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miércoles, 16 de septiembre de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 7/7. Guerra Final y Retrospección.


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El modelo, procedente de la tumba de Nebhepetre Mentuhotep II (2.055-2.004 A.C.), es una maqueta que muestra el proceso de horneado que aseguraría pan durante toda la eternidad. El modelo hace ver las diferentes etapas del horneado del pan. Es puramente esquemático, más que representativo, de una panadería real. El pan constituía el elemento básico del Antiguo Egipto, y de tal importancia en la vida cotidiana, que varios signos jeroglíficos se refieren a diferentes tipos de pan, y el símbolo de "ofrenda" viene representado por una hogaza de pan sobre una esterilla. Formaba parte de las ofrendas para el sustento del fallecido en la Otra Vida, ya se tratase de un humilde granjero o del propio faraón. Deir el-Bahari, Dinastía XI, hacia 2.000 A.C.


LA GUERRA FINAL

Las cosas alcanzaron su clímax cuando Wahankh Intef II atacó el nome de Thinis, ciudad cercana a Abydos, y se adentró en el norte, donde fue frenado por los nomarcas de Asyut. Al menos un contraataque de las fuerzas heracleopolitanas ha sobrevivido en forma de inscripción, muy deteriorada, en la tumba de Ity-yeb – el segundo de una serie de Inspectores de Sacerdotes de Asyut – que aporta información sobre operaciones militares con éxito contra los “nomes del sur”.

Además, en la narración de “Enseñanzas para Merykara”, se reivindica que el padre del Faraón Merykara habría reconquistado Abydos. Si estos hechos tienen o no alguna conexión con la “rebelión de Thinis”, rememorada en la estela conmemorativa del decimocuarto año de reinado del faraón Mentuhotep II, el hecho es que el tema sigue siendo objeto de controversia.

No obstante, es evidente que este éxito militar de Heracleópolis no tuvo ningún efecto duradero en el desenlace final, ya que la tumba del hijo de Ity-yeb, Khety II, de la época del Faraón Merykara, contiene un informe relativo a un conflicto posterior con los agresores tebanos. No existen datos sobre la secuencia de sucesos de esta fase final de la guerra, pero pocas dudas puede haber de que Asyut fue tomada por la fuerza y de que la familia gobernante de Asyut no sobrevivió a la victoria tebana.

Tampoco hay pista alguna de los avances del faraón Mentuhotep II más al norte, pero parece poco probable que hubiese tenido que luchar personalmente por cada palmo de terreno; más bien, es probable que la red bajo dominio heracleopolitano colapsase después de la caída de Asyut, y que los dirigentes locales estuviesen ansiosos por ponerse del lado de la parte victoriosa antes de que fuese demasiado tarde, con la esperanza así de salvarse ellos y evitar a sus ciudades el “terror que desplegó la casa real tebana”.

No se conoce la suerte del último faraón de Heracleópolis, ni se tiene detalle alguno de la caida de la ciudad, pero las recientes excavaciones del yacimiento de Ihnasya el-Medina muestran que sus monumentos funerarios fueron literalmente reducidos a escombros en algún momento de principios del Imperio Medio. Esta observación arqueológica se nos presenta tentadora como posible evidencia del eventual saqueo y pillaje de la capital del norte de Egipto.

EL PRIMER PERÍODO INTERMEDIO EN RETROSPECCIÓN

Los egiptólogos modernos, en su mayoría aún siguen presentando una imagen negativa del Primer Período Intermedio al que consideran un período de caos, decadencia, pobreza y tinieblas social y política: Una “era oscura" que separa dos épocas de gloria y de poder. Esta imagen, no obstante, sólo está parcialmente basada en una evaluación de fuentes contemporáneas. En la mayoría de los casos reproduce, a veces con sorprendente ingenuidad, el tema literario desarrollado en un grupo de textos del Imperio Medio.

Los textos “Consejos de un Sabio Egipcio” y “Profecía de Nefertiti” forman el corazón de este género, pero algunos otros textos “pesimistas”, como “Quejas de Khakheperraseneb” y “Diálogo entre un Hombre Cansado de la Vida y su ba” podrían añadirse a esta línea. En este tipo de texto, se lamenta el estado de desorden y se compara con el estado en el que las cosas deberían de estar.

"El orden social está cabeza abajo; el rico es pobre, y el pobre rico; el malestar político y la inseguridad prevalecen en todo el país; los documentos administrativos se hacen pedazos; hay numerosos y diferentes gobernantes en el poder al mismo tiempo; el país se ve invadido de extranjeros; la base moral de la vida cotidiana se destruye; la gente se desprecia y se odia; y las sagradas escrituras se ven profanadas".

Este estado de disturbios generalizados no está confinado al mundo social, sino que realmente alcanza dimensiones cósmicas en las que, a veces, incluso se llega a decir que el río ya no fluye como debería hacerlo, y que hasta el sol parece haber perdido su antiguo resplandor.

Conviene mencionar que estos textos en realidad no pretenden ser del Primer Período Intermedio; ni mencionan detalles históricos. En la “Profecía de Nefertiti”, se vaticina que el advenimiento de Amenemhat I (1.985-1.956 A.C.) traería consigo sociego en un caótico estado que, cronológicamente, se sitúa a finales de la Dinastía XI y no en el Primer Período Intermedio.

Así es que, se requiere un escrutinio muy cuidadoso si lo que se pretende es determinar si estos textos tienen alguna relación con la historia del Primer Período Intermedio, e incluso, si la tubiesen, se habría de investigar de forma cuidadosa cómo se relacionan con los sucesos históricos reales.

Los textos que proceden del mismo Primer Período Intermedio, carecen por completo de esa nota de desesperación y sello de autenticidad de la literatura “pesimista” del Imperio Medio. Ellos hablan de crisis, sí, pero de crisis brillantemente superada; la fuerza, la confianza en sí mismo, el orgullo, y la autoestima, caracterizan el estado de ánimo del momento.

Por supuesto que hay un número impresionante de similitudes en las biografías del Primer Período Intermedio, y los “pesimistas” textos del Imperio Medio (tales como la irregularidad de El Nilo, la hambruna, el malestar social, la guerra, y una crisis que hacía temblar los propios cimientos del estado), pero estas similitudes son pruebas, para empezar, de las conexiones literarias entre ambas.

Hay otro aspecto de la evidencia que se sustrae de los textos que podría ser incluso más importante. En el Primer Período Intermedio, las historias de crisis servían para legitimar el poder de los gobernantes locales. De igual forma, la imagen altamente elaborada de un determinado período de caos aportada por una literatura “pesimista”, proporcionaría un oscuro fondo sobre el que la dura política represiva de ley y orden impuesta por los faraones del Imperio Medio, podría llegar a justificarse, e incluso hacerse ver como beneficiosa. De cualquier forma, los cimientos de la ideología de gobierno llevada a la práctica por la monarquía del Imperio Medio descansan, sólidamente afianzados, sobre lo que conocemos del pensamiento del Primer Período Intermedio.

Estas comparaciones entre la literatura que hemos dado en llamar “pesimista” del Imperio Medio, y los textos contemporáneos del Primer Período Intermedio, revelan hasta qué punto la experiencia del Primer Período Intermedio llegó a afectar a la conciencia colectiva de los egipcios del Imperio Medio y a su visión de las relaciones sociales y políticas.

Por otra parte, resultaría extremadamente engañoso pretender utilizar los textos literarios del Imperio Medio como auténticas fuentes a la hora de considerar la Historia del Primer Período Intermedio.

El panorama del Primer Período Intermedio que se expone en este Capítulo 6º, está basado, en su totalidad, en fuentes contemporáneas fidedignas. Esta determinación de evaluar la documentación que ha sobrevivido en todos sus aspectos, hace mucho más difícil estar de acuerdo con la visión negativa tradicional del período. Como contraste, hay que decir que uno se siente impresionado por el dinamismo y la creatividad del período.

Cuando Sunusrest I donó una estatua del “conde” Intef, el antepasado de la dinastía XI, al templo de Karnak, lo hizo reconociendo los orígenes de la realeza del Imperio Medio en las batallas que libraron los gobernantes locales por el poder, y la ascendencia durante el Primer Período Intermedio. Independientemente de su importancia política, el impacto que el Primer Período Intermedio tuvo en la historia cultural egipcia, no se puede negar. Un abanico completo de nuevos tipos morfológicos se desarrolló en prácticamente cada esfera de la cultura del material, que incluye nuevos inventos tan singulares como el sello con forma de escarabajo.

Y por encima de todo, a la cultura popular se le dio la oportunidad de florecer en un momento en el que la agobiante influencia de la cultura cortesana se había disipado, y cuando se vivían tiempos de un gran debilitamiento del gobierno central que ya antes, durante el Imperio Antiguo, habría impuesto duras sanciones y exigencias a las comunidades provinciales.

En el Primer Período Intermedio, las poblaciones locales de todo el país disfrutaron de una visible, si bien modesta, riqueza. También adquirieron nuevas formas de expresión cultural y de comunicación, y supieron adecuar sus vidas, dentro de un reducido horizonte, a sus cometidos inmediatos.

COMENTARIO ex profeso

Pecaría de injusto, ingenuo e insolidario, si no confesase abiertamente el satisfactorio impacto que ha supuesto para mí la exposición tan profesional, tan pausada y tan eruditamente razonada de este ensayo que termina ahora, dedicado al Primer Período Intermedio del Antiguo Egipto, tan brillantemente expuesto para delicia de lectores todos, por el Profesor Stephen Seidlmayer, de la Berlin-Brandenburgische Akademie der Wissenschaften.

Basta sólo con leer los últimos párrafos de esa “Retrospección” que acabamos de dejar atrás, para entender la reflexión con la que inicio mi Comentario. Debo, pues, aceptar mi ignorancia debida, quizás en parte, a una laguna en la actualización de temas de gran calado como el que nos ocupa, y a una falta de perseverancia en el seguimiento de los mismos. Tarea ardua, por otra parte, ante la aparente inexistencia de un cuerpo de publicaciones que aune, acoja y resuma, de forma periódica y con relativa puntualidad, los acontecimientos arqueológios más destacados de efecto inmediato en la Egiptología.

Debo, pues, admitir con cierta humildad, que el Primer Período Intermedio que acabo de descubrir difiere, felizmente y con mucho, del período de casi total oscurantismo con el que la Egiptología tradicional nos tenía acostumbrados.

No es mi intención, y mucho menos mi labor, incidir en los cómos y porqués de tan diferente panorama que han quedado perfectamente resumidos en el ya mencionado apartado precedente, titulado “El Primer Período Intermedio en Retrospección”.

Doy paso así, en una nueva “Hoja Suelta”, a un próximo capítulo, el 7º, titulado “El Renaissance Egipcio en el Imperio Medio” que nos adentrará en uno de los períodos dinásticos más significativos e interesantes de la Historia del Antiguo Egipto.

Faraones de la Dinastías IX y la Dinastía X (Heracleópolis):

Khety (Meryibra)
Khety (Nebkaura)
Khety (Wahkara)
Merykara.

Faraones de la Dinastía XI (Sólo Tebas):

Mentuhotep I (Tepy-a: “el antepasado”)
Intef I (Sehertawy)
Intef II (Wahankh)
Intef III (Nakhtnebtepnefer)


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 20 septiembre de 2009.

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”.
Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”.
Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”.
Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”.
Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

martes, 8 de septiembre de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 5/7

Estatua del administrador Mery sentado, con los pies sobre un plinto, en el que hay inscrito un texto jeroglífico, de lectura de derecha a izquierda, con el nombre del propietario al final. Su traje es típico de la época. La peluca, corta, va decorada con incisiones que representan el cabello. La falda está densamente plisada. Sus facciones y su cuerpo no representan su apariencia en la vida real, sino que se ajustan a las convenciones vigentes de la época. Sus prominentes orejas, cintura fina y largos pies, son característicos de las estatuas datadas en el Imperio Medio (2.040-1.750) . Tebas, Dinastía XI, hacia 2.050 A.C. ("Pinchar" y ampliar)



EL FARAÓN WAHANKH INTEF II (2.112-2.063 A.C.)

Mientras que Mentuhotep I e Intef I, los dos primeros faraones de la Dinastía XI, reinaron durante sólo quince años, el reinado de cincuenta años del hermano y sucesor de Intef I, Wahankh Intef II, destaca como la fase más decisiva en el desarrollo de la nueva monarquía. La más que apreciable cantidad de evidencia arqueológica, epigráfica y artística que ha sobrevivido a su reinado, ha permitido disponer de perspectivas introspectivas que son cruciales para el conocimiento de la realeza tebana.

Intef II reclamó la tradicional realeza dual – la nesu-bit – así como el título de “Hijo de Ra”, que hace referencia al dogma de ascendencia divina. No adoptó, sin embargo, el protocolo real completo, con sus cinco “Grandes Nombres” - la llamada "Titularidad real quíntuple" - de la que ya se habló más ampliamente en el Capítulo I de este Proyecto. De hecho, sólo añadió el “Nombre de Horus” Wahankh (“el que sobrelleva la vida”) a su “Nombre de Nacimiento”, Intef, pero no el “Nombre del Trono” que tradicionalmente incorporaría el nombre del Dios-Sol, Ra.

Por desgracia, son pocas las representaciones reales que se conservan, lo que hace imposible decidir si usaba la colección completa de coronas reales, y otras insignias, aunque el nivel de evidencia de que se dispone sugiere que no es probable. Los primitivos faraones tebanos, pues, eran plenamente conscientes del carácter limitado de su mando.

Fiel a sus orígenes sociales entre los magnates de provincia, Intef II hizo confeccionar una estela biográfica que se alzaba en la capilla de entrada a su tumba-saff en el-Tarif. Este monumento, que nos muestra una representación del faraón acompañado de sus perros favoritos, resume en retrospectiva los logros de su reinado; y las declaraciones que aparecen en el texto, las confirman ampliamente las inscripciones de sus seguidores.

Como ya se ha dicho antes, hay buenas razones para creer que el último nomarca tebano no perteneciente a la realeza, aún gozaba de poder en una gran parte del sur del Alto Egipto. Sin embargo, fue Intef II quien dio el empujón decisivo hacia el norte. Capturó el nome de Abydos que, desde tiempos del Imperio Antiguo había sido el centro administrativo más importante del Alto Egipto, y lanzó su ataque aún más lejos, hasta el territorio del 10º nome del Alto Egipto. Esto constituyó un acto de abierta hostilidad contra los faraones de Heracleópolis, así que, durante varias décadas, la guerra iba a proseguir de forma intermitente en la franja de tierra entre Abydos y Asyut.

LOS HOMBRES DEL FARAÓN

Se conocen alguno de los hombres que sirvieron bajo Intef II. El oficial militar tebano, Djary, por ejemplo, que luchó contra el ejército de Heracleópolis en el nome de Abydene y que se adentró hacia el norte hasta el 10º nome; Hetepy, de Elkab, que se responsabilizó para el faraón de la administración de los tres nomes más meridionales; y el tesorero de Intef, Tjetiy, cuya magnífica estela forma parte ahora de la colección del Museo Británico.

Aunque las inscripciones biográficas de estos hombres tenían por objeto principal elogiar los logros de sus titulares, no existe la menor duda del hombre sobre el que recaía la autoridad final:

“Hatepy dice esto: Yo fui amado por mi señor y elogiado por el señor de estas tierras; y su Majestad hizo feliz a este servidor (Hetepy). Tanto es así, que su Majestad dijo: “No hay nadie que (….) de mi mando como Hetepy!”, y este servidor lo hizo extremadamente bien, y su Majestad elogió a su servidor por ello. Y sus nobles dijeron: “¡Que esta cara te enaltezca!”

Sin duda es extremadamente significativo que ya no hubiese “nomarcas” en los territorios controlados por los dirigentes tebanos, y que a ninguno de los funcionarios que realizaban misiones importantes para estos faraones se les diese la oportunidad de establecerse como gobernante local y mediador entre los intereses de sus dominios y las exigencias del faraón.

El recién instalado estado se organizó, no como una red imprecisamente tejida de magnates semiindependientes, que era en lo que se había convertido durante el Imperio Antiguo, sino en un poderoso sistema cuya fiabilidad se basaba en vínculos de lealtad personal y control riguroso.

MONUMENTOS Y ARTE

Además de sus proezas militares, Intef II hace resaltar en su inscripción biográfica que ha construido innumerables templos a los dioses y, de hecho, el fragmento más antiguo de construcción real que aún sobrevive en Karnak es una columna de Wahankh Inter II.

En Elefantina, las excavaciones realizadas en el templo de la diosa Satet, han puesto al descubierto una serie ininterrumpida de etapas de construcción que se remontan al Período Protodinástico. Mientras que los gobernantes del Imperio Antiguo dedicaban sólo unas pocas ofrendas votivas a Satet en Elefantina, Intef II fue el primer faraón en construir capillas tanto para Satet como para Khnum, y en conmemorar su actividad con inscripciones en el marco de las puertas. Su ejemplo fue seguido por todos sus sucesores en la Dinastía XI.

La secuencia de los acontecimientos que tan claramente han revelado las excavaciones de Elefantina, también resultó cierta para muchos otros emplazamientos de templos. De hecho, quitando algunas pocas excepciones muy específicas, la actividad real en construcción en los templos de provincia del Alto Egipto sólo está testimoniada a partir de la Dinastía XI en adelante.

Así pues, se puede decir que, Intef II, habría inaugurado una nueva política de actividad y de presencia real en los santuarios, por todo el país; política que iba a continuar, incluso a mayor escala, Senusret I, y muchos otros faraones.

Los monumentos privados y reales de la época de Intef II también incluyen espléndidos ejemplos del arte tebano de la Dinastía XI. Algunos de los monumentos menores, como la estela de Djary, todavía muestran el severo estilo artístico del Primer Período Intermedio, en el Alto Egipto, mientras que los talleres reales empezaban ya a producir trabajos bellamente equilibrados que se caracterizaban por su modelado redondeado que, con frecuencia, producían un efecto estético especial, debido al contraste entre zonas grandes y lisas, y zonas llenas de detalles, finamente tallados, tales como faldas de elaborado plisado, o intrincados diseños de peinado. En estos trabajos, se aprecia, claramente, un visible deseo de crear un medio adecuado a las aspiraciones de la nueva Dinastía.

Y si nos concentramos en los desarrollos acaecidos al sur del Alto Egipto, es posible encontrar rastros del surgir de una nueva estructura política que llevaría, en secuencia ininterrumpida, a la eventual formación del estado del Imperio Medio. Este proceso, que iba a tener enormes efectos en el futuro de Egipto, debería, quizás, considerarse como el fenómeno más importante en la historia del Primer Período Intermedio.

No deberíamos olvidar, sin embargo, que el reino de Tebas ocupaba sólo una pequeña, remota y relativamente poco importante parte del total de Egipto. Los períodos de guerra y conflicto que se vislumbran de tan alarmante lectura de una narrativa biográfica, no hay duda de que se trataban de episodios de corta duración y muy localizados. En la mayoría de los casos, durante la mayoría del tiempo, y para la mayoría del pueblo, el Primer Período Intermedio habría sido, más bien, una experiencia menos estremecedora.

Durante el Primer Período Intermedio, la mayoría del país estuvo en manos de los sucesores de la antigua dinastía menfita en Heracleópolis. Así pues, para alcanzar un juicio equilibrado y objetivo del período, es crucial concentrarse en la situación del dominio real de Heracleópolis tanto como en el del sur.

EL REINO DE HERACLEÓPOLIS

Se sabe muy poco de los dieciocho o diecinueve faraones que componen la Dinastía de Heracleópolis de Manetón y que ocuparon el Trono de Egipto durante un período de unos 185 años. Incluso sus nombres en su mayoría se desconocen y, con sólo una o dos excepciones, es imposible asignar los pocos faraones que se mencionan a los lugares correctos dentro de la secuencia dinástica. Además, ni siquiera se conoce la duración de sus reinados.

Según Manetón, la Dinastía de Heracleópolis la fundó un faraón llamado Khety, dato que lo confirman aquellas evidencias epigráficas contemporáneas que hacen referencia al reino del norte como “la casa de Khety”. Pero se ignoran, totalmente, los orígenes del faraón Khety, o las circunstancias que lo llevaron al Trono.

Fuentes contemporáneas corroboran de forma inequívoca la afirmación de Manetón de la existencia de una conexión entre esta dinastía y la ciudad de Heracleópolis Magna. Lo más probable es que el faraón residiese en Heracleópolis, aunque el hecho de que Merykara (c.2.025 A.C.), el último o penúltimo faraón de Heracleópolis, fuese enterrado en un complejo piramidal en la antigua necrópolis real de Saqqara, parece claramente indicar que los faraones heracleopolitanos se consideraban parte integrante de la tradición de la realeza menfita.

El hecho de que el “nombre del Trono” de Neferkara Pepy II – último gran faraón del Imperio Antiguo – lo asumiese, por lo menos, uno de los faraones de Heracleópolis – como lo hicieran varios faraones de la Dinastía VIII – es obvio que apunta en una misma dirección.

Ninguno de los faraones de Heracleópolis dejó monumento alguno o, al menos, no se ha podido encontrar todavía, aunque esto puede deberse, en parte, al hecho de que la exploración arqueológica del yacimiento de Heracleópolis Magna - la moderna Ihnasya el-Medina – se inicase sólo en 1966.

El hecho de que ninguna de las pirámides haya sido hasta ahora identificada con certeza en la necrópolis de Saqqara, podría considerarse como prueba de que se trataba más bien de edificios que llamaban poco la atención; quizás algo así como las pequeñas pirámides del faraón Qakara, de la Dinastía VIII. Parece claro, pues, que los dirigentes heracleopolitanos no lograron establecer un sistema centralizado fuerte en línea con el del estado durante el Imperio Antiguo; incluso en el corazón de sus propios dominios.

La mayoría de las referencias contemporáneas a la dinastía heracleopolitana se desprende de monumentos privados, en gran medida consistentes en inscripciones biográficas procedentes del sur del Egipto Medio y el Alto Egipto, y tienden a centrarse en la guerra Heracleópolis-Tebas, tópico al que volveremos más adelante.

La era heracleopolitana fue también el entorno histórico de dos de sus más importantes textos literarios y filosóficos del antiguo Egipto que han sobrevivido: “Enseñanzas para el Faraón Merykara” y el “Cuento del Campesino Elocuente”.

Al día de hoy, parece haber un extendido consenso de que estos “textos de sabiduría” fueron en realidad compuestos durante el Imperio Medio, si bien las circunstancias exactas de sus orígenes y las vicisitudes de su posterior transmisión textual siguen siendo objeto de controversia. Es así que se aconseje una precaución extrema en cualquier intento de usarlas como fuentes históricas.

"Enseñanzas para el Faraón Merykara”, por ejemplo, incorpora una narrativa de fondo en la que el padre real (el faraón) del destinatario se encarga de prevenir y rechazar la infiltración asiática en el este del Delta.

Ante esta visión global de la situación, la realidad de tal escenario no parece improbable, si bien no existe ninguna evidencia independiente de que la inmigración asiática llegase a ser un problema durante el Primer Período Intermedio, aunque sí está ciertamente probado que lo fue para el posterior Imperio Medio.

Y, terminamos con la que podríamos llamar “5ª Entrega” de este Capítulo 6º dedicado al Prmer Período Intermedio, y pasamos a una 6ª, con otra “Hoja Suelta”, en la que se van a tratar temas como “La Era de Heracleópolis en la Historia Socio-Cultural”, “La Organización Interna del Reino de Heracleópolis” y “Kom Dara”. Una 7ª Entrega posterior nos llevará al final del período, para dejarnos a las puertas del Imperio Medio.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 11 septiembre de 2009.

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004.
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

viernes, 4 de septiembre de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 4/7




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Estela de caliza de Tjetji, Tesorero de Inyotef II y III. Tebas (c.2.070 A.C.) Durante el Primer Período Intermedio, en muchos yacimientos de todo Egipto, se fabricó un gran número de estelas, particularmente en Tebas. Sus textos son de gran importancia para historiadores, ya que ayudan a documentar el progreso de los gobernantes tebanos en sus campañas para dominar el Alto y el Bajo Egipto. La estela de Tjetji es una de las mayores y mejor talladas de dichos textos. Aunque en una sóla pieza, se muestran aquí detalles separados de sus partes superior e inferior para facilitar su estudio. El texto vertical es una oración para ofrendas. El texto superior, en registros horizontales, es una inscripción autobiográfica. Este género literario consiste en un relato idealizado del carácter y carrera del funcionario, no necesariamente fiable como evidencia histórica.

COMPETENCIA Y CONFLICTOS ARMADOS

Durante el Imperio Antiguo, los administradores locales se veían obligados a organizar el servicio militar del pueblo bajo su jurisdicción, y a liderar las tropas en las misiones - tanto agresivas como pacíficas - en las regiones contiguas al Valle del Nilo.

Ya en la Dinastía VI, se reclutaban en el ejército egipcio mercenarios extranjeros, en su mayoría nubios. Durante el Primer Período Intermedio, el uso de tropas locales y la experiencia de los gobernadores locales aparecen como fuerzas decisivas en su lucha por el poder. Es así que Ankhtifi declara:

“Yo, que encontré una solución, cuando no existía, gracias a mis sólidos planes; que habló con palabras de mando y mente clara cuando los nomes se aliaron para hacer la guerra. Yo, soy el héroe sin par; el que habló libremente mientras el pueblo guardaba silencio el día en que el miedo se extendió y el Alto Egipto no se atrevió a pronunciar palabra…. Mientras este ejército de Hefat esté en calma, todo el territorio lo estará; pero si alguien pisa su cola de cocodrilo, entonces el norte y el sur de todo el territorio temblará de pánico….Yo, navego rio abajo con mis fieles tropas y echo amarras en la orilla oeste del nome tebano…. y mis fieles tropas buscan batalla por todo el nome tebano, pero nadie se atreve a salir por miedo a ellas. Entonces, Yo, navego de nuevo rio abajo, y echo amarras en la orilla este del nome tebano….y sus murallas (probablemente las del enemigo de Ankhtifi) acaban siendo asediadas al encontrar sus puertas cerradas por miedo a mis poderosas y fieles tropas que, sin descanso, buscan batalla por todo el oeste y el este del nome tebano, sin que nadie se atreva, por miedo, a hacerles frente”.

En realidad, no era nada nuevo que algún funcionario reclamase para sí autoridad para más de un nome. Hacia finales de la Dinastía V, por ejemplo, ya los faraones habían creado el puesto de “Supervisor del Alto Egipto” con la misión de supervisar a los administradores de los nomes individuales del Alto Egipto. Durante el Primer Período Intermedio, hay también pruebas documentadas de funcionarios que eran responsables de un territorio mayor, como es el caso de Abihu, que gobernó los nomes de Abydos, Diospolis Parva, y Dendera durante principios del período de Heracleópolis. Por lo que no hay nada de inusual en el doble “nomarcado” de Ankhtifi, o incluso en sus pretensiones de supremacía militar tan lejos al sur como Elefantina.

La narración de las guerras de Ankhtifi, por otra parte, deja claro que, por entonces, al faraón no se le nombraba, ni siquiera nominalmente, como autoridad capaz de controlar la distribución de poder entre los gobernantes locales. Es importante entender que dicha situación implica un cambio radical de mentalidad. En el cercano sistema político del Antiguo Imperio, el faraón había sido la única fuente legal de autoridad. Todas las acciones de los funcionarios dependían de su mando, y era él quien juzgaba y premiaba sus méritos.

Cuando el poder de la realeza se desvaneció, salió a la luz una situación más abierta. Ahora, los dirigentes locales podían ya actuar según sus propios criterios; tenían que depender de sus propias bases de poder; tenían que defender sus posiciones en competencia con otros; pero también tomaron nueva conciencia de sus propios logros, característica prominente de las inscripciones de Ankhtifi.

DIOSES, POLÍTICAS, Y RETÓRICA DEL PODER

En las inscripciones de las paredes de la tumba de Ankhtifi, al faraón se le nombra sólo una vez en una pequeña etiqueta adosada a uno de los murales: “Permita Horus conceder a su Hijo Neferkara un buen caudal del Nilo”. Es muy significativo que en este caso se apela al faraón en su sagrado rol de mediador entre la sociedad humana y las fuerzas de la Naturaleza. Su rol político, sin embargo, ha sido asumido por otras autoridades:

“El dios Horus me eligió a mí para el nome de Edfu, para restablecer la prosperidad y la salud. Yo encontré el dominio de su administrador, Khuu, en un estado como el de un territorio pantanoso abandonado por su guardián, en unas condiciones de contienda civil, bajo el control de un desgraciado. Yo hice incluso que un hombre abrazase a los que habían matado a su padre o hermano con el fin de reestablecer el orden en Edfu”.

En los textos de Ankhtifi, no es el faraón sino Horus, el dios de Edfu quien aparece como la autoridad suprema guiando la acción política. Este concepto no es único en las inscripciones del Primer Período Intermedio. Incluso la reunificación de Egipto bajo el faraón Mentuhotep II (2.055-2.004 A.C.) se describió en términos similares como resultado de la intervención de Montu, el gran dios del nome tebano: “Y fue un buen comienzo cuando Montu dio ambas tierras al Faraón Nebhepetra (Mentuhotep II)". Según consta en una estela de Abydos, de un Supervisor del Tesoro, Meru, en tiempos de Mentuhotep II.

La ideología descansaba en cimientos sólidos, dado que los dirigentes locales actuaban como “supervisores de sacerdotes”, lo que les aseguraba un rol privilegiado en el culto a los dioses. Al propio Ankhtifi se le representa, en una escena en su tumba, supervisando uno de los grandes festivales de su dios local, Hemen, y la mención más antigua del templo de Amun en Karnak proviene de una estela de un supervisor de sacerdotes tebano que reivindica haber sido responsable de su cuidado durante los años de hambruna.

Desde tiempos remotos, los templos provinciales eran centros administrativos y a la vez focos de lealtad popular local y parece probable que los sacerdocios ligados a estos templos formasen el grupo central de una élite provincial anterior. En cierto modo, los cultos provinciales pueden ser considerados como representaciones simbólicas de una identidad colectiva.

Por lo tanto, durante el Primer Período Intermedio, el dios y la ciudad con frecuencia aparecen de forma paralela en frases relativas al enclavamiento social. La gente dice: “Yo fui de los amados por su ciudad y enaltecidos por su dios”, y las maldiciones dirigidas a sus agresores, amenazan con que: “su dios local le despreciará y sus conciudadanos (a veces “su grupo familiar”) le despreciarán”. Así es que con la integración de su autoridad personal con la que ya ejercían en los cultos locales, los magnates provinciales conseguían vincular su poder con uno de los cimientos morales de la sociedad local.

El fascinante tema de la inscripción de Ankhtifi no debería, por otra parte, eclipsar sus méritos literarios. Se trata de una composición de una brillantez inusual, con abundancia de originales e impresionantes expresiones. Cualidades similares se pueden encontrar en las pinturas que decoran su tumba y, ciertamente, en general en el arte del Alto Egipto durante todo el Primer Período Intermedio.

Por entonces, los pintores del Alto Egipto ya no se ajustaban a los modelos impuestos por la Corte del Antiguo Imperio. Su estilo es angular, incluso a veces extraño, y descaradamente expresivo. Habiéndose liberado ellos mismos de modelos desfasados, crearon una serie completa de escenas nuevas: Filas de soldados y cazadores, mercenarios enfrascados en la batalla, y festivales religiosos.

Además, introdujeron nuevas imágenes de labores cotidianas, tales como hilar y tejer, y actualizaron escenas muy antiguas para que conjugasen con los más recientes desarrollos culturales y tecnológicos. Lejos de representar un período de decadencia cultural, estos turbulentos años fueron testigos de un brote de creatividad excepcional, adaptando y desarrollando los medios de expresión literarios y pictóricos para su correspondencia con la nueva serie de experiencias sociales.

El proceso de cambio también indica que la élite del Primer Período Intermedio sintió la necesidad de hacer saber los nuevos desarrollos sociales; cuando el gobierno no pudo por más tiempo confiar en la simple imposición del poder, sus fundamentos tendrían que hacerse explícitos. Así que, el texto de Ankhtifi puede leerse como un discurso relativo a la necesidad de gobierno y los beneficios de una autoridad fuerte. También es notable lo cercanamente que estas ideas – a las que de forma tan persuasiva Ankhtifi apela – coinciden con los sistemas de organización social local y las tradiciones provinciales.

EL “DOMINIO TEBANO” Y LA NECRÓPOLIS DE EL-TARIF

Durante el Imperio Antiguo, Tebas, la capital del 4º nome del Alto Egipto, había sido una ciudad de provincia de tercera categoría. Sin embargo, a principios del período de Heracleópolis, se sabe, por una estela funeraria recuperada del extenso cementerio de el-Tarif, en la orilla izquierda, justo frente al templo de Karnak, de un grupo de supervisores de sacerdotes a cargo de los asuntos locales.

A este grupo de funcionarios le sucedió un nomarca, Intef, que combinaba - como había ocurrido con Ankhtifi – el cargo de “Jefe Supremo del nome de Tebas” con el de “Supervisor de Sacerdotes”. Además, reclamaba para sí los títulos de “Confidente del Faraón de la estrecha puerta del Sur” (Elefantina), y “Jefe Supremo del Alto Egipto”.

Puesto que esta inscripción referente a Intef se encontró en el cementerio de Dendera, la capital del 6º nome del Alto Egipto, parece justo dar por hecho que su autoridad fue reconocida mucho más allá de los confines de su propia provincia.

Este nomarca, Intef, es con toda probabilidad el mismo que el tal “Intef el Grande, nacido de Iku”, que aparece en las inscripciones contemporáneas, y al que el propio faraón Senusret I (1.956-1.911 A.C.), de principios del Imperio Medio, dedicó una estatua en el templo de Karnak. Y aún más, a este personaje se le describe como “conde Intef”, antepasado de la Dinastía XI tebana en la lista-real que aparece inscrita en las paredes de la “capilla de antepasados reales” de Tutmosis III, en Karnak.

No obstante, sólo su inmediato sucesor, Mentuhotep I, fue considerado faraón en la tradición posterior, aunque el nombre de Horus que se le asignó, a saber Tepy-a – literalmente “el antepasado” – lo delata como ficción póstuma. Las fuentes epigráficas posteriores carecen de información sobre Mentuhotep I y su hijo Sehertawy Intef (2.125-2.112 A.C.), si bien la tumba de éste último sigue siendo la referencia más prominente de la necrópolis de el-Tarif, y sigue sirviendo como único monumento que sobrevive del poder y grandiosidad de los primitivos faraones tebanos.

Durante el Primer Período Intermedio, en la necrópolis de el-Tarif, se desarrolló un nuevo tipo de tumba rupestre; aparentemente para su adaptación a la topografía local. En las tumbas pequeñas del personal privado, se empezaba excavando un amplio patio en el estrato de grava y marga de la baja terraza del desierto. En la cara trasera de este patio, un pórtico con una fila de pesados pilares cuadrados formaban la fachada de la tumba; y es esta fila de pilares la que dio nombre a la designación moderna del tipo de arquitectura conocido como tumba-saff (del árabe saff o “fila”). Un corto y estrecho corredor situado en el centro de la fachada, conducía a la capilla de la tumba, en la que también se encontraba el pozo funerario que daba acceso a la tumba.

El Faraón Intef I decidió construir para él una tumba-saff de dimensiones gigantes. El “Patio de Saff Dawaba”, como así se le conoce hoy, se excavó en la tierra como un gigantesco rectángulo de 300 m de largo y 54 m de ancho; de él se sacaron 400.000 metros cúbicos de grava y roca blanda, que apilados, formaban dos cúmulos bajos a ambos lados del patio.

Su parte frontal, donde antaño se habría alzado algún tipo de capilla de entrada, desgraciadamente se ha perdido, pero la trasera, con su amplia fachada formada por una doble fila de pilares cortados en roca, y tres capillas – una para el faraón y dos, probablemente, para sus esposas – aún permanece relativamente bien conservada. Como la superficie de las paredes está totalmente desconchada, no se puede apreciar si originalmente estuvieron pintadas. No obstante, la Saff Dawaba parece haber sido una impresionante pieza de arquitectura que revela algunos de los fundamentos de la recién constituida realeza.

Sobre todo, no hay el mínimo intento de emular a la arquitectura funeraria del Imperio Antiguo. Más bien se diría que los faraones tebanos crearon un tipo explícito de tumba real tebana tomada del repertorio de la tradición local. Aún más, contrariamente a lo que hicieron muchos de los faraones del Imperio Antiguo, no lucharon por imponer la exclusividad de su localización; las tumbas reales continuaron situadas en el cementerio principal de Tebas, justo en frente de la ciudad y sus templos, al otro lado del río.

Aquí, el lugar de enterramiento del faraón estaba rodeado, no sólo de tumbas de un reducido círculo de cortesanos, sino por el cementerio de la población local. Además, las capillas de las pequeñas tumbas colocadas a los lados del patio de la tumba real, proporcionaban espacio para eventuales enterramientos de algunos de sus seguidores. El mensaje, pues, que transmitía esta arquitectura, estaba enfocado no sólo a engrandecer la posición del faraón, sino también resaltar el hecho de que estos gobernantes estaban arraigados en el entorno tebano y en la sociedad local.

Los sucesores inmediatos de Intef I – Wahankh Intef II y Nakht-Nebtepnefer Intef III – continuaron construyéndose tumbas-saff muy similares en la necrópolis de el-Tarif, en paralelo a la Saff Dawaba. Cuando Mentuhotep II se trasladó al nuevo yacimiento de Deir el-Bahri es probable que sólo fuese porque el terreno apropiado para la arquitectura monumental se habría ya agotado en el-Tarif .

Y hacemos aquí un nuevo alto en el camino que nos va a permitir analizar y digerir este tramo andado, para luego seguir nuestro recorrido por este Primer Período Intermedio – con el Doctor Seidlmayer, claro está - en otra “Hoja Suelta”, en la que tocaremos temas como: “El Faraón Wahankh Intef II”, “Los Hombres del Faraón”, “Monumentos y Arte” y “El Reino de Heracleópolis”.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 8 septiembre de 2009.

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

lunes, 24 de agosto de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 2/7


Estela de Inheretnakht, probablemente de Naga ed-Deir (2.160-2.040 A.C.) mostrando ya algunos signos del llamado "estilo provincial".


EL ENTORNO PROVINCIAL

La transformación de la cultura y la economía de las provincias acabó afectando a toda la sociedad egipcia. Este proceso se puede seguir por los profundos cambios que aparecen en el registro arqueológico, ya arraigados en la Dinastía VI, que alcanzaron su punto álgido en la primera mitad del Primer Período Intermedio.

Así que de nuevo tenemos que recurrir a los cementerios en busca de documentación válida; en parte, por la ausencia de asentamientos excavados de esta época, pero principalmente por los inherentes datos que aportan los restos de la cultura funeraria.

Si comparamos la situación de principios del Imperio Antiguo con la de finales, y con la del Primer Período Intermedio, lo inmediatamente obvio es la proliferación de cementerios. Del último período se conocen muchos más, y cuando se explora una región determinada, sistemáticamente nos encontramos con un claro incremento del número de enterramientos.

Para explicar este fenómeno hay que considerar varios factores: Primero, el aumento de tumbas claramente evidencia un crecimiento demográfico durante el Imperio Antiguo y, es muy probable, que los factores más influyentes del cambio estuviesen ya arraigados en los propios entornos locales, donde el aumento de población vino acompañado, propiciado y estimulado por un mejor y más eficaz aprovechamiento de los recursos agrarios.

Segundo, durante el tardío Imperio Antiguo y el Primer Período Intermedio, las tumbas corrientes aumentaron de tamaño y los enterramientos ofrecían mejores ajuares funerarios. Estas tumbas no sólo han sido más fáciles de identificar y de datar por su mayor tamaño y contenido más variado, sino porque atraían a más excavadores. De hecho, los cementerios provinciales de la primera mitad del Imperio Antiguo han sido bien conocidos entre los primeros arqueólogos porque no llegaban a cubrir ni los gastos de la mano de obra de la excavación.

Al igual que la aparición de tumbas monumentales decoradas en el Alto Egipto, el aumento del número de sepulturas en los cementerios provinciales refleja, por lo tanto, en cierta medida, un cambio en el patrón social de consumo. Este fenómeno resulta particularmente obvio en los registros funerarios, pero no estuvo restringido sólo a esta esfera. De hecho, los objetos más valiosos que más abundaban en los enterramientos de principios del Primer Período Intermedio – vasijas de piedra para cosméticos, ornamentos y amuletos de gemas, e incluso de oro – eran objetos normales de la vida cotidiana, más que hechos especialmente para su uso funerario.

Parece claro, pues, que las provincias disfrutaron de condiciones económicas favorables durante el tardío Imperio Antiguo y el Primer Período Intermedio.

La distribución de los cementerios también puede proporcionar alguna indicación sobre patrones de asentamiento. El paisaje aparecía punteado de aldeas, mientras que los emplazamientos de las capitales de los “nomes” sólo aparecen marcados no ya por grupos de tumbas rupestres, o tumbas-mastabas monumentales propiedad de la aristocracia provincial, sino también por cementerios muy amplios de ciudadanos normales.

Las tumbas de la población urbana no difieren, en principio, de las de los pueblos. Aún así, con frecuencia son mayores en tamaño y están mejores equipadas. Así que, una estructura urbana dominaba el patrón de asentamiento provincial, no sólo política y socialmente sino también demográfica y económicamente.

CAMBIOS EN LOS ESTILOS Y FORMAS COMO SIGNOS DE DESARROLLO CULTURAL Y SOCIAL

El período que siguió al fin del Imperio Antiguo vino acompañado de cambios fundamentales en la cultura del material. De hecho, durante el Primer Período Intermedio, casi todos los objetos adquirieron una apariencia diferente. Vamos a dar un breve repaso a los aspectos más significativos de este proceso.

Desde un punto de vista puramente arqueológico, la cerámica se destaca como el tipo de material más importante. Desde el Período Dinástico Temprano, y durante todo el Imperio Antiguo, el repertorio de recipientes estuvo dominado morfológicamente por las formas ovales; el punto de máxima apertura siempre estaba ligeramente por encima de la mitad de la vasija.

Durante el Primer Período Intermedio, este estilo rápidamente se abandonó. Ahora, se hacían con forma de bolsa e incluso de gota descolgada. No es difícil identificar la fuerza impulsora detrás de este proceso. Parece claro que la idea era adaptar la forma de la vasija para aprovechar mejor las prestaciones que ofrecía el torno. En el caso de recipientes ovoides, una parte considerable de la superficie exterior había que decaparse después del torneado. En el caso de las vasijas en forma de bolsa, la cantidad de trabajo que se necesitaba podía reducirse considerablemente.

Es curioso, sin embargo, que este proceso tardase unos 200 años después de la primera introducción del torno en los talleres egipcios durante la Dinastía V. Aparentemente, no sería hasta el inicio del Primer Período Intermedio que la gente estaría preparada para prescindir de los modelos tradicionales y dar paso a modos más eficaces de producción.

Más aún, toda una gama de tipos de objetos nuevos se hicieron populares en los enterramientos provinciales durante el Primer Período Intermedio. Durante el Imperio Antiguo, los ajuares de los enterramientos más pobres se escogían de entre los objetos usados en la vida cotidiana, pero en el Primer Período Intermedio, empezaron ya a fabricarse exclusivamente para uso funerario.

Figurillas de madera de portadores de ofrendas, burdamente talladas, barcos, incluso escenas completas de talleres, son buen ejemplo de esta tendencia. Otro ejemplo es la aparición y uso de máscaras coloreadas hechas de yeso y lino (cartonnage) que cubrían las cabezas de las momias. Incluso era cada vez más frecuente la utilización de estelas de losas de piedra como medio de marcar el lugar dedicado a las ofrendas dentro de la superestructura de las pequeñas tumbas-mastabas, o en las capillas de las tumbas cavadas en roca.

La aparición de estos objetos indica que tanto la demanda como los medios disponibles en las ciudades de provincia, eran suficientes para sustentar una zona de artesanía especializada en productos “no funcionales”. Pero, por otra parte, aún más importante es el hecho de que los prototipos de esta clase de objetos tenían su origen en la cultura de élite del Imperio Antiguo.

El modelo de figuras funerarias del personal empeñado en las tareas fundamentales, puede remontarse de forma directa al repertorio de escenas de la vida cotidiana representadas en la decoración de la tumba-mastaba del Imperio Antiguo. Parece que para el Primer Período Intermedio, aquellos factores que antes inhibían la comunicación cultural entre diferentes capas sociales, cesaron de operar.

El paso de las tradiciones de la cultura de élite a un círculo más amplio de usuarios se hizo mano a mano con una marcada pérdida de calidad. No era infrecuente, que incluso patrones iconográficos fuesen erróneamente interpretados, y formularios claramente tergiversados. Mientras el arte provincial del Primer Período Intermedio exhibe un asombroso grado de originalidad y creatividad - como veremos más adelante en este capítulo - no se puede negar la fealdad de algunas piezas y la forma tan incompetente de fabricación.

Este punto en particular ha llamado la atención de historiadores que lo han tomado como una señal de declive cultural durante este Primer Período Intermedio. No obstante, por muy obvia que esta última interpretación parezca, suponer que este fue un período de decadencia cultural implicaría desestimar dos procesos importantes: Primero, la evidente asimilación en este período de los modelos culturales del Imperio Antiguo a nivel nacional; y segundo, la también evidente
aparición del consumo masivo.

IDEAS RELIGIOSAS

Algunos de los cambios en la cultura del material son indicativos de una evolución de las creencias religiosas y de las prácticas rituales, como es el caso de la adopción y uso de máscaras en las momias. Pero, el cuerpo de evidencia más importante para los tipos de creencias en la sociedad de provincias durante el Primer Período Intermedio lo constituye el amplio corpus de los Textos de los Sarcófagos, conjunto de ensalmos mágicos y litúrgicos, generalmente en forma de inscripciones, que aparecen en los laterales de los sarcófagos de madera.

Si bien es obvio que el grueso de evidencia de estos textos data del Imperio Medio, en ocasiones dejan ver que ya habían aparecido durante el Primer Período Intermedio. El origen preciso de los Textos de los Sarcófagos es aún motivo de continuo debate; tanto en cuanto a su fecha como a su origen geográfico. Es evidente que el propio corpus de los Textos de las Pirámides del Imperio Antiguo, que a veces han aparecido inscritos en los sarcófagos junto a los Textos de los Sarcófagos, proporcionó modelos importantes, pero estos últimos, de por sí, incluían material crucial y nuevo, junto a conceptos frescos.

Sólo unos cuantos ejemplos pertenecientes a este Primer Período Intermedio han sobrevivido, y la propiedad de los sarcófagos con textos inscritos siempre ha estado restringida al nivel más alto de la sociedad de provincias. A veces, no obstante, parece posible conectar ideas que aparecen explícitamente en los Textos de los Sarcófagos con ciertos aspectos del registro arqueológico. Sólo es entonces, cuando la enorme antigüedad y popularidad de algunos de estos conceptos se hacen evidentes.

Esta observación brinda apoyo a la noción de que fue el propio entorno provincial del Primer Período Intermedio que jugó un rol significativo en los orígenes de los Textos de los Sarcófagos y contribuyó de forma específica a su contenido conceptual.

Una serie de ensalmos de los Textos de los Sarcófagos estaba diseñado para “reunir a la familia del finado en el Reino de los Muertos”. El abanico de personas afectadas es extenso, ya que los textos mencionan no sólo a familiares sino también a sirvientes, seguidores y amigos.

El mismo deseo se deja notar en la evolución de los tipos de tumbas, ya a principios de la Dinastía VI. Las tumbas egipcias se construían originalmente para acoger a una sepultura, pero para finales del Imperio Antiguo se construían ya amplias tumbas-mastabas de cámaras múltiples que proporcionaban espacio para toda una familia, e incluso para familias “ampliadas”, en el sentido que acabamos de ver.

La propia arquitectura de las tumbas proporciona evidencia de un ranking dentro de estos grupos, al ser algunos pozos más profundos y cámaras más amplias, en unos que en otros, ofreciendo así la posibilidad de enterramientos más suntuosos. De hecho, siempre que los enterramientos estén en buen estado, ambos aspectos de esta nueva situación – el tamaño de los grupos familiares involucrados y la desigualdad entre personas dentro de estos grupos – llaman particularmente la atención, pues las cámaras solían utilizarse para múltiples y sucesivos enterramientos de forma regular.

Las costumbres funerarias del Primer Período Intermedio ponen de relieve la importancia crucial de las relaciones interpersonales que existían a un nivel primario de la organización social. Este aspecto del pensamiento religioso refleja el papel desempeñado por las "familias ampliadas" como unidades básicas de la organización social.

Los ensalmos funerarios en cuestión enfatizan la autoridad ejercida por el cabeza de familia sobre sus miembros, pero también recalcan el hecho de que él estaba capacitado para protegerlos de las demandas externas.

Es así, pues, que la familia, como unidad de solidaridad y responsabilidad colectivas, actuaba como una interface entre los niveles más altos de la organización social y política. Gracias a este rol, la “familia ampliada” aparece como una institución reorganizada en los textos jurídicos de las Dinastía VI a la Dinastía VIII.

COMENTARIO Ex profeso

No puedo evitar, finalizando ya esta “Hoja Suelta”, felicitar de forma sincera al Profesor Stephen Seidlmayer por la forma tan clara, sencilla y, sobre todo, tan objetiva con que ha desarrollado los temas tratados en ella.

Para mí, este capítulo está suponiendo una inesperada experiencia por cuanto que me hace disfrutar de una visión distinta, e incluso discrepante y regeneradora, de la que originalmente poseía del Primer Período Intermedio: Período de decadencia y oscurantismo; de declive, negativismo y parálisis total de las instituciones; de crisis política, económica, cultural, social, artística, moral, funeraria y religiosa, en todo el ámbito nacional.

El análisis razonado del Doctor Seidlmayer, sin embargo, ha desdramatizado de forma razonada y rotunda la evolución real del estado egipcio, con sus luces y sus sombras, durante este delicado período que supuso un cambio direccional de ámbito general, que obligó a adoptar formas y sistemas nuevos que, a su vez, generaron avances en determinados sectores, y cuyo fruto serviría de base para la eventual creación de un nuevo estado más fuerte, de instituciones más eficaces, y de mayor creatividad y riqueza, que se haría patente a lo largo de la floreciente andadura del Imperio Medio que llegaba.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 28 de agosto de 2009.

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

lunes, 27 de julio de 2009

El Imperio Antiguo (c.2.686-2.160 A.C.) 4/6.- La Dinastía IV (continuación)


Estatua de caliza pintada de la Dama Nynofretmin. La estatua se colocaba en la capilla "serdab". Una vez alli, sólo podrían verla los sacerdotes mortuorios y familiares que viniesen a visitar la tumba y depositar ofrendas. Su cometido era proporcionar un hogar al "ka" del difunto en el caso de que el cuerpo fuese destruído, con lo que perduraría el recuerdo y personalidad del finado. Dinastía IV (c.2613-2160 A.C.)


LOS CULTOS FUNERARIOS REALES

El efecto de la construcción de pirámides que se ha comentado, no acababa con la terminación de la propia estructura. Cada complejo piramidal era foco del culto al faraón fallecido, que continuaría de forma indefinida. Su objetivo consistía en asegurarse que todas las necesidades del faraón eran cubiertas y, de forma menos directa, las de sus familiares y altos funcionarios enterrados en las tumbas cercanas. El primer benefactor era el propio faraón que, durante su vida, había dotado a sus establecimientos piramidales de tierras, o dispusto las aportaciones a recibir del Tesoro Público.

Las disposiciones del culto implicaban, entre otras, la presentación de ofrendas, si bien es probable que sólo una pequeña parte de la producción procedente de los establecimientos acabasen en los altares y en las mesas de ofrendas; pero incluso aunque no hubiese sido así, no habría habido desperdicio sino que se habría procedido a su reciclaje, bien para el consumo del personal del templo, bien para una redistribución más amplia.

En su mayoría se utilizaban para mantener a los sacerdotes y funcionarios relacionados con el culto funerario, y a los artesanos que vivían en la ciudad de la pirámide, o eran redirigidas para costear los cultos funerarios de las tumbas privadas. Esto representaba una forma de redistribución del producto nacional, y sus beneficios se iban filtrando a través de los distintos estratos de la sociedad egipcia.

No obstante, las donaciones a los establecimientos piramidales quedaban aseguradas para siempre mediante decreto real que las convertía así en permanentes e inalienables, lo que, por otra parte, acababa redundando en una reducción gradual del poder económico del faraón.

Las disposiciones para el culto funerario real se instrumentaban incluso en provincias. El culto a Sneferu puede que se concentrase en un reducido número de pequeñas pirámides, de unos 20m² de base, de las que al menos siete se conocen: Elefantina, Edfu, el-Kula, Ombos, Abydos, el-Seila y Zawiyet el-Mayitin. Sólo una, la de el-Seila, se puede datar con precisión en el reinado de Sneferu gracias a una estela y a una estatua.

Los proyectos de grandes construcciones también estimulaban las expediciones que se enviaban al extranjero para asegurarse minerales y recursos varios no disponibles en el propio Egipto. Las organizaba el propio Estado, ya que antes de la Dinastía VI no se conocía otra forma de comercio a distancia.

Los nombres de Djoser, Sekhemkhet y Khufu aparecen en inscripciones en roca en las minas de turquesa y cobre de Wadi Maghara, en la Península de Sinaí. Es posible que al faraón Djoser le hubiese precedido Nebka, si éste y Horus Sanakht son uno mismo. La Piedra de Palermo contiene una lista de cuarenta barcos que transportaron madera desde una región desconocida durante el reinado de Sneferu, y el nombre de los faraones Khufu y Djedefra aparecen inscritos en las canteras de gneis, bien adentradas en el Desierto Occidental de Nubia, a unos 65km al nordeste de Abu Simbel.

El greywacke y la arenisca más fina para hacer estatuas se obtenían de Wadi Hammamat, entre Koptos – la actual Qift – y el Mar Rojo, durante los reinados de los faraones Khufu, Khafra y Menkaura, y también en Tell Merdikh (Ebla), en Siria, en tiempos del faraón Khafra.

Durante la Dinastía III y IV Egipto no experimentó ninguna amenaza real procedente de ultramar. Las campañas militares en el extranjero, especialmente las de Libia y Nubia, se deben pensar como encaminadas a la explotación de zonas vecinas en busca de recursos inmediatos. Hay que pensar que uno de los principales deberes del faraón consistía en el sometimiento de los enemigos externos y, al parecer, en este caso, la política real y la realpolitik coincidían de forma conveniente.

La mejor prueba de ello nos viene del reinado de Sneferu. Y no necesariamente por ser el único caso, sino por estar documentado. Formas tan crudas de política exterior parecen haber sido bastante comunes durante la Dinastía IV, cuando la economía del país, probablemente, se había estirado hasta límites extremos. Nubia fue destino de una gran expedición enviada por Sneferu en busca de recursos, tales como cautivos, rebaños de bovino, y materias primas, incluida la madera.

Pero estas campañas tuvieron también sus efectos negativos pues llegaron a destruir asentamientos locales y a despoblar la Baja Nubia, entre la 1ª y la 2ª Catarata, provocando a su vez la desaparición de la cultura local conocida como "A Group", a la que ya hicimos mención en su momento. Durante la Dinastía IV se estableció un nuevo asentamiento al sur de Buhen, a la altura de la 2ª Catarata.

No obstante, la construcción monumental proporcionó oportunidades sin precedentes para los artistas; especialmente para los dedicados a la talla de estatuas y relieves. La experiencia adquirida en pequeños trabajos en piedra durante los períodos precedentes pronto dio lugar a las esculturas a gran escala, con brillantes resultados. Los complejos piramidales reales incorporaban estatuas, en su mayoría del faraón, que a veces iban acompañadas de deidades.

Aunque hoy nos dejamos impresionar por las cualidades estéticas, estas obras de Arte eran, en principio, funcionales, de forma que la estatua real más antigua que se conserva, la de Djoser, que se encontró en su templo piramidal de Saqqara, aparecía colocada en su serdab – o “Habitación de la Estatua”, palabra árabe que significa “sótano” – en el lado norte de la pirámide, y se la consideraba como una segunda manifestación del ka del faraón. Y un motivo similar habría que atribuirles a las estatuas de tumbas privadas.

El número de estatuas colocadas en los templos proliferó con la aparición del complejo piramidal desarrollado durante la Dinastía IV. La estatua de gneis del faraón Khafra, que aparece protegida por un halcón posado en el respaldo de su trono como manifestación del Dios Horus, con el que el faraón se identificaba, es una obra maestra con frecuencia imitada en períodos posteriores, pero nunca igualada. Las estatuas de dioses también eran comunes en los templos de deidades locales, pero prácticamente ni una de ellas ha sobrevivido.

Los templos y las calzadas elevadas asociadas con las pirámides se decoraban con soberbios relieves, y lo mismo ocurría en las capillas de muchas tumbas de mediados de la Dinastía IV. Estos relieves no era una mera decoración, sino que expresaban conceptos tales como: la Realeza, en los monumentos reales; la Satisfacción de necesidades en el Más Allá, en las tumbas privadas; y su presencia en templos y tumbas garantizaban su perpetuidad.

La estela de hornacina de madera de la tumba del alto funcionario del faraón Djoser, Hesyra, en Saqqara, actualmente en el Museo de El Cairo, muestra una decoración en relieve de muy alto nivel para un período sorprendentemente temprano. Estos relieves fueron creados por los mismos artistas que decoraron los monumentos reales y, como en el caso de tumbas y estatuas, se trataban de obsequios del faraón.

La inscripción jeroglífica se convirtió entonces en un sistema totalmente desarrollado empleado para fines monumentales. Su equivalente cursiva, llamada “hierático” por los Egiptólogos, se utilizó para la escritura sobre papiro, pero el hallazgo de tales documentos anteriores a la Dinastía V, sigue siendo excepcional.

LOS TEMPLOS SOLARES Y LA ASCENSIÓN DEL DIOS RA

Hasta hace muy poco tiempo, el inicio de la Dinastía V se solía describir en términos de un texto literario que aparece en el Papiro Westcar. Consiste éste en una colección de historias, parcialmente conservada, probablemente compilada durante el Imperio Medio y escrita algo más tarde. “Las Noches de Arabia” se sitúan en la corte del faraón Khufu, donde los príncipes reales se esfuerzan en entretener a su insatisfecho padre con cuentos. La narración del Príncipe Hardjedef predice el nacimiento de trillizos, los futuros faraones Userkaf, Sahura y Neferirkara, de Radjedet, esposa de un sacerdote del Dios Ra, en Sakhbu, en el Delta, como resultado de su unión con el Dios Sol. Para desconsuelo de Khufu, estos niños han de reemplazar a sus propios descendientes en el trono de Egipto.

El comienzo de la nueva dinastía de Manetón, la Dinastía V, parece así vinculada a un cambio importante en la religión egipcia y, como nos muestra el Papiro Westcar, la división dinástica bien puede ser reflejo de una antigua tradición egipcia.

El primer faraón de la nueva dinastía fue Userkaf, Horus Irmaet, 2.494-2.487 A.C., cuyo nombre conserva el patrón del último, o quizás penúltimo, faraón de la Dinastía IV, Sheseskaf. Se ha llegado a sugerir que Userkaf era nieto de Djedefra, pero, aunque sin lugar a dudas existían lazos familiares entre él y los soberanos de la Dinastía IV, se desconoce la naturaleza exacta de los mismos. Nada se sabe del reinado de Usernef, y no existe evidencia contemporánea que apoye la versión de los eventos que se describen en el Papiro Westcar.

El principal logro arquitectónico del reinado del faraón Userkaf, que ha sobrevivido, es el edificio de un templo específicamente dedicado al Dios Sol Ra. Y con él, se inicia una tendencia: Seis de los siete faraones de la Dinastía V de Manetón, Userkaf, Sahura, Neferirkara, Raneferef, Nyuserra y Menkauhor, construyeron ese tipo de templo durante los siguientes ochenta años.

Los nombre de estos templos se conocen por las titularidades de sus sacerdotes, pero sólo dos han sido localizados y excavados, el de Userkaf y el de Nyuserra. El templo solar edificado por Userkaf está en Abusir, al norte de Saqqara, aunque recientes excavaciones parecen apoyar la opinión de que la división entre Saqqara y Abusir ha sido producto de arqueólogos modernos, y no parece que existiese en la antigüedad.

La pirámide de Userkaf está en Saqqara Norte, en la esquina nordeste del recinto de Djoser. Para entonces, ya habría tenido lugar una importante reevaluación de la rígida monumentalidad, a juzgar por el menor tamaño de la pirámide de 73’5m de lado y 49m de altura, la adopción de un sistema de construcción menos problemático, y el deseo evidente de improvisar.

De hecho, el principal templo piramidal fue colocado, inusualmente, contra la cara sur de la pirámide; quizás con objeto de no interferir con una estructura ya existente. Userkaf, cuyo reinado duró sólo siete años, pudo haber ascendido al trono ya anciano.

La construcción de templos solares fue el resultado del gradual ascenso en importancia del Rey Sol Ra, que se convirtió en el equivalente más cercano a un Dios Estatal. Cada faraón construyó su propio templo solar, y su proximidad a los complejos monumentales, así como su similitud con los monumentos funerarios reales en planta, sugieren que se construyeron para el Más Allá más que para el Presente.

Un templo solar estaba compuesto de un templo del valle conectado al templo superior por una calzada elevada. La característica principal del templo superior consistía en un pedestal masivo con un obelisco, símbolo del Dios Sol. Un altar se colocaba en un patio abierto al Sol. No había relieves en las paredes del edificio de Userkaf - el templo solar más antiguo - pero en el de Nyuserra, abundaban.
Por una parte, destacaban el rol del Dios Sol como dador final de la vida, fuerza motriz de la Naturaleza, a la vez que señalaban el puesto a ocupar por el faraón en el ciclo eterno de acontecimientos, mostrando su periódica celebración de los festivales sed.

Una réplica grande de una Barca Solar se construyó en los alrededores. Así pues, los templos eran monumentos personales que mostraban la relación continuada del faraón con el Más Allá. Como en los complejos piramidales, a los templos solares se les dotaba de tierras, recibían donaciones en especias en los días de festival, y disponían de personal propio.

Y con esto acabo esta “Hoja Suelta” para iniciar una nueva andadura, la quinta del Capítulo 5 del corpus general del Proyecto, que nos va a permitir incidir en la Dinastía V, a lo que se añadirá, a modo de apéndice, un espacio dedicado a los "Faraones de los Textos de las Pirámides". Todo ello, en compañía de nuestro docto guía, el Profesor Jaromir Malek, del Griffith Institute.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 28 de julio de 2009

Bibliografía:

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British Museum Database.