viernes, 16 de marzo de 2012

El Imperio Tardío (664-332 a.C.) 1/2.- Dinastía Saíta


Pectoral de oro de un halcón en vuelo. Egypt, Período Tardío, posterior al año a 600 a.C. taraceado con vidrio multicolor (Pinchar)

Pectorals first appear in royal burials of the Middle Kingdom (about 2.040-1.750 BC), but are known from wall decoration of the Old Kingdom (about 2.613-2.160 BC). They are usually made of precious metal, inlaid with semi-precious stone or coloured glass. Pectorals were often placed on the chest of the mummy. Twenty-six pectorals were found in the tomb of Tutankhamun. Some were placed on his body, while others were found in one of the Anubis shrines and chests. Many pieces were worn during life as they show signs of wear.
The decoration of pectorals was often associated with kingship, and with the protection of the gods. Symbols for eternity, life and protection are also often included. Falcons with outstretched wings were a popular motif. Their form allowed for elaborate and colourful inlays. The falcon was associated with the sun god, and with theba. Theba was the element of an individual which is close to what we would call the 'personality'. The ba, represented by a bird, usually with a human head, was believed to stay close to the body.

A modo de preámbulo ex profeso

Con esta “Hoja Suelta” vamos a iniciar el Capítulo 13 de la tantas veces reiterada obra “The Oxford History of Ancient Egypt”, publicada por Oxford University Press en 2000 y editada por el prestigioso Profesor Ian Shaw, de la Universidad de Liverpool. Este capítulo, como el resto de los quince de que se compone la obra original, describe y analiza, como viene siendo la pauta, una fase particular de la Historia del Antiguo Egipto – en este caso, El Imperio Tardío - más allá de las actividades de los faraones, gobiernos y altos argos a través de siglos; el análisis, como ya se comentó al inicio de este Proyecto, va más allá de los cambios políticos; pretende, y lo consigue con profesionalidad y brillantez,  detectar, ahondar, explicar y a veces justificar, los sucesivos desarrollos y su posterior evolución; el proceso de los cambios religiosos e ideológicos; así como las tendencias de la cultura del material, ya fuesen culturales en forma de estilos arquitectónicos, técnicas, momificación, o la propia cerámica.

Esta vez, como de costumbre, vamos a contar con la valiosa mano directora del propio autor del ensayo original en cuestión, en lengua inglesa, Doctor Alan B. Lloyd. El Profesor Allan B. Lloyd fue Presidente de la prestigiosa Egypt Exploration Society (EES) de 1.994 a 2.007, y Vicepresidente hasta su elección como Presidente de AGM el 10 de diciembre de 2.011. Su autoridad como profesional viene respaldada no sólo por su evidente y destacable preparación académica, sino por sus numerosas excavaciones en las que ha participado, y por su reconocida autoridad en los escritos del historiador Herodoto  así como por su extenso y envidiable record de publicaciones.

Estamos deseando, pues, iniciar el recorrido que nos espera de la mano, de nuevo, de un erudito de su talla. Nuestra labor se va a limitar, como se ha reiterado en contadas ocasionas, a producir una fiel transcripción del texto original en inglés, intercalando o añadiendo opiniones, reflexiones, aclaraciones e innovaciones, si procede, en un estilo literario propio que aporte fluidez y sencillez dialéctica que suavice la comprensión del lector de un texto denso y abigarrado, con largos párrafos, escasez de puntos y comas, y a veces reiterativos o repetitivos actos que le pueden resultar tediosos.

Cada ensayo va encabezado de una ilustración gráfica procedente de la Base de Datos del Museo Británico, normalmente representando un objeto relacionado con el tema a tratar que suelo presentar como encabezamiento de la leyenda explicativa manteniendo el texto en su versión original en lengua inglesa.

Introducción

El Perído Tardío, caracterizado por la sucesión de gobiernos autóctonos y dominaciones extranjeras, abarca las últimas dinastías del Egipto faraónico, hasta la conquista de Alejandro Magno en el año 332 a. C., que marcó la pérdida definitiva de la autonomía política del país.

Los egiptólogos han tratado, generalmente, este período con cierta reticencia o indiferencia, considerándolo todo él, con demasiada frecuencia, como el último vacío de lo que una vez fue una gran cultura. Dichas posturas han devaluado el histórico logro de estos siglos, así como la impresionante vitalidad que la civilización faraónica continuó exhibiendo. El estudiante de esta era goza también de una ventaja única. Para los períodos anteriores, tenemos que fiarnos mayoritaria o exclusivamente en evidencias egipcias, con todas sus inherentes distorsiones, pero los historiadores del Período Tardío disponen de un campo más amplio de evidencia escrita, que pone a su disposición un potencial sin parangón para las consultas de referencias cruzadas, y que ofrece una perspectiva interna de los trabajos realizados por las instituciones políticas y militares, desprovista de ese barniz propagandístico que, invariablemente, cubre las narrativas históricas redactadas por los nativos escribas egipcios.

Los siglos que se van a tratar se desglosan en cuatro fases bien definidas: la Dinastía Saíta (664-525 a.C.); la Primera Ocupación Persa (525-404 a.C.; un período de independencia (404-343); y la Segunda Ocupación Persa (343-332 a.C.).

Dinastía Saíta: El Resurgir del Poder de Egipto

La reunificación saíta en Egipto a mediados de 650 a.C. trastocó una tendencia de larga duración de la historia del país en cuanto que la totalidad de todos los precedentes recientes apuntaban de forma imperativa a la progresiva fragmentación interrumpida por alternativos turnos de dominación extranjera. Los años que siguieron al final de la Dinastía XX habían traído la desintegración del reino bajo presiones diversas: la debilidad de los últimos gobernantes ramésidas provocó el colapso del gobierno centralizado; el desarrollo del poder del sacerdocio de Amón-Ra en Tebas creó un rival formidable de la autoridad real; y la infiltración en el país de los libios llevó rápidamente a su ascensión en la jerarquía social y política.

No sorprende, pues, que vigorosos principitos libios experimentasen pocas dificultades en poner sus manos en puestos reales creando así una secuencia de dinastías de variada eficiencia. Más adelante, la enmarañada red de la Dinastía XXV – caracterizada por la intermitente dominación nubia – cubriría buena parte de los 100 años. Aunque la Dinastía XXV empezó bien, acabaría con el país sufriendo de forma severa las invasiones de los asirios de 671 y 663 a.C.

El fundador de la Dinastía XXVI, heredero de este legado, tuvo que enfrentarse  a problemas serios: el antiguo ideal egipcio de un reino unificado se había visto erosionado por la rivalidad de bloques de poder opositores en forma del sacerdocio de Tebas y las dinastías libias; esta difusión del poder generó una economía débil y fue, a la vez, agravada por ello; y, finalmente, la ambición de los enemigos asiáticos y reyes nubios de recuperar el control de Egipto suponía una constante amenaza exterior. Cualquier intento de recrear un estado egipcio poderoso y unificado dependía de la erradicación, o al menos neutralización, de dichos factores. En esto, la Dinastía XXVI tuvo un gran éxito, coronado con nada menos que el resurgimiento de Egipto como un destacado poder internacional.


El crédito por la reunificación de Egipto recae en Psamtek I (664-610 a.C.) cuyo padre, Nekau I (672-656 a.C.), había gobernado previamente en Sais bajo protección asiria y en sus esfuerzos habría sido muerto por el rey nubio Tanutamani (664-656 a.C.) en 664 a. C. Psamtek sucedió a la posición de su padre con el apoyo asirio, controlando inicialmente alrededor de la mitad del Delta con sus más destacados centros de poder en Sais, Menfis, y Anubis, así como estrechos vínculos religiosos con Buto. Los asirios, evidentemente, veían esta evolución como una continuación del viejo sistema de autoridad a través de los príncipes locales, pero las arenas se le escapaban rápidamente a dicho poder como lo hizo Nínive para Egipto.

Considerando los acuciantes compromisos en otros lugares del Imperio, los asirios simplemente carecían de la fortaleza militar para mantener su posición tan al norte de forma indefinida. Con una perspicacia estratégica típicamente saíta, no tomó Psamtek el tiempo suficiente para explotar esta situación así que las relaciones con Asiria tomaron un curso diferente, y hacia 658 a.C. le vemos recibiendo ayuda de Gyges de Lydia emancipándose así él mismo del control asirio, episodio que puede muy bien estar conectado con la tradición de Herodoto de que Psamtek empleó mercenarios carianos e ionianos en sus intentos de reforzar y extender su autoridad. Además del poder militar, nuestras fuentes destacan otra dimensión más de su estrategia: reforzar su base económica mediante el desarrollo de lazos comerciales con los griegos y fenicios. Evidentemente, este formidable gobernante comprendió que todo poder tiene que estar basado en una tesorería sólida.


Para 660 a.C., Psamtek tenía ya el control de la totalidad del Delta, y desde esta potente base militar pudo ganarse la autoridad del resto del país para 656 a.C.; principalmente, según parece, por medios diplomáticos si bien las ruedas de la diplomacia estaban bien lubricadas ante la disponibilidad de una substanciosa fuerza militar bien equipada de mercenarios extranjeros de cuestionables escrupulosos. También se benefició substanciosamente de la docilidad de los bien afinados príncipes locales tales como los patrones de buques mercantes de Heracleópolis Magna y Mentuemhat de Tebas, quienes rápidamente se percataron de las ventajas de alcanzar un arreglo.




Por lo menos igual de agobiante era el problema de conseguir el control del poderoso sacerdocio de Amón-Ra en Tebas que había sido un factor importante en el debilitamiento papel decisivo de la autoridad real desde finales del Imperio Nuevo. En esto se dio un paso clave para resolver este conflicto cuando Psamtek decidió que se designase a su hija Nitiqret como heredera de la “esposa divina de Amón” con lo que se inició un proceso encaminado a que el mayor depósito de poder eclesiástico del sur estuviese en manos de la dinastía.

El poder “obtenido” es una cosa; el poder “mantenido” es otra diferente. Pero el proceso de consolidación se llevaríadesarrollaría con un éxito triunfal. Gran parte de la contribución la aportaron los mercenarios, que habrían jugado un papel decisivo en la conquista del poder. Nuestra documentación enfatiza mucho los de origen griego y cariano, pero se tiene también noticias de judíos, fenicios, y, es posible que beduinos Shasu.

N.B. Shasu es la palabra egipcia para d(esignar a los nómadas que surgieron en Oriente Medio, del siglo XV a. C. al Tercer Peródo Intermedio. El nombre evolucionó de una transcripción de la palabra egipcia š3 su, que significa “los que se mueven a pie”, y es el término para designar a los beduinos vagabundos.

Estas tropas tenían dos funciones. En primer lugar, se las consideraba como garantes de la seguridad de Egipto ante un ataque desde el exterior de cara a una serie de enemigos, inicialmente asirios y después caldeos (babilonios) y persas. No obstante, sin duda alguna, ellos también constituían un contrapeso dentro del país del poder de los machimoi, la clase de los guerreros egipcios nativos que eran, en origen, libios, y suponían una seria amenaza interna en potencia para la autoridad real.

Herodoto nos informa que se establecieron stratopeda (campos) entre Bubastis y el mar en el brazo pelusíaco del Nilo. Él afirma que estos campos se fueron ocupando sin parar durante más de un siglo y los mercenarios fueron trasladados a Menfis al principio del reinado de Ahmose II (570-526 a.C.), pero la evidencia arqueológica presenta un cuadro algo más complejo. En Tell Defenna (la Daphnae griega), el faraón identificado más antiguo es ciertamente Psamtek I, pero la vasta mayoría del material data del tiempo de Ahmose II – es decir, la divulgación contradice la tradición de herodotiana.

También sabemos de otro campo a 20 km. De Daphnae, un poco hacia el sur de Pelusium, donde se han encontrado en gran cantidad cerámica del siglo sexto. La más plausible explicación a la contradicción entre nuestra biblioteca y la evidencia arqueológica es que las tropas fueron retiradas del campo a principios del reinado de Ahmose a consecuencia de una reacción anti griega (Ver más adelante), pero vueltas a enviar más tarde para contrarrestar la creciente amenaza de Persia. En cuanto a su incorporación al ejército egipcio, la famosa inscripción griega en la pierna de los de Abu Simbel, así como la práctica posterior, indica que los mercenarios, bajo mando egipcio, formaban uno de los dos cuerpos del ejército cuyo Comandante Supremo era también egipcio. Hay que mencionar que estas tropas no eran siempre de confianza, y existe evidencia de una revuelta de mercenarios en Elefantina durante el reinado de Apries (589-570 a.C.).

El trabajo de Petrie en Tell Defenna ha proporcionado un cuadro vívido y probablemente típico del carácter de las bases permanentes de dichas tropas en el período saíta. El emplazamiento está situado en una extensa llanura cubierta de cerámica y dominada por los restos de una plataforma de ladrillo y barro construida según el principio estándar de panales consistente en casas matas, muchas de ellas rellenas de arena. Se estimó que la altura original rondaría los 30 pies (unos 10 metros), y él creía que habría sido coronado de un fuerte.

Esta estructura que,  sin duda la construyó Psamtek I, parece haber funcionado como un torreón dentro de un recinto delimitado por un masivo muro oblongo de ladrillo y barro, que para los tiempos de Petrie estaba ya erosionado a ras del suelo. Fuera del muro, se extendía el asentamiento civil, normalmente hacia el este. La excavación produjo una importante cantidad de equipo de la infantería griega, pero el lugar también era una base naval de la que podía operar galeras de guerra de estilo griego, situación que reflejaba el importante rol de los mercenarios en la Armada Egipcia.

No sorprende que la preferencia demostrada hacia estas tropas extranjeras estuvo lejos de ser bienvenida por los machmoi. Según Herodoto, un grupo de ellos se amotinó y se retiró de Egipto a un lugar que pudo haber estado en alguna parte en la vecindad del Nilo Azul y en el área de Gezira, cerca de Omdurman, si se puede confiar en sus datos topográfica. Para los tiempos de Apries, las cosas se habían empeorado aún más y eventualmente alcanzarían un nivel desastroso cuando vemos al monarca barrido del Trono por un contragolpe machimoi contra la posición de privilegio de griegos y carianos dentro del estamento militar. La chispa que encendió el polvorín fue una derrota desastrosa sufrida por una fuerza de  machimoi enviada contra la ciudad griega de Cyrene, que ofreció la oportunidad a Ahmose de usar estas tropas para vencer a los mercenarios de Apries en Momemphis, en 570 a.C. y usurpó el Trono para Egipto.

La economía era igualmente un foco de la política saíta en la reconstrucción de Egipto. La base de una economía sólida en el país era, como siempre lo había sido, una agricultura fuerte, y para los tiempos de Ahmose había crecido a un nivel de éxito espectacular. Herodoto (2.177.1) comenta: “Se cuenta, que fue durante el reinado de Ahmose II Egipto alcanzó su nivel más alto de prosperidad, tanto con respecto a lo que el río dio a la tierra, como lo que la tierra ofreció a los hombres, y que el número de ciudades habitadas en ese período alcanzaría un total de 20.000.


También se fomentó en gran manera el comercio. En nuestras fuentes textuales, las relaciones con los griegos jugaron un papel importante, si bien habría que recordar que la mayoría de los textos son griegos. En cuanto al propio Egipto, sabemos de centros de comercio como “El Muro de los Milesianos”, e “islas” que llevaban nombres como Éfeso, Chios, Lesbos, Chipre, y Samos, pero su relación precisa con la Corona u otros centros dentro del país no es clara al principio del período.

(N.B. Los Milesianos de la civilización helénica eran los habitantes de Mileto, ciudad de la provincia de Anatolia, la actual Turquía, cerca de la costa del Mar Mediterráneo, en la desembocadura del Río Büyük Menderes, en Turquía. Colonos procedentes de Creta llegaron de Mileto hacia el siglo XVI a.C. Para el siglo VI, Mileto se habría convertido ya en un imperio marítimo, y los Milesianos se esparcirían por toda Turquía, llegando incluso a lugares tan remotos como Crimea, fundando nuevas colonias).

No obstante, con mucho, el centro de comercio mejor documentado es Naukratis, ubicado en el ramal canope del Nilo, no lejos de la capital, Sais, y dotado de excelentes comunicaciones para el comercio tanto exterior como interior. Aunque la ciudad fue fundada por los Milesianos a mediados o finales del siglo VII a.C., miembros de otras ciudades de la Grecia Oriental también llegarían a establecerse en el lugar, así como comerciantes del estado isleño of Aegina en el Golfo Sarónico (o Golfo de Egina), al sur de Atenas. Las excavaciones han revelado una serie de recintos sagrados dedicados a cultos griegos, una fábrica para la producción de escarabeos para la exportación, y una plataforma de panales típicos del Período Tardío comparable con el de Tell Defenna, que pudo haber tenido un fin militar pero igual pudo haber tenido funciones tanto civiles como administrativas.






Es difícil determinar hasta qué punto el comercio estuvo regulado durante los primeros años de la fundación. Puede ser que desde el propio inicio el modelo de Mirgissa en Nubia durante el Imperio Medio lo estuviese. Este sistema se describe en forma resumida en la estela del octavo año de reinado de Senusret III, como sigue:

“La frontera sur, hecha en el octavo año bajo su majestad el Faraón del Alto y Bajo Egipto Khakaure (que viva eternamente) con el fin de prevenir el paso de cualquier nubio que viaje al norte por tierra o en una barca kai así como cualquier ganado propiedad de nubios, con la excepción de un nubio que venga a traficar a Mirgissa o en una misión, o para cualquier otro asunto que se pueda tratar legalmente con ellos; pero estará prohibido para siempre que cualquier barca kai de los nubios pasen hacia el norte más allá de Semna”.

De haber sido así, no hay duda de que Naukratis se convirtió en el canal a través del cual la totalidad del comercio griego tenía que fluir desde aproximadamente 570 a.C.

No obstante, hay evidencia de incluso de extenuados esfuerzos para promocionar el comercio; Se sabe, que Nekau II (610-595 a.C.) desde un principio comenzó a construir un canal que corría desde El Nilo al Mar Rojo, actividad que sin duda indica un resurgimiento de la actividad económica en la zona del Mar Rojo, que había supuesto un importante foco de interés comercial en dinastías anteriores. También parece razonable considerar la imposible narrativa herodotiana de una circunvalación de África instigada por Nekau II como otra reflexión de interés en este tiempo.

Por muy impresionante e incluso espectacular que estas medidas puedan haber sido, no podemos perder de vista del simple hecho de que grandes batallones y una exuberante tesorería nunca puede ser la base de un poder duradero. Siempre tiene que haber un apuntalamiento ideológico que sea aceptable para el pueblo súbdito. En Egipto, la base para ello siempre había sido el concepto de realeza divina que asignaba al faraón un rol claramente definido y universalmente aceptado, no sólo en el gobierno del reino pero en el actual mantenimiento del propio Cosmos. Esta agenda tenía que ser aceptada y rigurosamente observada; para llegar a ser un faraón legítimo era esencial actuar legítimamente. Yo hecho un desglose de este ideal faraónico en otra parte como sigue:

“Los elementos básicos son: el faraón asciende al Trono como Horus, campeón del orden cósmico (maat) y vence a las fuerzas de la oscuridad; desarrollando este rol, él mide el bienestar de Egipto en términos económicos organizando el sistema de riego, y en términos militares manteniendo sus fuerzas armadas y derrotando a sus enemigos extranjeros; la pax deorum (la paz de los dioses) se asegura supliendo todas las necesidades de los templos y construyendo monumentos,  tanto para los dioses como para sí mismo (estatúas e instalaciones mortuorias); se harán expediciones a Punt, Sinaí y otras fuentes económicas de materia prima, y en el curso de estas operaciones los dioses darán su aprobación al faraón mediante el biayt, (maravillas), que puede consistir en un claro éxito de la campaña y en algunas señales o presagios que los dioses decidan proporcionar. El resultado de todo esto será larga vida para el faraón y el cumplimiento de la voluntad de los dioses en el establecimiento del orden cósmico en la Tierra (Libro de Herodoto   II. Comentario 2.16-17). 

Psamtek I sale bien parado aquí, pero, a la vez, cargado con una enorme responsabilidad. Él, acometió uno de los roles más críticos de la realeza, vestir el manto de Menes y Mentuhotep II unificando el país y restaurando el orden correcto de las cosas, y el estado del ser humano que los egipcios llaman maat. Esto emerge con claridad cristalina al principio de la conservada sección de la Estela de Adopción de Nitiqret, la inscripción real más larga de su reinado que ha sobrevivido:

(1) Yo, [Psamtek] he actuado para él como debería hacerse para mi padre. (2) Yo soy su primogénito, uno hecho próspero por el padre de los dioses, uno que lleva a cabo los rituales de los dioses; él lo engendró para sí mismo, para satisfacer su corazón. Para que sea la “esposa del dios” le he dado mi hija, y la he dotado más generosamente que a aquellos que estaban antes que ella. Sin duda él estará satisfecho con su adoración y protegerá la tierra de (3) aquel que se la dio a ella para él… Y no haré justo aquella cosa que no deba hacer, ni expulsar a un heredero de su asiento en tanto y en cuanto yo soy un rey que ama la verdad  (4) – siendo la mentira mi mayor abominación – el hijo y protector de su padre, que toma la herencia de Geb, y une las dos partes cuando aún era joven." (ll.1-4).






Esta devoción a los dioses no puede limitarse a una declaración de intenciones. Ambos Psamtek y sus sucesores  abordaron obras arquitectónicas en instalaciones sagradas a fin de expresar su devoción y mantener la buena disposición y la ayuda de los dioses. Los edificios de Sais están mal conservados en el registro arquitectónico, hasta cierto punto porque se construyeron en el Delta donde las condiciones de supervivencia son mucho menos favorables que en el Alto Egipto. Aún así, suficiente información se ha conservado por Herodoto, inscripciones, y los fragmentos de edificios para demostrar que los gobernantes saítas hicieron todo lo que pudieron para rellenar esta parte de la agenda de la realeza.

Se sostiene que Psametek I construyó el pilono sur del templo de Ptah en Menfis y que también construyó en nombre del toro Apis en la misma capilla; a su sucesor Nekau II se le reconoce responsable de monumentos en honor a Apis en la misma ciudad, y hay inscripciones que evidencian sus esfuerzos en las canteras de caliza en las Colinas de Mokattam, donde Psamtek II (595-589) también nos ha dejado señales de trabajos en canteras. Ahmose II fue extremadamente activo en Sais, hogar de la dinastía, donde levantó un pilono para el Templo de Neith, levanto estatúas colosales, e hizo construir esfinges con cabezas humanas para un pasillo procesional.

En efecto, la evidencia nos deja con una poderosa impresión del esplendor eclesiástico de la ciudad en el Período Tardío que debió deberse mucho al trabajo de los faraones saítas. El principal foco era el recinto sagrado de Neith, que contenía el principal centro de culto (La Mansión de Neith) y provisión para una pléyade de dioses asociados (Osiris, Horus, Sobek, Atón, Amón, Bastet, Isis, Nekhbet, Wadjet, y Hathor). Hubo, en particular, un lugar de enterramiento de Osiris y un lago sagrado en el que se celebraba el Festival de la Resurrección de Osiris, y un lugar ricamente embellecido con elementos tales como obeliscos de los que las tristes ruines de Sais dan hoy pocas pistas.

La ciudad de Sais era, no obstante, sólo la antesala de la generosidad de la Dinastía XXVI. Nos llega también, por ejemplo, que Ahmose levantó colosos en Menfis (dos de granito), construyó un templo a Isis en la misma ciudad, y que emprendió trabajos en Philae, Elefantina, Nebesha, Abydos, y en los oasis, a la vez que hizo contribuciones en construcciones más antiguas en muchos otros lugares, incluido Karnak, Mendes, la zona Tanta, Tell el-Maskhuta, Benha, Sohag, el-Mansha, y Edfu. Esta intensa actividad de construcción se revela en las inscripciones de Tura y Elefantina.

La ideología de la realeza no sólo abarca el mundo de los vivos sino que también da al faraón una función crítica más allá de la tumba: el rey viviente es a encarnación de Horus y gobierna a los vivos; el faraón fallecido es Osiris, rey de los muertos, pero, a la vez, puesto que Osiris en este contexto estaba asimilado a Ra, el faraón esperaba participar en el ciclo de la acción cósmica. Con el fin de propulsar al faraón más allá de la tumba y mantenerle allí, se creó un elaborado programa de ritual, cuyas ilustraciones más espectaculares que han sobrevivido son las pirámides de los reinados de los imperios Antiguo y Medio y las tumbas del Imperio Nuevo en el Valle de los Reyes con y las responsabilidades que conllevan sus templos de culto.

Los gobernantes de la Dinastía XXVI no construyeron monumentos funerarios tan espectaculares como estos pero operaron de forma firme dentro de la tradición del Período Tardío. Desde finales del Imperio Nuevo, los faraones habrían sido enterrados en tumbas con capilla en el patio de los templos, en parte, sin duda, por razones de seguridad, pero posiblemente también como reflexión de un sentido de dependencia y devoción hacia las deidades en cuestión. Siguiendo esta práctica, los faraones de la Dinastía XXVI eran enterrados en tumbas con capilla en el patio del templo de Neith en Sais.

Ninguna de estas estructuras ha sobrevivido, pero no hay dificultad alguna en reconstruirlas por la descripción de Herodoto y obvios paralelismos antiguos en Medinet Habu and Tanis. Consistían en dos elementos: sobre el terreno, se construía una capilla mortuoria a la que se tenía acceso a través de una doble puerta desde un pórtico de columnas. Los muros de esta estructura estaban probablemente decorados con esculturas en relieve pintadas, relacionadas con el culto mortuorio del fallecido rey que se celebraba en la capilla. Debajo, estaba la cámara de enterramiento que contenía el sarcófago real, y, probablemente, éste también iba decorado. Y a juzgar por los precedentes en Tanite los objetos de la tumba habrían sido restringidos pero con toda certeza incluían los tradicionales shabtis reales y los vasos canopes.

Hasta ahora, en este capítulo nos hemos concentrado ampliamente en las políticas saítas y las acciones dentro de Egipto, pero, dada la nefasta historia de recurrentes invasiones en la Dinastía XXV, no podemos estar muy equivocados en asumir que el mayor asunto para los gobernantes de este período fue la tarea de mantener las fronteras de Egipto libres de invasores de ultramar. La zona más crítica era Asia, donde inicialmente el problema era la defensa de la frontera de Egipto contra una posible renovación de los intentos asirios de conseguir el control de Egipto, pero dificultades mucho más cercanas a su patria no hicieron posible que lo consiguieran.

Mientras la evidencia de actividad militar egipcia en esta etapa está lejos de ser copiosa, las operaciones de Psamtek tuvieron claramente un considerable éxito, a pesar de la adversidad de una multitudinaria invasión del Cercano Oriente hacia 630 a.C. por bárbaros cimerios - pueblo de las estepas de origen indoeuropeo que atacó a los reinos del creciente fértil en torno al siglo VIII a.C. - que él contrarrestó con el eminentemente sensato recurso del soborno. Sabemos de un exitoso, si bien prolongado, asedio de Ashdod (probablemente hacia 655-630 a.C.), y, más avanzado en su reinado, encontramos fuerzas egipcias operando en Asia, incluso en lugares más lejanos que  en los agitados días de los gobernantes de la Dinastía XVIII Tutmosis I y III.

N.B. El Creciente Fértil es una región histórica que se corresponde con parte de los territorios del Antiguo Egipto, el Levante mediterráneo, Mesopotamia y Persia. Se considera que fue el lugar donde se originó la Revolución neolítica en Occidente. El término fue acuñado por el arqueólogo James Henry Breasted (Universidad de Chicago) por la forma de Luna creciente del área geográfica referida.

Este asombroso fenómeno fue consecuencia de la doble amenaza a la propia existencia de Asiria planteada, por una parte por el levantamiento de los caldeos al sur de Irak, y por otra, por la creciente amenaza de Media al este de Irán. Esto condujo de forma muy rápida a un cambio radical de opinión con relación a Egipto en forma de una alianza entre las dos naciones como resultado de la cual encontramos a las fuerzas egipcias operando dentro del propio Irak en 616 a.C. De aquí en adelante, hasta las últimas décadas de la Dinastía XVI, serían los caldeos los mayores enemigos de Egipto.

El sucesor de Psamtek, Nekau II, continuó la política paterna en el norte. En un principio, las cosas marcharon bien, y de nuevo nos confrontamos con el espectáculo de tropas egipcias haciendo campañas en al este del Éufrates contra los caldeos, derrotando en passant a Josías de Judea en 609 a.C.






N.B. In Passing. Del francés in passing, es un movimiento de estrategia en el tablero de ajedrez (Brace 1977) que consiste en la captura especial de un peón que ocurre cuando un jugador mueve un peón dos cuadrados hacia delante desde su posición de salida, y un peón enemigo podía haberlo capturado si sólo se hubiese movido un cuadrado hacia adelante.

El resultado fue que los egipcios pudieron establecerse ellos en el Éufrates durante un corto tiempo, pero esta posición pronto se perdería en 605 a.C. a consecuencia de su catastrófico revés en Carchemish, al que siguió una brusca retirada a la frontera este de Egipto. Los egipcios mantuvieron a los caldeos a raya, y en esta ocasión la frontera no fue violada.

Parece que habría habido una ligera recuperación durante el reinado de Psamtek II quien, en efecto, fue capaz de montar algún tipo de expedición a Palestina durante el cuarto año de su reinado. Además, su diplomacia ayudó a fomentar una revuelta general levantina contra los babilonios que involucró, entre otros, a Sedequías (último de los reyes del Reino de Judá). Herodoto deja bien claro que las incursiones en el Oriente Próximo de estos gobernantes, bajo ningún concepto estaban totalmente orientadas hacia las tierras, indicando que Nekau construyó una flota de galeras de choque para la guerra, que podían haber sido una anterior versión del trirreme y que algunos de ellos se utilizaron en el Mediterráneo y otros en el Mar Rojo. Por supuesto que pudo ser que el abortado canal del Mar Rojo tuviese como objetivo facilitar el traslado de fuerzas navales desde el Mar Rojo al Mediterráneo, cuando las circunstancias así lo requiriesen.

N.B. El trirreme (en griego τριήρης/triếrês en singular, τριήρεις en plural) era una nave de guerra inventada probablemente en el siglo VII a.C., desarrollada a partir del pentecontero. Más corto que su predecesor, era un barco con una vela, que contaba con tres bancos de remeros superpuestos a distinto nivel en cada flanco, de ahí su nombre.
     
Ap Apries se dedicó personalmente con ahínco al problema caldeo. Inicialmente se embarcó en operaciones a gran escala contra los caldeos conjuntamente con las ciudades fenicias y con Sedequías de Judá. Estas actividades les llevaron al desastre y posiblemente a la invasión de Egipto hacia finales de 580 a.C. De aquí que se organizase una serie campañas estratégicamente bien concebidas contra Chipre  y Fenicia (hacia 574-570 a.C. en las que se hizo un buen uso de la flota. Ahmose II, que sucedió a Apries, no fue nada excepto afortunado.


Fue capaz de derrotar una invasión caldea de Egipto en el cuarto año de su reinado y después de esto los caldeos tenían suficientes problemas dentro de su imperio para mantenerlos totalmente ocupados durante el período inicial de su reinado. A su debido tiempo, sin embargo, tuvo que enfrentarse a un enemigo mucho más peligroso creado por el desarrollo de Persia bajo Ciro el Grande, que ascendió al Trono en 559 a.C. Para resolver esta amenaza se crearía una gran alianza de naciones amenazadas que se componía de Egipto, Croesus de Lydia, Esparta, y los caldeos.

Con su consumada habilidad estratégica, Ciro noqueó el vínculo entre los dispersos aliados destruyendo Lydia en 546 a.C. Entonces, se volvió contra los caldeos y tomó su capital Babilonia en 538 a.C., dejando a Ahmose sin ningún destacado aliado en el Cercano Oriente. Ahmose reaccionó desarrollando una política de cultivo e estrechas relaciones con los estados griegos para reforzar su mano contra la inminente embestida, y de nuevo tuvo suerte. Falleció en 526 a.C. antes de que la tormenta rompiese, dejando a su hijo Psamtek III (526-525 a.C.) para que se enfrentase al asalto Aqueménido.

El sur no suponía una amenaza tan aguda como la del norte, pero a los nubios no se les podía olvidar, y menos porque aún no habían desistido de su ambición de gobernar Egipto. No hay evidencia firme de ninguna acción militar contra ellos en el reinado de Psamtek I, en realidad la Estela de Adopción de Nitiqret sugiere que él estaba dispuesto a olvidar sus diferencias  con los nubios que incluía la muerte de su padre en la batalla contra ellos, y que adoptó una política de reconciliación. Esta postura pudo haber persistido hasta el final de su reinado, pero deberíamos cautelosos de asumir demasiado, dada la altamente defectuosa naturaleza de nuestra evidencia.

La situación era ciertamente diferente en el reino de Nekau, quien en alguna fecha indefinible se vio forzado a poner su atención a lo que un fragmentado texto indica que fue una rebelión en Nubia; pero con mucho el compromiso militar saíta mejor conocido es el de Psamtek II, que envió una gran expedición en el tercer año de su reinado. Esta operación, que fue designada para prevenir un asalto nubio sobre Egipto, pare que llevaría al ejército egipcio po lo menos hasta la 4ª Catarata del Nilo. Parece que habría sido un éxito, no sabemos más en la dinastía de operaciones militares importantes en el sur, si bien un papiro demótico del reinado de Ahmose II describe al faraón como enviando una pequeña expedición a Nubia, cuyo carácter no está claro, y hay evidencia arqueológica de una guarnición egipcia en Dorginarti en la Baja Nubia durante los períodos saíta y persa. 


Las relaciones con los libios no fueron buenas de una forma consisten durante la dinastía saíta. La Estela de Saqqara del onceavo año del reinado de Psamtek I, a pesar de su dañado estado, proporciona evidencia de que tuvo problemas con las tribus libias en el oeste. Al parecer las derrotó y no tuvo problemas en adelante; ¡Muy al contrario! Nos encontramos con que hacia 571 a.C. los libios pedirían ayuda egipcia para tratar la política expansionista de Cirene, colonia griega que se habría sido fundada en su territorio hacia 630 a.C.

A finales del reinado de Apries, esta ciudad se embarcó en un programa de expansión que los llevaría a colisionar con los intereses egipcios, y en la consiguiente guerra Egipto fue derrotado de forma catastrófica. Ahmose II adoptó una postura diferente ante el problema con Cirene. Ya en 567 a.C. lo vemos formando una alianza con ellos contra los caldeos, y esta diplomática relación se vio cimentada con su matrimonio con una ciudadana de Cirene, citada en algunas fuentes de Herodoto que, muy posiblemente, sería una princesa. Esta alianza pasó la prueba del tiempo sorprendentemente bien, y permanecería así hasta en tiempos de la invasión persa.

Y con esto ponemos fin a la primera de las cuatro fases del Período Tardío que se ven desglosadas en el párrafo tercero de la Introducción que sigue al Preámbulo inicial de esta “Hoja Suelta”, definida como “La Dinastía Saíta (664-525 a.C.)”.

En la siguiente Hoja, se cubrirán las tres fases restantes. A saber: La Primera Ocupación Persa (525-404 a.C.; Un período de independencia (404-343); y la Segunda Ocupación Persa (343-332 a.C.) que nos llevarán a la antesala del Período Tolemaico con el Capítulo 14 y penúltimo, de los quince de que consta la obra objeto de este Proyecto.


RAFAEL CANALES


En Benalmádena-Costa, a 5 de abril de 2012


Bibiografía:

“Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2003.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“The British Museum book of Ancient Egypt” S. Quirke and A.J. Spencer, (London, The British Museum Press, 1992).
"Britsh Museum Database"

 

domingo, 26 de febrero de 2012

“La Fragmentación de Las Dos Tierras”: Tercer Período Intermedio (1.069-664 a.C.) 4/4.- La Religión y la Cultura del Material.



Shabti de granito del faraón Taharqa
 Pirámide de Taharqa en Nuri, Nubia, Dinastía XXV, 664 a.C.
(Pinchar)

Egypt was brought partially under Kushite domination by Piye (reigned about 747-716 BC). On his commemorative stela he claims that he was acting with the blessing of the god Amun to restore order to the country. At the time, Egypt was politically divided into small areas, governed by local dynasts who often styled themselves as kings.
It was the ambition of Piye and his successors to restore Egypt to greatness. Unfortunately, their intervention in political affairs in Palestine brought Egypt to the attention of the Assyrian empire. King Taharqa (690-664 BC) eventually lost Egypt to the Assyrians. The country was regained only briefly by his successor Tanutamun (664-656 BC).
The early Kushite kings were buried on beds placed on stone platforms within their pyramids. These structures were based on the pyramidia of Egyptian private tombs of the New Kingdom (about 1.550-1.070 BC), but the burials were entirely Kushite. Taharqa introduced more Egyptian elements to the burial, such as mummification, coffins and sarcophagi of Egyptian origin, as well as the provision of shabti figures. These figures were in the style of the Middle and New Kingdoms, the era that the Kushites considered as the height of Egyptian culture. The use of stone, an obsolete early shabti-formula and the rugged features of these large shabti are characteristic of early examples. (Base de Datos del Museo Británico)

La Religión y la Cultura del Material en el Tercer Período Intermedio

Durante todo el período faraónico se aprecia una considerable continuidad en la práctica del culto en los templos, si bien había dos factores que afectaban su forma de ejecución durante el Tercer Período Intermedio: la disminuida importancia del faraón, y la prominencia de las mujeres en las actividades del culto. Un aspecto a resaltar de la mencionada pérdida de estatus del faraón -  esencial en la conservación del universo ordenado - era que la prerrogativa de la ejecución del ritual del templo dejó de ser únicamente del soberano; desde la postrimería del Imperio Nuevo, sería el clero el que, de forma progresiva, se iría encargando de este cometido. Este hecho junto al carácter hereditario de los cargos clericales durante todo este período, contribuyó, en gran medida, a la solidez de este estrato de la sociedad. 

Los sacerdotes solían ejercer con dedicación plena, y su pluralismo les permitía acumular puestos lucrativos. La culminación de esta tendencia se alcanzaría con la prominencia, sin precedentes, del Sumo Sacerdote de Amón durante las dinastías XXI a XXIII, en cuyo período a su poder se añadiría la autoridad civil y militar. No obstante, como ya se ha mencionado, la excesiva influencia de este personaje acabaría generando un efecto desestabilizador en el país, y la primacía del puesto sería eclipsada en el siglo octavo a.C., en el que la autoridad religiosa en Tebas se fue cada vez más centrando en la “divina esposa de Amón”, mientras que los poderes civil y militar se distribuían entre otros.

El Culto del Templo y su Personal

La prominencia de las mujeres en el culto del templo estaba ya bien establecida en la Dinastía XXI, cuando varios puestos religiosos de importancia serían ocupados por las esposas e hijas de los sumos sacerdotes de Tebas. El más importante de estos puestos era el de “Primer Gran Jefe de la Troupe Musical de Amón”. Aunque el significado religioso preciso de este puesto aún no está claro, no es ninguna coincidencia que mujeres de alto rango social también ostentasen títulos que resaltaban la importancia de las diosas como fue el caso con Mut y Hathor, y a las que se les consideraba como instrumental para que Amón perpetuase su proceso creativo, asegurando así la continuidad del COSMOS.

El puesto de “Jefe de la Troupe Musical de Amón” desapareció durante la Dinastía XXII, y en su lugar, el puesto de “divina esposa del Dios Amón” (o divina adoratriz) evolucionó de forma significativa, siendo su principal cometido la estimulación de los instintos procreativos del Dios asegurando así la fertilidad de la tierra y la repetición cíclica de la Creación. En el Tercer Período Intermedio, este cargo lo ostentaba normalmente la hija del faraón, o de un sumo sacerdote, que se estableció en Tebas. En contraste con la situación en el Imperio Nuevo cuando el cargo lo podía ostentar las esposa del faraón, “las divinas esposas" del Tercer Período Intermedio se exigía que fuesen célibes, una innovación quizás asociada con el establecimiento de un estado tecnocrático. Como se ha puntualizado todo ello tiene, sin duda alguna, sus connotaciones políticas.

La elevación de las “divinas esposas ” coincidió con el declive de poder del Sumo Sacerdote de Amón, y pudo haber sido promovida como medida para resolver el “problema” del secesionismo tebano, ya que, mientras que la “divina esposa ” permitía a la distante Casa Real estar representada en Tebas, su celibato significaba que no podría dar origen a ninguna dinastía inferior con lo cual los sucesores serían adoptados. En consecuencia, el estatus de “divina esposas” continuó creciendo, y el sistema de adopción permaneció hasta el final de la Dinastía XXVI.

Es evidente el aumento en importancia de las “divina esposa” durante todo el Tercer Período Intermedio: a partir de la Dinastía XXIII su estatus empezó a aproximarse al del faraón, y en la XXV ya figura con mayor prominencia en los monumentos. La iconografía se extiende más allá de la mera representación tradicional de la “divina esposa” agitando el sistro (instrumento musical de percusión asociado con el Antiguo Irak y Egipto, considerado sagrado en este último - cuyo origen quizás se remonte a la adoración de la Diosa Bastet - se usaba en Egipto en ceremonias y bailes, particularmente durante la adoración de la Diosa Hathor).

En los relieves de las capillas de Osiris en Karnak y los de las propias “divinas esposas” en Medinet Habu, se representan en roles antes reservados al faraón: haciendo ofrendas a los dioses (incluyendo la presentación del maat); abrazadas por dioses; libando la imagen del dios; dirigiendo ceremonias de fundación; y recibiendo atributos reales de los propios dioses.

Así es que Amenirdis I recibe símbolos de jubileo de Thoth; Amón ajusta el tocado de Shepenwepet I ; es amamantada por una diosa; e incluso se representa llevando sobre su cabeza, simultaneamente, dos dobles coronas; una representación única. En unos relieves fraccionados procedentes de Karnak Norte se observa cómo, la “divina esposa” podía, incluso, celebrar el Festival-sed, por otra parte celebración exclusiva del soberano.

La “divina esposa” era la cabeza de un “dominio de la divina adoratriz” que disponía una numerosa plantilla que incluía: “cantantes procedentes de las  capillas interiores del Dios  Amón” que solían ser sacerdotisas célibes que a veces resultaban sel de un alto nivel social; las inscripciones mencionan una que era hija de Takelot II y otra cuyo padre era un jefe libio del Delta. El dominio también incluía a sacerdotes y escribas, y estaba encabezado por un “mayordomo jefe”. Debido al alza en importancia de la “divina esposa” y su entorno, estos mayordomos se convertirían en figuras poderosas e influyentes en Tebas hacia finales de la Dinastía XXV (como dan testimonio sus elaboradas tumbas en el Asasif), y tendrían un papel clave en la reintegración del sur en un Egipto unificado bajo la Dinastía XXVI.

Prácticas Funerarias

El desarrollo político y cultural que tuvo lugar en Egipto durante este período se ve ampliamente reflejado en la forma de tratar a los muertos. Son particularmente obvios los cambios en la ubicación de los enterramientos y en los tipos de tumbas. Para la élite, el antiguo aislamiento físico de la necrópolis fue sustituido por un enterramiento dentro del recinto de un templo de culto. Puesto que las tumbas reales de Tanis son los ejemplos más antiguos - y los más documentados – esta tendencia pudo haber sido una innovación de los faraones de la Dinastía XXI, y estuvo, quizás, motivada en parte por la intención de hacer de Tanis la contrapartida de Tebas en el norte.

Mientras la práctica es bien obvia en los faraones, también se extendió a personas de alto rango – los sumos sacerdotes de Menfis, cuyas tumbas se construyeron al borde del recinto del templo o de Ptah; la Reina Kama, enterrada en Leontópolis cerca de Bubastis; un alto cargo enterrado junto al muro del recinto del templo en Tell Balamun. Si la tendencia tiene o no su origen en el Delta pronto se puso de manifiesto en Tebas donde altos cargos empezaron a ser enterrados dentro del recinto de Medinet Habu y el Rameseum.

Estos lugares, además de ofrecer una mayor seguridad contra el robo, eran también una forma de estar más cerca de los dioses. La ubicación de los enterramientos del “Rey” Hasiese y de las posteriores “divinas esposas” en Medinet Habu, pudo haber estado influenciada por las actividades de culto locales: durante el Tercer Período Intermedio, al Pequeño Templo del lugar se le asoció con el Túmulo de Djeme, donde se celebraban rituales a los poderes creativos de Amón.

Las propias tumbas eran construcciones mucho más sencillas que las del Imperio Nuevo. El período fue testigo de una interrupción de la tradición de utilizar recursos substanciosos en elaboradas estructuras y sepulcros laberínticos cavados en la roca. Tanto las tumbas reales como las de la élite acabaron reducidas a pequeñas cámaras funerarias subterráneas con modestas capillas directamente encima. Las capillas de las tumbas privadas no están bien documentadas arqueológicamente, y parece que habrían sido poco corrientes. Sin duda algunas desaparecerían por mala conservación, sin embargo, hay poca evidencia de su existencia fuera de los principales centros de Tanis, Menfis, y Tebas.

La rareza de capillas individuales coincide con un aumento del número y tamaño de enterramientos comunales, normalmente utilizando viejas tumbas o estructuras religiosas en desuso. El acopio de momias reales y los ajuares en tumbas viejas de los sacerdotes durante las dinastías X y XI durante los siglos once y diez a.C., parecen marcar el comienzo de este patrón. Durante todo este período, personas de todas las escalas sociales serían enterradas en grupos en todos los lugares de Egipto (hay ejemplos en Saqqara, Heracleópolis, Akhmim, Tebas, y Aswan), y, donde existe información prosopográfica, como en Tebas, tales grupos con frecuencia han demostrado estar orientado hacia la familia.

Hubo una notable reducción en la cuantía y el alcance de la parafernalia que envolvía el enterramiento. Los complementos de la capilla del templo (tales como estatuas y mesas ofertorios) desaparecieron, como lo harían los enseres domésticos, muebles, ropa, herramientas y armas, así como equipos ocupacionales, instrumentos de música, juegos y recipientes de piedra o cerámica. Aparte de una pequeña estela, normalmente pintada sobre madera, el equipo para el enterramiento generalmente se limitaba a un reducido juego de objetos – ataúdes, vasos canopes (normalmente falsos), shabtis, y papiros funerarios, normalmente escondido dentro de una estatuilla de Osiris.

El período viene también marcado por un continuo declive y, eventualmente, de una ruptura de la tradición de producir textos funerarios. Mientras que en los enterramientos de la élite en Tebas durante la Dinastía XXI se seguía usando el Libro de los Muertos, e incluso se añadirían el Amduat y la Letanía de Ra al repertorio fuera de la realeza, estas tradiciones caerían en una especie de atrofia durante la siguiente Dinastía XXII. Los papiros funerarios dejarían de producirse y los textos de los ataúdes se reducirían a poco más que ofrendas repetitivas para fórmulas y discursos de los dioses con la correspondiente simplificación del repertorio iconográfico.

Estos factores parecen reflejar importantes cambios de actitudes ante la muerte y el enterramiento en el Período Libio. La ausencia de una superestructura en las tumbas (de forma que la más elaborada podría haberse construido rápidamente) nos indica que el enterramiento ya no se anticipaba ni preparaba tan cuidadosamente. La naturaleza ad hoc de la construcción de tumbas – con sus componentes toscamente ensamblados, consistentes en bloques ya usados en viejas construcciones – parece apoyar esto, y, de forma significativa, esta descripción es aplicable especialmente a las tumbas del norte, de dominio libio, y en el Egipto Medio: Tanis, Menfis, Leontópolis, y Heracleópolis.

Los componentes valiosos del equipo de enterramiento tales como los sarcófagos de piedra, estaban limitados a la realeza; incluso algunos de estos ejemplos habrían sido en su mayoría usados en períodos anteriores. Este reciclaje de objetos funerarios se extendió a objetos menos costosos, de forma muy evidente durante la Dinastía XXI cuando el uso generalizado de antiguos ataúdes tuvo lugar en Tebas. No obstante, Egipto no carecía de riqueza de material, y la descentralización de la tierra de ninguna forma originaría un declive de las aptitudes y destreza de los escultores, pintores y trabajadores del metal.

El cambio de actitud ante la muerte que podrían sugerir estos cambios puede que estuviese asociado más directamente con la presencia los libios en la sociedad egipcia. La construcción de un elaborado entorno físico para los muertos y de un centro para cultos mortuorios no era, sin duda, una característica a destacar y distintiva de una sociedad semi-nómada como era la suya. Es muy significativo que fue sólo con la imposición de autoridad de los gobernantes kushitas – cuya devoción a las antiguas tradiciones de Egipto era más bien purista – cuando tuvo lugar la revitalización de las prácticas funerarias siguiendo las pautas tradicionales.

Este desplazamiento del énfasis en el alojamiento físico de los muertos trajo consigo una mayor concentración de prácticas funerarias en el propio féretro y su mortaja inmediata. La momificación alcanzó su zénit en la Dinastía XXI, y durante el siguiente período la preparación alcanzaría un nivel muy alto. Entre las innovaciones estaba el uso de relleno subcutáneo para restaurar las facciones contraídas a su aspecto original en vida; un tratamiento cosmético más elaborado; el cabello cuidadosamente peinado; las uñas de los dedos celosamente cuidadas; y una preservación más cuidadosa de las vísceras que eran envueltas individualmente y vueltas a colocar en su espacio corporal (los vasos canopes seguirían apareciendo pero con frecuencia serían sólo meras reproducciones en madera).

Estas técnicas manifiestan el deseo de rehacer el cuerpo lo más completo y perfecto posible. Su estatus como imagen idealizada del transfigurado féretro, surge; y su seguridad postrera queda ya asegurada por un aumento del número de ataúdes por enterramiento: al menos dos y, a veces, hasta cuatro.

El declive de la producción de tumbas individuales decorados con elaborados murales llevó a la recolocación de imágenes funerarias esenciales y textos en las superficies de los ataúdes y en papiros. De ahí que los ataúdes de la Dinastía XXI estuvieran cubiertos, por fuera y por dentro, de una profusión de abarrotadas imágenes. Los sacerdotes de Tebas crearon un rico repertorio de iconografía funeraria, promocionando así el concepto de renacimiento mediante las mitologías combinadas de Osiris y el Dios Sol, y las imágenes se crearon con la intención de concentrar, en una sola y compleja escena, la época, el ataúd tomó múltiples niveles de significado.

Entre el escondite de los enterramientos y la general falta de permanencia del lugar final de reposo, el ataúd asumió las funciones de la tumba, como había acaecido ya en similares circunstancias durante el Primer Período Intermedio. Para finales del tercer Período Intermedio, la evolución de la imaginería de superficie habría dado aún mayor prominencia al concepto de ataúd como un universo en miniatura, con el fallecido en el centro, identificado, a través los textos e imaginería del ataúd, como dios-creador, y, por tanto, la fuente de su propia resurrección.

Pero las prácticas de enterramiento se brindan a apoyar la noción de una división norte-sur de la población y la cultura del material de Egipto durante este período. Aunque los emplazamientos del Delta (aparte de Tanis) habían aportado algunos enterramientos datados en estos siglos, evidencia de las zonas de Menfis y el-Faiyum puede útilmente compararse con el más abundante material del sur. De la limitada variedad de material funerario que proporcionan las sepulturas del Tercer Período Intermedio, sólo los ataúdes serían utilizados de forma consistente durante el período. Su estudio da indicios de una interacción entre norte y sur, de forma destacada al principio de la Dinastía XXII, cuando un cambio importante en el estilo del ataúd ha sido testimoniado en Tebas.

Esto es evidente en el abandono del estilo en boga en la Dinastía XXI, con su horror vacui (miedo al vacío) e imágenes de relleno, y el rápido establecimiento en su lugar de una nueva variedad de tipos; cajas de cartonnage policromo metidas en ataúdes de madera de diseño mucho más sencillo. Esto muestra un empobrecimiento del repertorio icono gráfico, con una mayor concentración en la disposición simétrica de los dioses, pero con un uso del color más atrevido. Ha indicaciones de que estas características procedían del norte, como dan testimonio los enterramientos de la necrópolis de Menfis y los cementerios alrededor de la entrada a el-Faiyum.

La evidente importación de las prácticas funerarias del norte al Alto Egipto parece coincidir con una i Imposición más dura de la autoridad real durante el reinado de Sheshonq I y sus sucesores. Pero, durante el período siguiente, parece que emergen estilos de ataúdes distintivamente procedentes del norte y del sur; probablemente reflejo de la progresiva descentralización de Egipto y, quizás también, de la división social de la que da indicio otra evidencia.

Hacia finales del Tercer Período Intermedio, hubo un marcado retorno a tradiciones establecidas más antiguas emparejadas con innovaciones. Se empezaron a construir una vez más elaboradas tumbas. La necrópolis de Tebas muestra la evolución de tumbas con superestructuras modestas en la postrimería del siglo octavo a gigantes complejos construidos para Mentuemhat y sus coetáneos hacia finales de la Dinastía XXV.

Estos estaban dotados de superestructuras autónomas y elaborados apartamentos subterráneos y la escala y artesanía de los monumentos indican que la preparación para la muerte se había de nuevo tomado seriamente. La variedad de elementos de enterramiento se incrementó; la evolución de los estilos de ataúdes produjo nuevos tipos que combinaban el despertar de las antiguas características con innovaciones: las cajas rectangulares exteriores representan un altar o la tumba de Osiris; los ataúdes de dentro proyectan una nueva imagen del transfigurado féretro, muy parecida a un columna, con pilar trasero y pedestal. Los shabtis siguieron una zenda de evolución paralela, y las estatuillas la deidad formada por Ptah-Sokar-Osiris, (también con esta forma) entraron a formar parte del montaje para finalmente convertirse en una de las características de los enterramiento del Período Tardío.

Los vasos canopes funcionales también regresaron y, lo que es más importante, la literatura funerarias gozaría de un renacimiento. Un revisado Libro de los Muertos, en su nueva versión conocida como la Recensión Saita (de hecho, un logro de la Dinastía XXV), se inscribió en papiro y ataúdes, mientras que el arcaizante fervor del período llevó a la copia de pasajes procedentes de los Textos de las Pirámides y a añadirlos al repertorio corriente. Excluido este último, Tebas parece haber sido un importante centro de estas innovaciones que se extendería hacia el norte durante el siglo séptimo a.C. Con esto no se pretende negar que hayan existido desarrollos comparables en otras áreas, pero la cronología local en emplazamientos como la de Menfis es menos clara.

 A pesar de la descentralización de Egipto, el producto de los artesanos no muestra ninguna degradación de sus habilidades o experiencia. Cierto es que la escultura en piedra a gran escala continuaría siendo rara, pero el trabajo de inigualable exquisitez se siguió realizando aunque a una escala más modesta dando más énfasis a la artesanía en el viejo y poco desarrollado campo del metal y la fayenza. Todo parece indicar las progresivas y arcaizantes tendencias ya aludidas anteriormente, con la conclusión de que la influencia de los modelos de los imperios Antiguo, Medio y Nuevo serían más frecuentes con el paso del tiempo.

Desarrollo Artístico y tecnología

Hubo una disminución en la variedad de tipos de escultura. Las estatúas reales en piedra son particularmente raras; las de la Dinastía XXI fueron usurpadas por anteriores soberanos, y aunque se produjeron obras originales durante las dinastías XXII y XXIII la mayorías de los ejemplos que han sobrevivido son de un tamaño modesto. Sólo fue bajo la dominación kushita cuando la escultura real regresó de forma substanciosa y poderosa: la cabeza de Taharqo en granito, en El Cairo, y la esfinge de Kawa en el Museo Británico se encuentran entre los ejemplos llamativos. No obstante, durante las dinastías XXII a XXV, gran número de estatúas de funcionarios serían dedicadas, algunas de ellas son obras de arte excepcionalmente bellas.

Entre éstas, la estatua de bloque sería notablemente popular como lo eran aquellas formas en las que el sujeto se representaba con soporte de un altar, una estela, o una imagen de una deidad (estatúas naóforas y estelóforas). Los bellos relieves de Sheshonq I en el-Hiba y de Osorkon II, Bubastis, muestran que el trabajo bidimensional de alta calidad aún se realizaba, si bien la temática de las escenas era en su mayoría derivada. La pintura también floreció, y en Tebas, la rica tradición de decorar el ataúd del Imperio Nuevo sería reemplazada en ataúdes estelas y papiros por un trabajo de alta calidad.

Quizás, la contribución más duradera del Tercer Período Intermedio a las artes y a la artesanía descanse en el campo del trabajo en metal. Los ataúdes de plata de los faraones Psusennes I y Sheshonq II y la gran variedad de recipientes de oro y plata y joyería de las tumbas de Tebas dan testimonio de la continuada experiencia de los trabajadores del metal en Egipto, aunque ocasionalmente es aparente la influencia extranjera en la forma y decoración de vasijas. De mayor significado fue la tremenda expansión de la variedad y excelencia técnica de la escultura de metal que tuvo lugar durante este período, algunas de ellas de oro y plata, pero en su mayoría de bronce.

 La terminación de estas piezas era con frecuencia exquisita, y se consiguieron efectos brillantes con el embellecimiento de la superficie con hilos de material precioso, taraceados a martillo, en finos canales trazados en el bronce. Eran frecuentes las estatuillas fundidas en bronce, y es entonces cuando se inicia la tradición de pequeñas figuras de deidades en bronce que llevaría a la producción de miles de ejemplos durante los siglos posteriores. Las más importantes fueron las grandes estatúas de bronce fundido y ahuecado utilizando la técnica de “cera perdida”, que se dedicaban como ofrendas votivas o montadas en las barcas portátiles de los dioses.

 La figura de la “esposa del dios” Karomama en el Louvre es el ejemplo supremo del tipo, si bien una serie de estatúas de bronce de Osiris, actualmente representadas por especímenes deteriorados e incompletos, puede que se hubiesen impuesto originalmente. Estas estatúas, hechas entre los siglos noveno y séptimo a.C. representan los más antiguos intentos de crear grandes figuras de bronce mediante el proceso de fundición ahuecada, e iban a servir como importantes influencias en los primitivos trabajos en bronce griegos. Los autores clásicos afirman que artesanos de Samos utilizaban técnicas egipcias en la creación de las primeras grandes esculturas de bronce de fundición ahuecadas en el mundo griego, y esta perspectiva se justifica por el descubrimiento de bronces egipcios de este período en el propio Samos.

Algo menos vigorosa sería la producción de fayenza. Mientras que la tecnología del vidrio empezó su declive después del Imperio Nuevo, la de fayenza prosperó. La mayoría de los shabtis del período se harían de este material, aunque una gran mayoría eran elaboradas toscamente. Mucho más fino era el acabado de cálices lotiformes con escenas en relieve que mostraban la vida del campo o al faraón en plena batalla. La forma de estos cálices evoca la noción del renacimiento, y las figuras que aparecen en ellos, y en una serie cuentas espaciadoras de fayenza calada, reflejan aspectos de la mitología de la creación.

Igualmente típicas del período son las figurillas mágicas diseñadas para dar seguridad durante el parto y nutrición para la juventud; estas son de fayenza azul-verde, normalmente con pintas, y detalles añadidos en marrón, y mostrando, típicamente, al dios doméstico Bes, un mono, o una mujer desnuda sosteniendo un jarrón, o un instrumento musical, o, incluso a veces, amamantando. Aunque aparecen en lugares tan lejanos al sur como el-Kurru, en Nubia, la concentración de hallazgos de estas figurillas en emplazamientos en el nordeste del Delta indica que ésta era la zona principal de producción.

Conclusión

Como ya se comento al principio de este Capítulo 12, la implicación peyorativa del término “intermedio” hace poca justicia a los desarrollos que tendrían lugar en Egipto entre 1.069 y 664 a.C. Si bien la estructuración del poder del país era muy diferente de la que se consiguió en el Imperio Nuevo, los pueblos y ciudades de Egipto florecieron, y la economía del país, en general gozó de buena salud. Si bien la descentralización del gobierno llevó consigo ocasionales luchas por el poder, el sistema adoptado por los faraones libios, y modificado por los kushitas, fue, en general, efectivo. Las construcciones reales a gran escala puede que hubiesen sido restringidas, pero la continuidad artística se mantuvo por otras vías: pequeñas esculturas, trabajos en metal, fayenza.

En un alto grado, el Tercer Período Intermedio constituye un ciclo inequívoco en la historia de Egipto, definido por un paso que va desde la pérdida de su unidad en la postrimería del Imperio Nuevo, hasta la restauración de la autoridad centralizada bajo Psamtek I. Se Aprendieron valiosas lecciones dd las fragmentadas políticas del período; en particular, de la invasión asiria. Éstas propiciaron el ímpetus que se necesitaba para restaurar una autoridad centralizada, y puso de manifiesto el valor ideológico del arcaísmo y el valor político de instituciones tales como la “divina esposa de Amón”, mediante el fomento de un estado estable y menos turbulento. Los cambios relativos al estatus del faraón, y la prominencia dada a las nuevas tendencias religiosas, fueron también presagios del futuro. Es así que este período sentó las bases para la última gran fase de prosperidad del Antiguo Egipto.


Faraones de la Dinastía XXI

Smendes (Hedjkheperra Setepenra)
Amenemnisu (Neferkara)
Psusennes I [Pasebakhaenniut] (Akheperra Setepenamun)
Amenemope (Usermaatra Setepenamun)
Osorkon el Viejo (Akheperra Setepenra)
Siamun (Netjerkheperra Setepenamun)
Psusennes II [Pasebakhaenniut] (Titkheperura Setepenra)

Faraones de la Dinastía XXII

Shesonq I (Hedjkheperra)
Osorkon I (Sekhemkheperra)
Takelot I
Osorkon II (Usermaatra)
Takelot II (Hedjkheperra)
Sheshonq III (Usermaatra)
Pomay (Usermaatra)
SheshonV (Aakaheperra)
Osorkon IV

Faraones de la Dinastía XXIII

Reyes en varios centros, contemporáneos con los de la reciente Dinastía XXII, con la XXIV y con los de comienzos de la XXV, incluyendo a:

Pedubastis I (Usermaatra)
Iuput I
Sheshonq IV
Osorkon III (Usermaatra)
Tekelot III
Rudamon
Peftjauawybast
Iuput II

Faraones de la Dinastía XXIV

Bakenrenef (Bocchoris)
 
Faraones de la Dinastía XXV

Piy (Memkheperra)
Shabaqo (Neferkara)
Shabitqo (Djedkaura)
Taharqo Khunefertemra
Tanutamani (Bakara)

RAFAEL CANALES

En Benalmádena-Costa, a 11 de marzo de 2012

Bibliografía:

“The Enciclopedia of Ancient Art”. Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”. Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”. Ian Shaw. Oxford University Press, 2004
“The Oxford History of Ancient Egypt”. Ian Shaw, Oxford University Press, 2000.
“Antico Egitto”. Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”. Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
"British Museum Database".