Mostrando entradas con la etiqueta Faiyum. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Faiyum. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de agosto de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 1/7

Collar de fayenza y cuentas de concha procedente de una tumba en Hu. Primer Período Intermedio, 2.181-2.055 A.C. La mayoría de sus cuentas son de fayenza, excepto las de los grupos de tres discos blancos, más grandes, que son de concha. Estas cuentas se ajustan con total precisión a la descripción que de ellas hace su excavador, Flinders Petrie, que en sus notas resalta la pobreza del ajuar funerario que consistía, escasamente, en unas pocas vasijas, amuletos y cuentas, propio de un individuo no perteneciente a la élite.

PREÁMBULO

A raíz de la muerte del faraón Pepy II, Egipto pasa a estar controlado por un grupo de gobernantes – Dinastías VII y VIII – de cortos reinados. El poder queda, pues, visiblemente fragmentado. El norte, dominado por los soberanos de Heracleópolis; mientras que en el sur, era Tebas que imponía su dominio.

Las obras literarias que hacían referencia al pasado lo hacían influenciadas por el preocupante estado de fragilidad del estado y la incierta situación del ciudadano dentro del mismo.

Los monumentos lujosos de este período son más bien escasos; en cambio, la decoración de las tumbas cavadas en roca de los gobernadores de provincia floreció durante este período de desunión política. Las inscripciones pretendían llamar la atención sobre la libertad del individuo; a veces en referencia a conflictos locales. El uso más frecuente de símbolos y conceptos funerarios, hasta entonces privativo del faraón, parece indicar que los miembros de una escogida élite podían ahora aspirar a ellos después de la muerte.

El control del sur acabaría finalmente pasando a manos del faraón tebano Nebhepetre Mentuhotep II, hacia 2.055-2.004 A.C., que se convertiría así en el primer monarca de la Dinastía XI de un Egipto unido, dando comienzo el Imperio Medio. Poco se sabe de sus campañas de reconquista de las tierras del norte.

El mayor monumento que nos ha llegado de este Primer Período Intermedio es el templo mortuorio de Nebhepetre Mentuhotep II, en Deir el- Bahri, cerca de Tebas.

Y en este punto, vamos a dar paso a una nueva “Hoja Suelta” con la que iniciaremos un recorrido por este Primer Período Intermedio; y lo haremos, esta vez, de la mano del Profesor Stephen Seidlmayer, de la Berlin-Brandenburgische Akademie der Wissenschaften, cuyo erudito conocimiento del tema lo convierten en guía ideal en esta particular andadura.

INTRODUCCIÓN

Tradicionalmente, los Egiptólogos han diferenciado los grandes períodos de la historia faraónica en base a la situación política del estado. Los “Imperios”, definidos como tiempos de unidad política bajo un gobierno centralizado fuerte, se alternaban con otros “períodos intermedios” que, en contraste, se caracterizaban por la rivalidad entre gobernantes locales en sus demandas de poder.

En el que aquí nos atañe, el Primer Período Intermedio, la larga línea de faraones que habían gobernado el país desde Menfis se interrumpió con los últimos faraones de la Dinastía VIII. A partir de este momento, el poder lo ostentaron un rosario de gobernantes de Heracleópolis Magna, originarios de esta localidad situada hacia el norte del Egipto Medio, cerca de la entrada al Faiyum.

Estos reyes aparecen en la historia de Manetón como pertenecientes a las Dinastías IX y X, habiendo sido equivocadamente subdivididas en el curso de su transmisión de la lista-real original, como ya vimos en nuestro Capítulo 1, en el comentario sobre la Aegiptiaca de Manetón.

El traslado de la residencia real de Menfis a Heracleópolis, para los egipcios evidentemente significaba alguna forma de ruptura. Esto lo sugiere el hecho de que los recopiladores de la Dinastía XIX del Canon de Turín insertasen un gran total para los comienzos de la historia egipcia tras la lista de gobernantes de la Dinastía VIII. Además, la lista-de-reyes del templo de Seti I de Abydos no da nombres reales para el período que va de la Dinastía VIII al inicio del Imperio Medio.

De hecho, Heracleópolis nunca llegó a ejercer control sobre el sur del Alto Egipto. Aquí, en el curso de prolongadas luchas entre magnates locales, una familia de “nomarcas” tebanos acabó estableciéndose como fuerza visible, asumió para sí títulos de realeza, y así apareció en los anales de la realeza egipcia como Dinastía XI.

A partir de este momento, dos estados competidores inician una confrontación dentro del territorio egipcio hasta que, finalmente, después de un largo período de guerras intermitentes, el faraón tebano Nebhepetra Mentuhotep II acabó derrotando a su homólogo de Heracleópolis, y volvió a unificar el país bajo un único control tebano, dando así entrada al Imperio Medio.

Y es a este período de tiempo, entre la Dinastía VIII y el reinado de Nebhepetra Mentuhotep II, al que le vamos a dedicar el presente Capítulo 6.

PROBLEMAS CRONOLÓGICOS

De la segunda parte del Primer Período Intermedio – la fase de competición directa entre Tebas y Heracleópolis, que duró entre unos 90 y 110 años - se está relativamente bien informado.

Pero, de la primera – la fase anterior al advenimiento de la Dinastía XI durante la que Heracleópolis gobernó – hay más sombras que luces. Existe una escasez de información de inmediato valor cronológico, resultado de la pérdida de la mayoría de los nombres vinculados a Heracleópolis, y de cualquier información relativa a la duración de los reinados de sus dignatarios en el Canon de Turín, así como por el insatisfactorio estado en que se encuentra la investigación arqueológica en el Egipto Medio y en el Delta, centro neurálgico del reino de Heracleópolis.

Precisamente por esa falta de datos relacionados con personajes significativos de Heracleópolis, hubo un momento en el que incluso se llegó a pensar que no había existido período alguno durante el que gobernantes de Heracleópolis hubiesen sido los únicos dirigentes - al menos nominalmente – y que habrían sido coetáneos con la Dinastía XI.

De cualquier forma, esto es imposible ya que se conoce la existencia de destacados individuos así como de acontecimientos políticos importantes que sólo pueden situarse entre las Dinastía VIII y la XI.

La existencia de estudios detallados sobre la sucesión de los titulares de cargos administrativos y sacerdotales en varias ciudades del Alto Egipto, así como de estudios sobre la evolución del material arqueológico, parecen sugerir de forma contundente que ese intervalo entre la Dinastía VIII y la XI cubrió un período de tiempo considerable, que probablemente abarcaría de tres a cuatro generaciones.

Por otra parte, la cifra que Manetón aporta como duración de su Dinastía X puede considerarse como respaldo a la estimación hecha de casi dos siglos de duración total del Primer Período Intermedio; valoración que estaría en perfecta sintonía con la evidencia prosopográfica y arqueológica de que se dispone.

NATURALEZA DEL PRIMER PERÍODO INTERMEDIO

No obstante, el Primer Período Intermedio no fue sólo una época de desorden en lo que a la sucesión a la Corona de Egipto se refiere; también supuso un período de crisis, y a la vez de desarrollo, que afectó profundamente a la sociedad y a la cultura egipcia.

Y esto se va a poder apreciar inmediatamente que entremos en contacto con las evidencias que se desprenden de los monumentos, ya que los complejos funerarios de faraones y altos dignatarios del Imperio Antiguo, en los cementerios de la capital, Menfis, juegaron un papel destacado que nos va a permitir visualizar y dar forma a lo que era el estado egipcio. Esta serie de espectaculares edificios se interrumpe después del reinado de Pepy II, y no reaparece hasta la construcción del templo funerario de Mentuhotep II, en Deir el-Bahri, en la Tebas occidental.

Para poder conjugar estos hechos, el límite cronológico superior del Primer Período Intermedio a veces se sube, para que pueda acoger a las tres décadas durante las que los últimos faraones de la línea menfita, después del reinado del faraón Pepy II,
todavía mantenían el poder.

El que se haya usado, pues, cierta licencia en la elaboración del esquema cronológico a efectos de poder dividir la Historia Egipcia en dinastías, no está totalmente injustificado. De hecho, el monumento funerario a gran escala puede entenderse como una clara evidencia, no sólo de la naturaleza de las instituciones estatales básicas, sino también de que aún funcionaban.

El impresionante vacío detectado en el registro monumental del Primer Período Intermedio sugiere que el sistema social se había fragmentado; tanto en su organización política como en sus patrones culturales.

También parece evidente que los datos epigráficos y arqueológicos del Primer Período Intermedio apuntan a la existencia de una floreciente cultura en las capas sociales más bajas, a la vez que un vigoroso desarrollo social en las capitales de provincia del Alto Egipto.

Se diría que, más bien que un colapso total de la sociedad y de la cultura egipcia, el Primer Período Intermedio se caracterizó por un desplazamiento importante, si bien temporal, de sus centros de actividad y de dinamismo.

Para poder entender tanto la crisis del estado faraónico como los procesos que eventualmente culminarían en el restablecimiento de una organización política unificada sobre una base nueva, es crucial investigar las formas en las que las instituciones políticas estaban arraigadas en la sociedad.

Una gran parte de la historia egipcia tiende a concentrarse en la residencia real, en los faraones y en la “cultura cortesana”, pero para escribir la historia del Primer Período Intermedio es necesario concentrarse en las ciudades de provincia y en el propio pueblo, pues son ellos quienes constituyen los elementos más básicos de cualquier sociedad.

LA CAPITAL Y LAS PROVINCIAS

El estado egipcio originalmente emerge como un sistema centralizado. Desde sus primeros tiempos, sus dos instituciones claves – el Faraón y su Corte – estaban sólidamente instaladas en la capital. La élite social se concentraba también allí, junto a la pericia administrativa y el control de las tradiciones de la alta cultura. Además, las instalaciones de la religión estatal y el culto al faraón y a sus divinos antepasados se encontraban ubicadas en las inmediaciones de la capital.

La administración del país estaba en manos de los emisarios reales quienes habrían sido puestos a cargo de amplias zonas del Valle del Nilo. Aunque estos administradores trataban directamente con las provincias, aún mantenían sus lazos de adhesión con la residencia real y seguían considerándose parte de esa sociedad de élite de la capital.

Hasta bien entrada la Dinastía V, nada de lo que da fe de la grandeza del Imperio Antiguo podía verse fuera de la región menfita. Tal era el abismo de desigualdad social y cultural que separaba al país de sus gobernantes.

Pero, un profundo cambio empezó a aparecer en la Dinastía V que para finales de la VI ya se vio totalmente instalado. A partir de este período, se nombraron administradores provinciales para cada “nome” con residencia permanente en sus respectivos distritos. Como ocurrió en otras ramas de la administración, los miembros de una única familia se sucedían en el cargo.

Aunque esta maniobra política probablemente pretendía reforzar la eficiencia de la administración provincial, sus consecuencias iban a ser imprevisibles y de mucho mayor alcance.

Para empezar, significó un cambio en los patrones socioeconómicos que yacían en el propio corazón del sistema. En un principio, los recursos económicos se concentraban en la residencia real, y los redistribuía a sus beneficiarios la propia administración central.

Ahora, en cambio, los nobles que residían en provincia, tenían acceso directo a los productos del país. La discrepancia entre el centro y las provincias empezó a actuar como factor diferenciador dentro del propio y antes homogéneo grupo de funcionarios de élite.

La aristocracia de provincias estaba ansiosa por asegurarse que su estilo de vida se mantendría a la par con el de la corte real. Esto es evidente en la decoración de las tumbas monumentales que comenzaron a aparecer en los cementerios de los centros regionales por todo el país.

Patrones iconográficos, modelos textuales y el conocimiento religioso y ritual fluían de la fuente de la cultura cortesana a la periferia. Y además, el propio faraón proporcionaba artesanos especializados, ritualistas adiestrados en la propia residencia real así como productos costosos para conservar y reforzar los lazos de fidelidad entre los aristócratas de provincia y la Corte.

Estas tumbas, sin embargo, sólo representan la punta del iceberg; de hecho, eran muchos los grupos de élite de provincias que actuaban como centros independientes dentro de la organización política, manteniendo a profesionales especializados y reservando parte de la creciente producción local para sus provincias en vez de explotarla para la corte real, lo que supuso un cambio en los patrones socioeconómicos de las provincias. El Egipto rural llegó a ser económicamente más rico y culturalmente más complejo.

Y hacemos aquí un alto en el camino, que continuaremos próximamente en otra “Hoja Suelta” ampliando temas complementarios de este Capítulo 6 sobre el Primer Período intermedio, relativos al entorno provincial, a los cambios de estilo y formas como indicativos del desarrollo sociocultural, e incluso sobre las ideas religiosas. Seguiremos, pues, con el Profesor Stephen Seidlmayer.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 21 de agosto de 2009.

Bibliografía:

sábado, 21 de febrero de 2009

La Prehistoria Egipcia del Paleolítico a la Cultura Badariense (700.000-4.000 A.C.) 7/8.- El Neolítico en el Valle del Nilo


El Neolítico del Valle del Nilo
("Pinchar" y ampliar)

EL NEOLÍTICO EN EL VALLE DEL NILO (5.300-4.000 A.C.)

Desde 12.000 A.C., el norte de África estuvo sometido a una serie de cambios climáticos que afectarían de forma irremediable las condiciones de vida de su entorno.

Superada una fase de aridez que forzó a sus pueblos a desplazarse hacia el río y hacia los lagos, Egipto se tornó húmedo, y evidencias arqueológicas muestran que a partir de 6.000 A.C. la cultura Neolítica arraigó en el Valle del Nilo.

No Color del textose ha encontrado, por otra parte, rastro alguno de los pueblos que habitaron el Desierto Oriental y el Occidental que no sean los de las culturas Elkabiense y Qaruniense.

No existen indicios, por otra parte, de una apertura hacia la agricultura, que ya aparece bien establecida en el Levante Mediterráneo a partir de 8.500 A.C. en adelante.

Parece que la población egipcia continuó con su forma de vida tradicional basada en la pesca, la caza y la recolección.

Desgraciadamente, carecemos de información sobre la existencia de cualquier población humana en el Valle del Nilo durante el período 7.000-5.400 A.C.

En esta séptima “Hoja Suelta”, vamos a dar un somero repaso a las culturas que surgen de los yacimientos de el-Tarif, Faiyum y Merimda. En este último, se van a considerar los cinco niveles que engloban sus tres principales etapas culturales: Nivel I, Nivel II y Niveles III-V, denominadas Urschicht, Mittleren Merimdekultur y Jüngeren Merimdekultur, respectivamente. A las que seguirá, todavía en el Bajo Egipto, en las proximidades de Wadi Hof-Helwan, la llamada cultura el-Omari en honor a su descubridor, Amin el-Omari.

La cultura Tarifiense se conoce por un pequeño yacimiento en el-Tarif, en la necrópolis de Tebas, y otro en las cercanías de Armant. Se trata de una fase cerámica de una cultura epipaleolítica local que, no obstante, aún se desconoce. No aparenta tener ninguna conexión con la posterior cultura Naqada, y su relación con la Badariense también parece poco clara, y sus industrias líticas no muestran ninguna relación cercana.

La cultura Tarifiense se caracteriza por su industria sobre lasca, con un componente microlítico, pequeño referente al Epipaleolítico, por un lado, y algunas piezas bifaciales que anuncian una tecnología Neolítica, por otro.

Su cerámica, en su mayoría reforzada mediante fibras orgánicas, se reduce a una limitada cantidad de pequeños fragmentos.

Escasean los rastros de agricultura o de cría de animales.

Tampoco se han encontrado restos de construcciones, por lo que se supone que los asentamientos en el-Tarif fueron similares a los acampamientos del Paleolítico Final.

La cultura Faiyumiense, idéntica a la cultura Faiyum A de Gertrude Caton-Thompson, comienza hacia 5.450 A.C. y desaparece alrededor de 4.400 A.C. Las diferencias tecnológicas y tipológicas entre la Qaruniense y la Faiyumiense son tan evidentes que no hay la mínima posibilidad de que la Faiyumiense se haya desarrollado a partir de la Qaruniense. La tecnología lítica Faiyumiense está claramente relacionada con la del Neolítico Final del Desierto Occidental.

La gente vivía a lo largo de la antigua playa del lago Faiyum, y los vestigios más significativos hasta ahora encontrados consisten en grupos de fosos para el almacenamiento del grano, con frecuencia recubiertos de estera.

Y, por vez primera en Egipto, la agricultura es claramente la base de subsistencia; muy probablemente importada del Levante Mediterráneo.

Se cultivaban ciertas especies de cebada y de trigo, y también lino. De los primeros, vamos a ampliar los conceptos someramente mencionados en el trabajo original que con ocupa.

En cuanto a la cebada, la Hordeum vulgare, se cultivaba la primera de las dos especies englobadas en esta denominación: la Hordeum hexastichon L., que actualmente se usa como forraje para alimentación animal; y la Hordeum distichon L., que se emplea para la elaboración de la cerveza.

Y del trigo, una especie, la Triticum dicoccon, denominada también “farro”, en especial en Italia, era muy cultivada en la Antigüedad, especialmente en el Oriente Próximo, actualmente relegada a las regiones montañosas de Europa y Asia.

Puesto que los fosos de almacenamiento estaban en grupos, se da por supuesto que la agricultura se practicaba sobre una base comunitaria. Una zona de almacenaje consistía en unos 109 silos de entre 30 y 150 centímetros de diámetro, y una profundidad de entre 30 y 90 centímetros, lo que indudablemente representaba una capacidad de almacenaje considerable.

Aparte de la agricultura, la cría de animales era de gran importancia, con la evidente presencia de la oveja, la cabra, el ganado bovino y el cerdo.

La pesca también continuó siendo básica para la economía.

La cerámica Faiyumiense tenía un terminado basto y se modelaba en formas sencillas. Un cierto número de piezas estaban terminadas en rojo y bruñidas, pero no se han encontrado ningunas decoradas.

La industria lítica es la de lasca con componentes bifaciales menores. A partir de restos de conchas de especies procedentes del Mar Mediterráneo y del Mar Rojo, así como de paletas cosméticas de diorita nubia y cuentas de feldespato verde, se ha deducido la existencia de vínculos, supuestamente indirectos, con lugares distantes. En cuanto al cobre, no se han encontrado restos.

El amplio yacimiento de Merimda Beni Salama se encuentra situado en una terraza al borde del Delta del Nilo occidental. Los restos de escombros de los asentamientos tienen una profundidad media de 2’5 metros, y se componen de cinco niveles que corresponden a sus tres principales etapas culturales.

El Nivel I, denominado Urschicht, es claramente diferente al de etapas más recientes, y se caracteriza porque su cerámica, bruñida o sin bruñir, no va reforzada. Su decoración consiste en un diseño de espiga muy particular, poco común.

Los productos líticos de este Nivel I se caracterizan por su técnica de lasca y la presencia de numerosos raspadores carenados y otros útiles de retoque bifacial.

Los restos de asentamientos se reducen a hogares y, posiblemente, algunos residuos de frágiles refugios.

En cuanto a la economía, es probable que se limitase a una mezcla de agricultura, cría de animales (oveja, ganado bovino y cerdo), relacionada con el Levante Mediterráneo, y también de caza y pesca.

Las dataciones por radiocarbono sugieren una posición cronológica cercana a 4.800 A.C., si bien esta estimación es considerada por el excavador del yacimiento como demasiado reciente.

La cerámica con decoración de espiga se ha encontrado también recientemente en la Cueva de Sodmein, cerca de Quseir.

Es probable que entre el Nivel I y el II tuviese lugar una interrupción en la ocupación. El Nivel II, denominado Mittleren Merimdekulter, considerado por su excavador como relacionado con las culturas saharo-sudanesas, está marcado por la intensa ocupación de su yacimiento, con sencillas viviendas ovales de madera o mimbre, hogares bien elaborados, vasijas para conserva enterradas en los suelos de barro, y grandes canastas recubiertas de barro en fosos auxiliares que servían de almacenes. También se encontraron enterramientos entre las viviendas.

La cerámica es radicalmente diferente a la del período previo ya que va reforzada de paja, aunque su forma seguía siendo sencilla. Casi la mitad de la cerámica estaba bruñidas, pero sin decoración aparente.

La industria lítica es predominantemente bifacial. Por vez primera aparecen en Merimda cabezas de flecha de base cónica.

Han aparecido grandes cantidades de artefactos de hueso, marfil y concha, siendo típico el arpón de tres hileras de dientes.

La agricultura continúa siendo la base de la actividad económica pero, a juzgar por la cantidad de huesos, el ganado adquiere mayor importancia, mientras que tanto la caza como la pesca continúan estando bien testimoniadas.

No se dispone de dataciones de radiocarbono, si bien el excavador apunta a 5.500-4.500 A.C.)

Los niveles III-V corresponden a la tercera etapa cultural denominada Jüngeren Merimdekultur y se identifica como cultura Merimda “clásica”, por el nombre de su primer excavador de principios del siglo veinte.

El asentamiento consistía en un poblado grande de viviendas de barro, chozas y zonas de trabajo. Las casas, bien construidas y de forma oval, se alineaban de forma densa a lo largo de unas estrechas calles. Las edificaciones tenían entre 1’5 y 3 metros de ancho, con los suelos cavados en la tierra a unos 40 centímetros de profundidad, y paredes hechas de barro reforzado con paja, y de barro y tierra. Sus techos estaban hechos con material ligero, como ramas y cañizo.

Dentro de las viviendas se han descubierto hogares, piedras de moler, jarras para agua, y cavidades que en su día habrían contenido cerámica, lo que parece indicar que en su interior se se realizaba una serie de actividades domésticas variadas.

Los graneros se asocian con viviendas individuales, lo que vendría a demostrar que las unidades familiares eran cada vez más independientes económicamente.

Y se podría concluir, generalizando, que la organización del asentamiento en Merimda ciertamente es representativa de la organización formal de la vida de un poblado.

Entre las viviendas se han encontrado fosas ovaladas que contenían esqueletos en posición fetal, pero apenas sin ajuares u objetos funerarios. Tanto la ausencia de éstos como la situación de aquellas dentro del asentamiento, son facetas de un protocolo funerario que parece contrastar claramente con las costumbres funerarias del Alto Egipto.

Sin embargo, dado el número limitado de sepulturas, inferior a doscientas, la reducida presencia de varones adultos, y la existencia de cierto confusionismo estratigráfico, es muy posible que sólo los niños y los adolescentes fuesen enterrados dentro del asentamiento, como se sabe que ocurría en el Alto Egipto, mientras los adultos se enterrarían en zonas que más adelante serían ocupadas por viviendas. De cualquier forma, es más que probable que la mayoría de cementerios estén aún por descubrir.

La evolución de la cerámica muestra una tendencia hacia formas cerradas. El bruñido o pulimento se utilizaba con fines decorativos, y durante este período la cerámica se caracteriza por su bicromía rojo/negro oscuro con la mitad de su repertorio consistente en grandes y bastas vasijas.

Se mejora la tecnología del enquisto bifacial, en comparación con la fase inicial de ocupación en Merimda. Continúan los elementos de hueso, marfil y concha.

Los más singulares son un conjunto de estatuillas, una de las cuales consiste en una burda cabeza casi cilíndrica de un ser humano, cubierta de pequeños agujeros, que evidentemente se usaba para aplicaciones relacionadas con el cabello y la barba. La forma de los agujeros parece indicar que se utilizaban con plumas para imitar el cabello o la barba. La cabeza habría estado unidad a un cuerpo de madera, lo que haría de esta estatuilla la representación humana más antigua de Egipto que se conoce.

A juico del excavador, el período más reciente de la cultura Merimda habría sido equivalente al de la Faiyumiense. No obstante, esto ha sido confirmado sólo parcialmente mediante la datación por radiocarbono según la cual la Jüngeren Merimdekultur se debe asignar al período 4.600-4.100 A.C., por lo que, de ser así, sólo sería contemporánea con la segunda mitad de la Faiyumiense.

Y continuando en el Bajo Egipto, existen varios yacimientos en las inmediaciones de Wadi Hof-Helwan consistente en asentamientos y cementerios separados que representan a la cultura neolítica conocida como cultura el-Omari, por haber sido su descubridor Amir el-Omari. Se le data hacia 4.600-4.350 A.C. por lo que la hace contemporánea con la Jüngeren Merimdekultur.

En los asentamientos se han encontrado principalmente fosos para almacenaje de alimento y vertido de deshechos.

En cuanto a las construcciones asociadas con el entorno, es difícil su descripción, pero es indudable que se trataba de estructuras livianas.

Se empezaron a utilizar cementerios en zonas de asentamiento en desuso. Las tumbas consistían en fosas de enterramiento con los cuerpos en posición fetal, idealmente orientados al sur, reposando sobre su lado izquierdo.

La cerámica Omari siempre lleva un refuerzo orgánico (temper); sus formas son muy sencillas y muchas vasijas van bruñidas y, con frecuencia, cubiertas de pintura roja.

Como inciso, y debido al frecuente uso de “refuerzo”, o “temper” en inglés, quisiera aclarar que este concepto se refiere al material que se añade al barro antes de ser introducido en el horno para la fabricación de vasijas u otros objetos. El material puede consistir en conchas molidas, arena, fibras orgánicas, e incluso fragmentos de cerámica.

Mediante la adición de este material, se consigue reducir la expansión o contracción rápida del barro durante la cocción. El “temper” o “refuerzo” permite una distribución de la energía calorífica más nivelada a través de la pasta cerámica durante dicho proceso, e incluso durante el uso cotidiano de la vasija.

La industria lítica muestra la misma mejora de la técnica bifacial ya observada en la de Merimda II-V.

La base de subsistencia se concreta en la agricultura y la cría de animales (cabra, oveja, ganado bovino y cerdo), si bien la pesca tiene una importancia relevante en la cultura el-Omari, lo que contrasta con la caza en el desierto, que apenas se practica.

La presencia de cabras domesticadas desde alrededor de 5.900 A.C., tanto en el Desierto Occidental como en el Oriental, es sorprendente cuando se compara con su presencia en el Valle del Nilo, donde no aparecen hasta cinco siglos después.

Y terminamos aquí para dar paso, en la siguiente “Hoja Suelta”, a la cultura Badariense, considerada la primera cultura agrícola del Alto Egipto, que cubre el período 4.400-4.000 A.C., y a la que seguirá, ya en un tercer capítulo, el Período Naqada (c.4.000-3200 A.C.) a cargo de la Dra. Béatrix Midant-Reynes del Centre National de Recherches Scientifiques, Paris.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 27 de febrero de 2009.

Bibliografía:

“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2003.
“Prehistoria”, Tomos I y IColor del textoI. Dra. Ana María Amilibia y otros. UNED 2001
“Historia Antigua Universal Próximo Oriente y Egipto”, Tomo I, 2ª Parte. Dra. Ana Mª Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“Ancient Egypt. Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp. Routledge, 2006.
“The Prehistoric Egypt”, W.M. Flinders Petrie, British School of Archaeology in Egypt and Egyptian Research Account, Twenty-Third Year, 1917. London, 1920.
“Diccionario de Prehistoria”, Mario Menéndez, Alfredo Jimeno y Víctor M. Fernández, Alianza Editoral. 2001.
“The British Museum”