lunes, 14 de febrero de 2011

El Período Amarna y el Tardío Imperio Nuevo (c.1.352-1.069 A.C.) 6/6.- Repercusiones históricas y sociales de los períodos Amarna y Ramésida.

Papiro de Abbot, escrito en hierático. Tebas, Dinastía XX, hacia 1.100 A.C. El saqueo de tumbas y la rivalidad política en el Antiguo Egipto. (Pinchar y Ampliar)

A scandal erupted in Thebes in about year sixteen of the reign of Ramesses IX (1.126-1.108 BC). Reports started to reach Paser, the mayor of the eastern part of Thebes, that robberies had been taking place in the necropolis of the west bank of the Nile, particularly in the royal tombs. On the basis of these reports, the mayor set up a commission to investigate the allegations. This papyrus records the results of this investigation and the subsequent events.
All the royal tombs except one were found to be intact; only the tomb of King Sobekemzaf II of the Seventeenth Dynasty (about 1.650-1.550 BC) had been violated. A papyrus has survived that relates the trial of the robbers together with an account of the robbery itself. It also states that the non-royal tombs had been robbed as well.
Paser is shown in a bad light in the investigations. The papyrus seems to have been written from the perspective of Paser's rival, Paweraa, the mayor of the west bank of Thebes. Paweraa appears to have used this case to try and get the better of Paser. There was even a suspicion that Paweraa might have been involved in the tomb robbery in some way, and was keen to shift attention elsewhere.
The papyrus was purchased from a Dr Abbott in Cairo in 1857, hence its name.
(Base de Datos del Museo Británico)

LOS ÚLTIMOS REINADOS DE LA DINASTÍA XX

A Ramsés IV le sucedió su hijo que al ascender lo haría como Ramsés V (1.147-1.143 A.C.) De su reinado, el acontecimiento más conocido es un escándalo de crimen y corrupción entre el sacerdocio de Elefantina que ya provenía del reinado de su padre, si bien prosiguió con sus actividades en Timna y el Sinaí. Pasados cuatro años, Ramsés V falleció en edad temprana a consecuencia de la viruela.

El siguiente faraón, Ramsés VI (1.143-1.136 A.C.) fue un hermano menor de Ramsés III que usurparía la tumba real y el templo mortuorio que comenzó su sobrino cuyo enterramiento se tuvo que retrasar hasta que se encontró una tumba alternativa en el año 2 de Ramsés VI. Lo que ha llevado a la conclusión de ciertos investigadores de que la ascensión al Trono vino acompañada de malestar civil, especialmente por algunas anotaciones en un noticiario de la necrópolis que afirman que los trabajadores de Deir el-Medina, cuyo número pronto volvería a reducirse de nuevo a 60, permanecieron en casa “por miedo al enemigo”. No obstante, esto no parece probable, si bien el mero hecho de que la mayoría de los funcionarios permaneciesen en sus puestos de un reinado a otro, no representa prueba suficiente de lo contrario, ya que igual había ocurrido al final de las Dinastías XVIII y XIX cuando sí habían existido problemas reales. El “enemigo” que se menciona en el noticiario es más que probable que se refiriese a una bandas de libios que se habrían convertido en un verdadero incordio en la zona. Ramsés VI reinó durante siete años; él es el último faraón de cuyo nombre se da fe en el Sinaí.

Durante el reinado de 7 años de Ramsés VII (1.136-1.129 A.C.), los precios del grano escalaron los niveles más altos, que luego gradualmente volverían de nuevo a descender. Su sucesor, Ramsés VIII era probablemente otro hijo de Ramsés III, lo que explicaría la brevedad de su reinado.

El origen exacto de la familia de los tres últimos faraones es desconocido. Los alrededor de 18 años de reinado de Ramsés IX (1.126-1.1108 A.C.) se distinguen por la creciente inestabilidad. En los años de reinado 8 al 15 se habla regularmente de nómadas libios perturbando la paz en Tebas, así como de nuevas huelgas. Así que no sorprende que este período fuese testigo de la primera oleada de robos de tumbas conocidos por una serie de papiros que registran los procesos contra los ladrones detenidos. Sin embargo, las tumbas del Valle de los Reyes no estaban involucradas; de hecho, sólo un enterramiento real de la Dinastía XVII en Dra Abu el-Naga, y un cierto número de tumbas privadas, fueron saqueadas, junto a algunos robos en templos que fueron investigados.

Al principio del reinado, Ramesesnakht, el Gran Sacerdote de Amón ya mencionado, habría fallecido y le sucedería en su cargo primero su hijo Nesamun, y más adelante el hermano de éste Amenhotep. En dos relieves de Karnak, Amenhotep se habría representado a igual escala que Ramsés IX, clara indicación de la virtual igualdad que para entonces ya existía entre el faraón y el Gran Sacerdote de Amón. Una de estas escenas conmemora un evento en el año 10 cuando Ramsés recompensó a Amenhotep por sus servicios al faraón y al país con el tradicional “oro del honor”.

Los numerosos obsequios conferidos en la ocasión tienen que haber sido impresionantes, pero son las cantidades las que por otra parte ilustran el estado de la economía, o al menos la riqueza del faraón. Entre los regalos recibidos por Amenhotep había 2 hin de un costosísimo ungüento; unos 200 años atrás, durante el reinado de Horemheb, unos de los subordinados de Maya, un mero escriba del Tesoro, habría contribuido con 4 hin del mismo ungüento para el ajuar de funerario de su señor.

Casi nada se sabe del reinado de Ramsés X que parece que habría durado nueve años. Ramsés XI (1.099-1.069 A.C.), sin embargo, gobernó durante treinta años, aunque, ciertamente, durante los diez últimos la extensión geográfica de su poder estaba virtualmente reducida al Bajo Egipto; es decir, el Delta. Durante su reinado, la crisis que había atenazado el área tebana en las últimas décadas, profundizó aún más: el endémico y persistente problema con las bandas libias que impedía que los trabajadores de la orilla oeste se incorporasen al trabajo; la hambruna el (“año de las hienas”); el incremento de robos de tumbas y desvalijo de templos; e incluso la guerra civil.

En cualquier momento en o alrededor del año 12, Panehsy, el virrey de Nubia, aparece en Tebas con tropas nubias para restaurar la ley y el orden, probablemente a petición del propio Ramsés XI. Con objeto de alimentar a su tropa que ya padecía un malestar económico, se le otorgó, o quizás usurpó, el cargo de “supervisor de graneros”. Esto debió de ocasionarle un conflicto con Amenhotep, el Gran Sacerdote de Amón, cuyo templo poseía el grueso de las tierras y de su producto. El conflicto pronto se extendió, y durante un período de unos ocho o nueve meses – en algún momento entre los años 17 y 19 – Panehsy y sus tropas acorralaron al Gran Sacerdote en Medinet Habu.

Amenhotep pidió entonces ayuda a Ramsés XI, lo que desembocaría en una guerra civil. Panehsy machó hacia el norte, llegando hasta al menos Hardai, en el Egipto Medio, que saqueó, pero es probable que incluso aún más al norte, hasta que eventualmente las fuerzas del faraón, casi con certeza lideradas por el general Piankh, le obligarían a replegarse hasta Nubia, donde los problemas existían desde años y donde eventualmente sería enterrado.

En Tebas, el General Piankh tomó los títulos de Panehesy además de nombrarse así mismo visir, y a la muerte de Amenhotep, que pudo o no haber sobrevivido al asalto de Panehesy, se convirtió también en Gran Sacerdote de Amón, uniendo así los tres cargos más altos del país en una misma persona. Con el golpe militar de Piankh comienza el período de wehem mesut, el “renacimiento”, término que ya habría sido usado por faraones a principios de las dinastías XII y XIX para indicar que el país había “renacido” después de un período de caos. En la zona de Tebas, se fechaban ahora en años del “renacimiento” más que en años de reinado del faraón. Así que los años 1 al 10 del “renacimiento” eran los 19 al 28 de Ramsés XI. A la muerte de Piankh, su yerno Herihor asumiría todas sus funciones, y una vez muerto Ramsés XI, incluso se adjudicó títulos reales. En el norte del país, Smendes (1.069-1.043 A.C. subió al Trono, y con estas dos figuras, se inicia la Dinastía XXI.

Después de Ramsés III los egipcios finalmente perdieron sus provincias en Palestina y Siria que después de la invasión de los Pueblos del Mar y la desaparición del imperio hitita se habrían fraccionado y convertido en pequeños estados. Los problemas en el norte se habrían agravado con el cubrimiento gradual de arena del puerto de Piramesse como resultado del lento pero inexorable desplazamiento lateral del ramal pelusíaco de El Nilo. Los soberanos de la Dinastía XX carecían del poder y de los recursos para organizar grandes expediciones a las minas de oro de Nubia. Hacia finales de la dinastía, la Tesorería del templo de Amón envió algunas pequeñas expediciones al Desierto Occidental en busca de oro y minerales, pero las cantidades con las que regresaron eran muy pequeñas.

Durante los años del “renacimiento”, Piankh y sus sucesores ayudados por descendientes de los trabajadores de Deir el-Medina que no vivían en Medinet Habu, empezaron a servirse de otra fuente diferente de oro y piedras preciosas: las misma tumbas del Valle de los Reyes que sus propios padres y abuelos esculpido y decorado, así como otras muchas, reales y privadas, de la necrópolis tebana.

Durante todo el siguiente siglo, e incluso después, las tumbas serían sistemáticamente despojadas de su oro y de todos los objetos de valor; eventualmente, serían vaciadas por completo, e incluso las momias de los grandes faraones del Imperio Nuevo serían desprovistas de sus envoltorios y vendas, despojadas de sus valiosos amuletos y adornos, y enterradas de nuevo en anónimas tumbas comunes en los altos acantilados de Tebas. Por alguna curiosa ironía de la vida, sólo dos de estas momias se burlarían de su destino: la de Tutankamón, en la KV62, y la de su padre, Akenatón, el “enemigo de Aketatón”, en la KV55.

LAS REPERCUSIONES HISTÓRICAS Y SOCIALES DE LOS PERÍODOS AMARNA Y RAMÉSIDA

No cabe la menor duda de que los grandes faraones del Período Ramésida fueron gobernantes inmensamente poderosos. Hasta Ramsés XI podía obviamente movilizar un ejército lo suficientemente fuerte como para repeler las tropas enemigas hasta la misma Nubia. Y, aún así, es innegable que el prestigio real se había erosionado lentamente en el curso de las dinastías XIX y XX.

Como se ha podido ver, los cambios económicos y políticos que llevaron al colapso del gobierno central, y la concentración de poder cada vez mayor en manos de los grandes sacerdotes de Amón, contribuyeron en gran medida a tal desgaste. Por otra parte, estas alteraciones pueden, a su vez, considerarse el resultado, o al menos síntomas, de un cambio mucho más profundo. Y la raíz de este cambio, de nuevo, se encuentra en el Período Amarna.

Akenatón habría intentado rehacer la sociedad, y fracasó; a pesar de que inicialmente contase con el apoyo del ejército. Lo que es aún peor, sin embargo, es que a los ojos de todos, con la excepción de un puñado de adeptos de la élite de Amarna, había destrozado a la sociedad. Ya se ha visto que las costumbres funerarias de los enterramientos después del Período Amarna reflejan una actitud totalmente diferente hacia el faraón, como reacción en contra de la forma en que Akenatón habría intentado monopolizar las creencias funerarias de sus súbditos. Por otra parte, este monopolio no se limitaba sólo a la vida en el Más Allá, sino que afectaba profundamente la vida terrenal. Tradicionalmente, el acceso a la imagen del dios en el templo estaba restringido al faraón y al sacerdocio profesional en representación suya; para la gran mayoría de la población, la única forma de entrar en contacto con los dioses de sus localidades de residencia, sin la intervención del Estado o del culto oficial del templo, era durante las procesiones que se celebraban de forma regular, donde las imágenes de los dioses se paseaban de un templo a otro con motivo de una fiesta religiosa.

Estos festivales, que eran muy frecuentes, se convertían en días festivos, y jugaban un papel muy importante en la vida religiosa y social de la gente. La mayoría de los egipcios tenía un apego emocional a su ciudad natal y a su dios, el “dios de la ciudad”, al que eran leales de por vida. Su dios local era también el de la necrópolis local, el “Dios de los Enterramientos” que garantizaba a sus siervos un “buen enterramiento en su vejez”.

Akenatón no sólo prohibió todos los dioses, excepto Atón, y abolió los rituales diarios de los templos, sino que con ello también puso fin a los festivales y a sus procesiones, y al hacerlo, socavaba la identidad social de sus súbditos. En su lugar, él reclamaba toda la devoción y fidelidad para sí mismo, y la prosperidad del país y la felicidad de su pueblo dependían sólo de él. Él era el “dios de la ciudad”, no sólo de Aketatón, sino de toda la nación, y su paseo diario conduciendo su carro de combate a lo largo de la “carretera real” de Amarna, reemplazaba a las procesiones.

La historia de la Dinastía XVIII antes del Período Amarna había sido testigo de una clara tendencia hacia una relación más personal e íntima entre las diversas deidades y sus devotos. Esta tendencia fue interrumpida de forma brusca cuando Akenatón proclamó a Atón como un dios que sólo podía ser adorado por su hijo, el faraón, mientras que toda la devoción personal tenía que ser desviada ahora hacia el propio faraón. Esta total usurpación de la devoción personal acabaría comprometiendo seriamente la credibilidad del dogma de la realeza divina.

En el período siguiente a Amarna, el equilibrio entre dios y faraón sufrió un cambio drástico. El faraón perdería para siempre la posición central que había gozado en la vida de sus súbditos; en su lugar, el dios adquiría ahora muchos aspectos tradicionales de la realeza. En la teocracia representativa tradicional, los dioses personificaban el orden cósmico que ellos habían creado al principio de los tiempos, mientras que el faraón, como su intermediario, representaba a los dioses en la Tierra, mantenía el orden cósmico por medio de los rituales del templo, y hacía que se cumpliese la voluntad de aquellos mediante su gobierno; sólo en raras ocasiones los dioses se mostraban directamente; y cuando lo hacían, lo hacían al faraón.

Después del Período Amarna, el problema de la unidad y pluralidad de los dioses, que Akenatón había intentado resolver negando la existencia de todos los dioses excepto uno, se resolvió de forma diferente: Amón-Ra pasó a ser el dios universal, el dios trascendente, que existía allá lejos, independiente de su creación; los otros dioses y diosas eran aspectos de Él; eran sus manifestaciones inmanentes; es decir, eran inherentes e inseparables a la esencia de Aquel, aunque racionalmente pudiesen distinguirse de Él. La situación se expresa de forma elegante en una colección de himnos a Amón que se conserva en un papiro hoy en Leiden, en los que Amón “empezó a manifestarse él mismo cuando nada existía, y sin embargo el mundo en un principio no estaba vacío de Él.

El dios universal era ahora el verdadero soberano, y, aunque los títulos tradicionales del faraón – que venían entroncados en la mitología y expresaban su divinidad – no cambiaron, de hecho se hizo más humano de lo que jamás lo había sido antes en la historia de Egipto. El hecho de que Ay, Horemheb, Ramsés I, e incluso Sety I, hubiesen sido todos plebeyos antes de subir al Trono, puede que tuviese algo que ver con la rapidez con se llevaron a cabo los cambios. La teocracia representativa se había convertido en teocracia directa: el faraón no era ya el representante divino del dios en la tierra que hacía que la voluntad de éste se cumpliese; más bien el dios revelaba su deseo a cada ser humano e intervenía directamente en los quehaceres de la vida cotidiana, y en el curso de la historia.

El nuevo dios superior se había convertido a su vez en un dios privado, cuya voluntad decidía el destino del país y del individuo. Los textos lo expresan tendiendo un puente entre los conceptos opuestos de “estar muy lejos” y, no obstante, ”estar cerca”: “Se le ve muy lejos, y se le oye cerca”. Amón-Ra observaba a sus fieles devotos desde muy alto, pero a la vez estaba cerca de ellos ya que podía oír sus oraciones, y él mismo se les manifestaba en sus vidas mediante la manifestación de su voluntad; mediante su intervención divina.

Esta nueva forma de experiencia religiosa, generalmente conocida como “devoción privada”, era totalmente característica del Período Ramésida - si bien en sus comienzos reprimida por Akenatón - y se remontaba a mediados de la Dinastía XVIII. Los salmos penitenciales que aparecen inscritos por miembros alfabetizados del pueblo ordinario, en estelas votivas y ostracas, eran una forma de expresar esta devoción íntima. Cuando una persona había cometido una falta, la intervención divina podía significar un justo castigo divino; en particular, si el pecado no había sido detectado ni castigado por un tribunal de justicia humano.

Los himnos penitenciales atribuían la enfermedad – con frecuencia la ceguera aunque esta palabra probablemente se utilizaba en un sentido metafórico – a un sentimiento de culpa por ocultar un pecado que, una vez revelado en el texto de una estela votiva, dejaría de estar oculto, por lo que el dios “volvería” a su devoto y le haría “ver” de nuevo. No eran sólo los hombres quienes podían pecar, sino incluso el país, en su conjunto. En un texto de este tipo inscrito en la pared de una tumba tebana, la TT139, de finales del Período Amarna, se suplica a Amón que regrese, y en la Estela de la Restauración de Tutankamón también se menciona que los dioses habrían abandonado a Egipto.

Otro tipo de estela votiva demuestra que también se pensaba que Dios podía intervenir de forma positiva en la vida de sus fieles; por ejemplo, protegiéndole del ataque de un cocodrilo, o haciendo que sobreviviese a la picadura de un escorpión o a la mordedura de una serpiente. Muchos dioses recibían estelas especialmente hechas u otros objetos en acción de gracia por salvar a sus devotos; hay un dios especial, Shed, cuyo nombre significa “salvador” y que, probablemente no por capricho del destino, aparece por vez primera en Amarna, posiblemente a pesar de la represión oficial. Algunos fueron aún más lejos y pusieron sus vidas en las manos de sus dioses o diosas privados, hasta el punto de ceder a sus templos la totalidad de sus posesiones.

Incluso el propio faraón podía apelar a su dios en tiempos de necesidad. Cuando todo estaba perdido, y Ramsés II estaba a punto de ser capturado, e incluso de matado, por sus enemigos hititas, invocó a su dios Amón, y la llegada de la fuerza de apoyo en un momento crucial fue interpretado como prueba de la intervención de su dios privado. Esto muestra claramente que el faraón ya no representaba a Dios en la tierra, sino que estaba subordinado a él; al igual que otro ser humano, estaba sujeto a la voluntad de Dios, a pesar de que en términos mitológicos tradicionales, aún se le veía como el divino faraón, y así seguiría enfatizándose en sus monumentos. Claramente, el distanciamiento entre el dogma teológico y la realidad cotidiana era cada día más evidente.

Una vez admitido que la voluntad divina era el factor gobernante de todo lo que pudiese acontecer, era esencial conocer su voluntad de antemano. Los oráculos, que sólo el propio faraón consultaba ya desde el Imperio Antiguo, y que incluso durante la Dinastía XVIII se habrían utilizado para solicitar la aprobación divina a la ascensión de un faraón al trono, o con motivo de una expedición comercial o militar mayor, empezarían a utilizarse de nuevo durante el Período Ramésida para consultar al dios toda clase de asuntos de la vida cotidiana de los seres humanos.

Los sacerdotes llevarían en procesión fuera del templo la barca sagrada transportable con la imagen del dios, ante la que se depositaba un trozo de papiro u ostraca con una petición determinada; el dios, entonces, daría su aprobación o su rechazo, haciendo que los sacerdotes moviesen ligeramente la barca hacia atrás o hacia adelante. Nombramientos, disputas sobre propiedades, acusaciones de infracciones o delitos, y más adelante, incluso cuestiones que requerían una tranquilizadora promesa de vida en el Más Allá, se supeditaban así a la voluntad divina.

Todas estas cuestiones minimizaban aún más el rol del faraón como representante del dios en la tierra; el faraón no era ya un dios, sino más bien era el propio dios el que se había convertido en faraón. Una vez aceptado Amón como el verdadero faraón, el poder político de los gobernantes terrenales quedaba sensiblemente diezmado, y transferible a los sacerdotes de Amón. Las momias de sus reales ancestros dejaron de considerarse viejas encarnaciones de los dioses en la tierra, por lo que, sin el menor escrúpulo, podían ser saqueadas y sus cuerpos desprovistos de sus vendas.

Y con esta última Hoja Suelta, cerramos - de la mano del Profesor Jacobus Van Dijk, de la Rijksuniversität, Groningen (Países Bajos) - el Capítulo 10º que, junto al anterior, el 9º, han cubierto la totalidad del Imperio Nuevo; la época de máximo esplendor de Egipto fuera y dentro del país.

Y haremos un alto en el camino; un inciso en la historia del Antiguo Egipto, en el que el Profesor Ian Shaw nos invitará a adentrarnos, de su diestra mano, en un nuevo capítulo, el 11º, que ha titulado “Egipto y el Resto del Mundo”.

Faraones de la Dinastía XVIII

Ahmose (Nebpehtyra)
Amenhotep I (Dejeserkara)
Thutmose I (Aakheperkara)
Thutmose II (Aakheperkara)
Thutmose III (Menkheperra)
Reina Hatshepsut (Maatkara)
Amenhotep II (Aakheperura)
Thutmose IV (Menheperura)
Amenhotep III (Nebmaatra)
Amenhotep IV/Akenatón
(Neferkheperurawaenra)
Neferneferuaten (Smenkhkara)
Tutankamón (Nebkheperura)
Ay (Kheperkheperura)
Horemheb (Djeserkheperura)

Período Ramésida:

Faraones de la Dinastía XIX

Ramsés I (Menpehtyra)
Sety I (Menmaatra)
Ramsés II (Usemaatra Setepenra)
Merenptah (Baenra)
Amenmessu (Menmira)
Sety II ( Userkheperura Setepenra)
Saptah (Akehnrasetepenra)
Reina Tausret (Sitrameritamun)

Faraones de la Dinastía XX

Sethnakht (Userkhaura Meryamun)
Ramsés III (Usermaatra Meryamun)
Ramsés IV (Heqamaatra Setepenamun)
Ramsés V (Usermaatra Sekheperenra)
Ramsés VI (Nebmaatra Meryamun)
Ramsés VII (Usermaatra Setepenra Meryamun)
Ramsés VIII (Usermaatra Akhenamun)
Ramsés IX (Neferkara Setepenra)
Ramsés X (Khepermaatra Setepenra)
Ramsés XI (Menmaatra Setepenptah)

RAFAEL CANALES

En Benalmádena-Costa, a 7 de marzo de 2011.

Bibliografía:

“Rameses. Egypt’s Greatest Pharaoh”. Joyce Tyldesley, Viking, 2000.
“Akhenaten: The Heretic King. Donald B. Redford, Princeton University Press, 1984.
“Akhenaten, King of Egypt”. Cyril Aldred, Thames and Hudson, 1988.
“Akhenaten: Egypt False Prophet". Nicholas Reeves, Thames and Hudson, 2001.
“Akhenaten and the Religion of Light”. Erik Hornung, Cornell University Press, 1999.
“Akhenaten. Dweller in Truth”. Naguib Mahfouz, Anchor Books, 2000.
“Pharaohs of the sun: Akhenaten”. R.E. Freed, Y.J. Markowitz and S.H. D'Auria (eds.), London, Thames & Hudson, 1999.
“The Enciclopedia of Ancient Art”, Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”, Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”, Ian Shaw. Oxford University Press, 2004.
“The Oxford History of Ancient Egypt”, Ian Shaw, Oxford University Press, 2002.
“Antico Egitto”, Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”, Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“Eternal Egypt: Masterworks of Art”. E.R. Russmann, University of California Press, 2001.
“Ancient Egyptian Religion”. S. Quirke, London, The British Museum Press, 1992.
“British Museum Database”.

lunes, 10 de enero de 2011

El Período Amarna y el Tardío Imperio Nuevo (c.1.352-1.069 A.C.) 5/6.- Los Sucesores de Ramsés II. Ramsés III y la Dinastía XX. Ramsés IV.





Escena del Gran Papiro de Harris. Ramsés III ante los dioses de Menfis. Dinastía XX, Tebas, hacia 1.150 A.C. (Pinchar y Ampliar)

At forty-two metres, the Great Harris Papyrus is one of the longest papyri still in existence from ancient Egypt. It is divided into five sections, with hieratic text and three illustrations of the king and the gods accompanied by hieroglyphic texts.
The first three sections describe the donations made by King Ramesses III (1.184-1.153 BC) to the gods and temples of Thebes, Heliopolis and Memphis. Each of these sections is illustrated, the king making offerings to three of the deities from each area. The amounts were colossal: The list relating to Thebes alone includes 309,950 sacks of grain and large quantities of metals and semi-precious stones.
This vignette is the third of those at the beginning of the papyrus. The king worships the gods of Memphis, one of the main administrative cities of Egypt. He holds the crook and flail, and wears clothing reserved for the king, including the banded cloth head-dress, sash, triangular-fronted kilt and bull's tail. Each god or goddess is shown in his or her most typical form. The close fitting and ornate costumes are typical of the traditional clothing the deities were thought to wear.
(Base de Datos del Museo Británico)

LOS SUCESORES DE RAMSÉS II
Durante los primeros años de su reinado, Merenptah - que para entonces debería estar ya bien entrado en años - puso en marcha varias campañas militares en el extranjero, no sólo a Nubia, sino también a Palestina y Yenoam; “la estela de la victoria”, que reseña sus éxitos bélicos, también aporta las primeras referencias egipcias a Israel; bien que no como país o ciudad, sino como tribu. Sin embargo, el evento más importante del reinado de Merenptah tuvo lugar en su año 5, y la "estela de la victoria" trata justamente de eso, de una campaña contra los libios que venían representando un continuo problema - incluso durante los reinados de su padre y de su abuelo - de forma que las fortificaciones que se habían construido bordeando la orilla occidental del Delta habrían sido obviamente insuficientes para prevenir la invasión de una masiva coalición de libios y otras tribus, encabezada por su rey, Mereye.
Las décadas anteriores habían sido testigos de una gran inmigración en el mundo egeo y jónico; muy probablemente consecuencia de una generalizada y larga mala cosecha, y su consiguiente hambruna. Según consta en una larga inscripción existente entre el 7º pilono y la parte central del templo de Karnak, Merenptah habría enviado grano a los hambrientos hititas, todavía aliados suyos en el Este. Muchos centros importantes de la Mycenaean Grecia habían sido violentamente destruidos, y las franja occidental del imperio hitita habría ya empezado a desmoronarse. Los merodeadores “Pueblos del Mar" - por cuyo apelativo pronto se les conocería en Egipto - habrían ya alcanzado la costa norte de África entre Cirenaica y Mersa Matruh, que ya en la Tardía Edad de Bronce había sido ocupada temporalmente por navegantes extranjeros que hacían el viaje de Chipre al Delta egipcio vía Creta.
En esta zona, los Pueblos del Mar acabarían uniéndose a tribus libias, y con un ejército de unos 16.000 hombres, marcharían sobre Egipto. El hecho de que trajesen a sus mujeres e hijos, así como a su ganado y otras pertenencias, parecería indicar que tenían ya planificado su asentamiento en Egipto; de hecho, habían penetrado ya en el Delta Occidental y se movían hacia el sur amenazando a Menfis y Heliópolis, cuando Merenptah les hizo frente, y en una batalla que duraría seis horas, consiguió derrotarlos.
En esta ocasión, los libios estaban avocados al fracaso ya que, como nos explica Merenptah en su "estela de la victoria", su rey Mereye había sido ya “encontrado culpable de sus crímenes” por el tribunal divino de Heliópolis. Y el dios Atum, que presidía el tribunal, habría entregado a su hijo Merenptah la espada de la victoria, convirtiendo así la batalla en nada menos que una “guerra santa”. Fueron miles los enemigos que perecieron, pero otros muchos serían capturados y luego asentados en colonias militares - especialmente en el Delta - donde sus descendientes acabarían representando un factor político importante en alza, como podremos ver más adelante en el Capítulo 12.

Al parecer, el resto del reinado de Merenptah fue pacífico, hecho que aprovechó el soberano para construir al menos dos templos y un palacio en Menfis. No obstante, tenía que ser consciente de que no le quedaban muchos años, ya que su templo mortuorio de la orilla occidental tebana se construyó utilizando exclusivamente bloques procedentes de construcciones anteriores; en particular, de los cercanos templos de Amenhotep III.
Falleció en su 9º año de reinado, e inmediatamente después de su muerte surgieron los problemas de sucesión ya que, aunque el próximo faraón Sety II (1.200-1.194 A.C.) era, casi con total certeza, el hijo mayor de Merenptah, un rival real, Amenmessu llegaría a gobernar durante unos años; al menos en el sur del país. Cuándo ocurrió esto exactamente, sigue siendo aún objeto de controversia, y se ha llegado a especular que Amenmessu depuso a Sety II durante algún tiempo entre los años 3 y 5 de su reinado; aunque otros sitúan el origen del problema al comienzo de su reinado. Sea cual fuese lo que ocurrió, lo cierto es que SetyII, sin escrúpulo alguno, procedió a borrar y usurpó la totalidad de los cartuchos de Amenmessu, y textos posteriores se refieren a su gobernante rival como “el enemigo”.
A la muerte de Sety II, después de un reinado de casi seis años completos, su único hijo, Saptah (1.194-1.188 A.C.), le sucedió. Pero Saptah no era hijo de la principal esposa de Sety, Tausret (1.188-1.186 A.C.); sino de una concubina siria llamada Sutailja. Y lo más importante es que sólo era un muchacho muy joven, con atrofia en una pierna consecuencia de una poliomielitis. Su madrastra, Tausret, continuó siendo la “gran esposa real”, y ejerció como regente, si bien no era el único poder que había detrás del Trono, pues un poderoso funcionario llamado Bay, descrito como “canciller de todo el territorio”, de origen sirio, pudo haber sido el gobernante real del país por esas fechas.
Se le ha representado en varias ocasiones con Saptah y Tausret, y en algunas inscripciones reivindica que fue él quien “instaló al soberano en el trono de su padre”, extraordinaria afirmación normalmente sólo puesta en boca de los dioses. Cuando Saptah falleció en su 6º año de reinado, Tausret reinaría en solitario durante dos años más, sin duda con el apoyo de Bay. Ella fue pues, después de Hatshepsut y Nefertiti, la tercera reina que gobernaría como faraón en el Imperio Nuevo. Con su muerte, la Dinastía XIX llegaría a su fin.
RAMSÉS III Y LA DINASTÍA XX

Cómo ganó poder la siguiente dinastía, aún no está claro. Las únicas noticias de acontecimientos políticos de la época proceden de una estela levantada en la Isla de Elefantina por su primer gobernante, Sethnakht (1.186-1.184 A.C.), y una referencia escrita unos treinta años más tarde, en el Gran Papiro de Harris de principios del reinado de Ramsés IV (1.153-1.147 A.C.). En La estela, Sethnakht narra cómo expulsó a unos rebeldes, quienes en su huida, habrían dejado tras de sí oro, plata, y cobre que habían robado en Egipto y pretendían utilizar para agenciarse refuerzos de entre los Asiáticos.
El papiro describe cómo un estado de desorden y caos se habrían instalado en Egipto debido a fuerzas foráneas; después de varios años en los que no existió nadie que gobernase, un individuo sirio llamado Irsu – nombre "fabricado" que querría decir algo así como "hecho a sí mismo", es decir, un "advenedizo” - se incautó del poder y, junto a sus confederados, saquearon todo el país; trataron a los dioses como seres humanos ordinarios; y pusieron fin a los sacrificios en los templos; descripción que recuerda la del Período Amarna de los años de la Restauración. Hecho esto, los dioses escogieron a Sethnakht como su próximo gobernante - igual que hicieran con Horemheb al final de la Dinastía XVIII - y el orden fue restablecido.

Estos textos nos pueden llevar a la conclusión de que después de la muerte de Tausret, Bay habría tratado de arrebatar el poder e incluso que tuviese éxito durante un breve período hasta que finalmente fue expulsado por Sethnakht. La fecha de la estela de Elefantina no es del año 1 de su reinado, como cabría esperar de una “estela de la victoria”, sino del año 2, y esta fecha no aparece al inicio del texto, como es costumbre en las estelas, sino hacia el final. Así que se ha sugerido que representa la fecha de la victoria de Sethnakht, y a la vez la fecha real de su ascensión, habiéndose contado, en retrospectiva, el tiempo que tardó en doblegar a sus adversarios, como su primer año. Pero, de ser así, no disfrutó su recientemente ganada realeza durante mucho tiempo, ya que fallecería poco después, siendo sucedido por su hijo Ramsés III (1.184-1.153 A.C.).
Aunque el nuevo faraón heredó de su padre paz y estabilidad, pronto tendría también su buen trozo del pastel. En el año 5 tuvo que frenar nuevos avances de las tropas libias que se habrían aprovechado del período de luchas internas para penetrar en el Delta Occidental hasta el propio brazo central de El Nilo. Para entonces, parece que los egipcios habrían aceptado esta inmigración pacífica como inevitable. Pero cuando tuvo lugar una rebelión contra el faraón por interferir éste en la sucesión de su “rey”, la respuesta de Ramsés III fue inmediata y los volvió a someter bajo control egipcio. En el año 11, tendría lugar una nueva campaña libia. Más amenazadora fue, sin embargo, la gran batalla contra los Pueblos del Mar, en el año 8.
Desde los tiempos de Merenptah, cuando algunos de los Pueblos de Mar intentaron por vez primera entrar en Egipto por el oeste, sus andanzas habrían revuelto todo el Oriente Medio. La capital hitita Hatusas había caído en sus manos y barrido todo su imperio; habían conquistado Tarsus y muchos de ellos se habrían asentados en las planicies de Cilicia - zona costera meridional de la península de Anatolia que ahora se conoce como Çukorova - y norte de Siria, arrasando Alalakh y Ugarit. Chipre también habría sido aplastada y su capital Enkomi saqueada. Por otra parte, su objetivo final era, claramente, Egipto y en el año 8 de Ramsés III lanzaron un ataque combinado tierra-mar sobre el Delta.
Pero los egipcios, plenamente conscientes del inminente peligro, habrían movido un gran contingente de fuerzas defensivas a Djahy, al sur de Palestina - quizás las guarniciones egipcias de la franja de Gaza - fortificando así las bocas de los brazos de El Nilo en el Delta. Cuando finalmente sobrevino el asalto, las tropas de Ramsés III estaban bien preparadas y fueron capaces de rechazar a los invasores. Aunque los Pueblos del Mar habían cambiarían para siempre el mundo del Mediterráneo Oriental, nunca lograron invadir Egipto y su presencia en Siria-Palestina no parece en principio que afectase la influencia de Egipto en los territorios del norte.
En casa, Ramsés III dedicó gran parte de su tiempo y energía en sus proyectos de construcción entre los que destaca su gran templo mortuorio en Medinet Habu que se inició poco después de su ascensión y se terminaría en el año 12; hoy se alza como uno de los templos mejor conservado del Imperio Nuevo, con una decoración en sus muros exteriores que incluye escenas de la batalla con los Pueblos del Mar. Se ajustó al modelo del Rameseum de su gran predecesor Ramsés II al que Ramsés III quiso emular de muchas formas; Sus propios nombres reales eran todos idénticos a los de Ramsés II, e incluso dio a sus hijos los nombres de los numerosos hijos de aquel. La construcción de Medinet Habu y otros proyectos no parece que fuesen obstaculizados por las frecuentes amenazas a las fronteras egipcias. También se tiene noticia de una importante expedición a Punt, quizás la primera desde la famosa empresa a aquellas remotas tierras en los tiempos de Hatshepsut, y otra a Atika, quizás a las minas de cobre de Timna.
Sin embargo, no todo iba bien en Egipto. El período de desorden que precedió a la ascensión de Rameses habría llevado a la corrupción y abusos diversos, por lo que se vio forzado a inspeccionar y reorganizar varios templos a lo largo del país. El Gran Papiro de Harris enumera las enormes donaciones de tierras que hizo a los templos más importantes de Tebas, Menfis y Heliópolis, y también a menor escala, a otras muchas pequeñas instituciones. Hacia finales de su reinado, un tercio de la tierra cultivable pertenecía a los templos, y tres cuartos de esto pertenecía a Amón de Tebas.
Este planteamiento trastocó el equilibrio entre el templo y el Estado, y entre el faraón y el cada vez más poderoso sacerdocio de Amón. El resultado fue una pérdida de control total de las finanzas estatales resultando que avocó en una crisis económica; el precio del grano se disparó, y las raciones mensuales de los trabajadores de Deir el-Medina, que habían de ser pagadas por la tesorería del Estado, pronto sufrieron atrasos, lo que llevaría en el año 29 a las primeras huelgas organizadas de la historia. Las cosas empeorarían con las continuas redadas de grupos de libios nómadas en la zona de Tebas que crearon un ambiente general de gran inseguridad.
Puede que el gradual colapso del centralizado estado fuese una de las razones tras el atentado contra la vida de Ramsés III y, si no lo fue, el malestar y la inseguridad pudo haber dado a los conspiradores la idea de que podrían contar con un apoyo general si tenían éxito. El complot se gestó en el harem del soberano, presumiblemente en Piramesse, donde unos de los funcionarios implicados, el escriba del harem, tenía casa, siendo él sólo unos de ellos; los cabecillas era una de las esposas de Ramsés, de nombre Tiy, así como algunas otras mujeres del harem, así como algunos mayordomos reales y un administrador; todos ellos habrían estado “agitando al pueblo incitando a la hostilidad con el fin de provocar una rebelión contra su señor”.
I el objetivo final era sentar en el trono al hijo de Tiy, Pentaweret, en vez de al heredero legítimo. Aparentemente el plan consistía en asesinar al faraón durante el Festival Opet de Tebas, pero junto a estos preparativos también había ensalmos y figurillas de cera que fueron clandestinamente introducidas en el harem. Sin embargo, el complot hubo de fallar ya que la momia del faraón no muestra signos de una muerte violenta, y fue su príncipe heredero, Ramsés IV, y no Pentaweret, quien eventualmente le sucedió. Se desconoce cuándo ocurrió todo esto, pero los informes del juicio y las sentencias pasadas a los “grandes criminales” – la mayoría de los cuales se verían forzados al suicidio – aparecen escritos al principio del reinado de Ramsés IV que también compila el Gran Papiro de Harris que contiene el “testamento” de su padre, que sugiere que el intento de asesinato tuvo lugar hacia finales de los treinta y un años de reinado de Ramsés III.
RAMSÉS IV
Todos los restantes faraones de la Dinastía XX se llamaron Ramsés, nombre adoptado en la ascensión al Trono al que añadían al de nacimiento. Probablemente todos eran familiares de Ramsés III aunque hay casos en los que no se sabe exactamente de qué forma. Durante sus reinados Egipto perdió el control sobre sus territorios en Siria-Palestina y la importancia de Nubia también, fue poco a poco, decayendo. Quitando el templo de Khonsu en Karnak, no se construyeron templos importantes, ni siquiera por aquellos soberanos ramésidas que reinaron lo suficiente.
Ramsés IV era el quinto hijo de su padre y pasó a ser príncipe heredero durante el año 22 de su reinado después de que hubiesen fallecido cuatro hermanos mayores. Los hijos de Ramsés III no fueron enterrados en una tumba de galería en el Valle de los Reyes como los de Ramsés II, sino en tumbas separadas en el Valle de las Reinas. A juzgar por el nombre de su madre, "Gran Consorte Real de Ramsés III, Isis-Ta-Habadjilat", el nuevo soberano debía tener sangre extranjera corriendo por sus venas.
Al principio de su reinado, se embarcó en una serie de proyectos de construcción; en especial su tumba real y su templo mortuorio en Tebas, para el que dobló su fuerza laboral a 120 hombres. Probablemente en relación con estos proyectos, organizó varias expediciones a las canteras de Wadi Hammamat - donde poca actividad había habido desde los tiempos de Sety I - así como a las minas de turquesa y cobre del Sinaí y Timna. Sin embargo, ninguno de sus planes de construcción se haría realidad ya que moriría después de un reinado de cinco años - que podrían ser siete – antes de que pudiese concluir alguno de ellos, y a pesar de las plegarias que aparecen en una gran estela existente en Abydos, en las que ruega a Osiris que le conceda un reinado dos veces más largo que el de Ramsés II, que duró 67 años.

Durante el reinado de Ramsés IV, tuvieron lugar nuevos retrasos en las entregas de productos básicos en Deir el-Medina a la vez que la influencia del Gran Sacerdote de Amón iba creciendo. Ramesesnakht, titular de ese alto puesto, pronto tardó en acompañar a los funcionarios oficiales cuando se desplazaron para pagar a sus hombres sus raciones mensuales, haciendo ver que el templo de Amón, y no el Estado, era ya responsable parcialmente de sus salarios. Los dos puestos más altos del estado y del templo estaban de hecho en las manos de miembros de dos familias. De forma que el hijo de Ramesesnakht, Usermaatranakht, ocupaba el cargo de “Administrador de los bienes de Amón”, y como tal, administraba las tierras propiedad del templo, pero también controlaba la vasta mayoría de las tierras estatales del Egipto Medio.
Los titulares de los puestos de “segundo y tercer sacerdote” y el de “padre del dios Amón” eran parientes de Ramesesnakht por matrimonio. Esto ilustra muy bien la marcada tendencia de estos altos cargos – incluyendo el del propio Gran Sacerdote – a que fuesen hereditarios, y así es que al propio Ramesesnakht le sucederían dos de sus hijos. El cargo se iría haciendo cada vez más y más independiente, y el faraón acabaría teniendo sólo un control nominal sobre el Gran Sacerdote que se nombrase.
Terminamos así esta “Hoja Suelta” para dar entrada, en la siguiente, a la 7ª y última de este Capítulo 10, y con ella concluir el Imperio Nuevo, aún, claro está, de la mano de nuestro maestro y guía en este capítulo, el Profesor Jacobus Van Dijk.
RAFAEL CANALES

En Benalmádena-Costa, a 14 de febrero de 2011
 
Bibliografía:

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“The Enciclopedia of Ancient Art”, Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
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“British Museum Database”.


lunes, 6 de diciembre de 2010

El Período Amarna y el Tardío Imperio Nuevo (c.1.352-1.069 A.C.) 4/6.- Ramsés I. Sety I. Ramsés II.

Líderes y Gobernantes del Antiguo Egipto. Lista de Reyes. Abydos, Dinastía XIX, hacia 1.250 A.C. Altura:135 cm; Longitud:370 cm. (Pinchar y Ampliar)

This list of kings is painted on the wall of King Ramesses II's temple at Abydos. It records Ramesses giving presents (called 'offerings') to the spirits of earlier kings. Can you see the royal names? They are the ones that are written in cartouches - that means the hieroglyphs have an oval circle around them.
However, the list is not really a reliable way to find out about Egyptian history. It only includes Ramesses' favourite kings, and leaves out kings who later fell out of favour, such as Tutankhamun
. (Base de Datos del Museo Británico)

RAMSÉS I

El principio para la elección de un heredero plebeyo lo adoptaron Horemheb y los primeros soberanos ramésidas, siendo el primero elegido por Horemheb como príncipe regente, con carácter vitalicio, y con los mismos títulos que él mismo había ostentado bajo Tutankamón. Este individuo, Paramessu, actuó como visir suyo a la vez que ostentaba otros títulos militares, incluyendo el de Jefe de la fortaleza de Sile, un importante baluarte situado en el camino que conecta el Delta egipcio con Siria-Palestina. El rol asignado a Paramessu revela, una vez más, la preocupación por la situación militar en los territorios al norte de Egipto.

La familia de Paramessu era originaria de la ciudad de Avaris, antigua capital de los Hyksos, y el rol de su dios local Seth, que habría conservado fuertes relaciones con el dios cananeo Ba’al, parece que habría sido comparable al de Horus de Hutnesu en la carrera militar de Horemheb. Visto esto, es interesante observar cómo Horemheb ordenó levantar un templo a Seth en Avaris. La familia real ramésida consideraba al dios Seth como su antepasado real, y un obelisco recientemente descubierto en el fondo del mar, frente a Alejandría, pero originalmente procedente de Heliópolis, nos muestra a Sety I, con forma de esfinge y cabeza del animal Seth, haciendo ofrendas a Ra-Atum.

Cuando Horemheb falleció, aparentemente sin descendencia, Paramessu le sucedió como Ramsés I (1.295-1.294 A.C.). Con él comienza así una nueva dinastía, la XIX, aunque parece haber alguna evidencia que sugiere que los faraones ramésidas consideraron siempre a Horemheb como su fundador. Ramsés I debería ser ya mayor cuando ascendió al trono ya que su hijo, y probablemente también su nieto, habían nacido antes de su ascensión.

Durante su corto reinado – escasamente un año – e incluso antes, su hijo Sety fue nombrado visir y jefe de Sile, pero también ostentaba una serie de títulos sacerdotales que le ligaban con varios dioses adorados en el Delta, incluyendo el de Gran Sacerdote de Seth. Horemheb, en su "Texto de la Coronación", habría señalado que él había dotado los templos recientemente reabiertos de nuevos sacerdotes escogidos “de entre la cumbre militar”, dándoles tierras de cultivo y ganado. Por otros documentos, se sabe también que a los soldados retirados se les solía encomendar tareas sacerdotales, y se les recompensaba con algunos terrenos en sus ciudades de origen, por lo que puede que tampoco Sety I fuese particularmente joven cuando su padre subió al trono.

SETY I Y LA “RESTAURACIÓN”

A Sety se le debe acreditar el volumen de restauración de los templos tradicionales, continuando y sobrepasando así los esfuerzos de sus predecesores. Por todas partes se restauraron las inscripciones de faraones pre-amarnienses y se volvieron a tallar las representaciones de Amón que habrían sido arrancadas por Akenatón. También llegó a embarcarse en un ambicioso proyecto de construcción propio. Prácticamente en todo el país, y en particular en los grandes centros religiosos de Tebas, Abydos, Menfis, y Heliópolis, se levantaron nuevos templos o se ampliaron los existentes. Entre estos últimos estaba el templo a Seth de Avaris, ciudad que pronto se convertiría en la nueva residencia del Delta de los soberanos ramésidas.

En Karnak, Sety prosiguió con la construcción de la Gran Sala Hipóstila que iniciase Horemheb, que fue conectada con su propio templo mortuorio de Abd-el-Qurna, justo al otro lado de Karnak, en el margen oeste de El Nilo. Junto al templo de Hatshepsut en Deir el-Bahri que él restauró, estos edificios proporcionaban un escenario espléndido para la importante y bella Fiesta del Valle que se celebraba cada año durante la cual el dios Amón de Karnak visitaba a los dioses del margen izquierdo del río y el pueblo se acercaba a las tumbas de sus familiares fallecidos para comer, beber y disfrutar en su compañía.

En Abydos, Sety I construyó un majestuoso templo cenotafio para el dios Osiris, siguiendo los ejemplos del Imperio Medio y principios de la Dinastía XVIII. La famosa Lista de Reyes de este templo, un listado de los ancestros reales que participaron en el culto de ofrendas a Osiris proporciona la primera evidencia de que el episodio de Amarna estaba para entonces completamente eliminado de los registros oficiales. En la lista a Amenhotep III le sigue inmediatamente Horemheb, y otras fuentes indican que los años de reinado de los faraones desde Akenatón a Ay fueron añadidos a los de Horemheb.

El programa de construcción de Sety I se hizo posible reabriendo algunas canteras y minas - incluyendo las del Sinaí - y también porque, al igual que sus predecesores, el faraón invadió Nubia para obtener así cautivos que serían eventualmente utilizados como mano de obra barata. La seguridad fue otra de las razones de las campañas nubias, ya que la financiación de sus proyectos de construcción procedían de la explotación de las minas de oro, tanto del lugar como del Desierto Oriental. Estas últimas, en particular, se trabajaban en nombre del Gran Templo a Osiris de Sety I, en Abydos; en su año 9 de reinado, la carretera que daba acceso a ellas disponía de un lugar de descanso, un pozo recién cavado, y un pequeño templo. En Nubia hubo un intento fallido de excavar un nuevo pozo con objeto de hacer más accesibles las minas más rentables en lugares lejanos.

Otros recursos procedían previamente de los territorios egipcios en Palestina y Siria, y ahora era esencial reafirmar la autoridad sobre dichas tierras. Sety I comenzó su año 1 de reinado con una campaña a pequeña escala contra los shasus en el sur de Palestina, a la que pronto siguieron otras expediciones militares más al norte.

Nota ex profeso

Shasu es la palabra egipcia para designar a los nómadas que surgieron en Oriente Medio, del siglo XV a. C. al Tercer Periodo Intermedio. El nombre evolucionó de una transcripción de la palabra egipcia š3 su, el término para designar a los beduinos vagabundos.

Esta palabra tiene su origen en una lista de personas de Transjordania, del siglo XV a. C., describiendo uno de los territorios de los Shasu como "Yhw en la tierra de los Shasu". De esta evidencia, algunos eruditos, como Donald B. Redford y William G. Dever, concluyen que las personas que posteriormente serían los "Israelitas" fueron registradas en la Estela de Merenptah (o Estela de Israel), quienes fundaron el reino de Israel eran, originalmente, una tribu Shasu.

Las listas de Soleb y Amará (en Nubia), datadas al final del siglo XV a. C. (Dinastía XVII y XVIII) sugieren que una concentración original de asentamientos Shasu estaba situada en el sur de Transjordania, en las llanuras de Moab y el norte de Edom, donde un grupo de seis nombres son identificados como la tierra de los Shasu y entre ellos se incluyen Se'ir (Edom), Labán (posiblemente Libona, al sur de Amán), Sam'ath (simetitas, un clan de los kenitas: 1 Crón. 2:55), Wrbr (probablemente el Uadi Hasa), Yhw, y Pysps. En otros textos de la Dinastía XIX y XX, el vínculo constante de los Shasu con lugares de Edom y el Arabá (Timna) sitúa las identificaciones de las anteriores listas fuera de toda duda.

Sin embargo, la conexión propuesta entre israelitas y Shasu está menoscabada por el hecho de que en los bajorrelieves de época de Merenptah, los israelitas no son descritos ni representados como Shasu. Esto ha orientado a otros eruditos, como Franco J. Yurco y Michael G. Hasel, a identificar a los Shasu en los bajorrelieves de Merenptah, en Karnak, como individuos distintos de los Israelitas, ya que ellos llevan ropas y peinados diferentes, y son denominados de forma distinta por los escribas egipcios. Además, la palabra Israelita determina a personas, o a un grupo socio-étnico, y la designación más frecuente para los "enemigos Shasu" es el determinativo de colina-país; así son diferenciados de los cananeos, que albergan las ciudades fortificadas de Ashkelon, Gezer, y Yenoam.

En una guerra posterior, Sety I penetró en los territorios ocupados por entonces por los hititas y consiguió reconquistar Qadesh lo que animó a Amurru a desertar a las filas egipcias. El resultado fue una guerra con los hititas durante la que ambos estados vasallos se perdieron de nuevo, seguido de un período de paz vigilada. Sety I fue también el primer faraón que tuvo que enfrentarse a incursiones de tribus libias a lo largo de la frontera oeste del delta. Estas tribus, que al parecer habrían sido motivadas principalmente por la hambruna, continuarían causando problemas a lo largo de lo que quedaba del Imperio Nuevo, pero se sabe de un primer intento de asentarse en Egipto, que no fuese el hecho de que la campaña de Sety I contra ellos tuvo lugar probablemente antes de su confrontación con los hititas.

Los relieves del muro exterior norte de la Gran Sala Hipóstila que documentan las campañas libias y sirias, muestran un estilo más realista que, quitando algunos precursores de los tiempos de Tutmosis IV y Amenhotep III, estaba claramente influenciado por el realismo del estilo amarniense. Más que las tradicionales escenas en las que se aniquilaba al enemigo con su fuerte contenido simbólico, estos relieves bélicos daban la sensación de estar visionando un hecho histórico y real.

Un importante rol lo juega en estos relieves un “maestro de ceremonias y portador del abanico” llamado Mehy (abreviatura de Amenemheb, Horemheb, u otro nombre parecido) que acompaña a Sety I en diversas escenas. Es improbable que este individuo fuese algo más que un simple militar de confianza que quizás dirigió algunas de las campañas en lugar del propio faraón, pero el sucesor de Sety I, Ramsés II (1.279-1.213 A.C.), ansioso por acentuar su propio papel en el campo de batalla durante el reinado de su padre, hizo borrar el nombre e imágenes de Mehy y en algunos casos los mandó sustituir por los suyos como príncipe coronado.

RAMESES II

Desgraciadamente se desconoce durante cuánto tiempo Sety I ocupó el Trono. El año de reinado más alto documentado es el 11, pero pudo haber reinado algunos años más. Hacia finales de su reinado – no se sabe exactamente cuándo – nombró a su hijo y heredero corregente cuando todavía era “un niño en sus brazos”. Las fuentes de esta corregencia todas datan del reinado de Ramsés II en solitario, sin embargo, él bien pudo haber exagerado su duración y su importancia. No obstante es muy significativo que Ramsés II recibiese su dignidad real de esta forma. Si bien era ciertamente hijo de Sety I, es casi seguro que nació durante el reinado de Horemheb, antes que su abuelo ascendiese al trono, y en una época en la que tanto Ramsés I como Sety I eran simples oficiales, hecho que más adelante sería enfatizado más que disfrazado por el propio Ramsés II de forma muy parecida a como Horemheb lo había hecho en su "Texto de la Coronación".

Aunque su padre era obviamente rey cuando Ramsés II fue coronado como corregente, su elección se asemeja a la de Horemheb. Está claro que la sucesión por parte del príncipe heredero no suponía una conclusión irreversible, y se mantendría asegurada mientras viviese el padre. Sólo más adelante, cuando Ramsés II gobernase en solitario, volvería al viejo “mito del nacimiento del faraón divino” que habría legitimado a los gobernantes de la Dinastía XVIII.

Muy a principios de su reinado, probablemente aún como corregente de su padre, fue a su primera campaña militar, un incidente limitado encaminado a sofocar una rebelión en Nubia. Los relieves en un pequeño templo cavado en roca en Beit el-Wali conmemorando el hecho muestra al joven faraón en compañía de dos de sus hijos, el príncipe heredero, Amunherwenemef, y el cuarto hijo de Ramsés, Khaemwaset, quienes, aunque se muestran orgullosamente erguidos en sus carros de combate, tienen que haber sido, por entonces, meros mozuelos.

A través de todo el Período Ramésida, los príncipes reales, que durante la Dinastía XVIII sólo habían sido representados ocasionalmente en la tumba de sus cuidadores y profesores, aparecía de forma prominente en los monumentos reales de su padre, quizás con objeto de enfatizar que la realeza de la nueva dinastía era, de nuevo, auténtica y hereditaria. Casi sin excepción alguna, todos los príncipes herederos ramésidas ostentaban el título – honorífico o real – de Comandante en Jefe del Ejército, combinación que aparece por vez primera en el caso de Horemheb, el fundador de la dinastía.

En su cuarto año de reinado, Ramsés II montó su primera gran campaña en Siria con lo que, una vez más, Amurru volvió al redil egipcio. Esto, por otra parte, no iba a durar mucho, ya que el soberano hitita Muwatalli decidió reconquistar de inmediato Amurrio e intentar prevenir futuras pérdidas de territorio en favor de los egipcios. El resultado fue que en el siguiente año, Ramsés II, de nuevo, pasó la fortaleza fronteriza de Sile, esta vez para declarar abiertamente la guerra a su rival. La Batalla de Qadesh que le siguió constituye uno de los famosos conflictos armados de la Antigüedad; quizás no tanto porque fuese significativamente diferente de otras anteriores, sino porque Ramsés II, aunque no consiguiese conseguir sus objetivos, la presentó, a su vuelta a casa, como una enorme victoria, descrita en grandes y largas composiciones, que, en una campaña propagandística sin precedentes, mandaría esculpir en los muros de todos los grandes templos.

La realidad es que a Ramsés II se le hizo creer erróneamente que el soberano hitita se encontraba en el extremo norte, en Tunip, demasiado asustado para enfrentarse a los egipcios cuando de hecho estaba muy cerca, al otro lado de Qadesh. Así pues, Rameses hizo una rápida aproximación a Qadesh con sólo una división de las cuatro e inmediatamente fue obligado a enfrentarse al imponente ejército que el rey hitita había pertrechado contra él. Muwatalli, primero destruyó la segunda división egipcia que ya avanzaba para unirse a la primera, y luego se dio la vuelta para aplastar a Ramsés y a sus tropas.

En una posterior descripción de la batalla, Ramsés nos cuenta que este fue su verdadero momento de gloria ya que, cuando incluso los más allegados ayudantes se disponían a desertar, invocó a su padre Amón para que le salvara, y, entonces, casi completamente solo, consiguió poner en fuga a los atacantes hititas. Pero he aquí que Amón, oyendo sus plegarias, rescató al faraón haciendo que fuerzas egipcias de ayuda, procedentes del litoral de Amurru, apareciesen justo en el momento crítico. Estas fuerzas, entonces, junto a las de Ramsés, atacaron la retaguardia de los hititas, diezmando de forma considerable los carros de combates del enemigo y haciendo huir al resto de tropas, de las que muchas acabaron el río Orontes.

Con la llegada de la tercera división, cuando el combate había casi concluido, a la que siguió la cuarta, ya en el ocaso del día, los egipcios pudieron reagrupar sus fuerzas y se encontraban en disposición de enfrentarse al enemigo a la mañana siguiente. Pero, a pesar de que los carros de combate de los egipcios superaban numéricamente a los de los hititas, el formidable ejército de Muwatalli, pudo mantener posiciones y la batalla acabó en tablas. Ramsés II rechazó una oferta de paz de los hititas, pero finalmente se acordó una tregua.

Los egipcios regresaron a casa con muchos prisioneros de guerra y un buen botín, pero sin haber logrado su objetivo. En años posteriores se sucederían con éxito otras confrontaciones en Siria-Palestina pero en todas las ocasiones los estados vasallos conquistados volvería de nuevo al redil hitita una vez que los ejércitos egipcios regresaban a su patria, así que los egipcios no llegarían nunca a recuperar Qadesh y Amurru.

En el año 16 del reinado de Ramsés II, el joven hijo de Muwatalli, Urhi-Teshub, que habría sucedido a su padre con el nombre de Mursili III, fue depuesto por su tío Hattusili III y, dos años después, después de vanos intentos por recuperar el Trono con la ayuda, primero de los babilonios, y después con la de los asirios, finalmente refugiaría en Egipto. Hattusili exigió, de inmediato, su extradición, que fu rechazada, con lo que el soberano hitita estaba dispuesto a hacer, de nuevo, la guerra a Egipto. Entretanto, sin embargo, los asirios habían conquistado Hanigalbat, un antiguo estado vasallo que habría recientemente desertado al campo hitita, y ahora amenazaban Carchemish y al propio imperio hitita. Frente a esta amenazante situación, Hattusili no tuvo otra opción que iniciar unas negociaciones de paz con Egipto que redundaría en un tratado formal en el año de reinado 21.

Aunque los egipcios tuvieron que aceptar la pérdida de Qadesh y Amurru, la paz trajo un nuevo período de estabilidad en el frente norte y con las fronteras abiertas al Éufrates, al Mar Negro y al Egeo oriental, el comercio internacional pronto floreció como no lo había hecho desde los tiempos de Amenhotep III. También significó que Rameses II pudo ahora concentrarse en la frontera occidental, bajo continua presión de los invasores libios; principalmente en la franja del Delta donde Ramsés construyó toda una serie de fortificaciones. En el año 34 los lazos con los hititas se fortificaron aún más con el matrimonio de Ramsés II con la hija de Hattusili que sería recibida con toda pompa y boato con el nombre egipcio de Neferura-que-está-agradecida-a Horus (es decir, al faraón).

Esta princesa hitita era sólo una de las siete mujeres que gozaban del estatus de “Gran Esposa Real” durante el muy largo reinado de sesenta y siete años del faraón Ramsés II. Cuando fue nombrado corregente de su padre se le obsequió con un harem repleto de bellísimas mujeres, pero, aparte, tenía dos esposas destacadas, Nefertari y Isetnefret, que le darían, ambas, varios niños y niñas. Nefertari fue Gran Esposa Real hasta su muerte hacia el año 25, cuando el título pasaría a Isetnefret que según parece habría fallecido no mucho antes de la llegada de la princesa hitita. Cuatro hijas de Ramsés también gozaron del título: Henutmira – durante mucho tiempo considerada su hermana más que hija suya -, Bintanat, Merytamun, y Nebettawy.

Éstas eran las más ensalzadas entre las hijas del soberano, de las que había, al menos, cuarenta además de unos cuarenta y cinco hijos. Muchos de ellos aparecen desplegados en largas procesiones sobre los muros de los grandes templos construidos por su padre, que llegaría a sobrevivir a varios de sus hijos. Todos ellos serían enterrados, uno tras otro, en una tumba gigante en el Valle de los Reyes (KV5), descubierta hace relativamente poco tiempo. La tumba se asemeja a la red de galerías subterráneas que Ramsés empezaría a construir en Saqqara para el enterramiento de los toros sagrados Apis del Dios Ptah, que hasta entonces se venían colocando en tumbas separadas.

Durante sus largos años en el Trono, Ramsés II llevó a cabo un vasto programa de construcción. Empezó añadiendo un gran patio peristilo y un pilono al templo de Amón en Karnak, construido por Amenhotep III y terminado por los últimos faraones de la Dinastía XVIII. El patio se planificó con un ángulo diferente al del resto del templo, muy probablemente con la intención de que crear una línea recta que atravezase el río hasta el propio emplazamiento del templo mortuorio del soberano, el "Rameseum", muy en la línea de lo que su padre había hecho en la Gran Sala Hipóstila, en Karnak, y en el templo de Abd el-Qurna, en el margen oeste del río. Ramsés también edificó un templo en honor a Osiris en Abydos, de menor tamaño que el de su padre, pero igual de bello.

Durante el resto de su reinado, fue gradualmente llenando su reino con sus templos y estatuas, en muchos casos usurpando los de soberanos que le precedieron; es difícil encontrar en todo Egipto un yacimiento en el que sus cartuchos no aparezcan en sus monumentos. Es particularmente impresionante la sorprendente serie de ocho templos cavados en roca en la Baja Nubia, incluyendo dos en Abu Simbel, que habrían sido construidos en su mayoría con mano de obra procedente de tribus locales, como se demuestra en el caso de Wadi es-Sebua, levantado para el faraón por Setau, virrey de Nubia, después de una razzia en el año 44.

Nota ex profeso

Una "razia" o "razzia" (del francés "razzia", con el significado de «incursión», y éste del árabe argelino "gazw" (غزو), que significa "algara" y del que procede la antigua palabra castellana "algazúa"), es un término usado para referirse a un ataque sorpresa contra un asentamiento enemigo, íntimamente asociado a la Yihad, que han practicado diversos grupos musulmanes.

Aunque principalmente buscaba la obtención de botín, históricamente los objetivos de una "razia" han sido diversos: la captura de esclavos, la limpieza étnica o religiosa, la expansión del territorio musulmán, y la intimidación del enemigo. El término probablemente proviene de la cuarta dinastía irania (226-651) y valorada por la Arabia de la época del profeta Mahoma. Una de las "razias" más representativas, por su significado simbólico, fue el saqueo de Roma en 410 por el rey visigodo Alarico I, cuya repercusión resonó en futuras invasiones masivas las décadas siguientes.

Con el tiempo, su significado se ha extendido también a otras actividades que guardan ciertas similitudes con estos ataques, como las redadas de la policía o ciertas incursiones violentas realizadas por grupos organizados o paramilitares, como las realizadas a favelas brasileñas o a campos de refugiados durante las guerras en África central. Actualmente, en el idioma turco, el término significa «veterano de guerra».

Entre los centenares de estatuas de deidades y reyes que usurpó Ramsés II, las levantadas por Amenhotep III, último faraón antes del Período Amarna, eran particularmente favoritas, como lo fueron las levantadas por los soberanos de la Dinastía XII, los grandes gobernantes del período clásico de la Historia Egipcia que servirían de modelo para el nuevo Egipto que se estaba remodelando, después de la radical ruptura con la tradición que constituyó el Período Amarna.

La misma reflexión sobre un pasado grandioso es también evidente por el renovado interés en los escritores clásicos de los imperios Antiguo y Medio; especialmente las “enseñanzas” e “instrucciones” de las viejas epopeyas, tales como Ptahhotep y Kagemni, y las descripciones de caos, como las de Neferti y Ipuwer. Fue, quizás, porque los escribas ramésidas pensaban que estas antiguas obras literarias eran inigualables, y menos aún superables, por la literatura contemporánea - como es el caso de los poemas de amor, y los cuentos folclóricos e historias míticas que brotaban como fuente inspiradora de la tradición oral - que no se escribía en egipcio clásico, sino en lengua moderna introducida por vez primera por Akenatón.

Ramsés II fue también el soberano que extendió la ciudad de Avaris y la hizo su gran residencia del Delta llamada Piramesse (“Hogar de Ramsés”), la Raamses de tradición bíblica. Su localización ha sido siempre motivo de disputa, si bien ahora se ha establecido más allá de cualquier duda razonable que hay que identificarla con los extensos restos de Tell el-Dab’a y Qantir, en el Delta Oriental. La ciudad, estratégicamente situada cerca del camino que conducía a la fortaleza fronteriza de Sile y a las provincias de Palestina y Siria, y también junto a la laguna regada por el largo brazo pelusíaco del Nilo, pronto se convertiría en el centro de comercio Internacional más importante, y base militar del país.

La influencia asiática en la zona siempre había sido muy intensa, pero ahora muchas de las deidades extranjeras tales como Ba’al, Reshep, Hauron, Anat, y Astarte - por nombrar sólo unas cuantas - se adoraban en Piramesse. En la ciudad vivían muchos extranjeros algunos de los cuales alcanzarían puestos como funcionarios de alto rango. Uno de los puestos con más frecuencia ocupados por extranjeros era el de “Mayordomo real”, un alto cargo ejecutivo, fuera de la jerarquía burocrática normal, cuyo titular habría sido encomendado por el faraón para una misión real especial.

Como resultado del tratado de paz con los hititas, se empleaban a artesanos especialistas enviados por el antiguo enemigo de Egipto para trabajar en los talleres de la armería de Piramesse a fin de adiestrar a los egipcios en la tecnología de nuevas armas, incluyendo la fabricación de los muy cotizados escudos hititas. De hecho, en estas fechas, el ejército egipcio contaba entre sus filas con muchos extranjeros que llegaron a Egipto como prisioneros de guerra egipcios y se habrían incorporado a las fuerzas de combate del país.

Muchos de los altos caros de Ramsés II vivían y trabajaban en Piramesse, pero parece ser muchos de ellos serían enterrados en otros lugares, en particular en la necrópolis de Menfis. Unas treinta y cinco tumbas del Período Ramésida se llevan escavadas allí, algunas de gran tamaño. Estas tumbas siguieron tomando la forma de un templo egipcio, si bien en comparación con las tumbas de finales de la Dinastía XVIII, la calidad del trabajo habría disminuido. En las primeras tumbas se empleó una sólida mampostería de adobe con un revestimiento de caliza fijado a sus caras interiores, pero ahora los muros consistían, en su totalidad, de una doble fila de ortostatos (monolitos dispuestos verticalmente) con el espacio que los separa relleno de escombros, e idéntica técnica se utilizó para los pilonos y las pirámides.

Además, la calidad de la propia caliza no era con frecuencia muy buena y, en vez de hacer que los bloques encajasen cuidadosamente unos contra otros se era especialmente generoso con la argamasa para rellenar las uniones. Ni tampoco los relieves tallados en ellos son comparables con los de viejas tumbas del cementerio. El declive general de la calidad de la mano de obra se puede apreciar por todo el país; incluso en los templos del propio faraón; de las dos principales técnicas para la talla de relieves, la más superior, pero que consume más tiempo y la más cara, es el “altorrelieve”, que prácticamente desapareció después del primer año de reinado a favor del más común “relieve hundido” o intaglio. En general, los monumentos de Ramsés II impresionan más por su tamaño que por su delicadeza y perfección.

Ramsés II fue el primer faraón desde Amenhotep III que celebró más de un Festival-sed. El primero tuvo lugar en el año 30, al que seguirían otros trece; al principio, en intervalos más o menos regulares de tres años, y después, hacia finales de su larga vida, anualmente. Amenhotep III habría sido deificado durante su tercer jubileo, pero en este aspecto, Ramsés fue menos paciente que su gran predecesor ya que se habla de una colosal estatua que se estaba tallando a la que se le había dado el apelativo de “Ramsés, el Dios”. En todos los grandes templos se levantaron estatuas colosales con similares epítetos frente a los pilonos y puertas de entrada que serían objetos de culto regular así como y de adoración pública por los habitantes del lugar donde se erigían. Dentro de los templos, “Ramsés, el Dios” disponía de su propia imagen de culto y barca procesional junto a las otras deidades para las que aquellos estaban dedicados; los relieves, con frecuencia muestran a Ramsés II haciendo ofrendas a su propio deificado Yo.

Entre los numerosos hijos del soberano que ocupaban alto cargos, cabe destacar al segundo hijo de la Reina Isetnefret, Khaemwaset. Era el Sumo Sacerdote de Ptah en Menfis y s ganó una reputación como erudito y mago que perduraría hasta los tiempos romanos. Ningún otro hijo de Ramsés II dejó tantos monumentos, y muchos de ellos iban inscritos con textos de enseñanza, a veces arcaicos. Aunque, como se ha visto, el reinado de Ramsés II vivió un marcado resurgir de las tradiciones clásicas, Khaemwaset claramente hubo de tener un especial interés en el glorioso pasado de Egipto ya que también se responsabilizó de restaurar varias pirámides de faraones del Imperio Antiguo en la necrópolis menfita, y en algunos de sus monumentos procuró imitar el estilo de los relieves de las tumbas del Imperio Antiguo.

Como Sumo Sacerdote de Ptah, uno de sus cometidos consistía en supervisar el enterramiento del toro sagrado Apis y se debe a Khaemwaset las primeras galerías del Serapeum más que las tumbas individuales. También viajó a lo largo y ancho del país para anunciar los cinco primeros festivales-sed que tradicionalmente se proclamaban desde Menfis. Para el año 52 del reinado de su padre, Khaemwaset era el mayor de sus hijos vivos por lo que se convertiría en Príncipe Heredero, pero, por entonces, debería ser ya sexagenario por lo que fallecería unos años más tarde, alrededor del año 55. Es casi seguro que sería enterrado en la necrópolis de Menfis y no en la principesca galería de la tumba del Valle de los Reyes (KV5); pero si realmente, como muchos creen, fue enterrado en el Serapeum, hay menos certeza.

Después de la muerte de Khaemwaset, Ramsés II aún viviría otros doce años más hasta que finalmente falleció en el año 67 de su reinado, el más largo desde Pepy I (2.321-2.287 A.C.) de la Dinastía VI. Durante los últimos años de su reinado se habría convertido en una leyenda viviente siendo muy admirado – y muy envidiado – por sus sucesores. Su recuerdo permanecería vivo en posteriores tradiciones, tanto por su propio nombre como por el de Sesostris; en realidad el nombre de varios soberanos del Imperio Medio cuyos monumentos habrían sido tan ávidamente usurpados por él. Sus doce hijos mayores habían fallecido antes que él, y sería Merenptah (1.213-1.203 A.C.), cuarto hijo de Isetnefret, y Príncipe Heredero desde la muerte de Khaemwaset, quien eventualmente le sucedería.

Y terminamos aquí este 4º apartado del Capítulo 10º con la relevante figura de Ramsés II y su largo reinado sólo superado, como ya se ha dicho, por el de Pepy I (2.321-2.287 A.C.) de la Dinastía VI.

Con la siguiente “Hoja Suelta”, dedicada a sus sucesores y a la Dinastía 20 – aún bajo la erudita batuta del Profesor Jacobus Van Dijk – nos adentraremos en las etapas finales del Imperio Nuevo, preludio de los albores de un nuevo Período Intermedio: el Tercero.

RAFAEL CANALES

En Benalmádena, a 10 de enero de 2011

Bibliografía:

“Rameses. Egypt’s Greatest Pharaoh”. Joyce Tyldesley, Viking, 2000.
“Akhenaten: The Heretic King. Donald B. Redford, Princeton University Press, 1984.
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“Akhenaten and the Religion of Light”. Erik Hornung, Cornell University Press, 1999.
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“Pharaohs of the sun: Akhenaten”. R.E. Freed, Y.J. Markowitz and S.H. D'Auria (eds.), London, Thames & Hudson, 1999.
“The Enciclopedia of Ancient Art”, Helen Strudwick, Amber Books, 2007-2008.
“Ancient Egypt, Anatomy of a Civilization”, Barry J. Kemp, Routledge, 2006.
“Ancient Egypt. A Very Short Introduction”, Ian Shaw. Oxford University Press, 2004.
“The Oxford History of Ancient Egypt”, Ian Shaw, Oxford University Press, 2002.
“Antico Egitto”, Maria Cristina Guidotti y Valeria Cortese, Giunti Editoriale, Florencia-Milán, 2002.
“Historia Antigua Universal. Próximo Oriente y Egipto”, Dra. Ana María Vázquez Hoys, UNED, 2001.
“Eternal Egypt: Masterworks of Art”. E.R. Russmann, University of California Press, 2001.
“Ancient Egyptian Religion”. S. Quirke, London, The British Museum Press, 1992.
“British Museum Database”.

sábado, 27 de noviembre de 2010

El Período Amarna y el Tardío Imperio Nuevo (c.1.352-1.069 A.C.) 3/6.- Repercusiones del Período Amarna. Tutankamón. Ay. Horemheb


Estatua de Tutankamón. Tebas, Templo de Karnak, hacia 1.320 A.C. (Pinchar y Ampliar)

Tutankhamun was a royal prince who became king when he was only nine years old. He was married as a boy to his half-sister, Ankhesenpaaten. Because he was so young, he was advised by a group of powerful officials.
Looking at his mummy tells us that he was only about 17 when he died suddenly, but exactly how is still a mystery. He was buried in the Valley of the Kings, and lay there undisturbed until an archaeologist called Howard Carter found the tomb in 1922.
This temple statue clearly shows the face of the young Tutankhamun. This is despite it being altered by a later king, Horemheb, who tried to erase him from the record.
(Base de Datos del Museo Británico)

REPERCUSIONES DEL PERÍODO AMARNA

Aunque el episodio Amarna duró escasamente veinte años, su impacto fue enorme. Es, quizás, por sí solo, el acontecimiento más importante de la vida religiosa y cultural de Egipto, y dejó profundas cicatrices en la conciencia colectiva de sus habitantes. En la superficie, el país volvió a la religión tradicional de antes de Akenatón, pero la realidad es que nada volvió a ser lo mismo. Algunos de los cambios se pueden detectar en las disposiciones de los entierros de la élite, siempre un buen barómetro para conocer las fluctuaciones de las actitudes religiosas.

Más a destacar es la evolución de la arquitectura de tumbas. En Menfis en particular, aparecen las tumbas autónomas que en todos los aspectos esenciales parecen templos. En Tebas, las tumbas cavadas en la roca continúan usándose, pero su arquitectura y decoración se adaptan al mismo nuevo concepto, el de la tumba como el templo mortuorio privado de su propietario, cuyo culto funerario está integrado al culto a Osiris. A este dios, que habría sido prohibido por Akenatón, se le veía universalmente ahora como la manifestación nocturna de Ra, y su rol en los asuntos funerarios aumentó dramáticamente, comparado con los días que precedieron al Período Amarna.

En estas tumbas, el símbolo solar par excellence, la pirámide, antes una prerrogativa real, descansaba en el techo de la capilla central, generalmente con una piedra de remate (piramidión), mostrando escenas de adoración frente a Ra y a Osiris. En las propia capilla central, la estela principal, foco central del culto, generalmente mostraba una doble escena, emplazada simétricamente, que estaba formada por estos dos dioses sentados espalda-con-espalda. Estatuas que antes habrían sido colocadas típicamente en templos, empezaron a aparecer en tumbas privadas, incluyendo imágenes de varias deidades, y las “estatuas naophorous”, que muestran al fallecido sujetando una capilla con la imagen de un dios.

Nota aclaratoria:

La Estatua Naophorous es una estatua que en realidad consta de dos estatuas: la primera es de un hombre arrodillado que presenta al segundo, que representa a Osiris, el Dios de los Muertos. Este tipo de estatua apareció por vez primera durante la Dinastía XIX, pero ganó popularidad en el Período Tardío. El término “estatua naophorous” se deriva de la palabra “naos”, que significa “santuario” en griego. Este nombre se le daba a las estatuas de los dioses que se colocaban frente a un funcionario o sacerdote, que podía estar, como en la estatua, de rodillas o de pie.

Los relieves y pinturas en los muros de las tumbas no tenían ya como objetivo primordial mostrar escenas de la carrera u ocupación profesional del propietario – si bien estas escenas no desaparecen por completo – sino que se concentran en mostrarle adorando a Ra, Osiris, y una amplia variedad de otros dioses y diosas, vestido con un largo sayo de lino plisado – con frecuencia llamado erróneamente el “traje de la vida cotidiana” - y tocado con una elaborada peluca. El mismo traje festivo también aparece en los sarcófagos antropomorfos y shabtis que, hasta ese momento, habían mostrado al difunto exclusivamente como una momia.

A excepción de uno o dos ejemplos de muy a principios del reinado de Tutankamón, las escenas que representaban al difunto haciendo ofrendas al faraón, desaparecen por completo; su lugar lo ocupa ahora Osiris entronizado. En general, las escenas y textos religiosos, normalmente tomados del "Libro de los Muertos" dominaron la decoración de las tumbas post-Amarna. Ilustraciones y extractos de textos de varias composiciones funerarias, exclusivamente reales, tales como la “Letanía de Ra” y los llamados “Libros del Submundo” empezaron a aparecer en las paredes de las tumbas privadas; primero en Deir el-Medina, pero pronto también en todas partes. Todas estas facetas se pueden entender como una reacción contra la monopolización total por parte de Akenatón del culto funerario de sus súbditos, y el rol de los templos de El Atón en la religión amarniense como nueva “Vida en la otra Vida”. Los propietarios de tumbas disponían ahora de sus propios templos en los que podían adorar a los dioses sin la intervención del faraón, cuyo rol, ahora, se veía restringido.

Los cambios en la cultura funeraria mencionados son sintomáticos de una relación entre dioses y devotos totalmente diferente, así como el papel que jugaba el faraón en esta relación. En otros 200 años más, la consecuencia final de esta cosmovisión se haría patente con la realización de la así llamada “Teocracia tebana”, por la que se pensaba que el propio Amón reinaba como faraón de Egipto, gobernando a sus súbditos mediante intervención directa en forma de oráculos. Pero, no obstante, antes de que se pueda discutir este tema, habría que volver a la historia política y dinástica de Egipto inmediatamente después del Período Amarna.

TUTANKAMÓN

El joven Tutankatón era aún un niño cuando ascendió al Trono en Amarna, pero poco después, quizás incluso durante el primer año de reinado, abandonó la ciudad fundada por su padre. La gente continuó viviendo en Aketatón durante algún tiempo pero la Corte regresó a Menfis, sede tradicional del gobierno. Se restauraron los viejos cultos y Tebas se convertiría, de nuevo, en el centro religioso del país. El nombre del faraón cambió al de Tutankamón, y el epíteto “Soberano de la Heliópolis Meridional”, referencia deliberada a Karnak como centro de culto del Dios-Sol Amón-Ra, le fue añadido. El nombre de su gran esposa real, su media-hermana Ankhesenpaaten, se cambió de igual forma por el de Ankhesennamón.

Tutankamón no fue, ni mucho menos, el primer soberano en la historia de la dinastía que ascendió al Trono cuando niño. Tanto Tutmosis III como Amenhotep III eran muy jóvenes en sus ascensiones, pero en ambos casos un miembro femenino adulto de la familia real (Hatshepsut y Mutemwiya, respectivamente) actuaron como regentes durante sus primeros años. Esta opción no existía ahora; así que el rol de regente lo asumió un oficial militar de rango, sin lazos con la familia real, el Comandante-en-Jefe del ejército, Horemheb.

Sus títulos como regente indican que se había ganado el derecho a suceder a Tutankamón en caso de muerte sin descendencia. De hecho Horemheb acabaría siendo faraón, y en su "Texto de la Coronación" – inscripción única que reseña su ascenso al poder, y que aparece tallada en la parte posterior de una estatua, hoy en el Museo de Turín – parece sugerir que fue él quien aconsejó al faraón que abandonase Amarna “cuando una vez que el caos había irrumpido en el propio palacio”; es decir, después de la muerte de Akenatón y la de su efímero sucesor. Parece obvio que el ejército habría llegado a la conclusión de que el experimento de Akenatón había acabado en desastre, y habría retirado su apoyo a las reformas religiosas que inicialmente había ayudado a que se implementasen; otro dato revelador del importante papel que jugaron los militare en toda la trama.

Los templos a los dioses estaban en ruinas y sus cultos abolidos. Los dioses, pues, habían abandonado a Egipto; si se les rezaban, ya no contestaban, y, cuando se envió al ejército a Siria para ampliar las fronteras de Egipto, éste no tuvo éxito. La importancia de esta última sentencia probablemente nos muestra el porqué el ejército ya no apoyaba la política de Amarna. Durante el reinado de Akenatón, Mitanni, aliada de Egipto, había sido derrotada por los hititas que constituían ahora el mayor poder del Norte. Esto habría propiciado que algunos vasallos de Egipto intentasen establecer un estado de contención independiente entre las dos potencias. Egipto había empezado a perder algunos de sus territorios de ultramar ,y el ejército, limitado a acciones policiales en Siria, no podía hacer nada al respecto.

Con la ascensión de Tutankamón, lógicamente estas restricciones se levantaron, ya que los relieves del patio interior de la magnífica tumba menfita de Horemheb, decorada por esta época, incluye la reivindicación de que su nombre “había sido re-nombrado en tierras de los hititas”, sugiriendo así que, a principios del reinado de Tutankamón, Horemheb habría estado envuelto en una confrontación con los hititas. Estas escaramuzas, al igual que otras más adelante, parece que no lograron un equilibrio de poder. Por otra parte, los simultáneos intentos para reafirmar la autoridad egipcia en Nubia, documentados por los mismos relieves, probablemente tuvieron más éxito.

En el propio Egipto, se puso en movimiento una importante campaña para restaurar los templos tradicionales y reorganizar la administración del país. La iniciativa estaba encabezada por el Tesorero Jefe de Tutankamón, Maya, que fue enviado en misión especial a los templos, desde el Delta a Elefantina, con objeto de recaudar impuestos sobre sus ingresos, que habrían sido anteriormente desviados hacia los templos de El Atón. Algunas de las medidas que más adelante se describen en el "Texto de la Coronación de Horemheb" y en su "Gran Edicto de Karnak", pudieron haber sido tomadas durante el reinado de Tutankamón. Maya también fue responsable de la demolición gradual de los templos y palacios de Akenatón; primero en Tebas, pero después también e Amarna.

La mayoría de los talatats encontraron su camino hacia las cimentaciones y pilonos de nueva construcción de Luxor y Karnak. Maya, en calidad de supervisor de los trabajos del Valle de los Reyes tuvo que haber organizado el traslado de los restos mortales de Akenatón a una pequeña tumba sin decorar en el valle; suponiendo que, en efecto, el cuerpo encontrado en la KV55 sea el de Akenatón, como parece probable; más adelante, sería responsable de los enterramientos de Tutankamón y de sus sucesor, Ay (1.327-1.323 A.C.), y de la reorganización de la "Ciudad de los Trabajadores" en Deir el-Medina, al comienzo de los trabajos en la tumba de Horemheb.

LOS REINADOS DE AY Y HOREMHEB

Los acontecimientos que rodean la muerte de Tutankamón están lejos aún de estar claros. El faraón falleció de forma inesperada en su décimo año de reinado en un momento en que Egipto estaba enfrascado en una importante confrontación con los hititas que acabaría con la derrota egipcia en Amqa, no lejos de Qadesh. La noticia del desastre llegó a Egipto más o menos coincidiendo con el fallecimiento de Tutankamón. No se sabe si el propio Horemheb lideraba las tropas egipcias en esta batalla, pero el hecho de que no parece que estuviese involucrado en las gestiones relacionadas con el entierro de Tutankamón, a pesar de su rol como regente y presunto heredero, es altamente sugerente.

Por el contrario, Ay, Consejero Mayor de la Corte, que había sido uno de los funcionarios de más confianza de Akenatón, y probable familiar de la Reina Tiya, esposa de Amenhotep III, condujo las exequias y, poco después, ascendió al Trono. Al parecer, en un principio lo haría como una especie de faraón interino, ya que la viuda de Tutankamón, Ankhesenarnun, estaba intentando negociar una paz con los hititas mediante una carta al rey hitita, Shupiluliuma, en la que le pedía que le enviase a un hijo suyo para casarse con ella lo que le convertiría en Rey de Egipto, de forma que Egipto y Hatti serían “un solo país”; un paso extraordinario dado, quizás, instigado por el propio Ay.

Esta petición fue recibida con enorme recelo en la capital hitita, y cuando Shupiluliuma finalmente se cercioró de las honorables intenciones de la reina egipcia, envió a su hijo Zannanza a Egipto, pero el infortunado príncipe fue asesinado en route, quizás por fuerzas leales a Horemheb en Siria. El resultado fue la prolongación sine die del estado de guerra con los hititas.

El faraón Ay, que ya sería bastante mayor cuando ascendió al Trono, reinó durante al menos tres años completos. Un fragmento de carta cuneiforme parece sugerir que intentó desagraviar a los hititas negando cualquier responsabilidad en la muerte del príncipe, pero no tuvo éxito.

También se esforzó en evitar que Horemheb hiciese valer sus derechos después de su muerte nombrando a un jefe militar llamado Nakhtmin – posiblemente un nieto suyo – como su heredero. A pesar de ello, Horemheb consiguió ascender al Trono después del fallecimiento de Ay, y tardó poco en poner en marcha la mutilación de los monumentos de su predecesor y la destrucción de los de su rival Nakhtmin.

Si el camino de Horemheb al Trono estuvo sembrado de dificultades, su reinado (1.323-1.295 A.C.), en cambio, parece haber estado exento de contratiempos. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que existen pocas inscripciones de las postrimerías de su reinado. Incluso su duración es todavía incierta; el último año de reinado documentado es el 13, pero hay muchos que, basándose en la cronología babilónica, y dos textos póstumos más, pretenden que su reinado duró casi dos veces este período. El estado inacabado de su tumba real en el Valle de los Reyes (KV57), no obstante, incluso si se hubiese empezado antes del año 7, sería difícil de reconciliar con un reinado tal largo.

Los problemas con los hititas sobre los territorios del norte de Siria, continuaron. Es incluso posible que Horemheb llegase a algún acuerdo con su enemigo, ya que un texto hitita posterior habla de un tratado que habría entrado en vigor antes de que se rompiese durante los reinados de Muwuatalli y Sety I (1.294-1.279 A.C.).

En casa, Horemheb se embarcó en un número de proyectos de edificios mayores, incluyendo el Gran Salón Hipóstilo en Karnak. Es posible que también acometiese la demolición sistemática de la ciudad de Amarna, aún habitada por entonces. Dos fragmentos de piedra, incluyendo la base de una estatua mostrando sus cartuchos, se encontraron en ese lugar. La reorganización del país también se llevó a cabo con gran entusiasmo. El Gran Edicto, que publicó en una estela en el templo de Karnak, enumera un gran paquete de medidas legales tomadas con objeto de poner fin a abusos tales como el requiso ilegal de embarcaciones y esclavos, el robo de pieles de ganado, el impuesto ilegal sobre las tierras de cultivo privadas y el fraude en la tasación de impuestos legales, así como la extorción de los alcaldes locales por parte de funcionarios que organizaban la visita anual del faraón al festival Opet durante el viaje de Menfis a Tebas, y regreso. Otros párrafos tratan de la regulación de los tribunales locales de justicia, el personal del harem real y otros empleados del estado, y el protocolo de la Corte.

Quizás, lo más destacado del reinado de Horemheb sea la forma en que lo legitimó; después de todo, él era un plebeyo y, por lo tanto, incapaz de aportar un vínculo “genealógico” con el dios dinástico Amón. Se suele admitir que su reina, una cantante de baladas del dios Amón llamada, Mutnedjmet, debería identificarse como una hermana de Nefertiti del mismo nombre, pero esto no es muy probable ya que, al parecer, ella se convirtió en esposa suya mucho antes de sus ascensión al Trono, aparte del hecho de que la fuerza legitimadora de dicho matrimonio real habría sido muy cuestionada, dadas las circunstancias.

En su "Texto de la Coronación", Horemheb no oculta su origen plebeyo, pero en cambio pone mucho énfasis en el hecho de que, cuando era un muchacho, fuese escogido por el dios Horus de Hutnesu - presumiblemente su localidad natal - para ser Rey de Egipto; luego continúa describiendo cómo fue cuidadosamente formado para su futura tarea como faraón en funciones y príncipe regente, una reivindicación ampliamente apoyada por las inscripciones en su tumba pre-real, de la necrópolis menfita. Es, pues, Horus de Hutnesu quien finalmente lo presenta a Amón durante la procesión del Festival Opet, y quien entonces procede a coronarle como faraón.

Así que Horemheb debe su realeza al deseo de su dios personal y a la elección divina durante una aparición pública de Amón; es decir, mediante un oráculo. En este aspecto, la coronación de Horemheb se asemeja a la de Hatshepsut (1.473-1.458 A.C.) quien también habría sido elegida mediante un oráculo después de haber sido regente. No obstante, al menos Hatshepsut pudo reivindicar su sangre real y hacer hincapié en que Amón la había engendrado con la Reina Madre, tema que Horemheb cuidadosamente evitó mencionar en su Texto de la Coronación.

A MODO DE CONCLUSIÓN

Y salimos así de la penumbra, o semioscuridad, que envuelve este período final de la Dinastía XVIII rodeado de sombras, que sólo permite conjeturas sobre temas tan trascendentales como la prematura y enigmática muerte de Tutankamón, génesis de tantas y controvertidas teorías y opiniones.

El Egiptólogo y paleopatólogo norteamericano, Doctor Bob Brier, Ph.D., plantea la teoría del asesinato en su bien documentado e interesante libro titulado “The Murder of Tutankhamen” (Berkley Books, New York, revised edition, 2005).

Sombras son también la acelerada ascensión al Trono de Ay; su rápido nombramiento de un sucesor; la angustiosa carta de la viuda de Tutankamón al rey hitita; el asesinato del hijo de éste enviado a Egipto para desposarse con ella; la posible implicación de Ay/Horemheb en el magnicidio; la aparente y sospechosa ausencia de Horemheb de la Corte durante esta trama; la rocambolesca auto-legitimación real de Horemheb; y otras.

En la “Hoja Suelta” que sigue, nos adentraremos en el Período ramésida, dentro ya de la Dinastía XIX, iniciando así un camino que nos llevará, en volandas y de la mano de nuestro eterno y docto guía, al anochecer del Imperio Nuevo.

Y, como Nota Aclaratoria para los menos doctos, puntualizar que la Paleopatología es la disciplina científica que estudia las enfermedades padecidas por personas o animales en la Antigüedad, a través de vestigios hallados en los huesos, restos orgánicos e inmediaciones donde se hallan dichos restos.

RAFAEL CANALES


En Benalmádena-Costa, a 4 de diciembre de 2010

Bibliografía:

“Akhenaten: The Heretic King". Donald B. Redford, Princeton University Press, 1984.
“Akhenaten, King of Egypt”. Cyril Aldred, Thames and Hudson, 1988.
“Akhenaten: Egypt False Prophet". Nicholas Reeves, Thames and Hudson, 2001.
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