jueves, 26 de enero de 2012

“La Fragmentación de Las Dos Tierras”: Tercer Período Intermedio (1.069-664 a.C.) 3/4.- El Dominio Kushita, Dinastía XXV, 747-664 a.C.


"Decíamos ayer ....."
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Ex professo

La famosa frase con la que Fray Luis de León retomó sus clases en la Universidad de Salamanca tras su encarcelamiento por la Inquisición, remedada luego por Unamuno cuando regresó de su dictado “descanso”, encabeza hoy, bajo una imagen mía actual, la “Hoja Suelta” con la que pretendo retomar este para mí ambicioso proyecto que con ilusión inicié a finales de 2008, congelado, hibernado y finalmente dado por muerto, y con escasas esperanzas de recuperación, tras unos dolorosos y dramáticos acontecimientos que han quebrado, con inusitada, inoportuna y despiadada simultaneidad, mi propia salud y, lo que es aún peor, la de mi esposa y compañera, novia eterna y amor de mi vida, durante 56 años, y a la que espero el tiempo me devuelva suficientemente recuperada.

Me he permitido esta reflexión y por ello pido disculpas a quienes la consideren fuera de lugar o de tono; e incluso impropia del foro en el que nos movemos. Con ello, sólo he querido agradecer a aquellos miles de visitantes de este modesto blog, y a sus elogiosos comentarios que con frecuencia he recibido. A ellos les debía una disculpa y una oportunidad de hacerles saber mis intenciones sobre la continuidad o no de este Proyecto. Sacando fuerzas de donde no las hay, he decidido proseguir, cuando y mientras mis circunstancias personales así me lo permitan; siempre con mi quizás utópica idea original de "aprender enseñando" o "enseñar aprendiendo". De nuevo, mil gracias por su tiempo, paciencia e interés de los que tan generosamente han hecho gala.

Mis más cordiales saludos

Rafael Canales de Mendoza

En Málaga, a 28 de enero de 2012

 

Pulseras de Nimlot - supuestamente de Sais, en el Delta del Nilo -  hjo del faraón Sheshonq I y fundador de la Dinastía XXII. (Pinchar)

The arhaeologist Perre Montet (1885-1966) found some remarkable jewellery in the burials of the Egyptian kings of the Twenty-first to Twenty-third Dynasties, in the royal cemetery at Tanis. Most of this material is now in the Cairo Museum, but The British Museum possesses this pair of bracelets, that almost certainly came from a mummy.

The bracelets were made in the Thi rd Intermediate Period. Each bracelet made of two segments of sheet gold, hinged together and fastened with a retractable pin. The principal decoration is a figure of the god Horus the child, usually known by his Greek name, Harpokrates. He is depicted as a royal child, squatting on a lotus flower and holding a sceptre. On his head is a moon disc, either side of which is a large gold serpent with a sun disc on its head (uraeus). The rest of the bracelet was probably inlaid with red or blue glass.(Base de Datos del Museo Británico)


INTRODUCCIÓN

De los hechos acaecidos en Nubia entre finales del Imperio Nuevo y principios del siglo octavo, se sabe poco, y las evidencias son escasas. Aunque se sugiere que la Baja Nubia permaneció despoblada durante este período, es probable que se exagere. La población pudo haber sido menos próspera que en tiempos anteriores y quizás revirtió hacia una economía semi-nómada, o emigró al más próspero Sur. Esporádicas referencias a algunos virreyes del Kush durante la Dinastía XXI a la XXIII, indican que se mantuvieron algunas de las pretensiones egipcias de autoridad en la zona, y se ha alegado que algunos elementos de titulaturas egipcias y epítetos formales procedentes de inscripciones en templos de Egipto son evidencias que apoyan la existencia de una agresiva política encaminada a recuperar la Alta Nubia; pero, de haber sido así, el efecto no fue duradero.

El Despertar del Kush

No hay evidencia alguna en la propia Nubia de que hubiese existido algún gobierno provincial o campaña en esta época. De hecho, ciertas inscripciones encontradas en Nubia parecen sugerir que después de la retirada de la autoridad egipcia hacia finales del Imperio Nuevo, surgirían, diversos grupos de poder que habrían aportado así un cierto grado de continuidad en las instalaciones religiosas y administrativas faraónicas. Es probable que dichos grupos fuesen responsables de un reducido número de inscripciones jeroglíficas y relieves siguiendo la tradición iconográfica egipcia aparentemente datadas en este período; los relieves de Queen Karimala, en el templo del Imperio Nuevo, en Semna, podrían ser el caso.

Lo más importante de estos gobiernos autóctonos surge en la zona rio debajo de la Cuarta Catarata. Los gobernantes más antiguos estarían enterrados en el-Kurru. Aunque se desconoce la secuencia exacta de estas tumbas, se aprecia una clara evolución en las disposiciones de los enterramientos. Las tumbas más antiguas tienen un carácter marcadamente nubio, con un túmulo circular o superestructura estilo-mastaba, sobre una fosa funeraria que contiene el cadáver en un camastro. Otras tumbas posteriores se caracterizan por tener características de inspiración más egipcia (superestructura mastaba) acompañadas de una capilla de ofrendas, todo dentro del muro del recinto.

El-Kurru pudo bien haber sido la base de poder de estos gobernantes ya que allí se han descubierto un asentamiento con muros de defensa, para finales del siglo octavo a.C., su centro político y religioso se habría trasladado a Napata, cerca del gran afloramiento rocoso de Gebel Barkal. Durante el Imperio Nuevo, éste habría sido el centro de culto a Amun en Nubia, y la adoración al Dios del estado de Egipto se convirtió en un rasgo que diferencia de la élite gobernante kushita. Para mediados del siglo octavo a.C., los caudillos de Napata se habrían convertido en jefes supremos de Nubia y estarían ya barajando sus pretensiones de llegar a gobernar también a Egipto en su totalidad.

La Toma del Poder por los kushitas en Egipto

Hacia el 750 a.C. se reanuda el contacto directo con Egipto. Kashta, el primer mandatario del Kush de quien han sobrevivido referencias parece que habría sido reconocido como rey en todo el territorio nubio, y al norte hasta Aswan, donde se levantó una estela en la que aparece como “Faraón del Alto y Bajo Egipto”. La naturaleza introvertida del gobierno egipcio probablemente facilitase este progreso. Bajo Piy, hijo de Kashta, quizás se alcanzase algún acuerdo con los gobernantes de la Dinastía XXIII reconocido en el área tebana. Se aceptó la autoridad de Piy y su hermana Amenirdis I fue adoptada por la “esposa divina del dios Amun” Shepenwetep I como sucesora de ésta.

A estas medidas preliminares les siguió, hacia 730 a.C., una demostración de poder más evidente en forma de expedición militar kushita. Según una vívida descripción que nos proporciona la estela triunfal de Piy de Gebel Barkal, la campaña fue acelerada por la rápida expansión territorial de Tefnakht en Sais. Una vez conseguido el control de la totalidad del Delta Occidental y la zona de Menfis, el poderoso príncipe fue extendiendo su influencia sobre las localidades y ciudades del norte del Alto Egipto. Nimlot, pequeño rey de Hermópolis, unió fuerzas con Tefnakht, pero otro rey, Peftjauawybast, habiéndose declarado leal a Piy, fue sitiado en Heracleópolis, su propia ciudad.

Las fuerzas de Piy avanzaron Nilo abajo, haciendo pausa en Tebas para homenajear a Amón, antes de socorrer a Peftjauawybast y capturar Hermópolis. La mayoría de las demás localidades y ciudades fueron conquistadas pero Menfis ofreció una terca resistencia y tuvo que ser tomada por asalto. Piy, sin embargo, con conspicuo acatamiento a las tradiciones religiosas de Egipto, se aseguró de que los templos estuviesen protegidos del saqueo y la profanación. Habiendo adorado a los dioses de Menfis y de Heliópolis, Piy recibió el homenaje de los gobernantes provinciales quienes reconocerían su autoridad sobre todo Egipto así como sobre el Kush.

Piy pasó el resto de su reinado en Nubia y a su muerte sería enterrado en el-Kurru, en una tumba de características marcadamente egipcias, con una superestructura piramidal y un ajuar que incluía figurillas shabtis. Sin embargo, lo que fue totalmente no egipcio fue el enterramiento próximo a un grupo de caballos de carros de combate, elemento éste también asociado a los enterramientos de los sucesores de Piy y, evidentemente, una distintiva práctica kushita. En los años siguientes, la situación en la zona de Tebas permaneció estable.

La elevación de Amenirdis al rango de “esposa divina del dios Amón” – indudablemente contando con el apoyo de una corte kushita – añadió peso a la influencia de los gobernantes nubios en la zona. En el norte, no obstante, las dinastías locales permanecieron en control de sus provincias, y bajo el reinado de Tefnakht de Sais, y de su sucesor Bakenrenef, la Dinastía XXIV se reanudaría su expansión territorial. Ante esta provocación, el nuevo caudillo kushita Shabaco, reconquistaría Egipto hacia 716 a.C. e impuso, por la fuerza, su autoridad sobre los gobernadores provinciales.

El Reinado de los Monarcas kushitas

La base fundamental del dominio kushita era su poder militar. Los estrechos lazos entre el faraón y su ejército parecen obvios durante la Dinastía XXV. La devoción de las tropas de Piy hacia su señor se pone constantemente de manifiesto en el texto de la estela, mientras que la habilidad física y el entrenamiento eran considerados de extrema importancia tanto para los propios jefes como para los soldados. De ahí que el joven Taharqo participó personalmente en la batalla de Elteke (701 a.C.), a la vez que una estela en Dahshur da cuenta detallada de un agotador ejercicio militar organizado por el propio faraón en el desierto entre Menfis y el Faiyum.

No obstante, y a pesar de la fortaleza de sus fuerzas armadas, los faraones kushitas se consideraron incapacitados para llevar a cabo la doble tarea de controlar su tierra nativa a la vez que conseguir un Egipto unificado. Esto pudo haber influenciado su tolerancia con una administración descentralizada dentro de Egipto, dado que los principados que habían disfrutado de una autonomía casi completa bajo los faraones libios, conservarían su individualidad durante todo el reinado kushita. De ahí que, a comienzos del siglo séptimo a.C., Tanis estuviese aún gobernada por príncipes locales, algunos de los cuales alardeaban de títulos reales situación ésta que se ve reflejada en el ciclo de relatos centrados en el Faraón Pedubast, de Tanis; qué conexión existía - si la hubo – entre estos gobernantes tanitas con la antigua línea dinástica de la Dinastía XXII, de desconoce.

El principiado de Saite también sobrevivió para reunificarse con Egipto bajo el mandato del Psamtek I. En Tebas, el puesto de “esposa divina de Amón” creció rápidamente en importancia para llegar a convertirse en un valioso apoyo de la autoridad real.; otros cargos tradicionalmente poderosos, tales como el de visir, continuaron, pero fueron desprovistos de un efectivo. El puesto de Sumo Sacerdote de Amón, tan frecuentemente semilla de tensión en años anteriores, que aparentemente permaneció vacante durante finales del siglo octavo sería ahora rehabilitado y asignado, una vez más, al hijo del faraón. Es, sin embargo, significativo que el titular tuviese escaso o ningún poder civil o militar. La influencia local en el Alto Egipto, poco a poco y una vez más, repondría en sus puestos a aquellos que habían ocupado el cargo de Gobernador de Tebas o pertenecían a la camarilla de la “esposa divina”.

En la fase inicial del mandato kushita, llegaron a nombrarse simpatizantes nubios de la Casa Real para ocupar algunos de estos altos cargos en la administración civil y religiosa en Tebas sólo para ser reemplazados años después por vástagos de familias locales. Bajo los kushitas, se modificaría la ideología de la realeza. Se hicieron pequeños pero significativos cambios en la iconografía real: con frecuencia, la cinta sobre la frente del faraón incorporaba un doble ureo; la corona azul dejó de mostrarse, mientras la corona de gorra llegó a ser normal en las representaciones, tanto en su versión básica como con adicionalescintas; tocado éste distintivamente kushita.

Las innovaciones son también aparentes en el modo de trasmitir la realeza; mientras en Egipto la sucesión real había sido por vía paterna, en el Kush al rey no le sucedía necesariamente un hijo, sino que, a veces, lo hacía un hermano. Este sistema estuvo operativo durante toda la Dinastía XXV, así es que tanto a Piy como a Shabitqo (702-690 a.C. les sucedieron sus hermanos. No obstante estas divergencias con las normas egipcias, los gobernantes kushitas buscaron fortalecer su legitimidad mostrándose como campeones de la antigua tradición. Es así que Menfis se convirtió en su principal residencia real; una estela de Kawa rememora que Taharqo fue coronado en Menfis, y se sabe que Shabaqo, Shabitqo, y Taharqo realizaron trabajos de edificación.

Todo esto tiene todo un marcado sentido político (Tanis, demasiado distante geográficamente para servir como corazón de un Egipto unido), pero existían también fundadas razones ideológicas para promocionar la importancia de la zona menfita ya que de esta forma los faraones kushitas podrían sentirse asociados con el Imperio Antiguo. Las tumbas reales en el Kush se construyeron con forma piramidal. Las escenas del templo de Kawa fueron copiadas por artistas menfitas de templos del Imperio Antiguo de Saqqara y Abusir. (La inclusión en Kawa de una escena de Taharqo en forma de esfinge derrotando al enemigo – aunque basada en modelos del Imperio Antiguo – muy bien puede que su intención fuese hacer resaltar la victoria kushita sobre los antiguos gobernantes egipcios.

Las verbosas y monótonas titulaturas del Período Libio fueron sustituidas por otras más sencillas que recordaban el estilo del Imperio Antiguo – con el prenomen de Taharco (Khunefertemra) también comparándose así el faraón con el dios menfita Nefertem. El alto estatus del dios Ptah fue también reafirmado mediante la preservación del texto cosmológico conocido como “Teoría Menfita de la Creación”. Esta inscripción, que se alega copiada de un deteriorado papiro por mandato de Shabaqo y esculpida en una plancha de basalto actualmente en el Museo Británico, su texto da primacía a Ptah como Creador del Universo.

Al mismo tiempo, la devoción a Amón que era una característica tan obvia de la monarquía kushita, se continuó fomentando con numerosas renovaciones y adiciones llevadas a cabo en los templos de Tebas, así como la promoción del rol de Amón como Dios-Creador, como se hace resaltar en la forma y en la decoración de destacadas estructuras levantadas por Taharqo cerca del lago sagrado, en Karnak.

Cruce de Vínculos culturales: Egipto y Kush

Los gobernantes kushitas habían ya absorbido en cierta medida la cultura egipcia antes de Piy, como se aprecia el diseño de las tumbas posteriores en el-Kurru. Se desconoce el origen de esta influencia en las etapas iniciales del reinado, pero los contactos comerciales junto con la supervivencia de ciertas prácticas de culto egipcias en Gebel Barkal pudieron haber sido determinantes. Estas tendencias se fueron desarrollando aún más conforme se intensificaban los contactos durante el siglo octavo, y para tiempos de Kashta la iconografía muestra ya la figura marcadamente "egipcializada" del faraón. Durante toda la Dinastía XXV se representaba a los gobernantes y su élite con ropa egipcia, realizaban prácticas de enterramiento egipcias, y profesaban devoción a los dioses egipcios. Esta aculturación permanecería como elemento clave de la cultura kushita durante siglos después de que los nubios hubiesen renunciado al control de Egipto.
 

La absorción kushita de la cultura del material es muy evidente en los monumentos reales, Tanto en Nubia como en Egipto, los monumentos se construían de acuerdo con las tradiciones arquitectónicas egipcias con un cuidadoso respeto a los cánones artísticos apropiados y el uso de la escritura jeroglífica y de la lengua egipcia en todas las inscripciones. Aunque enterrados en sus ciudades natales, sus gobernantes construían sus tumbas según el estilo egipcio, cada una de ellas con una superestructura piramidal, un altar para ofrendas mirando al este, y una cámara funeraria abovedada, adornada con escenas y textos del repertorio de “libros del submundo” del Imperio Nuevo. Los cuerpos, momificados, eran provistos de ataúdes antropoides, vasos canopes y figuras shabtis.

Como en el caso de los libios, los efectos de la aculturación probablemente encubrían el origen de muchos kushitas que vivían en Egipto en esta época no obstante ellos también conservaron características de su identidad étnica, aunque adoptasen nombre egipcios para el resto de sus titulaturas. Nombres tan distintivamente no egipcios (Irigadiganen, Kelbaske) también definen a algunos cargos del período kushita mientras algunos otros tomaron nombres egipcios a la vez que conservaron sus nombre nubios originales. Los rasgos étnicos kushitas, incluyendo las distintivas fisonomías sureñas, piel oscura y peinados femeninos de melena corta hasta los hombros con frecuencia se representan en esculturas y pinturas.
El intercambio cultural, sin embargo, fue casi en su totalidad un proceso unidireccional pues muy poco de lo que era kushita sería absorbido por la cultura egipcia del material, y ese poco no llegó a retenerse de forma permanente. El ropaje característico de los gobernantes kushitas desaparecería pasada la Dinastía XXV como ocurriría con otras innovaciones tales como la esporádica representación de las diosas Isis y Nephthys con un estilo de peinado de pelo cortado al rape.

La Dinastía XXV como período de renovación

Como parte de su impulso para obtener la legitimidad como faraones, mostraron un gran respeto por las tradiciones religiosas egipcias. Remodelaron la ideología del faraón – recabando información del distante pasado, como puede apreciarse en sus titulaturas reales, su estilo de enterramiento y la promoción de la ciudad de Menfis – haciendo referencias deliberadas al Imperio Antiguo. Estas asociaciones formaban parte de una revitalización de cosas profundamente arraigadas que afectarían a muchos aspectos de la cultura cortesana egipcia, la religión, la escritura, la literatura, el arte, la arquitectura y las práctica funerarias, durante el primer milenio a.C. Ese “arcaísmo” – una vuelta a los clásicos tiempos del pasado como fuente de una nueva energía creativa – no era algo nuevo, constituye un aspecto recurrente de la cultura egipcia. En este caso, sus orígenes se encuentran en el tardío período libio, habiéndose iniciado durante la primera mitad del siglo octavo a.C.

Ya en las pasadas dinastías XXII y XXIII las titulaturas reales muestran una progresiva simplificación, y la imitación de los modelos de los imperios Antiguo y Medio empezaban a ser aparentes en la iconografía real y en las prácticas funerarias. Los kushitas (quizás por la falta de tradiciones autóctonas apropiadas en su tierra natal) adoptaron esta tendencia de forma activa. Así es que el arcaísmo se aceleró durante el pasado siglo octavo y principios del séptimo, quedando totalmente sintetizado en la Dinastía XXVI, con cuyo período la tendencia normalmente se asocia.

Para la Dinastía XXV, los artistas habrían devuelto ya la vida al canon de proporciones para la representación bidimensional de las figuras, mediante la reducción del tamaño de los cuadrados que componen la cuadrícula utilizada por los dibujantes. Las estatuas, tanto reales como privadas, también imitaban a los antiguos modelos; es así que entre las muchas esculturas comisionadas para el gobernador de Tebas, Mentuemhat, son ejemplos que copian las figuras masculinas de paso largo del Imperio Antiguo y las estatuillas sentadas y cubiertas típicas del Imperio Medio. En las costumbres de enterramientos, el ensamblaje funerario, que había sido simplificado durante las dinastías XXI y XXII (ver más abajo) se enriquecería en la segunda mitad del siglo octavo, con el resurgimiento de características antiguas, y, de forma notable, la vuelta – de forma revisada – del Libro de los Muertos, así como la introducción de nuevos rasgos iconográficos (con frecuencia con la incorporación de elementos arcaicos) para ataúdes y tumbas.

Como ya se ha visto, la escalada de arcaísmo durante los siglos séptimo y octavo se deba en parte al propósito de los gobernante extranjeros de ser aceptados como egipcios, Un factor a añadir sería, no obstante, al deseo de preservar el pasado mediante la imitación de viejos monumentos. La referencia más explícita de ello es la introducción a la Teología Menfita de la Creación, en la “Piedra Shabaqo” que relata como el faraón encontró un papiro comido por los gusanos y ordeno que se transcribiese para la posteridad. Sea o no esta declaración literalmente fidedigna, la intención de conservar la integridad de un texto antiguo se refleja mediante la consciente imitación del formato, el estilo y ortografía de antiguos documentos.

La extensa reutilización de materiales más antiguos durante las dinastías XXI y XXII habría permitido a los artesanos estudiar y copiar modelos anteriores, y la mayor productividad en la construcción de templos y tumbas fomentada por todo Egipto por los gobernantes de la Dinastía XXV supuso una oportunidad de expresar estas nuevas tendencias por completo. Éste fue, sin duda, uno de los principales métodos por el cual se transmitieron modelos más antiguos, si bien existe la posibilidad de que “libros de patrones”, copiados de forma repetitiva durante siglos, hubiesen aportado su parte. La copia servil directa era, por otra parte, rara. Incluso cuando se compara un relieve de la Dinastía XXV con un viejo modelo del Imperio Antiguo, como en la escena de Taharqo, ya mencionada, se aprecian algunos elementos de innovación por lo que no se puede descartar el hipotético rol de copias intermediarias perdidas en la transmisión de tales escenas a lo largo de un largo espacio de tiempo.

Como el caso de las estatuas de Mentuemhat demuestra, la revitalización de la Dinastía XXV y períodos posteriores, se caracterizó por una aproximación ecléctica a las fuentes. Muchas obras de arte mezclan elementos extraídos de modelos de períodos diferentes, mostrando la Dinastía XXV una especial preferencia por los imperios Medio y Antiguo más que por el Imperio Nuevo. Esta combinación de influencias diferentes se aprecia incluso entre trabajos individuales: estatuas de Taharqo y Tanutamani (664-656 a.C.) procedentes de Gebel Barkal muestran cuerpos fuertemente modelados y ropas sencillas típicos del Imperio Antiguo, mientras que sus torsos enseñan la línea media característica de las esculturas creadas en el Imperio Medio.

El Kush y Asiria

Aunque los monarcas kushitas no habían restablecido un gobierno centralizado en Egipto, su autoridad como jefes supremos les permitió adoptar una política más activa con relación al Levante Oriental que los reyes libios desde Sheshonq I. Esto les llevaría a un conflicto con Asiria cuyas fuerzas se habían adueñado de Babilonia y sectores del Mediterráneo oriental a lo largo del siglo octavo a.C. Si bien la interferencia kushita en Palestina llevaría finalmente a la conquista asiria de Egipto, ciertamente existía una amenaza para la independencia del país. La lucha empezó cuando un ejército compuesto de egipcios y nubios penetró al sur de Palestina en ayuda de Hezekiah de Judea, y se toparon con las tropas de Sennacherib, en Eltekeh, en el año 701 a.C. El ejército egipcio fue derrotado pero esto no impidió que los gobernantes provinciales en Egipto apoyasen a otros príncipes extranjeros en su resistencia a Asiria.

Así provocado, el rey asirio Esarhaddon se planteó la conquista de Egipto. Un primer intento de invasión fue repelido en 674 a.C.; un segundo, liderado por Esarhaddon en persona, lo consiguió. Menfis fue capturada y Taharqo huyó a Nubia dejando atrás a su esposa e hijo como prisioneros en manos de los conquistadores. En lugar de intentar ellos gobernar el país, los asirios se retiraron habiendo antes exigido a los principados del Delta un juramento de fidelidad a la autoridad asiria e impedir cualquier intento por parte de los kushitas de recuperar el control de Egipto. Entre los vasallos estaba Nekau (Necho), de Sais, cuyo hijo Psamtek (futuro Psamtek I) sería conducido a Nineveh para recibir instrucción en las costumbres asirias antes de que se le hiciese regresar para actuar como gobernante de Athribis.

No obstante, Taharqo rápidamente recuperó el control de Egipto. Un resurgimiento del poder egipcio-kushita (con la posibilidad de una interferencia en Palestina) no podía ser tolerada por los asirios, y en 667 a.C. Ashurbanipal, e hijo y sucesor de Esarhaddon, invadiría Egipto. Taharqo, de nuevo huyó a Nubia y los dinastas egipcios se sometieron a los asirios. Un nuevo complot para reinstalar a Tharqo fracasó y los vasallos egipcios que habían estado involucrados en él fueron ejecutados. Nakau de Sais se abstuvo de apoyar a los kushitas y su posición se fortalecería con su nombramiento como gobernador de Menfis.

Taharqo muere en Nubia en 664a.C. y es enterrado bajo una tumba piramidal en Nuri, una nueva necrópolis situada frente a Gebel Barkal. Su sucesor, Tanutamani, rápidamente invadió Egipto y derrotó a los vasallos que apoyaban a Asiria. Esta acción trajo consigo durísimas represalias por parte de Nineveh. Un gran ejército fue enviado a Egipto; la totalidad de la parte norte del país fue rápidamente sometida, y los asirios avanzaron, llegando hasta Menfis que sería saqueada y sometida al pillaje. Tanutmani fue expulsado y regresó a Nubia.

Los gobernantes kushitas, aun manteniendo sus reivindicaciones nominales de autoridad sobre Egipto durante varias generaciones, nunca serían capaces después de hacerlas efectivas. Por otra parte, el derramamiento de sangre y la destrucción que se llevaron a cabo desde la oposición kushita demostró ser una nube con un revestimiento de plata: sacó a la luz la necesidad de una cooperación militar y civil por parte de los gobernantes de los principados si se quería recobrar la independencia, y llevó al poder a un individuo excepcional que poseía recursos y facultades para liberar a Egipto y encaminarlo hacia una nueva fase.

Psamtek I de Sais, hijo de Necho, se encontraba entre los gobernantes vasallos que los asirios habían dejado para controlar las provincias. Durante su largo reinado se desprendió del yugo asirio y tuvo éxito - donde los kushitas habían fallado – en reunificar todo Egipto bajo su único mando. Y sólo es en este momento donde se puede decir que el Tercer Período Intermedio llegó a su fin, con Egipto preparado una vez más para recoger los beneficios cosechados por un gobierno central controlado por un faraón fuerte.

Y con esta “Hoja Suelta” terminamos este tercer apartado o subcapítulo de los cuatro que componen el Capítulo 12, dedicado al Tercer Período Intermedio, también conocido como “La Fragmentación de Las Dos Tierras”, siempre de la mano del erudito Doctor John H. Taylor, del Museo Británico. A aquella, le seguirá otra dedicada a la religión y cultura del material de dicho período con lo que estaremos ya a las puertas del Período Tardío.


RAFAEL CANALES

En Benalmádena-Costa, a 26 de febrero de 2012


  Bibliografía:

"Eternal Egypt: masterworks of Art", E.R. Russmann, University of California Press, 2001.  
"Ancient Egyptian jewellery" C.A.R. Andrews, (London, The British Museum Press, 1996. 


martes, 24 de enero de 2012

“La Fragmentación de Las Dos Tierras”: Tercer Período Intermedio (1.069-664 a.C.) 2/4.- Las Dinastías XXI y XXIV: El Período Libio.

Viñeta del Libro de los Muertos de Nesitanebtashru procedente del enterramiento de Nesitanebtashru, Deir el-Bahari, Tebas, Dinastía XXI, hacia 1025 a.C. Shu sosteniendo a Nut: Separación de la Tierra del Cielo por el Dios del Aire.
(Pinchar y Ampliar)

This vignette is part of the Greenfield papyrus, the Book of the Dead of the priestess Nesitanebtashru, daughter of High Priest Pinudjem I. It is named after Mrs Edith Greenfield, the donor of the papyrus to the British Museum, whose husband acquired it in Egypt in 1880.
It is one of the best surviving examples of a funerary papyrus. The original document was over thirty-seven metres long, with spells illustrated by a series of vignettes. One of the most important scenes shows an episode in the creation of the world, according to the Heliopolitan myth. The myth centres on the Heliopolitan god Atum as the creator. He and three generations of his descendants are known as the Great Ennead.
According to the myth Atum created his two offspring Tefnut (moisture) and Shu (air) by sneezing and spitting. They in turn gave birth to Nut (heaven) and Geb (earth). This vignette shows Nut stretched over the earth, represented by Geb, who lies below her. The toes of the goddess are at the eastern horizon, and her fingertips at the western horizon. She is separated from Geb by her father Shu, who holds her up with both hands. This separation did not prevent Geb and Nut having four children: Osiris, Isis, Seth and Nephthys. The myths surrounding these four deities relate to the emergence of human society; the separation of earth and sky constitutes the creation of the world. (Base de Datos del Museo Británico)

Los libios que se asentaron en Egipto antes y durante el tercer Período Intermedio procedían, en su mayoría, de los Meshwesh (o Ma) y de los Libu, los principales grupos habían estado amenazando la seguridad de Egipto durante todo el Imperio Nuevo. Su patria parece haber sido Cirenaica, donde habrían experimentado una economía basada, principalmente, en un nomadismo pastoril, aunque hay también evidencia de asentamientos. Probablemente, el bajo nivel de infiltración de estos pueblos a lo largo de la franja occidental de Egipto sería endémico; su culminando en migraciones a gran escala bajo los reinados de Merenptah y Ramsés III parece haber sido consecuencia de un desplazamiento de poblaciones en Cirenaica, quizás debido a una escasez local de alimentos y a las incursiones de los Pueblos del Mar a lo largo de la costa norafricana.

Posiblemente, otro factor adicional fuese el desarrollo de una cooperación política más concreta y una organización militar de los libios del pasado Imperio Nuevo que pudo haber inspirado un impulso más constructivo hacia un asentamiento en Egipto; bajo los gobiernos de los sucesores de Ramsés III, continuó un flujo estable. La existencia de diferentes grupos de población entre los libios, y su forma de vida semi-nómada, sin duda redundó en que numerosos grupos, grandes y pequeños, marchan a Egipto de forma independiente. Algunos de estos libios eran prisioneros o mercenarios que se habrían asentado en comunidades militares como parte de la política de los faraones de la Dinastía XX, pero es muy probable que hubiesen muchos grupos más pequeños que se habrían asentado sin control oficial.

El elemento libio en la sociedad egipcia

Muchos fueron los libios que se asentaron en la zona entre Menfis y Heracleópolis, y en los oasis del Desierto Occidental, pero con mucho, la mayor concentración de ellos tuvo lugar en el Delta Occidental. El asentamiento aquí lo facilitaba la proximidad natural de la zona a las tierras libias, y el relativamente poco significativo valor que tenía esta parte de Egipto a ojos de los faraones; escasamente poblada, y con una productividad cultural baja, se utilizaba primordialmente para apacentar el ganado.

A cuenta de la creciente eficiencia militar y política de los libios hacia finales del Imperio Nuevo, sus jefes supieron asegurarse posiciones de influencia local. Ya había surgido en Egipto una clase compuesta de ex -militares cuyos servicios habrían sido recompensados con tierras y quienes podían aspirar a ocupar altos cargos en la burocracia. Loa jefes de los grupos mercenarios libios no estaban, probablemente, menos inclinados en aprovecharse de esta situación por lo que se fue formando un cierto número de principados, cada uno de ellos con base en una localidad importante, y cada uno controlado por un jefe libio; y esto no sólo en el Delta sino en puntos estratégicos a lo largo del Valle del Nilo, muy especialmente en Menfis y en la zona colindante con Heracleópolis.

Desgraciadamente, la diseminación de evidencia sobre la Dinastía XXI hace confusas las exactas etapas en las que estos caudillos alcanzarían el poder, pero hay testimonios de libios de alta graduación militar en la zona de Heracleópolis desde principios del Tercer Período Intermedio, y la aparición de un gobernante llamado Osorkon en el Trono de Tanis en la segunda mitad de la Dinastía XXI, es prueba clara de que ya habían alcanzado la posición más alta de la sociedad egipcia.

La consolidación libia del poder probablemente se consiguió de varias maneras. El desarrollo de una forma teocrática de gobierno en la Dinastía XXI sin duda ayudó a que su gobierno resultase más aceptable durante el crucial período transicional al dotar a sus políticas de autoridad divina. La integración en la sociedad egipcia pudo haberse intensificado por una aculturación. Aunque el aumento de contactos con otras tierras y costumbre durante el Imperio Nuevo había hecho de Egipto una sociedad cosmopolita con una población mixta, los colonos extranjeros se vieron sometidos a un proceso de egipitización cuya principal manifestación consistía en la adopción de nombre, vestimenta y costumbre funerarias egipcias. Se puede aducir evidencia de aculturación de los libios, pero no sería en absoluto concluyente.

No hay rastro alguno de ninguna cultura del material característica de los libios en Egipto, aunque, a la vista de la escasez de documentos arqueológicos tanto del Delta del Nilo como de Cirenaica, la patria de los libios, esta imagen aún podría transformarse mediante más investigación. De forma muy significativa, los libios de las dinastías XXI a XXIV no figuran como “extranjeros” en la gráfica egipcia o en el registro textual. Las distintivas características étnicas asociadas con los libios en el Arte del Imperio Nuevo – piel amarilla, tirabuzones, tatuajes, tocados de plumas, preservativos, y túnicas decoradas – no hacían ya acto de presencia, aunque esto quizás no sea del todo sorprendente ya que los libios se distinguían de los egipcios en dichas representaciones por razones ideológicas más que como un reflejo fiel de su apariencia.

De la misma forma, la representación de faraones y funcionarios de origen libio con trajes tradicionales, atributos y características físicas fue, probablemente, una medida conciliatoria a fin de fomentar la aceptación de su autoridad por el populacho egipcio; lo que no implica necesariamente que se hubiese alcanzado la integración total. De hecho, hay indicaciones varias de que los libios retuvieron una parte considerable de su integridad étnica. Sus característicos y tan poco egipcios nombres – Osorkon, Sheshonq, Takelot, y otros – perduraron durante siglos después de la llegada de los libios a Egipto, mientras que en otros períodos anteriores los extranjeros solían adoptar, o se les daban, nombre egipcios en una o dos generaciones.

De igual manera, los títulos de los jefes libios los conservaban mucho después de su asentamiento en Egipto, y la pluma sujeta al cabello sobrevivió como señal que distinguía a los Meshwesh y los Libu. Largas genealogías sobre estatuas y objetos funerarios representan uno de los rasgos más característicos de los textos del Período Libio, y aún así no son corrientes en las inscripciones egipcias anteriores a las postrimerías de la Dinastía XXI. El aumento de estos registros aparentemente refleja un nuevo valor ligado a la monarquía y la conservación de amplias líneas de descendencia; se trata de una forma de evidencia basada con mucho en la tradición oral, y que pretende ser una característica destacada de sociedades no literarias como la de los libios.

Los libios y los egipcios tenían bases culturas bien diferentes – los libios no alfabetizados y semi-nómadas, sin tradición alguna de construcción permanente; los egipcios, alfabetizados, sedentarios, y poseedores de una larga tradición de instituciones formales y construcción monumental. Faraones y dinastías de origen libio controlaban todo o la mayoría de Egipto durante casi 400 años, y algunos consiguieron mantener el poder bajo los kushitas. Es, por lo tanto, muy probable que algunos de estos grandes cambios en la administración, la sociedad y la cultura de Egipto, que tuvieron lugar durante este período, pudiesen haber surgido de esta mezcla de sociedades.

Estructuras de Poder y Geografía Política

El rasgo más característico de Egipto durante el Tercer Período Intermedio lo constituye la fragmentación política del país. Esta descentralización fue una consecuencia de importantes cambios en el gobierno de Egipto, lo que distingue el Tercer Período Intermedio del Imperio Nuevo. Factores importantes son la supervivencia a largo plazo de jefes libios en puestos de poder, y el debilitamiento de la autoridad del faraón. Especialmente significativa era la política real de conceder poderes excepcionales a parientes y gobernantes locales que acabaría creando un impulso hacia la independencia regional y una tensión sobre el acceso y el control de los recursos económicos.

En el Imperio Nuevo, la mayoría de los familiares habían sido cuidadosamente excluidos de la administración efectiva y del poder militar, con lo que se neutralizaba una potencial amenaza a la autoridad del faraón. Pero en el Tercer Período Intermedio, a los hijos de los faraones se les otorgó poderes administrativos sin precedente y se les ponía al mando de importantes asentamientos que gozaban de una autonomía considerable, entre los que cabe destacar a Menfis, Heracleópolis y Tebas. Hasta el pontificado de Harsiese (hacia 860 a.C.), todos los sumos sacerdotes de la Dinastía XXII en Tebas fueron hijos del soberano reinante, y puesto que muchos de estos príncipes tenían a disposición un poder militar, esto tendría una importante implicación en el desarrollo de los acontecimientos.

El mis efecto tendría la política real de permitir que los cargos burocráticos, clericales y militares se convirtiesen en beneficios hereditarios de familias de provincia. Los altos cargos solían pasar a veces de padres a hijos en el Imperio Nuevo, pero el proceso bajo ningún concepto era automático. En el Tercer Período Intermedio la práctica se hizo endémica; ya, bajo la Dinastía XXI, los puestos de Sumo Sacerdote y General en Jefe los controlaba una sola familia. Un intento por parte de los primeros soberanos de la Dinastía XXII de evitar los efectos debilitadores de este monopolio mediante el nombramiento de los hijos del faraón como sumos sacerdotes en Tebas, y de otros hombres del faraón para ocupar altos cargos, no frenó la tendencia; lo primero incluso fomentó la descentralización; y en el caso segundo, el propio principio de herencia pronto se reafirmaría.

Los efectos de esta práctica se ven claro en Tebas donde las inscripciones genealógicas de objetos funerarios y estatuas de los templos muestran el declive de puestos importantes en la administración y en el sacerdocio tras muchas generaciones de familias locales. La aparición en genealogías de la frase mi nen (el de igual título) antepuesta a los nombres de ancestros, es una clara indicación de que el traspaso de cargos a sucesivas generaciones era ya cosa corriente. Estas familias reforzaban sus propias posiciones mediante casamientos con miembros de otros clanes que también ostentaban cargos creando así élites locales poderosas que controlaban los centros provinciales. Funcionarios de gobiernos centralizados tales como los visires y supervisores del tesoro y graneros, quienes en el Imperio Nuevo habrían supuesto un impedimento a la independencia de las provincias, ahora sólo ejercían una influencia local, o, como es el caso de los visires del sur, ellos mismos eran miembros de la dominante aristocracia provincial.

Bajo estas condiciones, la independencia de los centros regionales y la aparición de dinastía colaterales era virtualmente inevitable. El proceso de descentralización estuvo más marcado en el Delta. Allí, varios centros provinciales quedaron bajo el control de caudillos libios, y algunos de ellos, en especial Sais y Leontópolis, eventualmente eclipsarían la preeminencia de la Dinastía XXII, cuya esfera de influencia se vería finalmente reducida a una pequeña zona concentrada en los alrededores de Tanis y Bubastis. La situación en el Alto Egipto era análoga, aunque esta parte del país retuvo una mayor cohesión territorial que el norte. Tebas fue predominante durante todo el período, cuya importancia se fundaba en su estatus como el principal centro de culto a Amón, y en ser el centro de la élite local más poderosa.

La actitud de los faraones ante esta progresiva fragmentación tiene una importancia clave. En el Primer Período Intermedio y en el Segundo, la división del poder en Egipto entre dos o más soberanos se consideraba totalmente inaceptable; en el Tercer Período, sin embargo, la descentralización no se consideraba siempre de forma negativa. Los nombramientos a largo plazo de parientes reales para ocupar puestos de poder y los matrimonios de gobernadores provinciales importantes con las hijas de los faraones pueden verse como medidas para reforzar la autoridad real; no obstante, ambas produjeron el efecto contrario, fomentando la descentralización al reforzar la base de poder de los gobernantes locales. Se ha sugerido, incluso, que el faraón Sheshonq (825-773 a.C.), preocupado por el declive de autoridad de la Dinastía XXII, habría intencionadamente establecido una línea real colateral, la Dinastía XXIII, como forma de mantener una medida de control sobre la élite de provincias.

Esto es muy cuestionable a la vista del debatible estatus de la Dinastía XXIII. Una imagen más clara surge si se acepta que la descentralización no sólo se admitió, sino que se institucionalizó como forma de gobierno. El cuadro político que emerge conforme avanza el Tercer Período Intermedio es, pues, el de una federación de gobernantes semi-autónomos, nominalmente sujetos - y con frecuencia afines - a un soberano como cabeza suprema. Esto es, quizás, una muestra del impacto de la presencia libia en la Administración, ya que dicho sistema resulta coherente con las pautas de gobierno de una sociedad semi-nómada como la de ellos. A favor de esta interpretación cabría señalar que, a pesar de la abundancia de incidentes militares y del fortalecimiento de los asentamientos durante este período, las referencias explícitas a conflictos internos son limitadas, y no deben interpretarse como síntomas de un desplazamiento hacia la anarquía.

Una consideración de la geografía política de Egipto durante el Tercer Período Intermedio nos revela indicios de una divisoria norte-sur. El control del norte estaba casi totalmente en manos de los libios. Su afluencia fue crucial para el asentamiento y cultivo del Delta: los Meshwesh ocuparon las principales ciudades d las zonas centro y este (Mendes, Bubastis, Tanis). La principal afluencia de los Libu quizás fue posterior a la de los Meshwesh, de ahí que se asentasen en la menos rentable franja occidental; en las inmediaciones de Imau. Finalmente acabarían fundando la dinastía se Sais.

A otro grupo, los Mahasun, se les localiza hacia el sur. La distribución cronológica y espacial de las “estelas de donaciones” refleja, quizás, la utilización progresiva de tierra cultivable, empezando desde los extremos oriental y occidental del Delta hacia el centro, como áreas sin cultivo ni ocupación previa. El estatus semi-autónomo de centros tales como Bubastis, Mendes, Sebennytos, y Diospolis, probablemente se estableció durante la fase inicial del asentamiento libio y se mantuvo durante los siglos sucesivos.

El Alto Egipto estaba menos fragmentado que el Delta. Mientras que centros como Hermópolis, Heracleópolis, el-Hiba y Abydos eran importantes, Tebas mantenía su estatus preeminente durante todo el Tercer Período Intermedio. La resistencia del sur a la imposición de control desde l norte fue un hecho recurrente desde el siglo décimo al octavo a.C. con Tebas y sus funcionarios haciendo el papel de líderes. Ya había muestras de ello hacia finales de la Dinastía XXII; en inscripciones talladas a principios de su reinado, Sheshonq I figura con el título de “Jefe del Ma” más que como faraón. Por consiguiente, el derecho al puesto de Sumo Sacerdote de Amón se convirtió en una importante causa de contienda.

Las aspiraciones al pontificado del príncipe Osorkon, hijo de Takelot II, provocó un rechazo feroz, con los tebanos que preferían reconocer la autoridad de los soberanos de la Dinastía XXIII, Pedubastis I y Iuput I, y por consiguiente a Osorkon III y sus sucesores, antes que a los faraones de Tanis. Aún después, los gobernantes del sur harían una alianza con los monarcas de Kush; es más, tan tarde como los primeros años de Psamtek I (664-610 a.C.), de Sais.

Bajo la divisoria política norte-sur había una división étnica. La evidencia de nombres, títulos, y genealogías nos revela a la población del norte como predominantemente libia, y a la del sur como egipcia. Estas reflexiones pueden también detectarse en la cultura del material. Después del Imperio Nuevo, la evolución de la escritura hierática utilizada en documentos comerciales produjo dos formas divergentes: demótica en el norte y hierática “anormal” en Tebas; indicación de una ruptura de las tradiciones del Imperio Nuevo; los escribas del período libio empleaban construcciones gramaticales y deletreos fonéticos que reflejaban el uso corriente más que la tradición, y le escritura hierática se iba utilizando más en vez de los jeroglíficos en las inscripciones de los monumentos. Estas situaciones, especialmente la última, son más propias del norte, y pueden ser el reflejo de una falta de preocupación de los libios por la tradición para aferrarse a un idioma desconocido.

La Ideología de la Corona

La subordinación del gobernante temporal a Amón, aspecto clave de la teocracia, pudo haberse ofrecido ella misma a los gobernantes libios de la Dinastía XXI como medio políticamente oportuno de asegurarse la aprobación divina al nuevo régimen. Como se mencionó en el Capítulo 10, la relación entre Amón y el faraón cambió durante finales del Imperio Nuevo. Con el establecimiento de la teocracia en la Dinastía XXI, la independencia política del faraón alcanzó su nivel más bajo, y su autoridad ejecutiva apenas excedía la de los Sumos Sacerdotes. De hecho, mientras tres de los pontífices tebanos adoptaban títulos reales, el faraón Psusenes I también aparece como Sumo Sacerdote de Amón, indicaciones de que los cargos se iban equiparando más que lo habían hecho nunca.

La apropiación tebana de atributos reales estaba restringida ya que, si bien a Herihor y Pinudjem I se les representaba con prerrogativas reales (igualdad de estatura con los dioses), adornados con indumentaria real, y con su nombres en cartuchos), a Herihor se le mostraba así sólo en los relieves de templos y en los papiros funerarios de su esposa Nodjmet, mientras que su prenombre real es de un mero título de Sumo Sacerdote de Amón. El comandante Menkheperra, hijo de Pinudjem I, sólo utilizaba cartuchos ocasionalmente y en cierta ocasión se le representó con vestimenta real. Solamente Pinudjem I hacía ostentación de mayores pretensiones de un estatus faraónico y sería enterrado con honores reales.

La esporádica monarquía puede que se asumiese por razones de culto: puesto que el faraón era el punto de contacto entre el mundo de los mortales y el de los dioses, un estado prácticamente independiente como el del Alto Egipto exigía alguien que jugase ese papel.

Para principios de la Dinastía XXII, los libios estaban ya firmemente atrincherados en el poder, de ahí que el carácter teocrático del gobierno bajo de tono. Sheshonq I y sus sucesores volvieron a enfatizar la autoridad del faraón, pero, cuando ésta se debilitó después del 850 a.C. aproximadamente, serían primero los Sumos Sacerdotes de Tebas, y con posterioridad las “las esposas divinas de Amón”, más que el propio Amón, quienes esgrimirían el poder.

A lo largo de los siglos once al octavo a.C., los dirigentes libios hicieron uso de muchas de las manifestaciones externas del reinado faraónico tradicional como forma de hacer valer su estatus de auténticos faraones egipcios. Se les representaba con vestimenta faraónica, y su quíntuple titulatura completa; la figura del faraón golpeando a sus enemigos ante Amón (testimoniado por Siamun y Sheshonq I), símbolo del tradicional rol de preservación del maat (el universo ordenado) mediante la derrota de los enemigos de Egipto; y la recuperación del Festival-sed, los vinculaba con los gobernantes de pasadas generaciones. El Festival-sed celebrado en Bubastis en el año 22 de Osorkon II (870-850 a.C.) aparece conmemorado en relieves en el gran pórtico de entrada de granito rojo, que muestran, con reproducciones en forma de ceremonias, una gran observancia de la tradición antigua.

Con el fin de dotar al mandato de extranjeros de una mayor legitimidad, la ideología real se desarrolló siguiendo unos criterios cuidadosamente seleccionados. Uno de ellos consistía en la frecuente asimilación del faraón al Niño Horus, hijo de Osiris e Isis, a la que se alude en las titulaturas de algunos faraones libios desde Sheshonq I en adelante, y que tiene un paralelismo en las representaciones del faraón como un niño amamantado por una diosa. Estos fenómenos sin duda estaban encaminados a reconciliar a la población autóctona con el mandato extranjero; los hyksos, los persas y lo ptolomeos, todos ellos consideraron útil dicha asimilación policía. Aunque, como ya se ha visto antes, los libios nunca se “egiptocionarían” totalmente y, a pesar de sus galas faraónicas, sus soberanos preferirían patrones de gobierno diferentes a los de sus precursores del Imperio Nuevo.

Un ejemplo claro de ellos es la aparente tolerancia libia a tener dos o más “faraones” simultáneamente, cada uno de ellos titulado “Faraón del Alto y Bajo Egipto”, independientemente de sus esferas reales de influencia. Esta no es la única indicación de que los libios habían adoptado los adornos reales sin entender por completo su significado; en el Imperio Nueva se daba una gran importancia al contenido de la titulatura real, que era diferente para cada faraón y reflejaba un programa de reinado cuidadosamente creado. Las titulaturas de los soberanos libios, no obstante, se caracterizaban por la monótona repetición de prenombres y epítetos reales que con frecuencia dificultan la correcta atribución de monumentos reales de este período.

No sólo es más difícil distinguir un faraón de otro sino que, además, un desenfoque en la distinción entre un faraón y sus súbditos. La estructura de poder en Egipto hacia 730 a.C., como nos revela la “estela de la victoria” de Piy, nos muestra a cabecillas de los Meshwesh en posiciones equiparables a las de reyes, aunque sin titulaturas reales., Unas décadas más tarde, hacia finales del dominio kushita, los registros asirios El Cilindro Rassam) revelan una situación comparable, con todos los gobernadores agrupados juntos independientemente de sus títulos. Estos incluyen a un “faraón” (Nekau I (672-664 a.C.)), a un “Gran Jefe”, a un gobernador, y a un visir.

La pérdida del extraordinario estatus del faraón se manifiesta de diferentes formas: En el Arte, los personajes no reales se representan realizando actos anteriormente reservados para faraón; a un jefe libio se le representa en una estatuilla de rodillas con ofrendas al dios; un relieve nos muestra a otro jefe consagrando a los dioses de Mendes “trozos escogidos” de carne en un altar; un Sumo Sacerdote de Amón y un sacerdote de menor rango ofrecen en una estela una imagen de maat.

El mismo fenómeno se ve reflejado en fuentes económicas, en especial en las “estelas de donación”. En el Imperio Nuevo tales donaciones sólo las realizaba el faraón; en el Tercer Período Intermedio numerosas estelas registran donaciones a templos, y, mientras el donante es en ocasiones el faraón, en la mayoría de los casos se trata de un jefe libio o una persona privada.

Incluso los nombres de personas pueden ser reveladores: Ankh-Pediese, mencionado en una estela del Serapeum como nieto del Jefe Supremo de los Meshwesh, Pediese, tiene un nombre que significa “Larga Vida a Pediese”, un recuerdo a un jefe libio en un contexto en el que normalmente sólo se usa un nombre real, como es el caso del propio faraón o de la esposa divina de Amón. Quizás lo más destacable de todo sea la intrusión de miembros del séquito real en el lugar de enterramiento de sus señores; el entierro del General Wendjebauendjed en una cámara de la tumba del faraón Psusenes I, en Tanis, habría sido impensable en el Imperio Nuevo, mientras que ahora la figura del faraón era más la de un señor feudal, sustentado por una red de parientes y secuaces cuyos lazos con su Amo destacan incluso en la tumba.

Los Militares en el Período Libio

Terminado el Imperio Nuevo, el poder de los militares se convirtió en una importante fuente de autoridad en Egipto; más que el control de la burocracia. El nuevo orden lo establecieron los jefes militares, y los gobernantes de la principalidad del sur a lo largo de toda la Dinastía XXI eran, en su mayoría, militares. Los nombramientos de los soberanos de la Dinastía XXII aseguraban que los gobernadores de provincia fuesen jefes militares, y el hecho de que estos títulos no fuesen meramente honoríficos se demuestra por referencias a fortalezas y guarniciones bajo su mando.

La construcción de fortalezas constituye una de las actividades mejor documentadas del período. Pocas de ellas han sido testimoniadas arqueológicamente por algunos vestigios, pero la ubicación de muchas de ellas es conocida por restos de ladrillos estampados con nombres de localidades. Esta evidencia muestra que toda una serie de fortalezas se construyeron en el Alto Egipto durante la Dinastía XXI; muy especialmente bajo Pinudjem I y Menkheperra. Hubo una concentración especial de estas instalaciones en el margen este de El Nilo al norte del Egipto Medio: en el-Hiba, Sheikh Mubarek, y Tehna (Akoris). Desde estos baluartes se mantenía una estrecha vigilancia del tráfico en el río Nilo, y se podía aplastar cualquier insurrección.

El-Hiba era algo más que un puesto de observación y de guarnición. Era un fuerte fronterizo y la sede en el norte de de los soberanos del Alto Egipto durante la Dinastía XXI. Cartas en papiro de la época en las que se mencionan a los generales Piankh y Masaharta se han encontrado allí, y los papiros con composiciones literarias Wenamun y el Cuento de Woe, así como el Onomasticon de Amenemope, proceden probablemente de la misma vecindad. El lugar continuó funcionando como un importante cuartel general militar durante la Dinastía XXII; allí construyó un templo Sheshonq I con aditamentos de Osorkon I. Incluso después, el lugar se utilizaría como base operacional por el príncipe Osorkon en su conflicto con sus oponentes tebanos.

También parece que los asentamientos civiles acabarían adquiriendo el carácter de bastiones militares durante el Tercer Período Intermedio. La administración del margen occidental tebano encontró refugio en el recinto fortificado del templo de Medinet Habu durante los problemas de finales del Imperio Nuevo, y aparentemente permanecería siendo residencia de los Sumos Sacerdotes durante la Dinastía XXI. Tampoco sería éste un caso aislado. El relato de la campaña de Piy hacia 730 a.C. muestra que ciudades como Hermópolis y Menfis estaban fortificadas y eran lo suficientemente fuertes como para resistir un asedio. Evidentemente, el estilo de vida del egipcio había tomado un cariz habitualmente defensivo.

La fuerte concentración de tropas a lo largo de El Nilo pudo haber tenido sus orígenes en la determinación de los jefes libios de imponer su dominio sobre Egipto. Esto, unido a la bien documentada resistencia de Tebas al control exterior, probablemente justifique la ubicación de las fortalezas de la Dinastía XXI en lugares tan al sur como Qus y Gebelein donde raramente habrían servido para defenderse de algún ataque desde fuera del Valle del Nilo. Durante el reinado de Pinudjem I tuvo lugar una rebelión en la región tebana pero su naturaleza es más bien oscura. Es cierto que sólo se conoce por la estela colocada por el Sumo Sacerdote Menkheperra en conmemoración del indulto de algunos villanos y su regreso de los oasis donde habrían sido exiliados como castigo. Los conflictos del Príncipe Osorkon con los rebeldes tebanos más de un siglo después ponen en evidencia la continua necesidad del poder militar para mantener la autoridad en la zona.

La relativamente poco emprendedora política exterior de los gobernantes de Egipto durante el Tercer Período Intermedio puede verse como el resultado lógico de su situación interna. Con un régimen progresivamente descentralizado, y con una parte importante de la fuerza militar dedicada a mantener el orden en Egipto, no parece que fuese viable conseguir una concentración del esfuerzo militar y unos recursos económicos necesarios para propiciar una sólida política de expansión en el exterior.

Economía y Control de Recursos en las Dinastías XXI a XXIV

El período que abarca la Dinastía XXI a la XXIV destaca por la escasez de monumentos reales de piedra a gran escala similares a los construidos durante el Imperio Nuevo. Con la única excepción de los de Tanis, la construcción de edificios reales se limitaba a ampliaciones menores y reparaciones en construcciones existentes. Este reducido nivel de actividad coincide con un reciclaje intenso de monumentos y materiales; fenómeno particularmente obvio en Tanis donde mucho de los trabajos en piedra – bloques, columnas, obeliscos, estatuas – se trajeron de Piramesse u otros yacimientos, y se volvieron a inscribir, o simplemente a levantar, sin modificaciones. Puestos a comparar con productos de otros períodos, estos factores podrían considerarse como síntomas de una economía débil.

Ciertamente no hay duda alguna de que el Tercer Período Intermedio se iniciase en un momento de estrés económico, y que, hasta donde se puede discernir, los ingresos provenientes del Levante Oriental y del África Interior se verían muy reducidos durante este período en comparación con lo que se disponía durante el Imperio Nuevo.

Existe, no obstante, un número de señales indicativas de que la economía de Egipto no se mantuvo seriamente debilitada durante todo este período. La poco ambiciosa naturaleza de los proyectos de construcción reales y la alta dependencia de la utilización de materiales usados en el tercer Período Intermedio posiblemente se podría explicar debido al estado fragmentado del país. Carente de una administración centralizada bajo un único gobernante, no era ya posible administrar los recursos de forma eficiente, o movilizar mano de obra de forma masiva como la empleada en la construcción de las pirámides de Menfis o en los templos de Karnak. Es significativo que la relativamente corta fase de un gobierno fuerte – los reinados de Sheshonq I a Osorkon II – coincidiesen con la construcción de algunos de los monumentos reales más sobresalientes: el Bubastite Portal, en Karnak, y el “salón del festival” de Osorkon II, en Bubastis.

En cuanto al estado de la economía agrícola del período, la información de que se dispone es muy limitada. Algunos papiros (incluyendo el Papiro de Reinhardt), y las estelas de donación, constituyen las únicas fuentes. Estas últimas, no obstante, son muy interesantes; la mayoría datan de las Dinastías XXII y XXIII, y registran la asignación de tierras a los templos encaminadas a establecer donaciones para los cultos funerarios. La mayoría de estas estelas encontradas en el norte indican que la productividad de los terrenos agrícolas era suficiente para obtener un excedente para utilizar para dichos fines. Como ya se ha visto, la distribución de estas estelas también apunta a que importantes zonas del Delta Occidental y Central se habrían recién dedicado al cultivo.

También hay evidencia de que existían otras formas de riqueza. Los objetos de enterramientos encontrados en las tumbas reales de Tanis incluían importantes cantidades de oro y plata, mientras que una inscripción en Bubastis que registra la dedicación del faraón Osorkon I de estatuas y utensilios de culto a los templos egipcios, registra el equivalente a 391 toneladas de objetos de oro y plata; todo ello llevado a cabo durante los primeros cuatro años de su reinado. Se postula, que una parte de ello podría ser parte de saqueos procedentes de la campaña palestina llevada a cabo años en años anteriores por el faraón Sheshonq I, mientras que otra podría provenir de material reciclado extraído de tumbas del Imperio Nuevo. No obstante, una economía en la que tanta riqueza pudiese ser neutralizada económicamente mediante la consagración de deidades, sólo podría tratarse de una que fuese boyante.

El reciclaje de recursos sin duda jugaba un papel importante en mantener llenos los cofres estatales. Esta quizás fuese la principal razón – más que la piadosa consideración hacia el fallecido – del desmantelamiento de los enterramientos reales del Imperio Nuevo en Tebas durante la Dinastía XXI. Las momias de los faraones y de sus esposas y familiares se sacaban de sus tumbas despojadas de casi todos los objetos de valor, y se enterraban de nuevo en grupos, en escondrijos de fácil acceso y custodia. Los legajos hieráticos en ataúdes y mortajas que registran tales hechos muestran que se llevaban a cabo con la autorización de los generales que gobernaban mientras centenares de grafitis rupestres realizados por el escriba de la necrópolis Butehamun y sus colegas dan testimonio del sistemático rastreo y eventual limpieza de viejas tumba.

Mucho material precioso indudablemente se derretiría para ser usado de nuevo, pero parece que algunos objetos habrían sido apropiados para su utilización en los enterramientos de los reyes tinitas; los pectorales encontrados en la momia del faraón Psusennes I tienen un gran parecido con ejemplares del Imperio Nuevo tales como los de la tumba de Tutankamón, y hay indicios de alteración de nombres en algunos cartuchos. Objetos de un tamaño respetable también serían reciclados. Un sarcófago de granito se extrajo de la tumba del faraón Merenptah y se trasladó hasta Tanis para su posterior reinscripción y uso en el enterramiento de Psusennes I. Los ataúdes de madera de Tutmosis I fueron restaurados y utilizados de nuevo para albergar la momia del faraón Pinudjem I. En este caso, el mero thrift pudo haber sido de menor importancia para Pinudjem I que la oportunidad que se le brindaba de que se le asociase directamente con uno de los grandes faraones del pasado de Egipto aportando así soporte ideológico a su poco ortodoxa reivindicación al estatus faraónico. Curiosamente, lo que empezaría como una prerrogativa sólo de los gobernantes tebanos ponto se extendería; en la Dinastía XXI una alta proporción de ataúdes usados para enterramientos en Tebas fueron reinscritos y vueltos a usar poco después del enterramiento original – probablemente de forma ilícita: un legajo escrito en un ataúd en el Museo Británico registra su restauración a su verdadero dueño después de que se hubiesen cogido a trabajadores de la necrópolis en el acto de usurpación.

Continuamos, pues, como de costumbre en una nueva “Hoja Suelta”, de la sabia mano del Doctor John H. Taylor, a cubrir ahora, el período kushita que abarca la Dinastía XXV (747-664 a.C.

RAFAEL CANALES

En Benalmádena-Costa, a 26 de enero de 2012

Bibliografía:

"Magic in Ancient Egypt", G. Pinch,  (London, The British Museum Press, 1994)
"Egyptian painting and drawing", T.G.H. James,  (London, The British Museum Press, 1985) I. Shaw and P. Nicholson (eds.), British Museum dictionary of A (London, The British Museum Press, 1995)


martes, 5 de abril de 2011

"La Fragmentación de Las Dos Tierras": Tercer Período Intermedio (1.069-664 a.C.) 1/4.- Perfil Histórico

"Herihor y Nedjmet ante Osiris". Papiro del Libro de los Muertos de Nedjmet. Quizá procedente de la Colección Real de Deir el-Bahri, Dinastía XXI, hacia 1.070 a.C. (Pinchar y Ampliar)


Some ten years before it was drawn to the attention of Egyptologists, robbers halready raided the tomb of Nedjmet in the Royal Cache at Deir el-Bahari. The robbers presumably took Nedjmet's Book of the Dead, as by then it had already passed out of Egypt.


This scene shows Nedjmet and Herihor, her husband (whose burial has never been found) making offerings to Osiris, Isis and the four sons of Horus, who are also watching a small scene of weighing the heart. The weighing is supervised by Thoth in his form of a baboon, and the conventional heart is replaced by a small female figure which must represent Nedjmet.


Although there is no doubt that the papyrus was Nedjmet's - she appears in the judgement scene, and the mummy shown in a vignette is hers – Herihor features prominently. This is probably due to his royal status. He was one of the first of the High Priests of Amun who effectively ruled Upper Egypt from the end of the Twentieth Dynasty (about 1.186-1.069 BC) until some time in the Twenty-second (about 945-715 BC). He was also the first of the high priests of Amun to take on royal attributes, such as placing his name in a cartouche, and showing himself with the royal uraeus on his brow.(Base de Datos del Museo Británico).


A MODO DE PREÁMBULO


Con esta nueva “Hoja Suelta”, nos adentramos en lo que algunos han dado en llamar “La Fragmentación de Las Dos Tierras” que con la Dinastía XXI marca el inicio del Tercer Período Intermedio.


Esta vez, el savant que nos va guiar de su sabia mano por los estrechos recovecos y entresijos de este oscuro período recae en la figura del Doctor John H. Taylor, Adjunto al Jefe del Departamento del Antiguo Egipto y Sudán del Museo Británico, Londres, y erudito de una vasta cultura en el tema que nos ocupa. Cabe destacar su más reciente cometido como Comisario de la excepcional exposición inaugurada el 4 de noviembre de 2010, en el Museo Británico de Londres, y clausurada el pasado día 6 de marzo, titulada: "Journey Through The Afterlife", cuyo éxito ha superados todas las expectativas previstas.


INTRODUCCIÓN


Este período de 400 años que se extiende desde la Dinastía XXI a la XXV (1.069-664 a. C), puede considerarse, en justicia, que marca una fase nueva en la Historia de Egipto. El período se caracteriza por cambios significativos en la organización política, la sociedad, y la cultura de Egipto. La centralización del gobierno dejó paso a una fragmentación política y un resurgimiento de los centros de poder locales; una substancial afluencia de poblaciones libias y nubias acabarían modificando de forma permanente el perfil de la población, mientras Egipto, en conjunto, se iba tornando más introvertido, y sus contactos con el mundo exterior se reducían considerablemente, lo que supuso un sensible impacto en las relaciones con el Levante Oriental.


Estos, y otros factores, tuvieron importantes consecuencias en el funcionamiento de la economía, la estructura de la sociedad, y las actitudes religiosas y prácticas funerarias de los habitantes del país. Es cierto, que este período estuvo marcado por tensiones sobre el control de territorios y recursos que acabaron, a veces, en conflictos, pero la violencia no era un mal endémico; el período, pues, como tal, fue estable, y representa algo más que un lapsus temporal de la autoridad faraónica tradicional como podría dejar ver su desafortunada y frecuente designación como “Intermedio”. Muchos de los acontecimientos y tendencias de estos años fueron permanentes en sus efectos, y acabarían jugando un papel crucial en la configuración del Egipto del primer milenio a.C. que se iniciaba.


Ha sido más difícil confeccionar un marco histórico acertado para estos siglos que para cualquier otro período de la Historia de Egipto. Ninguna lista-de-reyes incluye las dinastías XXI a XXV, por lo que el Egiptólogo se ve obligado a apoyarse más de lo estrictamente deseable en los falseados extractos de la historia de Manetón - derivada en su mayoría de fuentes del Delta - que, en el mejor de los casos, ofrecen una imagen incompleta. Un cotejo cuidadoso de las listas manetonianas con las dispersas inscripciones de faraones y dignatarios locales del período, y las referencias cruzadas con fuentes procedentes del Oriente Próximo, han redundado en una cronología aceptada en sus puntos claves por la mayoría de los especialistas, aunque algunas áreas aún continúan siendo objeto de debate; a destacar, las relaciones y esferas de influencia de algunos gobernantes de provincia que se habían otorgado un estatus real durante los siglos VIII y XIX. A.C.


Con la excepción de yacimientos tales como Tanis, la evidencia que ha sobrevivido de este período en el Delta es, como de costumbre, muy pobre, y, si bien Tebas nos ha deparado una gran cantidad de objetos, y la estatuaria privada y el equipo funerario tienden a predominar, las fuentes económicas, como es el caso de los papiros administrativos, son muy escasas. Al ser en el norte donde la mayoría de los cambios más significativos de la época se fueron produciendo, no resulta fácil dibujar una imagen equilibrada del país.


PERFIL HISTÓRICO


El Tercer Período Intermedio se inauguró con una importante convulsión policía y una debilitación de la economía. La guerra civil fomentada por Panehsy, el virrey del Kush, conmocionó al país, y su consiguiente derrota y expulsión más allá de la frontera sur sólo supuso una victoria parcial del gobierno. La acción militar contra Panehsy no consiguió restablecer la autoridad egipcia en Nubia, y el control de los recursos de las tierras del sur – las minas de oro y el lucrativo comercio de los productos subsaharianos – se perdieron. De ahí que en las postrimerías del período Egipto sufriese una seria reducción de los beneficios procedentes de sus antiguas dependencias; como se insinúa en el Cuento de Wenamun, una narrativa que describe una expedición supuestamente enviada a Byblos por Herihor, a los nuevos gobernante egipcios puede que les faltase el prestigio en el Levante Oriental del que sus predecesores habían disfrutado.


Después del fallecimiento de Ramsés XI, hacia 1.069 a.C., la Dinastía XX, y con ella la era del Renacimiento, llegó a su final, pero los cimientos de una nueva estructura de poder estaban echados, y la transición a un nuevo régimen tuvo lugar sin altibajos. Bajo la Dinastía XXI Egipto estaba, aparentemente, unida, pero en realidad el control estaba dividido entre una línea de soberanos en el norte y una sucesión de mandos militares que también ocupaban el cargo de Sumo Sacerdote de Amón, en Tebas. Smendes (1.069-1.043 a.C.), una figura influyente de origen desconocido, fundó la dinastía en el norte, con su base de poder en el emplazamiento de Tanis, en el Desierto Oriental, una ciudad nueva cuyos principales monumentos se construyeron en su mayoría con material reusado traído de Piramesse y otros lugares del norte.


Se cree que Tentamun, probable esposa de Smendes, quizás fuese un miembro de la familia real ramésida. Aunque esta relación pudo haber sido un factor determinante en el ascenso al poder dl nuevo soberano, la creciente influencia del culto a Amón y de sus funcionarios fueron sin duda también muy significativas. Durante este período, el gobierno de Egipto fue, de hecho, una teocracia donde la autoridad política suprema estaba conferida al propio dios Amón. En un himno a Amón de un papiro de Deir el-Bahri, apodado “credo de la teocracia”, el nombre del dios está escrito dentro de un cartucho y al que se le dirige como el superior de todos los dioses, fuente y origen de la Creación, y el verdadero dios de Egipto.


Los faraones eran ahora meros gobernantes temporales que actuaban como nominados de Amón, y a los que las decisiones del dios se les daba a conocer mediante oráculos. Las tareas del gobierno teocrático están explícitamente documentadas en Tebas donde las consultas oraculares las formalizaba una institución regular de la Audiencia Divina del Festival, sita en Karnak. Los mismos principios se aplicaban también en el norte; a Smendes y Tentamun se les describe en Wenamun como los “pilares que Amón ha establecido para el norte y su tierra”, mientras que la ciudad de Tanis se desarrolló como la homóloga de Tebas en el norte, el centro principal de culto a Amón.


Se levantaron templos a la triada tebana y el rol de Tanis como ciudad santa se fomentó situando las tumbas de los faraones de la Dinastía XXI dentro del recinto del templo. Hasta qué punto Tanis realmente fue base del poder político de la época, es algo que bien puede cuestionarse ya que, hasta el día de hoy, las excavaciones no han revelado viviendas, monumentos privados, con la excepción de unos pocos bloques reusados de tumbas de cortesanos, o estelas de donación (es decir, registros de la concesión de tierras de cultivo a los dioses de los templos locales), en la zona. No obstante, sí hay evidencia de que Menfis funcionó como residencia de los soberanos del norte – hay registrado un decreto de Smendes que figura como expedido allí – y la antigua ciudad pudo haber servido de nuevo como una importante base administrativa.


Las actividades de los gobernantes del norte durante la Dinastía XXI están pobremente documentadas. Los trabajos de construcción de Psusenes I (1.039-991 a.C.) en Tanis y Menfis, y de Siamun (978-959 a.C.) son los vestigios más sobresalientes del propio Egipto, y parece que las relaciones con el Levante Oriental fueron esporádicas y poco aventureras. El matrimonio de una princesa real, quizás hija de Siamun, con el rey Salomón de Israel es un sorprendente testimonio del reducido prestigio de los soberanos de Egipto en el escenario mundial. En lo más alto del Imperio Nuevo, los faraones se desposaban de forma regular con hijas de príncipes de Oriente Próximo, pero se negaban a que sus propias hijas se casasen con soberanos extranjeros.


El más destacado de los comandantes del sur era el General Jefe, Herihor. Mediante la apropiación del cargo de Sumo Sacerdote de Amón, - e incluso, en ocasiones, de las titulaturas y galas propias de un faraón – la autoridad civil, militar y religiosa, combinadas, acabaron en manos de un solo individuo. No obstante, fue a los familiares del colega de Herihor, el general Piankh, a quienes más tarde pasaría el control, a plazo largo, del Alto Egipto. Todos estos individuos ostentaron el cargo de General Jefe y Sumo Sacerdote de Amón. Bajo los auspicios de la teocracia, sus poderes ejecutivos se derivaban de los oráculos de Amón, Mut, y Khons, a través de los cuales se sancionaban los nombramientos y decisiones políticas más importantes de los gobernantes. Aunque la autoridad temporal de los soberanos tinitas era reconocida formalmente en todo Egipto, y los militares de Tebas mostraron sólo pretensiones limitadas a su estatus real, eran ellos quienes tenían, por otra parte, el control real del Egipto Medio y Alto. Se fijó una frontera formal entre las dos regiones en Teudjoi (el-Hiba), al sur de la entrada al Fayum.


Aquí, así como en otros yacimientos a lo largo de El Nilo, los gobernantes del sur levantaron una serie de fortificaciones. Por otra parte, la principal actividad documentada en el sur durante la Dinastía XXI consistía en el sistemático desmantelamiento de los enterramientos reales del Imperio Nuevo en la necrópolis de Tebas. El Valle de los Reyes dejó de ser tierra de enterramiento real, la comunidad de constructores de tumbas de Deir el-Medina fue desmantelada, el contenido de las tumbas tomado para sí, y las momias ocultadas en escondrijos.


Después del reinado de Smendes y de su sucesor Amenemnisu (1.043-1.039 a.C.), el trono en el norte pasó a Psusenes I, hijo del comandante tebano Pinudjem I, y el control del Alto Egipto a su hermano Mekhenperra. De esta forma, durante algún tiempo la misma línea tebana gobernó todo Egipto, y las amigables relaciones entre norte y sur se mantuvieron mediante los matrimonios entre parientes de la extensa familia de los gobernantes. Aún así, la división del reino se mantuvo durante largo tiempo, indicación de que la descentralización fue tolerada por estos gobernantes.


Hacia 984 a.C., una nueva familia se hizo con el control en el Delta con las ascensión al trono de Osorkon el Viejo (984-978 a.C.), hijo del Jefe de Meshwesh, Sheshonq, un gobernante cuyo nombre y parentesco revela sus orígenes libios. Los comandantes tebanos retiraron sus reivindicaciones al estatus real, y de forma más abierta y utilizaron los nombres y las líneas de cambio de fechas de los monarcas del norte en documentos. Con todo, el Sumo Sacerdote tebano Psusenes finalmente acabaría convirtiéndose en faraón, en el norte, como Psusenes II (959-945 a.C.), el último soberano de la Dinastía XXI.


Para entonces, los libios ya constituían una presencia importante e influyente en Egipto. Aunque Merenptah y Ram habrían repelido importantes incursiones desde Meshwesh y Libu, el asentamiento de inmigrantes, los prisioneros de guerra y las tropas de guarnición continuaron, particularmente en el Delta y en la zona entre Menfis y Heracleópolis; se ha sugerido que para finales del Imperio Nuevo el ejército egipcio estaría casi por completo formado de mercenarios libios. La incipiente descentralización del gobierno durante la Dinastía XXI facilitó el crecimiento de bases de poder provinciales, y las dinastías locales de caudillos libios, descendientes de colonos del pasado Imperio Nuevo, pudieron aumentar su autonomía; las familias gobernantes, tanto en el norte como en el sur, durante la Dinastía XXI incluían individuos que llevaban evidentemente nombres libios, y puesto que alguna forma de aculturación sin duda se practicaba (como se verá más adelante), y otros muchos más probablemente aparecen enmascarados en los registros bajo nombres egipcios.


Fue, por lo tanto, sólo la culminación de una tendencia establecida cuando, a finales de la Dinastía XXI, en Tanis el trono pasó al Jefe de Meshwesh, Sheshonq (Sheshonq I (945-924 a.C.). Éste pertenecía a una familia asentada en Bubastis cuyos miembros habrían conseguido, mediante juiciosos matrimonios con la familia real y lazos con los sumo sacerdotes de Menfis, llegar a ser altamente influyentes en el Delta. La transferencia de poder de Psusenes II parece que se consiguió con un mínimo de oposición, que sería sin duda facilitada por el hecho de que Sheshonq era sobrino del anterior faraón tanita Osokon el Viejo, mientras que su propio hijo, el futuro Osokon I (924-889 a.C.) estaba casado con la hija de Psusenes II, Maatkara.


El reinado de Sheshonq (945-924 a.C.) destaca como un momento álgido del Tercer Período Intermedio. Rechazando las divisiones internas de la Dinastía XXI a favor de modelos de gobierno faraónicos del Imperio Nuevo, Sheshonq buscó restablecer la autoridad política del monarca. La teocracia siguió funcionando pero de una forma modificada; los oráculos continuaron existiendo pero ya no destaca como instrumento regular de la política. El nuevo reino estaba marcado por un cambio de actitud del Trono encaminado hacia la integridad territorial del país, la adopción de una política extranjera expansionista, y un ambicioso programa de construcción real. El intento por ejercer un control real directo sobre todo Egipto implicaba restringir el estatus virtualmente independiente de Tebas. Para conseguirlo, el cargo de Sumo Sacerdote de Amón se entregó a unos de los hijos de Sheshonq, el príncipe Iuput, que también era Comandante Jefe del Ejército, política que seguirían los futuros faraones. Otros miembros de la familia real y partidarios de la dinastía serían también nombrados titulares de importantes puestos, y se fomentó la lealtad de los detentadores del poder local mediante el matrimonio con hijas de la Casa Real.


Después de más de un siglo de pasividad por parte de los gobernantes egipcios, Sheshonq I intervino agresivamente en la política del Levante Oriental con el fin de reafirmar el prestigio egipcio en el lugar. Sus inscripciones en Karnak registran una expedición militar mayor hacia 925 a.C. contra Israel y Judá y las principales ciudades al sur de Palestina, incluyendo Gaza y Megiddo. El Antiguo Testamento hace referencia al mismo acontecimiento, afirmando (1 Reyes 14:25-6) que, en el quinto año de Roboam, “Sisac, rey de Egipto” se incautó de los tesoros de Jerusalén, añadiendo (2 Crónicas 12:2-6) que llegó con 1200 carros y un ejército formado por libios y nubios. Estas fuentes indican que la campaña fue lanzada para ayudar a Jeroboam, un expatriado de Egipto que reclamaba el Trono de Judá.


No obstante, si se pensaba que esto era una primera etapa de un programa para restablecer la autoridad egipcia en Palestina, sólo resultó ser un esfuerzo abortado. Sheshonq fallecería a su regreso a Egipto y bajo sus sucesores las relaciones con el Levante Oriental parece que revirtieron a meros contactos comerciales, a destacar la reapertura de relaciones con Byblos. El programa de construcción de Sheshonq incluía planes para un gran patio en el templo de Amón en Karnak, pero permanecería sin terminar a la muerte del monarca. La entrada conocida como “El Portal de Bubastis” - la única sección terminada – tiene inscripciones que registran las victorias en Palestina, siendo así una de las fuentes históricas más valoradas de todo el período.


Los esfuerzos para consolidar la unidad del reino continuaron bajo los sucesores de Sheshonq, pero el creciente poder de los gobernantes provinciales llevó a un debilitamiento del control con la consiguiente fragmentación del país. El puesto de Sumo Sacerdote de Amón y otros cargos claves volvieron a permitirse que fuesen hereditarios, y esto facilitó el desarrollo de bases de poder independientes. El nombramiento de familiares cercanos de los faraones para puestos importantes en grandes centros como Menfis y Tebas no consiguió frenar la creciente independencia de las provincias y, de hecho, probablemente aceleró el proceso.


En una interesante inscripción de una estatua en Tanis, Osorkon II (874-850 a.C.) solicita a Amón que confirme el nombramiento de sus hijos para ocupar varios altos puestos civiles y religiosos con la significativa salvedad de que “un hermano no debe tener celos de un hermano”. Desde mediados del siglo noveno a mediados del octavo a.C., el proceso de descentralización continuó y el poder de la Dinastía XXII disminuyó, ya que las provincias gobernadas por príncipes reales y jefes libios fueron aumentando su autonomía.


En Tebas, el Sumo Sacerdote Harsiese se proclamó rey, y sería enterrado Medinet Abu en un sarcófago con cabecera de halcón en clara imitación a las tradiciones funerarias de los gobernantes tanitas. Eventualmente, los intentos desde el norte de imponer la autoridad en Tebas condujeron a la violencia. Una larga inscripción del príncipe Osorkon, hijo de Takelot II (850-825 a.C.), tallada en el Portal de Bubastis, en Karnak (conocida como Crónica del Príncipe Osorkon), describe una serie de conflictos que surgieron al intentar éste implementar su autoridad como Sumo Sacerdote de Amón en Tebas frente a un grupo rival.


Durante el reinado de Sheshonq III (825-773 a.C.), y en los años siguientes, un gran número de gobernantes locales – particularmente en el Delta – serían virtualmente autónomos y algunos de ellos se proclamarían reyes. El primero de estos fue Pedubastis I (818-793 a.C.) que pudo haber pertenecido a la familia real de la Dinastía XXII. La ubicación de esta base de poder es incierta, pero en Tebas fue su autoridad y la de sus sucesores las que serían reconocidas, en preferencia al dominio de Tanis. Mientras que a estos soberanos locales algunos especialistas les asignan a la Dinastía XXIII, aún no está claro cuáles de ellos, si es que los hay, pueden considerarse de la “Dinastía XXIII” registrada por Manetón compuesta, quizás, por sucesores de la Dinastía XXII de Tanis.


Para alrededor de 730 a.C. había dos faraones en el Delta (en Bubastis y en Leontópolis), uno en Hermópolis, y uno en Heracleópolis, en el Alto Egipto; además de los del Delta, virtualmente independientes, había un “Príncipe Regente”, cuatro Grandes Jefes de Ma, y un “Príncipe del Oeste” en Sais. Este último, Tefnakht (727-720 a.C.), habría tomado todos los territorios del Delta Occidental y Menfis y continuaba adentrándose en dirección al norte del Alto Egipto.


Esta ilustrativa instantánea de la geografía política de Egipto se puede ver en una estela colocada en Gebel Barkal, cerca de la 4ª, Catarata, por el gobernante nubio Piy (747-716 a.C.). Durante la segunda mitad del siglo actavo a.C., los soberanos de Kush habían emergido como poderosos contendientes por el poder en Egipto. Después de un afianzamiento inicial de su autoridad por parte de Kashta, Piy, su hijo, lanzó una expedición militar en Egipto, ostensiblemente para frenar la política expansionista de Tefnakht, en Sais. Parece que las tropas de Piy habrían tomado Tebas sin esfuerzo, quizás debido a algún acuerdo previo con los representantes locales de la Dinastía XXIII, y las localidades y ciudades del norte del Alto Egipto habrían capitulado rápidamente o habría sido sitiadas y conquistadas. Menfis ofreció resistencia y fue tomada por asalto, tras lo que las dinastías se rindieron a Piy, reconociéndole como Jefe Supremo.


Después de esta demostración de fuerza, Piy regresó a Nubia, dejando la situación política en Egipto prácticamente como estaba. Durante la década siguiente Tefnakht asumió el estatus de faraón; él y su sucesor, Bakenrenef (Bocchoris) constituyen la Dinastía XXIV. Aunque con base en Sais, la autoridad de Bakenrenef fue pronto reconocida por todo el Delta, y hasta Heracleópolis, en el sur. Pero los nubios, habiendo saboreado una vez el poder en Egipto no estaban dispuestos a tolerar su pérdida. Hacia 716 a.C., el sucesor de Piy, Shabaqo (716-702 a.C.), lanzó una nueva invasión. En esta ocasión Egipto fue formalmente anexionada a Kush, y Shabaqo y sus sucesores – Shabitqo, Taharqo, y Tanutamani – serían reconocidos por historiadores posteriores como la Dinastía XXV


Según Manetón, Bakenrenef fue ejecutado, pero el gobierno centralizado no se restablecería nunca. En su lugar, los monarcas kushitas gobernaron como Jefes Supremos, y permitieron que las dinastías conservasen el control de sus feudos. Para que se les reconociese como auténticos faraones egipcios, mostraron respeto por las tradiciones religiosas y culturales egipcias, e intencionadamente buscaron un nexo ideológico con las grandes eras del pasado egipcio; en particular con el Imperio Antiguo. Para entonces, Menfis sería promocionada hasta llegar a ser la residencia preferida por los kushitas en Egipto, y se impulsarían las nacientes tendencias arcaizantes que les llevaría a un resurgimiento de tendencias artísticas, literarias y religiosas inspirándose en los antiguos tiempos.


En el sur, Tebas conservó su preeminente estatus, pero el poder del Sumo Sacerdote de Amón se vería eclipsado. En su lugar, el cargo de “Divina esposa de Amón” creció en importancia; esta sacerdotisa célibe solía ser una princesa real, quien a su vez escogería a su sucesora de entre las jóvenes de la familia real, eliminando así la posibilidad de que surgiese una sub-dinastía de base tebana que amenazase la autoridad política del faraón.


Los gobernantes nubios también siguieron una política agresiva con relación a las antiguas posesiones egipcias y socios comerciales en Palestina. Su intervención en las políticas de esta región durante el inicio del siglo séptimo a.C. les llevaría, desgraciadamente, a una confrontación directa con el poderío asirio que estaba en pleno proceso de ejercer su control sobre esta zona del Levante Oriental. En consecuencia, la mayor parte del reinado de Taharqo (690-664 a.C.) estaría ocupado por los continuos esfuerzos desesperados para defender Egipto de la agresión asiria. Finalmente, después del saqueo de Tebas por los ejércitos de Ashurbanipal (663 a.C.), el último monarca kushita sería expulsado de forma permanente de Egipto, and sería Psamtek de Sais, que había sido instalado por los asirios como gobernante vasallo, quien recobraría la independencia para Egipto.


Y después de este bosquejo histórico del período que nos ocupa, pasamos a una nueva Hoja Suelta; esta vez para abordar un sub-período conocido como Período Libio, en el que tienen cabida las Dinastías XXI a XXIV; siempre de la hábil mano de John H. Taylor, del Museo Británico.


RAFAEL CANALES


En Benalmádena-Costa, a 15 de abril de 2011


Bibliografía: