domingo, 25 de octubre de 2009

El Renaissance Egipcio en el Imperio Medio (c.2055-1650 A.C.) 2/3 Dinastía XII


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Ataud interior de madera pintada de Sebekhetepi, Beni Hasan, Imperio Medio, hacia 2.125-1.795 A.C. Como muchos individuos adinerados del Imperio Medio, Sebekhetepi fue enterrado en dos ataudes rectangulares. El interior estaba hecho de madera de cedro importada, de mucha más calidad que la madera local, lo que sugiere un alto estatus de su propietario. La decoración del exterior del ataud está embutida en la madera y pintada. Las inscripciones que aparecen a lo largo del centro de la tapa están escritas en azul sobre una banda blanca. Los bordes de la tapa y las esquinas de la caja están decoradas con bandas a rayas separadas por bandas perpendiculares cortas, en los mismos colores. El par de ojos "wedjat" en un lado, también en azul sobre blanco rodeado de un borde multicolor, facilita a la momia - colocada de lado de forma que tiene enfrente al wedjat - el que pueda ver fuera del ataud. El interior del ataud va decorado con representaciones de ofrendas. Se desconocen los títulos ostentados por Sebekhetepi pero, al igual que Gua, se sabe que fue servidor de un gobernador real y que ambos vivieron durante el Imperio Medio; hacia 2.040-1.750 A.C. Tamaño: Alto 45'8 cm; Ancho 40'6 cm; Largo 187'3 cm


LA DINASTÍA XII

A modo de Preámbulo

La sofisticación que se alcanza durante la Dinastía XII, muy superior en comparación con la de la Dinastía XI, ha sido, quizás, el factor que más ha contribuido a persuadir a tantos estudiosos de que el verdadero Imperio Medio comienza con la Dinastía XII.

Amenemhat I

Sehetepibra Amenemhat I (el Ammenemes de Manetón, c.1985-1956 A.C.) era hijo de un individuo llamado Senusret y una mujer llamada Nefret - que no pertenecían a la familia real – y los nombres de Amenemhat, Senusret y Nefret acabarían siendo muy populares entre los faraones de la Dinastía XII y sus esposas. Si el visir Amenemhat y Amenemhat I eran en realidad una misma persona, su informe sobre los dos mencionados presagios parece señalarle a él como la persona para quien los milagros se habían hecho. Sus contemporáneos tienen que haber entendido que este hombre habría obtenido así el favor de los dioses.

La Profecía de Neferti, cuyo texto posiblemente se compuso hacia principios del reinado de Amenemhat I, se inicia con una lista de problemas relacionados con el campo, y luego “predice” la aparición de un faraón poderoso:

Entonces un rey vendrá del Sur,
De nombre Ameny, el justificado,
Hijo de una mujer de Ta-Seti, Hijo del Alto Egipto.
Él tomará la Corona Blanca,
Él llevará la Corona Roja,
Él unirá las Dos Poderosas (las dos Coronas)

Los Asiáticos caerán bajo su espada,
Los Libios perecerán bajo su fuego,
Los Rebeldes bajo su cólera,
Los Traidores bajo su poder,
Al igual que la serpiente desde su frente domina a los Rebeldes por él,
Él construirá el Muro-del-Príncipe,
Para impedir la entrada a Egipto de los Asiáticos……..

Puesto que esta “profecía” de principios de la Dinastía XII - cuya datación, por cierto, es cuestionable - claramente se refiere al faraón Amenemhat, de nuevo nos encontramos ante una enunciación, de intervención divina, que nos advierte del estatus sobrenatural del faraón.

Hay otros muchos textos que se refieren al caos anterior a la llegada de los nuevos reyes; sin embargo, las referencias a los Asiáticos en La Profecía de Neferti son nuevas; así como la referencia al "Muro-del-Príncipe", un sistema de fortificaciones levantado por Amenemhat en el Delta Oriental. Fue durante su reinado cuando tuvieron lugar las primeras campañas militares del Imperio Medio contra el Cercano Oriente, debidamente atestadas.

Una de las acciones más significativas de Amenemhat fue trasladar la capital de Tebas a la nueva ciudad de Amenemhat-itj-tawy (“Amenemhat, el Ocupador de las Dos Tierras”), en ocasiones referida simplemente como Itjtawy, en la región de el-Faiyum - aún por descubrir - en las proximidades de la necrópolis de Lisht. El nombre de la ciudad sugiere ya un comienzo del reinado más bien violento, aunque se desconoce la fecha precisa del cambio de residencia real. La mayoría de los estudiosos la sitúan a principios del reinado de Amenemhat, pero Dorothea Arnold aboga por una fecha durante su reinado muy posterior; alrededor del año 20.

Aún en el caso de que Amenemhat hubiese residido algunos años en Tebas, el hecho de que los preparativos previos a la construcción de la plataforma en las inmediaciones de Deir el-Bahri, identificada como una posible tumba para Amenemhat I probablemente sólo durasen de tres a cinco años, sugiere que el traslado quizás no se hiciese tan tarde como el vigésimo año de su reinado. El escaso número de monumentos construidos en Tebas por Amenemhat, y la sospechosa ausencia de enterramientos oficiales después del de Meketra – un alto cargo enterrado cerca de la mencionada plataforma – hacen pensar que el traslado pudo tener lugar durante los primeros años de su reinado.

Por otro lado, las inscripciones en los bloques de la cimentación del templo mortuorio de Amenemhat en Lisht dejan ver, primero, que Amenemhat I habría celebrado ya su jubileo real; y segundo, que el año 1 de un rey cuyo nombre no se menciona – aunque se piensa que se trata del sucesor de Amenemhat, Senusret I - habría ya transcurrido, sugiere una fecha muy posterior para el complejo piramidal de Lisht. Con tales argumentos, la fecha del traslado de la capital a el-Faiyum sigue siendo aún objeto de debate.

Es probable que el emplazamiento de Itjtawy se escogiese por estar más cerca del lugar de procedencia de las incursiones de los Asiáticos de lo que había estado Tebas, pero, políticamente fue un acierto de Amenemhat fundar una nueva capital como signo de un nuevo amanecer político. También implicaba que los cargos bajo su mando dependerían por completo del faraón más que de sus propias bases de poder.

Este nuevo comienzo se celebró durante una segunda elección del Nombre de Horus del faraón, Wehemmesu (“el Renaissance” o, más literalmente, la “repetición de nacimientos”, quizás en alusión al primero de los “milagros”).

Ésta resultó no ser una frase vana: la Dinastía XII volvía su mirada hacia atrás, de forma retrospectiva, en busca de los modelos del Imperio Antiguo, como fue el caso con la tumba real de forma piramidal, y el uso de los estilos de decoración artística de aquel período. También se promocionó el culto al soberano.

Se volvió, de forma pausada pero inexorable, a una forma de gobierno más centralizada, con el consiguiente aumento de la burocracia. Se produjo un crecimiento exponencial en la riqueza mineral del faraón, puesta en evidencia por las joyas encontradas en los enterramientos reales de la Dinastía XII. Estos cambios dieron lugar a un aumento del nivel de vida para los egipcios de clase media cuyo nivel de riqueza era proporcional al de sus cargos oficiales.

Amenemhat utilizó los ejércitos feudales por vez primera contra los Asiáticos, en el Delta; el alcance de estas operaciones se desconoce. Después, fortaleció la región con construcciones del tipo del “Muro-del-Príncipe”, que tan importante papel jugó en la "Historia de Sinué", y fueron también mencionados en la "Profecía de Nefret". No se ha descubierto aún ninguna fortaleza de esta época en la frontera noroeste de Egipto, pero los vestigios de un gran canal pueden datar de este período. Se sabe de otras fortalezas construidas durante el reinado de Amenemhat en otros lugares, que incluye una llamada Rawaty, en Mendes, y las de los puestos avanzados de Semna y Quban, en Nubia.

Aunque el faraón y su ejército regular avanzaron hacia el sur llegando hasta Elefantina, muy al principio de su reinado, no parece que hubiesen estado tan activos más al sur hasta por lo menos el año 29. Para entonces, con la nueva política, Nubia habría dejado de ser la red imprecisa y esporádica de comercio y de incursiones en las canteras que caracterizaron al Imperio Antiguo, para iniciar una nueva estrategia de conquista y colonización con el objetivo principal de obtener materias primas, en especial oro.

Una inscripción en el yacimiento de Korosko, en la Baja Nubia, a mitad de camino entre la primera y la segunda catarata de El Nilo, deja constancia de que la población de Wawat, en la Baja Nubia, fue derrotada en el año vigésimo noveno del reinado de Amenemhat. Sólo se reseña una incursión militar contra los libios que se dice tuvo lugar en el año 30, con el ejército bajo el mando del hijo del faraón, Senusret. Una vez finalizada la campaña libia, Amenemhat falleció.

Senusret I

Según el Fragmento 34 de la historia de Manetón, hacia finales del reinado de Amenemhat tuvo lugar una conspiración. “La Enseñanza de Amenemhat I” también apunta a una disputa sobre la sucesión ya que fue mientras Senusret estaba en la campaña de Libia cuando se le comunicó el fallecimiento de su padre. Es casi seguro que Amenemhat fue asesinado, y un texto de la época de Senusret I da constancia de ello en palabras de su propio padre supuestamente pronunciadas desde su propia tumba:

“Fue después de la cena, ya pasada la noche, y después de haber disfrutado una hora de felicidad. Estaba en la cama, pues me sentía cansado, cuando mi corazón empezó a caer en un sueño. Soñaba que se apoderaban de las armas, y que yo me convertía en una serpiente más de la necrópolis. Conforme volvía en sí me desperté luchando y vi que se trataba de mi propia guardia personal que me estaba atacando. ¡Si hubiese cogido mi arma rápidamente, con una carga habría hecho retroceder a los desgraciados! Pero nadie es fuerte en la noche, nadie puede luchar solo, el triunfo no llega sin una ayuda. Veras, el daño se hizo en tu ausencia, y mi séquito aún no había llegado a tener conocimiento de lo que te iba hacer entrega, al no haberme siquiera sentado contigo y trasmitido mis paternales consejos; pues yo no lo planeé así; yo no lo había previsto así, y mi corazón no pensó en la negligencia de mis siervos.”

Se piensa que el manuscrito del que se deriva este extracto tiene su origen en una antigua composición de la Dinastía XII, muy posiblemente inspirada por el propio faraón Senusret I como apoyo a su reclamación al Trono. Este escrito podría muy bien servir de “justificación” de cualquier medida punitiva que Senusret pudiese haber tomado una vez alcanzado el Trono.

La “Lista de Reyes” habla de un reinado de Kheperkara Senusret I (c.1956-1911 A.C.) de cuarenta y cinco años, situación respaldada por un texto de Amada, en Nubia, que le da 44 años. Hasta ahora, se ha aceptado que el reinado de Senusret I fue de treinta y cinco años en solitario, más diez de corregencia con su padre, pero este supuesto fue cuestionado por el Egiptólogo belga (1963, Tournai, Bélgica) Profesor Claude Obsomer en 1995. Si su hipótesis es correcta, por fin tendría sentido el final de “La Enseñanza de Amenemhat I” en el que el faraón solicita que sea su hijo quien le suceda. Esta petición poética sólo es válida si no existió una corregencia que asegurase la cesión del Trono de forma no traumática.

En el décimo año de su reinado, Senusret I envió una expedición a Nubia. Ocho años después, envió otro ejército más al sur, hasta la 2ª Catarata. Su general Mentuhotep fue aún más allá, pero sería el yacimiento de Buhen el que finalmente se convertiría en la frontera más avanzada del sur. Aquí, Senusret colocó una estela de la victoria y construyó un fuerte, convirtiendo de esta forma la Baja Nubia en provincia de Egipto.

Mientras Kush, en la Alta Nubia, se explotaba por su oro, los egipcios también se abastecían de amatista, turquesa, cobre y gneiss para joyería y esculturas. En el norte, las caravanas se movían entre Egipto y Siria intercambiando madera de cedro y marfil por productos egipcios. Estas expediciones, más prolíficas, muestran hasta qué punto la política exterior había cambiado entre la Dinastía XI y la Dinastía XII.

Los numerosos monumentos reales se distribuyeron desde la Baja Nubia, en el sur, hasta Heliópolis y Tanis, en el norte, y con objeto de obtener materia prima para la construcción, decoración y equipamiento, se enviaron funcionarios a explotar las canteras de piedra de Wadi Mammamat, Sinaí y Wadi el-Hudi. Sólo de una de estas expediciones se extrajo suficiente roca para hacer sesenta esfinges y 150 estatuas. El Museo Egipcio de El Cairo alberga una gran colección de estatuas de Senusret recuperadas de su templo mortuorio, pero otros muchos de sus monumentos y estatuas serían eventualmente remodelados, copiados y sustituidos por otros faraones posteriormente, de forma que sólo unos pocos originales han sobrevivido.

Según parece, en Tebas fundó el templo de Ipet sut (Karnak) y levantó una capilla de alabastro en celebración de su festival sed en el trigésimo primero aniversario de su reinado.

El trabajo en relieve durante su tiempo es particularmente bello, a juzgar por los fragmentos que han sobrevivido, como el de una figura dañada del faraón, en Koptos – actualmente en el Museo Petrie, University College London – pero su estatua carece de vivacidad y movimiento, y los retratos son impersonales. No obstante, el efecto de este frenesí de material gráfico tuvo resultados importantes: Debido al largo reinado de Senusret, el “estilo real” llegó hasta regiones con suficiente fuerza como para que se proyectase por todo Egipto y los estilos locales acabasen por darle paso y ceder terreno de forma gradual.

Senusret fue el primero en introducir un programa de construcción por el que se levantarían monumentos en cada uno de los principales lugares de culto por todo el país. Esta acción, que suponía una extensión de la política de los últimos faraones del Imperio Antiguo, tuvo el efecto de socavar las bases de poder de los templos y sacerdotes locales. Al día de hoy, sólo existen unos pocos vestigios de las principales esculturas y obras temáticas de estas regiones, lo que hace que se diluya nuestra impresión del impacto real del programa de Senusret.

Entre las medidas más importantes, Senusret remodeló el templo de Khenti-amentiu-Osiris, en Abydos. Siguiendo el ímpetu real, los funcionarios oficiales también levantaron numerosas estelas conmemorativas y pequeñas criptas, o cenotafios, en Abydos, iniciando así la práctica que se convertiría en habitual de los hombres piadosos con medios durante el Imperio Medio y en el Nuevo.

Y gracias a la atención que el faraón Senusret I prestó al culto de Osiris, florecerían nuevas creencias y prácticas en Egipto, así como un mayor equilibrio entre la creencia del faraón en el Mas Allá y la de sus súbditos. El egiptólogo John A. Wilson ha descrito el fenómeno como la “democratización del Más Allá”.

Los Papeles de Hekanakhte

Gracias a un golpe de suerte, una colección de cartas del Imperio Medio nos ha proporcionado muchos detalles de la vida agrícola de la época. Las cartas las escribió un anciano agricultor, llamado Hekanakhte, a su familia mientras se encontraba ausente por negocios durante bastante tiempo. Aunque hasta hace poco se pensaba que este material pertenecía al reinado de Mentuhotep III, el hecho de que el papiro se encontrase asociado a cerámica de principios de la Dinastía XII, sugiere que, en realidad, fueron escritas durante los primeros años del reinado de Senusret I.

La personalidad de Hekanakhte emerge de estas cartas en las que abundan órdenes tajantes a sus varios hijos para que cumplan su mandato, para que dejen de llorisquear sobre la escasez de víveres que les proporciona, y para que sean amables con su nueva esposa. Estas cartas nos proporcionan una visión muy íntima de la dinámica familiar de la Dinastía XII, a la vez que nos muestran la forma en que los ricos agricultores jugaban con sus compromisos y sus cosechas. Sugieren la existencia de hambruna en el Egipto de los postreros años de Hekanahkte, fenómeno que también se deduce de las inscripciones que aparecen en la tosca tumba temporal del nomarca Amenemhat, en Beni Hasan, tumba BH2.

Entre “Los Papeles de Hekanakhte” hay una carta que una mujer escribe a su madre, descubrimiento que nos hace preguntarnos hasta qué punto las mujeres egipcias podían leer y escribir. Por otra parte, y desgraciadamente, esto en sí no constituye una prueba, ya que la mujer en cuestión puede haber dictado la carta a un escriba varón – como muchos corresponsales analfabetos masculinos habrían hecho – y, por otra parte, el estilo de la caligrafía no da pista alguna. Ciertas referencias en alguna otra parte, acerca de dos escribas femeninas en el Imperio Medio, nos hace pensar que, no obstante, algunas mujeres de la época pueden no haber sido analfabetas.

Anales de la Realeza y el Reinado de Amenemhat II

De un juego de registros oficiales conocido como genut, o “libros del día” - parcialmente en buen estado de conservación - procedente del templo de Tod, nos llega información adicional sobre los acontecimientos históricos de la Dinastía XII. Las referencias del faraón a la construcción también contienen elementos sobre dichos anales. Por ejemplo, el Papiro Berlin 3029, describe el proceso mediante el cual el faraón construía un nuevo edificio. Forman parte de los textos más útiles que han sobrevivido al permitirnos conocer la rutina diaria en el palacio egipcio.

A su vez, en 1974, el Organismo Egipcio de Antigüedades descubrió una de las inscripciones genut más importantes en Mit Rahina (antiguo Menfis). Si bien la inscripción habla de Senusret I, está claro que pertenece al reinado de su hijo, Nubkaura Amenemhat II (c.1911-1877 A.C.). Contiene descripciones detalladas de donaciones hechas a varios templos, listas de estatuas y edificios, informes de expediciones militares y comerciales, y de actividades reales, tales como la Caza. Constituye, sin lugar a duda, el texto más importante de Amenemhat II, pero también hace referencias a otros faraones de la Dinastía XII; y, lo que es aún más importante, revela que la superficial “paz” que se decía existir entre Asia y Egipto en esta época era sólo selectiva, con una serie de tratados específicos existentes entre Egipto y algunas ciudades del Levante Oriental.

Las referencias de Herodoto a las guerras asiáticas, y la actitud de desprecio mantenida por “Sesostris” hacia los Asiáticos (Historias 2.106), están quizás más cerca de la realidad histórica de lo que modernos profesionales tienden a creer.

Los murales de la tumba del nomarca Khnumhotep, en Beni Hasan (BH 3), nos muestran la visita de un cacique beduino llamado Abisha, y se han encontrado también numerosas estatuillas egipcias y escarabeos en yacimientos del Oriente Próximo, reafirmando así los lazos con los Asiáticos. Ya existía desde hacía tiempo un comercio con Siria y Byblos en el que los gobernantes nativos escribían inscripciones cortas en jeroglíficos, continuaban utilizando los títulos egipcios de Conde y de Príncipe Heredero, hacían referencia a los dioses egipcios, y adquirían estatuas reales y privadas egipcias.

Por otra parte, las inscripciones ya mencionadas de Mit Rahina, de Amenemhat II, identifican la ciudad nórdica siria como socio comercial egipcio, mientras otros contactos asiáticos parecen provenir de enfrentamientos bélicos. Los anales hablan de un reducido grupo de egipcios entrando en territorio beduino – probablemente en alguna región del Sinaí – a fin de “trabajar la tierra”, y de dos operaciones más dirigidas contra ciudades amuralladas desconocidas. A las víctimas se las describe como Aamu (Asiáticos), y de 1554 de ellas se dice que fueron capturadas como prisioneros.

Estas elevadas cifras de cautivos extranjeros podrían muy bien explicar las extensas listas de esclavos asiáticos que trabajarían en casas tebanas en épocas posteriores. También hubo campañas en el sur por esta época. Así, la “biografía” de la tumba de Amenemhat, en Beni Hasan, nos dice que lideró una expedición al Kush (Alta Nubia), y que el reino africano oriental del Punt recibió la visita de un alto cargo del faraón, Khentykhetaywer, en el vigésimo octavo año de reinado de Amenemhat II.

A diferencia de los gobernantes de la Dinastía XII, Amenemhat II no parece disfrutar de un prolífico record de construcción; aunque esta impresión puede bien ser el resultado de posteriores saqueos. Su complejo piramidal, la llamada “Pirámide Blanca”, en Dahshur, mal conservada y aún sin trabajar a fondo, era única en cuanto a su ubicación sobre una plataforma.

Sus hijas fueron enterradas en el atrio, y una esposa real llamada Keminebu también fue enterrada en el complejo. Durante tiempo se pensó que Keminebu era esposa de Amenemhat, pero ahora se sabe que, basándose en el nombre y el estilo de sus inscripciones, en realidad se trata de una reina de la Dinastía XIII.

Senusret II y la inauguración del sistema de regadío de el-Faiyum.

El reinado del sucesor de Amenemhat II, Khakheperra Senusret II (1877-1870 A.C.) supuso un período de paz y prosperidad en el que el comercio con el Oriente Próximo fue particularmente prolífico. No existen indicios de campañas militares durante su reinado; en su lugar, el mayor logro parece haber sido la inauguración del esquema de regadío de el-Faiyum. Se construyó un dique y se abrieron canales para conectar el-Faiyum con la vía fluvial conocida ahora como el Bahr Yusef. Estos canales drenaban - por un efecto de sifón - algunas de las aguas que normalmente fluían en el Lago Moeris, resultando en una evaporación gradual del agua a las orillas del lago extendiendo así la superficie de tierra nueva; la tierra ganada al agua se dedicaba a la labranza.

Este sistema resultó ser precursor y único para su tiempo, de no haber sido porque un sistema similar de embalses y canales de drenaje para ganarle tierra al agua se habría utilizado en el Lago Copais (Kopais o Kopaida), en el centro de Boeotia, Grecia Central - actualmente una planicie, aún con el nombre Kopaida - durante el Período Heládico Medio, (c. 1900-1600 A.C.), Edad de Bronce del Egeo.

De hecho, no se sabe cuántos de estos sistemas de irrigación se pueden asignar al reinado de Senusret II, pero su conexión con la revitalización general de el-Faiyum quizás viene indicada por el hecho de que levantó monumentos religiosos en el propio margen de la zona.

La única capilla estatuaria de Qasr el-Sagha, en el desierto, en la punta nordeste de el-Faiyum, ha sido datada más o menos en su reinado a partir de la cerámica asociada. No obstante, como otros edificios de su reinado, éste se dejó sin decorar e incompleto, lo que ha fomentado la impresión de tratarse de un reinado efímero. El uso de varios lugares en el-Faiyum para la ubicación de los complejos piramidales reales desde ese momento en adelante puede ser indicativo de la importancia del sistema de regadío, ya que se suele dar por hecho que los palacios reales de cada soberano habrían sido construidos cerca de sus correspondientes monumentos funerarios.

Hay constancia de la existencia de un reducido grupo de estatuas de Senusret II de las que al menos dos fueron usurpadas por Rameses II (1279-1213 A.C.). Los hombros, anchos y musculosos, son reminiscencia de las estatuas de Senusret I, aunque se aprecia también la influencia de la estatuaria del Imperio Antiguo. Los rasgos faciales de Senusret II son más vigorosos y plásticos, carentes de la blandura que tipifica la estatuaria de sus predecesores de la Dinastía XII; sus grandes pómulos y boca pequeña son muy distintivos y, en toda probabilidad, indicativos del retrato realista, presagio de los sorprendentes primeros estudios de Senusret III (1870-1831 A.C.).

A consecuencia de todo ello, surge la consiguiente tendencia a imitar la moda real por parte de los miembros ricos de la sociedad, con algunos vívidos ejemplos de individualidad dentro de la estatuaria privada hacia finales de la Dinastía XII. El reinado de Senusret II quizás merezca, pues, ser considerado como la primera fase importante del retrato en la historia del Arte Egipcio.

Aún mejor conocida que la estatuaria del faraón sea, quizás, una pareja de estatuas de granito negro pulimentado de la Reina (?) Nefret, actualmente en el Museo de El Cairo. A escala mayor que la natural, muestra a una mujer de la realeza cuyo puesto en la Corte aún se desconoce. Aunque Nefret no ostentaba el título de “esposa real”, sí gozaba de otros que poseían las reinas. ¿Fue, acaso, la primera esposa de Senusret II, que podría haber fallecido antes de la tardía ascensión de su esposo al Trono, o fue quizás su propia hermana? Como con muchas otras reinas egipcias, los documentos relativos a Nefret son ambiguos e incompletos. En 1995, los restos de su Primera Esposa, Khnumetneferhedjetweret, se descubrieron en la pirámide de su hijo, Senusret III, en Dahshur, junto con algunos objetos personales de joyería.

Senusret II construyó su complejo piramidal en Lahun. La pirámide consistía en una mastodóntica estructura de ladrillo con un núcleo rocoso; los enormes muros servían de soporte a los sectores de ladrillo que después se cubrían con caliza.

Se plantaron árboles en el extremo sur del complejo, y la puerta de entrada a la pirámide también se colocó en el lado sur. La disposición de corredores y habitáculos dentro de la pirámide es singular, y puede ser reflejo de las creencias relacionadas con Osiris y el Más Allá. Se sospecha que otra tumba, muy bien construida y situada en el lado norte del complejo (Tumba 621), podría tratarse en realidad de un cenotafio, como aquellos que existían en los complejos reales del Imperio Antiguo.

Puede que los miembros femeninos de la familia real se representasen mediante ocho sólidas tumbas-mastaba y una pirámide satélite; todas ellas alineadas con el lado norte de la tumba real, pero, al parecer, eran más simbólicas que lugares reales de enterramiento.

En una tumba de pozo vertical situada en el extremo sur del recinto piramidal del faraón, Petrie y Brunton encontraron, en 1914, joyas y otros objetos personales de la Princesa Sathathoriunet; el excelente trabajo de estas piezas está entre lo mejor del repertorio global de la joyería egipcio.

La Conquista Nubia bajo Senusret III

Aunque el Canon de Turín le da a Khakaura Senusret III (c.1870-1831 A.C.) un reinado de más de treinta años, el último año de reinado registrado procedente de fuentes debidamente fechadas es el 19. Pero, por otra parte, descubrimientos realizados durante la década de los 90, podrían apoyar una fecha posterior, como ya se ha comentado en el apartado “Introducción”, de este Capítulo 7 (Ver “Hoja Suelta” anterior). Tampoco existe ninguna evidencia real de una corregencia con Senusret II que ayudaría a resolver algunas dificultades causadas por tan inusualmente largo reinado.

Senusret es, quizás, el monarca más “visible” del Imperio Medio; sus hazañas alcanzaron renombre a lo largo del tiempo, y supuso una substanciosa contribución al personaje de “Sesostris” (una especie de composición heroica sobre un gobernante del Imperio Medio) mencionado por Manetón y Herodoto.

El faraón llevó a cabo campañas en Nubia durante sus años de reinado 6, 8, 10, y 16; guerras que, al parecer, se caracterizaron por su brutalidad: Los nubios varones eran aniquilados, sus mujeres y niños esclavizados, sus campos arrasados y quemados, y sus pozos envenenados. Poco tardarían los egipcios en explotar de nuevo sus minas y traficar con sus habitantes, pero las condiciones ya no eran las mismas. En los años de reinado 8 y 18, se levantaron estelas en las fortalezas de Semna y Uronarti - en lo que parece haber sido la frontera sur - con inscripciones que recordaban a todos la conquista, y los castigos infligidos por Senusret. Esta región fronteriza quedó, pues, sellada con el refuerzo de las enormes fortalezas y el estacionamiento de vigilantes en servicio durante las 24 horas del día, a la espera de cualquier ruido o incidencia. La estela del año 8 en Semna advierte que ningún nubio está autorizado a llevar su ganado o sus barcos al norte, más allá de la frontera establecida.

Estas fortificaciones ponen claramente de manifiesto la precaria naturaleza del control egipcio sobre Nubia. Los así llamados “despachos de Semna” - un conjunto de misivas militares y cuentas enviadas de Semna a Tebas durante la Dinastía XIII - revelan hasta qué punto se ejercía sobre la población nativa un rígido control policial, y nos descubren, igualmente, el estrecho contacto que las fortalezas mantenían entre sí. Aunque la mayoría de ellas eran de tamaño similar, las funciones que realizaban variaban. Algunas, como la de Mirgissa, estaban más enfocadas hacia el comercio que otras – se intercambiaban pan y cerveza por productos locales - , mientras que otras, como la de Askut, al parecer se habrían utilizado como almacenes de suministro para las campañas dentro de la propia Nubia.

El intercambio de informes entre los fuertes y el visir era constante, de forma que el faraón estaba en continuo contacto con los más lejanos lugares de sus dominios. La última campaña de Senusret en Nubia, en el año 19, tuvo una larga duración y, finalmente, no resultó ser particularmente exitosa: El faraón tuvo que retirarse cuando el nivel del agua en el río bajó de forma tan alarmante que ponía en peligro el viaje de regreso.

Senusret III llevó a cabo al menos una campaña militar en Palestina; aparentemente, de forma muy similar a la realizada por Amenemhat II contra los Aamu, los Asiáticos, que, al parecer, vivián en gran número por esta época en Egipto; algunos habrían sido hechos prisioneros con anterioridad, pero la mención de La Biblia a los hermanos de José vendiéndole a un amo egipcio (Génesis 37:28-36) puede sugerir otra forma en la que algunos de estos inmigrantes habrían llegado al país.

La intolerancia hacia los “orientales” era ya evidente durante el reinado de Senusret I, a quien se le describía como “el rebana-cuellos de Asia”, y esta impresión general parece reforzada por los textos conocidos como “textos de execración”. Éstos consistían en unas listas de enemigos, grabadas en objetos de cerámica, y en figurillas, muchas de las cuales hacían mención de forma individualizada a Asiáticos y a gentes de Asia en general. La intención de estos textos parece que habría consistido en asegurar la destrucción mágica de los enemigos de Egipto enterrando o rompiendo las vasijas o figurillas en cuestión.

Senusret III también tomó una dirección diferente en sus reformas políticas. Si bien con frecuencia se le acredita con el desmantelamiento del sistema de nomarcas, no hay evidencia que confirme dicha creencia, como veremos más adelante en un apartado sobre el cambio político. Sin embargo, sus intentos por volver a una forma de gobierno más centralizada redundaron en un reajuste social y político significativo; en especial para las clases medias, y su reinado ha sido con justicia considerado como punto de inflexión en la historia del Imperio Medio.

La tumba de Senusret III, una pirámide de adobe de 60 m de altura, recubierta de bloques de caliza, estaba situada en Dahshur, como la de Amenemhat II. Se construyeron tumbas-mastaba para sus familiares más cercanos dentro del muro del temenos (del griego “recinto”, terreno delimitado y consagrado a un dios, excluido de usos seculares), pero sus enterramientos reales se realizaban en galerías subterráneas; un nivel para las reinas, y otro diferente para las princesas. Dieter Arnold considera que este complejo toma alguna de sus ideas de la Pirámide Escalonada de la Dinastía III, de Djoser, en Saqqara. La cámara funeraria tiene un techo abovedado y está construida en granito enlucido con yeso. Ni la cámara ni el sarcófago parecen haber sido usados.

Sin embargo, en el extremo sur de Abydos, se construyó un segundo complejo funerario que consistía en una tumba subterránea y un templo mortuorio donde el culto al faraón llegó a durar más de dos siglos. Algunos especialistas sospechan que el complejo de Abydos puede muy bien haber sido el lugar real de enterramiento, pero tampoco allí se han encontrado vestigios.

Amenemhat III: el clímax cultural del Imperio Medio

El único hijo conocido de Senusret era Nimaatra Amenemhat III (c.1831-1786 A.C.). Y, parece sostenible, que fuese alrededor de su largo y pacífico reinado cuando el Imperio Medio alcanzase su mayor esplendor cultural. Parece también que el auténtico sello de autenticidad de la forma de gobernar del faraón Amenemhat III habría consistido en la consolidación de lo que se había perdido del pasado. Reforzó la frontera en Semna, y amplió algunas otras fortificaciones. Numerosas capillas y templos, así como una enorme estructura en Biahmu al norte de el-Faiyum y, a destacar, dos colosales estatuas en el lago del faraón sentado, hechas de cuarcita que más tarde describiría Herodoto (2.149), forman parte de algunos de sus trabajos adicionales de construcción.

También dedicó un gran templo al dios Sobek, que construyó en otro lugar de el-Faiyum, Kiman Faras (Crocodilopolis), y amplió el templo a Ptah en Menfis. Las estatuas de Amenemhat III que le han sobrevivido son impresionantes, y se distinguen por su originalidad y por su elaborado trabajo, como ocurre con una pequeña cabeza del faraón, en la actualidad en la colección del Museo Fitzwilliam, Cambridge, que se considera como uno de los retratos más finos y sutiles del faraón de los muchos de que se dispone.

Sus llamadas "Esfinges de Hyksos" y partes de las capillas que se encontraron habrían sido reusadas en el Tercer Período Intermedio en Tanis, junto con las estatuas gemelas de granito negro que representaban al faraón a guisa del dios del Nilo, con ofrendas de pescado, flores del loto y gansos – diseño que más tarde sería imitado por soberanos del Imperio Nuevo, tales como Amenhotep III (1390-1352 A.C.).

Numerosas inscripciones registran las actividades mineras de Amenemhat III. Sólo en la región del Sinaí, donde el faraón solía trabajar las minas de turquesa y cobre de forma permanente, se han identificado cincuenta y nueve grafitis. También se trabajaron las canteras de Wadi Hammamat, Tura, Aswan, y varios lugares más en Nubia. Toda esta actividad constructora e industrial simboliza la prosperidad que Egipto disfrutó durante el reinado, pero es posible que a su vez agotase la economía, lo que unido a una serie de bajas inundaciones hacia finales del reinado, redundase en un declive político y económico.

Irónicamente, la gran absorción de Asiáticos que tuvo lugar, en gran parte para financiar tantas obras de construcción, puede haber animado a los llamados Hyksos a asentarse en el Delta, lo que generaría el eventual desmoronamiento total del dominio egipcio nativo.

Antes de la construcción de la moderna presa de Aswan y la creación del Lago Nasser, la inundación de El Nilo era crítica para el suministro de alimento de Egipto. Los registros de niveles de inundación de Amenemhat en Kumma y Semna, en Nubia, eran numerosos y frecuentes, y revelan niveles extremadamente altos del río durante parte de su reinado, siendo el más alto el correspondiente al año 30, cuando alcanzó 5’1 metros. Pero estos niveles empezaron a reducirse bruscamente, de forma que en el año 40 el nivel sólo alcanzó los 0’5 metros de altura.

Tales fluctuaciones tienen que haber tenido un efecto devastador en la economía del país. Y puesto que el-Faiyum es el único oasis de Egipto que depende de El Nilo, su sistema de regadío habría necesitado tomar algún agua adicional de las inundaciones anuales, lo que quizás explicaría el enorme interés del faraón en el control de los niveles del agua.

Alternativamente, es posible que la evolución de los “altos Nilos” fuese vigilada de forma cautelar a fin de evitar posibles daños en el norte a consecuencia de las inundaciones. Amenemhat III ciertamente mantuvo el esquema de regadío de el-Faiyum, lo que hizo que, eventualmente, la gente acabase adorándole como Lamares, el dios de el-Faiyum, pero, como en el caso de Senusret II, no está claro cuántos trabajos hídricos se realizaron durante su mandato. Su deificación puede que ocurriese tan tempranamente como principios del reinado de su sucesor, la Reina Soberneferu; y, más que probable, que a instancias suya, por ser la que más podía ganar al ensalzar y engrandecer al hombre que, probablemente, había sido su padre.

Amenemhat III construyó su primera pirámide en Dahshur, pero, como en el caso de la Pirámide Romboidal de Snefru, de la Dinastía IV, parece que durante su construcción aparecieron grietas. La pirámide terminada tenía un núcleo de adobe y estaba originalmente revestida de caliza, que acabaría siendo robada en su totalidad; su piramidión de piedra se encuentra ahora en el Museo Egipcio de El Cairo. Los restos de la Reina Aat y otra dama real fueron encontrados recientemente en dos corredores en la sección suroeste de la pirámide. Sus criptas probablemente disponían de entradas separadas fuera de la pirámide; una característica que habría permitido el acceso una vez sellada la entrada principal a la pirámide. El sarcófago de la Reina Aat es idéntico al del propio faraón.

Las cámaras funerarias de las dos reinas en Dahshur incluían, cada una de ellas, una “cámara ka” separada donde estaban colocados los vasos canopes. Esta consistía en un tipo de habitación funeraria que habría sido antes privilegio de faraones, lo que presumiblemente indicaría un aspecto específico de la llamada “democratización del Más Allá”, que veremos más adelante; es muy probable que dichas cámaras expresasen nuevas creencias sobre el Más Allá de las damas reales. Los corredores se encontraban conectados con los del faraón, y habrían compartido la tumba con él de no ser por las grietas estructurales que aparecieron.

El lugar de descanso final del faraón Amenemhat III sería en Hawara, en el sureste de el-Faiyum. Su monumento más famoso fue su templo mortuorio, adosado a esta pirámide, que puede haber sido reminiscencia del patio del Festival sed de Djoser adosado a su pirámide de Saqqara. El Templo de Hawara acabaría siendo conocido como "el Laberinto" por su amasijo de habitáculos y corredores.

Aunque descritos por seis escritores clásicos, incluyendo a Herodoto (2.148-9), Estrabón (17.I.3.37.42) y Plinio (Historia Natural 36.13), ninguno de los detalles de sus planos eran coherentes; incluso después de la cuidadosa inspección realizada por Petrie en 1888, por lo que todos los esfuerzos realizados para reconstruir su aspecto original han resultado baldíos.

En cuanto a la cámara funeraria de Amenemhat en Hawara, parece que la intención original habría sido que la compartiese con la Princesa Neferuptah - que probablemente era su hermana - pero posteriormente se le trasladó a una pequeña pirámide separada a sólo unos kilómetros; en la actualidad aparece totalmente destruida por el continuo saqueo de ladrones de piedra y los efectos devastadores del agua.

La prominencia de Neferuptah durante su reinado, e incluso después de su muerte, unida a los privilegios mortuorios otorgados a ella y a las dos reinas en Dahshur, sugieren un realce del estatus de las damas reales hacia finales de la Dinastía XII.

Amenemhat IV y Sobekneferu

Dado el largo reinado de Amenemhat III, hay una posibilidad de que Maakherura Amenemhat IV (1786-1777 A.C.) fuese su nieto; pero también es posible que este último faraón varón de la Dinastía XII fuese un hijo, ya mayor, cuya vida estaría aproximándose a su fin cuando alcanzó el Trono, ya que sólo reinó durante nueve años. Es probable también que estuviese casado con la Reina Sobekkara Sobekneferu (1777-1773 A.C.) que, según Manetón, era hermana suya.

Solo unos cuantos monumentos se han conservado, y pocos eventos se conocen de su reinado que pudo haber estado dedicado, principalmente, a terminar algunos de los templos iniciados por su predecesor; tales como el santuario de caliza a la diosa de la cosecha, Renenulet, en Medinet Maadi, al suroeste de el-Faiyum. Continuaron las expediciones a las minas de turquesa del Sinaí, y se mantuvo el comercio con el Levante Mediterráneo.

Hay sólo unos pocos informes relacionados con el soberano de la Dinastía XII, la Reina Sobekneferu, pero algunos ofrecen algunas pistas muy interesantes relativas a su reinado. Aparece en la lista del Canon de Turín; hay un grafiti en El Nilo, en la fortaleza nubia de Kumma, que indica la altura de la inundación de 1’83 m en el tercer año de su reinado; y hay un fino sello cilíndrico con su nombre y titulatura que se encuentra ahora en el Museo Británico.

Normalmente, la reina utiliza títulos femeninos si bien en ocasiones también usa algunos masculinos. En el-Faiyum se han encontrado tres estatuas sin cabeza y algunos otros objetos que llevan su nombre. Contribuyó al “Laberinto” de Amenemhat III, y construyó en Heracleópolis Magna.

Hay una estatua muy interesante de la reina, de origen desconocido, cuya vestimenta es única en cuanto a que combina elementos de trajes de mujer y de hombre, dando así eco a su esporádica utilización de títulos masculinos que aparecen en sus informes. Esta ambigüedad puede haber sido un intento deliberado de apaciguar las críticas a un soberano femenino. El Museo Metropolitano de Nueva York exhibe una estatuilla de la reina vestida con un manto de Festival sed y una curiosa corona que parece el resultado de combinar elementos iconográficos poco conocidos de soberanos masculinos y femeninos. Su reinado duró menos de cuatro años, y su tumba, como la de Amenemhat IV, aún no ha sido identificada.

Y con esto, concluimos la Dinastía XII, y nos damos un respiro antes de adentrarnos en la Dinastía XIII que continuará en una nueva “Hoja Suelta”, dentro de este Capítulo 7º en que nos encontramos, aún de la mano, claro está, del Profesor V. Gae Callender, de la Macquarie University.

Faraones de la Dinastía XI (Todo Egipto):

Mentuhotep II (Nebhepetra)
Mentuhotep III (Sankhkara)
Mentuhotep IV (Nebtawyra)

Faraones de la Dinastía XII:

Amenemhat I (Sehetepibra)
Senusret I (Kheperkara)
Amenemhat II (Nubkaura)
Senusret II (Khakheperra)
Senusret III (Khakaura)
Amenemhat III (Nimaatra
Amenemhat IV (Maakherura)
Reina Sobekneferu (Sobekkara)


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 2 de diciembre de 2009.

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

El Renaissance Egipcio en el Imperio Medio (c.2055-1650 A.C.) 1/3 Dinastía XI


("Pinchar" y ampliar)

"Cuchillo" mágico o apotropáico. Tebas, Finales del Imperio Medio, hacia 1750 A.C. Longitud: 37 cm. El término "cuchillo" es inapropiado, y por la forma, se le podría relacionar con la lanzadera de palo o el moderno boomerang. La lanzadera se utilizaba para cazar aves que, en bandadas, eran consideradas como símbolo del caos, de ahí su forma. Suelen estar hechos de marfil de hipopótamo, animal que les daría protección contra el mal. El parto y la infancia temprana eran consierados como amenazas, tanto para la madre como para el recién nacido, de ahí que se utilizase todo tipo de artilugio y amuleto para alejar el mal. El "cuchillo mágico" servía, pues, como protección para ambos. Las figuras que aparecen talladas forman un conjunto de imágenes protectoras, como el grotesco enano Aha de la época (o Bes, más adelante) y el hipopótamo preñado Aweret, ambos asociados con el nacimiento; además, leones, escarabajos, serpientes y otros demonios protectores.

PREÁMBULO

Al faraón tebano Nebhepetre Mentuhotep II (hacia 20055-2004 A.C.), responsable de la reunificación de Egipto, le sucedió el primer rey de la Dinastía XII, Amenemhat I, que fundó una nueva capital al sur de Menfis, llamada Itjtawy. También se anexionó Nubia, cuyo objeto primordial sería, en principio, tener el control de las reservas de oro de la zona.

La Dinastía XII estuvo, en su mayoría, compuesta por los gobernantes más poderosos que se irían sucediendo en el poder; el último, sin embargo, llamado Amenemhat o Senwosret, extendió y mantuvo el control egipcio en el sur y, en cierto modo, en el Cercano Oriente.

Los reyes y otros miembros de la familia real eran enterrados en tumbas rupestres cercanas a la nueva capital. Los gobernadores de provincia y otros funcionarios locales, también se enterraban en tumbas rupestres a nivel privado, pero dentro de los límites de sus propios distritos.

Las tumbas iban aprovisionadas de sus correspondientes ajuares funerarios, que incluían maquetas y muebles. Los ataúdes iban decorados con extractos de los Textos de los Sarcófagos y del Libro de los Dos Caminos que constituían la literatura de la época.

La literatura del Imperio Medio abarca todos los aspectos de la sociedad; desde documentos legales y cartas hasta Libros de Sabiduría y mitos. Estos escritos proporcionan un interesante panoráma interno de la sociedad, religión y asuntos políticos relevantes de la época.

La escultura real del Imperio Medio nos presenta al faraón como figura fuerte; normalmente con orejas prominentes. Desde el reinado de Senwosret III (1874-1855 A.C.) en adelante, los faraones del Imperio Medio se representan con gesto preocupado, mientras que las imágenes reales antiguas los muestran jóvenes y sonrientes.

Por vez primera se va a permitir a los ciudadanos colocar estatuas en los templos, y se utilizará con frecuencia la recientemente desarrollada “estatua de bloque”.

Y con este somerísimo resumen, a modo de preámbulo, vamos a iniciar un nuevo capítulo titulado "El Renaissance en el Imperio Medio", el 7º de este Proyecto que, como se viene reiterando, pretende ajustarse al corpus de la obra de Ian Shaw, “The Oxford History of Ancient Egypt”.

Esta vez, la autoría del ensayo monográfico recae sobre el erudito australiano Dr. V. Gae Callender, de la Macquarie University, Australia. Doctorado en Egiptología, fue miembro de la “Czech Abu Sir Expeditions 1995, 1996”. Paralelamente a su labor docente, es autor de diversos libros de texto y responsable de varios paquetes multimedia sobre el Antiguo Egipto, Grecia y la Antigua Creta/Knossos.

INTRODUCCIÓN

Contrariamente a los períodos Intermedio Primero e Intermedio Segundo, el Imperio Medio constituía una unidad política cuya esencia presentaba dos fases: la primera, que corresponde a la Dinastía XI, que reina desde la ciudad del Alto Egipto, Tebas; y la segunda, la Dinastía XII, centrada en la región de Lisht, en el Fayum.

Los antiguos historiadores consideraban que las Dinastías XI y XII cubrían el total del Imperio Medio, pero estudios eruditos más recientes muestran claramente que, al menos la primera mitad de la llamada Dinastía XIII, que aparentemente no se semeja en nada a una verdadera dinastía política, pertenece, de forma inequívoca, al Imperio Medio. No tuvo lugar ningún desplazamiento de la capital o de la residencia real; hubo una escasa disminución de actividades gubernamentales; y ninguna decadencia apreciable en las Artes de su tiempo; de hecho, algunos de los trabajos más bellos del Arte y de la Literatura del Imperio Medio datan de la Dinastía XIII.

Si hubo, hay que admitirlo, un cierto declive en la construcción de edificios monumentales a gran escala, lo que indicaría que la Dinastía XIII no era tan fuerte ni estaba tan inspirada por las ideas de grandeza que marcaron los reinados de los dignatarios de la Dinastía XII, que le preceden. Sin duda, este fenómeno fue debido a la brevedad de la mayoría de los reinados de los faraones de la Dinastía XIII, aunque aún se desconocen las razones de tales cambios en el marco político.

La forma más simple de llegar a alguna conclusión sobre la esencia de la historia del Imperio Medio es mediante el estudio de los sucesivos monarcas y sus logros, ya que son ellos quienes marcan la pauta de las directivas políticas y culturales de este período.

No obstante, si optamos por este camino, nos vamos a ver forzados a enfrentarnos con uno de los mayores problemas de lo que conocemos de la historia del Imperio Medio: El tema de las “corregencias” de los faraones de la Dinastía XII. De forma muy simple, la cuestión es: ¿Compartieron algunos de estos faraones el Trono con sus sucesores? En este debate, son elementos cruciales las llamadas “estelas de doble fecha”; textos que incorporan los nombres de dos sucesivos faraones con fechas diferentes para cada uno de ellos.

Estas estelas han dividido a los eruditos en el debate de si los registros nos informan de un reparto de poder entre dos faraones, o si simplemente representan los años que cada uno de los titulares de la estela ejerció como faraón en su propio reinado.

La cronología estándar para la Dinastía XII ha sido remodelada a lo largo de los años a la vista de los intensos estudios realizados de registros monumentales fechados. Parte de este nuevo trabajo ha dado lugar a reinados de mucha menor duración que lo que se deprende de los fragmentos del Canon de Turín y los epítomes de Menatón.

Los reinados más controvertidos son los del faraón Senusret II y III, y hay notorias discrepancias entre las propias cronologías propuestas por diferentes eruditos. El descubrimiento de ciertas "marcas de control en hierático", esculpidas en la mampostería de los monumentos de Senusret III, ha añadido aún más confusión a estas cronologías, de forma que los problemas de datación de la Dinastía XII continúan aún en estado de continua evolución.

Como ejemplo, el egiptólogo norteamericano Dr. Josef Wegner (1967), Adjunto a la Cátedra de Egiptología del Departamento de Lenguas del Oriente Próximo de la Universidad de Pensilvania, ha presentado evidencias muy consistentes de un reinado de treinta y nueve años para el faraón Senusret III que, junto al descubrimiento en Lisht de una referencia a un “año 30” de Senusret III, y de la celebración de su festival sed, o jubileo real, abogaría por un período de reinado mucho más largo de este faraón de lo que sugiere la mayoría de las cronologías modernas.

Existen fundamentos para sospechar que el reinado de Senusret II probablemente duró diecinueve años - según se desprende de los papiros encontrados en Laun – y no ese otro período, más corto, al que apuntan las cronologías revisadas, si bien da lugar a una cierta dificultad en acomodar estos reinados ampliados dentro de las fechas absolutas propuestas por algunos expertos.

La evidencia de reinados más largos en la Dinastía XII encajaría bien con la teoría de la corregencia cuya base se apoya en los monumentos con doble fechas. Pero un grupo de eruditos ha planteado una serie de razonamientos convincentes contrarios a la existencia de corregencias individuales, tales como las de Amenemhat I-Senusret I, Senusret I-Amenemhat II y Senusret III-Amenemhat III.

Puesto que aún no existen “fechas absolutas” en la historia de Egipto - con excepción de las cronologías basadas en el radiocarbono - hasta finales del Imperio Nuevo, como muy temprano, y puesto que todavía persisten argumentos relativos a los esquemas de datación alto, medio y bajo, aún hay cabida, pues, para una revisión de las cronologías que abarque todos los períodos faraónicos.

Es posible que el nuevo material arqueológico que va surgiendo de Tell el-Dab’a, del que se hablará en el Capítulo 8 que sigue, ayude a resolver algunos de los problemas de la cronología del Imperio Medio; pero mientras tanto, la información que se reseña en este capítulo, deja a las corregencias fuera de la ecuación, pendiente de pruebas futuras.

LA DINASTÍA XI

El primer dirigente de la Dinastía XI que consiguió control de todo Egipto fue Nebhepetra Mentuhotep II (205ª.C.5-2004 A.C.), quien probablemente sucedió a Nahtmebtepnefer Intef III (2063-055) en el trono tebano. El tremendo éxito de Mentuhotep en reunificar Egipto fue reconocido por los propios antiguos egipcios, y todavía en la Dinastía XX había numerosas tumbas privadas que contenían inscripciones que celebraban su papel como fundador del Imperio Medio.

El aumento de registros históricos y construcciones, la evidente prosperidad del campo durante los años postreros de su reinado, y el resurgimiento y desarrollo de nuevas formas de arte, son indicadores particulares de su éxito en el restablecimiento de la paz. Da que pensar que después de tan prometedor comienzo, la Dinastía XI se derrumbaría sólo diecinueve años después de su muerte.

Nebhepetra Mentuhotep II

Entre las muchas tallas rupestres de diversas fechas que aparecen en los acantilados de Wadi Shatt el-Rigal, 8 km al norte de Gebel el-Silsila, hay un relieve que muestra una figura colosal del faraón de la Dinastía XI, Nebhepetra Mentuhotep II, que empequeñece a otras tres: la de su madre, la de su posible predecesor, Intef III, y la de Khety, el canciller que sirvió a ambos monarcas.

Durante bastante tiempo, esto se ha tomado como prueba de que Mentuhotep II era hijo de Intef III. Otra evidencia parece provenir de un relieve en un bloque de mampostería del yacimiento de Tod que representa a un Mentuhotep II que, claramente, destaca de una fila de tres faraones llamados Intef, alineados detrás suya, de nuevo sugiriendo conexiones familiares con los Intefs, así como con la ascendencia real.

Esta insistencia sobre el “linaje”, no obstante, da lugar a cuestionarse los verdaderos orígenes de Mentuhotep, y no debería sorprender si se descubriese que, o bien Mentuhotep no era hijo del monarca, o estos monumentos no eran sino un intento deliberado de contrarrestar las reclamaciones hechas por los gobernantes heracleopolitanos como miembros de “La Casa de Khety” (Ver Capítulo 6º).

Parece que Mentuhotep habría reinado tranquilamente en el reino tebano durante catorce años, antes de que estallase la última fase de la guerra civil entre Heracleópolis y Tebas. De este conflicto no se conoce prácticamente nada, pero una imagen gráfica de su cruel salvajismo puede que haya sobrevivido en forma de la conocida como “Tumba de los Guerreros” en Deir el-Bahri, no lejos del complejo mortuorio de Mentuhotep II.

Los cuerpos sin momificar, envueltos en lino, de sesenta soldados, claramente caídos en batalla y posteriormente apilados juntos en una fosa común hecha en la roca, se preservaron por deshidratación.

A pesar de la ausencia de cuerpos embalsamados, éstos son los que ofrecen mejor estado de conservación de todos los del Imperio Medio. Al haber sido enterrados como grupo, y en las cercanías del cementerio real, se puede suponer que murieron a consecuencia de alguna acción heroica, quizás relacionada con la guerra contra Heracleópolis.

El dirigente heracleopolitano Merykara falleció antes que Mentuhotep alcanzase Heracleópolis, y con su muerte la resistencia heracleopolitana tuvo que derrumbarse, ya que el sucesor de Merykara sólo gobernó el norte del reino durante unos pocos meses. La victoria de Mentuhotep sobre el último gobernante heracleopolitano le ofreció la oportunidad de reunificar Egipto, pero sólo se tiene un conocimiento indirecto de cuánto duró todo y cuan dura fueron las contiendas.

Este proceso puede haber durado muchos años, ya que existen referencias aisladas a otros enfrentamientos a lo largo de esta etapa del reinado de Mentuhotep.

Uno de los indicios de la inseguridad que se sentía por este tiempo es la presencia de armas en los ajuares funerarios de gente ordinaria; otro es la representación de funcionarios administrativos portando armas en vez de insignias reales en las estelas funerarias. No obstante, conforme la paz y la prosperidad material avanzaban, parece que la presencia de tales instrumentos fue decayendo.

Parte de la reconquista llevada a cabo por Mentuhotep incluía las incursiones dentro del país vecino, Nubia, que había vuelto a estar bajo dominio nativo desde las últimas etapas del Imperio Antiguo. Hubo al menos una línea de gobernantes nativos que controlaba parte del territorio nubio cuando los ejércitos de Mentuhotep cayeron sobre ellos. Una inscripción en un bloque de mampostería de Deir el-Ballas que se cree que pertenece a este reinado, habla de campañas en Wawat (Alta Nubia), y también sabemos que Mentuhotep estableció una guarnición en la fortaleza de Elefantina desde la que las tropas podían desplegarse rápidamente hacia el sur.

Además del énfasis en el linaje, parte de la estrategia de Mentuhotep para mejorar su reputación entre sus contemporáneos y sucesores se complementaba con un programa de auto-deificación. A él se le describe como el “Hijo de Hathor” en dos fragmentos en Gebelein, mientras que en Dendera y Aswan usurpa los tocados de Amun y Min, y en otros casos lleva la corona roja con las dos plumas. En Konosso, cerca de Philae, aparece a modo de Min itifálico (o de falo erecto).

Esta iconografía, junto a su segundo nombre de Horus, Netjeryhedjet el (Divino de la Corona Blanca), realzan su auto-deificación. Evidencias procedentes del templo de Deil el-Bahri indican que su intención era que se le adorase como un dios en su “Casa de Millones de Años”, anticipándose así, en centenares de años, con ideas que se convertirían en la principal preocupación religiosa del Imperio Nuevo. Es evidente que con ello estaba reimponiendo el culto al soberano.

La auto-promoción de Mentuhotep estuvo acompañada de un cambio de nombre, además de este proceso de auto-deificación. Su nombre de Horus se cambió varias veces durante su reinado; evidentemente, cada cabio marcaba una línea política. La última alteración fue la de Sematawy (El que unió las Dos Tierras), cuya fecha datada más temprana se remonta al año 39. No obstante, antes del año 39, el faraón habría ya celebrado su festival sed, por lo que quizás ésta fuese la ocasión para tomar el nuevo nombre.

El Gobierno del Reino

Mentuhotep reinó desde Tebas, que hasta entonces no había sido precisamente una destacada ciudad del Alto Egipto. Sí gozaba de una buena ubicación que le permitía el control sobre el resto de los nomarcas, o gobernadores regionales, por lo que una gran mayoría de los funcionarios de Mentuhotep eran hombres locales.

El alcance de sus obligaciones era bastante amplio: el visir Khety, condujo la campaña en Nubia para el faraón, mientras el canciller Meru, controlaba el Desierto Oriental y los oasis. Este puesto era mucho más importante de lo que había sido en el Imperio Antiguo. Además del cargo ya existente de “Gobernador del Alto Egipto”, se creó otro tan poderoso como éste: el de “Gobernador del Bajo Egipto”. Este reforzamiento del gobierno central incrementó el control real de sus funcionarios a la vez que, simultáneamente, recortaba el de los nomarcas que habían gozado de total independencia durante el Primer Período Intermedio.

Es probable que Mentuhotep redujese el número de nomarcas. Por ejemplo, los gobernadores de Asyut perdieron su poder por haber estado del lado de la causa heracleopolitana. Los de Beni Hasan y Hermópolis, por otra parte, mantuvieron su control anterior; quizás como recompensa por ayudar a las tropas de los nomarcas tebanos. Los gobernadores de Nag el-Deir, Akhmim y Deir el-Gebrawi, también retuvieron sus puestos. No obstante, la conducta de los nomarcas era vigilada por oficiales de la corte real que se movían por la zona a intervalos regulares.

Otro indicio de la vuelta a un gobierno egipcio fuerte y unido son las incursiones fuera de la frontera egipcia. Uno de los famosos líderes expedicionarios de su tiempo fue Khety – el oficial representado en el relieve de Shatt el-Rigalya, ya descrito – que patrulló la zona del Sinaí, y llevó a cabo cometidos en Aswan. Henenu, “Supervisor del cuerno, pezuña, pluma y escama”, era el mayordomo real, y como parte de sus numerosas funciones, viajó al Líbano para comprar madera de cedro para su señor. Estos viajes vienen a sugerir que Egipto habría empezado ya a restablecer su influencia en el Exterior.

Los Proyectos de Construcción de Mentuhotep II

Además de las numerosas campañas militares lanzadas por el faraón Mentuhotep en sus cincuenta y un años de reinado, también fue responsable de innumerables proyectos de construcción, si bien la mayoría de ellos fueron destruidos. Se levantaron templos y capillas, la mayoría situados en el Alto Egipto, en Dendera, Gebelein, Abydos, Tod, Armant, Elkab, Karnak y Aswan.

Un equipo mixto ruso-holandés ha descubierto un templo del Imperio Medio, cerca de Qantir, en el Delta Oriental. Su arquitectura refleja la del complejo funerario de Mentuhotep en Deir el-Bahri, pero aún no se han publicado dataciones definitivas.

A lo largo de todo el Imperio Medio, los cementerios reales continuaron su evolución; no sólo en la arquitectura, sino estructural y espacialmente. Este cambio constante parece reflejar la búsqueda de una respuesta espiritual a la pregunta de cuál sería el tipo más eficaz de tumba; esto es más que evidente en el monumento mortuorio de Mentuhotep, en Deir el-Bahri, al oeste de Tebas. Éste fue, sin lugar a duda, el más impresionante de los monumentos que sobrevivieron, pero del que hoy apenas quedan restos.

El diseño del templo era único, ya que ninguno de sus sucesores de la Dinastía XI (Sankhkara Mentuhotep III y Nebtawyra Mentuhotep IV) terminó su tumba, mientras que los faraones de la Dinatía XII escogieron monumentos inspirados en modelos del Imperio Antiguo.

La tumba saff (véase el Capítulo 6º), había constituido el diseño de tumba utilizado por los anteriores dirigentes de Tebas en la región de el-Tarif, región situada al oeste de Tebas, pero el monumento de Mentuhotep cambió esta tradición. Aunque algunos de sus arquitectos parece que habrían participado en la construcción de tumbas saff, su complejo revela una visión previa carente de influencias procedentes de modelos tebanos y heracleopolitanos. Es así que, con justicia, se le considere como el edificio más importante de la etapa comprendida entre finales del Imperio Antiguo y principios de la Dinastía XII.

Este inspirador símbolo de la reunificación de Egipto, epitomiza un nuevo comienzo. Fue, por ejemplo, la primera estructura real que, abiertamente, acentuaba las creencias osirianas (relativas al dios Osiris); una reflexión del “equilibrio” religioso entre los cultos funerarios de reyes y de plebeyos que habrían tenido lugar durante el Primer Período Intermedio.

Innovaciones a destacar en este templo fueron la utilización de terrazas y los paseos con barandas (o ambulatorios), que se añadieron al edificio central. El diseño incorporaba alamedas de sicamores y tamarindos que se plantaron frente al templo, cada uno enterrado en un hoyo de 10 m de profundidad, excavado en la roca, y relleno de tierra. Una larga y descubierta calzada elevada subía desde el patio de árboles hasta la terraza superior, sobre la que se alzaba el edificio central. Puede que esta importante construcción hubiese tomado la forma de una tumba-mastaba cuadrada,;quizás coronada de una colina. Detrás, reposaba una sala hipóstila y el centro de culto íntimo.

Las tumbas de las esposas del faraón, Neferu y Tem formaban parte del complejo; esta última, estaba enterrada en una tumba dromos, en la parte trasera del templo; la primera, en una tumba separada excavada en la roca en el muro norte del témenos, en el antepatio.

Inciso informativo

Dromos. Avenida procesional, generalmente flanqueada de esfinges, prolongando, hacia el exterior, el eje de un templo para vincularlo a otro templo, o a un embarcadero de El Nilo. Los más conocidos, los de Luxor y Karnak. En general, pasillo de acceso, largo corredor, sobre todo si acaba en un tholos (construcción de planta circular y cubierta cupuliforme o cónica), hipogeo o “dolmen de corredor”.

Témenos. Término que los griegos aplicaron al recinto donde se ubicaban tanto los templos egipcios como las dependencias más directas. Servía para separar de forma evidente y precisa las áreas sagradas de las consideradas simplemente profanas; el espacio de los dioses, frente a aquellos en los que se movían los hombres. En ocasiones se denomina témeno al espacio en torno al edificio y períbolo al muro que lo delimita.

En el pasillo oeste, se han encontrado varias capillas y tumbas de otras seis mujeres de las que a cuatro se les denomina “esposa real”. Sus enterramientos pertenecen a la fase más temprana del templo de Mentuhotep, y cuando se excavaron, algunas aún contenían las sepulturas originales, así como la evidencia más antigua del uso de modelos reducidos representando los ataúdes y los cuerpos del fallecido, precursores de los shabti que serían tan populares en épocas posteriores.

Las mujeres enterradas en el pasillo oeste parecen ser de un estatus social más bajo que el de Neferu y el de Tem, y todas eran jóvenes: la mayor, Ashaiyet, de 22 años, y la más joven, Mayt, - cuya capilla, en muy malas condiciones, no muestra el apelativo de “esposa” – era sólo una niña de 5 años. El significado de estas “esposas menores” no está claro; puede que fuesen hijas de algún noble a las que el faraón querría tener bajo su protección; si bien a la mayoría se le da el nombre de “sacerdotisas de Hathor”, por lo que también se ha llegado a sugerir que sus tumbas podrían ser parte de algún culto “hathórico” para el monarca, dentro de su propio monumento mortuorio. Otro enigma es el que las tumbas sean contemporáneas. ¿Murieron estas jóvenes juntas a consecuencia de algún desastre?

Es evidente que las tumbas de estas seis mujeres pertenecen al mismo período del desarrollo del monumento de Deir el-Bahri que la tumba conocida como Bab el-Hosan, que reposa bajo el antepatio del templo. Según el Doctor Dieter Arnold, Director del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, esta tumba real habría sido parte de un temprano e incompleto enterramiento para el propio faraón. Fue en esta estructura donde se encontró una estatua negra con ropas de festival. El inusual color de la piel es otra de las muchas referencias a Osiris que simbolizan los poderes de fertilidad y regeneración de Mentuhotep.

Aunque todo el templo estaba decorado, poco de su arte ha podido sobrevivir para que se pueda reconstruir con certeza el sistema general de diseño y decoración, si bien hay algunos temas distintivos. Se enfatizan los aspectos supernaturales y osirianos, pero también hay escenas de la vida de la Corte.

La naturaleza regional del trabajo artístico es evidente en muchos de los fragmentos encontrados de decoración con pintura, así como algunos toques característicos como labios gruesos, ojos grandes y cuerpos exageradamente delgados y raros, son manifiestos. No obstante, hay también una talla maestra – en especial las de las capillas de las esposas jóvenes – que son más típicas de la Escuela Menfita. Esta mezcla de técnicas refleja la situación política a la que apuntan algunas biografías de artesanos, y que a la vez nos muestran que proceden de varias regiones de Egipto, y traen consigo las tradiciones locales. Con el tiempo, la escuela menfita prevalecería, pero pasarían aún varias generaciones hasta que reemplazase a los géneros artísticos nacionales por todo Egipto.

Aunque si bien no se puede señalar ningunos monumentos de Mentuhotep II en el Templo de Amun en Karnak, sí hay una referencia al dios en el templo de Mentuhotep, y la ubicación de éste en la curva de los acantilados de Deir el-Bahri es en sí significativa, al estar directamente alineado con Karnak en la orilla opuesta. Esta situación puede haber sido intencionada con objeto de beneficiarse de la visita anual del dios Amun a Deir el-Bahri durante el rito conocido como “El Hermoso Festival del Valle”. Ciertamente, el culto a Amun empezó a crecer en Tebas a partir de este momento.

Mentuhotep III y IV.

La Reina Tem era la madre del faraón Sankhkara Mentuhotep III (c.2004-1992 A.C.) que fue un activo constructor. En el año 1997, un equipo húngaro liderado por el Profesor Györö Vörös no sólo descubrió un hasta entonces desconocido santuario copto debajo de la cúspide de Thoth Hill, en la ribera oeste, en Tebas, sino que también encontró una tumba de principios del Imperio Medio que seguramente perteneció al faraón Mentuhotep III. Su arquitectura puede haber servido de inspiración para las tumbas-bab de principios de la Dinastía XVIII.

El reinado de Mentuhotep III se caracterizó por una cierta innovación arquitectónica que incluye un triple santuario en el yacimiento de Medinet Habu, que presagiaba ya las triadas “de familia” de los templos de la Dinastía XVIII. Además, los restos del templo de ladrillo que construyó en el “Hill of Thoth”, el pico más alto que domina el Valle de los Reyes, no sólo contenía otra triple cripta sino que incorporaba los ejemplos más antiguos de pilonos de templo que habían sobrevivido. No lejos del templo, quedan los vestigios del palacio del festival sed de Mentuhotep III.

El arte que nos ha llegado de este efímero reinado no es menos innovador; podría decirse que la escultura en relieve alcanzó su auge en esta etapa del Imperio Medio. La talla en piedra es extremadamente bella, con un relieve que trasmite una enorme profundidad espacial, y una incrustación que no vas más allá de unos cuantos milímetros dentro de la piedra. La sutileza del retrato y los detalles del ropaje de los relieves de Tod son muy superiores a las esculturas de Mentuhotep II.

Mentuhotep III fue también el primer gobernante en enviar una expedición a la tierra del Punt, en el África oriental, para obtener incienso, aunque tales expediciones al Mar Rojo y al Punt serían más frecuentes durante la Dinastía XII. La expedición de 1992 A.C., liderada por un oficial llamado Henenu, partió vía el Wadi Hammamat, lo que aparentemente obligó a construir barcos a orillas del Mar Rojo utilizando madera que habría sido transportada de un lado a otro. También se esforzó en proteger la frontera nordeste mediante la construcción de fortificaciones al este del Delta.

Cuando Mentuhotep III falleció, hacia 1992 A.C., al parece ser hubo “siete años vacíos” que corresponderían al reinado del faraón Nebtawyra Mentuhotep IV, quien podría haber usurpado el trono al no figurar su nombre en la “Lista de Reyes”. Su madre fue una plebeya carente de títulos reales, que no fuera el de “madre del faraón”, por lo que es posible que ni siquiera fuese de sangre real.

Poco se sabe del reinado del faraón Mentuhotep IV, excepto por sus expediciones a las canteras. Las inscripciones de la cantera de travertino de Hatnub sugieren que algunos nomarcas del Egipto Medio podrían haber creado problemás durante esta época.

El acontecimiento más importante del que hay testimonio durante su reinado fue el envío de una expedición canterana al Wadi Hammamat. Amenemhat, el visir que ordenó la expedición, dio órdenes de que se hicieran inscripciones en la cantera a forma de registro de dos sorprendentes presagios de los que el grupo habría sido testigo. El primero se refiere a una gacela que dio luz a una cría sobre la piedra que se había escogido para confeccionar la tapa del sarcófago del faraón; y el segundo, una feroz tormenta de lluvia que cuando amainó, puso al descubierto un pozo, de diez codos cuadrados, lleno de agua hasta el borde. Cierto es que en un terreno tan árido habría supuesto un descubrimiento espectacular, e incluso milagroso.

Parece casi seguro que el hombre que se convirtió en el primer faraón de la Dinastía XII fue el propio Amenemhat quien, como la mayoría de los altos cargos de la Dinastía XI, habría ya gozado de puestos de poder. La decisión de un rey débil, o la inexistencia de un heredero viable, explicarían, pues, el paso del Trono al visir.

Y vamos de nuevo a hacer un alto en el camino, y será en una próxima Hoja Suelta que nos adentraremos en la Dinastía XII.


Rafael Canales

En Banalmádena-Costa, a 26 de octubre de 2009

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 7/7. Guerra Final y Retrospección.


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El modelo, procedente de la tumba de Nebhepetre Mentuhotep II (2.055-2.004 A.C.), es una maqueta que muestra el proceso de horneado que aseguraría pan durante toda la eternidad. El modelo hace ver las diferentes etapas del horneado del pan. Es puramente esquemático, más que representativo, de una panadería real. El pan constituía el elemento básico del Antiguo Egipto, y de tal importancia en la vida cotidiana, que varios signos jeroglíficos se refieren a diferentes tipos de pan, y el símbolo de "ofrenda" viene representado por una hogaza de pan sobre una esterilla. Formaba parte de las ofrendas para el sustento del fallecido en la Otra Vida, ya se tratase de un humilde granjero o del propio faraón. Deir el-Bahari, Dinastía XI, hacia 2.000 A.C.


LA GUERRA FINAL

Las cosas alcanzaron su clímax cuando Wahankh Intef II atacó el nome de Thinis, ciudad cercana a Abydos, y se adentró en el norte, donde fue frenado por los nomarcas de Asyut. Al menos un contraataque de las fuerzas heracleopolitanas ha sobrevivido en forma de inscripción, muy deteriorada, en la tumba de Ity-yeb – el segundo de una serie de Inspectores de Sacerdotes de Asyut – que aporta información sobre operaciones militares con éxito contra los “nomes del sur”.

Además, en la narración de “Enseñanzas para Merykara”, se reivindica que el padre del Faraón Merykara habría reconquistado Abydos. Si estos hechos tienen o no alguna conexión con la “rebelión de Thinis”, rememorada en la estela conmemorativa del decimocuarto año de reinado del faraón Mentuhotep II, el hecho es que el tema sigue siendo objeto de controversia.

No obstante, es evidente que este éxito militar de Heracleópolis no tuvo ningún efecto duradero en el desenlace final, ya que la tumba del hijo de Ity-yeb, Khety II, de la época del Faraón Merykara, contiene un informe relativo a un conflicto posterior con los agresores tebanos. No existen datos sobre la secuencia de sucesos de esta fase final de la guerra, pero pocas dudas puede haber de que Asyut fue tomada por la fuerza y de que la familia gobernante de Asyut no sobrevivió a la victoria tebana.

Tampoco hay pista alguna de los avances del faraón Mentuhotep II más al norte, pero parece poco probable que hubiese tenido que luchar personalmente por cada palmo de terreno; más bien, es probable que la red bajo dominio heracleopolitano colapsase después de la caída de Asyut, y que los dirigentes locales estuviesen ansiosos por ponerse del lado de la parte victoriosa antes de que fuese demasiado tarde, con la esperanza así de salvarse ellos y evitar a sus ciudades el “terror que desplegó la casa real tebana”.

No se conoce la suerte del último faraón de Heracleópolis, ni se tiene detalle alguno de la caida de la ciudad, pero las recientes excavaciones del yacimiento de Ihnasya el-Medina muestran que sus monumentos funerarios fueron literalmente reducidos a escombros en algún momento de principios del Imperio Medio. Esta observación arqueológica se nos presenta tentadora como posible evidencia del eventual saqueo y pillaje de la capital del norte de Egipto.

EL PRIMER PERÍODO INTERMEDIO EN RETROSPECCIÓN

Los egiptólogos modernos, en su mayoría aún siguen presentando una imagen negativa del Primer Período Intermedio al que consideran un período de caos, decadencia, pobreza y tinieblas social y política: Una “era oscura" que separa dos épocas de gloria y de poder. Esta imagen, no obstante, sólo está parcialmente basada en una evaluación de fuentes contemporáneas. En la mayoría de los casos reproduce, a veces con sorprendente ingenuidad, el tema literario desarrollado en un grupo de textos del Imperio Medio.

Los textos “Consejos de un Sabio Egipcio” y “Profecía de Nefertiti” forman el corazón de este género, pero algunos otros textos “pesimistas”, como “Quejas de Khakheperraseneb” y “Diálogo entre un Hombre Cansado de la Vida y su ba” podrían añadirse a esta línea. En este tipo de texto, se lamenta el estado de desorden y se compara con el estado en el que las cosas deberían de estar.

"El orden social está cabeza abajo; el rico es pobre, y el pobre rico; el malestar político y la inseguridad prevalecen en todo el país; los documentos administrativos se hacen pedazos; hay numerosos y diferentes gobernantes en el poder al mismo tiempo; el país se ve invadido de extranjeros; la base moral de la vida cotidiana se destruye; la gente se desprecia y se odia; y las sagradas escrituras se ven profanadas".

Este estado de disturbios generalizados no está confinado al mundo social, sino que realmente alcanza dimensiones cósmicas en las que, a veces, incluso se llega a decir que el río ya no fluye como debería hacerlo, y que hasta el sol parece haber perdido su antiguo resplandor.

Conviene mencionar que estos textos en realidad no pretenden ser del Primer Período Intermedio; ni mencionan detalles históricos. En la “Profecía de Nefertiti”, se vaticina que el advenimiento de Amenemhat I (1.985-1.956 A.C.) traería consigo sociego en un caótico estado que, cronológicamente, se sitúa a finales de la Dinastía XI y no en el Primer Período Intermedio.

Así es que, se requiere un escrutinio muy cuidadoso si lo que se pretende es determinar si estos textos tienen alguna relación con la historia del Primer Período Intermedio, e incluso, si la tubiesen, se habría de investigar de forma cuidadosa cómo se relacionan con los sucesos históricos reales.

Los textos que proceden del mismo Primer Período Intermedio, carecen por completo de esa nota de desesperación y sello de autenticidad de la literatura “pesimista” del Imperio Medio. Ellos hablan de crisis, sí, pero de crisis brillantemente superada; la fuerza, la confianza en sí mismo, el orgullo, y la autoestima, caracterizan el estado de ánimo del momento.

Por supuesto que hay un número impresionante de similitudes en las biografías del Primer Período Intermedio, y los “pesimistas” textos del Imperio Medio (tales como la irregularidad de El Nilo, la hambruna, el malestar social, la guerra, y una crisis que hacía temblar los propios cimientos del estado), pero estas similitudes son pruebas, para empezar, de las conexiones literarias entre ambas.

Hay otro aspecto de la evidencia que se sustrae de los textos que podría ser incluso más importante. En el Primer Período Intermedio, las historias de crisis servían para legitimar el poder de los gobernantes locales. De igual forma, la imagen altamente elaborada de un determinado período de caos aportada por una literatura “pesimista”, proporcionaría un oscuro fondo sobre el que la dura política represiva de ley y orden impuesta por los faraones del Imperio Medio, podría llegar a justificarse, e incluso hacerse ver como beneficiosa. De cualquier forma, los cimientos de la ideología de gobierno llevada a la práctica por la monarquía del Imperio Medio descansan, sólidamente afianzados, sobre lo que conocemos del pensamiento del Primer Período Intermedio.

Estas comparaciones entre la literatura que hemos dado en llamar “pesimista” del Imperio Medio, y los textos contemporáneos del Primer Período Intermedio, revelan hasta qué punto la experiencia del Primer Período Intermedio llegó a afectar a la conciencia colectiva de los egipcios del Imperio Medio y a su visión de las relaciones sociales y políticas.

Por otra parte, resultaría extremadamente engañoso pretender utilizar los textos literarios del Imperio Medio como auténticas fuentes a la hora de considerar la Historia del Primer Período Intermedio.

El panorama del Primer Período Intermedio que se expone en este Capítulo 6º, está basado, en su totalidad, en fuentes contemporáneas fidedignas. Esta determinación de evaluar la documentación que ha sobrevivido en todos sus aspectos, hace mucho más difícil estar de acuerdo con la visión negativa tradicional del período. Como contraste, hay que decir que uno se siente impresionado por el dinamismo y la creatividad del período.

Cuando Sunusrest I donó una estatua del “conde” Intef, el antepasado de la dinastía XI, al templo de Karnak, lo hizo reconociendo los orígenes de la realeza del Imperio Medio en las batallas que libraron los gobernantes locales por el poder, y la ascendencia durante el Primer Período Intermedio. Independientemente de su importancia política, el impacto que el Primer Período Intermedio tuvo en la historia cultural egipcia, no se puede negar. Un abanico completo de nuevos tipos morfológicos se desarrolló en prácticamente cada esfera de la cultura del material, que incluye nuevos inventos tan singulares como el sello con forma de escarabajo.

Y por encima de todo, a la cultura popular se le dio la oportunidad de florecer en un momento en el que la agobiante influencia de la cultura cortesana se había disipado, y cuando se vivían tiempos de un gran debilitamiento del gobierno central que ya antes, durante el Imperio Antiguo, habría impuesto duras sanciones y exigencias a las comunidades provinciales.

En el Primer Período Intermedio, las poblaciones locales de todo el país disfrutaron de una visible, si bien modesta, riqueza. También adquirieron nuevas formas de expresión cultural y de comunicación, y supieron adecuar sus vidas, dentro de un reducido horizonte, a sus cometidos inmediatos.

COMENTARIO ex profeso

Pecaría de injusto, ingenuo e insolidario, si no confesase abiertamente el satisfactorio impacto que ha supuesto para mí la exposición tan profesional, tan pausada y tan eruditamente razonada de este ensayo que termina ahora, dedicado al Primer Período Intermedio del Antiguo Egipto, tan brillantemente expuesto para delicia de lectores todos, por el Profesor Stephen Seidlmayer, de la Berlin-Brandenburgische Akademie der Wissenschaften.

Basta sólo con leer los últimos párrafos de esa “Retrospección” que acabamos de dejar atrás, para entender la reflexión con la que inicio mi Comentario. Debo, pues, aceptar mi ignorancia debida, quizás en parte, a una laguna en la actualización de temas de gran calado como el que nos ocupa, y a una falta de perseverancia en el seguimiento de los mismos. Tarea ardua, por otra parte, ante la aparente inexistencia de un cuerpo de publicaciones que aune, acoja y resuma, de forma periódica y con relativa puntualidad, los acontecimientos arqueológios más destacados de efecto inmediato en la Egiptología.

Debo, pues, admitir con cierta humildad, que el Primer Período Intermedio que acabo de descubrir difiere, felizmente y con mucho, del período de casi total oscurantismo con el que la Egiptología tradicional nos tenía acostumbrados.

No es mi intención, y mucho menos mi labor, incidir en los cómos y porqués de tan diferente panorama que han quedado perfectamente resumidos en el ya mencionado apartado precedente, titulado “El Primer Período Intermedio en Retrospección”.

Doy paso así, en una nueva “Hoja Suelta”, a un próximo capítulo, el 7º, titulado “El Renaissance Egipcio en el Imperio Medio” que nos adentrará en uno de los períodos dinásticos más significativos e interesantes de la Historia del Antiguo Egipto.

Faraones de la Dinastías IX y la Dinastía X (Heracleópolis):

Khety (Meryibra)
Khety (Nebkaura)
Khety (Wahkara)
Merykara.

Faraones de la Dinastía XI (Sólo Tebas):

Mentuhotep I (Tepy-a: “el antepasado”)
Intef I (Sehertawy)
Intef II (Wahankh)
Intef III (Nakhtnebtepnefer)


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 20 septiembre de 2009.

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”.
Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”.
Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”.
Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”.
Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.

viernes, 11 de septiembre de 2009

El Primer Período Intermedio (2.160-2.055 A.C.) 6/7

("Pinchar" y ampliar)

Relieve de caliza mostrando a Mentuhotep II abrazado por Montu. Templo de Mentuhotep II, Deir el-Bahari, Dinastia XI, hacia 2.050 A.C. El dios Montu probablemente era la deidad suprema local de la región tebana, con su centro de culto en Armant. Su culto llegó a ser más prominente con la subida al poder de la familia de la Dinastía XI (hacia 2.125-1.985 A.C.) en el Alto Egipto. El nombre de Mentuhotep significa "Montu está satisfecho". El relieve fue restaurado en algún momento durante la Dinastía XIX, hacia 1.250 A.C.

LA ERA DE HERACLEÓPOLIS EN LA HISTORIA SOCIAL Y CULTURAL DE EGIPTO

Ante la ausencia de datos relativos a la historia dinástica de los gobernantes de Heracleópolis, parece que lo más lógico sería investigar primero si el reino de Heracleópolis se puede considerar como una entidad social y cultural característica. Y, volviendo a las evidencias arqueológicas, deberíamos prestar atención al corazón del reino heracleopolitano: Las regiones de Menfis y el-Faiyum. Desde el punto de vista puramente arqueológico, el sur del Medio Egipto era, en esencia, una región del Alto Egipto.

Al norte, sin embargo, nos enfrentamos a un problema doble. Las fuentes de evidencia de que se dispone, no constituyen un marco histórico rico y coherente como son los datos del Alto Egipto. Por lo que es extremadamente difícil establecer una secuencia arqueológica sólida. Además, no disponemos de ningún grupo de material específico que nos permita una datación fiable en términos dinásticos. Así que, con frecuencia, no se sabe a qué monumentos se les puede asignar el período heracleopolitano apropiado, y qué otros son posteriores, de hecho, a la unificación del país, e incluso de principios del Imperio Medio.

En muchos aspectos, el desarrollo del material arqueológico en el norte sigue el mismo curso que en el Alto Egipto. Por ejemplo, las maquetas de madera de sirvientes y de talleres, máscaras de cartonnage, y tumbas de “familias ampliadas”, todas aparecen en ambas zonas, y las costumbres funerarias son, en su mayoría, las mismas. Para algunas clases de artefactos, tales como vasijas de piedra y amuletos de botón para sellados, es evidente que tanto el norte como el sur recurrían a los mismos modelos. Y, a juzgar por el material arqueológico, parece que las comunidades heracleopolitanas habrían estado sujetas a patrones similares de desarrollo social y cultural que el resto del país.

Hay diferencias importantes, sin embargo, que no se pueden pasar por alto. La evolución de la forma de la vasija de cerámica, por ejemplo, siguió un sendero totalmente diferente en el norte. Aquí, el antiguo patrón ovoideo no se abandonó, como ocurrió en el sur. Más bien se diría que surgió una serie de tipos muy especiales de jarras ovoideas, muy estilizadas, con frecuencia de bases puntiagudas, cuellos con forma cilíndrica o de embudo, bastante peculiares. Los patrones morfológicos que se desarrollaron en el norte durante el Primer Período Intermedio, evidentemente se aproximan mucho más a la tradición del Imperio Antiguo.

Sin embargo, incluso en el reino de Heracleópolis, la cultura de élite al estilo de la aristocracia del Antiguo Egipto, no sobrevivió. El perfil social de los ocupantes de los cementerios de la antigua Corte de la región menfita, por lo tanto, cambió de forma radical. Sin embargo, para los primitivos egiptólogos, que solían basar sus elementos de juicio totalmente en la comparación con la cultura de la Corte del Antiguo Imperio, esto les parecería indicativo de sucesos dramáticos.

No obstante, una vez situados en un fondo más amplio, está claro que estamos presenciando el paso de un período de condiciones excepcionales, a otro de comparativa normalidad, en el que la necrópolis menfita llegó a ser similar a los cementerios de las ciudades de provincia.

Cierto, que la pérdida del estatus de dominio de Menfis a finales del Imperio Antiguo habría dado lugar, sin duda alguna, a cambios drásticos en las condiciones de vida de sus habitantes. Pero los datos arqueológicos procedentes de los cementerios menfitas no pueden interpretarse como testimonio de una revolución social, o una guerra civil, una vez desaparecido el Imperio Antiguo.

Varios yacimientos importantes, tales como Saqqara, Heliópolis y Heracleópolis Magna, dan testimonio de la existencia de pequeñas tumbas-mastaba que incorporan capillas de ofrendas decoradas y falsas-puertas que permiten valorar el estilo del arte de Heracleópolis. La tradición del Imperio Antiguo domina. Las escenas de rituales y de la vida cotidiana, la disposición de la decoración y el estilo de la talla, se ajustan a los patrones del Imperio Antiguo; pero todo en miniatura. Aquí, en la región menfita y en sus alrededores, donde los monumentos del glorioso pasado de Egipto estaban disponibles para una inmediata inspección, y donde sus tradicionales talleres habrían estado atrincherados durante siglos, el legado del Imperio Antiguo no se iba a olvidar.

El abanico total de situaciones en las que se ponían en práctica estas tradiciones durante el Primer Período Intermedio, es muy probable que se nos escape debido al estado en que se encontraba la investigación arqueológica a finales del siglo veinte.

No obstante, inmediatamente después de la reunificación del país, el faraón de la Dinastía XI Nebhepetra Mentuhotep II, supo aprovecharse de la yacente experiencia, y de los artistas y albañiles menfitas, a la hora de construir y embellecer su templo funerario de Deir el-Bahri. Y es en su reinado que presenciamos la repentina reaparición de un nivel de pericia y habilidad que no se conocían desde los tiempos de las pirámides del Antiguo Imperio.

LA ORGANIZACIÓN INTERNA DEL REINO DE HERACLEÓPOLIS

Durante el inicio del período heracleopolitano, el sur del Alto Egipto consiguió escabullirse del control real, pero… ¿qué ocurrió con aquellas zonas del país que permanecieron bajo el dominio de Heracleópolis hasta el final? Entre las fuentes principales disponibles se encuentran los registros prosopográficos e inscripciones biográficas del sur del Egipto Medio. Entre éstos, el puesto de honor recae sobre las tumbas de los supervisores de sacerdotes de Asyut.

Durante la última fase del período heracleopolitano, Asyut emerge como el baluarte militar más importante del Alto Egipto que permanecería leal a los faraones heracleopolitanos durante su lucha contra los rebeldes tebanos. Las inscripciones biográficas de tres sucesivos titulares de cargo público, proporcionan información crucial, no sólo del curso de los acontecimientos políticos, sino también de las opiniones del momento sobre la ideología del gobierno.

También se puede obtener información adicional de un grupo de grafiti inscrito en las paredes de la cantera de travertino (o Sinter), en Hatnub, por emisarios del nomarca Neheri, del nome el-Ashmunein, cuya tumba rupestre se le conoce por “el-Bersha”. La datación de estos textos como inmediatamente posterior a la terminación del período heracleopolitano, parece la correcta (aunque algunos estarían dispuestos a cuestionarla) y, no obstante, es un hecho que sus puntos de vista están firmemente arraigados a la tradición de Heracleópolis.

Los tópicos tratados en estos textos de Asyut y Hatnub son similares, en muchos aspectos, a los de los textos hallados más al sur. De nuevo, las reinvicaciones de los dirigentes locales por haber cuidado de sus ciudades en situaciones críticas, constan de forma destacada. La inscripción biográfica del más antiguo supervisor de sacerdotes de Asyut, incluso proporciona una descripción detallada de las medidas tomadas por él para la mejora de un sistema de regadío que asegurarse suficientes cosechas en los años malos.

Además, se recalcan las proezas militares de los nomarcas. Se hace hincapié tanto en sus éxitos en su lucha contra el enemigo extranjero (el dirigente tebano), como en la constitución de un sistema de seguridad pública. Y, finalmente, el cuidado por parte de los magnates de los templos locales de sus propias ciudades, no se olvida: Las obras de construcción en los templos y las previsiones para cubrir las necesidades asociadas con el culto, no dejan de mencionarse.

En total contraste con el texto de Ankhtifi, sin embargo, el mantenimiento de estrechas conexiones con el faraón, juega un importante papel en los textos de los magnates de Asyut. Son ellos mismos quienes reivindican su descendencia de un venerable tronco aristocrático, y sus cercanos lazos personales que, al parecer, les unía con la casa heracleopolitana de gobernantes. Por ejemplo, uno de ellos menciona que, en su niñez, recibía lecciones de natación con los hijos del faraón. Además, se menciona la intervención del ejército heracleopolitano en el Alto Egipto. Así que, el dominio de Heracleópolis fue algo muy real para los gobernantes locales del sur del Egipto Medio.

En cuanto a nuestras fuentes para la estructura interna del Reino de Heracleópolis, éstas siguen siendo muy vagas. Con todo, el material disponible parece sugerir que los monarcas heracleopolitanos podrían haberse apoyado en una clase de aristócratas provinciales que permanecían fieles a la Corona; especialmente, en aquellos casos donde existiesen fuertes vínculos personales; ya fuese mediante parentesco, matrimonio o amistad. No obstante, estos aristócratas habrían, a la vez, considerado sus propias ciudades de crucial importancia para ellos; quizás incluso considerándolas sus principales objetos de lealtad. En este sentido, el Reino de Heracleópolis parece haber heredado una de las características del Antiguo Imperio: Y puede, también, que haya compartido una de sus debilidades estructurales.


KOM DARA

En este contexto, un importante monumento, aunque algo enigmático, puede ser significativo. En el cementerio de Dara, a unos 27 km río abajo de Asyut, en el Egipto Medio, una gigantesca tumba-mastaba de adobe, conocida como “Kom Dara”, ocupa una posición de mando. El edificio no ha sido aún debidamente investigado. En sus condiciones actuales, un área de 138 x 144 m, es decir 19.872 m², está delimitada por unos masivos muros exteriores que originalmente debieron alcanzar una altura de unos 20 m.

Los restos de la capilla mortuoria, que en algún momento necesariamente tuvieron que formar parte del complejo, aún no se han encontrado. Al interior, sin embargo, se pudo tener acceso a través de un inclinado corredor que penetraba en el edificio en el centro de su lado norte, y que bajaba hasta una cámara funeraria subterránea sencilla, construida con grandes planchas de piedra caliza.

El enorme tamaño de esta tumba, junto a su planta cuadrada y la situación de su cámara funeraria, son reminiscencias de una pirámide. Un análisis más cuidadoso de su construcción revela, sin embargo, sin lugar a dudas, que el edificio nunca estuvo pensado como una pirámide. De hecho, el acceso a la cámara mortuoria por el norte, constituye una característica muy común en la arquitectura de tumbas privadas de finales del Imperio Antiguo, mientras que la planta cuadrada de la superestructura, corre pareja con tumbas menores del propio cementerio de Dara.

Así que, Kom Dara se puede entender como una tumba monumental derivada de un prototipo local, muy en línea con las tumbas-saff de Tebas, que evolucionaron de sencillos tipos de tumbas-saff, construidas para los cultos funerarios de la gente corriente.

Basándose en la cerámica, Kom Dara puede datarse hacia la primera mitad del Primer Período Intermedio. Su dueño sigue siendo desconocido, y aún carecemos de prueba alguna que apoye su identificación, tan frecuentemente repetida, con un tal Faraón Khuy, cuyo nombre aparece en un fragmento de relieve reusado, encontrado en otro edificio del yacimiento. La propia tumba da testimonio inequívoco de las aspiraciones de su dueño a un rol político que excede, con mucho, al de un mero nomarca; aún en el caso de que osase asumir los títulos de realeza.

No existen documentos históricos que nos puedan dilucidar lo que en realidad pasó en este yacimiento, pero el contexto global deja bien claro que el dueño de la tumba de Kom Dara, en realidad nunca llegó a conseguir el establecimiento de un centro de poder independiente como hicieron los tebanos poco más tarde.

Pero resulta tentador seguir especulando un poco más. En las fértiles y amplias llanuras del Egipto Medio, cualquier dinastía local ambiciosa era propensa a verse rodeada de una veintena de poderosos competidores. Por consiguiente, la propia situación geográfica pudo haber ayudado a estabilizar el equilibrio de poder entre un número de gobernantes locales del Egipto Medio, quienes, a su vez, habrían jugado un papel fundamental en el mantenimiento de la jefatura suprema real.

Además, no parece ir demasiado lejos el dar por hecho que, en este lugar, una de las zonas agrícolas más productivas del país, la Corona viese importantes intereses en juego y, en consecuencia, se sintiese menos inclinada a tolerar ninguna aventura política de los gobernantes provinciales que no fuese en partes remotas de la “Cabeza del Sur”;
es decir, de la región de Tebas.

Hacemos una nueva pausa para dejar paso a una nueva “Hoja Suelta” con la que finalmente concluiremos este Capítulo 6º, y con él, el Primer Período Intermedio.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 16 de septiembre de 2009

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”.
Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004.
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“British Museum Database”.