-Qa’ab, de Abydos, las sepulturas de cierta zona (cementerios "U" y "B", y el “cementerio real") habrían evolucionado a partir de enterramientos sin caracteres diferenciados de comienzos de Naqada, hacia el cementerio de élite del tardío Naqada II y, finalmente, hacia el lugar de enterramiento de los reyes de la Dinastía 0 y la Dinastía I.

Una de las tumbas de Naqada III, la U-j, datada hacia 3.150 A.C., consistía en doce habitáculos que cubrían una superficie total de 66’4 m². Aunque saqueada, conservaba aún muchos objetos de hueso y marfil, gran cantidad de cerámica egipcia y unas 400 jarras importadas de Palestina.

Digna de esecial mención están las 150 pequeñas etiquetas encontradas en esta tumba que han sido relacionadas con los que parecen ser los jeroglíficos más antiguos hasta ahora conocidos. Según su descubridor, el egiptólogo alemán Günter Dreyer, del Instituto Alemán de Arqueología (DAI), los restos de una capilla de madera encontrados en la cámara mortuoria y un modelo de cetro de marfil, demuestran que ésta fue la tumba de un soberano, posiblemente del Rey Escorpión, cuyas propiedades habrían sido reseñadas en un cierto número de etiquetas. Este rey posiblemente reinó en el siglo trigésimo tercero A.C.

Las excavaciones realizadas en la “Localidad 6” de Hierakonpolis, a 2’5 km del Gran Wadi, han puesto al descubierto varias tumbas de considerable tamaño, de hasta 22’75 m² de superficie de suelo, que contenían cerámica de Naqada III. La Tumba II, aunque saqueada, aún contenía cuentas de cornalina, granate, turquesa, fayenza, oro y plata, trozos de objetos de lapislázuli y marfil, obsidiana y láminas de cristal, así como una cama de madera con patas de toro talladas. La suntuosidad de estos enterramiento sugiere que en Hierakonpolis se enterraban a personas de élite, de medios económicos substanciosos pero que, aún así, todavía no gozaban del mismo estatus que los gobernantes de Abydos.

Mientras que Naqada era insignificante políticamente hablando, Abydos era el centro de culto más importante del rey muerto, y Hierakonpolis seguía siendo un importante centro de culto asociado con el dios Horus, símbolo del rey vivo.

Es posible que en una posterior lucha predinástica por el poder en el Alto Egipto, aquella sociedad políticamente organizada de Naqada de la que ya hemos hablado, perdiese la batalla, mientras que los gobernantes cuyo poder originalmente radicaba en Abydos proseguían con el control de la totalidad del país, quizás en alianza con otros grupos de élite menos poderosos de Hieraconpolis (como podría ser el caso de los llamados “Seguidores de Horus”) que gozaban de una envidiable posición estratégica debida a la valiosa materia prima procedente del sur.

La unificación final del Alto y el Bajo Egipto puede haberse conseguido mediante una o más conquistas militares en el norte de las que hay escasa constancia que no sean meras escenas de contenido militar simbólico, talladas en un número de paletas ceremoniales, que han sido estilísticamente datadas hacia finales del Predinástico (Naqada III/Dinastía 0), tales como la fragmentada Paleta de Tjehenu, en Libia, la de Battlefield y la de Bull.

La interpretación de dichas escenas es de alguna forma problemática, ya que se desconoce la procedencia de estos objetos, y las dañadas escenas simbolizan conflictos que no especifican ningún acontecimiento histórico real.

Afortunadamente, estos importantes objetos con escenas talladas relativas al período han sido el producto de excavaciones en Hierakonpolis. Se trata de la Maza del Rey Escorpión, la Paleta del Rey Narmer y la Maza de este mismo rey. Los tres son objetos ceremoniales encontrados dentro o cerca de la zona descrita por J.E.Quibell y F.W. Green como el “Depósito Principal” cuando excavaban el templo de Horus en Hierakonpolis. Posiblemente se trataban de donaciones reales al templo, lo que sugiere que Hierakonpolis era aún un importante centro en la fase Naqada III.

Aunque pensar en la unificación del Alto y el Bajo Egipto sea una interpretación excesivamente específica de las escenas de la Paleta de Narmer, éstas escenas muestran enemigos muertos y pueblos vencidos, y/o asentamientos. Por otra parte, las escenas y lo signos de la Maza de Narmer representan cautivos de guerra y botines, y en la Maza de Escorpión también se encuentran representados pueblos conquistados. Tales escenas sugieren que, en un momento dado, la guerra jugó un importante papel en la forja del primer estado en Egipto.

Aunque no se tenga evidencia alguna de capas de destrucción de la época de Naqada III en los lugares de asentamiento del Delta, la guerra podría muy bien haber implementado la consolidación de este temprano estado y su expansión hasta la Baja Nubia y sur de Palestina que tuvo lugar a principios de la Dinastía I.

De Petrie en adelante se solía pensar, a pesar de la evidencia de culturas predinásticas, que la civilización egipcia de la Dinastía I apareció de forma brusca, por lo que habría sido introducida por una “raza” invasora extranjera. Sin embargo, fue a partir de los años 70 que las excavaciones de Abydos y Hierakonpolis demostraron de forma clara las raíces autóctonas del Alto Egipto de la primitiva civilización en Egipto. Si bien hay evidencias de “contactos” foráneos durante el cuarto milenio A.C., éstos no tuvieron la forma de una invasión militar.

La cerámica procedente de estratos excavados en yacimientos al norte de Egipto y el sur de Palestina, hace ahora posible coordinar los períodos culturales específicos en dos regiones y demostrar un contacto continuado al ser reemplazada la cultura Maadiense en el norte por la cultura Naqada del sur.

Mientras que la fase de la cultura Naqada IIb corresponde a la fase Ia de la Edad del Bronce Antigua (EBA) en Palestina, Naqada IIc/d y Naqada III/Dinastía 0, evidentemente, eran coetáneas de la cultura EBA Ib.

Los contactos entre el norte de Egipto y Palestina en esta época fueron terrestres, como demuestran las evidencias en el norte del Sinaí. La North Sinai Expedition, de la Universidad de Ben Gurión, ha localizado, entre Qantar y Raphia, unos 250 asentamientos primitivos con un 80% de cerámica egipcia que data de Naqada II y III, y de la Dinastía 0. El patrón de asentamiento consiste en unos cuantos yacimientos de grandes núcleos, entremezclados con campamentos estacionales y apeaderos.

Egiptólogos israelíes sugieren que esta evidencia es representativa de una red comercial creada y controlada por los egipcios ya desde EBA Ia, y que dicha red constituyó un factor importante en el desarrollo de los asentamientos urbanos encontrados más adelante en Palestina en la EBA II.

El estudio tecnológico llevado a cabo por la geóloga Naomi Porat de la cerámica procedente de yacimientos de la EBA al sur de Palestina, demuestra, de forma contundente, que en los estratos de la EBA Ib, una gran parte de los recipientes de cerámica utilizados para la preparación de alimentos habrían sido fabricados por ceramistas egipcios utilizando tecnología egipcia pero con barro local palestino. En estos estratos de la EBA Ib también se han encontrado numerosas jarras para conserva de alimentos fabricadas con limo de El Nilo y marga (roca sedimentaria compuesta principalmente de caliza) que habrían sido importados de Egipto.

Los egipcios no sólo establecieron campamentos y apeaderos en el norte del Sinaí, sino que la cerámica evidencia que crearon y mantuvieron una red de asentamientos altamente organizada en el sur de Palestina donde vivía en residencia una apreciable población egipcia.

La importancia del Delta para los contactos de Egipto con el suroeste de Asia también se desprende de la enigmática evidencia encontrada en Buto. En los estratos de la cultura predinástica del Bajo Egipto, en dicho yacimiento, a finales de los años 80, el Profesor alemán Thomas von der Way, encontró dos inesperados tipos de cerámica: Unos “clavos” de arcilla, y los conocidos como Grubenkopfnagel (especie de cono ahusado con un extremo cóncavo bruñido) que se asemejan a los elementos utilizados en la cultura mesopotámica de Uruk para decorar la fachada de los templos.

El Profesor Von der Way sugiere que los contactos con la red cultural de Uruk pudo haber tenido lugar vía el norte de Siria ya que el estrato más antiguo encontrado en Buto se vio que contenía fragmentos de cerámica decorados con rayas blanquecinas características de la cerámica Amuq “F” siria.

Los clavos de arcilla y los Grubenkopfnagel no están asociados a ninguna arquitectura de adobe en los niveles predinásticos, como podría esperarse si la interpretación de Von der Way fuese correcta, pero la excavaciones que se están realizando actualmente en Buto aún pueden reportarnos más datos sobre las conexiones entre el Delta y el suroeste asiático durante el cuarto milenio A.C.

En unas cuantas sepulturas de élite de las fases Naqada II y III, se han encontrado sellos cilíndricos, tanto importados como hechos en Egipto, objetos típicos inventados en Mesopotamia sin ningún género de dudas.

Cuentas y pequeños objetos de lapislázuli que sólo pueden proceder de Afganistán, se han encontrado primero en tumbas predinásticas del Alto Egipto.

Motivos mesopotámicos también aparecen en el Alto Egipto y Baja Nubia; incluyendo el conocido motivo de los héros dompteur (victoriosa figura humana entre dos leones o bestias) pintado en la pared de la Tumba 100, en Hierakonpolis, que data de Naqada II.

Otros motivos típicamente mesopotámicos, tales como la fachada de hornacina de los palacios y las embarcaciones de proa alta, también aparecen en artefactos de Naqada II y III, y en el arte rupestre. Los estilos de estos motivos son más característicos del arte glíptico (arte de grabar en piedra) de Susa en el suroeste de Irán que de la cultura de Uruk, y el hecho de que tales artefactos no se hayan encontrado en el Bajo Egipto plantea la posibilidad de alguna ruta de contacto más al sur entre Susa y el Alto Egipto, cuya naturaleza actualmente se desconoce.

En la Baja Nubia, existen numerosos enterramientos de la cultura A-Group (más o menos contemporánea con la cultura Naqada) que contienen muchos objetos artesanales de la cultura Naqada. La cerámica de A-Group es muy distinta de la de Naqada, y los productos egipcios se obtenían probablemente del comercio y del intercambio.

Bruce Williams ha sugerido que el Cementerio “L” de élite de A-Group de Qustul, en la Baja Nubia, representa a los gobernantes nubios que conquistaron y unificaron Egipto fundando el primer estado faraónico; pero son muchos los eruditos que discrepan con esta hipótesis.

El modelo que quizás pueda mejor explicar la evidencia arqueológica es el de un contacto acelerado entre las culturas del Alto Egipto y Baja Nubia a finales del Período Predinástico.

La materia prima de lujo, como el marfil, el ébano, el incienso, y la piel de animales exóticos, tan extremadamente deseada y cotizada en Egipto en los tiempos dinásticos, en su mayoría procedía de más al sur de África, atravesando Nubia.

Muchos jefes de A-Group se tuvieron que beneficiar económicamente con el comercio de materia prima, como es evidente en los ricos enterramientos excavados en Qustul y Sayala, si bien el tipo de complejidad político-social testimoniada en el Alto Egipto en esas fechas es improbable que hubiese tenido lugar en Nubia.

Las llanuras sujetas a inundaciones de El Nilo son más estrechas en la Baja Nubia que en el Alto Egipto, y aquella no gozaba del potencial agrícola necesario para soportar grandes concentraciones de población y especialistas de plena dedicación, como artesanos y administradores gubernamentales.

El hecho de que la cultura del material que se practicaba dentro de la cultura Naqada se encontrase más adelante en el norte de Egipto sin ningún elemento nubio, también parece argumentar en contra de la teoría de la existencia de orígenes nubios en el estado unificado egipcio.

CONCLUSIÓN

Y terminamos aquí con el primer tema de este cuarto ensayo que nos deja en la antesala de la Dinastía I, hacia el 3.000 A.C., con la que se inicia el Período Dinástico.

En el tema que sigue, la Profesora Katheryn Bard nos va a llevar de nuevo de la mano en un recorrido por “El Primitivo Estado de la Dinastía I”.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 15 de junio de 2009

Bibliografía:

“Ancient Egypt. Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp. Routledge, London, 2006.
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”, Tomo I, 2ª Parte. Dra. Ana Mª Vázquez Hoys, UNED, 2001.
"The Enciclopedia of Ancient Egypt", Helen Strudbrick, Ambar Books, London, 2008.
"Antico Egitto". Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
British Museum Database.

lunes, 20 de abril de 2009

Período Naqada (c.4.000 - 3.200 A.C.)


Naqada
 
 
Biface cola de pez. Cultura Naqada
("Pinchar")
 

PREÁMBULO
 
Naqada o Nagada es el nombre de una ciudad a 25 km al norte de Luxor (Tebas), situada en la ribera occidental de El Nilo; en la gobernación de Qina.
 
Naqada o Nagada es igualmente el nombre que recibe una cultura del Período Predinástico del Antiguo Egipto que data de c.4.000 a 3.200 A.C.
 
La proximidad de las minas de oro del desierto oriental hizo que en el antiguo Egipto se la conociese con el nombre de Nubt o “ciudad del oro”; para los griegos se la conoció como Ombos y, más tarde, en árabe, se la denominó Tuj.
 
Se la considera como la primera ciudad-estado o confederación regional que ejerció la hegemonía desde c.3.500 a 3.300 A.C., al inicio del Período Naqada II (estadios Naqada IIa y IIb), hegemonía que acabó pasando a Nejen (Hieracómpolis), (estadios Naqada IIc y Naqada IId).
 
En las primeras excavaciones realizadas por el sempiterno y omnipresente Flinders Petrie, James Quibell del University College de Londres y John Garstang de la Universidad de Liverpool, se encontraron evidencias de una cultura que eclosionó hacia 3.800 A.C. y que tuvo una continuidad cultural que duró prácticamente un milenio, llegando hasta Nubia (Hemamein).
 
Flinders Petrie inicialmente denominó a la cultura Naqada I, Amratiense, pero, en 1957, Werner Kaiser le dio el nombre de Naqada, mientras que Amratiense se aplicaría a lo que es el período; de esta forma se hacía más hincapié en el hecho de la continuidad cultural entre las tres fases de Naqada (I, II y III).
 
Para cubrir este período, vamos a hacerlo esta vez de la mano de la Profesora Béatrix Midant-Raynes, del Centre National de Recherches Scientifiques, de París.Se trata del tercer ensayo de los quince que consta la obra “The Oxford History of Ancient Egypt”, de la que ya hice mención en mi “Hoja Suelta” del 28 de noviembre de 2008 que lleva por título “Cronología del Antiguo Egipto según Shaw”, a la que me remito.
 
Como comenté en su día, uno de los atractivos de esta obra es su actualidad fresca y erudita que fluye de quince fuentes diversas y altamente especializadas.
 
Yo trataré, como pueda, de moverme en la semioscuridad del período siguiendo las pautas que me dicte su autora con pocas probabilidades de aportar aclaraciones y/o comentarios que ayuden a amenizar de alguna forma un tema que, como los de los períodos que le preceden, es árido.
 
INTRODUCCIÓN

En el año 1892, Flinders Petrie desentierra un enorme cementerio con más de 3.000 tumbas. Sorprendido por la naturaleza del descubrimiento de características muy dispares a las de los ya existentes, llega a la conclusión, eventualmente errónea, de que se trata de un grupo de invasores de otra raza cuya existencia se extendería hasta finales del Imperio Antiguo y que, probablemente, fue la causa de su declive.

Por primera vez, los arqueólogos que se habían acostumbrado a la monumental arquitectura funeraria, se encontraban ante unas humildes sepulturas consistentes, básicamente, en el cuerpo de un fallecido en posición fetal, envuelto en una piel de animal o en una esterilla y en la mayoría de los casos colocado dentro de un simple hoyo cavado en la arena. El ajuar que acompañaba al cuerpo no tenía nada que ver con el de hallazgos previos pertenecientes al período faraónico. Y Petrie era totalmente consciente de ello.

El conjunto de artefactos consistente en vasijas de cerámica roja pulimentada y rematada en negro, paletas de esquisto, peines y cucharas de hueso o marfil, cuchillos de sílex, etc. presentaba unas características muy peculiares.

Jean-Jacques de Morgan (1857-1924), Ingeniero de Minas, geólogo y arqueólogo francés, que excavó en Menfis y Dashur, y que acompañaba a Petrie, fue el primero en sugerir la posible existencia de alguna civilización prehistórica. Petrie se propuso probar científicamente la sugerencia de Morgan. Después de excavar otras miles de tumbas más de tamaños comparables y características similares, Petrie establece la primera cronología Predinástica de Egipto.

Petrie se convierte así, de pleno derecho y de forma irrefutable, en el Padre de la Prehistoria Egipcia.

CRONOLOGÍA Y GEOGRAFÍA

Una vez establecido que las tumbas descubiertas eran predinásticas, el siguiente paso tenía que consistir en proceder a organizar la enorme cantidad de material acumulado procedente de las numerosas excavaciones y situar la recién descubierta cultura predinástica dentro del adecuado marco cronológico.

Para ello, y basándose en la cerámica procedente de unas 900 tumbas de Hiw y Abadiya, Petrie desarrolló un método de seriación que sería la base de un sistema de datación relativa, a partir de los estilos de alfarería hallados en los diferentes sitios, conocido como “datación por secuencias”, en el que las nuevas categorías de cerámica se definirían según la forma y decoración de las vasijas.

De forma totalmente intuitiva, Petrie plantea la hipótesis de que las vasijas de barro de asas onduladas no eran sino el resultado de una evolución gradual de las vasijas globulares, de modeladas y funcionales asas, hacia formas cilíndricas en las que las asas eran meros elementos decorativos. Y fue alrededor de este concepto de evolución hacia el diseño de vasijas de asas onduladas que se inicia la cronología de la datación por secuencias.

El resultado fue un cuadro con cincuenta entradas de dataciones por secuencias, numeradas del 30 hacia adelante, con el fin de dejar espacio a otras posibles culturas anteriores aún por descubrir.

Guy Brunton (1878-1948), egiptólogo inglés discípulo de Flinders Petrie, agradecería esta inteligente previsión dado que sus posteriores excavaciones en Badari darían como resultado la identificación del Período Badariense, primera etapa del Predinástico en el Alto Egipto, como ya vimos en el segundo ensayo de esta obra.

Brunton, que en 1931 se haría cargo de la Dirección Adjunta del Museo de El Cairo, tras su jubilación se iría a vivir a África del Sur, patria de su esposa, donde fallecería en 1948.

La extensión de las fases individuales representadas por cada una de las dataciones secuenciales era incierta y el único eslabón con alguna datación absoluta era entre la SD79-80 (SD, del inglés Sequence Dating) y la llegada al poder del Rey Menes a principios de la Dinastía I que se suponía tuvo lugar en 3.000 A.C.

Las dataciones se agruparon así en tres períodos.

El primero, llamado Amratiense o Naqada I, por el tipo de yacimiento de el-Amra, correspondía a los estilos SD30-38, y coincidía con el desarrollo máximo de los recipientes rojos rematados en negro y las vasijas decoradas con motivos pintados en blanco sobre un cuerpo rojo pulimentado.

El segundo, llamado Gerzeense o Naqada II, por el yacimiento de el-Gerza, correspondía a los estilos SD39-60, y se caracterizaba por el aspecto de su cerámica de asas onduladas, elementos utilitarios toscos y decoraciones a base de pintura marrón sobre un fondo de color crema.

Y en tercer lugar, estaba el Naqada III que representaba la fase final SD61-80 marcada por la aparición de un estilo tardío cuyo aspecto evocaba ya la cerámica Dinástica.

Y sería durante esta fase cuando, según Petrie, la “Nueva Raza” asiática llegaría a Egipto trayendo consigo la semilla de la civilización faraónica. Para entonces, ya se conocía a Petrie entre la población local con el sobrenombre árabe de Abu Bagousheh, que los ingleses traducen por “Father of Pots”. Yo, personalmente, acogiéndome a mi faceta colateral de traductor, optaría por alguna alternativa que expresase, de forma más gráfica y contundente, la intencionalidad del apelativo, como podría ser: "Padre de la Alfarería Prehistórica".

Los estudiosos siempre han elogiado el sistema por secuencias de Petrie que, no obstante, a lo largo del tiempo y tras varios análisis ha sido objeto de algunas correcciones y mejorada su precisión si bien las tres fases básicas del final Predinástico nunca se han cuestionado y todavía hoy constituye el telar en el que se ha tejido la prehistoria egipcia.

La fiabilidad de un corpus de la cerámica era fundamental para la validez del sistema. En el año 1942, Walter Federn, un exiliado vienés de los Estados Unidos, durante un proceso de clasificación de las vasijas de la colección del artista Maud Cabot Morgan (1903-1999) del Museo de Brooklyn, descubrió algunos fallos en el corpus de Petrie por lo que se sintió obligado a revisar los grupos de Petrie suprimiendo un par de ellos de la secuencia e introduciendo un factor que se le había escapado a Petrie: la “materia” de las vasijas. Igualmente se hizo evidente que un sistema basado en material procedente de cementerios del Alto Egipto no tenía por qué ser transferible a las necrópolis del norte o a las de Nubia.

Y aunque se reconocen algunos fallos, el trabajo de Petrie constituyó la única forma de organizar el Período Predinástico en fases culturales hasta la aparición, en los años sesenta, del sistema ideado por Werner Kaiser que, aún así, no pudo reemplazarle.

Kaiser procedió a la seriación de unas 170 tumbas en Armant de 1.400-1.500 basándose en la publicación del yacimiento realizada por Robert Mond y Oliver Myers en los años treinta y su trabajo hizo ver que también existía una cronología “horizontal” en el cementerio. Los recipientes rojos rematados en negro abundaban en la parte sur del cementerio mientras que las formas más tardías se concentraban en el extremo norte.

Un minucioso análisis de la clasificación, aún basada en el corpus de Petrie, le permitió corregir y perfeccionar el sistema de datación por secuencias. Se confirmaban así los tres grandes períodos de Petrie, y se afinó aún más con la adición de once subdivisiones (o Stufen) de la Ia a la IIb.

La tesis doctoral del holandés Stan Hendrickx leída en 1989 permitió que el sistema de Kaiser se aplicase a todos los yacimientos nagadienses de Egipto. Esto supuso ligeras modificaciones, en particular a las fases transitorias entre Naqada I y II.

Otro progreso importante en la cronología predinástica ha sido el avance en la datación absoluta. Tanto el sistema de datación por secuencias como las Stufen de Kaiser son sistemas de datación relativa; ambos tienen un terminus ante quem de alrededor de 3.000 A.C, presunta fecha de la unificación de Egipto pero, por sí mismas, no pueden proporcionar ninguna fecha absoluta para el comienzo y el final de cada fase y subdivisión de Naqada.

Los eslabones vinculantes para una cronología absoluta se hicieron posibles durante la segunda mitad del siglo veinte mediante el desarrollo de métodos de datación basados en el análisis de fenómenos físicos y químicos.

En lo referente al Período Predinástico egipcio, los métodos científicos más destacables han sido la datación por termoluminiscencia (TL) y por radiocarbono (C-14).

William Frank Libby, químico estadounidense, galardonado con el Premio Nobel de Química en 1960 por el desarrollo de la datación por radiocarbono, comprobó la precisión del sistema en material procedente de la región de Faiyum y, a partir de ese momento, las pruebas de datación en especímenes han sido suficientemente sistemáticas como para permitir la elaboración de un marco cronológico, bastante exacto, en el que las tres grandes fases de Petrie encuentran su lugar.

La primera fase de Naqada, la Amratiense, cae así entre 4.000 y 3.500 A.C., seguida de la segunda fase, la Gerzeense, entre 3.500 y 3.200 A.C., y la fase final Predinástica entre 3.200 y 3.000 A.C.

Todos los yacimientos de Naqada I están situados geográficamente dentro del Alto Egipto; desde Matmar en el norte hasta Kubaniya y Khor Bahan en el sur. Esta situación, por otra parte, cambia en la cultura Naqada II que se caracteriza muy particularmente por su proceso de expansión; emerge de un núcleo en el sur y se difumina hacia el borde norte del Delta, y también hacia el sur, donde entra en contacto directo con el "Grupo A" nubio.
NAQADA (AMRATIENSE)
Durante más de un siglo nuestro conocimiento de este período estuvo basado casi en su totalidad en los restos funerarios procedentes de unas 15.000 tumbas de todo el Período Predinástico desenterradas por Petrie y Quibell.

Los muertos amratienses se enterraban, en general, en fosas ovales, con el cuerpo contraído reposando sobre su lado izquierdo, la cabeza orientada hacia el sur, y mirando al oeste. Se colocaba una esterilla sobre el suelo bajo el cuerpo y, a veces, la cabeza descansaba sobre una almohada de paja o de piel.

Otra esterilla, o la piel de un animal, cubría o envolvía el cadáver y en la mayoría de los casos cubría también las ofrendas.

Los restos de ropas hallados parecen sugerir que el atavío usual del difunto consistía en una especie de taparrabo de tela o bien de pellejo.

Aunque predominaban los enterramientos sencillos e individuales, los enterramientos múltiples eran muy frecuentes destacando los de una mujer, posiblemente la madre, con su recién nacido. En comparación con el período anterior, aparecieron grandes lugares de enterramiento provistos de ataúdes de madera o de tierra más lujosamente acondicionados.

Aunque saqueadas, las tumbas amratienses de Hierakompolis destacan por su forma rectangular y tamaño poco corriente; la mayor de 2’50m x 1’80m. En un par de ocasiones, la inclusión de cabezas de maza de pórfido en forma de disco solar parece apuntar a enterramientos de personajes poderosos.

La cultura Amratiense en particular, difiere de la Badariense en cuanto a la diversidad de tipos de artículos funerarios y sus consiguientes signos jerárquicos, siendo Hierakonpolis ya de por sí un yacimiento importante desde el punto de vista de dicha diversificación.

La diferencia existente entre las culturas Badariense y Amratiense radica, sobretodo, en el material; los recipientes rojos rematados en negro van siendo menos comunes y esta tendencia continúa así hasta su eventual desaparición a finales del Período Predinástico.

El efecto ondulado de la superficie en la cerámica va desapareciendo como ocurre con la cerámica pulimentada de negro, mientras que, paralelamente, sin embargo, la cerámica pulimentada de rojo florece en formas variadas, con frecuencia adoptando estilos de decoración de la superficie diferentes.

Los mejores ejemplos de decoración los encabeza, de forma global, la escultura y los diseños pintados en blanco con motivos geométricos, de animales y de plantas, como albores de una iconografía que eventualmente cobraría forma en las entrañas de la propia civilización faraónica.

La fauna representada en los recipientes solía ser ribereña, como hipopótamos, cocodrilos, lagartos, y flamencos, pero también había escorpiones, gacelas, jirafas, meloncillos y bóvidos; éstos se representaban de forma esquemática por lo que su correcta identificación resulta a veces difícil.

El Herpestes ichneumon o meloncillo (del latín meles, tejón) es un pequeño mamífero, miembro de la familia de las mangostas, presuntamente introducido en la Península Ibérica por los árabes que lo utilizaban de mascota para protegerse de las serpientes.

A veces, podía también representarse un barco como representación anticipada del leitmotiv de la fase Naqada II.

La figura humana, si bien en esas fechas de una forma discreta, estaba presente en la versión Amratiense del Universo y se representaba de forma esquemática con una cabeza pequeña y redonda, en un torso triangular que terminaba en una delgadas caderas sobre unas piernas de palillo y, en ocasiones, sin pies. Los brazos sólo se representaban cuando la figura estaba haciendo alguna actividad.

Las representaciones en las que aparecían figuras humanas se pueden dividir en dos tipos: La primera y más frecuente, el Cazador, y la segunda, el Guerrero Victorioso. Un buen ejemplo del Cazador se muestra en un recipiente de Naqada I del Museo Pushkin de Bellas Artes, en Moscú. La escena muestra a una persona sujetando un arco en su mano izquierda mientras que con su mano derecha controla a cuatro galgos con unas correas.

Estamos ante la típica escena del cazador con el rey llevando sujeta a su cinturón la cola de un animal, que podrá verse siglos más tarde en la llamada Paleta del Cazador o en el mango del puñal de Gebel el-Arak - la primera de ellos ahora en el Museo Británico y el segundo en el Louvre – y que continuó constituyendo una poderosa imagen hasta finales del período faraónico.

En cuanto al tema del Guerrero Victorioso, aparece en el alargado cuerpo de un recipiente de Naqada I en la colección del Museo Petrie, University College, Londres. La escena se compone de dos figuras humanas entre motivos de plantas. La figura mayor, con tallos o plumas fijados en el cabello, eleva sus brazos sobre la cabeza mientras muestra de forma inequívoca su virilidad con un pene o vaina. Las cintas entrelazadas que descienden de entre sus piernas parecen sugerir un paño decorado. Una línea blanca surge del pecho de la figura mayor envolviendo el cuello de la figura menor; la de una persona mucho más pequeña de pelo largo. Un bulto en la espalda de la figura menor podría representar unos brazos inmovilizados. A pesar de una clara protuberancia en la pelvis, la sexualidad de la figura más pequeña permanece ambigua; si fuese femenina, explicaría su pequeña estatura.

Una escena parecida decora un recipiente idéntico en el Museo de Bruselas así como uno de igual material excavado en los años 90 por arqueólogos alemanes en Abydos. El predominio de la figura atada y la ausencia u obstrucción de los brazos de las personas pequeñas parecen sugerir de forma contundente la imagen del conquistador y del vencedor.

El antiguo tema de la dominación parece ser el prototipo de escenas de victoria en la fase faraónica. Es interesante resaltar que ya en la fase Naqada I se establece la dualidad temática de la caza y la guerra, siempre entendida como victoriosa, insinuando así la existencia de un grupo de cazadores-guerreros envueltos en una aureola de poder.

Los enterramientos y las ofrendas funerarias indican no tanto un incremento de la jerarquización como una tendencia hacia una diversidad social dentro de la cultura Naqada. En este período, las ofrendas en principio parecen simplemente querer destacar la identidad del fallecido y no es hasta la fase Naqada II y más aún en la Naqada III que una mayor acumulación de artefactos funerarios se hace claramente evidente.

La presencia de estatuillas funerarias es particularmente significativa. Hombres y mujeres por igual aparecen de pie, en raras ocasiones sentados, con un cierto énfasis en las características sexuales primarias. Sólo unas pocas de las miles de tumbas excavadas contienen estas figurillas, y normalmente sólo hay una, siendo raros los grupos de dos o tres de ellas. El mayor número encontrado en un solo enterramiento es de dieciséis figurillas.

Basándonos en el análisis de las otras ofrendas, las tumbas que contenían múltiples estatuillas no eran particularmente ricas en otros aspectos, y en ocasiones estas figurillas talladas representaban el total de la ofrenda funeraria. ¿Se tratarían de tumbas de escultores? Cualquiera que fuese su significado, la presencia de tales objetos parece indicar más exclusividad que riqueza, como se desprende de la mera cantidad de elementos funerarios. El uso de cuchillos de cobre y de sílex como ofrendas funerarias nos hace plantearnos la misma cuestión durante la fase Naqada II.

La representación de una forma más o menos esquemática de cabezas de hombres barbudos parece constituir otra nueva categoría de representación humana en Naqada I, que tendría un mayor desarrollo en Naqada II. Aparecían representadas en algunos pequeños “throwsticks” (instrumento curvo de madera utilizado para cazar aves parecido al bumerán) tallados en marfil, o en puntas de colmillos de hipopótamo o elefante, en las que el tema repetitivo de estas representaciones consistía en la presencia de una barba triangular compensada con una especie de “gorro frigio” agujereado; gorro cónico de color rojo, puntiagudo, ajustado, muy popular durante la Revolución Francesa y en los EEUU antes de 1800 por ser símbolo de la Libertad. Tiene su origen en Frigia (1.200-700 AC), reino dominante en el centro de Anatolia (Turquía) donde lo solían llevar sus habitantes en la antigüedad.

Contrariamente a con las mujeres, a los hombres no se les identificaba sólo por sus características sexuales primarias sino mediante otra característica secundaria y el estatus social que ésta les confería. La barba era, evidentemente, un signo de poder, y en su versión de “falsa barba” ceremonial llegó a estar estrictamente reservada para tomar asiento en el mentón de reyes y dioses.

Otro símbolo de poder que caracteriza a la fase Naqada I es la cabeza de maza con forma de disco, normalmente tallada en roca dura, pero a veces en materiales más blandos, como caliza, terracota e incluso cerámica sin cocer, yendo en ocasiones provista de un puño. Y fue durante este período cuando empiezan a desarrollarse nuevas técnicas para trabajar piedras duras y blandas, tales como el greywack (variante de caliza caracterizada por su dureza), el granito, el pórfido o “piedra púrpura”, la diorita, la breccia (conglomerado de diferentes minerales), la caliza y el alabastro egipcio, artesanía esta que eventualmente contribuiría a que la cultura egipcia se conociese como la “Civilización de la Piedra” par excellence.

Las paletas de greywack se convierten en el artículo a elegir para los equipos funerarios durante el período Amratiense. Estas paletas acaban estallando en innumerables formas; desde un simple óvalo, a veces tallado con figuras de animales, a elementos zoomorfos completos, incluyendo peces, tortugas, hipopótamos, gacelas, elefantes y pájaros, aunque la gama de animales representados en recipientes pintados llegó a ser, sin embargo, mucho más amplia.

La producción de objetos de hueso y de marfil tales como punzones, taladros, agujas y peines, aumentó, e incluso mejoró el repertorio de la cultura Badariense que la precedía. No han sido muchos los útiles trabajados que se han encontrado en enterramientos de Naqada I pero lo inusual de tales hallazgos se equipara a su calidad.

Estas largas y delicadas hojas bifacialmente laminadas de hasta 40 cm de largo iban regularmente serradas y su característica principal consistía en que todas habían sido pulimentadas antes de ser retocadas.

Este proceso fue también utilizado en preciosas dagas con hojas bifurcadas, que se anticipaban así a los instrumentos ahorquillados del Imperio Antiguo, como el conocido como pesesh-kef utilizado en la ceremonia funeraria de la Apertura de la Boca.

La esteatita vidriada, ya conocida en el período Badariense, continuó en uso. Los primeros intentos de trabajar la fayenza parecen datar de la fase Naqada I, en los que a un núcleo de cuarzo machacado se le daba la forma deseada y se cubría con una capa de un vidriado confeccionado a base de natrón coloreado con óxidos metálicos.

El trabajo en metal muestra algunas diferencias con el del período Badariense, además de una ampliación del repertorio que incluye artefactos tales como alfileres, arpones, cuentas, alfileres con aros para colgar y pulseras, casi siempre en cobre trabajado a martillo. Las puntas de lanza bifurcadas encontradas en una tumba en el-Mahasna que imitan especímenes trabajados en piedra evocan comparación con las técnicas de fabricación en metal empleadas por sus vecinos del norte en Maadi, como veremos más adelante.

La imagen que obtenemos del análisis de tumbas y de su contenido es el de una sociedad estructurada y diversificada, con tendencia hacia la organización jerárquica, en la que los rasgos de una civilización faraónica se vislumbran ya de forma embrionaria.

Comparados con los sgnificativos restos del mundo de los muertos, los vestigios que han prevalecido del asentamiento Naqada I son escasos; no sólo porque pocos han sido los yacimientos de este tipo que se han conservado sino también por la naturaleza de las propias prácticas predinásticas de utilización de la tierra.

Puesto que las construcciones que componían los asentamientos se edificaban con una mezcla de barro y materiales orgánicos, como pudo ser la madera, la caña y la palmera, su vida era efímera, así que el trabajo del arqueólogo se presentaba considerable para al final obtener unos datos mínimos.

Entre los vestigios de chozas subdivididas hechas a base de tierra batida - que por cierto no se sabe si se pueden catalogar como tales viviendas - encontramos hoyos para hacer la lumbre y para colocar postes. Las zonas habitables se identifican por los depósitos de material orgánico de docenas de centímetros de espesor.

La única construcción que se conoce que haya sobrevivido fue excavada en Hierakonpolis, donde un equipo americano desenterró una estructura, quemada, hecha por el hombre, consistente en un horno y una casa rectangular parcialmente cercada por un muro de 4’0 x 3’5 m. Aunque es posible que este tipo de vivienda hubiese estado presente en todos los asentamientos del Valle del Nilo en estas fechas, no debemos olvidar que Hierakonpolis puede haber sido una excepción por constituir un importante emplazamiento desde tiempos remotos que a partir de ese momento se convertirá en el núcleo de un grupo de élite, a juzgar por sus sepulturas a gran escala.

Una de las razones que justifica la escasez de asentamientos excavados es el impreciso conocimiento de la economía de Naqada I.

Las especies de animales domesticados que aparecen representadas entre los restos funerarios son las cabras, las ovejas, los bóvidos y los cerdos, que han sobrevivido bien en forma de ofrendas de alimentos o como meras figurillas modeladas en barro.

En cuanto a la fauna salvaje, las gacelas y el pescado abundaban. Se cultivaba la cebada y el trigo así como los guisantes y las arvejas, y el fruto del jujube o "dátil chino", posible ancestro de la sandía.

NACADA II (GERZEENSE)
Durante la segunda fase de la cultura Naqada tuvieron lugar cambios fundamentales. Esta evolución, sin embargo, se produjo no en los márgenes de su cultura sino en su zona interior Amratiense; en esencia, se debería hablar más de una evolución que de una ruptura brusca. La fase Naqada II se caracterizó primordialmente por la expansión, ya que la cultura Gerzeense se extendió desde su origen en Naqada hacia el norte, Abu Omar, en dirección al Delta, y hacia el sur hasta la misma Nubia.

Hubo una clara aceleración de la tendencia funeraria que se vislumbraba ya en la cultura Amratiense, en la que unos cuantos cuerpos se enterraron en tumbas de mayor tamaño y más elaboradas que contenían ofrendas más ricas y abundantes. Buen ejemplo de dicha tendencia lo encontramos en el Cementerio T, en Naqada, y en la Tumba 100, conocida como “La Tumba Pintada”, en Hierakonpolis.

Los cementerios Gerzeenses ofrecen un amplio abanico de tipos de enterramientos, desde simples zanjas redondas u ovales, pobres en ofrendas, hasta tumbas en recipientes de cerámica y zanjas rectangulares subdivididas en particiones, hechas de ladrillo y paja, provistas de compartimentos para las ofrendas.

Encontramos ataúdes de madera y de cerámica secada al aire libre, así como las primeras muestras de cadáveres envueltos con tiras de lino. Este tipo de “momificación” se encuentra testimoniada en una doble tumba, en Adaïma, un yacimiento del Alto Egipto cerca de Hierakonpolis en excavación desde 1990 por el Instituto Arqueológico Francés en El Cairo.

Los enterramientos de Naqada II suelen ser individuales, si bien se fueron haciendo más corrientes los enterramientos múltiples de hasta cinco personas.

Los rituales funerarios se fueron haciendo cada vez más complejos, a veces con el desmembramiento de los cuerpos, práctica no testimoniada en el período precedente. En la Tumba T5, en Naqada, una serie de huesos largos y cinco cráneos aparecían alineados a lo largo de las paredes de la tumba, y en Adaïma, encontramos algunos casos de cráneos separados de los torsos.

Ya Petrie, de nuevo, apuntó la posibilidad de la existencia de sacrificios humanos, y tenemos dos casos identificados en Adaïma con clara evidencia de gargantas seccionadas y decapitación posterior. Aunque escasa y dispersa, esta posible evidencia de sacrificio auto-infringido podría representar el preludio de los sacrificios humanos masivos existentes alrededor de las tumbas reales de principios del Período Dinástico en Abydos que marcaron el punto de inflexión en el nacimiento de la realeza egipcia en el Período Dinástico.

Los nuevos tipos de cerámica hacen su aparición. Primero aparece la cerámica “tosca”, encontrada en tumbas que datan de este período pero que más tarde se encuentra en contextos domésticos y, luego el llamado “marl ware”, o recipiente de marga, modelado en barro calcáreo procedente de los wadis del desierto, más que del Valle del Nilo.

La cerámica de marga - tipo de roca sedimentaria compuesta principalmente de caliza - a veces decorada con pintura marrón-ocre, sustituye a la cerámica roja decorada con pintura blanca de la fase Naqada I.

Hay dos tipos de motivos: el geométrico, que consiste en triángulos, chevrones, espirales, dibujos a cuadros y líneas onduladas, y el representacional. El repertorio se limita a unos diez elementos, combinados según un sistema de representación simbólico que aún no se ha sabido interpretar correctamente.

El motivo predominante en el arte representacional del período lo constituye el barco; su omnipresencia refleja la importancia del río, no sólo como proveedor de pescado y ave salvaje, sino también como canal de comunicación, indispensable para la expansión hacia el norte y el sur de la cultura Naqada.

Era por barco como se obtenía la materia prima, como ocurría con el marfil, el oro, el ébano, el incienso y la piel del gato salvaje, procedentes del sur; y el cobre, los aceites, la piedra y las conchas, procedentes del norte y del este. En su mayoría destinados a una élite cuya posición social cada vez se iba distinguiendo más del resto de la población.

En estas imágenes, el barco representa, por un lado, un medio de transporte; por otro, un símbolo de estatus social. Por otra parte, está claro que a partir de estas fechas, El Nilo, que fluye de sur a norte, se habría transformado ya en un río mítico en el que navegaron los primeros dioses. Los lazos entre el orden humano y el orden cósmico se estaban estableciendo.

Durante la fase Naqada II, tuvo lugar un considerable desarrollo en las técnicas del trabajo en piedra. Se descubrieron variedades de caliza, alabastro, mármol, serpentina, basalto, breccia (conglomerado también conocido como “brecha”), gneis (roca metamórfica compuesta por los mismos minerales que el granito), diorita y gabro (roca plutónica), que se explotaron a lo largo de todo el Valle del Nilo, así como en el desierto; en especial en Wadi Hammamat.

El continuo progreso en el arte de la talla de recipientes de piedra preparaba el camino para los grandes logros de la arquitectura de piedra en el período faraónico. El famoso “Cuchillo Gerzeense”, de este período, se encuentra entre los mejores y más finos ejemplos de trabajo en sílex de todo mundo.


Las paletas cosméticas van siendo menos frecuentes y evolucionan hacia formas triangulares y romboidales, pero a la vez se empiezan a decorar con relieves, iniciándose así una línea de evolución hacia las paletas decoradas de estilo narrativo de la fase Naqada III.

Las cabezas de maza en forma de disco del período Amratiense se sustituyen por las de forma de pera, o macehead, de las que tenemos dos ejemplos aparecidos en un asentamiento del temprano Neolítico en Merimda Beni Salama. Para la fase Naqada II, la “macehead” se convertiría de forma misteriosa en símbolo de poder, y durante el período faraónico era el arma que empuñaba de forma característica el rey victorioso.

El trabajo en cobre se intensifica; y no se limita ya a objetos pequeños, sino que gradualmente se empiezan a fabricar ejemplares que van sustituyendo a los fabricados en piedra, tales como hachas, cuchillas, pulseras y anillos. Paralelamente a los avances del cobre, va creciendo el uso del oro y de la plata, y yacimientos como el de Adaïma sugieren que la creciente atracción del metal podría, de algún modo, justificar la gran mayoría de los robos de tumbas llevados a cabo durante el Período Predinástico.

El cuadro que se nos ofrece de la sociedad de Naqada II nos muestra una “blue print” de la evolución de una clase artesanal que se especializó en servir a una élite.

Este hecho tiene dos implicaciones: La primera, que tiene que haber habido una economía capaz de mantener a grupos artesanos no autosuficientes durante al menos una parte del año y, segundo, que tienen que haber existido centros urbanos que amalgamasen a clientes, talleres y artesanos aprendices, y que facilitasen servicios para el intercambio comercial.

El proceso de evolución cultural estuvo siempre vinculado a El Nilo. Como nos hace ver Michael Hoffman en su interpretación de los restos predinásticos de Hierakonpolis, los asentamientos se agrupaban cerca del río, que mantenía la tierra cultivada, y donde técnicas sencillas de irrigación podían sacar partido de las inundaciones anuales. Todo el Valle del Nilo estaba cubierto por una cadena de aldeas a las que normalmente se les conoce por sus cementerios, que aún perduran.

Tenemos evidencia de la existencia de diferentes especies de cebada y trigo, lino, frutas varias (como la sandía y el dátil) y de verduras.

Como en el período precedente, el ganado consistía en vacas, cabras, ovejas y cerdos. En cuanto a animales domésticos, a juzgar por sus tumbas en el asentamiento de Adaïma, el perro disfrutaba de un estatus especial.

El pescado también jugaba un importante papel en la dieta, mientras que la caza mayor de mamíferos ribereños y procedentes del desierto, tales como hipopótamos, gacelas y leones, se fue viendo cada vez más restringida socialmente, hasta convertirse en prerrogativa de los grupos dominantes.

Tres grandes centros se alzaron en el Alto Egipto: Naqada, la “Ciudad del Oro” en la boca de Wadi Hammamat; Hierakonpolis, más al sur; y Abydos, donde se ubicaría la necrópolis de los primeros faraones.

Dos grandes zonas residenciales fueron descubiertas en Naqada por Petrie y Quibell en 1895: la "Ciudad del Sur", en la parte central del yacimiento, y la "Ciudad del Norte". La primera muestra una construcción rectangular, de grandes dimensiones, 50 x 30 m, que bien puede tratarse de restos de un templo, o de una residencia real. Al sur de esta estructura, se vislumbra un grupo de casas rectangulares y un muro de cerramiento. Estos dos elementos son típicos de los emergentes pueblos de Naqada II.

Puede que la evidencia arqueológica primaria de asentamientos de la época sea escasa, sin embargo, dos artefactos de contextos funerarios ayudan a compensar tal deficiencia. El primero se trata de un modelo-maqueta de casa de terracota de una tumba Gerzeense, en el-Amra. El segundo, de otro modelo de una tumba Amratiense, en Abadiya, que representa un muro almenado detrás del cual aparecen dos personas de pie; la fecha Amratiense de este último sugiere la época en que se empezaron a utilizar estas viviendas.

CULTURAS DEL EGIPTO NÓRDICO (Incluyendo el Complejo Maadi)

El complejo cultural Maadiense, consistente en una docena de yacimientos, no había visto aún la luz hasta recientemente. Estos yacimientos incluyen el cementerio excavado y el propio complejo del asentamiento de Maadi, un suburbio de El Cairo moderno.

La cultura Maadiense aparece durante la segunda parte de Naqada I y continúa hasta Naqada IIc y IId, cuando se ve eclipsada por la propagación de la cultura Naqada II, cuyo ejemplo encontramos en los cementerios de el-Gerza, Haraga, Abusir el-Melek y Minshat Abu Omar.

Los yacimientos neolíticos más antiguos se han descubierto en esta parte del Valle del Nilo, en la región de el-Fayum, en Merinda Beni Salama y el-Omari, y son estos yacimientos los que representan la tradición de donde emerge la cultura Maadiense del material.

La cultura Maadiense difiere en todas sus características de otros yacimientos de datación similar del Alto Egipto. En una situación inversa, en los yacimientos de la cultura Naqada, los cementerios eran mucho menos destacables en el registro arqueológico, por lo que la mayor parte de nuestro conocimiento proviene, en cambio, de los asentamientos.

En Maadi, los restos predinásticos cubren cerca de 18 hectáreas de terreno, incluyendo el cementerio. En la segunda mitad del siglo XX, se excavó un área de unos 40.000 metros cuadrados. La profundidad de los depósitos arqueológicos es de casi dos metros, incluyendo cúmulos de basura preservada in situ, cuya estratigrafía es compleja.

Las estructuras excavadas muestran que había tres tipos de restos de asentamiento, uno de ellos es único en un contexto egipcio, ya que presenta reminiscencias de los yacimientos de Beersheba al sur de Palestina.

Entraña casas excavadas en roca viva en forma de grandes óvalos de 3 x 5 m de superficie y 3 m de profundidad, a las que se accedía por medio de un pasadizo también excavado en la roca; las paredes de una de estas casas subterráneas estaban recubiertas de piedra y ladrillos hechos con limo seco de El Nilo; pero este es el único caso conocido del uso de ladrillo hecho de lodo en Maadi. La presencia de hogares de lumbre, jarras a medio enterrar y desechos domésticos, sugiere que se trataba de auténticas viviendas.

Los otros tipos de construcción doméstica de Maadi, ya han sido testimoniados en otros lugares de Egipto: Primero, una especie de cabaña oval, con hogares en el exterior y jarras de almacenaje a medio enterrar y, segundo, un estilo de casa rectangular de las que sólo quedan las estrechas zanjas de cimentación de los muros, supuestamente construidos utilizando material vegetal.

En general, se pude decir que la cerámica Maadiense es globular, de base ancha y plana, cuello más o menos estrecho, y canto quemado, parcialmente hecha de barro aluvial y raramente decorada, excepto en ocasiones con marcas de incisiones aplicadas después de la cocción.

Interesa señalar que los estratos más antiguos en los yacimientos de Buto (Tell el-Iswid) y Tell Ibrahim Awad, incluyen fragmentos decorados con impresiones que son reminiscencias de la cerámica saharo-sudanesa.

Lazos con el Alto Egipto de dataciones retrotraídas al período anterior a la cultura Maadiense, los testimonian la presencia de fragmentos de vasijas importadas de ejemplares rojos rematados en negro, que se entremezclan con sus descoloridas imitaciones de Maadi hechas localmente.

Contrariamente, los lazos comerciales con la Temprana Edad de Bronce palestina son responsables de la presencia de las distintivas cerámicas de pie, con cuello, boca y asas decoradas en mamelons (protuberancias o pezones), hechas de un barro calcáreo, que contenían productos importados, como aceites, vino y resina.

Así que la cultura Maadiense fue una especie de cruce de caminos sujeto a las influencias del Desierto Occidental; quizás en una asociación extremadamente lejana, del Oriente Próximo y de los emergentes reyezuelos de Naqada, en el sur.

La influencia palestina es también claramente discernible en el sílex trabajado de la cultura Maadiense. En contraste con la industria del sílex local, que esencialmente empleaba la tecnología “pressure-flake” o "lasca mediante presión", los conjuntos Maadienses también incluyen grandes raspadores circulares extraídos de grandes nódulos de superficies lisas, muy conocidos por todo el Oriente Próximo.

También aparecen en los yacimientos Maadienses bellas hojas afiladas de bordes rectilíneos, conocidas como “Hojas Cananeas”, que acabarían evolucionando hacia los cuchillos del período faraónico (en realidad raspadores dobles), que constituirían elementos del equipo funerario real hasta finales del Imperio Antiguo, a veces pulimentados, y a veces reproducidos en cobre, e incluso en oro.

Las piezas bifaciales, en número escaso, incluían puntas de proyectil, dagas, y hojas para hoces. Estas últimas eran productos de la tradición local (hoces bifaciales de el-Fayum) que fueron gradualmente sustituidas por un nuevo estilo de hoz procedente de Oriente Próximo, montada en una hoja.

La comparativa escasez de paletas cosméticas de “greywacke” importadas del Alto Egipto, parece una indicación de su limitada disponibilidad y, por lo tanto, de la lujosa naturaleza del objeto. Por otra parte, la abundancia de paletas de caliza dan muestra de señales de desgaste que indican su frecuente uso cotidiano.

Las cabezas de maza son de las de forma de disco, características de las culturas Amratiense y temprana Gerzeense.

Aparte de algunos peines importados del Alto Egipto, los objetos de hueso y marfil pulimentados incluyen el repertorio tradicional de agujas, arpones, taladros y punzones.

Se ha encontrado un gran número de dardos de “catfish” que consisten en la primera espina de las aletas pectorales y dorsales del pez, en su mayoría en tinajas, probablemente en conserva para su exportación.

Existen muchas indicaciones que apuntan a la participación de Maadi en contactos comerciales e interculturales, y en este contexto, es significativo el rol del cobre del que aparecen no sólo piezas sencillas como agujas y arpones, sino también barras, espátulas y hachas. Estos útiles se fabricaban en piedra en las culturas de Fayum y Merimda mientras que en Maadi eran de metal.

Esta situación es paralela a la de Palestina en el mismo período, donde las hachas de piedra pulimentada desaparecieron por completo, siendo sustituidas por sus versiones en metal, aunque, eso sí, utilizando técnicas diferentes a las usadas en Maadi.

Esta sustitución de la piedra por el metal no pudo ser una mera coincidencia, sino más bien un proceso de avance tecnológico que es, a la vez, indicación y resultado directo de una auténtica simbiosis entre dos regiones. También se han encontrado grandes cantidades de mineral de cobre en Maadi, que bajo análisis ha revelado una posible procedencia de la región de Timna o Fernan, ambos yacimientos de mineral de cobre en Wadi Arabah, en la esquina sureste de la península de Sinaí.

Sin embargo, más que el mineral se procesase en el mismo Maadi, es más probable que fuese en principio importado para su proceso en cosméticos, y que el proceso inicial se hubiese llevado a cabo cerca de las propias minas.

A pesar de la participación del pueblo de Maadi en una red de contactos con el Oriente Próximo, su cultura fue, sobretodo, sedentaria, de pastoreo y agricultura. Hay algunas muestras de fauna salvaje, ligero contrapeso de la enorme cantidad de animales domesticados, tales como cerdos, cabras y ovejas que, aparte del perro, constituían la dieta básica de carne de la comunidad. El asno, sin duda, servía como transporte de mercancías.

Los kilos de grano encontrados en jarras y en fosas de almacenamiento incluyen el trigo y la cebada (Triticum monococcum, Triticum dicoccum, Triticum aestivum, Triticum spelta, Hordeum vulgare), así como legumbres (lentejas y guisantes)

Comparado con la clara evidencia de actividad agrícola en Maadi, el entierro del difunto era prácticamente modesto, lo que apuntaría a una sociedad que quizás habría experimentado pocos cambios desde el Neolítico, a la vez que mostraba una evidente carecía de estratificación y jerarquía.

Se ha recuperado un total de 600 tumbas Maadienses frente a 15.000 predinásticas en el sur. Contribuyen a este desequilibrio factores geográficos y geológicos; los cementerios del norte, ubicados en zonas propensas a fuertes inundaciones, podrían encontrarse enterrados en gruesas capas de limo de El Nilo.

Esto, por otra parte, no lo explica todo, porque también es evidente el contraste que se aprecia entre la calidad y la cantidad de componentes funerarios en el norte, y la situación en el Alto Egipto.

Las tumbas del Bajo Egipto se caracterizan por su extrema sencillez, consistentes en simples fosas ovales, con el finado en posición fetal, arropado con una estera o un trapo, y acompañado de una o dos piezas de cerámica y, a veces, ni eso.

No obstante, mientras repasamos el desarrollo de las culturas del Egipto nórdico, que consisten en tres fases que más o menos corresponden a los cementerios de Maadi, Wadi Digla y Heliópolis, algunas tumbas aparentan estar mejor equipadas que otras, pero en ninguna de ellas se aprecia nunca de forma visible un lujo ni siquiera comparable al que encuentramos en las del Alto Egipto.

Aún siendo así, se puede discernir una tendencia gradual hacia la estratificación social, y es muy posible que la mezcla de tumbas de perros y de gacelas con las de seres humanos forme parte de este proceso de cambio social.

La fase final de la cultura Maadiense representada por las primeras capas estratigráficas de Buto coincide con la mitad de la fase Naqada II, niveles II c y d.

En el excepcional yacimiento de Buto, existen siete estratos arqueológicos sucesivos en los que se hace patente la transición entre las fases Maadienses y las protodinásticas que las solapan. Durante esta transición, se percibe un incremento en los estilos de la cerámica Naqada, a la vez que la Maadiense va desapareciendo. Es así, pues, que el fin de la cultura Maadiense no constituyó un fenómeno abrupto como el yacimiento de Maadi sugiere, sino más bien un proceso de asimilación cultural.

Es más que probable que por su localización fluvial y marítima, Buto disfrutase de una ubicación privilegiada para un boyante comercio y que, además, incorporase un palacio para los soberanos locales.

Mientras que los datos arqueológicos de Buto son menos llamativos que los restos de Naqada, tuvo lugar aquí un proceso de desarrollo cultural que condujo, de igual manera, a un aumento de la complejidad social, generando eventualmente una sociedad caracterizada por sus propias creencias, ritos, mitos e ideologías.

Fue esta la precondición necesaria para el próximo gran paso hacia la historia de Egipto que se dio en Naqada III y en los períodos de las primeras dinastías.

COMENTARIO EX PROFESO

Terminamos así esta amplia e interesante exposición tan profesionalmente desarrollada y amenamente expresada por su autora, la Profesora Béatrix Midant-Raynes quien, fiel a la filosofía global del corpus de la obra de Ian Shaw, nos ha llevado de la mano a través del Período Naqada en un recorrido en el que se ha hecho hincapié en su desarrollo socio-económico y sus procesos evolutivos, sin apartarse un ápice del tema base, y con una agradable y meritoria puesta al día de los más recientes acontecimientos conexos.

En cuanto a mi trabajo, ha consistido, en este caso, más en una transcripción que en una versión libre al haberme querido ajustar al texto en inglés, de mayor fluidez y redacción más afín a la mía propia que los de anteriores autores, quizás por proceder, en origen, de un autor de habla latina.

Es así que, el texto inglés del que esta “Hoja Suelta” procede, no ha sabido desprenderse totalmente de ese “touche” del que debe disfrutar la obra original en francés de su autora, lo que ha facilitado mi labor a la hora de lograr una redacción fluida y directa, cosa que no ha sido tan fácil con anteriores autores, en determinados temas.

Mi aportación, pues, no ha podido pasar de ser, como en mis últimas intervenciones de características similares, aclaraciones y/o ampliaciones esporádicas de conceptos, o definiciones de términos para mí poco conocidos que, por otra parte facilitan el seguimiento general del tema. Y en lo que a mí propio interés respecta, sirven para rellenar con trozos de conocimiento esos “baches” de ignorancia que dificultan ese mi caminar en este angosto sendero de mi vida hacia el Egipto Milenario, en la velada esperanza de que el tiempo me deje ver al menos un trozo de ese camino relleno, compactado, liso, y sin baches.


Eso sí, la "Introducción", el "Preámbulo" y, por supuesto, el "Comentario ex profeso", son de mi propia y modesta cosecha.

Y ha llegado para mi el ansiado momento de abrir la gran puerta de Naqada III, tras la que, al fin, me estará esperando, para estrechar mi mano, la Dinastía 0.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 28 de mayo de 2009

Bibliografía:

“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Prehistoria”, Tomos I y II. Dra. Ana María Amilibia y otros. UNED 2001.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”, Tomo I, 2ª Parte. Dra. Ana Mª Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“Ancient Egypt. Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp. Routledge, 2006.
“The Prehistoric Egypt”, W.M. Flinders Petrie, British School of Archaeology in Egypt and Egyptian Research Account. London, 1920.
“Diccionario de Prehistoria”, Mario Menéndez, Alfredo Jimeno y Víctor M. Fernández, Alianza Editoral. 2001.
The British Museum Database.
Musée du Louvre”.