lunes, 20 de abril de 2009

Período Naqada (c.4.000 - 3.200 A.C.)


Naqada
 
 
Biface cola de pez. Cultura Naqada
("Pinchar")
 

PREÁMBULO
 
Naqada o Nagada es el nombre de una ciudad a 25 km al norte de Luxor (Tebas), situada en la ribera occidental de El Nilo; en la gobernación de Qina.
 
Naqada o Nagada es igualmente el nombre que recibe una cultura del Período Predinástico del Antiguo Egipto que data de c.4.000 a 3.200 A.C.
 
La proximidad de las minas de oro del desierto oriental hizo que en el antiguo Egipto se la conociese con el nombre de Nubt o “ciudad del oro”; para los griegos se la conoció como Ombos y, más tarde, en árabe, se la denominó Tuj.
 
Se la considera como la primera ciudad-estado o confederación regional que ejerció la hegemonía desde c.3.500 a 3.300 A.C., al inicio del Período Naqada II (estadios Naqada IIa y IIb), hegemonía que acabó pasando a Nejen (Hieracómpolis), (estadios Naqada IIc y Naqada IId).
 
En las primeras excavaciones realizadas por el sempiterno y omnipresente Flinders Petrie, James Quibell del University College de Londres y John Garstang de la Universidad de Liverpool, se encontraron evidencias de una cultura que eclosionó hacia 3.800 A.C. y que tuvo una continuidad cultural que duró prácticamente un milenio, llegando hasta Nubia (Hemamein).
 
Flinders Petrie inicialmente denominó a la cultura Naqada I, Amratiense, pero, en 1957, Werner Kaiser le dio el nombre de Naqada, mientras que Amratiense se aplicaría a lo que es el período; de esta forma se hacía más hincapié en el hecho de la continuidad cultural entre las tres fases de Naqada (I, II y III).
 
Para cubrir este período, vamos a hacerlo esta vez de la mano de la Profesora Béatrix Midant-Raynes, del Centre National de Recherches Scientifiques, de París.Se trata del tercer ensayo de los quince que consta la obra “The Oxford History of Ancient Egypt”, de la que ya hice mención en mi “Hoja Suelta” del 28 de noviembre de 2008 que lleva por título “Cronología del Antiguo Egipto según Shaw”, a la que me remito.
 
Como comenté en su día, uno de los atractivos de esta obra es su actualidad fresca y erudita que fluye de quince fuentes diversas y altamente especializadas.
 
Yo trataré, como pueda, de moverme en la semioscuridad del período siguiendo las pautas que me dicte su autora con pocas probabilidades de aportar aclaraciones y/o comentarios que ayuden a amenizar de alguna forma un tema que, como los de los períodos que le preceden, es árido.
 
INTRODUCCIÓN

En el año 1892, Flinders Petrie desentierra un enorme cementerio con más de 3.000 tumbas. Sorprendido por la naturaleza del descubrimiento de características muy dispares a las de los ya existentes, llega a la conclusión, eventualmente errónea, de que se trata de un grupo de invasores de otra raza cuya existencia se extendería hasta finales del Imperio Antiguo y que, probablemente, fue la causa de su declive.

Por primera vez, los arqueólogos que se habían acostumbrado a la monumental arquitectura funeraria, se encontraban ante unas humildes sepulturas consistentes, básicamente, en el cuerpo de un fallecido en posición fetal, envuelto en una piel de animal o en una esterilla y en la mayoría de los casos colocado dentro de un simple hoyo cavado en la arena. El ajuar que acompañaba al cuerpo no tenía nada que ver con el de hallazgos previos pertenecientes al período faraónico. Y Petrie era totalmente consciente de ello.

El conjunto de artefactos consistente en vasijas de cerámica roja pulimentada y rematada en negro, paletas de esquisto, peines y cucharas de hueso o marfil, cuchillos de sílex, etc. presentaba unas características muy peculiares.

Jean-Jacques de Morgan (1857-1924), Ingeniero de Minas, geólogo y arqueólogo francés, que excavó en Menfis y Dashur, y que acompañaba a Petrie, fue el primero en sugerir la posible existencia de alguna civilización prehistórica. Petrie se propuso probar científicamente la sugerencia de Morgan. Después de excavar otras miles de tumbas más de tamaños comparables y características similares, Petrie establece la primera cronología Predinástica de Egipto.

Petrie se convierte así, de pleno derecho y de forma irrefutable, en el Padre de la Prehistoria Egipcia.

CRONOLOGÍA Y GEOGRAFÍA

Una vez establecido que las tumbas descubiertas eran predinásticas, el siguiente paso tenía que consistir en proceder a organizar la enorme cantidad de material acumulado procedente de las numerosas excavaciones y situar la recién descubierta cultura predinástica dentro del adecuado marco cronológico.

Para ello, y basándose en la cerámica procedente de unas 900 tumbas de Hiw y Abadiya, Petrie desarrolló un método de seriación que sería la base de un sistema de datación relativa, a partir de los estilos de alfarería hallados en los diferentes sitios, conocido como “datación por secuencias”, en el que las nuevas categorías de cerámica se definirían según la forma y decoración de las vasijas.

De forma totalmente intuitiva, Petrie plantea la hipótesis de que las vasijas de barro de asas onduladas no eran sino el resultado de una evolución gradual de las vasijas globulares, de modeladas y funcionales asas, hacia formas cilíndricas en las que las asas eran meros elementos decorativos. Y fue alrededor de este concepto de evolución hacia el diseño de vasijas de asas onduladas que se inicia la cronología de la datación por secuencias.

El resultado fue un cuadro con cincuenta entradas de dataciones por secuencias, numeradas del 30 hacia adelante, con el fin de dejar espacio a otras posibles culturas anteriores aún por descubrir.

Guy Brunton (1878-1948), egiptólogo inglés discípulo de Flinders Petrie, agradecería esta inteligente previsión dado que sus posteriores excavaciones en Badari darían como resultado la identificación del Período Badariense, primera etapa del Predinástico en el Alto Egipto, como ya vimos en el segundo ensayo de esta obra.

Brunton, que en 1931 se haría cargo de la Dirección Adjunta del Museo de El Cairo, tras su jubilación se iría a vivir a África del Sur, patria de su esposa, donde fallecería en 1948.

La extensión de las fases individuales representadas por cada una de las dataciones secuenciales era incierta y el único eslabón con alguna datación absoluta era entre la SD79-80 (SD, del inglés Sequence Dating) y la llegada al poder del Rey Menes a principios de la Dinastía I que se suponía tuvo lugar en 3.000 A.C.

Las dataciones se agruparon así en tres períodos.

El primero, llamado Amratiense o Naqada I, por el tipo de yacimiento de el-Amra, correspondía a los estilos SD30-38, y coincidía con el desarrollo máximo de los recipientes rojos rematados en negro y las vasijas decoradas con motivos pintados en blanco sobre un cuerpo rojo pulimentado.

El segundo, llamado Gerzeense o Naqada II, por el yacimiento de el-Gerza, correspondía a los estilos SD39-60, y se caracterizaba por el aspecto de su cerámica de asas onduladas, elementos utilitarios toscos y decoraciones a base de pintura marrón sobre un fondo de color crema.

Y en tercer lugar, estaba el Naqada III que representaba la fase final SD61-80 marcada por la aparición de un estilo tardío cuyo aspecto evocaba ya la cerámica Dinástica.

Y sería durante esta fase cuando, según Petrie, la “Nueva Raza” asiática llegaría a Egipto trayendo consigo la semilla de la civilización faraónica. Para entonces, ya se conocía a Petrie entre la población local con el sobrenombre árabe de Abu Bagousheh, que los ingleses traducen por “Father of Pots”. Yo, personalmente, acogiéndome a mi faceta colateral de traductor, optaría por alguna alternativa que expresase, de forma más gráfica y contundente, la intencionalidad del apelativo, como podría ser: "Padre de la Alfarería Prehistórica".

Los estudiosos siempre han elogiado el sistema por secuencias de Petrie que, no obstante, a lo largo del tiempo y tras varios análisis ha sido objeto de algunas correcciones y mejorada su precisión si bien las tres fases básicas del final Predinástico nunca se han cuestionado y todavía hoy constituye el telar en el que se ha tejido la prehistoria egipcia.

La fiabilidad de un corpus de la cerámica era fundamental para la validez del sistema. En el año 1942, Walter Federn, un exiliado vienés de los Estados Unidos, durante un proceso de clasificación de las vasijas de la colección del artista Maud Cabot Morgan (1903-1999) del Museo de Brooklyn, descubrió algunos fallos en el corpus de Petrie por lo que se sintió obligado a revisar los grupos de Petrie suprimiendo un par de ellos de la secuencia e introduciendo un factor que se le había escapado a Petrie: la “materia” de las vasijas. Igualmente se hizo evidente que un sistema basado en material procedente de cementerios del Alto Egipto no tenía por qué ser transferible a las necrópolis del norte o a las de Nubia.

Y aunque se reconocen algunos fallos, el trabajo de Petrie constituyó la única forma de organizar el Período Predinástico en fases culturales hasta la aparición, en los años sesenta, del sistema ideado por Werner Kaiser que, aún así, no pudo reemplazarle.

Kaiser procedió a la seriación de unas 170 tumbas en Armant de 1.400-1.500 basándose en la publicación del yacimiento realizada por Robert Mond y Oliver Myers en los años treinta y su trabajo hizo ver que también existía una cronología “horizontal” en el cementerio. Los recipientes rojos rematados en negro abundaban en la parte sur del cementerio mientras que las formas más tardías se concentraban en el extremo norte.

Un minucioso análisis de la clasificación, aún basada en el corpus de Petrie, le permitió corregir y perfeccionar el sistema de datación por secuencias. Se confirmaban así los tres grandes períodos de Petrie, y se afinó aún más con la adición de once subdivisiones (o Stufen) de la Ia a la IIb.

La tesis doctoral del holandés Stan Hendrickx leída en 1989 permitió que el sistema de Kaiser se aplicase a todos los yacimientos nagadienses de Egipto. Esto supuso ligeras modificaciones, en particular a las fases transitorias entre Naqada I y II.

Otro progreso importante en la cronología predinástica ha sido el avance en la datación absoluta. Tanto el sistema de datación por secuencias como las Stufen de Kaiser son sistemas de datación relativa; ambos tienen un terminus ante quem de alrededor de 3.000 A.C, presunta fecha de la unificación de Egipto pero, por sí mismas, no pueden proporcionar ninguna fecha absoluta para el comienzo y el final de cada fase y subdivisión de Naqada.

Los eslabones vinculantes para una cronología absoluta se hicieron posibles durante la segunda mitad del siglo veinte mediante el desarrollo de métodos de datación basados en el análisis de fenómenos físicos y químicos.

En lo referente al Período Predinástico egipcio, los métodos científicos más destacables han sido la datación por termoluminiscencia (TL) y por radiocarbono (C-14).

William Frank Libby, químico estadounidense, galardonado con el Premio Nobel de Química en 1960 por el desarrollo de la datación por radiocarbono, comprobó la precisión del sistema en material procedente de la región de Faiyum y, a partir de ese momento, las pruebas de datación en especímenes han sido suficientemente sistemáticas como para permitir la elaboración de un marco cronológico, bastante exacto, en el que las tres grandes fases de Petrie encuentran su lugar.

La primera fase de Naqada, la Amratiense, cae así entre 4.000 y 3.500 A.C., seguida de la segunda fase, la Gerzeense, entre 3.500 y 3.200 A.C., y la fase final Predinástica entre 3.200 y 3.000 A.C.

Todos los yacimientos de Naqada I están situados geográficamente dentro del Alto Egipto; desde Matmar en el norte hasta Kubaniya y Khor Bahan en el sur. Esta situación, por otra parte, cambia en la cultura Naqada II que se caracteriza muy particularmente por su proceso de expansión; emerge de un núcleo en el sur y se difumina hacia el borde norte del Delta, y también hacia el sur, donde entra en contacto directo con el "Grupo A" nubio.
NAQADA (AMRATIENSE)
Durante más de un siglo nuestro conocimiento de este período estuvo basado casi en su totalidad en los restos funerarios procedentes de unas 15.000 tumbas de todo el Período Predinástico desenterradas por Petrie y Quibell.

Los muertos amratienses se enterraban, en general, en fosas ovales, con el cuerpo contraído reposando sobre su lado izquierdo, la cabeza orientada hacia el sur, y mirando al oeste. Se colocaba una esterilla sobre el suelo bajo el cuerpo y, a veces, la cabeza descansaba sobre una almohada de paja o de piel.

Otra esterilla, o la piel de un animal, cubría o envolvía el cadáver y en la mayoría de los casos cubría también las ofrendas.

Los restos de ropas hallados parecen sugerir que el atavío usual del difunto consistía en una especie de taparrabo de tela o bien de pellejo.

Aunque predominaban los enterramientos sencillos e individuales, los enterramientos múltiples eran muy frecuentes destacando los de una mujer, posiblemente la madre, con su recién nacido. En comparación con el período anterior, aparecieron grandes lugares de enterramiento provistos de ataúdes de madera o de tierra más lujosamente acondicionados.

Aunque saqueadas, las tumbas amratienses de Hierakompolis destacan por su forma rectangular y tamaño poco corriente; la mayor de 2’50m x 1’80m. En un par de ocasiones, la inclusión de cabezas de maza de pórfido en forma de disco solar parece apuntar a enterramientos de personajes poderosos.

La cultura Amratiense en particular, difiere de la Badariense en cuanto a la diversidad de tipos de artículos funerarios y sus consiguientes signos jerárquicos, siendo Hierakonpolis ya de por sí un yacimiento importante desde el punto de vista de dicha diversificación.

La diferencia existente entre las culturas Badariense y Amratiense radica, sobretodo, en el material; los recipientes rojos rematados en negro van siendo menos comunes y esta tendencia continúa así hasta su eventual desaparición a finales del Período Predinástico.

El efecto ondulado de la superficie en la cerámica va desapareciendo como ocurre con la cerámica pulimentada de negro, mientras que, paralelamente, sin embargo, la cerámica pulimentada de rojo florece en formas variadas, con frecuencia adoptando estilos de decoración de la superficie diferentes.

Los mejores ejemplos de decoración los encabeza, de forma global, la escultura y los diseños pintados en blanco con motivos geométricos, de animales y de plantas, como albores de una iconografía que eventualmente cobraría forma en las entrañas de la propia civilización faraónica.

La fauna representada en los recipientes solía ser ribereña, como hipopótamos, cocodrilos, lagartos, y flamencos, pero también había escorpiones, gacelas, jirafas, meloncillos y bóvidos; éstos se representaban de forma esquemática por lo que su correcta identificación resulta a veces difícil.

El Herpestes ichneumon o meloncillo (del latín meles, tejón) es un pequeño mamífero, miembro de la familia de las mangostas, presuntamente introducido en la Península Ibérica por los árabes que lo utilizaban de mascota para protegerse de las serpientes.

A veces, podía también representarse un barco como representación anticipada del leitmotiv de la fase Naqada II.

La figura humana, si bien en esas fechas de una forma discreta, estaba presente en la versión Amratiense del Universo y se representaba de forma esquemática con una cabeza pequeña y redonda, en un torso triangular que terminaba en una delgadas caderas sobre unas piernas de palillo y, en ocasiones, sin pies. Los brazos sólo se representaban cuando la figura estaba haciendo alguna actividad.

Las representaciones en las que aparecían figuras humanas se pueden dividir en dos tipos: La primera y más frecuente, el Cazador, y la segunda, el Guerrero Victorioso. Un buen ejemplo del Cazador se muestra en un recipiente de Naqada I del Museo Pushkin de Bellas Artes, en Moscú. La escena muestra a una persona sujetando un arco en su mano izquierda mientras que con su mano derecha controla a cuatro galgos con unas correas.

Estamos ante la típica escena del cazador con el rey llevando sujeta a su cinturón la cola de un animal, que podrá verse siglos más tarde en la llamada Paleta del Cazador o en el mango del puñal de Gebel el-Arak - la primera de ellos ahora en el Museo Británico y el segundo en el Louvre – y que continuó constituyendo una poderosa imagen hasta finales del período faraónico.

En cuanto al tema del Guerrero Victorioso, aparece en el alargado cuerpo de un recipiente de Naqada I en la colección del Museo Petrie, University College, Londres. La escena se compone de dos figuras humanas entre motivos de plantas. La figura mayor, con tallos o plumas fijados en el cabello, eleva sus brazos sobre la cabeza mientras muestra de forma inequívoca su virilidad con un pene o vaina. Las cintas entrelazadas que descienden de entre sus piernas parecen sugerir un paño decorado. Una línea blanca surge del pecho de la figura mayor envolviendo el cuello de la figura menor; la de una persona mucho más pequeña de pelo largo. Un bulto en la espalda de la figura menor podría representar unos brazos inmovilizados. A pesar de una clara protuberancia en la pelvis, la sexualidad de la figura más pequeña permanece ambigua; si fuese femenina, explicaría su pequeña estatura.

Una escena parecida decora un recipiente idéntico en el Museo de Bruselas así como uno de igual material excavado en los años 90 por arqueólogos alemanes en Abydos. El predominio de la figura atada y la ausencia u obstrucción de los brazos de las personas pequeñas parecen sugerir de forma contundente la imagen del conquistador y del vencedor.

El antiguo tema de la dominación parece ser el prototipo de escenas de victoria en la fase faraónica. Es interesante resaltar que ya en la fase Naqada I se establece la dualidad temática de la caza y la guerra, siempre entendida como victoriosa, insinuando así la existencia de un grupo de cazadores-guerreros envueltos en una aureola de poder.

Los enterramientos y las ofrendas funerarias indican no tanto un incremento de la jerarquización como una tendencia hacia una diversidad social dentro de la cultura Naqada. En este período, las ofrendas en principio parecen simplemente querer destacar la identidad del fallecido y no es hasta la fase Naqada II y más aún en la Naqada III que una mayor acumulación de artefactos funerarios se hace claramente evidente.

La presencia de estatuillas funerarias es particularmente significativa. Hombres y mujeres por igual aparecen de pie, en raras ocasiones sentados, con un cierto énfasis en las características sexuales primarias. Sólo unas pocas de las miles de tumbas excavadas contienen estas figurillas, y normalmente sólo hay una, siendo raros los grupos de dos o tres de ellas. El mayor número encontrado en un solo enterramiento es de dieciséis figurillas.

Basándonos en el análisis de las otras ofrendas, las tumbas que contenían múltiples estatuillas no eran particularmente ricas en otros aspectos, y en ocasiones estas figurillas talladas representaban el total de la ofrenda funeraria. ¿Se tratarían de tumbas de escultores? Cualquiera que fuese su significado, la presencia de tales objetos parece indicar más exclusividad que riqueza, como se desprende de la mera cantidad de elementos funerarios. El uso de cuchillos de cobre y de sílex como ofrendas funerarias nos hace plantearnos la misma cuestión durante la fase Naqada II.

La representación de una forma más o menos esquemática de cabezas de hombres barbudos parece constituir otra nueva categoría de representación humana en Naqada I, que tendría un mayor desarrollo en Naqada II. Aparecían representadas en algunos pequeños “throwsticks” (instrumento curvo de madera utilizado para cazar aves parecido al bumerán) tallados en marfil, o en puntas de colmillos de hipopótamo o elefante, en las que el tema repetitivo de estas representaciones consistía en la presencia de una barba triangular compensada con una especie de “gorro frigio” agujereado; gorro cónico de color rojo, puntiagudo, ajustado, muy popular durante la Revolución Francesa y en los EEUU antes de 1800 por ser símbolo de la Libertad. Tiene su origen en Frigia (1.200-700 AC), reino dominante en el centro de Anatolia (Turquía) donde lo solían llevar sus habitantes en la antigüedad.

Contrariamente a con las mujeres, a los hombres no se les identificaba sólo por sus características sexuales primarias sino mediante otra característica secundaria y el estatus social que ésta les confería. La barba era, evidentemente, un signo de poder, y en su versión de “falsa barba” ceremonial llegó a estar estrictamente reservada para tomar asiento en el mentón de reyes y dioses.

Otro símbolo de poder que caracteriza a la fase Naqada I es la cabeza de maza con forma de disco, normalmente tallada en roca dura, pero a veces en materiales más blandos, como caliza, terracota e incluso cerámica sin cocer, yendo en ocasiones provista de un puño. Y fue durante este período cuando empiezan a desarrollarse nuevas técnicas para trabajar piedras duras y blandas, tales como el greywack (variante de caliza caracterizada por su dureza), el granito, el pórfido o “piedra púrpura”, la diorita, la breccia (conglomerado de diferentes minerales), la caliza y el alabastro egipcio, artesanía esta que eventualmente contribuiría a que la cultura egipcia se conociese como la “Civilización de la Piedra” par excellence.

Las paletas de greywack se convierten en el artículo a elegir para los equipos funerarios durante el período Amratiense. Estas paletas acaban estallando en innumerables formas; desde un simple óvalo, a veces tallado con figuras de animales, a elementos zoomorfos completos, incluyendo peces, tortugas, hipopótamos, gacelas, elefantes y pájaros, aunque la gama de animales representados en recipientes pintados llegó a ser, sin embargo, mucho más amplia.

La producción de objetos de hueso y de marfil tales como punzones, taladros, agujas y peines, aumentó, e incluso mejoró el repertorio de la cultura Badariense que la precedía. No han sido muchos los útiles trabajados que se han encontrado en enterramientos de Naqada I pero lo inusual de tales hallazgos se equipara a su calidad.

Estas largas y delicadas hojas bifacialmente laminadas de hasta 40 cm de largo iban regularmente serradas y su característica principal consistía en que todas habían sido pulimentadas antes de ser retocadas.

Este proceso fue también utilizado en preciosas dagas con hojas bifurcadas, que se anticipaban así a los instrumentos ahorquillados del Imperio Antiguo, como el conocido como pesesh-kef utilizado en la ceremonia funeraria de la Apertura de la Boca.

La esteatita vidriada, ya conocida en el período Badariense, continuó en uso. Los primeros intentos de trabajar la fayenza parecen datar de la fase Naqada I, en los que a un núcleo de cuarzo machacado se le daba la forma deseada y se cubría con una capa de un vidriado confeccionado a base de natrón coloreado con óxidos metálicos.

El trabajo en metal muestra algunas diferencias con el del período Badariense, además de una ampliación del repertorio que incluye artefactos tales como alfileres, arpones, cuentas, alfileres con aros para colgar y pulseras, casi siempre en cobre trabajado a martillo. Las puntas de lanza bifurcadas encontradas en una tumba en el-Mahasna que imitan especímenes trabajados en piedra evocan comparación con las técnicas de fabricación en metal empleadas por sus vecinos del norte en Maadi, como veremos más adelante.

La imagen que obtenemos del análisis de tumbas y de su contenido es el de una sociedad estructurada y diversificada, con tendencia hacia la organización jerárquica, en la que los rasgos de una civilización faraónica se vislumbran ya de forma embrionaria.

Comparados con los sgnificativos restos del mundo de los muertos, los vestigios que han prevalecido del asentamiento Naqada I son escasos; no sólo porque pocos han sido los yacimientos de este tipo que se han conservado sino también por la naturaleza de las propias prácticas predinásticas de utilización de la tierra.

Puesto que las construcciones que componían los asentamientos se edificaban con una mezcla de barro y materiales orgánicos, como pudo ser la madera, la caña y la palmera, su vida era efímera, así que el trabajo del arqueólogo se presentaba considerable para al final obtener unos datos mínimos.

Entre los vestigios de chozas subdivididas hechas a base de tierra batida - que por cierto no se sabe si se pueden catalogar como tales viviendas - encontramos hoyos para hacer la lumbre y para colocar postes. Las zonas habitables se identifican por los depósitos de material orgánico de docenas de centímetros de espesor.

La única construcción que se conoce que haya sobrevivido fue excavada en Hierakonpolis, donde un equipo americano desenterró una estructura, quemada, hecha por el hombre, consistente en un horno y una casa rectangular parcialmente cercada por un muro de 4’0 x 3’5 m. Aunque es posible que este tipo de vivienda hubiese estado presente en todos los asentamientos del Valle del Nilo en estas fechas, no debemos olvidar que Hierakonpolis puede haber sido una excepción por constituir un importante emplazamiento desde tiempos remotos que a partir de ese momento se convertirá en el núcleo de un grupo de élite, a juzgar por sus sepulturas a gran escala.

Una de las razones que justifica la escasez de asentamientos excavados es el impreciso conocimiento de la economía de Naqada I.

Las especies de animales domesticados que aparecen representadas entre los restos funerarios son las cabras, las ovejas, los bóvidos y los cerdos, que han sobrevivido bien en forma de ofrendas de alimentos o como meras figurillas modeladas en barro.

En cuanto a la fauna salvaje, las gacelas y el pescado abundaban. Se cultivaba la cebada y el trigo así como los guisantes y las arvejas, y el fruto del jujube o "dátil chino", posible ancestro de la sandía.

NACADA II (GERZEENSE)
Durante la segunda fase de la cultura Naqada tuvieron lugar cambios fundamentales. Esta evolución, sin embargo, se produjo no en los márgenes de su cultura sino en su zona interior Amratiense; en esencia, se debería hablar más de una evolución que de una ruptura brusca. La fase Naqada II se caracterizó primordialmente por la expansión, ya que la cultura Gerzeense se extendió desde su origen en Naqada hacia el norte, Abu Omar, en dirección al Delta, y hacia el sur hasta la misma Nubia.

Hubo una clara aceleración de la tendencia funeraria que se vislumbraba ya en la cultura Amratiense, en la que unos cuantos cuerpos se enterraron en tumbas de mayor tamaño y más elaboradas que contenían ofrendas más ricas y abundantes. Buen ejemplo de dicha tendencia lo encontramos en el Cementerio T, en Naqada, y en la Tumba 100, conocida como “La Tumba Pintada”, en Hierakonpolis.

Los cementerios Gerzeenses ofrecen un amplio abanico de tipos de enterramientos, desde simples zanjas redondas u ovales, pobres en ofrendas, hasta tumbas en recipientes de cerámica y zanjas rectangulares subdivididas en particiones, hechas de ladrillo y paja, provistas de compartimentos para las ofrendas.

Encontramos ataúdes de madera y de cerámica secada al aire libre, así como las primeras muestras de cadáveres envueltos con tiras de lino. Este tipo de “momificación” se encuentra testimoniada en una doble tumba, en Adaïma, un yacimiento del Alto Egipto cerca de Hierakonpolis en excavación desde 1990 por el Instituto Arqueológico Francés en El Cairo.

Los enterramientos de Naqada II suelen ser individuales, si bien se fueron haciendo más corrientes los enterramientos múltiples de hasta cinco personas.

Los rituales funerarios se fueron haciendo cada vez más complejos, a veces con el desmembramiento de los cuerpos, práctica no testimoniada en el período precedente. En la Tumba T5, en Naqada, una serie de huesos largos y cinco cráneos aparecían alineados a lo largo de las paredes de la tumba, y en Adaïma, encontramos algunos casos de cráneos separados de los torsos.

Ya Petrie, de nuevo, apuntó la posibilidad de la existencia de sacrificios humanos, y tenemos dos casos identificados en Adaïma con clara evidencia de gargantas seccionadas y decapitación posterior. Aunque escasa y dispersa, esta posible evidencia de sacrificio auto-infringido podría representar el preludio de los sacrificios humanos masivos existentes alrededor de las tumbas reales de principios del Período Dinástico en Abydos que marcaron el punto de inflexión en el nacimiento de la realeza egipcia en el Período Dinástico.

Los nuevos tipos de cerámica hacen su aparición. Primero aparece la cerámica “tosca”, encontrada en tumbas que datan de este período pero que más tarde se encuentra en contextos domésticos y, luego el llamado “marl ware”, o recipiente de marga, modelado en barro calcáreo procedente de los wadis del desierto, más que del Valle del Nilo.

La cerámica de marga - tipo de roca sedimentaria compuesta principalmente de caliza - a veces decorada con pintura marrón-ocre, sustituye a la cerámica roja decorada con pintura blanca de la fase Naqada I.

Hay dos tipos de motivos: el geométrico, que consiste en triángulos, chevrones, espirales, dibujos a cuadros y líneas onduladas, y el representacional. El repertorio se limita a unos diez elementos, combinados según un sistema de representación simbólico que aún no se ha sabido interpretar correctamente.

El motivo predominante en el arte representacional del período lo constituye el barco; su omnipresencia refleja la importancia del río, no sólo como proveedor de pescado y ave salvaje, sino también como canal de comunicación, indispensable para la expansión hacia el norte y el sur de la cultura Naqada.

Era por barco como se obtenía la materia prima, como ocurría con el marfil, el oro, el ébano, el incienso y la piel del gato salvaje, procedentes del sur; y el cobre, los aceites, la piedra y las conchas, procedentes del norte y del este. En su mayoría destinados a una élite cuya posición social cada vez se iba distinguiendo más del resto de la población.

En estas imágenes, el barco representa, por un lado, un medio de transporte; por otro, un símbolo de estatus social. Por otra parte, está claro que a partir de estas fechas, El Nilo, que fluye de sur a norte, se habría transformado ya en un río mítico en el que navegaron los primeros dioses. Los lazos entre el orden humano y el orden cósmico se estaban estableciendo.

Durante la fase Naqada II, tuvo lugar un considerable desarrollo en las técnicas del trabajo en piedra. Se descubrieron variedades de caliza, alabastro, mármol, serpentina, basalto, breccia (conglomerado también conocido como “brecha”), gneis (roca metamórfica compuesta por los mismos minerales que el granito), diorita y gabro (roca plutónica), que se explotaron a lo largo de todo el Valle del Nilo, así como en el desierto; en especial en Wadi Hammamat.

El continuo progreso en el arte de la talla de recipientes de piedra preparaba el camino para los grandes logros de la arquitectura de piedra en el período faraónico. El famoso “Cuchillo Gerzeense”, de este período, se encuentra entre los mejores y más finos ejemplos de trabajo en sílex de todo mundo.


Las paletas cosméticas van siendo menos frecuentes y evolucionan hacia formas triangulares y romboidales, pero a la vez se empiezan a decorar con relieves, iniciándose así una línea de evolución hacia las paletas decoradas de estilo narrativo de la fase Naqada III.

Las cabezas de maza en forma de disco del período Amratiense se sustituyen por las de forma de pera, o macehead, de las que tenemos dos ejemplos aparecidos en un asentamiento del temprano Neolítico en Merimda Beni Salama. Para la fase Naqada II, la “macehead” se convertiría de forma misteriosa en símbolo de poder, y durante el período faraónico era el arma que empuñaba de forma característica el rey victorioso.

El trabajo en cobre se intensifica; y no se limita ya a objetos pequeños, sino que gradualmente se empiezan a fabricar ejemplares que van sustituyendo a los fabricados en piedra, tales como hachas, cuchillas, pulseras y anillos. Paralelamente a los avances del cobre, va creciendo el uso del oro y de la plata, y yacimientos como el de Adaïma sugieren que la creciente atracción del metal podría, de algún modo, justificar la gran mayoría de los robos de tumbas llevados a cabo durante el Período Predinástico.

El cuadro que se nos ofrece de la sociedad de Naqada II nos muestra una “blue print” de la evolución de una clase artesanal que se especializó en servir a una élite.

Este hecho tiene dos implicaciones: La primera, que tiene que haber habido una economía capaz de mantener a grupos artesanos no autosuficientes durante al menos una parte del año y, segundo, que tienen que haber existido centros urbanos que amalgamasen a clientes, talleres y artesanos aprendices, y que facilitasen servicios para el intercambio comercial.

El proceso de evolución cultural estuvo siempre vinculado a El Nilo. Como nos hace ver Michael Hoffman en su interpretación de los restos predinásticos de Hierakonpolis, los asentamientos se agrupaban cerca del río, que mantenía la tierra cultivada, y donde técnicas sencillas de irrigación podían sacar partido de las inundaciones anuales. Todo el Valle del Nilo estaba cubierto por una cadena de aldeas a las que normalmente se les conoce por sus cementerios, que aún perduran.

Tenemos evidencia de la existencia de diferentes especies de cebada y trigo, lino, frutas varias (como la sandía y el dátil) y de verduras.

Como en el período precedente, el ganado consistía en vacas, cabras, ovejas y cerdos. En cuanto a animales domésticos, a juzgar por sus tumbas en el asentamiento de Adaïma, el perro disfrutaba de un estatus especial.

El pescado también jugaba un importante papel en la dieta, mientras que la caza mayor de mamíferos ribereños y procedentes del desierto, tales como hipopótamos, gacelas y leones, se fue viendo cada vez más restringida socialmente, hasta convertirse en prerrogativa de los grupos dominantes.

Tres grandes centros se alzaron en el Alto Egipto: Naqada, la “Ciudad del Oro” en la boca de Wadi Hammamat; Hierakonpolis, más al sur; y Abydos, donde se ubicaría la necrópolis de los primeros faraones.

Dos grandes zonas residenciales fueron descubiertas en Naqada por Petrie y Quibell en 1895: la "Ciudad del Sur", en la parte central del yacimiento, y la "Ciudad del Norte". La primera muestra una construcción rectangular, de grandes dimensiones, 50 x 30 m, que bien puede tratarse de restos de un templo, o de una residencia real. Al sur de esta estructura, se vislumbra un grupo de casas rectangulares y un muro de cerramiento. Estos dos elementos son típicos de los emergentes pueblos de Naqada II.

Puede que la evidencia arqueológica primaria de asentamientos de la época sea escasa, sin embargo, dos artefactos de contextos funerarios ayudan a compensar tal deficiencia. El primero se trata de un modelo-maqueta de casa de terracota de una tumba Gerzeense, en el-Amra. El segundo, de otro modelo de una tumba Amratiense, en Abadiya, que representa un muro almenado detrás del cual aparecen dos personas de pie; la fecha Amratiense de este último sugiere la época en que se empezaron a utilizar estas viviendas.

CULTURAS DEL EGIPTO NÓRDICO (Incluyendo el Complejo Maadi)

El complejo cultural Maadiense, consistente en una docena de yacimientos, no había visto aún la luz hasta recientemente. Estos yacimientos incluyen el cementerio excavado y el propio complejo del asentamiento de Maadi, un suburbio de El Cairo moderno.

La cultura Maadiense aparece durante la segunda parte de Naqada I y continúa hasta Naqada IIc y IId, cuando se ve eclipsada por la propagación de la cultura Naqada II, cuyo ejemplo encontramos en los cementerios de el-Gerza, Haraga, Abusir el-Melek y Minshat Abu Omar.

Los yacimientos neolíticos más antiguos se han descubierto en esta parte del Valle del Nilo, en la región de el-Fayum, en Merinda Beni Salama y el-Omari, y son estos yacimientos los que representan la tradición de donde emerge la cultura Maadiense del material.

La cultura Maadiense difiere en todas sus características de otros yacimientos de datación similar del Alto Egipto. En una situación inversa, en los yacimientos de la cultura Naqada, los cementerios eran mucho menos destacables en el registro arqueológico, por lo que la mayor parte de nuestro conocimiento proviene, en cambio, de los asentamientos.

En Maadi, los restos predinásticos cubren cerca de 18 hectáreas de terreno, incluyendo el cementerio. En la segunda mitad del siglo XX, se excavó un área de unos 40.000 metros cuadrados. La profundidad de los depósitos arqueológicos es de casi dos metros, incluyendo cúmulos de basura preservada in situ, cuya estratigrafía es compleja.

Las estructuras excavadas muestran que había tres tipos de restos de asentamiento, uno de ellos es único en un contexto egipcio, ya que presenta reminiscencias de los yacimientos de Beersheba al sur de Palestina.

Entraña casas excavadas en roca viva en forma de grandes óvalos de 3 x 5 m de superficie y 3 m de profundidad, a las que se accedía por medio de un pasadizo también excavado en la roca; las paredes de una de estas casas subterráneas estaban recubiertas de piedra y ladrillos hechos con limo seco de El Nilo; pero este es el único caso conocido del uso de ladrillo hecho de lodo en Maadi. La presencia de hogares de lumbre, jarras a medio enterrar y desechos domésticos, sugiere que se trataba de auténticas viviendas.

Los otros tipos de construcción doméstica de Maadi, ya han sido testimoniados en otros lugares de Egipto: Primero, una especie de cabaña oval, con hogares en el exterior y jarras de almacenaje a medio enterrar y, segundo, un estilo de casa rectangular de las que sólo quedan las estrechas zanjas de cimentación de los muros, supuestamente construidos utilizando material vegetal.

En general, se pude decir que la cerámica Maadiense es globular, de base ancha y plana, cuello más o menos estrecho, y canto quemado, parcialmente hecha de barro aluvial y raramente decorada, excepto en ocasiones con marcas de incisiones aplicadas después de la cocción.

Interesa señalar que los estratos más antiguos en los yacimientos de Buto (Tell el-Iswid) y Tell Ibrahim Awad, incluyen fragmentos decorados con impresiones que son reminiscencias de la cerámica saharo-sudanesa.

Lazos con el Alto Egipto de dataciones retrotraídas al período anterior a la cultura Maadiense, los testimonian la presencia de fragmentos de vasijas importadas de ejemplares rojos rematados en negro, que se entremezclan con sus descoloridas imitaciones de Maadi hechas localmente.

Contrariamente, los lazos comerciales con la Temprana Edad de Bronce palestina son responsables de la presencia de las distintivas cerámicas de pie, con cuello, boca y asas decoradas en mamelons (protuberancias o pezones), hechas de un barro calcáreo, que contenían productos importados, como aceites, vino y resina.

Así que la cultura Maadiense fue una especie de cruce de caminos sujeto a las influencias del Desierto Occidental; quizás en una asociación extremadamente lejana, del Oriente Próximo y de los emergentes reyezuelos de Naqada, en el sur.

La influencia palestina es también claramente discernible en el sílex trabajado de la cultura Maadiense. En contraste con la industria del sílex local, que esencialmente empleaba la tecnología “pressure-flake” o "lasca mediante presión", los conjuntos Maadienses también incluyen grandes raspadores circulares extraídos de grandes nódulos de superficies lisas, muy conocidos por todo el Oriente Próximo.

También aparecen en los yacimientos Maadienses bellas hojas afiladas de bordes rectilíneos, conocidas como “Hojas Cananeas”, que acabarían evolucionando hacia los cuchillos del período faraónico (en realidad raspadores dobles), que constituirían elementos del equipo funerario real hasta finales del Imperio Antiguo, a veces pulimentados, y a veces reproducidos en cobre, e incluso en oro.

Las piezas bifaciales, en número escaso, incluían puntas de proyectil, dagas, y hojas para hoces. Estas últimas eran productos de la tradición local (hoces bifaciales de el-Fayum) que fueron gradualmente sustituidas por un nuevo estilo de hoz procedente de Oriente Próximo, montada en una hoja.

La comparativa escasez de paletas cosméticas de “greywacke” importadas del Alto Egipto, parece una indicación de su limitada disponibilidad y, por lo tanto, de la lujosa naturaleza del objeto. Por otra parte, la abundancia de paletas de caliza dan muestra de señales de desgaste que indican su frecuente uso cotidiano.

Las cabezas de maza son de las de forma de disco, características de las culturas Amratiense y temprana Gerzeense.

Aparte de algunos peines importados del Alto Egipto, los objetos de hueso y marfil pulimentados incluyen el repertorio tradicional de agujas, arpones, taladros y punzones.

Se ha encontrado un gran número de dardos de “catfish” que consisten en la primera espina de las aletas pectorales y dorsales del pez, en su mayoría en tinajas, probablemente en conserva para su exportación.

Existen muchas indicaciones que apuntan a la participación de Maadi en contactos comerciales e interculturales, y en este contexto, es significativo el rol del cobre del que aparecen no sólo piezas sencillas como agujas y arpones, sino también barras, espátulas y hachas. Estos útiles se fabricaban en piedra en las culturas de Fayum y Merimda mientras que en Maadi eran de metal.

Esta situación es paralela a la de Palestina en el mismo período, donde las hachas de piedra pulimentada desaparecieron por completo, siendo sustituidas por sus versiones en metal, aunque, eso sí, utilizando técnicas diferentes a las usadas en Maadi.

Esta sustitución de la piedra por el metal no pudo ser una mera coincidencia, sino más bien un proceso de avance tecnológico que es, a la vez, indicación y resultado directo de una auténtica simbiosis entre dos regiones. También se han encontrado grandes cantidades de mineral de cobre en Maadi, que bajo análisis ha revelado una posible procedencia de la región de Timna o Fernan, ambos yacimientos de mineral de cobre en Wadi Arabah, en la esquina sureste de la península de Sinaí.

Sin embargo, más que el mineral se procesase en el mismo Maadi, es más probable que fuese en principio importado para su proceso en cosméticos, y que el proceso inicial se hubiese llevado a cabo cerca de las propias minas.

A pesar de la participación del pueblo de Maadi en una red de contactos con el Oriente Próximo, su cultura fue, sobretodo, sedentaria, de pastoreo y agricultura. Hay algunas muestras de fauna salvaje, ligero contrapeso de la enorme cantidad de animales domesticados, tales como cerdos, cabras y ovejas que, aparte del perro, constituían la dieta básica de carne de la comunidad. El asno, sin duda, servía como transporte de mercancías.

Los kilos de grano encontrados en jarras y en fosas de almacenamiento incluyen el trigo y la cebada (Triticum monococcum, Triticum dicoccum, Triticum aestivum, Triticum spelta, Hordeum vulgare), así como legumbres (lentejas y guisantes)

Comparado con la clara evidencia de actividad agrícola en Maadi, el entierro del difunto era prácticamente modesto, lo que apuntaría a una sociedad que quizás habría experimentado pocos cambios desde el Neolítico, a la vez que mostraba una evidente carecía de estratificación y jerarquía.

Se ha recuperado un total de 600 tumbas Maadienses frente a 15.000 predinásticas en el sur. Contribuyen a este desequilibrio factores geográficos y geológicos; los cementerios del norte, ubicados en zonas propensas a fuertes inundaciones, podrían encontrarse enterrados en gruesas capas de limo de El Nilo.

Esto, por otra parte, no lo explica todo, porque también es evidente el contraste que se aprecia entre la calidad y la cantidad de componentes funerarios en el norte, y la situación en el Alto Egipto.

Las tumbas del Bajo Egipto se caracterizan por su extrema sencillez, consistentes en simples fosas ovales, con el finado en posición fetal, arropado con una estera o un trapo, y acompañado de una o dos piezas de cerámica y, a veces, ni eso.

No obstante, mientras repasamos el desarrollo de las culturas del Egipto nórdico, que consisten en tres fases que más o menos corresponden a los cementerios de Maadi, Wadi Digla y Heliópolis, algunas tumbas aparentan estar mejor equipadas que otras, pero en ninguna de ellas se aprecia nunca de forma visible un lujo ni siquiera comparable al que encuentramos en las del Alto Egipto.

Aún siendo así, se puede discernir una tendencia gradual hacia la estratificación social, y es muy posible que la mezcla de tumbas de perros y de gacelas con las de seres humanos forme parte de este proceso de cambio social.

La fase final de la cultura Maadiense representada por las primeras capas estratigráficas de Buto coincide con la mitad de la fase Naqada II, niveles II c y d.

En el excepcional yacimiento de Buto, existen siete estratos arqueológicos sucesivos en los que se hace patente la transición entre las fases Maadienses y las protodinásticas que las solapan. Durante esta transición, se percibe un incremento en los estilos de la cerámica Naqada, a la vez que la Maadiense va desapareciendo. Es así, pues, que el fin de la cultura Maadiense no constituyó un fenómeno abrupto como el yacimiento de Maadi sugiere, sino más bien un proceso de asimilación cultural.

Es más que probable que por su localización fluvial y marítima, Buto disfrutase de una ubicación privilegiada para un boyante comercio y que, además, incorporase un palacio para los soberanos locales.

Mientras que los datos arqueológicos de Buto son menos llamativos que los restos de Naqada, tuvo lugar aquí un proceso de desarrollo cultural que condujo, de igual manera, a un aumento de la complejidad social, generando eventualmente una sociedad caracterizada por sus propias creencias, ritos, mitos e ideologías.

Fue esta la precondición necesaria para el próximo gran paso hacia la historia de Egipto que se dio en Naqada III y en los períodos de las primeras dinastías.

COMENTARIO EX PROFESO

Terminamos así esta amplia e interesante exposición tan profesionalmente desarrollada y amenamente expresada por su autora, la Profesora Béatrix Midant-Raynes quien, fiel a la filosofía global del corpus de la obra de Ian Shaw, nos ha llevado de la mano a través del Período Naqada en un recorrido en el que se ha hecho hincapié en su desarrollo socio-económico y sus procesos evolutivos, sin apartarse un ápice del tema base, y con una agradable y meritoria puesta al día de los más recientes acontecimientos conexos.

En cuanto a mi trabajo, ha consistido, en este caso, más en una transcripción que en una versión libre al haberme querido ajustar al texto en inglés, de mayor fluidez y redacción más afín a la mía propia que los de anteriores autores, quizás por proceder, en origen, de un autor de habla latina.

Es así que, el texto inglés del que esta “Hoja Suelta” procede, no ha sabido desprenderse totalmente de ese “touche” del que debe disfrutar la obra original en francés de su autora, lo que ha facilitado mi labor a la hora de lograr una redacción fluida y directa, cosa que no ha sido tan fácil con anteriores autores, en determinados temas.

Mi aportación, pues, no ha podido pasar de ser, como en mis últimas intervenciones de características similares, aclaraciones y/o ampliaciones esporádicas de conceptos, o definiciones de términos para mí poco conocidos que, por otra parte facilitan el seguimiento general del tema. Y en lo que a mí propio interés respecta, sirven para rellenar con trozos de conocimiento esos “baches” de ignorancia que dificultan ese mi caminar en este angosto sendero de mi vida hacia el Egipto Milenario, en la velada esperanza de que el tiempo me deje ver al menos un trozo de ese camino relleno, compactado, liso, y sin baches.


Eso sí, la "Introducción", el "Preámbulo" y, por supuesto, el "Comentario ex profeso", son de mi propia y modesta cosecha.

Y ha llegado para mi el ansiado momento de abrir la gran puerta de Naqada III, tras la que, al fin, me estará esperando, para estrechar mi mano, la Dinastía 0.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa, a 28 de mayo de 2009

Bibliografía:

“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Prehistoria”, Tomos I y II. Dra. Ana María Amilibia y otros. UNED 2001.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”, Tomo I, 2ª Parte. Dra. Ana Mª Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“Ancient Egypt. Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp. Routledge, 2006.
“The Prehistoric Egypt”, W.M. Flinders Petrie, British School of Archaeology in Egypt and Egyptian Research Account. London, 1920.
“Diccionario de Prehistoria”, Mario Menéndez, Alfredo Jimeno y Víctor M. Fernández, Alianza Editoral. 2001.
The British Museum Database.
Musée du Louvre”.

domingo, 22 de marzo de 2009

Los Principios de la Representación en el Arte Egipcio

El Guernica

Collage
("Pinchar" y ampliar)

PREÁMBULO

Durante la última década del siglo que nos precede y lo que llevamos del presente, el interés por el Antiguo Egipto y su cultura, en comparación con épocas anteriores, ha ido aumentando en progresión geométrica.

La mayoría de la información que se posee de su civilización proviene de su arte y, muy en particular, de las representaciones que, a modo de decoración religiosa, funeraria o meramente propagandística, aparecen en los muros de sus templos y en las paredes de sus tumbas.

Para ello ha sido determinante su buen estado de conservación, propiciado éste por una construcción adecuada que ha sabido soportar, en algunos casos impunemente, el erosivo pasar del tiempo y el efecto demoledor de los agentes externos que, como la erosión, los cambios climáticos, e incluso los fenómenos sísmicos u otras catástrofes naturales, suelen dejar huellas indelebles.

Si queremos interpretar de forma correcta esta vasta cantidad de información de que disponemos, será necesario primero considerar el carácter y el propósito del Arte Egipcio.

Recuerdo, que cuando por vez primera me enfrenté a “El Guernica”, que encabeza con honores esta "Hoja Suelta", tuve una reflexión inmediata que aún resuena en mi mente: “¡Te podrá gustar o no, pero a nadie dejará indiferente!”.

Esto lo saco a colación porque frente a una obra de arte su apreciación es posible a dos niveles: Podemos hacer un juicio de valor basado en la intención original del artista al crear su obra; o el juicio puede derivar del impacto inmediato que dicha obra nos causa, aún sin saber nada del autor ni de la intención de su obra.

Es un hecho que, en general, la atracción de la mayoría de la gente es consecuencia del segundo nivel, pero el grado de apreciación es aún mayor si nos acercamos e intentamos situarnos en el primero. De esta forma, lo que a veces nos puede parecer un fallo, un defecto o una falta, no es sino la auténtica expresión de los principios que el artista aplicó en su obra y los fines para los que la concibió.

Los egipcios “no hacían arte por el Arte”. Lo que hoy consideramos como obras de arte no son sino productos que cumplían unas funciones específicas; ya fuesen funerarias, religiosas o de cualquier otra índole. Es así que las decoraciones de tumbas y templos cumplían una misión ritual específica que consistía en hacer resaltar la figura del señor, del rey o de las deidades en ese mundo idealizado y atemporal de muertos y dioses.

El hecho de que la representación se concibiese dentro de cierto espacio de tiempo de nuestro mundo, no es óbice para que aunque el artista crease unas escenas desvinculadas del tiempo y del espacio, fuese capaz de simbolizar con ellas un mundo abstracto y eterno, lo que daría al arte religioso un carácter ceremonial y estático.

En cambio, y como contraste, en las escenas de las tumbas subsidiarias, e incluso en el arte doméstico, al no tener que ensalzar la figura del dueño, el artista, con frecuencia, representaba escenas y actividades que formaban parte del mundo fugaz en el que estaba inmerso; con toda su vitalidad y su inmediatez.

Esta continua evocación al simbolismo en el Arte Egipcio y, dentro de éste, en el incuestionable arte de la escritura jeroglífica, me ha retraído de nuevo a Picasso y al simbolismo de su obra.

En el año 1993, y con motivo del “III Premio Internacional a la Investigación Pablo Ruiz Picasso” organizado por la Fundación Pablo Ruiz Picasso, de Málaga, me fue encomendada la versión en lengua inglesa de tres de un total de cuatro ensayos originales en español, de otros tantos candidatos al premio del certamen, sobre específicos aspectos de Picasso y su producción artística. El cuarto, en inglés, era obra del Profesor Lewis Kachur, de Nueva York. La complejidad de la encomienda es bien obvia.

Recibió, sin embargo, cálidas y sinceras felicitaciones por su total fidelidad a los originales y por una considerable aportación mía en forma de innumerables Notas del Traductor que ampliaban o aclaraban conceptos. Para mí supuso una entrañable experiencia personal que me identificó plenamente con el tema y, en consecuencia, me aportó un conocimiento mucho más profundo de las obras más significativas del Maestro malagueño.

El más interesante sin duda, y el más voluminoso (150 páginas mecanografiadas), se titulaba “Fundamentos Psico-simbólicos del Arte de Picasso”, cuya autoría recae en el Profesor Federico Revilla, de Barcelona.

Un agudo y sutil análisis de los factores humanos que afectaron e influyeron en su obra te coloca en ese primer nivel que comentaba y te permite emitir un juicio más documentado y, con toda seguridad, más ecuánime.

En el ensayo se habla de su ajetreada infancia y adolescencia; de su crisis juvenil con su “nekyia”, o descenso “ad ínferos” (a los infiernos); de su despertar y feliz transición; del ritual de la tauromaquia; de la violencia en algunas de sus obras; de su "Eros y Tanatos", siempre juntos, su conjuro ante la muerte; de su síndrome de Peter Pan; de su voraz sensualidad; y de un largo etcétera que te hace, más allá de entender, vivir su obra. Y en todo momento surge, como no, el simbolismo de Jung, quien, junto con Freud, están en la cúspide de mis más admirados pensadores. Esta experiencia literaria significó para mí alcanzar el cenit de ese primer nivel del que hablamos.

Este inciso, largo pensamiento, o corta reflexión, me hace ser consciente del desconocimiento de la existencia o no de algún estudio psico-simbólico del Arte Egipcio que nos haga contemplar la totalidad de su obra desde una perspectiva más real. Las expectativas se vislumbran fabulosas.

De existir, agradecería que alguien me lo hiciese saber; de no ser así, paso el testigo a alguien más joven y docto y le invito a lo que sería una valiosísima aportación a la Egiptología y sus adeptos, ya que el tema, bien con creces lo merece.

Regresemos ahora a la realidad del mundo del arte egipcio que nos ocupaba, y a sus artistas.

Es bien sabido que existen escasas composiciones que puedan ser asignadas a un determinado artista, y aunque existen nombradas excepciones de figuras relevantes, parece evidente que los trabajos eran normalmente desarrollados por uno o más grupos que trabajaban en equipo.

Lo que nos lleva a cuestionar la correcta denominación de “artistas” a quienes realizaban un trabajo, aparentemente, artesanal.

Por otra parte, parece también evidente que el grupo o grupos de dibujantes “artesanos” solían estar dirigidos por un Maestro Dibujante que les dirigía, a la vez que supervisaba la calidad del trabajo de cuyo diseño original el propio Maestro era autor; de igual forma, se encargaría de las correcciones necesarias, así como de añadir o suprimir detalles y dar los toques finales.

Dicho esto, también parece evidente que estamos hablando de “artistas” en su acepción más pura, ya que sería absurdo, además de injusto, pensar en las grandes obras maestras del Arte Egipcio como algo ajeno al producto de una privilegiada mente artística e individual.

Los futuros artistas serían obviamente entrenados por un Maestro que los adiestraría en la pintura y el relieve, así como en la representación de las diversas partes del cuerpo, tanto humano como animal, así como otros objetos dispares. Estudiarían las figuras y sus diferentes poses, copiándolas una y otra vez hasta adquirir la cota de calidad exigida por el Maestro. Son muchas las piezas encontradas que lo demuestran; algunas con expresas correcciones del Maestro, realizadas en trozos de caliza o cerámica, que se conocen como “ostracas”.

Podemos decir, pues, que los elementos que componían una escena eran el producto de una técnica y de un aprendizaje basado en unos principios, y no de una composición concebida de forma espontánea; sino más bien pre-concebida.

Por otra parte, las innumerables variaciones que se aprecian en escenas similares, pero nunca exactamente iguales, sugieren que cada escena habría sido concebida en su totalidad como una entidad única.

LOS PRINCIPIOS -
INTRODUCCIÓN

Vamos a entrar, pues, en la temática que nos ocupa, de nuevo de la mano de la Profesora Gay Robins, autora del libro que sirvió de guía e inspiración para mi anterior “Hoja Suelta”, titulada “La Cuadrícula en el Arte Egipcio”, explicando de forma somera los ya mencionados principios de representación que cimentaron la base del Arte Egipcio durante prácticamente toda su historia antigua.

Para ello, he vuelto al "collage", como instrumento útil para un mejor seguimiento de las explicaciones del texto que sigue, con la recomiendación de “pinchar” y ampliar para facilitar dicha tarea. El “collage”, como en la vez anterior, agrupa varios recortes de dibujos representativos del tema a tratar de los que es autora la propia Profesora Gay Robins.

El arte representativo bidimensional egipcio ya aparece con su distintivo carácter desde comienzos del Período Dinástico y, muy a pesar de su relativa evolución y sutiles cambios, permaneció así durante todo el período faraónico. Cuando lo miramos, de alguna forma nos resulta familiar y, aunque intuitivamente, nos parece entenderlo. E inmediatamente surge la pregunta: ¿Cómo es que no dieron un paso más hacia la perspectiva?

La pregunta está mal planteada y denota un cierto desconocimiento e incomprensión del arte egipcio, al ser los principios en los que está basado sensiblemente diferentes de las normas artísticas occidentales. En esencia, se trataba de utilizar un conjunto de símbolos que llevaban inherente una información codificada que el espectador debía saber leer; de ahí que los dibujos de figuras u objetos podemos considerarlos como diagramas de lo que intentan representar.

Si lo que se pretendía era que fuesen comprensibles, sin ambigüedad alguna, tendrían que mostrar la realidad tal y como era, independiente de un espacio y un tiempo que de alguna forma los adulterase.

El artista mostraba las cosas como eran; en sus formas reales; y no había lugar para imaginar cómo se vería un objeto desde algún punto de una distorsionante perspectiva; desde cualquiera de los infinitos puntos que existen en el espacio; tantos como “puntos de fuga”.

Así que la utilización del escorzo, y la adopción de un determinado punto panorámico para toda una escena, base de la perspectiva occidental, era irrelevante para los fines del artista.

Podríamos decir, pues, que el Arte Egipcio era conceptual más que puramente perceptual. Su apabullante sensación de realismo proviene de utilizar un mosaico de percepciones, puestas juntas, de una forma semi-realista.

LOS OBJETOS

Los objetos normalmente se representaban de forma bidimensional, sobre una superficie plana, y sin profundidad. Un rectángulo, por ejemplo, se representaba de frente y de perfil; según cuál de las vistas se acercase más a la realidad, y fuese la que mostrase la forma más reconocible del objeto en cuestión. Si el contenido de un recipiente era de importancia, éste se representaba en planta y se dibujaba encima de aquél aunque en realidad estuviese dentro.

Los muebles también se solían representa de perfil de forma que sillas y taburetes aparecían con sólo dos patas y sin fondo. A veces el asiento se dibujaba sobre el perfil pero en el mismo plano que éste, o bien el respaldo de la silla de la misma forma.

Por otra parte, los objetos anchos pero de escasa profundidad tales como paletas, sandalias y pieles de animal se solían mostrar desde arriba.

La figura central del collage nos muestra un ejemplo típico de la naturaleza esquemática de la representación egipcia. En este caso se trata de un estanque rodeado de árboles que aparece en la tumba de Rekhmiere, en Tebas, Dinastía XVIII.

El agua se representa en un rectángulo en el que pueden aparecer dibujados peces, plantas, aves e incluso embarcaciones que en ocasiones realmente están en el agua o flotan en ella. Los árboles que están plantados a su alrededor, aparecen tumbados sobre el terreno, como descansando y, a veces, hasta la cancela de acceso al estanque aparece, como la arboleda, en el plano horizontal.

Estamos, pues, ante el eficaz plano de un jardín, suficientemente gráfico, y fácilmente transformable en conceptos auténticos.

LA FIGURA HUMANA

La figura humana se representaba mediante un diagrama compuesto que lo formaban cada una de las partes del cuerpo pero que, aún así, resultaba total e inmediatamente reconocible.

La cabeza se mostraba de perfil y, en ella, en el lugar correcto, aparecía una vista completa de un ojo, una ceja y media boca.

Los hombros se mostraban de frente, en toda su anchura, pero la parte delantera del dorso, desde la axila hasta la cintura, incluyendo el ombligo, y en el caso de la mujer el pecho, se mostraba de perfil, así como la cintura, los codos, las piernas y los pies.

Era tradicional mostrar ambos pies de perfil, con un solo dedo y el arco, lo que hacía realzar la parte inferior de la composición de la figura, por lo que tenía bastante sentido disponer de una forma de simbolizar el “pie”, indistintamente de si se trata del que está adelantado o del que aparece retraído.

Para poder mostrar el arco del pie había que elevarlo ligeramente del suelo, y por extensión todo lo que estuviese detrás de él se podría ver a través del hueco del arco aunque esto no se correspondiese con la realidad ya que la parte externa del pie no está arqueada.

Durante los reinados de Tutmosis IV y Amenofis III se hicieron experimentos en contados casos en los que se mostraba el pie más próximo visto desde fuera con los cinco dedos. Más adelante sería utilizado en el período amarniense como señal distintiva de los miembros de la familia real, y así continuó apareciendo de forma esporádica durante el Imperio Nuevo y, eventualmente, durante el Período Ptoloméico, acabó convirtiéndose en el modo más frecuente de representación.

Las manos se solían representar completas, abiertas o cerradas; en el primer caso enseñando las uñas; en el segundo, bien enseñando las uñas, bien enseñando los nudillos (Ver la figura 8 del collage, que muestra a tres personajes, a, b y c, erguidos, de perfil, mirando a nuestra izquierda, pertenecientes a la Dinastía V).

A primera vista se diría que los artistas han tenido problemas con las manos, confundiendo la derecha con la izquierda, o al revés. En parte, la explicación es parecida a la de los pies. Lo que aparece es el “símbolo” de la mano, no la mano como aparecería en el cuerpo en la realidad.

Esto se aprecia mejor en aquellas figuras que se presentan de pie con los brazos caídos y las manos abiertas; ambas se muestran idénticas en su forma, de modo que en el brazo de atrás el pulgar aparece en el lado más alejado del cuerpo y no en el más pegado como es en realidad.

Esto no ocurre cuando la mano está cerrada, probablemente porque se puede representar enseñando tanto los dedos como los nudillos mentras el puño de atrás que cuelga junto al cuerpo tiene el pulgar pegado a él.

Pero, aún se nos presenta algún que otro problema con algunos objetos que en la práctica se llevaban siempre en una mano determinada. Por las estatuas del Imperio Antiguo sabemos que a los señores dueños de las tumbas se les representaba llevando en su mano izquierda el bastón largo o báculo, mientras que el cetro corto iba pegado al cuerpo cogido con la derecha.

En las figuras bidimensionales que miraban hacia nuestra derecha no había problema alguno en representar correctamente el bastón largo agarrado con la mano izquierda, la más adelantada, y el cetro corto con la derecha, junto al cuerpo. Pero el problema surge cuando se representa dicha figura mirando hacia nuestra izquierda.

Cuando esto ocurre, el brazo derecho debería aparecer adelantado, con el cetro corto en la mano derecha; el brazo izquierdo retraído, con el bastón largo en la mano izquierda, junto al cuerpo, lo que no sólo quedaría poco atractivo para la imagen y obstaculizaría la visión de la cara, sino que cortaría la línea del horizonte del cetro, produciendo una imagen poco atractiva y confusa.

Así que el artista, sin dudarlo, coloca el bastón largo en la mano derecha con el brazo extendido, y el cetro corto en la izquierda con el brazo retraído.

Sin embargo, hay algunas ocasiones en las que dichas imágenes son el completo reverso o inversión de las que miran hacia nuestra derecha. Y así lo podemos apreciar en la figura 8a de nuestro collage que muestra la figura de un hombre, erguido, mirando hacia nuestra izquierda, procedente de la tumba de Nefer y Kahay, en Saqqara, Dinastía V.

Si pretendemos interpretar esta imagen según la realidad, el bastón y el cetro estan en las manos que no les corresponde; es decir, el bastón debería estar en la mano izquierda y el cetro en la derecha.

Pero hay veces en las que el artista quiere que los objetos aparezcan en la mano correcta, para lo que coloca una "simbólica" mano izquierda en el brazo adelantado, el derecho, y una "simbólica" mano derecha en el brazo retraído, el izquierdo, como podemos apreciar en la figura 8b de nuestro collage que muestra la figura de un hombre, erguido, mirando hacia nuestra izquierda, procedente de la tumba de Niankhknum y Khnumhotpe, en Saqqara, Dinastía V.

Se presentaba aún una cuestión más relacionada con lo anterior: ¿Debería el cetro pasar por detrás o por delante del cuerpo de la figura cuando ésta mira a nuestra izquierda? Si hacemos que sostenga el cetro junto a su cuerpo con la mano derecha con su brazo retraído, entonces el cuerpo se encontrará entre el cetro y el observador, produciendo un curioso efecto.

El artista parece a veces optar por utilizar este "efecto" en las figuras que miran hacia nuestra izquierda, independientemente de si pone el cetro en una mano izquierda o en una derecha, como en la figuras 8b, ya mencionada, y en la 8c, que muestra la figura de un hombre, erguido, mirando hacia nuestra izquierda, procedente de la tumba de Nefer y Kahay, en Saqqara, Dinastía V. En ambas, el cetro pasa por detrás del cuerpo.

COMENTARIO Ex Profeso

El tema es enrevesado, y no muy felizmente resuelto en su versión original en inglés, por lo que me he esforzado en simplificar y matizar, jugando con palabras y conceptos, para que pueda ser asimilado con más facilidad, si bien recomiendo una lectura pausada con continúas miradas y referencias cruzadas con la correspondiente figura del collage.

Por otra parte, esta supuesta "opción" del artista me crea serias dudas sobre su utilidad o justificación; dudas que me atrevería a decir comparte conmigo la propia autora, aunque no lo exprese y evite extenderse en el tema. Yo diría que se trata de una “draughtsman’s licence”, como la habría definido durante mis largos años “pegado” a un tablero de dibujo, en el ejercicio de mi profesión, en Inglaterra. Es decir, una “licencia de dibujante”.

Y lo resumo de la forma que sigue:

La Figura 8 muestras tres imágenes. Las tres miran hacia nuestra izquierda, por lo que son representativas de nuestro análisis:

A).-La 8a es un reverso completo de la que sería si mirase hacia nuestra derecha; así que tanto el báculo como el cetro están en manos y brazos equivocados, según la supuesta norma tradicional. La composición sería, pues, incorrecta.
B).- La 8b nos muestra una imagen similar a la anterior, pero el dibujante ha colocado una “simbólica” mano izquierda en el brazo derecho extendido, y una “simbólica” mano derecha en el brazo izquierdo retraído. Báculo y cetro están, pues, en la mano que les corresponde, según la norma. La composición sería, pues, correcta.
C).- La 8c nos muestra una imagen similar a las anteriores pero ni báculo ni cetro cumplen con la norma; el primero aparece sujetado por la mano derecha de su correspondiente brazo derecho extendido, y el segundo por la mano izquierda de su correspondiente brazo izquierdo retraído. De hecho es idéntica a la 8a excepto por el cetro que aparece detrás del cuerpo. La composición sería, pues, incorrecta.

Dicho esto:

1º.- No se qué ventajas estéticas proporciona el que el cetro aparezca detrás del cuerpo en las dos últimas, 8b y 8c, una correcta y la otra no, cuando en la 8a, incorrecta, pasa por delante.
2º.- Si lo que pretende el dibujante es que el cetro no interrumpa la visión completa del cuerpo, esto no ocurre en la 8a; incorrecta, eso sí, pero también ocurre en las figuras que miran hacia nuestra derecha que son la mayoría, que son las correctas, que son las que marcan la norma, y de las que aquellas son sólo el reverso.

Esto me hace reflexionar si la supuesta norma es tal; si su incumplimiento es aleatorio; y, de ser así, si éste se debe a su evolución a lo largo de milenios, a simples errores u omisiones, a pura ignorancia de las normas, a incompetencia, o al mero capricho del artista o del propio Maestro, si es que lo había.

Para mí, pues, en este tipo de escenas tenemos:

A.- Figuras que miran a nuestra derecha y marcan la norma de representación de los cuerpos e insignias relacionadas.
B.- Inversiones o reversos exactos de las mismas, con todas sus consecuencias.
C.-Inversiones o reversos modificados mediante la utilización de “manos simbólicas” que sustituían a las reales para que de esta forma tanto el cetro como el báculo apareciesen en la mano que dicta la norma.

Todo lo demás sería consecuencia de los supuestos expresados en la reflexión que encabeza estos últimos párrafos.

Y con esto termino este largo inciso y doy paso, de nuevo, a nuestra Profesora Gay Robins.


OTRAS FIGURAS

Hay veces en las que las figuras van provistas de objetos que pueden aparecer indistintamente en cualquier mano sin por ello incumplir una norma o causar una imagen indeseada, o poco estética. Con frecuencia se trata de escenas en las que el rey alarga con su mano derecha las ofrendas mientras sostiene el báculo o la maza con la izquierda.

Si la figura mira hacia nuestra derecha, su brazo derecho cruza su pecho con la mano derecha extendida hacia las ofrendas mientras que el izquierdo, que aparece adelantado, sujeta la maza y el báculo con su mano izquierda, como podemos apreciar en la doble escena de la Figura 9, extremo izquierda de la estela del rey Ahmose, dedicada a la reina Tetisheri, en Abydos, Dinastía XVIII.

Si la figura mira hacia nuestra izquierda, su brazo derecho aparece extendido hacia las ofrendas, mientras que el izquierdo cruza su pecho a la vez que sujeta el báculo y la maza con su mano izquierda, como podemos apreciar en la misma Figura 9, en su extremo derecha. El cetro real es más corto que el bastón o báculo del propietario de una tumba, por lo que no hay peligro de interferencia o solape, aunque la figura esté mirando hacia nuestra izquierda; esto es así incluso en los casos en que aparece el monarca llevando en su mano el cetro heqa, algo más alto y curvo en su extremo superior, parte integrante de la indumentaria ceremonial.

LOS GRUPOS

En escenas en las que figuran en grupo dos o más personas, el hombre y su mujer, o su madre, aparecen juntos bien de pie o sentados. En el caso de representaciones bidimensionales, estos personajes aparecían uno detrás del otro, correspondiendo la posición más adelantada al hombre por ser ésta la de más prestigio y ser él el personaje principal.

La mujer con frecuencia abraza al hombre pasando su brazo derecho por su hombro al estar, de hecho, sentada a su izquierda. La orientación normal, tanto en los jeroglíficos como en el arte en general, es hacia la derecha del observador, así que las figuras o grupos que aparecen orientadas en sentido opuesto suelen ser meras inversiones o reversos de originales que estaban ya orientadas hacia la derecha.

Pero cuando a una pareja, hombre y mujer, se les representa mirando hacia la derecha, el brazo derecho de ella queda atrás, y si el hombre ha de mantener su posición delante de ella, tendrá que seguir abrazándolo con el brazo adelantado, que es el izquierdo, dando la impresión de estar sentada a su derecha, lo que en la realidad, normalmente, no ocurre.
Color del texto
Sin embargo, la posición correcta del hombre a la derecha de la imagen en las escenas orientadas hacia nuestra derecha puede conseguirse de una forma ficticia, dibujando el talón del pie de él de forma que cubra los dedos del pie de ella, en las figuras erguidas, o las nalgas que cubran las rodillas de ella, en las figuras sentadas. En estas últimas, el hombro derecho del hombre deberá aparecer también solapando parcialmente el cuerpo de la mujer. De esta forma se trae la figura masculina al primer plano.

Cuando estos grupos se invierten para que miren hacia la izquierda, el brazo adelantado de la mujer que abraza al hombre es ahora el brazo derecho, dando la impresión visual de estar correctamente a la izquierda del hombre, y no se debe esperar que su cuerpo solape al de la mujer. Aún así, en la mayoría de los casos los talones y las nalgas del hombre siguen solapando los dedos del pie y las rodillas de la mujer.

Esto puede justificarse parcialmente pensando que el artista simplemente invierte totalmente un grupo que originalmente se creó de cara a la derecha. Además, al hacer que el hombre solape a la mujer se realza aún más su posición dominante.

Los grupos resultantes pueden, a simple vista, dar la impresión de ser un total embrollo visual, pero son perfectamente lógicos en términos artísticos egipcios. Sin embargo, en la Dinastía XVIII llegó a ser normal colocar las rodillas de la mujer sobre las nalgas del hombre de forma que en los grupos orientados hacia la derecha la mujer aparenta estar a la derecha del hombre, mientras que las parejas orientadas hacia la izquierda se ajustaban a la realidad dando la impresión de que la mujer estaba a su izquierda.


LOS REGISTROS

En un principio, las imágenes aparecían dispersas en aparente desorden sobre una superficie decorada, pero ya en el temprano Período Dinástico los artistas empiezan a dividir la superficie en registros horizontales colocados verticalmente el uno sobre el otro. La Figura 10 de nuestro collage nos muestra cómo el dueño de la tumba vigila desde la derecha las operaciones en curso que aparecen bien detalladas en cuatro registros situados verticalmente a la izquierda de la imagen. Se trata de la tumba de Ptahhotpe, en Saqqara, Dinastía V.

En ella podemos, por cierto, apreciar cómo una “simbólica” mano izquierda que sujeta el báculo ha sido acoplada al brazo derecho, e igualmente una también “simbólica” mano derecha al brazo izquierdo con lo que la imagen se ajusta a la norma.

El sistema de registros era sólo un método de ordenar los diferentes elementos a colocara en una superficie totalmente neutral en relación al espacio y al tiempo. Nunca se creó ni desarrolló para indicar una relación espacial o temporal entre los diferentes registros, o para crear una profundidad pictórica colocando los objetos más o menos alejados del observador. Ni tampoco el sistema proporcionaba información alguna sobre una posible relación entre las diferentes escenas en el tiempo.

Aunque algunas escenas están frecuentemente vinculadas por la temática o el lugar, ya sea horizontalmente dentro del propio registro, o en diferentes registros en secuencias arriba o debajo de la pared, el mismo grupo de escenas puede existir en diferentes versiones en las que se distribuyan las escenas individuales en un orden variado dejando bien claro que su posición en la pared y la colocación de una escena en relación a otra no ofrece de por sí información sobre el orden en que hay que leerlas. En esto difieren tColor del textootalmente de las tiras cómicas de Occidente que hay que leerlas en un orden establecido.

A los registros de una pared se le dotaba de una cierta unidad colocando una figura mucho mayor del dueño de la tumba en un extremo de la escena supervisando, como hemos visto en la Figura 10, las distintas actividades que se desarrollan en el lugar.

LÍNEA BASE Y SUB-REGISTROS

En cada registro, la línea de abajo se consideraba como “línea base” para las figuras que lo componían. En ocasiones el registro podía dividirse en “sub-registros” que mostraban sus propias líneas base para figuras menores dentro del registro original. Lo que también muestra la reiterada Figura 10.
Color del textoColor del texto
Incluso cuando las figuras se solapan, ya sean personas o animales, como ocurre con escenas procColor del textoesionales o manadas que dan una sensación de profundidad, sus pies aparecen firmemente pegados al suelo, a la línea base, de forma que esa relación espacial real entre las figuras que sería evidente vistas desde arriba no está representada.

OTRAS ESCENAS

En escenas del desierto o en las bélicas donde se representan batallas e impera el caos en vez del orden se huye del uso formal de registros. El irregular terreno del desierto se solía representar mediante ondulantes líneas de base, como se puede apreciar en la Figura 12 del collage que muestra una vista parcial del desierto en la tumba de Senbi, en Meir, Dinastía XII.

En el Imperio Nuevo, sin embargo, se acabarían abandonando por completo las líneas de base en las escenas del desierto y en las bélicas, como se puede apreciar en la Figura 13 del collage que muestra una escena parcial de batalla del rey Seti I, en el templo de Karnak, Dinastía XIX.

EL SISTEMA DE ESCALA

El sistema de registros se complementaba con un sistema de escala que servía para de alguna forma medir la categoría o importancia de las figuras representadas. Mientras mayor era, más importancia o prestigio tenía, así que la figura del dueño se solía colocar frente a cuatro o cinco registros y, normalmente, con una estatura muy superior a la del resto de familiares.

En las escenas reales el tamaño ayuda a distinguir al rey entre sus vasallos, y queda totalmente claro en las escenas de caza y en las bélicas donde la figura del rey aparece, dominante, entre el resto de participantes.

En los templos, donde normalmente sólo se representa al rey y a deidades, hay poca variación de escala ya que en este contexto a los protagonistas se les considera de igual rango.

Y con esto cierro este interesante tema señalando que, en muchas ocasiones, me he visto obligado a ser especialmente reiterativo, y a veces minucioso, con el fin de dejar muy claro algunos aspectos descriptivos del texto, muy confusos en el original, como ha sido el caso de las “manos simbólicas” y su colocación en brazos propios o ajenos.

Para el caso de glúteos pisando rodillas, o talones pisando dedos del pie, no he conseguido incluir en mi collage figuras con estas características que habrían facilitado su comprensión. Creo, sin embargo, que con un afilado lápiz, un trozo de papel y una pizca de voluntad, podréis llegar, como yo, a entenderlo. Otra cosa es que dudéis en catalogarlo o no como “truco del Arte”.

P.D. Quiero dedicar una parte importante de este trabajo a Vicente Elorduy, dibujante y genio creador, al que Dios ha dotado de alas para volar hacia lo más alto. ¡Buen viaje, mi fiel amigo!


Rafael Canales

En Benalmádena–Costa, a 31 de marzo de 2009

Bibliografía:

“Egyptian Painting and Relief”, Gay Robins, Shire Egyptology, Shire Publications Ltd., third edition, 2008.
“Egyptian Art”, C. Aldred, Thames and Hudson,1980.
“Colour and Painting in Ancient Egypt”, W.V. Davies (editor), The British Museum Press, 2001.
Egyptian Art”, J.R. Harris, Spring Books, 1966.
“Ancient Egyptian Materials and Industries”, A. Lucas, E. Arnold, 4th edition,1962.
“Ancient Egyptian Materials and Technology”, P.T. Nicholson y I. Shaw, Cambridge University Press, 2000.
“Style and Proportion in Ancient Egyptian Art”, G. Robins, University of Texas Press, 1994.
“Principles of Egyptian Art”, H. Schäfer, Thames and Hudson, 1978.
“Amarna Palace Painting”, F. Weatherhead, Egypt Exploration Society, 2007.
"Fundamentos Psico-simbólicos del Arte de Picasso", F. Revilla (Versión en inglés de R. Canales), Málaga, 1993.

jueves, 5 de marzo de 2009

La Cuadrícula en el Arte del Antiguo Egipto

 
Collage
 
("Pinchar") 


PREÁMBULO

La Real Academia de la Lengua nos dirá que se entiende por “cuadrícula” al “conjunto de los cuadrados que resultan de cortarse perpendicularmente dos series de rectas paralelas”.

Bueno, yo casi estoy de acuerdo. Hombre, digo “casi” porque yo terminaría la definición añadiendo a “paralelas” la palabra “equidistantes”. De esta forma la cuadrícula estaría compuesta de pequeños cuadrados y no de pequeños rectángulos. Por aquello de: cuadrado y rectángulo, rombo y romboide, trapecio y trapezoide, que nos enseñaban en la escuela.

Y, divagaciones aparte, pienso ahora que “cuadrícula” siempre ha suscitado en mí una idea de orden, equidistancia, simetría, simplicidad; yo diría que todo ello rodeado de cierta monotonía, repetitividad y, a veces, incluso aburrimiento. También algo de vacío, fragilidad estructural. No sé, quizás, y estoy seguro que por deformación profesional por mi parte, por contraste con la “triangulación”, base de la estabilidad, la fuerza, la resistencia, el equilibrio estructural. Pocas veces la habría relacionado con el Arte, a no ser, quizás de soslayo, con el islámico, por su base puramente geométrica.

La cuadrícula, sin embargo, fue en Egipto, durante milenios, el sistema adoptado como base para cualquier forma de representación, en la que las proporciones jugaban un papel primordial dentro de esa dicotomía realidad/simbolismo.

Estoy a más de media lectura de uno de mis recientes libros monográficos sobre tópicos egipcios, que ya pasan de dos docenas, titulado “Egyptian Painting and Relief”, cuyo objetivo primordial para su autor radica en que el lector llegue a ser consciente del nivel de sofisticación y maestría técnica que alcanzó Egipto, sobrepasando a cualquier otro pueblo de la Antigüedad; que llegue a familiarizarse con ese estilo que tanto fascina a los ojos de este mundo moderno nuestro, por esa atractiva y a la vez curiosa combinación de elementos realistas y simbólicos; que llegue, incluso, a comprender al artista, y a sus intenciones, así como sus limitaciones; que conozca los materiales, las técnicas y, muy en especial, los Principios de la Representación que tanto difieren de las convenciones occidentales arraigadas en la perspectiva, y cómo ponerlos en práctica. Y entre esas técnicas destaca, obviamente, “el Sistema de Cuadrícula”.

Y es aquí donde me he parado. Y he decidido que, si bien constituye sólo un capítulo del contenido del libro, el tema bien merece un examen pausado sobre algo que todos creemos conocer.

Y, echando mano de las artes plásticas, y con algo de paciencia, mucho tiempo y no menos de interés, he creado un “collage” que, sin ser un Braque, encabeza esta “Hoja Suelta”. Son recortes que, agrupados, muestran una serie de dibujos de temas tomados de la realidad que nos van a servir de representación gráfica y guía que facilitará el seguimiento de las explicaciones del texto. Se recomienda, pues, que se "pinche" y amplíe, ya que su buena calidad facilitará dicha labor.

El autor del libro es la Profesora Gay Robins, que cursó sus estudios de Egiptología en las Universidades de Durham y Oxford, posteriormente estuvo a cargo de un proyecto de investigación en el Christ’s College de Cambridge, y actualmente es Profesora titular de la Cátedra “Samuel Candler Dobbs” de Historia del Arte en la Universidad de Emory, Atlanta, Georgia, EE.UU.

La presente monografía está dividida en varios apartados que cubren los temas que su título engloba. Estos son: “Principios de Representación”, “Materiales y Técnicas”, “Figuras Mayores y Escenas Formales”, “Figuras Menores y Escenas Subsidiarias”, “El Arte Amarna" y "Contextos Domésticos e Informales”.

El tema que nos ocupa, “La Cuadrícula”, cae dentro del apartado titulado “Figuras Mayores y Escenas Formales”. El resto, de indudable interés, podría, muy bien, constituir materia suficiente para más de una “Hojas Suelta”. Se tendrá en cuenta.

FIGURAS MAYORES

Por Figuras Mayores entendemos aquellas con un propósito y un fin ritual. Representan el mundo de los dioses y del difunto. Los protagonistas: los dioses, el rey y el señor. Todos tienden a ser estáticos, y los tipos de escena son limitados.

En los templos, el tema se centra en el ritual que el faraón exhibe ante el dios y los actos recíprocos del dios hacia el rey.

En las tumbas, el señor aparece en la escena como receptor de las ofrendas de sus familiares y de los bienes para su culto y, a partir de la Dinastía XVIII, como protagonista oferente ante sus dioses.

Estas escenas normalmente se representaban sobre una cuadrícula que servía de ayuda a los artistas a obtener las proporciones correctas para sus figuras.

Las imágenes mostraban una forma idealizada y perfecta. El hombre joven y bello; o en su más próspera mediana edad. La mujer, eternamente joven y hermosa. Sólo inscripciones complementarias ayudan a distinguir la esposa de la madre. Las posturas se limitan a figuras de pie, sentadas o arrodilladas.

Se evita siempre la sensación de violencia; ya sea la del faraón golpeando con la maza a sus enemigos; ya sea el rey corriendo delante de un dios; o el cazador que arponea el pez, el ave, o practica la caza.

En las mejores de estas escenas se aprecia cómo un cuerpo perfectamente equilibrado centra la escena de acción. El objetivo del artista es conseguir un equilibro perfecto de todos los elementos que componen una escena.

De hecho, proliferan las escenas en las que dos figuran, cara a cara, o espalda a espalada, se confrontan en sus acciones de ofrendar o recibir. Con frecuencia, forman parte de una escena de dos mitades que se equilibran entre sí.

Así pues, podemos afirmar que las escenas formales, tanto en los templos como en las tumbas, se distinguen por su carácter estático e inmutable.

Ya en el Imperio Antiguo, los artistas habían desarrollado un sistema de líneas directrices que les ayudaba en escenas formales a la correcta colocación de las diferentes partes del cuerpo humano desde la planta del pie hasta el límite del cabello.

Si nos adentramos en el “collage” que encabeza esta “Hoja”, en el dibujo A,a,20, podemos apreciar que en las figuras representadas de pie, una línea vertical, que aquí se representa por una “C” y una “L” superpuestas, marcaba el eje central del cuerpo, mientras que seis líneas horizontales indicaban: el nivel de la parte superior de la rodilla, el nivel más bajo de las nalgas, del codo, de las axilas, de la unión del cuello con los hombros, y de la línea frontal del pelo.

Está demostrado que, en los casos de dibujos cuidadosamente elaborados, el nivel de la línea de la rodilla desde la planta del pie representaba un tercio de la altura de la línea frontal del cabello; que el nivel más bajo de las nalgas representaba la mitad de la altura de la línea del cabello; que la línea del codo representaba dos tercios de la altura del cabello, y que la distancia desde la línea del cabello hasta la unión del cuello con los hombros era un noveno de la altura de la línea del cabello.

A partir del Imperio Medio (Ver collage, dibujo A,b,20), las líneas directrices desaparecen, siendo sustituidas por un sistema de cuadrículas (en adelante “La Cuadrícula”) con el fin de conseguir las correctas proporciones de las Figuras Mayores.

Puesto que todas las líneas directrices del Imperio Antiguo, con excepción de la correspondiente a las axilas, dividían el cuerpo en mitades, tercios o novenos, se hacía viable encajarlas en una cuadrícula de dieciocho cuadrados, de forma que cada línea directriz se correspondiese con una línea de La Cuadrícula.

De esta forma, la línea de la rodilla pasaba a ser la sexta horizontal de La Cuadrícula; la línea de las nalgas, la novena; la línea del codo, la duodécima; y la de la unión del cuello con los hombros, la decimosexta.

La línea vertical central que marcaba el eje del cuerpo humano, se convertía en la Línea Central de La Cuadrícula. En este sistema, la línea diecisiete pasaba justo por debajo de la nariz, y la catorce, a la altura del pezón.

El pie ocupaba, aproximadamente, tres cuadrados de La Cuadrícula, y el antebrazo, desde el codo hasta la yema de los dedos, cinco (Ver collage, dibujo B,a,21).

La unidad de medida egipcia era el “codo”. El “codo” es la primera unidad de medida registrada y una de las muchas y diferentes medidas estándar utilizadas a lo largo de la Historia.

Estaba basado en la medida del antebrazo de ahí que el jeroglífico que le representa muestre dicho símbolo. Su uso se extendió por toda la Antigüedad, la Edad Media y principios de la Moderna. Fue utilizado en el sistema romano de medidas y en diferentes sistemas griegos.

La distancia, tomada desde el codo a la yema del dedo corazón, la hacen equivalente a 450 milímetros, o 18 pulgadas, que representan cinco cuadrados de La Cuadrícula, por lo que un cuadrado equivale a 90 mm.

Con esto como base, si la figura humana se representa con sus proporciones normales, y la parte superior de la cabeza está a entre dieciocho cuadrados y medio y diecinueve, la altura estándar de una figura humana en pie equivaldría a entre 1.665 y 1.710 mm, es decir, entre 5 pies, 5 pulgadas y media, y 5 pies, 7 pulgadas y media.

La estatura media en vida de los varones egipcios calculada a partir de los restos de esqueletos es de 1.700 mm, o 5 pies 7 pulgadas.

La figura femenina también se dibujaba dentro de La Cuadrícula de dieciocho cuadrados desde la planta de los pies hasta la línea frontal del pelo, pero normalmente la línea que marcaba la parte más estrecha de la espalda quedaba algo más alta que la correspondiente del hombre y, además, su figura era más esbelta. Véase la que muestra el dibujo B,b,22 del collage, sobre La Cuadrícula original, procedente de la tumba de Serenput II, en Aswan, de la Dinastía XII.

En realidad la estatura media de la mujer es inferior a la del hombre y, a veces, esto se ve reflejado en la altura de las figuras de hombre y mujer en el arte. Las parejas pueden representarse con el hombre y la mujer de igual estatura, o incluso, en ocasiones, el de esta última bastante menor.

Las Figuras Mayores con posturas diferentes también se relacionan con La Cuadrícula. Las que aparecen sentadas encajan en catorce cuadrados que van desde la planta del pie hasta la línea frontal del pelo, ya que la altura del muslo desaparece. Sin embargo, podemos apreciar cómo sus proporciones están relacionadas con las de las figuras que están de pie. Desde la línea frontal del pelo hasta la parte inferior de los glúteos sobre los que se sienta la figura, hay nueve cuadrados, es decir, los mismos que en las que está de pie.

El largo de la pierna desde la planta del pie a la rodilla sigue siendo de seis cuadrados, pero la parte superior de la rodilla sube un cuadrado sobre el nivel de los glúteos, de forma que sólo cinco de los cuadrados de la pierna se añaden a la altura de la figura, lo que hace un total de catorce, como se había indicado.

La distancia desde la línea frontal del cabello hasta justo debajo de la nariz, y de ahí hasta la unión del cuello con los hombros, sigue siendo todavía un cuadrado en cada caso, y la distancia del antebrazo al hueso del codo sigue ocupando cinco cuadrados.

Las escasas cuadrículas que han sobrevivido relativas a figuras arrodilladas muestran que la distancia desde la línea del cabello a la parte inferior de los glúteos es, aproximadamente, equivalente a nueve cuadrados, y la altura del pie desde la bola (al estar los dedos doblados) al talón sobre el que descansan las nalgas, es de alrededor de dos cuadrados, lo que supone una altura total de once cuadrados. (Ver dibujo B,c,23 del collage, que representa a Senenmut, de la Dinastía XVIII, en su segunda tumba en Tebas. Se han completado las líneas existentes de La Cuadrícula original hasta cubrir la figura completa).

Las partes de la cabeza comprendidas entre la línea del pelo y la de la unión del cuello con los hombros son las mismas que las de las figuras sentadas y de pie. El largo de la pierna inferior sigue ocupando unos seis cuadrados, pero varía más en estas últimas al no afectar ya a la altura del cuerpo.

No se conocen imágenes reales arrodilladas que figuren sobre cuadrículas, pero de los análisis realizados en algunas figuras reales arrodilladas se deduce que sus proporciones se ajustan más a las de una distancia hasta la línea del cabello equivalente a doce cuadrados desde la línea base. Seguiría, pues, habiendo nueve cuadrados desde la línea del pelo hasta la parte inferior de los glúteos, pero el pie es más largo, ocupando tres cuadrados en vez de dos.

Una variante de la figura arrodillada ocurre cuando el pie de la pierna sobre la que descansa el cuerpo del sujeto está doblado por el tobillo con el empeine hacia abajo, y el talón y la planta del pie hacia arriba. En estas figuras la distancia desde la línea del pelo al borde inferior de los glúteos equivale, de nuevo, a nueve cuadrados, mientras que el grosor de la pierna inferior, sobre la que se sienta el sujeto, ocupa un cuadrado, lo que supone un total de diez cuadrados. Esta disposición se puede apreciar en una escena con dos figuras femeninas arrodilladas que aparecen en la tumba de Tati en Tebas, Dinastía XVIII.

Desde la Dinastía XXV, en adelante, los vestigios de cuadrículas muestran que en las figuras de pie la distancia entre la planta del pie y la línea frontal del cabello deja de ser equivalente a dieciocho cuadrados. En su lugar, hay veintiuno desde la planta de los pies hasta el párpado superior, como se aprecia en el dibujo del collage adjunto C,25, que representa a Ibi en su tumba, en Tebas, Dinastía XXVI, cuyos vestigios de La Cuadrícula original se han completado para que cubran la figura entera.

Aunque La Cuadrícula fue originalmente creada para asegurar las proporciones correctas de la figura humana, habría resultado extraño que no influyese en el artista a la hora de situar otros detalles en una escena, de ahí la tendencia de algunas líneas de composición a estar relacionadas con aquella.

No obstante, la relación entre objetos específicos y La Cuadrícula no siempre se repetía de forma automática, y escenas en las que aún son visibles las cuadrículas originales indican que si bien las líneas de cuadrículas podían influir en la colocación de varios objetos, no existían normas rígidas al respecto.

El artista competente era capaz de dibujar perfectamente a mano alzada, así que La Cuadrícula constituía una mera guía, útil, eso sí, e imprescindible en la ejecución de grandes figuras situadas a una altura considerable del suelo, incluso con ayuda de andamiaje, donde sería imposible retroceder lo suficiente para poder apreciar las proporciones correctamente.

ESCENAS FORMALES

Hasta aquí, sólo se han considerado figuras aisladas en relación con La Cuadrícula, pero muchas escenas están formadas por más de una figura. En algunos casos, todas son del mismo tamaño y postura; en otros, son de tamaño diferente.

En el primer caso, una misma cuadrícula se aplicaba para todas. En el segundo, no era así, y los restos aún visibles de éstas nos muestran cómo el artista acometía estas escenas.

En algunas ocasiones, una sola cuadrícula de tamaño apropiado a la figura mayor cubría toda la superficie; otras figuras más pequeñas se añadían sin ninguna relación aparente con las líneas de cuadrícula, con la excepción de una línea horizontal de la cuadrícula que actuaba de línea base. En otras escenas, se dibujaban otras cuadrículas complementarias de tamaños diferentes.

Aunque los principios de representación de la figura humana permanecieron sin cambios a través de los tiempos faraónicos, comparando ejemplos del arte de períodos diferentes se aprecia la existencia de diferencias de estilo.

Aunque el sistema de La Cuadrícula de dieciocho cuadrados proporcionaba al artista con una guía para establecer las proporciones corporales, no impuso ninguna serie de proporciones inalterables para todos los períodos.

Entre las figuras de un mismo monumento existían variaciones menores, pero aún se aprecian diferencias mayores dentro del sistema que claramente afectaban las proporciones de las figuras y, por lo tanto, al propio sistema.

Puesto que tales variaciones acababan haciéndose populares en épocas distintas, este hecho de alguna forma contribuía a la aparición de estilos propios dentro de una época determinada. Esto se puede demostrar analizando diferentes figuras de pie enmarcadas en cuadrículas de dieciocho cuadrados, y comparando los resultados. Las figuras del Imperio Antiguo pueden también analizarse sobre cuadrículas hipotéticas aunque no fuesen utilizadas en aquella época.

Vamos, pues, a acometer dicha tarea que nos llevará a cubrir el tema de la representación de las Figuras Mayores, ya que para la de las Figuras Menores se siguieron las mismas pautas, si bien el artista gozaba de mucha más libertad de expresión.

En cuanto al Arte Amarna, se creó un nuevo sistema de cuadrícula para acomodar así las nuevas proporciones de las figuras humanas, muy especialmente las de la familia real, pero los viejos Principios de Representación se siguieron manteniendo de forma inalterable a lo largo de todo el Período Amarna.

En las figuras de los Imperios Antiguo y Medio, la parte más estrecha de la espalda, el borde inferior de los glúteos y la parte superior de las rodillas normalmente se alineaban con las horizontales once, nueve y seis, respectivamente, como se puede apreciar en los dibujos del collage A,b,20 y D,a,26, que representan a Serenput II, de pie, Dinastía XII, en su tumba de Aswan, con los restos de la cuadrícula original continuados para que cubra toda la figura; y a Herunefer, de pie, Imperio Antiguo, en su tumba en Giza, con una hipotética cuadrícula de dieciocho cuadrados superpuesta.

Durante las Dinastías XVIII y XIX, la parte más estrecha de la espalda y el borde inferior de los glúteos, con frecuencia se subían una cuadrícula, mientras que la línea sexta, en vez de pasar por la parte superior de la rótula, podía pasar por la parte inferior, como se puede apreciar en el dibujo del collage D,b,26, que representa al rey Seti I, de pie, Dinastía XIX, en su templo de Abydos, con una hipotética cuadrícula de dieciocho cuadrados superpuesta.

En algunas figuras no reales de las Dinastías XIX y XX, la parte más estrecha de la espalda podía incluso pasar por la línea horizontal trece, produciendo así un torso superior corto y una parte inferior del cuerpo muy larga, como podemos apreciar en el dibujo del collage D,c,26, que representa a Wenennefer, Dinastía XIX, en su estela, con una hipotética cuadrícula de dieciocho cuadrados superpuesta.

En algunas figuras de la Dinastía XX, la sexta línea incluso pasa más abajo de la parte inferior de la rótula, por abajo del ligamento rotular, como se aprecia en el dibujo del collage D,d,26, que representa al dios Ptah-Tatjenen en la tumba del príncipe Amonhirkhopshef, en Tebas, con una hipotética cuadrícula de dieciocho cuadrados superpuesta, y cinco cuadrados que cubren el brazo y miden la distancia desde el hueso del codo a la punta de los dedos de la mano.

Al subir las alturas de la rodilla, glúteos y la parte más estrecha de la espalda, los artistas alargaban las piernas en relación con el torso, desarrollando así una representación de la figura humana más elegante.

Este estilo acabó desapareciendo hacia finales del Tercer Período Intermedio y la Dinastía XXV, iniciándose así un período de arcaísmo en el arte basado en los Imperios Antiguo y Medio. Se volvió de nuevo a los bajos niveles de la parte más estrecha de la espalda, de los glúteos y de la parte superior de la rodilla, como se puede apreciar en los dibujos del collage F,a,27 y F,b,27, que representan la figura del rey Iuput II Dinastía XXIII, de pie, en una placa; y la del rey Taharqa, Dinastía XXV, de pie, en el templo T de Kawa; ambas con una hipotética cuadrícula de dieciocho cuadrados superpuesta.

Y fue por esta época cuando se introdujo el nuevo sistema de cuadrícula que continuó usándose hasta finales del Período Greco-Romano. Durante este tiempo, la influencia griega hizo evolucionar un nuevo estilo en el que las figuras se redondean ofreciendo una apariencia más voluptuosa.

Y termino así con el tópico de la cuadrícula y su importancia dentro de lo que representa la representación en el arte egipcio.

Su relación con las Figuras Menores y con el Arte Amarna sólo se ha mencionado de pasada, y no se ha entrado en el capítulo relativo a los Principios de Representación, de enorme importancia para comprender la filosofía que rodea el Arte Egipcio. Tampoco hemos cubierto lo relativo a materiales y técnicas.

Aún así, y puesto que yo sí los tengo leídos y asimilados, me quiero permitir la licencia de hacer una reflexión final, a modo de conclusión, sobre el conjunto de la obra, identificándome así con la de su autora, con la que pondré fin a mi aportación.

REFLEXIÓN

A través de las páginas de este libro se puede apreciar cómo el artista acometía la composición aplicando unos principios que difieren totalmente de los criterios inherentes al arte occidental.

Él veía la superficie sobre la que iba a trabajar como un área bidimensional sin profundidad, sin fondo, en la que distribuía su material mediante registros horizontales, sin relación espacial ni temporal alguna, aplicando un sistema de escala que utilizaba para calibrar la relativa importancia o categoría de las figuras representadas.

Los objetos, incluidas las partes relevantes del cuerpo humano, se simbolizaban por su aspecto más impactante. En el arte religioso, el propósito era crear un mundo idealizado, formal e inalterable para los dioses y para el difunto; en consecuencia, un mundo estático.

A la hora de acometer temas más mundanos, el artista podía generar escenas plenas de movimiento y vitalidad. La representación de la figura humana no se tomaba directamente de la vida misma sino que se utilizaban diversos artilugios para reunir las partes individuales del cuerpo y crear con ellas un único esquema de composición.

Aunque la figura resultante no se pueda comparar directamente con la realidad, lo sorprendente es que “funciona”; es decir que, a pesar de las distorsiones, es expresiva; se capta de inmediato.

La estilización no excluye la sensación de movimiento cuando es apropiado; su ausencia en los templos y tumbas formales se debe al contexto, no a falta de maestría.

Como en cualquier otra profesión, todos los artistas no ostentaban el mismo nivel profesional. Por otra parte, existieron períodos de decadencia artística general, como sucedió durante los períodos Intermedio Primero e Intermedio Segundo.

En otras épocas, a los mejores artistas se les empleaba en proyectos reales, o en trabajos para altos cargos. Los menos favorecidos económicamente, o los patrones de provincia, a veces tenían que contentarse con productos mediocres o de muy baja calidad. En estos casos, el “bien hacer” con frecuencia desaparecía, de manera que la composición perdía equilibrio al ser sus elementos internos colocados al azar; incluso se llegó a un total abandono y desdén por las líneas de registro.

Algunas figuras individuales con frecuencia presentan unas proporciones incorrectas, una delineación inepta, y una pobre ejecución del relieve.

Ante estas espontáneas y resumidas reflexiones, es posible que el lector se sienta animado a considerar, durante una posible visita a Egipto, o a museos o colecciones egipcias, hasta qué punto una pieza determinada alcanza las cotas de calidad y logros de los mejores artistas, o se queda bien corta de ellos.


Rafael Canales

En Benalmádena-Costa a 16 de marzo de 2009.

Bibliografía:

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