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martes, 1 de diciembre de 2009

El Renaissance Egipcio en el Imperio Medio (c.2055-1650 A.C.) 3/3 Dinastía XIII

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Shabti del escolta Renseneb. Abydos. Dinastía XIII, hacia 1.730-1.720 A.C. Aunque enterrados en su ciudad natal, algunos antiguos egipcios, como Renseneb, tenían un “enterramiento sustitutivo” en Abydos, la ciudad del dios Osiris. Estos enterramientos incluirían objetos que se colocarían dentro de la verdadera tumba, como es el caso de las figurillas shabti. El shabti más antiguo data del Imperio Medio, hacia 2.040-1.750 A.C. Solían ser de madera pero se podían alternar con el barro o la piedra. Algunos llevaban inscripciones con un ensalmo del Textos de los Sarcófagos mediante el que el shabti realizaría todas las tareas que habrían correspondido al dueño de la tumba en el “Más Allá”. El texto de la figura que se muestra da instrucciones para que “te dediques todo el tiempo a regar y cultivar las tierras y transportar arena del Este al Oeste”. El ensalmo del shabti se podía activar sin necesidad de leerlo en voz alta; su presencia en la tumba era suficiente. Esto explicaría el miedo a que las criaturas malas representadas en los jeroglíficos se tornasen en reales. Los jeroglíficos que en esta inscripción representan a criaturas vivientes aparecen deliberadamente inacabados. Algunas de estas imágenes, como las serpientes, podrían suponer una amenaza para el fallecido. Otras, como algunos pájaros, representan a criaturas protectoras que podrían abandonar la tumba llevándose consigo su protección. Renseneb lleva en una mano el ankh, o signo de la Vida; y en la otra, un florero cuya lectura puede ser la de “protección”.


LA DINASTÍA XIII

Los gobernantes de la Dinastía XIII continuaron usando Itjtawy como capital y siguieron las mismas políticas que la Dinastía XII, si bien la nueva dinastía estaba formada por diferentes linajes, por lo que la cuestión de cómo se escogía al nuevo faraón está aún sin resolver. El Doctor Stephen Quirke ha sugerido una “sucesión rotativa” entre las principales familias lo que explicaría la escasa duración de la mayoría de los reinados.

Sin embargo, la burocracia continuaba funcionando de la misma forma que lo había estado haciendo durante toda la Dinastía XII. Los egipcios seguían controlando la zona alrededor de la 2ª Catarata, seguían midiendo las crecidas del río, el comercio florecía y los monumentos reales continuaban su escalada de construcción, si bien no eran tan impresionantes como los de los faraones de la Dinastía XII.

Las artes visuales, por otra parte, no muestran la mínima alteración de su “finesse” o del estilo de las mejores piezas de la dinastía precedente. Esta continuidad, a veces rota, se mantuvo hasta el reinado de Neferhotep.

Aunque muchos de los nombres de la Dinastía XIII se encuentran registrados en el Canon de Turín, poco se sabe de los soberanos de forma individualizada. Wegaf Khutawyra fue el primero, seguido de Sekhemra-Khutawy Sobekhotep II. Después del reinado del tercer faraón, Sankhtawy-Sekhemra Iykhernefert-Neferhotep, los registros no se guardaron por algún tiempo, y es posible que esto ocurriese durante un período de conflictividad política; es significativo, también, la escasez de registros en las minas de turquesa del Sinaí.

Por otra parte, los contactos comerciales continuaron, y el gobernante de Byblos aún se definía como “servidor de Egipto”. Sellos procedentes de las fortalezas nubias muestran que los asuntos con el sur seguían como siempre. El faraón Awibra Hor perteneció a este período. Su enterramiento, un simple pozo vertical, fue descubierto por Jaques de Morgan en el complejo mortuorio de Amenemhat III, en Dahshur. A pesar de la continuidad cultural que se ha subrayado antes, nada expresa más claramente las disminuidas circunstancias en las que se encontraban los soberanos en esta época como se aprecia en la empobrecida apariencia de la tumba de Awibra Hor.

Después de este breve e inestable período, surge una serie de efímeros soberanos, que incluye a Sekhemra-khutawy Sobekhotep II, en cuyo reinado se ha datado un interesante papiro que revela detalles de la vida cortesana de Tebas para un período de doce días. El análisis de este documento por el Dr. Stephen Quirke (Papiro Bulaq 18) ha revelado muchísimo sobre la estructura jerárquica de palacio en la Dinastía XIII y su modus operandi.

Unos cuatro reinados posteriores, hacia 1.744 A.C., Sekhemra-Sewadjtawy Sobekhotep III fue proclamado faraón, y durante algún tiempo parece que habría habido un resurgimiento de las fortunas de los soberanos egipcios. Un relieve esculpido en un acantilado más arriba de Nag Hammadi, en el Egipto Medio, proporciona una información muy específica sobre los miembros de la familia real. La fecha más alta de su reinado fue el año 5, aunque el Canon de Turín le da sólo tres años y dos meses. A pesar de tal brevedad, dejó inscripciones en monumentos que se extendieron desde el yacimiento de Bubastis en el Delta, hasta Elefantina en el sur.

El sucesor de Sobekhotep III, Khasekhemra Neferhotep I (c. 1.740-1.729 A.C.), es evidente que tampoco era de estirpe real, pero también él dejó muchos registros monumentales, lo que sugiere un vigoroso reinado. Fue reconocido como Jefe Supremo por Inten, soberano de Byblos, y sus inscripciones se han encontrado tan lejos al sur como la isla de Konosso, justo al sur de la 1ª Catarata en Nubia.

A pesar de estas muestras de fortaleza, sin embargo, nunca estuvo en control de la totalidad del Reino Egipcio, a juzgar por la evidencia de dirigentes que gobernaban de forma independiente lugares como Xois y Avaris, en el Delta.

El Trono pasó a los dos hermanos de Neferhotep I, Sahathor y Sobekhotep IV, seguidos del breve reinado del hijo de Sobekhotep IV. Esta mini-dinastía terminó con Sobekhotep V, hacia 1.723 A.C. Aún así, ha sobrevivido suficiente información del reinado de Sobekhotep IV para sugerir que poseía todos los requisitos de un faraón fuerte, y que continuaba teniendo algún control sobre Nubia donde se encontraron dos estatuas del faraón al sur de la 3ª Catarata, y otras más que fueron reusadas en Tanis.

Fue, sin embargo, durante el reinado de Sobekhotep IV cundo aparecen los primeros indicios de revolución en Nubia, que eventualmente acabaría escapando del control egipcio para ser gobernada por una línea de soberanos nubios con base en Kerma, como se verá más adelante en el Capítulo 8º. Para entonces, el Egipto del Imperio Medio se habría roto y disgregado en aquellas esferas de interés que eventualmente se convertirían en la base de gobierno del Segundo Período Intermedio.

PROCESOS DEL CAMBIO POLÍTICO EN EL IMPERIO MEDIO

El gobierno en el Imperio Medio estaba basado básicamente en la estructura creada bajo el Imperio Antiguo, pero había variaciones significativas. La burocracia y la Corona estaban sustentadas por el sistema tributario, si bien poca información directa ha sobrevivido sobre este último tema procedente de fuentes del Imperio Medio. El sistema fiscal se basaba esencialmente en apreciaciones del rendimiento de las tierras y los acuíferos, y el pago en especias.

Los templos y otras fundaciones piadosas estaban, con frecuencia, parcialmente exentos de impuestos, e incluso en su totalidad, como ya se verá más adelante. Además, existía un sistema de trabajo obligatorio mediante el que hombres y mujeres de clases media y baja eran seleccionados para acometer específicas tareas físicas, incluyendo el servicio militar. Este “sistema corvée” se implementaba a través de los funcionarios locales, pero su control estaba a cargo de una oficina de organización laboral.

El sistema típico "corvée" consiste, básicamente, en trabajar un día sin paga. Aunque se podía escapar legítimamente a esta carga laboral pagando a otra persona para que la realizase en su nombre; a aquellos que eludían el pago se les castigaba muy severamente, al igual que a sus familiares, o a quienes ayudasen en dicho incumplimiento. Los registros rescatados en la fortaleza de Askut, en la Baja Nubia, muestran que había un lugar a donde se podía enviar a los defraudadores del "corvée".

Esta práctica continuaría hasta la Dinastía XVII y, al parecer, la población de Nubia fue uno de los lugares exentos de impuestos y de la imposión del "corvée". Por su parte, el gobierno mantenía la paz en casa y patrullaba las fronteras al norte de la 2ª Catarata y al oeste del “Muro del Príncipe”. Mediante redadas en Palestina e incursiones en Nubia, los soberanos del Imperio Medio pudieron extender la influencia y prosperidad de Egipto más allá de sus fronteras. El comercio se convirtió en monopolio del faraón, con la correspondiente supervisión de funcionarios estatales, y en Nubia la recompensa fue extremadamente substanciosa.

Muchos de los títulos de funcionarios del Imperio Medio fueron los ya usados durante el Imperio Antiguo, aunque se crearon algunos cargos adicionales. Una de las características más notables del Imperio Medio fue la distinción de los cargos oficiales en puestos y tareas más específicos, lo que puede haber sido consecuencia de un crecimiento general de la burocracia, si bien el campo de actividades de cada puesto se habría restringido.

Una excepción en esta disminución de las actividades fue la de “Portador del Sello Real” que incorporaba tareas de supervisión; especialmente bajo el faraón Mentuhotep II. El visir, cuyas responsabilidades aparecen enumeradas en un texto funerario del Imperio Nuevo procedente de la tumba de Rekhmira ("Los Deberes del Visir"), aún era primer ministro bajo el soberano, aunque ya de forma menos prominente en los registros posteriores a la Dinastía XI. La práctica de tener dos visires es incierta para el Imperio Medio, aunque bajo Senusret I sí parece que eran dos los visires, Antefoker y Mentuhotep, los que servían al mismo tiempo.

Las escasas fuentes informativas de finales del Imperio Medio sugieren que hubo otros cambios políticos entre el Imperio Antiguo y el Medio; la centralización del gobierno fue mucho más generalizada en las zonas regionales durante el Imperio Medio, mientras apenas hay evidencia de ello en el Imperio Antiguo. También había un mayor control sobre los individuos y la obligación que cada uno se considerase en deuda con su gobierno. Esta mayor intrusión en la vida privada puede atribuirse parcialmente a la costumbre en el Imperio Medio de delegar tanto control a los alcaldes de las ciudades. Pero, a su vez, tiene lugar un cambio significativo al poner a las provincias en línea con los estilos y prácticas de la capital. El trabajo artístico es el mayor exponente visible de este fenómeno.

Fue, no obstante, el cargo de nomarca el que experimentó la fluctuación más acentuada de todos durante el Imperio Medio. Debido a su distancia de Menfis, los antiguos nomarcas siempre habían disfrutado de un cierto grado de independencia durante el Imperio Antiguo. Esta independencia acabó reforzada por el hundimiento del gobierno de Menfis, por lo que uno de los mayores éxitos de los dirigentes del Imperio Medio fue minimizarla, para lo que cada soberano eventualmente emplearía diferentes estrategias para implementar y hacer efectiva esta política.

Bajo Mentuhotep I, a los nomarcas se les retenía en muchas zonas de las que aún se conservan registros, (aunque no ha sobrevivido mucha evidencia de este tipo) pero, según parece, aquellos nomarcas considerados de escasa utilidad para los tebanos habrían perdido su puestos de forma automática. Durante la Dinastía XI, los nomarcas asumieron sus roles tradicionales, pero sin la supervisión de los funcionarios del faraón. Muchos de los que retuvieron el poder, exhibían y hacían gala de aires de grandeza: El conde Nehry del nome de Hermópolis, por ejemplo, dató las inscripciones de su propio “reinado” en tiempos del faraón Mentuhotep IV, y sus enunciados que aparecen en la cantera de Hatnub sugieren, de forma contundente, desafíos al propio faraón.

El plan básico adoptado por Amenemhat I consistía en hacer de cada ciudad un foco de administración autonómica. Cada ciudad estaba controlada por un alcalde, y sólo el funcionario jefe de las ciudades más importantes heredaba el puesto de nomarca. Con esta consideración de la ciudad como unidad básica de gobierno, el impacto político del resto de los territorios del nome se debilitó.

Los nomarcas de Amenemhat I ostentaban los títulos de “Gran Jefe Supremo", "Alcalde" y "Supervisor de Sacerdotes”, y residían principalmente en las zonas central y fronterizas de Egipto. El factor principal que propiciaba el control real sobre estos hombres parece que era el hecho de que, al menos en los dos primeros reinados de la Dinastía XII, habrían sido nombrados personalmente por el faraón; aunque ya para el reinado de Amenemhat II, el cargo volvería a ser de nuevo hereditario.

Estos nomarcas aprovechaban al máximo sus puestos para beneficico propio o de los suyos; algunos llegaban a adaptar títulos a su personal de confianza paralelamente a lo que se hacía en la Corte Real: de forma que uno se topa, aquí y allá, con un “tesorero”, un “canciller”, e incluso un capitán del ejército como parte del séquito doméstico. Pretensiones aparte, a los Supervisores de Sacerdotes no se les permitía que se olvidasen de su benefactor, el faraón, que era quien los había organizado de forma casi feudal: a él se le debía lealtad y vasallaje directo a cambio de prebendas reales; ellos estaban obligados a proteger las fronteras de Egipto; a hacerse cargo de las expediciones reales; y, probablemente, a actuar como diputado real en las recepciones oficiales a delegaciones extranjeras, como la llegada de mercaderes beduinos al nome de Oryx, representada en la tumba de Khnumhotep, en Beni Hasan (BH3), durante el reinado de Amenemhat II.

Hacia el reinado de Senusret III, desaparecería el título más importante del nomarca, “Gran Jefe Supremo”, y la opinión convencional es que debe haber sido decisión del faraón por causa de force majeure. No obstante, la causa real pudo haber sido algo diferente: hacia el reinado de Senusret III, sólo los nomarcas de el-Bersha y Elefantina aparecen todavía registrados de forma clara como “grandes jefes supremos”; otras zonas estaban controladas por alcaldes, pero al no existir registros de muchas ciudades, no se puede asegurar con certeza.

El egiptólogo alemán Detlef Franke, ha demostrado que la práctica durante el reinado de Senusret II era que correspondía al faraón la educación en la capital de los hijos de los nomarcas, a los que posteriormente les concedería puestos; bien en la propia capital, o en cualquier otra zona. Con los vástagos de la familia diseminados así, el puesto de nomarca acabaría siendo eclipsado por el de los alcaldes de las ciudades quienes, inevitablemente, no gozarían de la misma riqueza material y el poder de los gobernadores de provincia. Esto explicaría porqué la era de las tumbas provinciales ricamente decoradas llegó a su fin.

Así pues, es muy improbable que el faraón Senusret III hubiese sido el instrumento de la desaparición de los nomarcas, ya que los registros nos dicen que, aunque el puesto eventualmente desapareciese bajo Senusret III, había estado ya en declive desde al menos los tiempos de Amenemhat II.

No obstante, Senusret III nombraría otros funcionarios, con base en la Corte Real, como gobernadores de amplios sectores del país, lo que supuso una brusca ruptura con las prácticas del pasado. Se crearon también dos oficinas (waret), una para cada una de las zonas norte y sur, cuya operatividad estaba en manos de una jerarquía de funcionarios. Se inauguraron otros departamentos, como el de “tesorería”, la “oficina de donaciones del pueblo”, y el de “organización laboral”.

El sector militar estaba organizado bajo el mando de un General Jefe y se creó una nueva “oficina del visir”. Además de estos departamentos estatales existía una administración separada para Palacio. Como resultado de esta nueva jerarquización, aparecieron títulos nuevos, con el consiguiente aumento de la burocracia, que se vería reflejada en un mayor número de estelas funerarias para este período, visible indicador de una mayor riqueza de la clase media.

Fuera de las fronteras gubernamentales, estaban los bienes del templo y sus dependencias. Como revelan los contratos del edil de Asyut, Djefahapy, éste constituía en sí un mundo igual de burocrático. Los diez contratos de Djefahapy, que han sobrevivido al estar inscritos en el propio muro del templo, se alcanzaron para asegurarse el culto mortuorio.

Aparte de las implicaciones legales, los contratos también revelan algunas de las otras condiciones aplicables al templo; como puede ser el hecho de que cada persona del distrito estaba obligada a proporcional al templo un hekat (casi cinco litros) de grano de cada parcela de su propiedad, con ocasión de la primera cosecha del año. Los contratos son muy específicos, e indican que los templos eran autosuficientes y que ellos también tenían que pagar impuestos a la Corona, a menos que recibiesen un decreto de excepción del propio faraón. La política de Senusret I para la construcción de templos provinciales por todo el país, de hecho redujo las bases locales de poder.

LA CORTE REAL

Pocas han sido las manifestaciones que nos han llegado referentes al rol del faraón durante el Imperio Antiguo, pero se dispone de algunos textos del Imperio Medio que arrojan alguna luz sobre la naturaleza de la Realeza, tales como “Enseñanzas para Merykara”, “La Enseñanza de Amenemhat I” y los “Himnos a Senusret III”.

Algunos registros privados también aportan algunas pistas; como es el caso de un largo poema que aparece en la estela de Sehetepibra, en Abydos (Museo Egipcio de El Cairo) que describe la importancia del faraón para su pueblo.

Los episodios finales de “La Historia de Sinuhe”, que nos describe el regreso de un cortesano egipcio del exilio, proporciona detalles sobre la vida durante la Dinastía XII, si bien es el Papiro Bulaq 18 de la Dinastía XIII el que nos proporciona la evidencia más reveladora sobre la jerarquía social de la familia real y el número de raciones diarias que se distribuían, lo que indicaría la relativa importancia de esta y de otras dependencias de palacio. Este papiro, nos habla de la fluidez de movimientos de gente diferente, con sus estancias lejos del propio palacio.

En cuanto al propio complejo palaciego, el papiro nos indica que había tres divisiones interiores dentro del propio recinto. En orden descendiente de importancia, éstas eran: la kap, o guardería, que era dominio de la familia real, de sus sirvientes personales y de aquellos niños seleccionados cuya educación dependía del faraón; la wahy, zona de audiencia del patio de columnas, donde se celebraban los banquetes; y el khenty, o palacio exterior, lugar donde se trataban los asuntos de la Corte.

Estos tres grupos de edificios se situaban dentro de una zona menos majestuosa, conocida como la shena, donde se distribuían provisiones a los dependientes de fuera de palacio. El visir y los funcionarios mayores ocupaban el khenty, mientras que el personal de servicio estaba restringido al shena. El supervisor interior de la kap parece que habría sido el único funcionario que podía operar en ambas partes del palacio: la exterior y la interior. Sin la información procedente del Papiro Bulaq 18, nuestro conocimiento de la organización palaciega no iría más allá de los planos arquitectónicos de un palacio de la Dinastía XII, en Tell Basa, y otro de principios de la Dinastía XIII, en Tell el-Dab’a, en el Delta.

LA VIDA URBANA: LA CIUDAD PIRAMIDAL DE LAHUN

La vida de la gente ordinaria nos llega vía la ciudad de Hetep-Senusret, junto al complejo piramidal de Senusret II en el lugar de Lahun. Erróneamente llamada Kahun por Flinders Petrie, que excavó allí en 1888-9, se la asoció de forma muy cercana al culto de Senusret II.

Trazada en un solo plano arquitectónico, al estilo de los pueblos amurallados, mucho más pequeños, del Imperio Nuevo, de Amarna y Deir el-Medina – como veremos en los capítulos 9 y 10 que siguen - Hetep-Senusret se fundó para acomodar a los trabajadores reales y a sus familias. Es muy probable, sin embargo, que incluyese entre sus habitantes muchos que no tenían conexión alguna con el culto funerario. Se ha estimado, basándose en la capacidad de todos los silos de grano de la ciudad, que podría haber albergado a una población de hasta 5.000 personas. No obstante, el emplazamiento actual difícilmente se distingue del desierto que lo envuelve, habiendo desaparecido cualquier rastro de ladrillos de barro, quedando sólo restos de cimientos y las partes bajas de algunos edificios.

El material de Lahun es particularmente valioso en cuanto que proviene de un mundo vivo más que de una necrópolis. No obstante, excavaciones más recientes han puesto al descubierto asentamientos del Imperio Medio en Abydos, Menfis, y Elefantina, que nos hacen empezar a considerar el material de Lahun en un contexto geográfico y social más amplio.

Por desgracia, la mayoría del material que queda en Lahun, abandonada por vez primera durante la Dinastía XIII, fue a parar a enormes fosas de basura propiciadas por los ocupantes del lugar una vez pasado el Imperio Medio. Es así que la gran mayoría del preciado contexto del material fue destruido mucho antes de que el emplazamiento fuese excavado.

Sin embargo, algunas casas quedaron comparativamente en buen estado, y nos ofrecen el potencial que nos permite echar una ojeada a las vidas de la clase de individuos que no suelen aparecer en el material textual y funerario que ha sobrevivido.

Gracias a la colección del egiptólogo británico Percy Edward Newberry (1.869-1.949) de diferentes tipos de semilla procedentes de la expedición de Petrie, ha sido incluso posible recrear la vegetación de la zona, si bien con cierta contaminación con material botánico grecorromano. Había amapolas, altramuces, resedas, heliotropos, y lirios; y también yerbajos; y verduras como guisantes, alubias, rábanos, y pepinos.

El material de Lahun también incluye curiosos hallazgos, como un “palillo de fuego” utilizado para hacer fuego (probablemente el único que ha sobrevivido); un juego de utensilios médicos; y muchas otras herramientas de labranza y de artesanos profesionales. También hay una rica variedad de cerámica, y un gran número de papiros – algunos aún sin publicar – cuyos contenidos arrojan luz sobre temas de religión y de la vida cotidiana. Entre los textos más interesantes de Lahun está el llamado Papiro Ginecológico que, como sugiere su nombre, representa la colección más antigua que existe de remedios para las enfermedades de la Mujer.


COMERCIO EXTERIOR

De los contactos comerciales entre el Egipto del Imperio Medio y el Egeo se sabe gracias a unos pocos restos de cerámica minoica de la fase del asentamiento de Lahun, durante la Dinastía XII, así como por la tapa de un “pyxis” - pastillero utilizado por los antiguos griegos para sus medicinas - y por fragmentos de cerámica local egipcia que claramente imitaban a los modelos minoicos. No obstante, al haberse encontrado estos fragmentos en depósitos de deshechos, es difícil estar seguro de su datación, como igualmente los son los contextos estratigráficos originales.

Curiosamente, tienen la apariencia de haber sido recipientes corrientes, usados por los obreros, más que objetos de lujo importados; incluso, quizás indicativos de la presencia de mano de obra extranjera procedente de Creta entre la población urbana. De la Dinastía XII también existen unos cuantos depósitos de cascotes de “cerámica de Kamares, o Camares” minoica, en lugares tales como Lahun, el-Haraga y Abydos, y en una tumba de la Dinastía XII, y tan lejos al sur como Elefantina.

Numerosos objetos de esta época revelan la presencia de una red comercial de intercambio artístico e iconográfico: se pueden encontrar motivos egipcios en objetos raros, como en escarabeos dedicatorios de barro utilizados como ofrendas en santuarios importantes en ciertos lugares de Creta. Los jarrones de piedra egipcios encontraron su propio camino a Creta, mientras sus estilos eran imitados por artesanos minoicos. Aunque estas imitaciones locales de los estilos egipcios, y de su iconografía, con frecuencia provienen de contextos sin datación, son importantes en cuanto que sugieren contactos frecuentes que redundaban en un intercambio de "ideas", así como de productos y materiales.

En Lahun y Lisht, hay también una temprana evidencia de la distintiva cerámica de Tell el-Yahudiya (ver Capítulo 8) consistente en jarras que quizás una vez guardaron aceite del Cercano Oriente. Los faraones egipcios promocionaron activamente la importación de madera, aceite, vino, plata, y quizá marfil de Siria-Palestina. Ambas cerámicas, la chipriota y la minoica, aparecen también testimoniadas en hallazgos ocasionales en Egipto.

Los artículos egipcios, tales como escarabeos, estatuas, jarrones, joyas, e incluso esfinges, se han encontrado en yacimientos tan lejanos entre sí como Byblos, Ras Shamra, y Creta. Se iniciaron nuevos contactos con Chipre y Babilonia, pero muy poco de este material procede de contextos correctamente datados.

Un aumento de los contactos con el Cercano Oriente parece deducirse del hecho de que los pesos asiáticos llegan a superar numéricamente a los egipcios en Lahun. Además, uno de los hallazgos más ricos del Imperio Medio lo forma una colección de material asiático, o quizás minoico, de oro y plata, descubierto en cuatro cofres de bronce bajo el templo de Montu, en Tod.

A la inversa, el arqueólogo francés Pierre Montet (1.885-1.966), famoso por sus descubrimientos en Tanis en 1939, descubrió un acopio de más de 1.000 objetos egipcios enterrados en una tinaja en la ciudad siria de Byblos, que incluía joyas de un asombroso parecido con el “tesoro” de las tumbas de las princesas de la Dinastía XII, en la necrópolis de Lahun.

Neferhotep y otros gobernantes egipcios eran reconocidos como grandes jefes supremos por los gobernantes locales de Byblos quienes, no sólo copiaban la insignia y los títulos, sino que también imitaban las inscripciones de jeroglíficos egipcias.

Había también estrechos contactos con la zona sur de Egipto. Aparte de sus actividades en Nubia, muchos de los soberanos del Imperio Medio, en particular Mentuhotep III y Senusret I, mantenían relaciones comerciales con la región africana del Punt; probablemente situada en algún lugar vecino de la moderna Eritrea. El puerto de la Dinastía XII de Sa’waw ha sido descubierto en el extremo Este de Wadi Gawasis, en la costa del Mar Rojo – a corta distancia de la moderna Quseir – y algunas estelas encontradas a lo largo del wadi, y en el propio puerto, proporcionan registros de expediciones a el Punt durante la Dinastía XII.

PRÁCTICAS RELIGIOSAS Y FUNERARIAS

Las novedades más importantes de la religión en el Imperio Medio están relacionadas con el culto a Osiris que se había convertido en el Gran Dios de todas las necrópolis. Una de las razones del crecimiento de este culto parece ser que fue el sofisticado patronazgo ejercido por los gobernantes del Imperio Medio; especialmente en Abydos durante la Dinastía XII. Éste llegó a su clímax durante el reinado de Senusret III, cuyo cenotafio de Abydos fue el primer monumento real que se construyó en el lugar durante el Imperio Medio.

Un decreto de los tiempos del faraón Wegaf, perteneciente a la Dinastía XIII - usurpado por Neferhotep - prohíbía la construcción de tumbas en el camino procesional de Abydos. Sobekhotep III ya había levantado allí estelas para algunos miembros de su familia, y Neferhotep I viajó a Abydos para participar en los "misterios de Osiris" en el segundo año de su mandato, erigiendo una estela en conmemoración del evento.

Dado el poder de Osiris y de Abydos en términos de capacidad de legitimación real, puede que el interés de los soberanos de la Dinastía XIII se debiese, principalmente, a su carencia de ascendencia real, cosa que no se puede decir de los soberanos de la Dinastía XII.

La creciente influencia de Osiris debe tener su origen, en parte, en la activa promoción de Abydos y en los llamados “misterios de Osiris”. Algunos detalles de este conjunto de ritos se mencionan en una estela de la Dinastía XII – actualmente en el Museo Británico – que fue inaugurada en Abydos por Ikhernofret, el organizador del festival anual, durante el reinado del faraón Senusret III.

La expansión del culto a Osiris estuvo acompañada de un fenómeno cultural descrito a veces como la “democratización del Más Allá”: una extensión de los privilegios reales de antaño al pueblo llano. Un gran número de estelas, en particular en Abydos, muestran que cada vez era más normal participar en los ritos de Osiris, recibiendo así sus bendiciones que en un tiempo estaban restringidas a los faraones.

Como resultado de esta evolución, las creencias funerarias y los ritos de toda la población empezaron a cambiar. Uno de los primeros cambios fue la práctica de decorar los ataúdes privados con los "Textos de los Sarcófagos"; una combinación de extractos de los "Textos de las Pirámides" con nuevas composiciones literarias que surgieron durante el Primer Período Intermedio (Ver Capítulo 6).

No obstante, a mediados de la Dinastía XII, la utilización de estos textos repentinamente cesó; en principio a consecuencia de nuevos cambios funerarios, tales como la introducción del ataúd con silueta de momia que, por su forma más irregular, era menos apropiado para acoger largas inscripciones de textos religiosos.

Otra novedad religiosa del Imperio Medio fue la idea de que todo el mundo – no sólo el faraón – poseía un ba, o fuerza espiritual. La prueba más evocadora de ello es el texto literario titulado “Diálogo entre un Hombre cansado de vivir y su Ba” que debe ser el texto literario sobre el suicidio más antiguo del mundo; un profundo y auténtico tratado filosófico. Se solía poner gran énfasis en la “piedad personal”; es decir, el acceso directo y personal a los dioses, más que a través del faraón o de los sacerdotes; un concepto religioso que llegó a aumentar aún más su popularidad durante el Imperio Nuevo.

Las estelas del Imperio Medio hacen hincapie en la piedad de los titulares fallecidos, y de aquí surge el concepto de “confesión negativa”: listas rituales de ofensas que el finado asegura no haber cometido. Las propias estelas se convirtieron en monumentos conmemorativos; en especial aquellas decoradas con "el ojo wedjat", símbolo de protección por excelencia, si bien otras insignias, como puede ser el círculo shen y el disco solar alado – que muestran las estelas reales – también aparecen durante este período.

Los complejos mortuorios de la Dinastía XI y la Dinastía XII, también experimentaron cambios considerables en su diseño, como así lo requerían los faraones para que la formas arquitectónicas reflejasen sus creencias religiosas. Ingenieros y arquitectos alcanzaron niveles de verdadera maestría, y los albañiles gozaron de habilidades que excedían las de sus homólogos del Imperio Antiguo; habilidades que pondrían en práctica no sólo en los complejos reales sino también en la creación de templos de mayor tamaño y de un mejor acabado.

En este período se va apreciando la compleja ingeniería interior de las pirámides reales, y la experimentación estructural en la arquitectura en construcciones, tales como los paseos con terrazas de Mentuhotep II, en Deir el-Bahri, los pilonos y la cripta triple de Mentuhotep II en la “Colina de Thoth”, en Tebas, y las galerías de Senusret II en su pirámide de Lahun. Las tallas en relieve, que ya encontramos con anterioridad en los complejos mortuorios del Antiguo Imperio, decoran ahora, para dioses y faraones por igual, las paredes de los templos del Imperio Medio. Fue también en este período que se inauguró el vasto complejo de Karnak, y se construyeron los otrora imponentes templos de el-Faiyum, .

También se vislumbra la experimentación en las tumbas regionales de los nomarcas desde la Dinastía XI en adelante. Ellas nos muestran el lado de la vida más mundano de estos funcionarios, con sus aficiones a la caza, la pesca y la lucha libre; así como su fascinación por el mundo exótico de los Asiáticos.

Las grandes y ricamente decoradas tumbas rupestres, con frecuencia exhibían fachadas con pilares, y las propias tumbas estaban elevadas por encima de los enterramientos de miembros de su “corte” personal, que aparecían dispersos por toda la ladera.

Los ataúdes de los nomarcas - especialmente los de Deir el-Bersha – lucen las obras de arte más bellas de todas las que han sobrevivido. En muchos casos, están decorados con copias antiguas del “Libro de los Dos Caminos”, que consistía en un conjunto de instrucciones para alcanzar de forma segura el Más Allá. Sin embargo, conforme el cargo de nomarca fue perdiendo importancia, el carácter de la necrópolis de provincia cambió: el tamaño y número de tumbas pequeñas aumentó, y ya no parecía tan evidente la discriminación jerárquica basada en los niveles de posicionamiento de las sepulturas.

Por el contrario, en la capital, las cosas eran más bien diferentes: las tumbas de funcionarios se ubicaban en las necrópolis reales, más que en los cementerios familiares de la localidad; la tumba-mastaba se convirtió en el estilo preferido de tumba privada, y la posesión de un monumento conmemorativo privado se hizo imperativa para todos.

Ya en el Imperio Medio, la momificación se había extendido mucho más, aunque no era muy efectiva. Si bien la evisceración se practicaba con más frecuencia, los cuerpos estaban mal momificados, y la carne residual raras veces sobrevivía, a pesar del hecho de que el vendaje exterior era, con frecuencia, de lujo. A las momias se les dotaba de máscaras de cartonnage, con frecuencia bellamente pintadas, los cuerpos yacían colocados en los lados dentro de ataúdes rectangulares, orientados según los puntos cardinales y los textos que aparecían escritos en las paredes de la tumba.

Otro cambio importante en las prácticas funerarias consistió en la introducción del shabti, palabra que algunas veces se la conoce como ushabti, o shawabti, que quiere decir “palo”, o “el que responde”, o quizás ambos. Los shabtis eran estatuillas hechas de variados materiales (cera, barro, cerámica, fayenza, madera o piedra) de los que se esperaba que actuarían como substitutos mágicos cuando el propietario de la tumba tuviese que realizar algún trabajo para Osiris.

Los ejemplares más antiguos datan de los tiempos de Mentuhotep II, y solían tener la forma de pequeñas figuras desnudas, sin ninguna fórmula escrita sobre ellas, mientras que otras tenían la forma de una momia. Estas figurillas eran, claro está, simples recordatorios tridimensionales del texto número 472 del los "Textos de los Sarcófagos" que aparecían dentro de algunos ataúdes del Imperio Medio.

No obstante, para finales de la Dinastía XII, el texto empezó a aparecer escrito en el propio shabti. Se cree que el rol del shabti puede haber estado ligado al “sistema corvée" por el que cada individuo se veía obligado a trabajar para el faraón, o al trabajo que la gente corriente se veía obligada a realizar para el mantenimiento de las vías fluviales. Como los trabajadores humanos, los shabtis posteriores portaban azadas y bolsas de semilla con las que hacer el trabajo.


La fotografía que encabeza esta Hoja Suelta - procedente de la Base de Datos del Museo Británico - nos muestra el shabti del escolta Renseneb, de la Dinastía XIII, datado hacia 1.730-1.720 A.C. y nos ofrece, al pie, una detallada descripción de la pieza junto a las características, uso y significado de este particular amuleto.

LOS LOGROS CULTURALES DEL IMPERIO MEDIO

El Imperio Medio fue un tiempo en el que el arte, la arquitectura y la religión alcanzaron nuevas cumbres; sobre todo, fue una edad de confianza en la escritura, sin duda estimulada por el crecimiento de la “clase media” y del colectivo de escribas de la sociedad que, a su vez se debió, en no poca medida, a la expansión de la burocracia bajo el faraón Senusret III.

Florecieron formas variadas de literatura, de forma que, según parece, los propios egipcios antiguos llegaron a considerarla como la era “clásica” de la Literatura Egipcia. Narrativas tales como “La Historia de Sinue” - cuya popularidad viene marcada por el gran número de copias que nos han llegado – “El Marinero Naufragado”, y los episodios fantásticos del “Papiro Westcar” fueron todos compuestos en el Imperio Medio, mientras que las obras filosóficas tales como El Himno de Hapy”, la “Sátira de los Comercios”, y el “Diálogo entre un Hombre Cansado de vivir y su Ba”, fueron también muy populares.

Además, una amplia variedad de documentos oficiales han sobrevivido, incluyendo informes, cartas y cuentas que no sólo ayudan a retocar el cuadro general del período de que disponemos, sino que también nos indican que el alfabetismo estaba más extendido que lo había estado durante el Imperio Antiguo.

Bajo la dirección de los gobernantes del Imperio Medio, Egipto tuvo sus ojos abiertos al más amplio mundo de Nubia, de Asia y del Egeo, beneficiándose así del intercambio de materiales, productos e ideas. El Imperio Medio fue una era de tremenda invención, enorme visión y proyectos colosales, pero también se prestó atención de forma cuidada y elegante al detalle en la creación de pequeños objetos de uso cotidiano y decorativos.

Este nivel más humano está presente al haberse convertido el ser humano en algo más destacado en términos cósmicos; ya fuese como resultado de sus obligaciones frente al estado a través de los impuestos o del sistema corvée, de sus previsiones para el entierro, o de su presencia, cada vez mayor, en la literatura de su tiempo. Ni Sinué, ni el “marinero naufragado”, habrían sido personajes de cuento en el Imperio Antiguo, pero, con ser así, estos individuos aparecen sentados cómodamente en el prestigioso y amplio sillón de la Literatura del Imperio Medio, al amparo de este período de mayor humanidad.

COMENTARIO EX PROFESO

Con esta última e interesantísima reflexión, llegamos al final de este largo recorrido por el Imperio Medio, con lo que damos por terminado el Capítulo 7º del corpus de la obra de Ian Shaw, “The Oxford History of Ancient Egypt”, tan brillantemente desarrollado de la mano de su autor, el prestigioso erudito australiano Profesor V. Gae Callender, de la Macquarie University, Australia.

A través de esta mano virtual, a veces he creído sentir cómo corría por mis vasos capilares todo un flujo de fechas, hechos, incidentes, juicios y consideraciones de todo un período que han dejado, finalmente, en mí, el sedimento del conocimiento; y con él, la posibilidad y, porqué no, el derecho de juicio, opinión y reflexión profana sobre su naturaleza, a la espera del expectante recorrido por otros períodos posteriores, otros tiempos, otras eras, de este Antiguo Egipto, que me hagan reconfirmar o, por el contrario, rectificar, lo que ha quedado dentro de mí de este Imperio Medio que nos deja y que a continuación resumo.

Se trata, ante todo, de un período de total creatividad y avance en el campo tecnológico, artístico, cultural, comercial, político, legal, literario, filosófico, lingüístico, social, económico, fiscal, docente, religioso, funerario y, sobretodo, humano.

Pienso en el Imperio Medio como “Piedra Angular” del Antiguo Egipto, sobre la que se va a edificar un inmenso imperio allende las aguas mediterráneas, una impresionante cultura varias veces milenaria, una sofisticada escritura, una filosofía y una religión complejas, con cabida incluso, más adelante, para una primera tentativa monoteísta, base y origen de las actuales grandes religiones, y un arte imperecedero, semilla de posteriores civilizaciones.

Y sin más odas ni lisonjas, termino.

Faraones de la Dinastía XI (todo Egipto): (2055-1985):

Mentuhotep II (Nebhepetra)
Mentuhotep III (Sankhkara)
Mentuhotep IV (Nebtawyra)

Faraones de la Dinastía XII (1985-1773):

Amenemhat I (Sehetepibra)
Senusret I (Kheperkara)
Amenemhat II (Nubkaura)
Senusret II (Khakheperra)
Senusret III (Khakaura)
Amenemhat III (Nimaatra)
Amenemhat IV (Maakherura)
Reina Sobekneferu (Sobekkara)

Faraones de la Dinastía XIII (1773-después de 1650):

Wegaf (Khutawyra)
Sobekhotep (Sekhemra-khutawy)
Iykhernefer Neferhotep (Sankhtawy-sekhmra)
Ameny-intef-amenemhat (Sankhibra)
Hor (Awibra)
Khendjer (Userkara)
Sobekhotep III (Sekhemra-sewadjtawy)
Neferhotep I (Khasekhemra)
Sahathor
Sobekhotep IV (Khaneferra)
Sobekhotep V
Ay (Mernefarra)

Faraones de la Dinastía XIV (1773-1650):

Diversos gobernantes menores, probablemente contemporáneos con la Dinastía XIII o Dinastía XV.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 5 de febrero de 2010.

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004.
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 7/7. Guerra Final y Retrospección.


("Pinchar" y ampliar)

El modelo, procedente de la tumba de Nebhepetre Mentuhotep II (2.055-2.004 A.C.), es una maqueta que muestra el proceso de horneado que aseguraría pan durante toda la eternidad. El modelo hace ver las diferentes etapas del horneado del pan. Es puramente esquemático, más que representativo, de una panadería real. El pan constituía el elemento básico del Antiguo Egipto, y de tal importancia en la vida cotidiana, que varios signos jeroglíficos se refieren a diferentes tipos de pan, y el símbolo de "ofrenda" viene representado por una hogaza de pan sobre una esterilla. Formaba parte de las ofrendas para el sustento del fallecido en la Otra Vida, ya se tratase de un humilde granjero o del propio faraón. Deir el-Bahari, Dinastía XI, hacia 2.000 A.C.


LA GUERRA FINAL

Las cosas alcanzaron su clímax cuando Wahankh Intef II atacó el nome de Thinis, ciudad cercana a Abydos, y se adentró en el norte, donde fue frenado por los nomarcas de Asyut. Al menos un contraataque de las fuerzas heracleopolitanas ha sobrevivido en forma de inscripción, muy deteriorada, en la tumba de Ity-yeb – el segundo de una serie de Inspectores de Sacerdotes de Asyut – que aporta información sobre operaciones militares con éxito contra los “nomes del sur”.

Además, en la narración de “Enseñanzas para Merykara”, se reivindica que el padre del Faraón Merykara habría reconquistado Abydos. Si estos hechos tienen o no alguna conexión con la “rebelión de Thinis”, rememorada en la estela conmemorativa del decimocuarto año de reinado del faraón Mentuhotep II, el hecho es que el tema sigue siendo objeto de controversia.

No obstante, es evidente que este éxito militar de Heracleópolis no tuvo ningún efecto duradero en el desenlace final, ya que la tumba del hijo de Ity-yeb, Khety II, de la época del Faraón Merykara, contiene un informe relativo a un conflicto posterior con los agresores tebanos. No existen datos sobre la secuencia de sucesos de esta fase final de la guerra, pero pocas dudas puede haber de que Asyut fue tomada por la fuerza y de que la familia gobernante de Asyut no sobrevivió a la victoria tebana.

Tampoco hay pista alguna de los avances del faraón Mentuhotep II más al norte, pero parece poco probable que hubiese tenido que luchar personalmente por cada palmo de terreno; más bien, es probable que la red bajo dominio heracleopolitano colapsase después de la caída de Asyut, y que los dirigentes locales estuviesen ansiosos por ponerse del lado de la parte victoriosa antes de que fuese demasiado tarde, con la esperanza así de salvarse ellos y evitar a sus ciudades el “terror que desplegó la casa real tebana”.

No se conoce la suerte del último faraón de Heracleópolis, ni se tiene detalle alguno de la caida de la ciudad, pero las recientes excavaciones del yacimiento de Ihnasya el-Medina muestran que sus monumentos funerarios fueron literalmente reducidos a escombros en algún momento de principios del Imperio Medio. Esta observación arqueológica se nos presenta tentadora como posible evidencia del eventual saqueo y pillaje de la capital del norte de Egipto.

EL PRIMER PERÍODO INTERMEDIO EN RETROSPECCIÓN

Los egiptólogos modernos, en su mayoría aún siguen presentando una imagen negativa del Primer Período Intermedio al que consideran un período de caos, decadencia, pobreza y tinieblas social y política: Una “era oscura" que separa dos épocas de gloria y de poder. Esta imagen, no obstante, sólo está parcialmente basada en una evaluación de fuentes contemporáneas. En la mayoría de los casos reproduce, a veces con sorprendente ingenuidad, el tema literario desarrollado en un grupo de textos del Imperio Medio.

Los textos “Consejos de un Sabio Egipcio” y “Profecía de Nefertiti” forman el corazón de este género, pero algunos otros textos “pesimistas”, como “Quejas de Khakheperraseneb” y “Diálogo entre un Hombre Cansado de la Vida y su ba” podrían añadirse a esta línea. En este tipo de texto, se lamenta el estado de desorden y se compara con el estado en el que las cosas deberían de estar.

"El orden social está cabeza abajo; el rico es pobre, y el pobre rico; el malestar político y la inseguridad prevalecen en todo el país; los documentos administrativos se hacen pedazos; hay numerosos y diferentes gobernantes en el poder al mismo tiempo; el país se ve invadido de extranjeros; la base moral de la vida cotidiana se destruye; la gente se desprecia y se odia; y las sagradas escrituras se ven profanadas".

Este estado de disturbios generalizados no está confinado al mundo social, sino que realmente alcanza dimensiones cósmicas en las que, a veces, incluso se llega a decir que el río ya no fluye como debería hacerlo, y que hasta el sol parece haber perdido su antiguo resplandor.

Conviene mencionar que estos textos en realidad no pretenden ser del Primer Período Intermedio; ni mencionan detalles históricos. En la “Profecía de Nefertiti”, se vaticina que el advenimiento de Amenemhat I (1.985-1.956 A.C.) traería consigo sociego en un caótico estado que, cronológicamente, se sitúa a finales de la Dinastía XI y no en el Primer Período Intermedio.

Así es que, se requiere un escrutinio muy cuidadoso si lo que se pretende es determinar si estos textos tienen alguna relación con la historia del Primer Período Intermedio, e incluso, si la tubiesen, se habría de investigar de forma cuidadosa cómo se relacionan con los sucesos históricos reales.

Los textos que proceden del mismo Primer Período Intermedio, carecen por completo de esa nota de desesperación y sello de autenticidad de la literatura “pesimista” del Imperio Medio. Ellos hablan de crisis, sí, pero de crisis brillantemente superada; la fuerza, la confianza en sí mismo, el orgullo, y la autoestima, caracterizan el estado de ánimo del momento.

Por supuesto que hay un número impresionante de similitudes en las biografías del Primer Período Intermedio, y los “pesimistas” textos del Imperio Medio (tales como la irregularidad de El Nilo, la hambruna, el malestar social, la guerra, y una crisis que hacía temblar los propios cimientos del estado), pero estas similitudes son pruebas, para empezar, de las conexiones literarias entre ambas.

Hay otro aspecto de la evidencia que se sustrae de los textos que podría ser incluso más importante. En el Primer Período Intermedio, las historias de crisis servían para legitimar el poder de los gobernantes locales. De igual forma, la imagen altamente elaborada de un determinado período de caos aportada por una literatura “pesimista”, proporcionaría un oscuro fondo sobre el que la dura política represiva de ley y orden impuesta por los faraones del Imperio Medio, podría llegar a justificarse, e incluso hacerse ver como beneficiosa. De cualquier forma, los cimientos de la ideología de gobierno llevada a la práctica por la monarquía del Imperio Medio descansan, sólidamente afianzados, sobre lo que conocemos del pensamiento del Primer Período Intermedio.

Estas comparaciones entre la literatura que hemos dado en llamar “pesimista” del Imperio Medio, y los textos contemporáneos del Primer Período Intermedio, revelan hasta qué punto la experiencia del Primer Período Intermedio llegó a afectar a la conciencia colectiva de los egipcios del Imperio Medio y a su visión de las relaciones sociales y políticas.

Por otra parte, resultaría extremadamente engañoso pretender utilizar los textos literarios del Imperio Medio como auténticas fuentes a la hora de considerar la Historia del Primer Período Intermedio.

El panorama del Primer Período Intermedio que se expone en este Capítulo 6º, está basado, en su totalidad, en fuentes contemporáneas fidedignas. Esta determinación de evaluar la documentación que ha sobrevivido en todos sus aspectos, hace mucho más difícil estar de acuerdo con la visión negativa tradicional del período. Como contraste, hay que decir que uno se siente impresionado por el dinamismo y la creatividad del período.

Cuando Sunusrest I donó una estatua del “conde” Intef, el antepasado de la dinastía XI, al templo de Karnak, lo hizo reconociendo los orígenes de la realeza del Imperio Medio en las batallas que libraron los gobernantes locales por el poder, y la ascendencia durante el Primer Período Intermedio. Independientemente de su importancia política, el impacto que el Primer Período Intermedio tuvo en la historia cultural egipcia, no se puede negar. Un abanico completo de nuevos tipos morfológicos se desarrolló en prácticamente cada esfera de la cultura del material, que incluye nuevos inventos tan singulares como el sello con forma de escarabajo.

Y por encima de todo, a la cultura popular se le dio la oportunidad de florecer en un momento en el que la agobiante influencia de la cultura cortesana se había disipado, y cuando se vivían tiempos de un gran debilitamiento del gobierno central que ya antes, durante el Imperio Antiguo, habría impuesto duras sanciones y exigencias a las comunidades provinciales.

En el Primer Período Intermedio, las poblaciones locales de todo el país disfrutaron de una visible, si bien modesta, riqueza. También adquirieron nuevas formas de expresión cultural y de comunicación, y supieron adecuar sus vidas, dentro de un reducido horizonte, a sus cometidos inmediatos.

COMENTARIO ex profeso

Pecaría de injusto, ingenuo e insolidario, si no confesase abiertamente el satisfactorio impacto que ha supuesto para mí la exposición tan profesional, tan pausada y tan eruditamente razonada de este ensayo que termina ahora, dedicado al Primer Período Intermedio del Antiguo Egipto, tan brillantemente expuesto para delicia de lectores todos, por el Profesor Stephen Seidlmayer, de la Berlin-Brandenburgische Akademie der Wissenschaften.

Basta sólo con leer los últimos párrafos de esa “Retrospección” que acabamos de dejar atrás, para entender la reflexión con la que inicio mi Comentario. Debo, pues, aceptar mi ignorancia debida, quizás en parte, a una laguna en la actualización de temas de gran calado como el que nos ocupa, y a una falta de perseverancia en el seguimiento de los mismos. Tarea ardua, por otra parte, ante la aparente inexistencia de un cuerpo de publicaciones que aune, acoja y resuma, de forma periódica y con relativa puntualidad, los acontecimientos arqueológios más destacados de efecto inmediato en la Egiptología.

Debo, pues, admitir con cierta humildad, que el Primer Período Intermedio que acabo de descubrir difiere, felizmente y con mucho, del período de casi total oscurantismo con el que la Egiptología tradicional nos tenía acostumbrados.

No es mi intención, y mucho menos mi labor, incidir en los cómos y porqués de tan diferente panorama que han quedado perfectamente resumidos en el ya mencionado apartado precedente, titulado “El Primer Período Intermedio en Retrospección”.

Doy paso así, en una nueva “Hoja Suelta”, a un próximo capítulo, el 7º, titulado “El Renaissance Egipcio en el Imperio Medio” que nos adentrará en uno de los períodos dinásticos más significativos e interesantes de la Historia del Antiguo Egipto.

Faraones de la Dinastías IX y la Dinastía X (Heracleópolis):

Khety (Meryibra)
Khety (Nebkaura)
Khety (Wahkara)
Merykara.

Faraones de la Dinastía XI (Sólo Tebas):

Mentuhotep I (Tepy-a: “el antepasado”)
Intef I (Sehertawy)
Intef II (Wahankh)
Intef III (Nakhtnebtepnefer)


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 20 septiembre de 2009.

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”.
Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”.
Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”.
Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”.
Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

viernes, 11 de septiembre de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 6/7

("Pinchar" y ampliar)

Relieve de caliza mostrando a Mentuhotep II abrazado por Montu. Templo de Mentuhotep II, Deir el-Bahari, Dinastia XI, hacia 2.050 A.C. El dios Montu probablemente era la deidad suprema local de la región tebana, con su centro de culto en Armant. Su culto llegó a ser más prominente con la subida al poder de la familia de la Dinastía XI (hacia 2.125-1.985 A.C.) en el Alto Egipto. El nombre de Mentuhotep significa "Montu está satisfecho". El relieve fue restaurado en algún momento durante la Dinastía XIX, hacia 1.250 A.C.

LA ERA DE HERACLEÓPOLIS EN LA HISTORIA SOCIAL Y CULTURAL DE EGIPTO

Ante la ausencia de datos relativos a la historia dinástica de los gobernantes de Heracleópolis, parece que lo más lógico sería investigar primero si el reino de Heracleópolis se puede considerar como una entidad social y cultural característica. Y, volviendo a las evidencias arqueológicas, deberíamos prestar atención al corazón del reino heracleopolitano: Las regiones de Menfis y el-Faiyum. Desde el punto de vista puramente arqueológico, el sur del Medio Egipto era, en esencia, una región del Alto Egipto.

Al norte, sin embargo, nos enfrentamos a un problema doble. Las fuentes de evidencia de que se dispone, no constituyen un marco histórico rico y coherente como son los datos del Alto Egipto. Por lo que es extremadamente difícil establecer una secuencia arqueológica sólida. Además, no disponemos de ningún grupo de material específico que nos permita una datación fiable en términos dinásticos. Así que, con frecuencia, no se sabe a qué monumentos se les puede asignar el período heracleopolitano apropiado, y qué otros son posteriores, de hecho, a la unificación del país, e incluso de principios del Imperio Medio.

En muchos aspectos, el desarrollo del material arqueológico en el norte sigue el mismo curso que en el Alto Egipto. Por ejemplo, las maquetas de madera de sirvientes y de talleres, máscaras de cartonnage, y tumbas de “familias ampliadas”, todas aparecen en ambas zonas, y las costumbres funerarias son, en su mayoría, las mismas. Para algunas clases de artefactos, tales como vasijas de piedra y amuletos de botón para sellados, es evidente que tanto el norte como el sur recurrían a los mismos modelos. Y, a juzgar por el material arqueológico, parece que las comunidades heracleopolitanas habrían estado sujetas a patrones similares de desarrollo social y cultural que el resto del país.

Hay diferencias importantes, sin embargo, que no se pueden pasar por alto. La evolución de la forma de la vasija de cerámica, por ejemplo, siguió un sendero totalmente diferente en el norte. Aquí, el antiguo patrón ovoideo no se abandonó, como ocurrió en el sur. Más bien se diría que surgió una serie de tipos muy especiales de jarras ovoideas, muy estilizadas, con frecuencia de bases puntiagudas, cuellos con forma cilíndrica o de embudo, bastante peculiares. Los patrones morfológicos que se desarrollaron en el norte durante el Primer Período Intermedio, evidentemente se aproximan mucho más a la tradición del Imperio Antiguo.

Sin embargo, incluso en el reino de Heracleópolis, la cultura de élite al estilo de la aristocracia del Antiguo Egipto, no sobrevivió. El perfil social de los ocupantes de los cementerios de la antigua Corte de la región menfita, por lo tanto, cambió de forma radical. Sin embargo, para los primitivos egiptólogos, que solían basar sus elementos de juicio totalmente en la comparación con la cultura de la Corte del Antiguo Imperio, esto les parecería indicativo de sucesos dramáticos.

No obstante, una vez situados en un fondo más amplio, está claro que estamos presenciando el paso de un período de condiciones excepcionales, a otro de comparativa normalidad, en el que la necrópolis menfita llegó a ser similar a los cementerios de las ciudades de provincia.

Cierto, que la pérdida del estatus de dominio de Menfis a finales del Imperio Antiguo habría dado lugar, sin duda alguna, a cambios drásticos en las condiciones de vida de sus habitantes. Pero los datos arqueológicos procedentes de los cementerios menfitas no pueden interpretarse como testimonio de una revolución social, o una guerra civil, una vez desaparecido el Imperio Antiguo.

Varios yacimientos importantes, tales como Saqqara, Heliópolis y Heracleópolis Magna, dan testimonio de la existencia de pequeñas tumbas-mastaba que incorporan capillas de ofrendas decoradas y falsas-puertas que permiten valorar el estilo del arte de Heracleópolis. La tradición del Imperio Antiguo domina. Las escenas de rituales y de la vida cotidiana, la disposición de la decoración y el estilo de la talla, se ajustan a los patrones del Imperio Antiguo; pero todo en miniatura. Aquí, en la región menfita y en sus alrededores, donde los monumentos del glorioso pasado de Egipto estaban disponibles para una inmediata inspección, y donde sus tradicionales talleres habrían estado atrincherados durante siglos, el legado del Imperio Antiguo no se iba a olvidar.

El abanico total de situaciones en las que se ponían en práctica estas tradiciones durante el Primer Período Intermedio, es muy probable que se nos escape debido al estado en que se encontraba la investigación arqueológica a finales del siglo veinte.

No obstante, inmediatamente después de la reunificación del país, el faraón de la Dinastía XI Nebhepetra Mentuhotep II, supo aprovecharse de la yacente experiencia, y de los artistas y albañiles menfitas, a la hora de construir y embellecer su templo funerario de Deir el-Bahri. Y es en su reinado que presenciamos la repentina reaparición de un nivel de pericia y habilidad que no se conocían desde los tiempos de las pirámides del Antiguo Imperio.

LA ORGANIZACIÓN INTERNA DEL REINO DE HERACLEÓPOLIS

Durante el inicio del período heracleopolitano, el sur del Alto Egipto consiguió escabullirse del control real, pero… ¿qué ocurrió con aquellas zonas del país que permanecieron bajo el dominio de Heracleópolis hasta el final? Entre las fuentes principales disponibles se encuentran los registros prosopográficos e inscripciones biográficas del sur del Egipto Medio. Entre éstos, el puesto de honor recae sobre las tumbas de los supervisores de sacerdotes de Asyut.

Durante la última fase del período heracleopolitano, Asyut emerge como el baluarte militar más importante del Alto Egipto que permanecería leal a los faraones heracleopolitanos durante su lucha contra los rebeldes tebanos. Las inscripciones biográficas de tres sucesivos titulares de cargo público, proporcionan información crucial, no sólo del curso de los acontecimientos políticos, sino también de las opiniones del momento sobre la ideología del gobierno.

También se puede obtener información adicional de un grupo de grafiti inscrito en las paredes de la cantera de travertino (o Sinter), en Hatnub, por emisarios del nomarca Neheri, del nome el-Ashmunein, cuya tumba rupestre se le conoce por “el-Bersha”. La datación de estos textos como inmediatamente posterior a la terminación del período heracleopolitano, parece la correcta (aunque algunos estarían dispuestos a cuestionarla) y, no obstante, es un hecho que sus puntos de vista están firmemente arraigados a la tradición de Heracleópolis.

Los tópicos tratados en estos textos de Asyut y Hatnub son similares, en muchos aspectos, a los de los textos hallados más al sur. De nuevo, las reinvicaciones de los dirigentes locales por haber cuidado de sus ciudades en situaciones críticas, constan de forma destacada. La inscripción biográfica del más antiguo supervisor de sacerdotes de Asyut, incluso proporciona una descripción detallada de las medidas tomadas por él para la mejora de un sistema de regadío que asegurarse suficientes cosechas en los años malos.

Además, se recalcan las proezas militares de los nomarcas. Se hace hincapié tanto en sus éxitos en su lucha contra el enemigo extranjero (el dirigente tebano), como en la constitución de un sistema de seguridad pública. Y, finalmente, el cuidado por parte de los magnates de los templos locales de sus propias ciudades, no se olvida: Las obras de construcción en los templos y las previsiones para cubrir las necesidades asociadas con el culto, no dejan de mencionarse.

En total contraste con el texto de Ankhtifi, sin embargo, el mantenimiento de estrechas conexiones con el faraón, juega un importante papel en los textos de los magnates de Asyut. Son ellos mismos quienes reivindican su descendencia de un venerable tronco aristocrático, y sus cercanos lazos personales que, al parecer, les unía con la casa heracleopolitana de gobernantes. Por ejemplo, uno de ellos menciona que, en su niñez, recibía lecciones de natación con los hijos del faraón. Además, se menciona la intervención del ejército heracleopolitano en el Alto Egipto. Así que, el dominio de Heracleópolis fue algo muy real para los gobernantes locales del sur del Egipto Medio.

En cuanto a nuestras fuentes para la estructura interna del Reino de Heracleópolis, éstas siguen siendo muy vagas. Con todo, el material disponible parece sugerir que los monarcas heracleopolitanos podrían haberse apoyado en una clase de aristócratas provinciales que permanecían fieles a la Corona; especialmente, en aquellos casos donde existiesen fuertes vínculos personales; ya fuese mediante parentesco, matrimonio o amistad. No obstante, estos aristócratas habrían, a la vez, considerado sus propias ciudades de crucial importancia para ellos; quizás incluso considerándolas sus principales objetos de lealtad. En este sentido, el Reino de Heracleópolis parece haber heredado una de las características del Antiguo Imperio: Y puede, también, que haya compartido una de sus debilidades estructurales.


KOM DARA

En este contexto, un importante monumento, aunque algo enigmático, puede ser significativo. En el cementerio de Dara, a unos 27 km río abajo de Asyut, en el Egipto Medio, una gigantesca tumba-mastaba de adobe, conocida como “Kom Dara”, ocupa una posición de mando. El edificio no ha sido aún debidamente investigado. En sus condiciones actuales, un área de 138 x 144 m, es decir 19.872 m², está delimitada por unos masivos muros exteriores que originalmente debieron alcanzar una altura de unos 20 m.

Los restos de la capilla mortuoria, que en algún momento necesariamente tuvieron que formar parte del complejo, aún no se han encontrado. Al interior, sin embargo, se pudo tener acceso a través de un inclinado corredor que penetraba en el edificio en el centro de su lado norte, y que bajaba hasta una cámara funeraria subterránea sencilla, construida con grandes planchas de piedra caliza.

El enorme tamaño de esta tumba, junto a su planta cuadrada y la situación de su cámara funeraria, son reminiscencias de una pirámide. Un análisis más cuidadoso de su construcción revela, sin embargo, sin lugar a dudas, que el edificio nunca estuvo pensado como una pirámide. De hecho, el acceso a la cámara mortuoria por el norte, constituye una característica muy común en la arquitectura de tumbas privadas de finales del Imperio Antiguo, mientras que la planta cuadrada de la superestructura, corre pareja con tumbas menores del propio cementerio de Dara.

Así que, Kom Dara se puede entender como una tumba monumental derivada de un prototipo local, muy en línea con las tumbas-saff de Tebas, que evolucionaron de sencillos tipos de tumbas-saff, construidas para los cultos funerarios de la gente corriente.

Basándose en la cerámica, Kom Dara puede datarse hacia la primera mitad del Primer Período Intermedio. Su dueño sigue siendo desconocido, y aún carecemos de prueba alguna que apoye su identificación, tan frecuentemente repetida, con un tal Faraón Khuy, cuyo nombre aparece en un fragmento de relieve reusado, encontrado en otro edificio del yacimiento. La propia tumba da testimonio inequívoco de las aspiraciones de su dueño a un rol político que excede, con mucho, al de un mero nomarca; aún en el caso de que osase asumir los títulos de realeza.

No existen documentos históricos que nos puedan dilucidar lo que en realidad pasó en este yacimiento, pero el contexto global deja bien claro que el dueño de la tumba de Kom Dara, en realidad nunca llegó a conseguir el establecimiento de un centro de poder independiente como hicieron los tebanos poco más tarde.

Pero resulta tentador seguir especulando un poco más. En las fértiles y amplias llanuras del Egipto Medio, cualquier dinastía local ambiciosa era propensa a verse rodeada de una veintena de poderosos competidores. Por consiguiente, la propia situación geográfica pudo haber ayudado a estabilizar el equilibrio de poder entre un número de gobernantes locales del Egipto Medio, quienes, a su vez, habrían jugado un papel fundamental en el mantenimiento de la jefatura suprema real.

Además, no parece ir demasiado lejos el dar por hecho que, en este lugar, una de las zonas agrícolas más productivas del país, la Corona viese importantes intereses en juego y, en consecuencia, se sintiese menos inclinada a tolerar ninguna aventura política de los gobernantes provinciales que no fuese en partes remotas de la “Cabeza del Sur”;
es decir, de la región de Tebas.

Hacemos una nueva pausa para dejar paso a una nueva “Hoja Suelta” con la que finalmente concluiremos este Capítulo 6º, y con él, el Primer Período Intermedio.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 16 de septiembre de 2009

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”.
Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004.
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

martes, 8 de septiembre de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 5/7

Estatua del administrador Mery sentado, con los pies sobre un plinto, en el que hay inscrito un texto jeroglífico, de lectura de derecha a izquierda, con el nombre del propietario al final. Su traje es típico de la época. La peluca, corta, va decorada con incisiones que representan el cabello. La falda está densamente plisada. Sus facciones y su cuerpo no representan su apariencia en la vida real, sino que se ajustan a las convenciones vigentes de la época. Sus prominentes orejas, cintura fina y largos pies, son característicos de las estatuas datadas en el Imperio Medio (2.040-1.750) . Tebas, Dinastía XI, hacia 2.050 A.C. ("Pinchar" y ampliar)



EL FARAÓN WAHANKH INTEF II (2.112-2.063 A.C.)

Mientras que Mentuhotep I e Intef I, los dos primeros faraones de la Dinastía XI, reinaron durante sólo quince años, el reinado de cincuenta años del hermano y sucesor de Intef I, Wahankh Intef II, destaca como la fase más decisiva en el desarrollo de la nueva monarquía. La más que apreciable cantidad de evidencia arqueológica, epigráfica y artística que ha sobrevivido a su reinado, ha permitido disponer de perspectivas introspectivas que son cruciales para el conocimiento de la realeza tebana.

Intef II reclamó la tradicional realeza dual – la nesu-bit – así como el título de “Hijo de Ra”, que hace referencia al dogma de ascendencia divina. No adoptó, sin embargo, el protocolo real completo, con sus cinco “Grandes Nombres” - la llamada "Titularidad real quíntuple" - de la que ya se habló más ampliamente en el Capítulo I de este Proyecto. De hecho, sólo añadió el “Nombre de Horus” Wahankh (“el que sobrelleva la vida”) a su “Nombre de Nacimiento”, Intef, pero no el “Nombre del Trono” que tradicionalmente incorporaría el nombre del Dios-Sol, Ra.

Por desgracia, son pocas las representaciones reales que se conservan, lo que hace imposible decidir si usaba la colección completa de coronas reales, y otras insignias, aunque el nivel de evidencia de que se dispone sugiere que no es probable. Los primitivos faraones tebanos, pues, eran plenamente conscientes del carácter limitado de su mando.

Fiel a sus orígenes sociales entre los magnates de provincia, Intef II hizo confeccionar una estela biográfica que se alzaba en la capilla de entrada a su tumba-saff en el-Tarif. Este monumento, que nos muestra una representación del faraón acompañado de sus perros favoritos, resume en retrospectiva los logros de su reinado; y las declaraciones que aparecen en el texto, las confirman ampliamente las inscripciones de sus seguidores.

Como ya se ha dicho antes, hay buenas razones para creer que el último nomarca tebano no perteneciente a la realeza, aún gozaba de poder en una gran parte del sur del Alto Egipto. Sin embargo, fue Intef II quien dio el empujón decisivo hacia el norte. Capturó el nome de Abydos que, desde tiempos del Imperio Antiguo había sido el centro administrativo más importante del Alto Egipto, y lanzó su ataque aún más lejos, hasta el territorio del 10º nome del Alto Egipto. Esto constituyó un acto de abierta hostilidad contra los faraones de Heracleópolis, así que, durante varias décadas, la guerra iba a proseguir de forma intermitente en la franja de tierra entre Abydos y Asyut.

LOS HOMBRES DEL FARAÓN

Se conocen alguno de los hombres que sirvieron bajo Intef II. El oficial militar tebano, Djary, por ejemplo, que luchó contra el ejército de Heracleópolis en el nome de Abydene y que se adentró hacia el norte hasta el 10º nome; Hetepy, de Elkab, que se responsabilizó para el faraón de la administración de los tres nomes más meridionales; y el tesorero de Intef, Tjetiy, cuya magnífica estela forma parte ahora de la colección del Museo Británico.

Aunque las inscripciones biográficas de estos hombres tenían por objeto principal elogiar los logros de sus titulares, no existe la menor duda del hombre sobre el que recaía la autoridad final:

“Hatepy dice esto: Yo fui amado por mi señor y elogiado por el señor de estas tierras; y su Majestad hizo feliz a este servidor (Hetepy). Tanto es así, que su Majestad dijo: “No hay nadie que (….) de mi mando como Hetepy!”, y este servidor lo hizo extremadamente bien, y su Majestad elogió a su servidor por ello. Y sus nobles dijeron: “¡Que esta cara te enaltezca!”

Sin duda es extremadamente significativo que ya no hubiese “nomarcas” en los territorios controlados por los dirigentes tebanos, y que a ninguno de los funcionarios que realizaban misiones importantes para estos faraones se les diese la oportunidad de establecerse como gobernante local y mediador entre los intereses de sus dominios y las exigencias del faraón.

El recién instalado estado se organizó, no como una red imprecisamente tejida de magnates semiindependientes, que era en lo que se había convertido durante el Imperio Antiguo, sino en un poderoso sistema cuya fiabilidad se basaba en vínculos de lealtad personal y control riguroso.

MONUMENTOS Y ARTE

Además de sus proezas militares, Intef II hace resaltar en su inscripción biográfica que ha construido innumerables templos a los dioses y, de hecho, el fragmento más antiguo de construcción real que aún sobrevive en Karnak es una columna de Wahankh Inter II.

En Elefantina, las excavaciones realizadas en el templo de la diosa Satet, han puesto al descubierto una serie ininterrumpida de etapas de construcción que se remontan al Período Protodinástico. Mientras que los gobernantes del Imperio Antiguo dedicaban sólo unas pocas ofrendas votivas a Satet en Elefantina, Intef II fue el primer faraón en construir capillas tanto para Satet como para Khnum, y en conmemorar su actividad con inscripciones en el marco de las puertas. Su ejemplo fue seguido por todos sus sucesores en la Dinastía XI.

La secuencia de los acontecimientos que tan claramente han revelado las excavaciones de Elefantina, también resultó cierta para muchos otros emplazamientos de templos. De hecho, quitando algunas pocas excepciones muy específicas, la actividad real en construcción en los templos de provincia del Alto Egipto sólo está testimoniada a partir de la Dinastía XI en adelante.

Así pues, se puede decir que, Intef II, habría inaugurado una nueva política de actividad y de presencia real en los santuarios, por todo el país; política que iba a continuar, incluso a mayor escala, Senusret I, y muchos otros faraones.

Los monumentos privados y reales de la época de Intef II también incluyen espléndidos ejemplos del arte tebano de la Dinastía XI. Algunos de los monumentos menores, como la estela de Djary, todavía muestran el severo estilo artístico del Primer Período Intermedio, en el Alto Egipto, mientras que los talleres reales empezaban ya a producir trabajos bellamente equilibrados que se caracterizaban por su modelado redondeado que, con frecuencia, producían un efecto estético especial, debido al contraste entre zonas grandes y lisas, y zonas llenas de detalles, finamente tallados, tales como faldas de elaborado plisado, o intrincados diseños de peinado. En estos trabajos, se aprecia, claramente, un visible deseo de crear un medio adecuado a las aspiraciones de la nueva Dinastía.

Y si nos concentramos en los desarrollos acaecidos al sur del Alto Egipto, es posible encontrar rastros del surgir de una nueva estructura política que llevaría, en secuencia ininterrumpida, a la eventual formación del estado del Imperio Medio. Este proceso, que iba a tener enormes efectos en el futuro de Egipto, debería, quizás, considerarse como el fenómeno más importante en la historia del Primer Período Intermedio.

No deberíamos olvidar, sin embargo, que el reino de Tebas ocupaba sólo una pequeña, remota y relativamente poco importante parte del total de Egipto. Los períodos de guerra y conflicto que se vislumbran de tan alarmante lectura de una narrativa biográfica, no hay duda de que se trataban de episodios de corta duración y muy localizados. En la mayoría de los casos, durante la mayoría del tiempo, y para la mayoría del pueblo, el Primer Período Intermedio habría sido, más bien, una experiencia menos estremecedora.

Durante el Primer Período Intermedio, la mayoría del país estuvo en manos de los sucesores de la antigua dinastía menfita en Heracleópolis. Así pues, para alcanzar un juicio equilibrado y objetivo del período, es crucial concentrarse en la situación del dominio real de Heracleópolis tanto como en el del sur.

EL REINO DE HERACLEÓPOLIS

Se sabe muy poco de los dieciocho o diecinueve faraones que componen la Dinastía de Heracleópolis de Manetón y que ocuparon el Trono de Egipto durante un período de unos 185 años. Incluso sus nombres en su mayoría se desconocen y, con sólo una o dos excepciones, es imposible asignar los pocos faraones que se mencionan a los lugares correctos dentro de la secuencia dinástica. Además, ni siquiera se conoce la duración de sus reinados.

Según Manetón, la Dinastía de Heracleópolis la fundó un faraón llamado Khety, dato que lo confirman aquellas evidencias epigráficas contemporáneas que hacen referencia al reino del norte como “la casa de Khety”. Pero se ignoran, totalmente, los orígenes del faraón Khety, o las circunstancias que lo llevaron al Trono.

Fuentes contemporáneas corroboran de forma inequívoca la afirmación de Manetón de la existencia de una conexión entre esta dinastía y la ciudad de Heracleópolis Magna. Lo más probable es que el faraón residiese en Heracleópolis, aunque el hecho de que Merykara (c.2.025 A.C.), el último o penúltimo faraón de Heracleópolis, fuese enterrado en un complejo piramidal en la antigua necrópolis real de Saqqara, parece claramente indicar que los faraones heracleopolitanos se consideraban parte integrante de la tradición de la realeza menfita.

El hecho de que el “nombre del Trono” de Neferkara Pepy II – último gran faraón del Imperio Antiguo – lo asumiese, por lo menos, uno de los faraones de Heracleópolis – como lo hicieran varios faraones de la Dinastía VIII – es obvio que apunta en una misma dirección.

Ninguno de los faraones de Heracleópolis dejó monumento alguno o, al menos, no se ha podido encontrar todavía, aunque esto puede deberse, en parte, al hecho de que la exploración arqueológica del yacimiento de Heracleópolis Magna - la moderna Ihnasya el-Medina – se inicase sólo en 1966.

El hecho de que ninguna de las pirámides haya sido hasta ahora identificada con certeza en la necrópolis de Saqqara, podría considerarse como prueba de que se trataba más bien de edificios que llamaban poco la atención; quizás algo así como las pequeñas pirámides del faraón Qakara, de la Dinastía VIII. Parece claro, pues, que los dirigentes heracleopolitanos no lograron establecer un sistema centralizado fuerte en línea con el del estado durante el Imperio Antiguo; incluso en el corazón de sus propios dominios.

La mayoría de las referencias contemporáneas a la dinastía heracleopolitana se desprende de monumentos privados, en gran medida consistentes en inscripciones biográficas procedentes del sur del Egipto Medio y el Alto Egipto, y tienden a centrarse en la guerra Heracleópolis-Tebas, tópico al que volveremos más adelante.

La era heracleopolitana fue también el entorno histórico de dos de sus más importantes textos literarios y filosóficos del antiguo Egipto que han sobrevivido: “Enseñanzas para el Faraón Merykara” y el “Cuento del Campesino Elocuente”.

Al día de hoy, parece haber un extendido consenso de que estos “textos de sabiduría” fueron en realidad compuestos durante el Imperio Medio, si bien las circunstancias exactas de sus orígenes y las vicisitudes de su posterior transmisión textual siguen siendo objeto de controversia. Es así que se aconseje una precaución extrema en cualquier intento de usarlas como fuentes históricas.

"Enseñanzas para el Faraón Merykara”, por ejemplo, incorpora una narrativa de fondo en la que el padre real (el faraón) del destinatario se encarga de prevenir y rechazar la infiltración asiática en el este del Delta.

Ante esta visión global de la situación, la realidad de tal escenario no parece improbable, si bien no existe ninguna evidencia independiente de que la inmigración asiática llegase a ser un problema durante el Primer Período Intermedio, aunque sí está ciertamente probado que lo fue para el posterior Imperio Medio.

Y, terminamos con la que podríamos llamar “5ª Entrega” de este Capítulo 6º dedicado al Prmer Período Intermedio, y pasamos a una 6ª, con otra “Hoja Suelta”, en la que se van a tratar temas como “La Era de Heracleópolis en la Historia Socio-Cultural”, “La Organización Interna del Reino de Heracleópolis” y “Kom Dara”. Una 7ª Entrega posterior nos llevará al final del período, para dejarnos a las puertas del Imperio Medio.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 11 septiembre de 2009.

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004.
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

viernes, 4 de septiembre de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 4/7




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Estela de caliza de Tjetji, Tesorero de Inyotef II y III. Tebas (c.2.070 A.C.) Durante el Primer Período Intermedio, en muchos yacimientos de todo Egipto, se fabricó un gran número de estelas, particularmente en Tebas. Sus textos son de gran importancia para historiadores, ya que ayudan a documentar el progreso de los gobernantes tebanos en sus campañas para dominar el Alto y el Bajo Egipto. La estela de Tjetji es una de las mayores y mejor talladas de dichos textos. Aunque en una sóla pieza, se muestran aquí detalles separados de sus partes superior e inferior para facilitar su estudio. El texto vertical es una oración para ofrendas. El texto superior, en registros horizontales, es una inscripción autobiográfica. Este género literario consiste en un relato idealizado del carácter y carrera del funcionario, no necesariamente fiable como evidencia histórica.

COMPETENCIA Y CONFLICTOS ARMADOS

Durante el Imperio Antiguo, los administradores locales se veían obligados a organizar el servicio militar del pueblo bajo su jurisdicción, y a liderar las tropas en las misiones - tanto agresivas como pacíficas - en las regiones contiguas al Valle del Nilo.

Ya en la Dinastía VI, se reclutaban en el ejército egipcio mercenarios extranjeros, en su mayoría nubios. Durante el Primer Período Intermedio, el uso de tropas locales y la experiencia de los gobernadores locales aparecen como fuerzas decisivas en su lucha por el poder. Es así que Ankhtifi declara:

“Yo, que encontré una solución, cuando no existía, gracias a mis sólidos planes; que habló con palabras de mando y mente clara cuando los nomes se aliaron para hacer la guerra. Yo, soy el héroe sin par; el que habló libremente mientras el pueblo guardaba silencio el día en que el miedo se extendió y el Alto Egipto no se atrevió a pronunciar palabra…. Mientras este ejército de Hefat esté en calma, todo el territorio lo estará; pero si alguien pisa su cola de cocodrilo, entonces el norte y el sur de todo el territorio temblará de pánico….Yo, navego rio abajo con mis fieles tropas y echo amarras en la orilla oeste del nome tebano…. y mis fieles tropas buscan batalla por todo el nome tebano, pero nadie se atreve a salir por miedo a ellas. Entonces, Yo, navego de nuevo rio abajo, y echo amarras en la orilla este del nome tebano….y sus murallas (probablemente las del enemigo de Ankhtifi) acaban siendo asediadas al encontrar sus puertas cerradas por miedo a mis poderosas y fieles tropas que, sin descanso, buscan batalla por todo el oeste y el este del nome tebano, sin que nadie se atreva, por miedo, a hacerles frente”.

En realidad, no era nada nuevo que algún funcionario reclamase para sí autoridad para más de un nome. Hacia finales de la Dinastía V, por ejemplo, ya los faraones habían creado el puesto de “Supervisor del Alto Egipto” con la misión de supervisar a los administradores de los nomes individuales del Alto Egipto. Durante el Primer Período Intermedio, hay también pruebas documentadas de funcionarios que eran responsables de un territorio mayor, como es el caso de Abihu, que gobernó los nomes de Abydos, Diospolis Parva, y Dendera durante principios del período de Heracleópolis. Por lo que no hay nada de inusual en el doble “nomarcado” de Ankhtifi, o incluso en sus pretensiones de supremacía militar tan lejos al sur como Elefantina.

La narración de las guerras de Ankhtifi, por otra parte, deja claro que, por entonces, al faraón no se le nombraba, ni siquiera nominalmente, como autoridad capaz de controlar la distribución de poder entre los gobernantes locales. Es importante entender que dicha situación implica un cambio radical de mentalidad. En el cercano sistema político del Antiguo Imperio, el faraón había sido la única fuente legal de autoridad. Todas las acciones de los funcionarios dependían de su mando, y era él quien juzgaba y premiaba sus méritos.

Cuando el poder de la realeza se desvaneció, salió a la luz una situación más abierta. Ahora, los dirigentes locales podían ya actuar según sus propios criterios; tenían que depender de sus propias bases de poder; tenían que defender sus posiciones en competencia con otros; pero también tomaron nueva conciencia de sus propios logros, característica prominente de las inscripciones de Ankhtifi.

DIOSES, POLÍTICAS, Y RETÓRICA DEL PODER

En las inscripciones de las paredes de la tumba de Ankhtifi, al faraón se le nombra sólo una vez en una pequeña etiqueta adosada a uno de los murales: “Permita Horus conceder a su Hijo Neferkara un buen caudal del Nilo”. Es muy significativo que en este caso se apela al faraón en su sagrado rol de mediador entre la sociedad humana y las fuerzas de la Naturaleza. Su rol político, sin embargo, ha sido asumido por otras autoridades:

“El dios Horus me eligió a mí para el nome de Edfu, para restablecer la prosperidad y la salud. Yo encontré el dominio de su administrador, Khuu, en un estado como el de un territorio pantanoso abandonado por su guardián, en unas condiciones de contienda civil, bajo el control de un desgraciado. Yo hice incluso que un hombre abrazase a los que habían matado a su padre o hermano con el fin de reestablecer el orden en Edfu”.

En los textos de Ankhtifi, no es el faraón sino Horus, el dios de Edfu quien aparece como la autoridad suprema guiando la acción política. Este concepto no es único en las inscripciones del Primer Período Intermedio. Incluso la reunificación de Egipto bajo el faraón Mentuhotep II (2.055-2.004 A.C.) se describió en términos similares como resultado de la intervención de Montu, el gran dios del nome tebano: “Y fue un buen comienzo cuando Montu dio ambas tierras al Faraón Nebhepetra (Mentuhotep II)". Según consta en una estela de Abydos, de un Supervisor del Tesoro, Meru, en tiempos de Mentuhotep II.

La ideología descansaba en cimientos sólidos, dado que los dirigentes locales actuaban como “supervisores de sacerdotes”, lo que les aseguraba un rol privilegiado en el culto a los dioses. Al propio Ankhtifi se le representa, en una escena en su tumba, supervisando uno de los grandes festivales de su dios local, Hemen, y la mención más antigua del templo de Amun en Karnak proviene de una estela de un supervisor de sacerdotes tebano que reivindica haber sido responsable de su cuidado durante los años de hambruna.

Desde tiempos remotos, los templos provinciales eran centros administrativos y a la vez focos de lealtad popular local y parece probable que los sacerdocios ligados a estos templos formasen el grupo central de una élite provincial anterior. En cierto modo, los cultos provinciales pueden ser considerados como representaciones simbólicas de una identidad colectiva.

Por lo tanto, durante el Primer Período Intermedio, el dios y la ciudad con frecuencia aparecen de forma paralela en frases relativas al enclavamiento social. La gente dice: “Yo fui de los amados por su ciudad y enaltecidos por su dios”, y las maldiciones dirigidas a sus agresores, amenazan con que: “su dios local le despreciará y sus conciudadanos (a veces “su grupo familiar”) le despreciarán”. Así es que con la integración de su autoridad personal con la que ya ejercían en los cultos locales, los magnates provinciales conseguían vincular su poder con uno de los cimientos morales de la sociedad local.

El fascinante tema de la inscripción de Ankhtifi no debería, por otra parte, eclipsar sus méritos literarios. Se trata de una composición de una brillantez inusual, con abundancia de originales e impresionantes expresiones. Cualidades similares se pueden encontrar en las pinturas que decoran su tumba y, ciertamente, en general en el arte del Alto Egipto durante todo el Primer Período Intermedio.

Por entonces, los pintores del Alto Egipto ya no se ajustaban a los modelos impuestos por la Corte del Antiguo Imperio. Su estilo es angular, incluso a veces extraño, y descaradamente expresivo. Habiéndose liberado ellos mismos de modelos desfasados, crearon una serie completa de escenas nuevas: Filas de soldados y cazadores, mercenarios enfrascados en la batalla, y festivales religiosos.

Además, introdujeron nuevas imágenes de labores cotidianas, tales como hilar y tejer, y actualizaron escenas muy antiguas para que conjugasen con los más recientes desarrollos culturales y tecnológicos. Lejos de representar un período de decadencia cultural, estos turbulentos años fueron testigos de un brote de creatividad excepcional, adaptando y desarrollando los medios de expresión literarios y pictóricos para su correspondencia con la nueva serie de experiencias sociales.

El proceso de cambio también indica que la élite del Primer Período Intermedio sintió la necesidad de hacer saber los nuevos desarrollos sociales; cuando el gobierno no pudo por más tiempo confiar en la simple imposición del poder, sus fundamentos tendrían que hacerse explícitos. Así que, el texto de Ankhtifi puede leerse como un discurso relativo a la necesidad de gobierno y los beneficios de una autoridad fuerte. También es notable lo cercanamente que estas ideas – a las que de forma tan persuasiva Ankhtifi apela – coinciden con los sistemas de organización social local y las tradiciones provinciales.

EL “DOMINIO TEBANO” Y LA NECRÓPOLIS DE EL-TARIF

Durante el Imperio Antiguo, Tebas, la capital del 4º nome del Alto Egipto, había sido una ciudad de provincia de tercera categoría. Sin embargo, a principios del período de Heracleópolis, se sabe, por una estela funeraria recuperada del extenso cementerio de el-Tarif, en la orilla izquierda, justo frente al templo de Karnak, de un grupo de supervisores de sacerdotes a cargo de los asuntos locales.

A este grupo de funcionarios le sucedió un nomarca, Intef, que combinaba - como había ocurrido con Ankhtifi – el cargo de “Jefe Supremo del nome de Tebas” con el de “Supervisor de Sacerdotes”. Además, reclamaba para sí los títulos de “Confidente del Faraón de la estrecha puerta del Sur” (Elefantina), y “Jefe Supremo del Alto Egipto”.

Puesto que esta inscripción referente a Intef se encontró en el cementerio de Dendera, la capital del 6º nome del Alto Egipto, parece justo dar por hecho que su autoridad fue reconocida mucho más allá de los confines de su propia provincia.

Este nomarca, Intef, es con toda probabilidad el mismo que el tal “Intef el Grande, nacido de Iku”, que aparece en las inscripciones contemporáneas, y al que el propio faraón Senusret I (1.956-1.911 A.C.), de principios del Imperio Medio, dedicó una estatua en el templo de Karnak. Y aún más, a este personaje se le describe como “conde Intef”, antepasado de la Dinastía XI tebana en la lista-real que aparece inscrita en las paredes de la “capilla de antepasados reales” de Tutmosis III, en Karnak.

No obstante, sólo su inmediato sucesor, Mentuhotep I, fue considerado faraón en la tradición posterior, aunque el nombre de Horus que se le asignó, a saber Tepy-a – literalmente “el antepasado” – lo delata como ficción póstuma. Las fuentes epigráficas posteriores carecen de información sobre Mentuhotep I y su hijo Sehertawy Intef (2.125-2.112 A.C.), si bien la tumba de éste último sigue siendo la referencia más prominente de la necrópolis de el-Tarif, y sigue sirviendo como único monumento que sobrevive del poder y grandiosidad de los primitivos faraones tebanos.

Durante el Primer Período Intermedio, en la necrópolis de el-Tarif, se desarrolló un nuevo tipo de tumba rupestre; aparentemente para su adaptación a la topografía local. En las tumbas pequeñas del personal privado, se empezaba excavando un amplio patio en el estrato de grava y marga de la baja terraza del desierto. En la cara trasera de este patio, un pórtico con una fila de pesados pilares cuadrados formaban la fachada de la tumba; y es esta fila de pilares la que dio nombre a la designación moderna del tipo de arquitectura conocido como tumba-saff (del árabe saff o “fila”). Un corto y estrecho corredor situado en el centro de la fachada, conducía a la capilla de la tumba, en la que también se encontraba el pozo funerario que daba acceso a la tumba.

El Faraón Intef I decidió construir para él una tumba-saff de dimensiones gigantes. El “Patio de Saff Dawaba”, como así se le conoce hoy, se excavó en la tierra como un gigantesco rectángulo de 300 m de largo y 54 m de ancho; de él se sacaron 400.000 metros cúbicos de grava y roca blanda, que apilados, formaban dos cúmulos bajos a ambos lados del patio.

Su parte frontal, donde antaño se habría alzado algún tipo de capilla de entrada, desgraciadamente se ha perdido, pero la trasera, con su amplia fachada formada por una doble fila de pilares cortados en roca, y tres capillas – una para el faraón y dos, probablemente, para sus esposas – aún permanece relativamente bien conservada. Como la superficie de las paredes está totalmente desconchada, no se puede apreciar si originalmente estuvieron pintadas. No obstante, la Saff Dawaba parece haber sido una impresionante pieza de arquitectura que revela algunos de los fundamentos de la recién constituida realeza.

Sobre todo, no hay el mínimo intento de emular a la arquitectura funeraria del Imperio Antiguo. Más bien se diría que los faraones tebanos crearon un tipo explícito de tumba real tebana tomada del repertorio de la tradición local. Aún más, contrariamente a lo que hicieron muchos de los faraones del Imperio Antiguo, no lucharon por imponer la exclusividad de su localización; las tumbas reales continuaron situadas en el cementerio principal de Tebas, justo en frente de la ciudad y sus templos, al otro lado del río.

Aquí, el lugar de enterramiento del faraón estaba rodeado, no sólo de tumbas de un reducido círculo de cortesanos, sino por el cementerio de la población local. Además, las capillas de las pequeñas tumbas colocadas a los lados del patio de la tumba real, proporcionaban espacio para eventuales enterramientos de algunos de sus seguidores. El mensaje, pues, que transmitía esta arquitectura, estaba enfocado no sólo a engrandecer la posición del faraón, sino también resaltar el hecho de que estos gobernantes estaban arraigados en el entorno tebano y en la sociedad local.

Los sucesores inmediatos de Intef I – Wahankh Intef II y Nakht-Nebtepnefer Intef III – continuaron construyéndose tumbas-saff muy similares en la necrópolis de el-Tarif, en paralelo a la Saff Dawaba. Cuando Mentuhotep II se trasladó al nuevo yacimiento de Deir el-Bahri es probable que sólo fuese porque el terreno apropiado para la arquitectura monumental se habría ya agotado en el-Tarif .

Y hacemos aquí un nuevo alto en el camino que nos va a permitir analizar y digerir este tramo andado, para luego seguir nuestro recorrido por este Primer Período Intermedio – con el Doctor Seidlmayer, claro está - en otra “Hoja Suelta”, en la que tocaremos temas como: “El Faraón Wahankh Intef II”, “Los Hombres del Faraón”, “Monumentos y Arte” y “El Reino de Heracleópolis”.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 8 septiembre de 2009.

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.